Part 14
Esta idea debió parecer eficaz a la dominica, porque la repitió después de una pausa, añadiendo:
—Me volverás a ver, me estarás viendo por toda una eternidad.
Tilín no dijo nada. De pronto detuvo el coche. El corazón de sor Teodora, al sentir aquella pausa en su tormento físico, palpitó de emoción y esperanza.
Pero Tilín se había detenido para prestar atención a un rumor lejano que a su espalda había creído sentir, y quiso cerciorarse de él.
«Sí —pensó después de un minuto de atención—. Viene gente a caballo, y no debe de ser poca, según el ruido que hace».
El sacristán-diablo pareció un momento turbado; pero al punto halló en su grande ánimo la iniciativa y la prontitud de ejecución que le distinguía en los lances de apuro.
—Tilín —añadió la señora—, ¿no oyes lo que te he dicho? Ten compasión de mí, acuérdate de aquellos días en que asistiéndote en tu enfermedad, te salvé esa vida que ahora vuelves contra mí. Tú eras entonces un niño, yo una joven. Ahora soy una vieja. ¿Qué quieres de mí? Por Dios y por tu madre, hijo mío, ¿a dónde me llevas? ¿Qué horrible viajo es este?
—En la Cerdaña —dijo Tilín con nerviosa agitación—, en lo más alto, en lo más enriscado, en lo más solitario, allí donde están libres los osos, y donde nacen los torrentes, tengo yo una casa...
—¡Y allá me quieres llevar, bandido! —exclamó la dama con desesperación, no pudiendo reprimir la cólera—. No, yo gritaré y alguien me oirá... Esto no puede seguir. ¿No hay almas caritativas aquí? ¿Se ha acabado el mundo? ¿Es posible que no me favorezca Dios? ¡Dios, Dios mío!... ¿Tantos son mis pecados que merezca este horrible infierno en vida?
Tilín, muy temeroso por aquel ruido de tropa que había sentido, volvió a azotar al caballo, y desviándose del camino por una colina pelada que a la derecha había, dijo para sí:
—Me ocultaré en el monte hasta que pase esa tropa. Por aquí está, si no me engaño, el convento arruinado de Regina Cœli, donde solo viven dos clérigos pobres que piden limosna. No sería malo intentar congraciarme con ellos... Necesito un sitio seguro donde pasar el día de mañana. ¿Qué hora es?, próximamente las doce. Este maldito coche es el estorbo de los estorbos. Si pudiera llevarla a caballo... Necesito cuatro jornadas, que es preciso hacer de noche, y tres descansos por el día: uno aquí o en Vilaplana, otro en Nargo, otro en Querforadat, para de allí subir a mi casa. ¡Maldito coche!... Alas, alas es lo que yo quisiera. Solo mi fuerza de voluntad, que jamás se acobarda, es capaz de intentar este viaje con tales obstáculos... Si triunfo, Lucifer tendrá que darme tratamiento de excelentísimo señor.
El coche avanzaba lentamente, porque el camino era casi impracticable en la oscuridad de la noche. De pronto oyose un estallido metálico, seco, y el coche se hundió cayendo sobre un costado. Sor Teodora dio un grito, y Tilín lanzó un apóstrofe que habría hecho estremecer de espanto a cielo y tierra, si la tierra y el cielo se afectaran por las vanas palabras del hombre. El eje del coche se había roto.
—¿Lo ves, lo ves? —dijo sor Teodora esforzándose en reprimir su alegría—. ¿Qué quiere decir esto, Tilín? ¿No ves claros y patentes los designios de Dios? ¿No ves la mano que te ataja en tu infame camino? Tú tienes buen corazón, tienes conciencia, aunque ahora está muy perturbada. Considera, hijo; reflexiona...
Al mismo tiempo que esto decía dulcificando su voz, temblaba interiormente de miedo, pensando que aquella contrariedad exasperaría al malvado, inspirándole quizás alguna violencia horrible. También ella oyó entonces el ruido de hombres a caballo y puso atención, invocando mentalmente a Dios para que en tan apretada ocasión la amparase. Tilín, que oía también con toda su alma, rugió así:
—¡Por las uñas y rabo del Otro! Es la partida de Garrote, que salió esta tarde de Solsona.
Después miró su coche, que yacía en tierra como un buque recién naufragado. Abriendo la portezuela, ayudó a salir a sor Teodora, cuyos molidos huesos apenas le permitían moverse. La dama dio algunos pasos para probar si funcionaban, después del atroz suplicio del coche, los tendones y músculos de sus piernas. Tilín dijo sombríamente:
—Esto puede remediarse. A una legua escasa de aquí está el herrero Gasparó Cort, que tiene ejes de coche. Si tiene ejes, iré, traeré uno antes del día, y seguiremos nuestro camino.
—¡Y yo, insigne mentecato —gritó sor Teodora viendo que su situación mejoraba extraordinariamente—, te esperaré aquí tan tranquila como si estuviera en la celda de mi convento! A fe que eres simple. Esto ha concluido. Déjame en paz.
Tilín comprendió lo descabellado de su plan en lo relativo a buscar un nuevo eje, como no lo forjara con un hueso de su cuerpo en la fragua de su corazón. No había más remedio que dar por concluido el viaje, pensando cristianamente en la intervención de la Providencia para salvar a la digna señora del riesgo en que estaba. Pero Tilín, enérgicamente apasionado y delirante, antes que en Dios pensaba en los demonios que guiaban sus pasos y le ponían delante de los ojos fantasmas y espectáculos de gran atractivo para él.
—No, no, señora —exclamó de súbito, asiendo la mano de su víctima con extraño vigor—. Esto no ha concluido. Un hombre como yo no se deja vencer por un eje roto.
Sor Teodora, al sentir la mano de hierro que la sujetaba como las tenazas de Satanás sujetarían al precito sobre la caldera hirviente, encomendó su alma al Señor. La oscuridad y silencio del bosque cercano diéronle grandísimo pavor; pero evocando las fuerzas todas de su alma, decidió hacer frente a los mayores peligros, desplegando los recursos de su voluntad, de su astucia y aun de su vigor físico, que no era despreciable a pesar de ser mujer y monja.
—Tilín —dijo con grave acento—. Por malvado y pervertido que seas, no podrás desconocer que la voz de Dios acaba de hablarte, que su mano te ha detenido en tu criminal carrera.
El criminal no decía nada; pero apretaba más la mano preciosa, como el avaro oprime su tesoro temiendo que se le escape. Fijaba sus ojos en el suelo con terrible expresión de duda.
—¡Tilín, Tilín! —añadió la monja, que había empezado a comprender la posibilidad de ablandar aquel bronce—. ¿No me oyes? ¿Píensas en Dios, en tu crimen; estás mirando a tu horrible conciencia?... Por Dios y su Santa Madre, déjame y sálvate; sálvate, hijo mío, de la condenación eterna.
Cuando esto decía oyose el tañido de un esquilón que sonaba muy cerca, en el bosque.
—¿Qué campana es esta?
—La de Regina Cœli, la de Regina Cœli —gritó Tilín hiriendo el suelo furiosamente con el pie.
—¡Es un convento, un asilo! —dijo ella—. ¡Dios mío, has venido en mi ayuda!
Y la monja empezó a rezar. Pero Tilín le apretaba aún la mano.
Oyose entonces a muy poca distancia el ruido de gente a caballo que poco antes obligara a Pepet apartarse del camino.
—¡Gente de armas! —balbució sor Teodora de Aransis, inundada en gozo—. ¡Me he salvado!
—El demonio, sí, el demonio es quien me ha jugado esta mala partida.
—Suéltame, perverso —dijo la dominica recobrando su entereza y dueña ya de la situación—, suéltame.
Sacudió la mano, gritando:
—¡Socorro!
—Basta, basta —gruñó Pepet soltando la mano.
La monja dio algunos pasos hacia donde sonaba el esquilón, y Tilín corrió hacia ella.
—Es usted libre —le dijo—. Pida usted hospitalidad a los frailes de Regina Cœli... Me confieso vencido. El demonio se ha reído de mí.
—No me sigas, malvado, no me sigas.
—¿Qué pensarán de una religiosa que se presenta sola, a estas horas, pidiendo asilo en un convento de frailes?
La monja se detuvo.
—¿Qué importa? —dijo—. Todo antes que estar en tu poder, monstruo. No me sigas.
—Yo también quiero pedir hospedaje en Regina Cœli, yo también; estoy cansado.
Pero Teodora se había adelantado y no le oía. Corriendo entre los árboles, perdiose por un momento; pero al fin pudo salir a donde se veía la oscura mole de Regina Cœli. El esquilón seguía tocando. La dama vio una puerta y en la puerta luz, y esta luz iluminaba una figura, un hombre, un fraile, cualquier cosa... Sin vacilar corrió hacia él.
XXVII
—¡Una monja! —exclamó con asombro el que estaba en la puerta, que era un viejecillo tembloroso y caduco, empaquetado dentro de una sotana; ni aun parecía tener fuerzas para sostener la linterna con que se alumbraba, y cuyos rayos caían principalmente sobre la pechera encarnada de un segundo personaje vestido con uniforme militar.
—¡Una monja! —repitió este antes que la de Aransis tuviera tiempo de exponer el objeto de su peregrina visita.
—Sí, una monja —dijo ella—, una pobre monja de San Salomó, que se ve obligada a pedir auxilio a los religiosos, caballeros, militares o quienes quiera que sean los habitantes de esta casa... Pero si no me engaño, estoy hablando con el señor don Pedro Guimaraens.
—El mismo, señora —repuso el bravo coronel, quitándose galantemente el sombrero y dirigiendo hacia el semblante de la religiosa los pálidos rayos de la linterna—. Me parece que estoy viendo a sor Teodora de Aransis.
—Esa soy yo... Usted no comprenderá mi presencia aquí —dijo muy turbada la dama, como quien aún no ha inventado bien la mentira que va a decir—. Ya sabe usted que anoche nos quemaron el convento... Yo iba a casa de mis tíos, a Balaguer, porque me encuentro muy enferma... ¡Cosa tremenda! El coche se ha roto... Roto el eje... Me vi sola en medio del camino... Sola no..., con el criado de mis tíos.
—No se necesitan más explicaciones para dar alojamiento a la buena madre —declaró Guimaraens, menos atento a las cuitas de sor Teodora que al ruido de caballos que cerca se sentía—. Yo estoy aquí cumpliendo un deber militar por encargo del conde de España... ¿Sabe usted?... Este sitio es el mejor para cortar la comunicación de los valles del Cardoner con la Conca de Tremp... Estoy aquí con un pequeño destacamento esperando las fuerzas que han de llegar a la madrugada...
Y volviéndose al frailecillo, añadió:
—Nuestro bendito padre Martín de la Concepción se ha cansado de tocar la campanilla, y es preciso que no cese de tañer un momento para que la brigada pueda dirigirse aquí sin equivocarse, porque esos niños de Madrid no conocen estas tierras... Que toque, que siga tocando... Pues, sí, señora mía, aquí podrá usted reposar hasta mañana. No hay comodidades de ninguna especie, ¿verdad, padre Juanico?
—No importa —dijo la dominica entrando en el atrio—. Me basta con hallarme en lugar seguro.
—Y dispénseme la reverendísima madre —indicó don Pedro haciéndole otra cortesía sombrero en mano —que no la acompañe en este momento, porque siento ruido de caballerías, y si al principio me parecía tropel de arrieros que iban al mercado de Castellnou, ahora me parece una partida fugitiva que pasa.
—Vaya Su Excelencia —dijo el frailecillo—. Yo acompañaré a la reverendísima madre a la única habitación que tenemos para cuando se nos presenta algún forastero... ¿No ha traído la señora la servidumbre? ¿No ha venido con la señora alguna otra madre, o un par de madres, o media docena de madres?
Incapaz de responder a estas preguntas, la monja calló, dejándose guiar por el padre Juanico. En el ruinoso patio sintió rumor de soldados que jugaban o cantaban coplas tendidos en el suelo. Tan aturdida estaba la buena madre, que no había formado aún juicio alguno sobre su nueva situación, si bien se veía segura y salva por el respeto que entonces infundía a la gente armada el hábito religioso. Érale, sí, forzoso desplegar un poco de ingenio para explicar su presencia en Regina Cœli sin ocasionar interpretaciones malignas, y para hacerse trasladar a Solsona sin peligro de caer de nuevo en los terribles brazos del dragón que la perseguía.
Don Pedro salió a toda prisa acompañado de algunos soldados, mientras el padre Juanico guiaba a sor Teodora por un claustro medio derruido; era preciso mucho cuidado para no tropezar en las piedras que obstruían el paso.
—Esta casa, señora —dijo el caduco fraile—, está así desde la acometida de los franceses el año 10. Regina Cœli era una casa de clérigos regulares. ¡Ah!, entonces éramos treinta y cinco; ya no somos más que dos: el padre Martín de la Concepción y un servidor de vuestra maternidad reverendísima... Creo que ha sido horrible eso de San Salomó.
Deteníase a cada seis pasos para contemplar el rostro de la señora; y alzando, no sin esfuerzo, su cabecilla flaca y colgante, obsequiaba a la monja con una sonrisa senil harto grotesca.
—Solo dos, señora —añadió alumbrando el piso lleno de piedra—. Vivimos de limosna... Vivimos tranquilos, esperando la muerte que ha de asemejarnos a estos escombros, a estas piedras, a este cadáver descompuesto de Regina Cœli. Lo poco que aún vive de Regina Cœli será polvo también... Pues, como decía a la señora, los dos hermanos vivimos aquí tranquilamente, es decir, vivíamos tranquilamente hasta esta noche a las diez, hora menguada en que se nos metió por las puertas el señor don Pedro Guimaraens con sesenta soldados de Su Majestad... ¡Linda noche nos ha dado!... Al pobre Martín de la Concepción lo tiene desde hace dos horas tocando la esquila..., y no quiere que se canse el buen hombre, sino que toque y toque... Estos demonches de militares son muy déspotas, señora... Cuidado no tropiece usted en la losa de ese sepulcro... Por aquí, señora, por aquí..., y aún falta lo mejor. Esos toques de la esquila son para avisar a una brigada entera, a una brigada de demonios uniformados que viene a tomar posesión del convento... Estamos lucidos... ¡Venir a turbar a dos pobres religiosos moribundos que esperamos por instantes la última hora!... En fin, paciencia nos dé Dios. Aceptemos este cáliz, no tan amargo como el que supo apurar Su Divina Majestad en la noche de su pasión... El pobre hermano Martín se ha cansado otra vez de tocar... En fin, señora, esta es la única habitación que podemos ofrecer a vuestra maternidad reverendísima para que pase la noche... Iré a ver si han llegado los de la servidumbre de vuestra maternidad reverendísima.
—¡Esta es la habitación!... —exclamó llena de asombro la madre Teodora de Aransis contemplando las desnudas paredes de una sala inmensa, helada, vacía, con el techo agujereado y el piso hecho de escombros.
—No tenemos otra. En cuanto a lecho para dormir, no espere vuestra maternidad que se lo ofrezcamos, porque no lo tenemos. Martín de la Concepción y yo dormimos en el suelo.
La madre volvió a mirar, no menos espantada que la vez primera, el antro en que se hallaba. Un pedazo de altar y un rimero de tablas carcomidas eran los únicos asientos. Algunas piedras sepulcrales llenas de escudos o inscripciones formaban apiladas como una especie de mesa.
Aterrada en el primer momento, sor Teodora se serenó pronto comprendiendo que no estaba en el caso de pedir gollerías.
—Está bien, reverendo hermano —dijo—. Deme usted una luz y ayúdeme a cerrar estas ventanas.
—Estas dos ventanas no se pueden cerrar —dijo el frailecillo con burlona sonrisa—. Tampoco se cierra la puerta; en una palabra, madre reverendísima, aquí no se cierra nada. En Regina Cœli no hay llaves, ni cerrojos, ni trancas, ni candados. Puede vuestra maternidad entornar las puertas y afianzarlas con un palo. Como no hay viento, no se abrirán... Traeré la luz al instante.
Largo rato estuvo sola y a oscuras la buena monja, embebida en hondas reflexiones sobre su situación, y ya se impacientaba de la oscuridad cuando volvió el padre Juanico tan apresurado como sus piernas medio muertas se lo permitían. Puso una lámpara de cobre sobre el montón de piedras sepulcrales que hacían las veces de mesa, y dejándose caer sobre un madero, dijo suspirando:
—Déjeme vuestra maternidad que descanse un ratito... no puedo tenerme... Este renegado de Guimaraens va a quitarnos la poca vida que nos queda... ¿Oye usted? Todavía repica el desventuradísimo Martín de la Concepción... ¡Ay!, cómo me canso, señora, con estas idas y venidas. A estas horas estaríamos el hermano y yo roncando riquísimamente sobre nuestras tablas, si estos barrabases no se nos hubieran metido aquí... Y lo que falta, pues, y lo que falta.
—Paciencia, hermano —dijo la dominica, sentándose también.
—Pues, como iba contando —prosiguió el fraile, con menos cansancio de lengua que de piernas—, esos hombres a caballo que iban por el camino eran los de la partida de Garrote, que hace días pasó para Solsona y ahora se vuelve a su país. El señor de Guimaraens les ha quitado algunas armas y les ha dejado seguir. Llevaban consigo un prisionero, un hombre malvado, de esa infame ralea de jacobinos. Es, según dicen, el que pegó fuego a San Salomó.
Sor Teodora suspendió tan bruscamente sus reflexiones, que se la habría creído picada por el aguijón de una víbora. Clavó los negros ojos en el rostro excesivamente maduro y pasado del padre Juanico, que alentado por la atención que a sus palabras se prestaba, añadió:
—Garrote, que va en retirada y sin armas, ha dejado aquí al prisionero para que el señor de Guimaraens haga un poco de justicia. ¡Hace tanta falta en estos tiempos!... Le van a fusilar.
Sor Teodora se levantó. Un lúgubre rumor que en el patio se oía, llamó vivamente su atención. Miró por la ventana que al patio daba.
—Ahí le llevan —dijo el fraile, señalando al patio, donde se distinguían grupos moviéndose con algazara—. Le van a meter en la cueva, en lo que era panteón y ahora nos sirve de leñera.
Sor Teodora no vio más que sombras; pero comprendió lo que pasaba. El corazón se le salía del pecho, latiendo con desusada violencia.
—Adiós, señora, que pase vuestra maternidad reverendísima buena noche —dijo el Padre Juanico tomando su linterna—. ¡Ah!, me olvidaba de advertir a vuestra maternidad que el señor de Guimaraens pasará a verla. Me lo ha dicho. Sin embargo, estará muy ocupado en toda la noche. Parece que ya llega la brigada que esperaban... ¡Gracias a Dios que descansa el pobre Martín!... Buenas noches... He visto entrar a varios paisanos... la servidumbre de vuestra maternidad reverendísima.
—Yo no tengo servidumbre —dijo sor Teodora bruscamente.
—¿Ha venido vuestra maternidad sola? —preguntó el padre Juanico desplegando toda la piel de los ojos.
—Sola, sí, sola —afirmó la dama con energía sin pensar en su reputación.
El padre Juanico iba a persignarse; pero no se persignó. Creyó que debía irse..., y se fue.
La de Aransis dio algunos pasos hacia la puerta, después retrocedió... Llevose las manos a la cabeza, cruzolas después. Puede afirmarse que en los treinta y dos años de su existencia no había conocido su alma un afán tan grande. Tan grande era, que la última aventura de Tilín le parecía cosa lejana, indigna de fijar su atención, y en verdad aquel drama terrible, puramente externo y que en nada afectaba a sus sentimientos, le parecía muy menguada cosa en comparación de la íntima sacudida que ora sentía en su alma.
Tan absorta estaba, tan atenta a sí misma, que no observó que era espiada. Fuera de la ventana abierta a un segundo patio lleno de ruinas, un espantajo negro la vigilaba. La monja no veía el brillo verdoso de los ojos del búho acechando su presa.
XXVIII
Sí, aquel tenaz guerrillero don Carlos Garrote, cuya cólera hirviente, cuyas palabras amenazantes encerraban un gran fondo de rectitud, porque anunciaban su odio a las intrigas y a las transacciones indecorosas, tuvo que abandonar parte de sus armas en Regina Cœli. Habría sido petulancia sostener un combate. Él no se sometía; pero se retiraba de la lucha. No disparaba un tiro en contra de la causa apostólica; pero tampoco en pro del rey, cuya doblez conocía como nadie. Deferente y cortés con don Pedro Guimaraens, a quien por sus altas cualidades apreciaba, no solo le entregó algunas armas, sino también un valioso prisionero, y después de recomendarlo al señor coronel con la mayor eficacia, siguió adelante, para buscar por la Conca de Tremp el camino de Aragón.
No estaba a cien varas de Regina Cœli, cuando su pequeño ejército inerme fue detenido por otro armado y relativamente grande. Era la brigada que esperaba Guimaraens, y que había sido mandada por el conde de España para ocupar a Regina Cœli. Guimaraens, a quien España dio el día anterior pequeñas comisiones, fue encargado de ocupar previamente a Regina Cœli, en la previsión de que alguna pequeña partida se apoderase de punto tan conveniente, y de esperar allí a la brigada. El aviso de la campana fue cosa convenida entre el jefe de esta y Guimaraens.
Garrote sabía que probablemente encontraría aquella tropa; sabía también quién la mandaba, y así, con la esperanza de refrescar cordiales y antiguas amistades, luego que las avanzadas le detuvieron, preguntó:
—¿En dónde está el jefe? ¿En dónde está mi amigo queridísimo el señor don Francisco Chaperón?
Fuele respondido que no lejos venía, y poco después el valiente soldado navarro y el antiguo Presidente de la Comisión militar ejecutiva se daban estrechísimo abrazo en mitad del camino, alargando cada cual el cuerpo sobre el caballo, de modo que por un instante parecieron un solo hombre sobre dos brutos.
—Por vida del Santísimo Sacramento —dijo el brigadier—,[3] que no creí tener sorpresa tan agradable. Sabía que andaba usted por estos barrios... ¿Y a dónde se va? Supongo que en retirada.
[3] Véase el retrato de este personaje en _El terror de 1824_.
—Me voy a mis montañas; me voy sin armas, sin ilusiones, sin esperanza por ahora... Han querido meterme en intrigas y enlodarme con estos inmundos arreglos, y... me voy, me voy. ¡Esto es una farsa, señor don Francisco; pero qué farsa!
—Hombre, ¡qué diantres!, ya sabemos que en el mundo todo es farsa... Pero ¿a qué conducía esta guerra? Francamente, hablemos como hombres formales...; más adelante, no digo que no; pero ahora... ¡Vaya con las diabluras catalanas! Es preciso sofocar esto, echarle tierra a todo trance, antes que tome vuelo, porque si no se aprovecharán de ello los liberales. Es lo que yo digo: divídase el partido del orden, y tendremos a los masones tirándonos de la nariz...
—Los liberales tienen poco que ver en este negocio.
—¡Qué error! Por donde quiera que vamos recibimos la noticia de tramas horribles. Ellos son los que con halagos y promesas inclinan a los guerrilleros a no someterse. Yo le digo al conde de España: «Señor conde, mientras quede uno de esos, no tendremos paz en el reino», y el conde es de mi opinión. A veces me dice: «Chaperoncillo, aquí hay que amenazar a un lado y dar a otro», y yo soy también de esa opinión. Estoy contento de haber enviudado de aquella endiablada Comisión que me dio tantos disgustos, y de haberme casado con esta guerra. Me gustan los campamentos más que las oficinas, y nuestro jefe me agrada mucho. Es riguroso, y hace cumplir la ordenanza con crueldad; pero eso es bueno, eso es bueno. También sabe premiar a los que sirven con celo y a los que ejecutan sus órdenes con prontitud y sin vacilaciones... Conque, amigo mío... Por vida del Santísimo Sacramento, estoy por decirle a usted que vuelva grupas y me acompañe a Regina Cœli, que ya debe de estar cerca..., allí echaremos una copa y fumaremos un cigarro.
—No puedo, señor don Francisco... Regina Cœli está a dos pasos: allí descansará usted. Por cierto que le he dejado a usted allí un buen regalo.
—¿Algo de cena? —dijo don Francisco, haciendo con su mano en las inmediaciones de la fiera boca el gesto vulgarísimo que denota buen apetito.
—Nada de eso.
—¿Pues qué?
—Un liberal.
—¿Y para qué quiero yo un liberal, como no sea para fusilarle?
—Precisamente para eso.
—¿Sí? ¡Por vida del...! ¿Y quién es?
—Un gran delincuente. Anoche le cogimos _in fraganti_. Había pegado fuego al convento de San Salomó en Solsona.
—Hombre, ¡qué alhaja! Para encontrar estos primores no hay otro como usted.
—Vino a España enviado por los de Londres para tejer una de tantas conspiraciones. Es pájaro de cuenta: le conozco hace tiempo. Es de los que figuraron cuando las Cabezas... Después anduvo en masonerías y comunismo.
—¡Preciosísimo!
—Es paisano mío. Se llama Salvador Monsalud.