Un voluntario realista

Part 10

Chapter 104,175 wordsPublic domain

El caballero don Jaime Servet (de quien hemos de ocuparnos ahora con algún detenimiento) se retiró al campo y a la casa de Guimaraens, donde estuvo solo todo el siguiente día. Impaciente y sin sosiego, esperaba la tarde para ir a la ciudad y tomar el caballo prometido: así, cuando comenzó a oscurecer quiso despedirse de la señora Badoreta, que por orden de su amo le había prestado ropa y algunos dineros para el viaje; pero la señora Badoreta no estaba en la casa, y el caballero tuvo que marcharse sin despedirse de ella, y lo que es más sensible, sin comer. Partió hacia la ciudad. En la cabaña situada fuera de la puerta de Travesat halló a Pepet, que puntual había ido a tomar posesión de la tartana. Estaba el guerrillero en compañía de seis hombres cuyo aspecto pareció a Servet harto sospechoso, y aun el mismo Tilín figurósele más sombrío, más ceñudo, más hipocondríaco que de costumbre. Pocas palabras cambiaron. Tilín anunció a su amigo que el caballo le esperaba en la posada de Guasp.

—¿No entra usted en Solsona? —le dijo Servet.

—No, está atestada de navarros y aragoneses. Me repugna esa gente.

Despidiose de su amigo, y como el día anterior, le dijo:

—Quizás nos encontremos en el camino.

Servet entró en la ciudad. Vestía un traje ambiguo que de la cintura abajo era de caballero, y de medio cuerpo arriba de payés, terminando el atavío con la barretina. Su chaquetón pardo con vueltas encarnadas dejaba ver el pecho, donde se cruzaban los curvos mangos de dos pistolas, cuyos cañones desaparecían entre la seda de una faja morada. El pantalón de pana oscura era ajustado y desaparecía en la rodilla, bajo el borde de cuero de sus botas negras con espuelas de plata. A pesar de la suavidad de la estación, no había olvidado la manta necesaria en las altitudes de los puertos del Pirineo.

Sin detenerse más que en comprar avíos para cargar sus armas, encaminose a la posada de Guasp, punto de mucha concurrencia, por ser la parada de todos los carros y caballerías; y, además, por el despacho de vino y comidas, reunía en la oscura y fétida sala baja a todos los holgazanes de Solsona y sus cercanías. Aquella noche el figón rebosaba de gente, y por su enorme puerta chata y gibosa salía un bullicio ronco y un vaho inmundo, semejantes a las blasfemias y al vinoso hálito que salen de la boca del borracho. El humo de los cigarros envolvía el enjambre de bebedores en una nube que hacía palidecer las luces. Componíase tan noble concurrencia de guerrilleros navarros y aragoneses, y estaban discutiendo si seguirían hacia Manresa o se volverían a su país, pues ya la guerra se tenía por abortada. Cuando don Jaime entró, oyó que decían: «Nos han engañado... Nos han tendido un lazo. Esto es una farsa... Volvámonos a nuestra tierra». Algunos hablaban la jerga indefinible en la cual los éuskaros hallan gran belleza eufónica, y que la tendrá realmente cuando sea bello el ruido de una sierra.

Servet buscó al posadero, a quien conocía desde antes de su prisión, y hallado aquel insigne hombre, cuya semejanza con un tonel sostenido en dos patas de oso era perfecta, le preguntó por el caballo que había dejado Tilín. El posadero le contestó que el caballo estaba en la cuadra. Grande era la prisa de Servet, pero su hambre era mayor, y anhelando acallar tan fiero enemigo, pidió un poco de carne asada y vino. Procuraba buscar los sitios más oscuros y huir de los grupos más bullangueros; pero en todas partes había gente. Dirigíase a un rincón, que era sin duda el más ahumado, el más tenebroso y el más fétido del local, cuando viose frente a frente de un hombre alto y proceroso que clavó en él asombrado sus ojos. Para ver a tal hombre, es preciso que el lector se imagine antes una zalea bermeja cuyos abundantes vellones apenas dejan ver unos pómulos rojos, dos ojos azules y una nariz mediana. La zalea era la barba, lo demás la cara del individuo, que apenas tenía frente, y esta desaparecía bajo el borde redondo de una gorra blanca.

Servet le miró también y se estremeció de terror; mas disimulándolo, siguió adelante. Oyó que el coloso barbado decía a otro de poca talla, regordete y moreno:

—Oricaín, mira esa cara.

Y señaló al forastero que quería confundirse entre la multitud. El pequeño dijo al grande:

—Zugarramundi, ¿estás seguro de que es él?[2]

[2] Pueden verse estos personajes en _La segunda casaca_.

Servet salió al patio, que era grande y tenía en uno de sus costados un gran tinglado a cuyo amparo pensaban gravemente caballos y mulas. Púsose a examinar los animales buscando el suyo, y afectando no ocuparse de los que le seguían; pero estaba muy intranquilo, y en vez de caballos y mulas veía los inmensos peligros que tan a deshora le habían salido al encuentro.

De pronto oyó tras de sí la voz del gigante barbudo que gritaba:

—Carlos, Carlos, baja.

Y después la voz de otro que dijo:

—Señor coronel Navarro, baje usted.

Ya no quedó al forastero duda alguna respecto al grandísimo aprieto en que se vería; pero como era hombre de mucho temple, pensó que la precipitación y azoramiento podían perderle. Afortunadamente pasó el mesonero con una cesta de paja, y Servet, formando un plan al instante con la rápida inspiración que infunde el peligro, le dijo:

—Señor Guasp, me siento indispuesto y quiero pasar aquí la noche. Deme usted un cuarto.

—¡Un cuarto! —gruñó jovialmente el tonel con forma y alma humana—. ¿Y de dónde voy yo a sacar un cuarto? Como no quiera usted uno de los cuatro míos.

—¿No hay ninguno? ¿Ni siquiera aquel donde dormían los volatineros hace dos meses?

—¡Ah!... Aquel, sí... Libre está, y si usted lo quiere, saque la llave de mi bolsillo. No puedo valerme de las manos.

—Gracias... Aquí está la llave —dijo Servet, retirando su mano de los bolsillos del señor Guasp.

—¿Sabe usted cuál es el cuarto?

—Ya, ya sé —dijo el caballero dirigiéndose sin precipitación al otro extremo del patio, donde había una puerta que más bien de pocilga que de habitación para hombres parecía.

Mientras abría la puerta, observó a los que le observaban. Eran el individuo de las espesas barbas, su compañero y un tercer personaje con uniforme militar. No distinguió Servet su cara; pero la reconocía en la oscuridad de la noche y la reconociera en medio de las tinieblas absolutas.

El caballero entró en su vivienda y cerró por dentro.

—Ahora —pensó—, que venga a buscarme.

Y se ocupó en cargar sus pistolas. Hecho esto, aplicó el oído a la puerta.

—Ya viene —dijo—, y por el ruido que hace parece que trae un regimiento para cazarme... Bien, señor Garrote: tu cobardía no se ha de desmentir en ningún caso. Traes cien perros contra un solo hombre. ¡Oh! Maldita sea cien veces mi suerte —exclamó hiriendo furiosamente el suelo con su pie—. Me cazará como a un gazapo.

Llevó su mano a la frente y se dio un golpe con ella, como para que del choque brotase una idea. La idea brotó.

—No, no; no seré tan necio que les aguarde aquí. ¿De qué me valdría una defensa desesperada? ¡Ah!, malvado asesino, no sospechaba que fueras jefe de estos bandidos de Aragón y Navarra. Debí creerlo así, porque allí donde hay bandoleros has de estar tú para mandarlos.

Volvió a escuchar. Bulliciosa gente se acercaba por la parte exterior.

—¡Ah! ¡Cobarde sayón! —murmuró Servet corriendo a la ventana y abriéndola—. Por esta vez se te escapa la pieza... ¡Maldito seas de Dios!

Mientras sonaban golpes en la puerta, él midió la altura de la ventana sobre el suelo. No era mucha, y aunque lo fuera, no vacilara en arrojarse. Saltó y hallose en un corral. Felizmente había un gran portalón a poca distancia, y entrose por él sin saber a dónde iba. No había dado diez pasos por aquel recinto acotado, cuando se vio acometido por dos enormes perros, de los cuales, a pesar de su brío, no pudo defenderse. Le magullaron atrozmente un brazo y una mano. Un mozo apareció armado de garrote; mas sin darle tiempo a que le acometiera, fue derecho a él Servet, y apuntándole con una pistola, le dijo:

—Si al instante no me abres camino para salir a la calle, te mato. Sujeta esos perros, o si no te mato también.

Sin duda el joven (pues era un joven hortelano de pocos alientos) creyó que se las había con algún personaje de campanillas y no con ladrón o ratero de gallinas, como al principio pensara, porque temblando de miedo le dijo:

—No me mate usted, señor, y le enseñaré por dónde se va a la calle.

Los perros, contenidos por el muchacho, dejaron de acometer al fugitivo.

—¿Es usted...? —balbució el joven.

—Déjate de preguntas... guía pronto y sácame de aquí, porque te mato.

—Venga usted, señor, y guarde esa pistola, por amor de Dios.

Y le condujo a una puerta, que abrió. Al verse en un pasadizo oscuro y estrecho, el caballero dijo:

—¿Qué calle es esta?

—El callejón del Cristo.

—¿A dónde va?

—Por la izquierda, a la plazuela de las Tablas; por la derecha, a la calle de los Codos.

—¿Y a dónde sale la plazuela de las Tablas?

—A la muralla y a la cuesta de Peramola, donde están las veinte casas arruinadas.

Servet miró a un lado y otro como el hombre que viendo dos muertes iguales a derecha e izquierda, no sabe cuál preferir. Mas era preciso decidir, y se decidió. Sin decir adiós al muchacho, tomó hacia la izquierda.

Iba despacio, pegado a las casas para ocultarse más en la sombra. Antes de llegar a la plazuela de las Tablas, sintió pisadas de hombres que parecían brutos y una voz que claramente lanzó al negro espacio estas palabras:

—Por aquí ha de salir, por aquí... No puede escaparse.

Volviendo atrás, corrió a escape en la dirección contraria. Era aquel, más que callejón, un tubo, sin salida lateral alguna. No vio puerta abierta, ni ángulo, ni resquicio. Andaba por allí como la bala por el ánima del cañón. Su fuga era semejante a la que emprendemos en sueños, cuando nos vemos perseguidos por horrible monstruo y no tenemos más escape que correr por larguísima galería que no se acaba nunca, nunca. El monstruo nos sigue, nos alcanza, y la galería, ¡oh angustia de las angustias!, no tiene fin.

Salió por fin a una calle: era la de los Codos. Siguiola en dirección a la puerta del Travesat, porque hubiera sido temerario dirigirse hacia el corazón de la ciudad. Sus perseguidores le seguían; eran muchos: veinte o treinta lo menos, a juzgar por las patadas y los gritos. Decían: «Ahí va, ahí va».

La calle de los Codos era como una zanja formada por la muralla de la ciudad y la tapia de San Salomó. Tres ángulos agudos y contrarios, determinados por los baluartes, hacían de esta zanja un zigzag. Servet apretó el paso. Llegó a un punto en que sus perseguidores no podían verle, porque la noche era oscura y además le protegía la pared saliente de San Salomó. Allí, detrás de aquel gran pliegue del muro, se detuvo para respirar. Pero no había tiempo de tomar aliento, porque los sabuesos venían y sus infames ladridos sonaban cerca.

Con rapidez inapreciable Servet pensó que su única salida era la puerta del Travesat; pero en la puerta había guardia y era más fácil cogerle. ¿Se arrojaría por la muralla? No, porque sería milagro que no se estrellase.

—¡Ah! —exclamó con súbito gozo—. Dios es conmigo.

Alzando su mano la extendió por la pared de San Salomó hasta tropezar con un grueso y fuerte clavo. Se agarró a él, y su cuerpo trepó... Al punto buscaron sus manos una soga; halláronla, y haciendo un esfuerzo desesperado, subió como un marinero. ¡Arriba! Subía con el corazón, con el impulso de su sangre hirviente, con el empuje elástico de sus músculos de acero, con su pensamiento atrevido, con su alma toda.

Una vez arriba prestó atención. La jauría pasaba. Oyó después disputar en la puerta del Travesat. La guardia sostenía que por allí no había salido nadie. Los infames cazadores retrocedían para reconocer la muralla, donde había lienzos destruidos por donde un hombre podía escabullirse y bajar aunque difícilmente al campo. No parecían sospechar de San Salomó, y recorrieron la calle de los Codos, y después salieron al campo, y volvieron a entrar, y tornaron a salir metiendo tanta bulla que no parecía sino que en Solsona andaba suelto el diablo.

XIX

La idea de su triunfo regocijó de tal modo a Servet, mejor dicho, le enloqueció tanto, que estuvo a punto de gritar: «¡Galgos del infierno, no me cogeréis aquí!».

No pudo reprimir la risa que le inspiraba el inútil furor y la confusión de sus perseguidores. Se reía con toda su alma, inundada de una complacencia delirante. Creía sentir bajo su cuerpo la trepidación del convento y del pueblo todo, la cual era como la prolongación de su carcajada.

Siguió observando, y vio que sus perseguidores se detenían al pie del muro, y uno de ellos señalaba a lo alto. Había sospechado, y la idea no había parecido a sus compañeros absurda. Servet les oyó discutir; después miraron todos hacia arriba, como si un secreto instinto u olfato de sabueso les indicase que allí estaba el rastro del hombre perdido. Servet tuvo cuidado de retirar la cuerda. Ellos seguían mirando; al fin retiráronse, quedando algunos como de guardia.

—Esos salvajes —pensó Servet— serán capaces de registrar el convento.

Comprendiendo que allí era grande también el peligro si no tomaba resolución pronta, Servet exploró el lugar a donde su buena o su mala estrella le había llevado, y vio confusamente las negras alas del convento, el emparrado tendido como un puente de verdes pámpanos entre el muro y el edificio, y, por último, una luz en la reja más cercana. Entre tanto, un dolor agudísimo en el brazo recordole que había sido mordido poco antes, y que su herida, ensañada por el esfuerzo últimamente hecho, y por el roce de los ladrillos, podría tomar carácter de gravedad. Su debilidad recordole también que no había comido nada en todo el día, y que era urgente acudir a la restauración de fuerzas tan bien empleadas hasta allí y tan necesarias aún si Dios no se ponía de su parte.

Pronto comprendió nuestro fugitivo que no podía haber dado con su pobre cuerpo en sitio menos a propósito. ¡Un convento de monjas! ¡Buen genio tendrían las madres para recibir a deshora huéspedes llovidos!

La extraordinaria santidad de aquel lugar hacíalo, ¡cosa horrible!, casi tan inhospitalario como el infierno. Pero ni estas consideraciones, que habrían bastado para dar en tierra con el corazón más esforzado, abatieron el de Servet, que confiaba mucho en las soluciones providenciales e inesperadas, en los bruscos cambios de la suerte, o si se quiere decir más clara y cristianamente, en la misericordia de Dios.

Encomendose a Él con todo su corazón y deslizose por el emparrado adelante, poniendo pies y manos donde parecía haber resistencia. Andaba como un gusano, y su situación, con ser tan deplorable, le hacía sonreír. Cerca de él brillaba la claridad de una luz que parecía arder en el recatado y honesto recinto de una celda. La reja estaba entreabierta. ¡Oh, Dios poderoso! En el interior una hermosa monja leía.

El caballero pensó lo siguiente: «Necesito ahora de toda la audacia, de todo el descaro, de toda la sangre fría que puede tener un desesperado».

Entre los peligros, mejor dicho, la muerte segura que había fuera de aquellos muros y las desconocidas soluciones que podría ofrecerle aquella casa, no debía existir vacilación. La inspiración divina que le llevó desde la calle de los Codos a deslizarse como un reptil por entre los pámpanos, podría sugerirle dentro de San Salomó recursos salvadores. Era preciso tener mucho arrojo, firmeza grande en la acción y rapidez suma, lo mismo que cuando se va a dar una gran batalla.

Concibió su plan, y con aquella prontitud aquilífera, que es la cualidad primera del genio estratégico, empezó a ponerlo en ejecución. Saltó a la galería, empujó primero suavemente la puerta de la celda, y viendo que cedía, abriola con fuerza... Entró.

Súbitamente cerró tras sí, y dirigiéndose a la monja y poniéndole su puñal al pecho, le dijo:

—Si usted da un grito de alarma, si usted llama, si usted denuncia de algún modo a la comunidad mi entrada en el convento, me veré precisado a matarla, y la mataré con sentimiento, pero sin vacilar un instante. El peligro me obliga a ser despiadado.

Ya dijimos que sor Teodora de Aransis había creído ver un bulto, un hombre, el dragón. Su sorpresa y terror fueron mayores al ver que no era Tilín el que entraba: era un desconocido.

El miedo, el estupor, la vista del arma terrible cuya punta tocaba su pecho, quitáronle todo movimiento y paralizaron el curso de su sangre y hasta de sus pensamientos, y detuvieron en su garganta la palabra. Solo pudo exhalar un débil gemido, como la cordera próxima a morir, y balbució estas palabras:

—Hombre, no me mates, no me mates.

Había cruzado sus hermosas manos blancas, y con suplicantes ojos, más que con palabras, pedía misericordia al aventurero intruso.

—Señora —dijo este, amenazando siempre con su arma—. No soy un ladrón, no soy un asesino: soy un desgraciado caballero víctima de las discordias civiles y de una miserable venganza. He entrado aquí al azar huyendo de un inmenso peligro; no vengo a llevarme nada ni a faltar al respeto: solo pido amparo por poco tiempo, un hueco, un escondite. Elija usted entre la muerte y otorgarme lo que le pido, comprometiéndose a ocultarme en sitio seguro si, como creo, es registrado esta noche el convento para buscarme.

Sor Teodora no podía decir nada. Convulsión violenta agitaba su cuerpo, y sus ojos desencajados se fijaban en el aparecido como en espectro aterrador. El intruso tuvo una idea. Volviéndose rápidamente cerró la puerta, y tomando una silla sentose delante de ella.

—Señora —dijo gravemente bajando la voz—, mi situación es sumamente desagradable para mí. Mi brusca entrada en esta casa de paz y santidad, la audacia con que he profanado esta celda honesta y venerable, presentaranme a los ojos de usted como un ser aborrecible, espantoso. No podré con palabras hacer que se forme de mí una opinión mejor, no: el peligro en que me veo me ha obligado a amenazar a usted con esta arma que solo usan los malvados... Pero no; yo intentaré..., yo intentaré convencer a usted de que no soy un criminal, sino un desgraciado, el más desgraciado de los hombres. Heme hallado solo en la ciudad, frente a centenares de enemigos... ¿No es legítima mi defensa? ¡Ah!, señora. Mientras yo tenga sangre en mis venas, mientras mi mano pueda empuñar un arma y mi cuerpo pueda sostenerse, no entregaré mi vida a la ferocidad de esa gente, no mil veces... He luchado contra inmensos obstáculos. A punto de caer en manos de mis verdugos, un milagro me ha salvado: la mano de Dios me ha levantado y me ha puesto aquí. Es preciso que yo me salve, no porque estime en mucho mi vida, que poco vale, sino por no dar a esos miserables el regocijo de la victoria... Señora —añadió con noble acento—, perdone usted la violencia de mis palabras y mis crueles amenazas. Han sido recurso impuesto por la necesidad, superior a mi carácter, a mi respeto, a todo; por el peligro que convierte en fieras a los seres más pacíficos.

Sor Teodora empezó a recobrar el uso de sus pensamientos, de sus palabras, de su acción.

—Váyase usted de mi celda —dijo con torpe y angustiosa voz—, salga pronto de aquí, y acójase en cualquier parte del convento. Yo no le denunciaré... yo no.

—¡En cualquier parte del convento!... No conozco el edificio. Si le registran esta noche para buscarme...

—¿Y quién, quién se atreverá a registrar a San Salomó?

—Quien se ha atrevido a cosas mayores, señora.

—Salga usted al instante de mi celda —repitió Sor Teodora restableciéndose prodigiosamente en el ejercicio de sus facultades intelectuales y vocales—. No puedo tolerar esta profanación horrible. Salga usted y ocúltese... no diré nada. Si usted no se va, gritaré y llamaré a las hermanas. Por pronto y bien que usted me mate, no me faltará un aliento para pedir auxilio.

—¡Oh!, no —exclamó el caballero—. Me arrepiento de mi primer arrebato. No pondré la mano en quien ya me ha prometido un poco de amparo permitiéndome que me oculte en cualquier parte del convento. Ya encuentro una generosidad que no esperaba, y esto me mueve a abandonar el papel odioso que, a pesar mío, hice al entrar aquí. Señora...

El intruso se levantó.

—¿Qué?

—Señora, si yo pudiera mover a compasión el espíritu elevado y piadoso de usted, me tendría esta noche por el más feliz de los hombres. Entré aquí inspirando miedo. Prefiero cualquier beneficio otorgado por la caridad a las mayores ventajas concedidas por el miedo.

—Bien, bien —dijo sor Teodora deseando poner fin a aquella escena, que aún le parecía espantosa pesadilla—. Váyase usted, ¡por las llagas de Jesucristo!... Váyase..., escóndase en cualquier parte... Yo haré que no sé nada... Es lo único, lo único que puedo hacer.

—Yo saldré, saldré —dijo Servet—; pero si usted me lo permite...

—No admito réplica... Fuera, fuera de aquí —prosiguió la monja adquiriendo al fin dominio sobre sí misma y acercándose con paso seguro y ademán imponente al intruso.

—¡Oh, señora!... Cómo me atreveré a pedir a usted un poco más de compasión, un poco, casi nada.

—No oigo una palabra más. Salga usted..., ya no temo sus armas, las desprecio, porque mi deber se sobrepone a todo y al miedo de morir.

—Señora...

El caballero dio un gran suspiro, apoyose en la silla, después dejó caer su cabeza sobre el pecho, y sus brazos desfallecidos extendiéronse a un lado y otro. Volvió hacia la ilustre religiosa su semblante pálido, y con dolorido acento le dijo:

—Estoy herido.

Sor Teodora se quedó cortada y parecía meditar. El forastero caía rápidamente en profundo marasmo. Mortal palidez cubrió su rostro, y su voz sonó cavernosa como la del que agoniza.

—¡Herido! —repitió la monja mirando el brazo ensangrentado—. Es verdad.

—Si la caridad, señora —murmuró el caballero—, no se sobrepone en el ánimo de usted al rencor que le he inspirado, al sentimiento de la profanación de esta casa por mi entrada importuna, a su recato y a sus escrúpulos de monja, declárome abandonado, no solo de los hombres, sino de Dios, y me resigno a morir. No puedo más.

Cerró los ojos, y su abatimiento fue más visible.

—Mis escrúpulos —indicó sor Teodora con entereza— no me impedirán dar a usted algunos auxilios. ¿Esa herida es grave?

—Es la mordedura de un perro; siento dolores horribles. Después he tenido que trepar por la tapia de San Salomó y me he magullado horriblemente el brazo herido.

«Mi conciencia —pensó la religiosa— no me dice nada contra la idea de curarle esa herida y vendarle el brazo».

Y dirigiose a la alacena para sacar de ella lo necesario.

—¡Oh, señora! —dijo el intruso con fervor—. Ya veo que Dios no me abandona. Perdón, perdón por mis amenazas al entrar aquí, por mi lenguaje descortés. Creí entrar en la caverna de un enemigo, y me encuentro en la morada de un ángel.

Sor Teodora echó vino en un vaso. Parecía muy atenta a preparar la medicina; pero su semblante ceñudo no indicaba gran tranquilidad en su alma.

—Señora y venerable madre —añadió el herido, tomando su puñal y sus pistolas y poniéndolas sobre la mesa—. Ahí tiene usted las armas que le han inspirado tanto miedo. En presencia de un ángel de bondad me desarmo. Me entrego a usted en cuerpo y alma, y estoy dispuesto a obedecerla. Me someto a su autoridad, y si mi bienhechora se arrepiente de serlo y me denuncia, hágalo en buen hora. ¡Infeliz de mí! Antes lo fiaba todo a mi audacia y al arrojo que me infundía el peligro; ahora lo fío todo a la nobleza y a la caridad de esta dama, tan santa como hermosa, que tiene pintada en su semblante la bondad de los ángeles. ¡Bendito sea Dios que me ha traído aquí!

La de Aransis dejó un momento su obra para recoger las armas y ponerlas en otro sitio.

—Soy de usted —dijo el herido con sumisión—. Mi libertad, mi vida, están en sus divinas manos.

XX

Poco después los blancos, finísimos dedos de Teodora se acercaban temblando a la herida y tocaban sus bordes doloridos. El semblante de la religiosa era todo compasión, y el del aventurero gratitud.

—Esto debe lavarse —dijo ella.