Part 11
Sin detenerse echó agua en una jofaina de plata, añadiéndole gotas de una esencia aromática que perfumó la celda. Después de lavar la herida aplicó sobre ella el vino que había batido con aceite, y la vendó al fin cuidadosamente.
Clavando sus negros ojos en el herido, señaló la puerta y le dijo:
—Ahora...
—Ahora, sí —repuso él de mala gana sin moverse de su silla—. Si yo me atreviera a decir a la señora una cosa...
Hablaba en el tono más humilde.
—¿Qué cosa? —preguntó sor Teodora con severidad.
—Que me muero de hambre, señora.
Al decir esto parecía que sus fuerzas se extinguían y que iba a perder el conocimiento. La monja miró al suelo, luego al intruso, después a la rica alacena de talla que guardaba tantos tesoros.
—Las inmensas fatigas del día de hoy —añadió Servet con profunda lástima de sí mismo— no me han permitido llevar un pedazo de pan a la boca. El hambre y el cansancio me agobian de tal modo, señora, que si usted me arroja de aquí en este triste estado, no podré dar un paso.
La venerable madre volvió a fruncir el ceño. Parecía vacilar. Después dirigiose a la alacena y sacó de ella un objeto que despedía olores gratísimos al olfato: era una gallina asada. Su dorada pechuga, sus gordos muslos medio achicharrados por el fuego, decían «comedme». El hambriento se reanimó solo con la vista de tan hermosa pieza, honra de las cocinas de San Salomó.
Sin decir una palabra, la monja tendió sobre la mesa un mantelito, blanco y limpio como el cuello de un cisne; puso en él la fuente con la gallina, un pan entero y una botella de vino blanco, que en el subido color de oro y delicadísimo aroma indicaba sus muchos años. Hecho esto, sin olvidar el cubierto y un vaso de plata, se apartó de la mesa, y tomando una silla sentose en ella, volviendo la espalda al intruso, que había caído ya sobre la cena. Sor Teodora no acompañó con una sola palabra su acción, ni tampoco con una sola mirada. Tomando su libro de oraciones, se puso a leer.
—Si mil años viviera —dijo el hambriento, después de los primeros bocados—, no tendría tiempo bastante para agradecer a usted lo que ha hecho por mí esta noche, venerable madre.
Hubo una pausa, durante la cual nada se oía más que el ruido del comer. La de Aransis miró de reojo: viendo que el intruso, después de despachar media pechuga y un ala, se detenía, levantose y de la alacena sacó unas lonjas de jamón adornadas con esa filigrana de cocina que llaman huevo hilado y es tan agradable al paladar como a la vista.
—Gracias, señora —murmuró don Jaime—. Mi hambre ha sido satisfecha, y me basta.
La monja sacó también un plato de confituras y se lo puso delante. Sin mirarle ni cambiar con él palabra alguna, volvió a su asiento y tomó su libro. ¡Qué ganas de rezar le habían entrado! Sin duda quería desagraviar a Dios del grandísimo desacato y profanación que la entrada de aquel hombre en su celda representaba. Pero el aventurero se cansó del largo silencio, y deseoso de romperlo, habló de este modo:
—Bien sé, reverenda madre, que el hombre que ha entrado aquí como un ladrón amenazando y aterrando, no merece ser tratado con miramiento ni consideración. Lo más que se puede hacer por él es darle una limosna; pero nada más, nada más.
Sor Teodora no pronunció sílaba ni movió pestaña. Parecía una de esas estatuas en que el arte ha representado a un grave personaje histórico leyendo sobre su sepulcro.
—Bien sé que este hombre no merece consideración —añadió el caballero—. Si se le conociera bien, quizás la tendría; pero no se le conoce, no es más que como un saltador de tapias. ¡Ah!, si se conocieran sus inmensas desgracias, los móviles que le han traído aquí, quizás, quizás no tendría el sentimiento de ver apartados de sí los ojos de su bienhechora. Permítame usted —añadió dirigiéndose a ella— que me duela de este desvío. No estoy acostumbrado a él. He tenido la suerte de encontrar hasta hoy simpatías, afecto, amistad en todas partes. Bien sé que pedir esto en el caso presente sería mucho pedir... He recibido mucho más de lo que podía esperar, y mi gratitud será eterna.
Inclinose profundamente con el mayor respeto.
—Demasiado favor es —dijo sor Teodora sin mirarle— auxiliar a un hombre desconocido que ha entrado aquí como entran los ladrones sacrílegos.
Entonces le miró, y con súbito enojo le dijo:
—¿Pero no se marcha todavía?...
—Espero las órdenes de mi dueño —replicó el intruso inclinando su cabeza.
—Váyase usted.
—¿A dónde, señora?
—Al infierno... ¿Qué sé yo?
—No puedo salir de San Salomó mientras estén en Solsona las guerrillas de Navarra. Me es imposible, señora. Si salgo, mi muerte es segura, entre mis cazadores hay uno que jamás perdona.
—¿Y qué me importa eso? —dijo la monja alzando bruscamente los hombros y cerrando el libro.
—Yo he puesto mi vida en manos de usted, señora; en esas manos que han nacido para ser generosas y que lo serán, aunque usted misma no quiera. He entregado a usted mis armas. Estoy indefenso. Si usted no quiere completar su acción caritativa ocultándome en el convento por esta noche, abra esa puerta, llame a las buenas madres que duermen, alborote la casa, toque la campana de alarma, llame a las autoridades de la ciudad, y entrégueme a ellas. Si usted lo hace, lo acepto; recibiré mi perdición y mi muerte como si vinieran de Dios.
—¿De modo que insiste usted en quedarse aquí? —dijo la de Aransis confusa y asombrada.
—Por mi voluntad sí, señora, porque nadie va voluntariamente a su ruina. Si usted en conciencia cree que debo ser arrojado de este asilo que me deparó la Providencia, arrójeme en buen hora.
—¿Hase visto un descaro igual?... ¡Un hombre en mi celda!... ¡Jesús y María Santísima de mi alma!
La madre se llevó las manos a su preciosa cabeza cubierta con las blancas tocas.
—No pretendo que usted me oculte aquí, sino en cualquier otro sitio donde esté seguro. Lo pido como se piden los favores, no con amenazas ni con armas; usted hará lo que su conciencia le dicte, señora: o entregarme a mis enemigos, o salvarme.
—¿Cómo he de salvar a quien no conozco, cómo? No es virtud, sino pecado ocultar al criminal y ponerle a cubierto de la justicia.
—Yo no soy criminal, ni nunca, nunca lo he sido, señora —declaró el intruso con acento patético y conmovido.
Su acento tenía la admirable entonación del honor verdadero, que no puede confundirse con ninguna otra. Los histriones más hábiles apenas pueden fingirla. Sor Teodora, que tenía su alma fácilmente abierta a la convicción, principió a experimentar hacia Servet las agradables sensaciones que producen los movimientos de benevolencia en el corazón humano.
—Por el que está en esa cruz —dijo el herido extendiendo su mano hacia el crucifijo—, juro que no soy criminal, que no lo he sido nunca, que esta cacería que ahora sufro no es movida por ningún hecho deshonroso.
—¿El cazador de usted quién es?
El caballero vaciló un instante. Comprendiendo que la verdad le salvaría, dijo:
—Es un celoso.
—¡Un celoso! —repitió sor Teodora sintiendo su cerebro cargado de ideas que repentinamente entraron en él.
—Un celoso y además un fanático. Si yo le contara a usted esa historia, usted, que es buena y noble, dejaría de ver en mí un criminal atrevido; y si en el curso de ella aparecían faltas graves, seguro estoy de que me las perdonaría.
—Tal vez no —replicó ella, que había empezado a sentir abrasadora curiosidad sin poder precisar de qué ni por qué.
—Y pongo por testigo a Dios de que la protección que usted se digne concederme esta noche no será mal empleada ni recaerá en persona indigna de ella. No es vanidad, señora, lo que voy a decir: si usted, faltando a todas las leyes de la caridad, diera la voz de alarma y me entregase a mis enemigos, cometería un crimen abominable, porque crimen es entregar al verdugo un inocente.
Sor Teodora replicó frunciendo el ceño:
—Eso podrá ser verdad y podrá no serlo.
—Sí, podrá ser verdad y podrá no serlo. Pero esto no lo ha de decidir el discernimiento frío de un juez, sino el corazón noble y generoso de una dama, de una religiosa, de una santa. Elija usted, señora.
Sor Teodora dio un gran suspiro, indicio cierto del grave compromiso en que estaba su alma, fluctuando entre el rigor de los deberes monásticos y la bondad de su corazón. No siempre va este en perfecto acuerdo con las tocas.
—No me será muy difícil creer —dijo después de una larga pausa— que no estoy delante de un ladrón, bandolero o asesino. Bien veo por su lenguaje que no pertenece usted a esa pobre clase plebeya, de la cual salen todos los malvados. Hasta llegaré a creer que pertenece usted a la clase más alta de nuestra sociedad. Ciertos modales y lenguaje no se adquieren sino habiendo nacido a larga distancia del populacho... Pero hay muchas especies de criminales desde que la política ha trastornado la sociedad, y quizás usted, sin ser precisamente reo de esos feos delitos, propios de la baja plebe, haya cometido otros que me vedarían en absoluto ampararle.
—Señora, no comprendo a usted.
—Desde que me entregó sus armas, desde que usted me habló de esa terrible persecución que sufre, formé un juicio que creo ha de resultar cierto. A ver si me engaño: el afán con que usted huye de los guerrilleros de Navarra, es porque sin duda algún celoso defensor del altar y el trono ha visto en usted a un enemigo de esta causa sagrada. Usted es espía de Calomarde y de las tropas del Rey, que ya están sobre Cervera. ¡Oh!, señor mío, no creo en la farsa de esa cacería por celos, no; tanta inquina en ellos, tanto recelo en usted, me prueban que anda por medio la pasión de las pasiones..., la política. ¿Y siendo usted amigo de esos hombres corrompidos que vienen a sofocar esta santa insurrección por la fe, se atreve a buscar asilo dentro de los muros sagrados de San Salomó?... ¡Qué audacia!
—¡Oh, señora! —exclamó el caballero cruzando las manos—. Nada podré ocultar a usted. Dios ha dispuesto que me revele a mi bienhechora tal como soy... Me he fiado a su generosidad, y su generosidad no puede faltarme. Hallo en usted un carácter que despierta en mí grandísima afición y simpatía, y no puedo dejar de corresponder a ese carácter mostrando la parte principal del mío, que es el amor a la verdad. El corazón me dice que de tan noble y hermosa dama, que de tan ejemplar religiosa no he de recibir más que beneficios. Señora, me presentaré a usted con mi verdadera forma, y así me haré más acreedor a su amparo... Yo no soy espía de Calomarde.
—Entonces.
—Los defensores de la llamada causa apostólica y los realistas de Madrid son igualmente extraños a mis ideas y a mis acciones. Habiéndome impuesto ahora el deber de decir a usted la verdad pura, creyendo que así ha de tomar más interés por mí, le diré... Salga lo que saliere, señora, digo a usted que soy liberal.
Sor Teodora sofocó un grito y se puso pálida.
—Y repito ahora lo que antes dije —manifestó el intruso arrodillándose ante la monja en la actitud más respetuosa—. Reverenda madre, disponga usted de mi suerte. Entrégueme usted a mis enemigos o salve esta pobre vida, según lo que su conciencia le dicte.
—¡Jacobino! —murmuró sor Teodora santiguándose.
—Así nos llaman —dijo festivamente, permaneciendo de hinojos y alzando los ojos para contemplar la soberana hermosura de la monja—. Así nos llaman... De modo que tiene usted de rodillas a sus pies al mismo demonio.
—Levántese usted —dijo la de Aransis bruscamente.
—No me levanto hasta no oír mi sentencia de esos labios —repuso galantemente el caballero—. ¿Será posible que mi franqueza no despierte en usted la piedad? A un hombre que muestra así el más grave de sus secretos, ¿se le puede negar amparo?
Sor Teodora había llegado al más alto grado de confusión. Bien lo comprendía Servet, el cual, conocedor del corazón humano, había visto en la ilustre dama uno de esos caracteres que se conquistan más fácilmente con la verdad y la franqueza que con la violencia y la amenaza. La de Aransis era, en efecto, como él la creía. Para conquistar su benevolencia era preciso confiársele resueltamente, someterse a ella sin rodeos. El desconfiado, el artificioso, el astuto, no serían sus amigos; pero el franco, el leal y el verdadero sí.
—Lo que usted me ha dicho —indicó mirando tan fijamente al caballero que parecía querer penetrar sus pensamientos más íntimos— me mueve a tratarle como el mayor enemigo de esta casa. Yo no puedo dar asilo a un jacobino, enemigo de los reyes de la fe.
Servet inclinó su cabeza en señal de resignación.
—Por consiguiente —añadió ella alzando la mano y estirando el dedo índice como un predicador—, voy a dar aviso a la comunidad para que llame a las autoridades de Solsona.
El caballero se inclinó otra vez. Las miradas y el tono de sor Teodora no parecían indicar sentimientos tan crueles como los que sus palabras expresaban.
—Sin embargo —añadió—, prometo ocultarle y favorecerle, si me revela el objeto de su venida a Solsona y las conspiraciones de jacobinos que entre manos trae... porque usted ha venido sin duda con algún fin contrario a esta porfía apostólica que hay ahora.
—Si yo comprara a ese precio el favor de usted —dijo el caballero con entereza—, sería un miserable. Yo creí que usted no me tendría por un miserable. ¡Revelar lo que se nos ha confiado como un secreto! No, señora. En lo que usted me pide, acaba la franqueza y empieza el deshonor. La reverenda madre no sabrá nada de mis labios. Yo no soy traidor a mis amigos y favorecedores. ¿Esperaba usted mi contestación para dar la voz de alarma a la comunidad?, pues ya la tiene... He dicho antes que me sometía en cuerpo y alma a mi bienhechora. Desarmado estoy..., puede perderme si gusta; salga usted..., no tema que lo impida violentamente.
Corriendo a la puerta puso su mano en el picaporte.
—Quieto —dijo vivísimamente Teodora corriendo a impedir aquel movimiento.
—Es que no puedo acceder a la traición que me exige.
—No importa..., yo no quiero que nadie sea desleal —replicó la monja, acompañando su voz de un ademán tranquilizador—. Me he acordado de mi pobre hermano, que tiene también la desgracia de ser jacobino. ¡Pobre hermano mío! A su recuerdo debe usted mi piedad.
—¿Entonces me favorece usted, se decide a ampararme?
—Sí —repuso ella sonriendo ligeramente.
Pareciole a Servet, al ver aquella sonrisa, que veía, como vulgarmente decimos, el cielo abierto.
—¡Oh, gracias, gracias, señora! —exclamó acercándose a ella con intención evidente de besarle las manos.
—Por Dios, hable usted más bajo, más bajo —dijo sor Teodora retirándose y poniéndose el dedo en la boca.
XXI
—En la otra celda de la Isla... en el cuarto de la leña... en la sacristía... No, mejor será en la iglesia... No, en la iglesia no... En la covacha del hortelano..., no, en la torre... ¿Por qué no en la iglesia?..., dentro de uno de los altares...
Estas palabras, dichas por sor Teodora de Aransis con la voz apagada, los ojos fijos en el suelo y un dedo sobre el labio inferior, demostraban la gran vacilación de su alma. Iba nombrando los distintos lugares donde el caballero podía esconderse; pero tan pronto como los nombraba los desechaba, por no ofrecer la seguridad absoluta que el caso requería. El problema era dificilísimo; pero la dama se aplicaba a él con la constancia y el ardor de un buen matemático. Después de indicar varios sitios, apuntando en seguida sus inconvenientes, miró al caballero y le dijo:
—Verdaderamente, no hay en la casa paraje alguno donde no pueda usted ser descubierto. Si no se tratara más que de la noche, fácil sería... pero usted quiere estar oculto toda la noche y todo el día de mañana...
—Hasta que se vayan esos salvajes.
La venerable madre, demostrando un interés que contrastaba un tanto con su anterior desvío, volvió a enumerar los distintos rincones de San Salomó.
—Hay aquí al lado una celda que no tiene uso —dijo—. Nadie entra en ella... pero la madre priora guarda la llave... ¡y si se le antoja entrar!... Tiene el don de hacer las cosas cuando menos falta hacen... Suele venir a mi cocina, que está entre las dos celdas, y si siente ruido... o si se le antoja... porque tiene unos antojos muy ridículos...
—Y recibo la visita de esa respetable señora... En tal caso procuraré que no tenga quejas de mi cortesía.
—Quite usted allá, hombre de Dios —exclamó la dama, mostrando por segunda vez al caballero su linda dentadura—. De todos modos, es preciso que usted me deje sola lo más pronto posible... Bien podría suceder que cualquier hermana pasase por aquí y viese un hombre en mi celda... En tal caso resultaría muy mal recompensada mi generosidad.
—No pasará eso, señora. Las buenas madres duermen. Dios vela su sueño, y los ángeles de la guarda impedirán que este acto caritativo sea descubierto y mal interpretado por la malicia.
—Mucho confío en el amparo de los ángeles de la guarda y en la bondad de Dios —dijo la señora—; pero lo mejor es que salga usted de aquí.
Estaban sentados los dos el uno frente al otro, junto a la mesa central de la celda, y la luz de la lámpara iluminaba de lleno ambos rostros.
—Nadie que esto viera —añadió la monja contemplando a su huésped con curiosa fijeza— podría interpretarlo como lo que es realmente, como un acto caritativo... ¡Cuántos juicios equivocados se forman en el mundo! ¡Cuántas personas inocentes son víctimas de la maledicencia!...
—Pero hay un Juez que todo lo sabe, y que nunca se equivoca en sus sentencias. A eso hay que apelar, despreciando los vanos juicios de los hombres, inspirados siempre en el odio o la envidia... Pero no quiero mortificar por más tiempo a mi bienhechora, permaneciendo aquí.
Se levantó.
—Estaba pensando —dijo la madre— que pudiendo trepar por una ventanilla que está sobre la puerta de la sacristía, podría usted ocultarse fácilmente en el camarín. Hay allí mil objetos... Pero no: el sacristán ha dado ahora en la manía de arreglar aquello, y todo el día está revolviendo trastos... ¿Dónde, Jesús Sacramentado, dónde?... Déjeme usted pensar.
Apoyó la frente en la palma de la mano. El caballero se sentó de nuevo, esperando las decisiones de su ángel bienhechor. Después de largo rato, el caballero no oyó más que un suspiro.
—¿No halla usted mi salvación, reverenda madre? —dijo al fin Servet.
—¡Qué! —exclamó bruscamente ella como si fuera arrancada de una meditación profunda.
—Lo mejor será que no se mortifique usted más por este desgraciado. Si Dios ha decidido ampararme esta noche, nadie lo podrá impedir.
El caballero volvió a levantarse.
—Yo creo —dijo Teodora en tono de lástima y melancolía— que Dios no le abandonará a usted si son ciertas, como creo, esas cristianas ideas que ha manifestado. El que confía en Dios nuestro Señor y amantísimo Padre, será salvo.
—Tantas, tantísimas veces me ha librado de inmensos peligros, que he llegado a creerme invulnerable, y siento un valor muy grande para acometer los trances difíciles. Mi secreta confianza en Dios me ha sostenido durante mi juventud, la más borrascosa que puede imaginarse, por las pasiones, los trabajos, las sorpresas, los compromisos, las penalidades, los triunfos y las caídas que en ella hubo; y es tal mi vida, reverenda madre, que yo mismo me recreo echando una ojeada hacia atrás y mirando esas turbulentas páginas ya pasadas.
La idea de una vida agitada, fatigosa, llena de pasiones y sobresaltos, de dolores y alegrías, contrastaba de tal modo con la idea que sor Teodora tenía de su propia juventud, la más monótona, la más solitaria, la más desabrida de todas las juventudes posibles, que la dama ilustre sintió vivo interés ante aquella existencia que se le presentaba como un drama vivo. Tanta era su discreción, que pudo disimular aquel interés y curiosidad ansiosa, diciendo:
—La juventud del día vive en locos afanes. No dudo que la de usted habrá sido y será de las más desasosegadas.
El huésped se sentó.
—La mayor desgracia de mi vida —dijo— ha sido siempre no poseer lo que amo y amar todo lo que no puedo poseer, corriendo siempre detrás de cosas imposibles.
—Ese mal parece muy común.
El caballero dio su opinión sobre esto, y sor Teodora se admiró de observar en sí cierta cosa inexplicable, así como un deseo de saber toda la vida del intruso hasta en sus más escondidos repliegues. Despertaba en ella interés semejante al de una novela de la cual se han leído algunas páginas que anuncian escenas conmovedoras. Después de doce años de convento había sentido la reverenda madre un brusco llamamiento de la vida exterior y mundana, de toda aquella vida que había puesto, juntamente con sus magníficos cabellos, a los pies del Esposo. Ella se asombraba de no estar todo lo horrorizada que debía en presencia de un extraño, y se admiraba de oír con agrado, más que con agrado con simpatía, la conversación del caballero desconocido.
Pero lo escandaloso de su situación revelósele después de un momento de tristeza meditabunda en que se creyó libre, sin tocas, en el siglo, rodeada de afectos nobles, en consorcio honrado y cariñoso con toda clase de personas. Fue una visión breve y risueña, y tras la visión vino un sobresalto y un grito de la conciencia semejante al alarido del centinela que da el «quién vive».
Levantándose bruscamente, dijo:
—Esto no puede seguir. Salga usted y escóndase donde pueda... ¡No parece sino que estoy tonta!
El caballero se dispuso a obedecer. El reloj de la ciudad dio la una.
Sor Teodora abrió cautelosamente la puerta y examinó la galería y el claustro para ver si reinaba soledad absoluta. Sus sentidos experimentaron impresión extraña. Tuvo miedo, lanzó una ligera exclamación. Servet acercose a ella y vio que aspiraba el aire fuertemente, cual si no bastándole sus ojos y oídos, quisiera explorar con el olfato.
XXII
Por la parte exterior de la celda ocurría poco antes algo que merece ser referido. La soledad y apartamiento de la Isla no eran tan grandes que estuviese a salvo de la curiosidad monjil aquella interesante parte del convento; y así como no hay bien que no tenga su sombra de mal, así la independencia que gozaba la de Aransis tenía por enemigo el afán inquisitorial de una madre que habitaba en el ala opuesta del convento, frente a frente, claustro por medio, de la celda de sor Teodora. Grandísima era la inclinación de la madre Monserrat a saber lo que hacían o dejaban de hacer las otras monjas, y ya corrompiendo con mimos y regalitos la discreción de las criadas, ya valiéndose de sus propios ojos, había logrado ser un archivo lleno de cuantos datos pudiera apetecer el autor que tuviese el capricho de escribir la historia íntima de aquella antigua casa. Hacía con tal disimulo sus pesquisas, y observaba con tal delicadeza y finura, que la mayor parte de las madres apenas notaban la presencia de aquel diligente alguacil aposentado en el extremo norte del ala de oriente.
Pero a ninguna de sus compañeras vigilaba con tanta gana y celo tan vivo como a sor Teodora, la cual, por su hermosura, por su orgullo y por antiguas rivalidades, tenía cierto derecho divino a la fiscalización de la madre Mouserrat, según opinión de esta misma. Bien puede afirmarse que los pasos de la de Aransis, sus entradas en la celda y en la cocina, sus paseos por la huerta, sus visitas al coro, ocupaban las tres cuartas partes del tiempo y del espíritu del alguacil de enfrente. Ponía este especial atención en la hora a que apagaba su luz la monja de la Isla; y cuando a las altas horas de la noche estaba encendida la lámpara, la Monserrat salía paso a paso de su celda, recorría la galería del ala de oriente, pasaba después por el gran pasillo del cuerpo central, y recorriendo la galería del ala de poniente acercábase con pasos ligerísimos a la celda de su enemiga, y por un agujero, que allí habían hecho los ángeles sin duda, introducía su alma toda en una mirada. Miraba como quien clava una aguja.
Algunas veces, al retirarse después de esta inspección, decía:
—Lo que yo me figuraba... Está leyendo novelas.
Otra noche, al retirarse, se santiguó tres o cuatro veces, y poniendo cara de espanto, exclamó para si: