Part 13
—Eso se dice para que soltemos las armas, para que nos entreguemos como corderos... ¡Perdón, perdonar! ¡Qué horrible ironía! Linda cosa es el perdón masónico. Los mismos que desde Madrid y desde Barcelona dirigieron esta trama, serán los primeros que aconsejen al rey castigos terribles, para que callen las bocas que pudieran revelar secretos graves... ¡Rábano, rábano! La mía, si no me la cierra el verdugo, será la primera que grite: «Esos que hoy se acogen al manto real y reciben en triunfo a don Fernando, fueron los que nos hostigaron a quitarle del trono para poner en su lugar al infante don Carlos, que oye misa todos los días».
Comprendiendo la necesidad de decir algo, Mañas murmuró algunas palabras torpes y oscuras, que salieron de su boca como un vapor vinoso. Mosén Crispí le mandó callar, tocándose la sien con el dedo índice y guiñando el ojo. Su mímica quiso decir:
—Ese hombre de los rábanos está loco: no hagamos caso de él.
—Sus deberes de militar, sus gloriosos antecedentes, señor coronel —dijo el oficial—, el uniforme que viste, el bien del país, y la suerte de muchos hombres inocentes, exigen de usted que se someta a la voluntad del rey. El rey ha pedido a todos prudencia y cordura, y es preciso que todos respondamos a la voz de nuestro soberano legítimo.
—Yo no me someto, yo no me someto —afirmó Garrote con voz de trueno—. Si Jep dels Estanys, Caragol, Pixola, Rafi y los demás quieren someterse, háganlo en buen hora: ellos se entenderán con su conciencia. Al hacerlo habrán visto delante de sí la balanza que tiene en uno de sus platos el ascenso y en otro el verdugo. ¡Mal demonio harto de rábanos!, a mí no me sobornan las charreteras ni me asusta la horca... Cuando mi conciencia me acuse me fusilaré yo mismo. Yo no me someto... Aquí hay mucha, pero mucha inmundicia... Esto da náuseas.
—Somos militares y debemos obediencia al rey —dijo el oficial.
Garrote clavó en él una mirada centelleante; apretó los dientes: la piel verdosa de sus sienes y de su cara vibró como si los tendones y venas fueran alambres sacudidos por la descarga eléctrica.
—¡Obediencia! —exclamó sacando de su volcánico pecho palabras como rugidos—. ¿A quién?... ¡Ah!, señor oficial... yo no obedezco más que a Dios, que fortalece mi brazo y afila mi espada para que defienda su religión santa contra los jacobinos. Yo no obedezco más que a mi conciencia, que me manda no reconocer dueño alguno mientras no se siente en el trono de San Fernando el príncipe elegido por Dios para restablecer los santos principios del gobierno cristiano... Veo que mira usted mis charreteras... ¡Ah!, desde hoy las considero como una deshonra... No puedo servir a dos señores... Fuera de mí, insignias de vilipendio, que me parecéis emblemas de un orden masónico.
Y se arrancó con salvaje fuerza las charreteras. Su mano como una garra tiró tan violentamente, que rasgó el paño de la levita y mostró la camisa en los hombros. Después arrojó contra la pared las insignias, gritando:
—¡Fuera de mí!... No quiero pertenecer a este rebaño de miserables... Desde hoy soy libre, combatiré solo, combatiré por la fe y por el verdadero trono allá en mis benditas montañas donde jamás se conoció la traición.
EL oficial se levantó.
—Nada tengo que hacer aquí —manifestó con desabrimiento, afirmándose el chacó en la cabeza—. Por fortuna, los jefes principales del movimiento conocen lo descabellado y ridículo de sostenerlo más tiempo, y ya han dicho que depondrán las armas.
—Cada cual —dijo Garrote mirando al oficial con desdén— es dueño de meterse en lodo hasta el cuello.
El oficial hizo una profunda reverencia y se retiró. El ruido de sus pasos no se había extinguido en la escalera, cuando Garrote se acercó a la puerta y gritó:
—¡Zugarramundi!
El hombre velludo, tan parecido a un oso pirenaico, apareció en la puerta; era desde antaño feroz satélite y ayudante del furibundo coronel. En las guerras de partidas era su jefe de estado mayor.
—Nos vamos en seguida —le dijo el jefe.
—¿A dónde?
—A nuestra tierra; los aragoneses pueden quedarse en la suya.
—Está bien; ¿y cuándo salimos?
—Dentro de una hora. Paga las cuentas del mesón, dispón los caballos... Si algún catalán de los que están conmigo quiere someterse, le dejas ir en paz... Pero antes...
Zugarramundi, que ya se retiraba, volvió.
—Pero antes —añadió el coronel— le mandas dar veinticinco palos.
—Está bien... ¿Y qué dispones del prisionero?
—¡Ah..., el prisionero!, no me acordaba en este momento. Pues al prisionero...
Se puso a meditar acariciándose la barba.
—Le llevaremos con nosotros. ¿Cuántos carros tenemos?
—Cinco.
—Destina uno para él si no puede andar.
—No puede: la herida que ayer le hicimos cuando quería escaparse por la gatera de San Salomó le tiene un poco marchito. ¿No dijiste que había que fusilarle? Pues dejémosle aquí.
—¿Muerto?
—O vivo. El señor Mañas se encargará de cumplir la sentencia.
—Sí, para que me lo suelten otra vez. ¡Rábanos! No, le llevaremos, le llevaremos, y en el camino daremos cuenta de él. ¿Va algún capellán con nosotros?
—Ninguno.
—Bueno, no faltará un cura que le auxilie... Dale bien de comer... no quiero que padezca hambre... Es paisano nuestro, Zugarramundi; es alavés.
—Está bien.
Después que se retiró el oso, quien primero rompió el silencio fue mosén Crispí de Tortellá, y gozoso de tener un tema de conversación distinto de aquel en que había merecido los apóstrofes del coronel, habló de este modo:
—Por mis pecados, señor don Carlos Navarro, que ha sido usted demasiado benigno con ese demonio de hombre. Yo le hubiera mandado fusilar delante de las tapias humeantes de esa santa casa vilmente incendiada. ¡Oh! Señor don Carlos, horripila ver la enorme dosis de perversidad que Lucifer ha depositado en el alma de algunos hombres.
Carlos solo contestó con un gruñido.
—No puede quedar duda de que ese embajador de los jacobinos fue quien puso fuego a la casa del Señor, sin duda con el salvaje intento de reducir a cenizas a las inocentes vírgenes... No puedo hablar de esto sin que se me parta el corazón.
En el mismo instante, Mañas partía la butifarra.
—No obstante —añadió el venerable tomando la ruedecilla que Mañas le ofrecía—, yo procuraría indagar... Indudablemente aquí hay un misterio... Ese hombre...
—Aquí hemos venido... —murmuró Mañas con torpe lengua, demostrando que si los demás habían ido allí con algún objeto, él no había ido sino a comer cerdo y a beber vino.
—Sí, ya lo sé —replicó el capellán algo turbado—. Hemos venido a convenir cómo se ha de arreglar esto de soltar las armas... Es caso grave, porque la ciudad de Solsona no quiere malquistarse con el rey; la ciudad de Solsona no quiere que la horca se alce en su plaza de San Juan, ni que las tropas del conde de España entren aquí tocando los clarines de la venganza.
—Pues usted dirá... Ya sabe usted que yo me voy.
—Pues... el Ayuntamiento que me delegó para tratar con usted de la paz, desea que todo se arregle, que la ciudad de Solsona aparezca amiga de Su Majestad.
—Yo me voy...
—Sin someterse: eso es lo mejor para la tranquilidad de la ciudad. Ahora falta ver quién recoge el mando de las pocas fuerzas apostólicas que hay aquí.
—Por mi voluntad entregaría el mando a don Pedro Guimaraens, la única persona decente que conozco en esta tierra.
—Don Pedro marchó al cuartel general, y dicen que el conde de España le ha dado un batallón para que recorra el país y apoye a los que quieran someterse, que son los más. Puede que esté en Regina Cœli. A falta de don Pedro Guimaraens, yo pondría la autoridad en la cabeza de Tilín.
—¿En dónde está ese Tilín?
—Pues mire usted que no lo sé, y me da que pensar su desaparición. Hoy le he buscado todo el día y no he podido encontrarle. Anoche se portó heroicamente; fue el primero que entró a salvar a las pobres monjas... Después no se le vio más.
—¿En dónde está?
—¿No le he dicho a usted que no lo sé? Ese sacristán tiene unas rarezas... Suele esconderse cuando se le necesita y presentarse cuando no hace falta.
—Bien —dijo Garrote—. Pues ha de quedar en la división apostólica de Solsona una sombra de autoridad; pues es preciso que esta farsa asquerosa que llaman la paz..., yo la llamaría la ignominia..., se haga con visos de convenio: yo delego mi autoridad...
Miró con desprecio a Mañas, que con su mano temblorosa vaciaba el turbio residuo de la última botella.
—Sí —añadió el fogoso guerrillero—. El bando apostólico de Solsona es digno de tener por jefe a un borracho. Viejo Mañas, te confiero el mando. Toma ese bastón, animal.
Y cogiendo una butifarra y haciendo ademán de metérsela por la boca, y dándole después dos golpes con ella en el cráneo, la arrojó violentamente sobre la mesa y salió de la sala.
XXV
Desde que los cocheros de Palacio, los marmitones, los lacayos y algunos soldados vendidos a los palaciegos inauguraron el 19 de marzo de 1808 en Aranjuez la serie de bajas rapsodias revolucionarias que componen nuestra epopeya motinesca, el más repugnante movimiento ha sido la sublevación apostólica de 1827. Es, además de repugnante, oscuro, porque su origen, como el de los monstruos que degradan con su fealdad a la raza humana, no tuvo nunca explicación cabal y satisfactoria. Acabó misteriosamente, lo mismo que había empezado, como esas tragedias reales en que, por una secreta confabulación de testigos, asesinos y jueces, queda todo indeterminado y confuso, no existiendo la evidencia más que en la muerte de la víctima... No hubo lógica ni plan en la sublevación, como no hubo justicia en los castigos. Creeríase que eran autores de aquella intriga sangrienta los mismos contra quienes parecía dirigida, y que la propia mano herida por el filo, acariciaba la empuñadura de aquella espada que se forjó en las agrestes ferrerías de las montañas catalanas y se templó en los conventos. En todo lo relativo a los orígenes de tal guerra, hay algo de las poéticas vaguedades de la leyenda: la historia no ha podido esclarecer con su luz las lobregueces de este hecho, que solo puede compararse a las tenebrosas demencias del suicidio.
Durante largo tiempo se consideró que la guerra apostólica había sido engendrada por la sociedad secreta del absolutismo llamada _El Ángel Exterminador_, y compuesta de obispos ambiciosos, consejeros cesantes e inquisidores sin trabajo. Aunque el absolutismo ha tenido también su masonería, y de las más chuscas, aun sin el uso de mandiles, ningún historiador ha probado la existencia de _El Ángel Exterminador_. Quién decía que su centro estaba en Roma, quién que estaba en el cuarto del infante don Carlos. Pero si la sociedad no es cosa evidente, lo es, sí, la existencia de una intriga formidable y subterránea, de la cual eran activos trabajadores muchos próceres y magnates, diestros en las artes del topo. La posterior guerra de los siete años probó que desde 1825 el absolutismo rabioso, anhelando cambiar de ídolo porque el existente no satisfacía por completo su sed de persecuciones y de venganza, había empezado a preparar el terreno.
Si alguien pudo esclarecer los orígenes de la sublevación apostólica, fueron los cabecillas catalanes: sin duda ellos pensaban decir algo; pero antes que pudieran ser indiscretos, Calomarde y el conde de España les fusilaron a todos. El rey les prometió el perdón para que se sometieran, y después de sometidos les fusiló para que no hablaran. Es una diplomacia como otra cualquiera.
¿Fue Calomarde instigador de la guerra? Entonces resultaría Fernando VII juguete de su ministro, y esto no era así. Calomarde, que sin duda hubiera sido capaz de venderse a quien le quisiera comprar, sirvió bien a Fernando hasta el cuarto casamiento de este, y en 1827 todavía era no más que instrumento harto sumiso de las pasiones y del brutal egoísmo de su señor.
Si Calomarde no fue autor de la campaña, los verdaderos autores de ella se le sometieron al ver el mal éxito de la misma, aspirando a sacar de la paz el partido que no habían podido sacar de la guerra. Es indudable que los tenebrosos congregacionistas de _El Ángel Exterminador_ (y es forzoso dar este nombre a la pandilla por no tener otro) salieron muy bien librados de aquella sangrienta aventura; pero también lo es que los infelices que habían sacado las castañas del fuego para satisfacer las hinchadas ambiciones y las envidias de la corte, pagaron con su vida el crimen propio y el ajeno.
Grave cosa fue aquella sublevación cuando Fernando se dispuso a sofocarla por sí mismo. Salió de El Escorial el 22 de septiembre, siendo despedido por los célebres versos de la bondadosa reina Amalia, que al componerlos demostró tener más comercio con los ángeles que con las musas. Al rey acompañaba Calomarde. Había gran prisa, y el déspota y su Sancho Panza recorrieron el camino con una rapidez que habrían envidiado quizás algunos de nuestros trenes mixtos. Pero delante del rey habían salido los correos reservados llevando órdenes apremiantes para que cesara todo. Por eso, apenas puso el pie en tierra de Lérida el egregio conde de España con su ejército, principió la desbandada. Las pequeñas partidas se presentaban, y las grandes se ponían en movimiento para sacar algún jugo del país antes de disolverse. La sublevación cayó como un espantajo de trapo y caña puesto en medio de los sembrados, y al cual quitan de pronto la vara que lo sustenta. Los facciosos del Panadés y de Tarragona fueron los más solícitos para presentarse a indulto. En cambio, Jep dels Estanys, Caragol y la gente furibunda de Manresa se mostraron muy rebeldes. Sin atreverse a hacer frente al conde de España, resistiéronse a terminar tan tonta y desabridamente una guerra a que los de _El Ángel Exterminador_ les habían lanzado, ofreciéndoles la cooperación de Rusia con 40.000 hombres y 6000 caballos, el apoyo de Francia y las simpatías del Papa.
Dejando guarnecida a Manresa, salieron. Jep se dirigió a Berga, que era su madriguera preferida, y Caragol fingió una marcha sobre Barcelona, unos dicen que con objeto de acercarse a la frontera, y otros que con el fin puramente _apostólico_ de merodear. No tenían las manos atadas aquellos benditos arcángeles de fusil y cartuchera, porque Jep dels Estanys, cuando tuvo que salir de Berga perseguido por el conde de España, sacó de allí _dieciocho_ cargas de dinero, que eran la cosecha de unos cuantos meses de trabajo en la viña del Altar y el Trono.
Ya veremos la suerte que les cupo a estos andantes cosecheros, a quienes Fernando hablaba en su proclama _el lenguaje de la clemencia, abriéndoles sus brazos de padre amoroso_. Una observación haremos que será la última pincelada en el cuadro de aquella guerra, y es que todas las reyertas entre los absolutistas de uno y otro bando, así como todas sus reconciliaciones, terminaban con un porrazo a los liberales. Estos infelices, pocos en número, acobardados y oscurecidos, pagaban el furor de los sublevados y de los perseguidores de los sublevados. Los rebeldes, al huir delante del conde, gritaban de pueblo en pueblo: «¡muerte a los _negros_!» y el feroz España solía decir: «esos malvados _negros_ tienen la culpa de todo». Así es que se llevaba con paciencia la fuga e impunidad de los apostólicos con tal que hubiese _negros_ que sacrificar. Un observador de pura casta absolutista como mosén Crispí, habría creído que aquellos pobres fueron puestos en España por Dios para impedir que los defensores de este se destrozaran demasiado al engrescarse entre sí.
Sería de bronce o de berroqueña quien no sintiera la más viva lástima de tales desdichados. ¿Vencían los apostólicos?..., pues ¡_muerte a los negros_! ¿Iban bien los absolutistas?..., pues ¡_duro en los negros_! Que las cosas iban mal en el campo de Jep..., pues ¡_a ellos, que tienen la culpa de todo_! Que salía chasqueado el conde y se desesperaba por no poder alcanzar a Pixola..., pues ¡_viva la religión y mueran los masones_! Síntesis de este hecho y resumen de él fueron las horrorosas hecatombes de Barcelona a principios del año siguiente, cuando los envenenados odios y disputas que desgarraban el seno de la familia realista parecían no poder aplacarse sino engolosinando a uno y otro partido con carne de liberales.
Explicada la situación de la guerra, nos cumple despedirnos de la bienaventurada ciudad de Solsona, donde han ocurrido los principales sucesos de esta historia, para buscar el término y solución lógica de ellos en otro pueblo menos ilustre, pues carece de escudo de armas, de abolengo romano y de murallas; pero que merecería tener todas estas cosas y aun otras, solo por haber sido teatro de los verídicos sucedidos que vamos a referir.
XXVI
Al anochecer del día que siguió a la catástrofe de San Salomó, un cochecillo de dos ruedas corría por el detestable camino que desde Solsona se dirige a la Conca de Tremp. Era uno de esos vehículos puramente españoles que parecen hechos para realizar el ideal de la incomodidad, y cuyo nombre respondería perfectamente a su cruel instituto si en vez de _tartana_ fuera _quebranta-huesos_. Era cerrado, formando una especie de cajón alto con portezuela en la parte posterior, y en la delantera un ventanucho pequeño, sin vidrio, destinado a dar aire a la víctima, para que no la asfixiara el calor antes de tener los huesos bien rotos y las carnes bien molidas. Tiraba de él un brioso caballo que parecía más hecho al noble oficio de la silla que al del arrastre, a juzgar por el desorden de su marcha y los brincos con que amenazaba volcar el vehículo. Guiábalo un joven sentado en media cuarta de tabla adherida a la limonera de la derecha. Parecía tener el cochero un delirante anhelo de llegar pronto a su destino, según aporreaba al animal con la vara. El interior lo ocupaba sin duda persona a quien el de fuera estimaba en mucho, porque entre golpe y golpe descargado sobre la bestia, volvía su rostro, y mirando al interior del quebranta-huesos por la ventanilla delantera, decía algunas palabras enderezadas a dulcificar la molestia de transporte tan inquisitorial. El camino, que más era de herradura que de ruedas, estaba alfombrado de guijarros, que en algunos sitios eran verdaderos peñones, ofreciendo en otros hoyos profundos. Caballo y camino jugaban con el coche como un titiritero con las bolas, haciéndole dar graciosas piruetas. Viendo aquello, tendría corazón de bronce quien no compadeciera a la persona que dentro iba. Si tal persona, además de ir allí, iba contra su voluntad, era tan digna de lástima como quien va al patíbulo en la fatal carreta.
La noche era oscura y serena; pero el horizonte se inflamaba a ratos con vivos relámpagos, indicio de tormenta próxima, y algunas ráfagas de aire fresco venían del lado de la montaña, levantando polvo y haciendo murmurar el ramaje de los árboles.
Ni un alma se hallaba en tal hora por aquel camino solitario y agreste, y las pocas casas que se veían al paso estaban cerradas y silenciosas. Creeríase que la superstición había alejado a todos los habitantes de aquella tierra, y que solo quedaban los duendes para obligar a huir también a los que después viniesen.
Pero el quebranta-huesos pasó al fin a regular distancia de una casa, en cuya ventana brillaba una luz. Entonces, del lóbrego cajón inquisitorial salió una voz angustiosa que dijo:
—¡Socorro!
El que guiaba castigó fieramente a la cabalgadura para que acelerase el paso, y cuando quedó a distancia mayor la casa iluminada, el hombre volviose hacia dentro y dijo:
—No..., no vale pedir socorro, señora. Nadie oye, nadie ve.
—¡Socorro! ¡Socorro! —repitió la voz interior, ya enronquecida y furiosa.
Después varió de tono, y acompañada, al parecer, de lágrimas, dijo suplicante y dolorida:
—Por la salvación de tu alma, Pepet, por la memoria de tu madre; déjame, suéltame, déjame en medio del camino y vete solo con tu endiablado coche... Te lo agradeceré, te lo agradeceré con toda mi alma... no te guardaré rencor, Tilín... no te tendré miedo; me acordaré de ti en mis oraciones; pediré a Dios por ti... Sé bueno conmigo, ten piedad de mí..., suéltame, déjame, y así podrás librarte del castigo que te espera por tu maldad... Piensa un instante siquiera en Dios.
El hombre no pensaba en Dios. Pálido y hosco, cejijunto, balbuciente como el asesino en el momento de clavar el puñal en la víctima dormida, marchaba derecho a su bárbaro objeto; no reparaba en consideración alguna, no se acordaba de Dios, no era cristiano; era incapaz de toda idea piadosa; no veía tampoco obstáculos; no veía más que la fiebre ardiente que le devoraba, y aquel objeto criminal que le atraía, fascinando su alma irritada.
Oyó que su víctima lloraba dentro del coche. Volviose adentro y dijo:
—Es verdad que soy un malvado, que me condenaré, que arderé en el infierno..., ¿pero de quién es la culpa?
—Tuya, infame ladrón, incendiario; tuya, monstruo emparentado con todos los demonios del infierno —exclamó la voz del coche, volviendo a ser colérica—. Mucho más humano serías conmigo si me mataras... ¡Ay!, te lo agradecería con toda mi alma. Viva o muerta, infame bandido, no arderé como tú en los infiernos..., estarás solo, y padecerás eternamente, siempre, quemándote en tus sacrílegas pasiones, sin satisfacer en toda la eternidad la sed rabiosa de tu alma.
Tilín hizo crujir sus dientes, tan fuertemente los apretaba, y hablando consigo mismo, dijo:
—¡El infierno!..., pues poco que me gusta a mí el infierno... Ya sé que he de ir a él..., ya lo sé... Si de todos modos he de ir a él, que sea...
Y azotaba al caballo, porque aunque este corría mucho, a él siempre le parecía que andaba poco; tan anheloso estaba de ganar terreno. Habría deseado las alas negras que había visto pintadas en el ángel de las tinieblas, para cruzar con ellas el cielo tempestuoso hasta llegar con su presa a los abismos donde se traman en juntas diabólicas las tentaciones que luego se esparcen por la tierra. Era firme creyente, y creía en las potestades del báratro tal como las pinta la doctrina cristiana. Hacía el mal conociendo lo que hacía y las consecuencias de él. No era malo por carencia de sentido moral, como los adocenados criminales que pueblan diariamente los presidios y dan trabajo al verdugo, sino por un extravío que arrancaba de la exacerbación de sus violentas pasiones. Precipitado en aquel rumbo perverso, su corazón podía torcerse de improviso tomando otro camino. Esto lo conocía sor Teodora de Aransis. Dando a ratos tregua a su violenta ira, no creía fácil conseguir nada por la violencia, y trataba de someter a su terrible enemigo tocándole hábilmente al corazón. Por eso intentaba dar suavidad a su voz y mágico encanto a sus palabras. Sofocando su cólera, dejaba que hablase la conmovedora piedad. Diríase de ella que intentaba enternecer y cristianizar al demonio con las súplicas que se dirigen a los santos. Sus manos aparecieron cruzadas en el ventanillo.
—Tilín, Tilín —le dijo—. Yo te juro por Dios, que es mi Padre, y por nuestro glorioso patriarca Santo Domingo, que si me dejas y te vas, no te guardaré rencor, no tendré de ti malos recuerdos..., al contrario, los tendré buenos, muy buenos... A nadie diré que pegaste fuego a San Salomó; a nadie diré que en la confusión del primer momento, y cuando bajé huyendo de las llamas, me cogiste, me amordazaste y me sacaste por la puerta del locutorio, cuando el fuego y el humo permitían aún pasar por allí. A nadie diré que me ocultaste después en una casucha que hay fuera de la puerta del Travesat, donde tú y otros bandidos como tú, digo mal, bandidos no, sino alucinados, me tenían preparado el suplicio de este coche. A nadie diré que luego me has traído a este viaje horrible, que no sé dónde terminará; no diré nada..., tendré buenos recuerdos de ti, me acordaré de tu amistad, de tus buenos servicios. Todos los días, todos, cuando me arrodille delante del Señor Sacramentado para pedirle por los pecadores, pediré a Dios que te quite esos malos pensamientos y te dé otros buenos y cristianos que lleven tu alma al cielo, donde me volverás a ver..., sí, me volverás a ver.