Un voluntario realista

Part 12

Chapter 124,026 wordsPublic domain

—¡Nuestra Señora de Monserrat nos valga!... Está con las tocas quitadas poniéndose flores en la cabeza y mirándose al espejo.

La atisbadora iba a su celda por el mismo camino. Sus pasos no se sentían: calzaba sus venerandos pies con alpargatas que parecían de plumas.

Aquella noche (nos referimos a la noche del caballero hambriento, que fue noche muy célebre en San Salomó) la de Monserrat hizo su viaje de inspección, porque ya era la una y la celda de su víctima estaba iluminada. Había que tomar acta de este peregrino caso.

La monja aplicó su oreja a la puerta, y... ¡por los sagrados clavos y las divinas llagas de Jesucristo!... Se quedó helada de espanto. No daba crédito a aquel su sentido acústico tan bien ejercitado y tan experto. El agujerillo de vigilancia parecía que se había agrandado. Adaptó la monja su ojo vidrioso... Miró, estuvo mirando un largo rato. ¡Cómo miraba! Creyó al principio que era alucinación; pero no: era realidad, realidad.

Echó a correr tambaleándose; sus caducas piernas vacilaban, cual si no pudieran sostener el formidable peso de su indignación. Se santiguó repetidas veces, elevó las flacas manos al cielo; movió la cabeza, tan semejante a una calavera, y murmuró:

—Ya me lo esperaba yo... En esto habían de parar las locuras de esa mujer. ¡Piedad, Señor!

Dicen que la reverendísima estuvo a punto de dar en tierra con su esqueleto, tal era el pavor que sentía; pero sacó de su demacración senil las fuerzas que necesitaba para poder llegar hasta la madre abadesa y referirle un caso tan horroroso. Los minutos que tardó en llegar a la celda de la superiora le parecieron siglos de infamia, de vilipendio, para la Orden de Santo Domingo.

La abadesa no estaba en su celda. Aquella buena señora, la más rezona de las habitantes de la casa, acostumbraba dejar por las noches su angosto lecho y bajar al coro, donde estaba en oración largas horas, de rodillas sobre el mármol duro y frío, apoyando sus brazos en una silla que le servía de reclinatorio y sumido el espíritu en las honduras mareantes de la mística. Algunas monjas la imitaban en esta santa costumbre.

Entró la vieja en el coro, y a la luz incierta de la lámpara que alumbraba al Cristo, vio a la madre abadesa de rodillas. Acercose y le tocó en el hombro.

—¿Quién es? —dijo la abadesa con voz soñolienta.

La de Monserrat se arrodilló a su lado y se persignó con precipitación.

—Soy yo —repuso—, que vengo a poner en conocimiento de...

—Ya... ya me lo figuro —dijo la madre abadesa incorporándose—. Yo también empiezo a inquietarme.

—¿Sabe usted lo que voy a decirle?...

—Sí... que se siente olor a madera quemada.

—No, no es eso.

—Hace un rato que sentí ese olor —afirmó la madre abadesa husmeando el aire—. ¿No siente usted?

—Fuego hay en el convento; pero es un fuego que no se ve.

—¿Qué me dice usted, señora?

—Dentro del convento ha entrado esta noche un hombre.

—Usted sueña, hermana... Pues no me queda duda... ¿No huele usted a quemado?

—Será que en las murallas han encendido alguna hoguera... Cuando pasan cosas graves, cuando el convento está profanado, deshonrado por la infamia y el sacrilegio, no conviene pensar en fruslerías.

La abadesa se levantó.

—¡Un hombre! Eso no puede ser —dijo con espanto.

Y al punto se puso a temblar.

—Un hombre, sí. ¿No sé yo lo que es un hombre?

—¿En dónde?

—En la celda de una religiosa.

La abadesa cesó de temblar y empezó a reír. El caso le parecía tan absurdo, tan inverosímil; estaba además tan acostumbrada a los ridículos terrores de sor María Monserrat, que no pudo permanecer seria.

—Si a la abadesa de esta comunidad —dijo la delatora— le falta valor para llamar a la puerta de la celda donde se está consumando el horrendo sacrilegio, yo lo haré. No temo nada: no me importa que un asesino...

La monja no pudo continuar, acometida de una tos muy fuerte.

—¡Oh!... sí, parece que hay humo aquí —dijo en tono de alarma.

Las dos monjas se acercaron a la reja que daba al altar mayor.

—¡Humo, humo!

A un tiempo brotó esta exclamación de una y otra garganta. A la indecisa luz de la lámpara veíase una como niebla espesa que envolvía los oropeles del altar churrigueresco.

Las dos monjas corrieron de aquella reja a otra que al claustro daba.

—¡Jesús de mi alma! —gritó la madre Monserrat llevándose las manos a la cabeza—. ¿Qué es esto?... Un hombre..., dos hombres, tres hombres..., les he visto correr por el claustro hacia la sacristía...

La abadesa se quedó tan aterrada que no pudo ni hablar ni moverse. Volvieron a asomarse a la reja de la iglesia. Una claridad tenue y rojiza llenaba el recinto sagrado, permitiendo ver las imágenes, las colgaduras, los altares: era un aspecto siniestro y horripilante.

Las dos monjas corrieron hacia el claustro. Oyéronse las pasos precipitados de tres religiosas que bajaban. En el patio había también algo de humo. Corrieron todas a la puerta de la sacristía; la empujaron: estaba abierta. Cuando la puerta cedió, las cinco madres lanzaron espantoso grito y retrocedieron de un salto. Por la puerta salió una bocanada, un chorro, una manga formidable de humo negro, espeso, resinoso, y en el fondo del centro oscuro vieron las llamas que brillaban y extendían sus rojas lenguas por las paredes.

Todo San Salomó no tuvo más que una voz para gritar: «¡Fuego!».

XXIII

Con fulminante rapidez se propagó, siendo de notar que parecía haber comenzado por dos puntos distintos: por la sacristía y por las habitaciones ruinosas llenas de retama y trastos viejos que estaban debajo de la Isla. Es difícil distinguir los incendios de casualidad de los de intención. La primera sabe remedar a la segunda, y esta tiene a veces bastante destreza para disfrazarse de inocencia... Pero no pueden hacerse consideraciones dentro de un convento que se quema y en presencia de veintiséis pobrecitas mujeres, contando religiosas y sirvientes, aprisionadas entre llamas, y que por ninguna parte hallarán salida si no las favorece el vecindario.

Las llamas entraron en la iglesia, y agarrando la primera cortina que hallaron a mano junto al altar, escalaron la pared. Como bocas hambrientas que hallan pan, clavaron sus voraces dientes en la vieja madera de los altares; de un soplo devoraron el apolillado tisú y las secas flores que adornaban las imágenes; subieron más culebreando; de una manotada hicieron estallar todos los vidrios, entraron fuertes corrientes de aire, y engordando entonces súbitamente, los horribles dragones de fuego estrecharon en sus mil brazos ondulantes las vigas de la techumbre.

Por otra parte, la sacristía, centro y raíz principal del incendio, enviaba llamas por el pasillo que conducía al locutorio, mientras el fuego que salía de las crujías bajas del ala izquierda trepaba a las galerías, incendiando las celdas altas. Felizmente la escalera estaba libre, y, aunque muy cargada de humo, permitía a las monjas bajar al claustro. La invasión de la sacristía por el fuego no permitía tocar la campana; pero los vecinos de Solsona vieron pronto aquella claridad horrible y la columna de humo que coronaba a San Salomó como una aureola infernal. Todas las campanas de la ciudad se desgañitaban; levantáronse los habitantes todos, para correr en auxilio de las madres dominicas.

El incendio era de esos que no habrían cedido ante los aparatos modernos, formidable artillería de agua que, servida por los bomberos, suele abatir baluartes de fuego en las ciudades de hoy. ¿Qué podrían hacer contra aquel infierno los diligentes vecinos y los guerrilleros navarros llevando cubos de agua? Pronto se conoció que serían inútiles todos los esfuerzos para salvar la fundación del señor marqués de San Salomó, y no hubo más que un pensamiento: salvar a las pobres madres.

No se sabe por dónde entraron los primeros que fueron a auxiliar a la comunidad; lo cierto es que cuando algunos vecinos rompieron a hachazos la puerta del locutorio y entraron en el claustro, vieron que dentro del convento había ya gente ocupada en salvar lo que se podía. Sin duda aquellos hombres habían entrado antes que el fuego imposibilitase el paso de la sacristía al claustro.

El aspecto de este y del patio era espantoso. Bajaban llorando las pobres monjas, y no hubo santo alguno que no fuera invocado entre gritos, lamentos, congojas, interjecciones de horror. Veíanse las blanquinegras figuras corriendo y bajando al claustro, como rebaño de ovejas acosadas por el lobo. Algunas habían salido de sus celdas sin acabar de vestirse, porque el fuego no les había dado tiempo para más. Ponían otras gran empeño en salvar su ajuar, y hacían subir a los vecinos o trataban ellas mismas de arrostrar la atmósfera de humo para sacar algunos objetos. Otras, más filosóficas, creían que después de perdida la casa, nada merecía ser salvado.

Los hombres a quienes la catástrofe había abierto las puertas del sagrado asilo, sacaban de las celdas lo que se podía salvar y lo arrojaban desde la galería alta. Las llamas avanzaron; no fue posible continuar en aquella tarea. Un calor horroroso, suficiente a dar idea perfecta de las penas del infierno, impedía a todo ser vivo permanecer más tiempo en el claustro y aun en la huerta. Era preciso salir, abandonar para siempre aquellos benditos muros que el demonio había tomado para sí expulsando a las esposas de Jesucristo. Había monja a quien esta idea afligía más que el peligro de morir asada. Dos de aquellas infelices, enfermas en cama, fueron sacadas en brazos, y en una de ellas pudo tanto el miedo que expiró en la puerta.

La confusión crecía. Había allí hombres diversos, paisanos y militares, yendo y viniendo sin entenderse. Todos mandaban, nadie obedecía. Cada cual obraba según su valor, su generosidad o su iniciativa. Hubo quien se echó a cuestas a dos monjas y quiso salir con ellas cuando aún no habían bajado todas. Hubo quien propuso un premio al que entrara en la iglesia para salvar de las llamas el símbolo de la Eucaristía, sin que apareciese un héroe decidido a afrontar la muerte por empresa tan santa. Hubo quien intentó salir por la puerta del locutorio; pero esto era imposible. Las llamas se habían extendido ya por el pasillo, y el humo era tan denso que no había medio de dar un paso en el locutorio.

Las monjas se llamaban unas a otras como para reconocerse y recontarse.

—Madre Transfiguración, ¿está usted ahí?

—Sí, el Señor me ha dejado vivir. ¿Y sor Melitona de San Francisco?

—La he visto hace un momento... ¿Se ha salvado la madre Rosa de San Pedro Regalado?...

—Sí, ahí está...

—Sor Ana, ¿está usted aquí?... Sor Ana.

—Allá está... Se ha empeñado en salvar sus colchones, y por tales pingajos han estado a punto de perecer dos hombres.

—Hay personas muy imprudentes.

—¿Y la madre Monserrat?

—Aquí estoy, hija, más muerta que viva —repuso la voz cavernosa que salía al parecer de una calavera—. Por más que me vuelvo loca no puedo averiguar dónde está sor Teodora de Aransis.

La flaca monja entraba y salía de grupo en grupo como una serpiente que culebrea resbalando entre la hierba.

—¿Está sor Teodora de Aransis?

—Repito que no lo sé... No está aquí, ni allí, ni allá.

—¡Jesús Sacramentado! ¿Si se habrá quedado en su celda...?

—¡Calle usted, tonta!... ¡Por las sagradas llagas!... ¡Si hemos subido y hemos encontrado la celda vacía!... y los restos de un festín. ¡Es particular!... ¡Y el incendio ha sido intencionado! ¡Aquel hombre!... No me queda duda de que él, él...

—¡Sor Teodora! ¡Sor Teodora!...

—Hay que salir al momento; no puede perderse un minuto. Afuera, señoras —gritó un hombre moreno, bien plantado, con uniforme militar, el cual había logrado a fuerza de golpes, bramidos y empellones, imponer su voluntad en medio del gran tumulto.

¡Gracias a Dios, al fin había alguien que mandara en aquel desconcierto!

—¡Que se cae la pared del claustro! —gritó una voz terrible y de agonía.

—¡Afuera, afuera!

Fue preciso abrir con grandísimo trabajo un boquete en la tapia de la huerta, con espacio suficiente para dar salida a la comunidad, siempre que esto se hiciera con orden. El hombre moreno, coronel de ejército y jefe de los voluntarios navarros y aragoneses, designó un plazo para tal operación y la hizo ejecutar a sablazos. Trabajaban con ardorosa fiebre picoteando el ladrillo con azadones, palas, barras, clavos, con cuanto había. No había concluido la obra importante, cuando el coronel sintió que le sacudían fuertemente el brazo. Volviose y vio una monja que no parecía sino la estampa de la muerte.

—Señor coronel —dijo el espectro—. Señor coronel, el incendio ha sido intencionado. Yo sé quién es el perverso que ha hecho esta gran bellaquería.

—¿Quién?... ¿Dónde está?

El espectro extendió su brazo blanco, que parecía un bastón metido en la funda de una remollada, y señaló a un hombre vestido de payés y con un brazo vendado, el cual en aquel instante arrojaba una herramienta de las que habían servido para abrir el boquete, y se deslizaba por él, ávido de poner sus pies en la calle.

Dando un rugido, Carlos Navarro gritó:

—¡A ese..., ese..., que se escapa!... ¡Zugarramundi..., ahí va..., cuidado..., es él!...

La roja claridad que iluminaba las caras, daba a esta escena un aspecto de extraordinario pavor.

La gritería que fuera sonaba no permitió conocer lo que pasó; pero sin duda los deseos del jefe quedaron satisfechos, porque se abalanzó a la tronera y retirose después diciendo:

—Muy bien, compañeros... No pensé que Dios me le depararía esta noche... Bien decía yo que se había metido aquí... ¿Conque también incendiario? ¡Horrible conjunto de crímenes!... Ahora, señoras, salgamos. Mucho orden..., digo que mucho orden... Esta noche le voy a romper a alguno la cabeza.

Colocó un grupo fuera de la tronera y otro grupo dentro. No eran como dos ejércitos, sino como dos partidas de juego de pelota. Los de dentro cogían en brazos una dominica, y por el boquete la entregaban en los brazos de los que estaban fuera. Parecía que echaban niños en el torno de una casa de expósitos. Nunca falta un bufón en las más terribles escenas de la vida, y allí hubo uno que al echar fuera una monja, decía:

—Ahí va otra carta al correo.

Pocas hubo que hicieran dengues y repulgos al verse entre brazos de hombres: el susto, el horror, el peligro, no permitieron a las más de ellas entretenerse en gazmoñerías. Cuando todas estuvieron fuera, se reunieron en apretado grupo: no sabían andar, no sabían a dónde ir. La más tranquila era la muerta, a quien echaron fuera como un saco. Aunque se incendiase el mundo todo, aquella nada podría decir. Unas se arrojaban sin aliento en el suelo; otras lloraban a lágrima viva; otras hablaban en coro, haciéndose preguntas, expresando con una observación breve, con un vocablo suelto, con una articulación indefinible, el pánico, el azoramiento, la turbación de aquel instante.

—¿Estamos todas?

—Una, dos, tres, cuatro...

—¿Y a mí no me cuentan? También estoy aquí.

—Tengo una mano abrasada... ¡Jesús mío, qué dolor tan vivo!

—Mirad cómo está mi hábito; y gracias que la Santísima Virgen me libró de morir achicharrada.

—Estuvo en un tris que me quedase en la escalera hecha carbón.

—Ya sabéis que no gusto de enredos. Por la salvación de mi alma, que cuando subimos había en la celda restos de un festín... pero de un festín opíparo.

—Contemos otra vez..., dos, tres...

—Pues sí que falta una.

—Su celda estaba vacía, vacía, vacía... La luz apagada... Yo le había visto antes, y su cara se me quedó en la memoria, ¡qué terror! Tenía el brazo vendado y la manga subida.

—El único zapato que pude ponerme se me perdió en la huerta...

—Yo dormía profundamente, cuando sentí un ruido infernal: abrí los ojos, vi la claridad... ¡El divino Jesús nos valga!

—Ya no queda duda. Con la muerta somos veintiuna, con las cuatro criadas veinticinco.

—¡Falta una, falta una!

—¿Sería yo capaz de decir una cosa por otra?... Un hombre, un hombre. ¡Horripilante suceso! ¿Por qué nos quemaría nuestra casa ese malvado?

—Yo también digo que el convento ha sido incendiado por una mano alevosa.

—¡Falta una!

—¡Qué horrible aspecto presenta nuestra casa!... Adiós, San Salomó, vivienda querida, vivienda adorada; adiós para siempre.

—Adiós, San Salomó. Señor, Padre Nuestro, pues tú lo has querido, sea. Pobres debemos ser y pobres seremos.

—¡Bendito sea el poder de Dios!

—No puedo mirar a San Salomó... Me muero de aflicción.

—Ánimo, hermanas mías. El Señor lo ha querido así; tengamos resignación.

—Yo le vi, yo le vi.

—¿A dónde vamos?

—¿Estamos todas?

—No, no, que falta una.

—Falta una.

—Una.

XXIV

El concertado desarrollo de esta narración, que es menos novela de lo que creerán muchos, exige que no digamos ahora una palabra más de las buenas madres de San Salomó, dejándolas entregadas a su dolor y en camino del albergue provisional que les preparó el obispo de Solsona. Otros personajes nos llaman en lugar no apartado del siniestro, allá donde suena la bronca trompeta de la historia anunciando los sucesos que se escriben en páginas muy graves, y que también han de tener su hueco importante en estas, que lo son de entretenimiento.

A la mañana siguiente, cuando aún echaba humo y chispas el cadáver tostado de San Salomó, don Carlos Garrote (y jamás pudo en su gloriosa vida de insurrecciones por la fe quitarse nombre tan duro) estaba en su alojamiento de la calle de San Francisco acometido de un mal que con frecuencia padecía, y que en los últimos años se le había recrudecido bastante: este mal era la cólera. Mostraba su dolencia hiriendo el suelo con el pie, golpeando con la mano una mesa harto desvencijada, y que con tales caricias iba en camino de no servir más que para leña, y, finalmente, soltando de su boca en nutrida descarga venablo tras venablo.

Mientras expresaba su enojo andando de un testero a otro y llevando de la cabeza a los bolsillos sus manos, un segundo personaje, sentado junto a una segunda mesa donde había butifarra, pasteles y vino, parecía encargado de representar con su sensual abandono, sus ojos medio chispos y su semblante epicúreo, la antítesis del exaltado y ardiente Garrote. Aquel viejo borracho era Mañas, guerrillero estúpido que los caudillos habían arrinconado por no servir más que de estorbo.

Un tercer personaje agrandaba el cuadro: era un capitán de lanceros, joven, bien parecido, y que por su cortesanía y aspecto hidalgo contrastaba con la rudeza de los dos soldados apostólicos. Aún falta mencionar otro individuo; pero en este basta la mención: era el capellán de San Salomó, mosén Crispí de Tortellá. Lo único que la escrupulosidad histórica nos obliga a decir, es que parecía inclinarse más a compartir con Mañas la butifarra, los pasteles y el vino, que con Garrote la ira, las manotadas y los vocablos picantes. Menos Navarro, todos estaban sentados, y, a excepción de Mañas, todos muy serios.

Lástima que no estuviéramos allí desde el principio del consejo. El primero a quien oímos fue Garrote, que repitiendo una idea expresada sin duda muchas veces antes de nuestra llegada, dijo con la boca, con las manos y con los pies:

—Yo no me someto.

A esta aseveración, semejante a un disparo, sucedió un silencio profundo. Garrote, luego que dio varias vueltas en una órbita, cuyo centro era Mañas, se paró delante del oficial de lanceros y le echó a boca de jarro estas palabras:

—Si los demás quieren someterse, yo no me someto. Dígalo usted así al conde de España, que le ha enviado.

—Ya esta guerra no tiene razón de ser, señor coronel —dijo con energía el oficial—. Su Majestad ha llegado ya a Cataluña y ha mandado dejar las armas a los que se habían alzado en su nombre.

—Yo no me he levantado en su nombre.

—¿Pues en nombre de quién?

—En nombre de otro... No vengamos aquí con mixtificaciones... Se nos dijo una cosa y ahora resulta otra... Este es un juego indecente, un juego indecente.

—Pero, señor coronel de mis pecados —dijo mosén Crispí apretándose el vientre y tratando de dar a su rostro expresión de bondad—. Si Su Majestad declara que es libre, que no hay tal jacobinismo en Palacio, que pondrá la fe católica por encima de todo... ¿qué hemos de hacer nosotros? No seamos más realistas que el rey, por amor de Dios.

—Señor Tortellá de mil demonios —dijo Garrote encarándose con él e increpándole con desabrimiento—. No venga usted a empastelarnos con sus distingos y sus boberías de canónigo harto. Bastante nos han engañado ya; ¿y quién nos ha metido en este berenjenal? Usted y sus colegas, los de hábito negro y pardo. ¿Por qué antes nos decían una cosa y ahora otra? ¿Qué inmunda farsa es esta? ¿Qué comedia ridícula y nauseabunda quieren ustedes representar? ¿Me han tomado por títere? A mí me gustan las cosas claras y las palabras concretas, ¡señor Tortellá de mil rábanos! Ustedes nos han engañado; nos hicieron tomar las armas, y ahora nos mandan soltarlas. ¿Cuál fue la razón de aquello? ¿Cuál fue la razón de esto?

—Nosotros... —balbució el capellán muy atolondrado.

—Ustedes, sí —declaró Garrote furioso como un león.

Estaba junto a la mesa desvencijada, y a cada dos o tres palabras daba con la palma de la mano un golpe que sonaba como un pistoletazo.

—Sí, ustedes... Nos dijeron que se iba a emprender una guerra grande, gloriosa..., ¡pum!, una guerra por la religión. Nos dijeron que el rey, ¡pum!, estaba entregado a los masones, y que la Cámara real era una logia, una zahúrda de jacobinos..., ¡pum!, que Calomarde era masón, que el rey era masón..., ¡pum! Nos dijeron, y esto es lo más grave, que la guerra se haría alzando la bandera de la religión y proclamando..., ¡pum!, el nombre del infante don Carlos como futuro rey de España en sustitución de Fernando VII... Nos dijeron que en Madrid estaba todo hecho para quitar del trono a un hermano que estaba vendido a los masones, y poner, ¡pum!, a otro hermano que oye misa todos los días... Nos dijeron que cuando se levantase Cataluña, toda España respondería, y que el reinado de la fe y la destrucción del liberalismo vendrían fácilmente... Nos dijeron que había un Breve secreto del Papa ordenando el alzamiento, y que Francia, Austria y Rusia lo apoyaban..., ¡pum! Nos engañaron pintándonos la Junta Apostólica de Madrid como un centro poderoso, y ahora veo que no es más que una reunión de mentecatos, de algunos consejeros cesantes que quieren volver al Consejo, de algunos canónigos que quieren ser obispos, y de algunos brigadieres que quieren ser generales..., ¡pum, pum, pum!

La mano del guerrillero rebotaba como una pelota de goma, y tenía la palma roja, casi sangrienta. Mosén Crispí no se atrevió a contestar, y miraba a la butifarra, a Mañas, al oficial, a la mesa golpeada, por ver si alguno de estos tres objetos le sugería una idea.

—Y ahora —prosiguió Garrote apartándose de la mesa, que había quedado casi llorando —ahora nos dicen que todo ha sido una broma; que dejemos las armas; que el proyecto de poner a don Carlos en el trono es prematuro, impracticable, tonto, cosa de monjas, y no sé qué más... Esto es jugar con hombres formales. Ha bastado que el rey haya venido a Cataluña para que todo se desvanezca como el humo: los más valientes se vuelven cobardes, muchos bravos se esconden, y los curas se meten en las iglesias a decir: _Pésame, Señor..._ ¡Mil rábanos! No ha pasado nada... con tal que conserven sus empleos, sus canonjías y sus prebendas esos señores que nos han hostigado. El rey llegará y hará un picadillo masónico con la carne de todos los que se han batido en Cataluña por la causa santa, divina, inmortal, de la fe y de la monarquía.

—No —dijo bruscamente el oficial—. Lo primero que ha dicho Su Majestad es que perdonará a todo el mundo.