Chapter 9
--¡Vamos! Maese Marner, vamos, no tenéis para qué permanecer ahí sentado y gimiendo. Es mejor para vos que hayáis perdido vuestro dinero que el que lo hubieseis conservado valiéndoos de viles medios. Yo pensé en un principio, cuando vinisteis acá, que no erais mejor de lo preciso. Erais mucho más joven de lo que sois ahora; pero siempre habéis sido una criatura pálida y azorada, pareciéndoos en cierto modo a un ternero de cabeza blanca, si me es lícito expresarme así. Sin embargo, uno puede equivocarse. No es solamente el demonio el que ha hecho todos los seres de aspecto raro. Quiero referirme a los sapos y otras alimañas parecidas, porque con frecuencia son inofensivas; y hasta son útiles para destruir los insectos. Algo parecido acontece con vos, al menos por lo que puedo apreciar, bien que lo que concierne a vuestro conocimiento de la plantas y las drogas apropiadas para restablecer la respiración, si las habéis traído de un país apartado, hubierais podido mostraros un poco más generoso. Y si esos conocimientos habían sido adquiridos donde no se debía hacerlo, nada os impedía que compensarais esto yendo a la iglesia regularmente. En efecto, los niños que la bruja de Tarley hechizaba, los vi bautizar más de una vez y recibir el agua bendita tan bien como los demás. Y así tiene que ser, considerando que si el demonio desea hacer un poco de bien para poder descansar, si me es lícito expresarme así, ¿quién tiene que poner reparos a esto? Tal es mi opinión. Hace cuarenta años que soy chantre de esta parroquia, y yo sé que cuando el pastor y yo denunciamos la cólera celeste el miércoles de ceniza, no se pronuncia ningún anatema contra aquellos que desean ser curados sin médico, diga lo que quiera el doctor Kimble. Por consiguiente, maese Marner, como os lo decía hace un momento, las cosas tienen tantas vueltas, que os ocurren, como acaba de sucederme, que sois arrastrado hasta el último capítulo del libro de oraciones antes de volver al asunto; mi opinión es que no debéis desalentaros. En cuanto a imaginarse que sois un personaje maligno y que hay más ciencia en vuestra cabeza de la que podríais revelar, no soy absolutamente de ese parecer, y eso es lo que les repito a los vecinos. Vosotros pretendéis--les digo--que maese Marner habría forjado un cuento; pues bien, eso es absurdo, en verdad. Se requeriría realmente un hombre inteligente para inventar una historia como ésa; y, además, la noche que vino a la taberna parecía más asustado que una liebre.
Durante este discurso sin dilación, Silas había permanecido inmóvil en su primera actitud, apoyando los codos en las rodillas y oprimiéndose la cabeza entre las manos. El señor Macey se detuvo, no dudando que había sido escuchado. Esperaba alguna apreciación como respuesta; pero Marner permaneció silencioso. Tenía la impresión de que el anciano quería serle agradable, y tenía a su respecto intenciones de buen vecino; desgraciadamente aquella bondad caía sobre Silas como los rayos del sol sobre el hombre miserable; sintiendo que estaba muy lejos de él, no tenía ánimo para gozarla.
--Vamos, maese Marner, ¿no tenéis qué responder, a esto?--dijo al fin el señor Macey con un tono lentamente impasible.
--¡Ah!--respondió Marner con lentitud, sacudiendo la cabeza entre las manos--, os doy las gracias, os doy las gracias con todo corazón.
--Sí, sí, ciertamente, estaba seguro de que me daríais las gracias--dijo el señor Macey--, y soy de opinión que... A propósito, ¿tenéis ropa que vestir los domingos?
--No--dijo Marner.
--Eso pensaba--dijo el señor Macey--. Ahora dejadme aconsejaros que os proporcione un traje. Tookey es un hombre diablo, pero se ha hecho cargo de mi sastrería, y lo he habilitado con algún dinero. Os hará un traje completo, barato y fiado. Entonces podréis venir a la iglesia y ser algo sociable con vuestros vecinos. ¡Cómo! ¿ No me habéis oído decir amén desde vuestra llegada a este pueblo? Os recomiendo que no perdáis tiempo, porque será algo deplorable cuando Tookey me reemplace por completo. Puede muy bien que pasado otro invierno no tenga más fuerzas para estar de pie junto al órgano.
Dicho esto, el señor Macey hizo una pausa, esperando quizás algún signo de emoción por parte de su interlocutor. Viendo que Marner no decía nada, prosiguió:
--Y en cuanto al dinero para el traje completo, debéis ganar con vuestro telar una libra esterlina por semana, maese Marner, y todavía sois joven, me parece, aunque parezcáis muy agobiado. Pero no debíais, tener veinticinco años cuando vinisteis a estableceros aquí, ¿verdad?
Silas se estremeció ligeramente cuando el señor Macey tomó aquel tono de interrogación, y respondió con suavidad:
--No lo sé, no lo podría decir con exactitud; ¡hace de eso tanto tiempo!
Después de recibir semejante respuesta, no es de extrañar que el señor Macey hiciera notar más tarde, en la velada del _Arco Iris_, que Marner tenía la cabeza perdida, y que no sabía probablemente cuándo era domingo, lo que demostraba que era más pagano que muchos perros.
Además del señor Macey, otra persona que consolaba a Silas fue a verlo con el corazón lleno de los mismos pensamientos. Era la señora Winthrop, la mujer del carretero.
Los habitantes de Raveloe no iban a los oficios con regularidad escrupulosa. Quizá hubiera sido difícil encontrar a alguien en la parroquia que no pensara que los fieles que frecuentaban la iglesia todos los domingos del calendario, manifestaban un deseo ávido de estar bien con el Cielo, y de obtener indebidamente una ventaja sobre sus vecinos, un deseo de ser mejores que el común de los mortales, implicando éste una cierta censura para las gentes que, habiendo tenido como ellos padrinos y madrinas, poseían derecho igual al servicio fúnebre. Al mismo tiempo era cosa entendida que todos, excepto los sirvientes y los jóvenes, debían recibir el sacramento de la eucaristía en una de las grandes fiestas. El propio squire Cass comulgaba en Navidad; mientras que los que eran considerados buenos cristianos, iban a la iglesia más a menudo, pero con moderación, sin embargo.
La señora Winthrop se contaba entre estas últimas. Era de todo punto una mujer concienzuda y escrupulosa. Ponía tal ardor en cumplir sus deberes, que la vida parecía no presentárselos con tanta frecuencia, cuando no se levantaba a las cuatro y media de la mañana. Eso disminuía, es cierto, las tareas de las horas que seguían, y este inconveniente representaba para ella un problema que constantemente trataba de resolver.
Sin embargo, no tenía el carácter atrabiliario que se supone va necesariamente asociado con tales costumbres. Era una mujer muy suave y bondadosa que buscaba por temperamento todos los elementos más tristes y más serios de la vida para nutrir su espíritu, era la persona en quien se pensaba en Raveloe cada vez que había un enfermo o un muerto en una familia, cuando había que aplicar sanguijuelas y que no se podía conseguir una enfermera.
Mujer servicial, de buen semblante, cutis fresco, tenía los labios siempre ligeramente apretados como si creyera estar en el cuarto de un enfermo en presencia del médico o del pastor. Pero no lloriqueaba nunca; nadie la había visto nunca derramar lágrimas. No se observaba en ella más que una gravedad y una disposición a menear la cabeza y a suspirar de un modo casi imperceptible, como una plañidera que no es parienta del difunto. Parecía sorprendente que Ben Winthrop, que gustaba del jarro de cerveza y de decir chistes, viviera tan de acuerdo con Dolly; pero es que ella aceptaba las ocurrencias y la jovialidad de su marido con tanta paciencia como las demás cosas. Se decía que los hombres son siempre así, hágase lo que se haga, y ante sus ojos las personas del sexo fuerte eran criaturas que al cielo le había placido hacerlas naturalmente fastidiosas, como los gansos y los pavos.
Aquella mujer buena y caritativa no podía dejar de sentirse fuertemente atraída por Silas Marner, ahora que lo veía bajo un aspecto de una persona que sufre. Un domingo por la tarde tomó a su pequeño Aarón consigo y se dirigió a casa de Silas. Llevaba en la mano algunos bizcochos, hechos de pasta liviana y que eran muy estimados en Raveloe. Aarón, un niño de siete años, cuyas mejillas semejaban manzanas y cuyo cuello limpio y almidonado parecía ser el plato que contenía aquellas frutas, tuvo que recurrir a toda audacia de su curiosidad para vencer el temor de que el tejedor de ojos saltones no le fuera a dar algún daño físico. Su aprensión creció mucho cuando, al llegar a las canteras, él y su madre oyeron el ruido misterioso del telar.
--¡Ah! ¡Era como yo lo pensaba!--dijo tristemente la señora de Winthrop.
Tuvieron que golpear con fuerza antes de que Silas los oyera; sin embargo, cuando se asomó a la puerta no demostró ninguna impaciencia como hubiera hecho antes al recibir una visita que no era ni esperada ni solicitada. Antes su corazón era como un cofrecillo cerrado con llave y que contenía un tesoro; pero ahora el cofrecillo estaba vacío, y la cerradura rota. Abandonado en las tinieblas y buscando en ellas sus caminos a tientas, falto por completo de su apoyo, Silas tenía inevitablemente el sentimiento--sentimiento triste, en verdad, y que casi rayaba en la desesperación--de que si algún socorro le llegaba no podía ser sino de afuera. Así es que sentía una ligera emoción de esperanza a la vista de sus semejantes. Tenía una vaga idea de que debía contar con la benevolencia de ellos.
Abrió la puerta enteramente para dejar pasar a Dolly; sin embargo, no le devolvió su saludo más que haciendo adelantar la silla algunas pulgadas para indicarle que podía sentarse. Así que Dolly se sentó, quitó la servilleta que cubría los bizcochos y dijo con la mayor gravedad:
--Maese Marner, ayer hice cocer en el horno estos bizcochos, y están mejores que de costumbre. Venía a pediros que aceptéis algunos si lo tenéis a bien. A mí no me agradan estas cosas, porque lo que prefiero de un extremo del año al otro es un pedazo de pan; pero los hombres tienen un estómago tan caprichoso que necesitan cambiar; sí, necesitan, lo sé; que Dios los ayude.
Dolly suspiró suavemente ofreciéndole los bizcochos a Silas. Este le dio las gracias con bondad y miró el presente muy cerca, distraídamente, porque estaba acostumbrado a examinar así todo lo que tomaba en las manos. Entretanto, los ojos redondos, brillantes y sorprendidos del pequeño Aarón estaban fijos en él; el niño se había parapetado tras de la silla de su madre y desde allí lanzaba sus miradas furtivas.
--Tienen encima impresas unas letras--dijo Dolly--. Yo no sé leerlas y nadie, ni aun el señor Macey sabe exactamente lo que quieren decir; pero tienen un buen significado, puesto que son las mismas que se ven en el tapiz del púlpito, en la iglesia. ¿Qué letras son, Aarón, hijo mío?
Aarón se escondió completamente detrás de su trinchera.
--¡Oh, vamos, no seas malo!--le dijo su madre con suavidad--. Bueno, sean cuáles fueran esas letras, tienen un buen significado. Ben dice que es una marca que se ha usado siempre en su familia desde cuando era niño. Su madre tenía la costumbre de ponerla en los bizcochos, y yo también siempre la he puesto; porque si hay algún bien en ello nos hace falta en el mundo.
--Es I.H.S. (In hoc salus)--dijo Silas.
Ante aquella prueba de saber, Aarón lanzó una nueva mirada furtiva por detrás de la silla.
--Sí, la verdad es que las habéis podido leer fácilmente--dijo Dolly--. Ben me la ha leído muchas veces, pero se me van de la cabeza. Es tanto más sensible cuanto que son buenas letras; de otro modo no estarían en la iglesia. Por eso las pongo en todos los panes y en todos los bizcochos, bien que a veces se borran porque la masa crece, porque, como decía, si podemos conseguir algún bien lo necesitamos en este mundo, os lo aseguro. Espero que os lo proporcionarán, maese Marner. Es con esa intención que os he traído los bizcochos, y ya veis que las letras han salido mejor que de costumbre.
Silas era tan incapaz de interpretar las letras como Dolly; sin embargo, no era posible, al oír las dulces palabras de la señora Winthrop, equivocarse sobre el deseo que tenía de hacer un bien. Respondió, pues, con más sentimiento que antes:
--Gracias, gracias de todo corazón.
Sin embargo, puso a un lado los bizcochos y se sentó distraídamente triste e inconsciente del bien que pudieran hacerle los bizcochos, las letras y hasta la bondad de Dolly.
--¡Ah! Si hay un bien en algo, lo necesitamos--repitió Dolly, que no abandonaba fácilmente una frase útil.
Y continuó hablando mientras miraba a Silas con compasión:
--¿Pero no oísteis las campanas de la iglesia esta mañana, maese Marner? ¿Conque ignorabais que hoy es domingo? Viviendo aquí tan solitario os olvidáis del día que es, me parece; además, con el ruido del telar, no oís las campanas, que, por otra parte, ahora sofoca el aire frío y húmedo que reina.
--Sí, sí, las he oído--respondió Silas, para quien el sonido de las campanas era un simple incidente que no tenía ninguna relación con la santidad del día. No había campanas en el Patio de la Linterna.
--¡Dios mío!--dijo Dolly, deteniéndose antes de seguir hablando--. Es lástima que trabajéis el domingo y que no cuidéis vuestro traje, aunque no vayáis a la iglesia. Si tuvieseis un asado al fuego se comprendería que no pudierais salir, viviendo solo. Pero el horno está ahí cerca. No tendríais más que resolveros a gastar de cuando en cuando una moneda de cuatro peniques para que os asaran la carne, no todas las semanas, por supuesto; a mí mismo no me agradaría eso. Podríais vos mismo llevar vuestra pequeña cena a cocer, porque es razonable tener algún trozo de algo caliente el domingo. Deberíais de tratar que la comida de ese día no fuera igual a la del sábado. Pero ahora se acerca la Navidad, el santo día de Navidad, y si llevarais a asar vuestra cena y si fuéseis a la iglesia para verla adornada con muérdago y follaje, oír el oficio y comulgar en seguida, os sentiríais mucho mejor. Sabríais a qué ateneros y podríais poner vuestra confianza en Aquel que sabe más que nosotros, puesto que habríais cumplido con lo que es el deber de todos.
Esta larga exhortación de todos, que le había costado un extraordinario esfuerzo de palabras, fue pronunciada con el tono dulce y persuasivo con que se trata de conseguir que un enfermo tome su medicina o una taza de caldo que le inspirara repugnancia. Hasta entonces Silas no había sufrido presión tan directamente a propósito de su ausencia de la iglesia. El hecho había sido considerado simplemente como un rasgo del carácter general de su naturaleza extraña, y Marner era demasiado franco y sencillo para eludir el llamamiento de Dolly.
--No, no--dijo--. Yo no sé nada de la iglesia. Nunca he ido a la iglesia.
--¡Nunca!--repuso Dolly, con el tono quedo de la sorpresa.
Entonces, recordando que Silas procedía de un país desconocido, agregó:
--¿Será porque no había iglesia en el país en que nacisteis?
--¡Oh, sí!--dijo Silas con aire meditativo, sentado, según su costumbre, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos--. Había iglesia, había costumbres. Era una gran ciudad, pero yo no las conozco; siempre iba a la capilla.
Dolly, muy perpleja al oír aquella expresión nueva, no se atrevió a llevar más lejos sus preguntas por temor de que la palabra capilla significara algún antro de maldad. Después de un instante de reflexión, dijo:
--Pues bien, maese Marner, nunca es demasiado tarde para cambiar de conducta. Si nunca habéis frecuentado la iglesia, no os imagináis el inmenso bien que os haría el ir a ella. Yo me siento más a mi gusto y más feliz que nunca cuando voy a oír las oraciones y los cánticos en homenaje y gloria de Dios, que el señor Macey entona, y las buenas palabras que pronuncia el señor Crackenthorp, principalmente los días de comunión. Si me ocurre alguna contrariedad siento que la puedo soportar, porque he ido a buscar ayuda donde debía. Yo me he abandonado a Aquel a quien debemos todos abandonarnos en fin, y si hemos hecho nuestro deber, no hay que creer que Aquel que está allá arriba vale menos que nosotros y no hará el suyo.
La exposición que hizo la pobre Dolly de la sencilla teología de Raveloe hirió los oídos de Silas sin que entendiera palabra; en efecto, ninguna de aquellas frases podía evocar un recuerdo de la religión que había practicado, y su espíritu quedaba del todo desconcertado. Marner permaneció silencioso. No se sentía dispuesto a dar su asentimiento a la parte del discurso que comprendía por completo: la recomendación de ir a la iglesia. En verdad, Silas estaba tan poco acostumbrado a hablar, excepto para hacer preguntas y dar las respuestas breves indispensables para la negociación de sus pequeños negocios, que las palabras no se le ocurrían con facilidad si no eran solicitadas por un objeto determinado.
Pero ahora el pequeño Aarón, que se había acostumbrado a la presencia del terrible tejedor, se había colocado junto a su madre, y Silas, pareciendo verlo por primera vez, trató de rehuír las muestras de bondad de Dolly ofreciéndole al niño una parte de los bizcochos. Aarón retrocedió un poco y se frotó la cabeza contra el hombro de su madre. Sin embargo, pensó que el bizcocho valía la pena que se extendiera la mano para obtenerlo.
--¡Ah! ¡Aarón!--dijo Dolly tomándolo sobre las rodillas--; no necesitáis comer bizcochos por ahora. Tiene un apetito maravilloso--agregó con un ligero suspiro--, maravilloso, Dios lo sabe. Es el menor y lo mimamos de un modo deplorable; porque ya sea yo, ya sea su padre, es preciso absolutamente que uno de los dos lo tenga bajo sus ojos, absolutamente.
Acarició la cabeza de Aarón, pensando que la vista de aquel amor de niño debía de hacerle bien a maese Marner; pero éste, sentado al otro lado del hogar, no veía el rostro rosado, de rasgos bien acusados, más que como la bola obscura de dos pequeños puntos negros en la superficie.
--Y tiene una voz como la de un pájaro--prosiguió Dolly--; sabe cantar un canto de Navidad que su padre le ha enseñado. Para mí es un signo de que será bueno el que haya podido aprender tan ligero un aire religioso. Vamos, Aarón, paraos y cantadle vuestra canción a maese Marner, vamos.
Aarón, por toda respuesta, se frotó la frente contra el hombro de su madre.
--¡Oh! eso está mal--dijo Dolly con suavidad--. Hay que levantarse cuando mamá lo manda, y dadme un bizcocho para que os lo tenga, hasta que hayáis concluido.
No le repugnaba a Aarón lucir sus talentos, aun delante de un ogro, siempre que se sintiera en seguridad. Por lo tanto, después de algunos ademanes de falsa vergüenza, consistentes principalmente en restregarse los ojos con las manos y en mirar a Marner por entre los dedos para ver si éste deseaba ardientemente oírlo cantar, se dejó al fin poner erguida la cabeza. Entonces se paró detrás de la mesa, de la que sólo sobresalía a partir del cuello. Parecía así una cabeza de querubín libre de la traba del cuerpo. Por fin, con la voz clara de un pájaro comenzó la siguiente melodía, cuyo ritmo era martillado y laborioso:
Que Dios os de paz, alegres gentileshombres, Que nada os espante, Porque Jesucristo, vuestro Salvador, Vino al mundo para Navidad.
Dolly escuchaba con aire piadoso, dirigiéndole miradas a Marner con cierta confianza de que aquellos acentos contribuirían a atraerlo a la iglesia.
--Esto es lo que se llama música de Navidad--dijo cuando Aarón hubo acabado y volvió a entrar en posesión de su bizcocho--. No hay música que esté a la altura de la música de Navidad... Y ya podéis imaginaros lo que debe ser eso en la iglesia, maese Marner, con el acompañamiento del órgano y el coro. No se puede dejar de creer que ya se está en un mundo mejor. No quisiera hablar mal de éste, visto que Aquel que nos ha puesto en él sabe algo más que nosotros; pero cuando se piensa en la embriaguez y en las riñas, así como en las enfermedades y en las angustias de los moribundos--cosas que he visto tantas y tantas veces--, complace oír hablar de una mansión más feliz. El niño canta bien, ¿no es verdad, maese Marner?
--Sí, muy bien--respondió Silas distraídamente.
El canto, con su ritmo martillado, había resonado en sus oídos como una música extraña, completamente distinta de la del himno, y no podía de ningún modo producir el efecto que Dolly esperaba. Pero Silas quería demostrarle que estaba agradecido y lo único que se le ocurrió fue ofrecerle otro bizcocho a Aarón.
--¡Oh, no! muchas gracias, maese Marner--dijo Dolly, conteniendo las manos prontas a Aarón--. Ahora es preciso que nos volvamos a casa. Por consiguiente le digo hasta la vista, maese Marner. Si alguna vez os sentís con algún mal interior, que no os permita trabajar, yo vendré a hacer un poco de limpieza y os buscaré un poco de alimento, con toda buena voluntad. Pero os pido y os ruego que dejéis de tejer el domingo; eso es malo para el alma y para el cuerpo. El dinero que se consigue así es un mal lecho de reposo en los últimos momentos, si no se disipa como la escarcha quién sabe dónde. Disculpad que me haya tomado esta libertad con vos, maese Marner, porque os quiero bien en verdad. Aarón, haced vuestra reverencia.
Silas le dijo hasta la vista a Dolly, y le dio las gracias cordialmente abriendo la puerta. Sin embargo, a pesar suyo se sintió aliviado cuando ella se hubo marchado, satisfecho de poder volver a tejer y gemir a su gusto. Aquella manera simple de comprender la vida y el bienestar por medio del cual Dolly había tratado de alentar a Silas, no era para él más que un ruido lejano de objetos desconocidos que su imaginación era incapaz de representarle. Las fuentes del amor al prójimo y de la fe en el amor divino no se habían abierto todavía, y su alma era como un pequeño arroyo desecado. No había más que una débil diferencia, y es que el débil surco trazado en la arena estaba bloqueado, y el agua corría al azar hacia tenebrosos obstáculos.
Y así es que, a pesar de las palabras honradas y persuasivas del señor Macey y de Dolly Winthrop, Silas pasó el día de Navidad en la sociedad comiendo su cena con el corazón entristecido, bien que le hubiera sido ofrecida por una buena vecina. Por la mañana miró la helada negra que parecía oprimir cruelmente cada rama de hierba, mientras que el viento hacía rizar la charca roja, helada a medias. Pero al llegar la noche la nieve se puso a caer y le veló hasta aquella lúgubre perspectiva, encerrándolo estrechamente con su pena concentrada. Y durante toda la velada permaneció sentado en su choza despojada de su tesoro, no preocupándose de cerrar los postigos ni la puerta, oprimiéndose la cabeza entre las manos y gimiendo, hasta que lo tomó el frío y le advirtió que su fuego no era más que una ceniza gris.
Nadie en este mundo, excepto él, sabía que Silas era el mismo hombre que habiendo amado antes a su prójimo con tierno afecto había tenido confianza en una bondad invisible. Aun para sus ojos, aquella experiencia de la vida pasada se había vuelto algo obscura.