Chapter 10
Entretanto, en la aldea de Raveloe las campanas repicaban alegremente y la iglesia estaba más llena que durante el resto del año por fieles cuyos rostros bermejos aparecían en medio de las profusas ramas de un verde obscuro--fieles preparados para un oficio más largo que el de costumbre, gracias a un almuerzo perfumado de tostadas y cerveza. Aquellas verdes ramas, el humo y la plegaria que no se oían más que en Navidad, y hasta el Credo de San Anastasio--que sólo se distinguía de los otros en que era más largo y tenía virtud excepcional, puesto que no se le leía más que en ciertas ocasiones--producían un vago sentimiento de que algo grande y misterioso se había realizado para ellos allá en el cielo, y aquí abajo en la tierra, algo que se apropiaba con su presencia. Después los fieles de rostros bermejos se volvieron a su casa a través del frío negro y picante, sintiéndose libres, durante el resto del día, de comer, de beber y de regocijarse, usando sin temor de aquella libertad cristiana.
En la reunión de familia en casa del squire Cass celebrada ese día, nadie habló de Dunstan--nadie sentía la ausencia, y temía que fuera a ser larga. El doctor y su mujer, el tío y la tía Kimble, estaban presentes.
La conversación anual de la fiesta de Navidad tuvo lugar sin ninguna omisión. Alcanzó su punto culminante cuando el señor Kimble contó lo que había visto y oído en la época en que estudiaba medicina en los hospitales de Londres, treinta años atrás, no omitiendo las anécdotas notables concernientes a su profesión, que había recogido entonces. En seguida vinieron las partidas de los naipes con la mala suerte tradicional de la tía Kimble para hacer parejas; después la irascibilidad del tío Kimble a propósito del «trick» en el «whist». Cuando no estaba de su parte, no se lo explicaba sin hacer una inspección general de todas las bazas para asegurarse de que habían sido hechas de acuerdo con los verdaderos principios. El todo estaba acompañado por el fuerte olor de los grogs humeantes.
Pero la reunión del día de Navidad era puramente una reunión familiar que no representaba la fiesta brillante por excelencia de la estación de la Casa Roja. Esta era el gran baile de la víspera del día del Año Nuevo que hacía la gloria de la hospitalidad del squire, como había hecho la de la hospitalidad de los antepasados del squire desde tiempo inmemorial. Esa era la ocasión en que todos los miembros de la sociedad de Raveloe y de Tarley--ya fueran antiguas relaciones separadas por largos caminos llenos de zanjas, ya fueran relaciones enfriadas por disidencias relativas a la posesión de terneras escapadas, o ya las relaciones establecidas por una condescendencia intermitente--, contaban encontrarse y conducirse según las conveniencias recíprocas. Esa era la ocasión en que las bellas damas que iban a caballo mandaban de antemano cajas que contenían algo más que sus trajes del baile. La fiesta, en efecto, no debía durar sólo una noche, como las mezquinas diversiones de la ciudad, en que todas las provisiones de boca son puestas de una sola vez en la mesa, y en que la lencería es insuficiente. La Casa Roja estaba aprovisionada como para resistir un sitio. En cuanto a los colchones de pluma disponibles, prontos para ser tendidos en el suelo, eran tan numerosos como podía esperárselo en una familia que había matado gansos durante muchas generaciones.
Godfrey Cass suspiraba por esa víspera del día de Año Nuevo con la impaciencia loca e irreflexiva que lo volvía medio sordo a las importunidades de su compañera, la ansiedad.
--¡Oh! no volverá quizá a casa antes de la víspera de Año Nuevo--respondía Godfrey--. Entonces estaré sentado al lado de Nancy, bailaré con ella y he de obtener, quiéralo ella o no, alguna dulce mirada.
--Pero hay alguien que necesita dinero--decía la ansiedad con voz más fuerte--; ¿cómo vas a conseguirlo sin vender el alfiler de diamantes de tu madre? ¿Y si no puedes obtenerlo?
--Puede que ocurra algún acontecimiento que facilite las cosas. De todos modos, hay para mí un placer que está próximo: Nancy viene al baile.
--Es cierto, pero suponte que tu padre lleve las cosas a tal punto que te veas obligado a comprometerte con ella y tener que dar las razones.
--Corta tu lengua y no me mortifiques. Puedo ver los ojos de Nancy tales como me mirarán y ya siento su mano en la mía.
Sin embargo, la ansiedad siguió hablando, bien que fuera en medio de la ruidosa reunión de Navidad; se negó a callar por completo, ni aun con mucha bebida.
XI
Algunas mujeres, lo confieso, no aparecerían ventajosamente si cabalgaran a la grupa, vestidas con un abrigo de viaje color marrón y la cabeza cubierta con un sombrero de castor también color marrón, cuya copa se parece a una pequeña cacerola.
En efecto, un vestido que recuerda la hopalanda de un cochero, y que ha sido cortado en un pequeño retazo de paño con el cual no se han podido cortar capuchas en miniatura, no es muy aparente para ocultar los defectos de las formas. Por otra parte, el marrón no es un color apropiado para hacer resaltar vivamente las mejillas pálidas. Era un triunfo tanto más grande la belleza de la señorita Nancy Lammeter aparecer del todo seductora en semejante traje, cuando sentada a la grupa sobre un cojín, tras de su padre alto y derecho, ella le tomaba la cintura con uno de sus brazos y miraba hacia abajo, con ansiedad vigilante, los charcos de agua, cubiertos por una nube traidora que lanzaba salpicaduras formidables bajo los golpes de los cascos de _Dobbin_. Un pintor la hubiera preferido quizá en uno de esos momentos en que ella no tenía conciencia de sí misma; pero sin duda que esas mejillas habían alcanzado su más alto grado de contraste con la tela marrón de que iba revestida, cuando llegó a la puerta de la Casa Roja y vio a Godfrey Cass dispuesto para ayudarla a bajar del caballo. Hubiera deseado que su hermana Priscila hubiese ido a la grupa detrás del sirviente al mismo tiempo que ellos, porque entonces se hubiera arreglado para que el señor Godfrey bajara a Priscila primero. En ese intervalo ella hubiera convencido a su padre de que la diera la vuelta hasta el apeadero, en lugar de dirigirse al pie de la escalera. Es muy penoso, cuando se le ha dado a entender claramente a un joven que se tiene la resolución de no casarse con él, por más que él deseara esa unión, verlo seguir, sin embargo, teniendo atenciones especiales. Y además, ¿por qué no tenía siempre las mismas atenciones, si realmente eran sinceras de su parte, en vez de mostrarse tan incoherente como lo era el señor Godfrey Cass? Procedía a veces como si no quisiera hablarla, y no se ocupaba de ella durante varias semanas; después, de repente, casi le hacía de nuevo la corte. Además, era bien evidente que no le profesaba verdadero afecto; de otro modo no dejaría que las gentes dijeran lo que decían de él. ¿Suponía acaso que la señorita Nancy Lammeter podía ser conquistada por cualquiera, squire o no, que llevara mala vida? No era eso lo que estaba acostumbrada a ver en la persona de su padre, el hombre más sobrio y bueno de los alrededores, cuyo único defecto era ser algo brusco y arrebatado, de cuando en cuando, si las cosas no eran hechas en el acto.
Todos estos pensamientos atravesaron rápidamente el espíritu de la señorita Nancy en su orden habitual, entre el momento en que se advirtió al señor Godfrey Cass de pie en la puerta, y aquel en que llegó junto a él. Felizmente, el squire también salió a recibirles y dirigió ruidosos saludos al padre de Nancy. Se vio entonces protegida en cierto modo por aquel ruido, envolviéndose en él su confesión y su descuido de toda regla conforme con la etiqueta, cuando los vigorosos brazos del joven la ayudaban a bajar del caballo, pareciendo juzgarla ridículamente pequeña y liviana. Había las mayores razones, además, para entrar en la casa cuanto antes, pues la nieve comenzaba a caer, amenazando con un viaje desagradable a los invitados que estaban aún en camino. Estos constituían una pequeña minoría, porque ya la tarde comenzaba a declinar y no tardarían en llegar las damas que venían de mayores distancias. Tenían que ataviarse y estar prontas antes del té, que se tomaría temprano, y que debía animarles para el baile.
Cuando la señorita Nancy entró, hubo por toda la casa un murmullo de voces, que se confundió con el ruido de un violín que estaba preludiando en la cocina. Pero la llegada de los Lammeter tenía evidentemente tan preocupadas a las gentes, que se asomaron a la ventana para verles llegar. En efecto, la señora Kimble, que hacía los honores de la Casa Roja en estas grandes ocasiones, vino al vestíbulo a recibir a la señorita Nancy y la llevó a los altos. La señora Kimble era la hermana del squire y la mujer del doctor, doble dignidad con la cual su diámetro estaba en razón directa. Así es que como un viaje al primer piso la fatigaba bastante, accedió al pedido de la señorita Nancy de que le permitiera dirigirse sola hacia el cuarto azul, donde habían sido colocadas las cajas de las señoritas Lammeter cuando llegaron por la mañana.
Hubiera sido difícil encontrar un dormitorio en la casa, en el que las mujeres no estuvieran ocupadas en cumplimentarse y en prepararse. El atavío de cada una estaba más o menos adelantado, y se proseguía en un espacio reducido por las camas suplementarias tendidas en el suelo. La señorita Nancy, al entrar en el cuarto azul, tuvo que hacer una pequeña reverencia ceremoniosa a un grupo de seis damas. Hacia una parte había dos que eran nada menos que las señoritas Gunn, las hijas del negociante en vinos de Lytherley, vestidas a la última moda, con las faldas más ceñidas y las batas más cortas de talle. Las estaba examinando la señorita Ladbrook--de los Prados Viejos--con una vergüenza fingida no exenta de una contrariedad secreta. La señorita Ladbrook comprendía que las señoritas Gunn debían considerar su falda como de una amplitud exagerada; pero, en cambio, no era sensible que las señoritas Gunn estuvieran desprovistas de la sensatez que les hubiera indicado la conveniencia de no ajustarse tanto a la moda. Por otra parte, estaba la señora Ladbrook, que de cofia y con un turbante en la mano hacía una reverencia y sonreía con dulzura, diciendo: «De ningún modo; yo esperaré»; a otra dama que se hallaba en la misma posición que ella y que atentamente le ofrecía la precedencia frente al espejo.
Pero apenas la señorita Nancy hizo su reverencia, una dama de cierta edad se adelantó. El fichú de muselina extremadamente blanco de aquella dama y la papalina que cubría sus bucles de cabellos grises y lacios, formaba un contraste chocante con los trajes de raso amarillo y los tocados aparatosos de sus vecinas. Se acercó a la señorita Nancy con mucha afectación y le dijo lentamente, con voz aguda y suave:
--Espero, sobrina, que estéis en buena salud.
La señorita Nancy besó respetuosamente la mejilla de su tía, y respondió con igual afectación de amabilidad:
--En muy buena salud, mi tía, y espero que vos estéis lo mismo.
--Gracias, mi sobrina; mi salud se conserva por ahora. ¿Cómo está mi cuñado?
Estas preguntas y estas respuestas respetuosas no cesaron hasta que se hubo averiguado que todos los Lammeter estaban en tan buena salud como de costumbre, lo mismo que los Osgood; además, la sobrina Priscila debía seguramente de estar por llegar, y que no era muy agradable viajar a la grupa con tiempo de nieve, bien que una capa de viaje abrigara mucho. Entonces, Nancy fue presentada a los visitantes de su tía, la señora Gunn. Estos fueron anunciados como las hijas de una dama conocida de la señora Lammeter, bien que ellas mismas no se hubieran resuelto nunca a hacer un viaje a aquellos parajes. Quedaron tan sorprendidas de encontrar una fisonomía y maneras tan encantadoras en un sitio apartado de la campaña, que empezaron a sentir cierta curiosidad por saber qué traje se pondría Nancy después que se quitara el abrigo. La atención de la señorita Nancy estaba siempre fija en la cortesía y moderación que se observaba siempre en sus maneras. Se puso a observar que las señoritas Gunn tenían más bien facciones groseras y que la idea de ponerse trajes escotados como los suyos hubiera podido ser atribuida a la vanidad si tuviesen lindos hombros. Sin embargo, teniendo semejantes hombros, había que suponer sensatamente que aquellas señoritas no lo hacían por el deseo de exhibirlos, sino más bien a causa de una obligación que no era incompatible con el buen sentido y la modestia.
Tenía la convicción al abrir la caja que contenía su traje que ésa sería la opinión de la señora Osgood, porque el espíritu de la señorita Nancy se parecía de un modo extraordinario al de su tía. Todo el mundo decía que era una cosa sorprendente, puesto que el parentesco procedía por el lado del señor Osgood; y bien que la forma ceremoniosa de sus saludos no lo hubiera hecho suponer, había un afecto, una admiración recíproca entre la tía y la sobrina. Ni aun la negativa de la señorita Nancy de aceptar la mano de su primo Gilberto Osgood--simplemente a causa de que era su primo--no había enfriado absolutamente la preferencia que había determinado a la señora Osgood, a pesar del gran disgusto que aquella negativa le había causado, a dejarle a Nancy varias alhajas de familia, cualquiera que fuese la esposa futura de su hijo.
Tres damas se retiraron muy luego; pero no las señoritas Gunn, que el deseo de la señora Osgood de esperar a su sobrina, les diera motivo para quedarse, a ver el traje de aquella belleza rústica. Hubo para ellas un verdadero placer, desde el momento en que se abrió la caja en que todo olía a alhucema y hojas de rosas, hasta que el pequeño collar de corales quedó ceñido a su fino cuello blanco. Todas las cosas pertenecientes a la señorita Nancy eran de una limpieza y de una pureza delicadas: ni un solo pliegue dejaba de tener su razón de ser; ni la más pequeña pieza de sus ropas carecía de la blancura que se supondría debía tener; hasta los alfileres de su almohadilla estaban clavados según un modelo de que tenía la prolijidad de no apartarse; y, en cuanto a su misma persona, daba la idea de una elegancia tan invariable y exquisita como la de un pequeño pájaro.
Es cierto que sus cabellos obscuros estaban cortados en la nuca como los de un muchacho, y estaban dispuestos adelante en cierto número de bucles chatos que se apartaban mucho de su rostro. Pero no había peinado que no hiciera encantadores el cuello y las mejillas de Nancy. Cuando por fin apareció completamente vestida, con su traje de seda cruzada color plata, con su cuello de encajes, su collar y sus pendientes de coral, las señoritas Gunn no encontraron nada que criticarle, a no ser sus manos.
Estas tenían las huellas dejadas por la fabricación de la manteca, del queso y aun de alguna otra tarea más grosera. La señorita Nancy no se avergonzaba, por su parte, de esto. En efecto, a la vez que se vestía, la joven contaba a su tía cómo habían hecho su hermana Priscila y ella para poner sus ropas en las cajas la víspera, porque esa mañana tenían que amasar, y limpiar la casa. Era, pues, conveniente que dejaran además una buena provisión de fiambres para los sirvientes. Al terminar estas observaciones, la señorita Nancy se volvió también hacia las señoritas Gunn a fin de evitar la falta de cortesía de no dirigirse a ellas al mismo tiempo.
Las señoritas Gunn sonrieron con tiesura y pensaron que era lástima que aquellas personas ricas de la campaña que tenían medios de comprar tan ricos trajes--en verdad, el encaje y la seda de Nancy eran de gran precio--fueran criadas en la completa ignorancia y la vulgaridad. La señorita Nancy, decía, en efecto, _descote_, por _escote_, _naguas_ por _enaguas_ y _haiga_ por _haya_, faltas que chocaban necesariamente a los oídos jóvenes que frecuentaban la buena sociedad de Lytherley. Estas hablaban lo mismo en la intimidad de la familia, pero pocas veces decían _haiga_ delante de los extraños. La señorita Nancy, en verdad, nunca había visto más escuela que la de la maestra Tedman. Sus conocimientos de la literatura profana no iban más allá de los versos que había bordado en una gran tapicería, bajo el pastor y la pastora; y para arreglar una cuenta tenía que hacer la resta quitando chelines y medios chelines metálicos y visibles de un total metálico y visible. Apenas hay en nuestros días una sirvienta que no sea más instruida de lo que estaba la señorita Nancy. Sin embargo, ésta tenía las cualidades esenciales de una joven bien educada: un gran amor por la verdad, un sentimiento delicado del honor de sus actos, deferencias para con los demás y costumbres personales refinadas. Pero por temor de que estas cualidades no bastan para convencer a las bellas gramáticas, de que los sentimientos de Nancy se parecían nada a los suyos, agregaré que era un poco orgullosa y exigente, y tan constante en su aferramiento en una opinión errónea como en su afecto por un supirante infiel.
La inquietud de Nancy por su hermana Priscila, que había llegado a ser bastante intensa en el momento en que se prendía el collar de corales, cesó felizmente al ver entrar a aquélla de carácter alegre; entró con una cara vivamente coloreada por el frío y la humedad. Después de las primeras preguntas y los primeros saludos, Priscila se volvió hacia Nancy y la contempló de pies a cabeza; después la hizo dar media vuelta para convencerse de que, vista de espaldas, estaba igualmente irreprochable.
--¿Qué pensáis de estos vestidos, tía Osgood?--dijo Priscila, mientras Nancy la ayudaba a quitar la saya.
--Muy hermosos, en verdad, sobrina--respondió la señora Osgood, acentuando ligeramente el tono ceremonioso que usaba de ordinario.
Siempre había considerado a su sobrina Priscila como demasiado ordinaria.
--Me veo obligada a usar el mismo traje que Nancy, aunque tengo cinco años más que ella, y eso me hace parecer amarilla. No quiere tener nunca una cosa sin que yo tenga otra exactamente igual; desea que nos crean gemelas. Yo le digo que las personas van a considerar esto como una debilidad de mi parte imaginándome que me pondrá bonita el usar ropas que a ella le sientan bien. Porque yo soy fea, no cabe duda, tengo las facciones de la familia de mi padre. Pero a mí eso qué me importa, ¿y a vosotras?
Priscila en ese momento, sin cesar de hablar, se volvió hacia las señoritas Gunn. Estaba demasiado preocupada por el placer de hablar para darse cuenta de que su candor no era apreciado.
--Hay bastantes flores para atraer a las mariposas; las mujeres bonitas alejan a los hombres de nosotras. Tengo mala opinión de ellos, señorita Gunn; no sé si vosotras la tendréis buena. Y en cuanto a atormentarse y mortificarse a propósito de lo que piensan de una y amargarse la vida pensando en lo que hacen cuando no están a vuestro lado, como siempre le digo a Nancy, es una locura en que ninguna mujer debiera incurrir si tiene un buen padre y un buen hogar. Que deje eso para las que no tienen fortuna y no saben cómo salir de apuros. Así es que yo siempre digo, el señor Haz-tu-gusto es el mejor marido y el solo a que deseo obedecer. Yo sé que no es agradable cuando se ha estado acostumbrado a vivir holgadamente y a cuidar los barriles de cerveza, así como otras cosas parecidas, el ir a meter las narices en casa ajena o sentarse sola a la mesa, delante de un cogote de carnero o de un jarrete de buey. Pero, a Dios gracias, mi padre es sobrio. Es probable que vivirá mucho, y hay un hombre sentado junto al fuego, poco importa que esté chocho; no tiene por qué abandonar su puesto.
La forma cuidadosa con que Priscila se pasaba la falda por la cabeza, sin despeinar sus bucles lisos, obligó a la señora a suspender su rápido examen de la vida humana. La señora Osgood aprovechó la coyuntura para ponerse de pie y decir:
--Bien, sobrina, vosotras nos seguiréis. Las señoritas Gunn han de estar deseosas de bajar.
--Hermana mía--le dijo Nancy a Priscila cuando estuvieron solas--, habéis ofendido sin duda alguna a las señoritas Gunn.
--¿Por qué, hija mía?--respondió Priscila bastante alarmada.
--Les habéis preguntado si no les importaba ser feas; decís las cosas con demasiada crudeza.
--¡Dios mío, es cierto! Se me escapó sin pensarlo, y gracias al Cielo que no dije algo más. Yo no puedo vivir entre personas que temen la verdad. Pero en cuanto a ser fea, miradme un poco con este traje de seda color plata. Ya os había dicho lo que iba a suceder. Parezco tan amarilla como una caléndula. Cualquiera diría que habéis querido hacer de mí un espantapájaros.
--No, Priscila; no habléis así. Yo os pedí y rogué que no eligierais esa seda si hubiera otra que os conviniera más. Quería que fueseis vos la que escogiera, bien lo sabéis--respondió Nancy con vivo deseo de justificarse.
--¡Vamos, vamos! niña; vos sabéis que esta tela os agradaba y teníais buenas razones para ello, puesto que vuestro rostro es del color de la crema. Estaría bueno que llevarais lo que a mí me sentara bien. Lo que no apruebo es vuestra idea de que me vista como vos. Pero hacéis de mí lo que queréis. Así ha sido siempre, desde cuando comenzasteis a caminar. Cuando queríais ir hasta el fin del campo, ibais, y no había qué pensar en castigaros, porque siempre parecíais tan graciosita e inocente como una malva.
--Priscila--dijo Nancy con suave voz, al ceñir el cuello de su hermana, tan distinto al de ella, un collar de corales exactamente igual al suyo--, os aseguro que estoy dispuesta a ceder en todo lo que es razonable; pero, ¿quiénes deben de vestirse iguales a no ser dos hermanas? ¿Querríais que cuando salimos no pareciéramos de la misma familia, nosotras, nosotras que no tenemos madre ni otra persona en el mundo? Yo no haré sino lo que sea conveniente, aunque tenga que ponerme un vestido amarillo color canario, y preferiría que fuerais vos la que eligierais y me dejarais llevar lo que os place.
--¡Ya estáis otra vez con el mismo tema! No cambiaríais de tono aunque hablarais la semana entera. Va a ser muy divertido ver cómo manejaréis a vuestro marido si no alza nunca más la voz que una caldera de agua hirviendo. A mí me agrada ver llevar a los hombres de las narices.
--No habléis así--dijo Nancy sonrojándose--. Bien sabéis que no tengo la intención de casarme.
--¡Oh! ¡No tenéis absolutamente la intención de hacer esa tontería!--dijo Priscila doblando el vestido que acababa de quitarse y colocándolo en la caja--. ¿Para quién habría trabajado yo entonces, cuando muera nuestro padre, si se os pone en la cabeza quedaros solterona, porque ciertas personas no son mejores de lo que debieron ser? Ya se me está agotando la paciencia a vuestro respecto, viéndoos siempre empollando un huevo huero, como si no hubiera otros en el mundo. Conque no se case una de las dos hermanas basta, y yo haré honor al celibato, porque Dios me puso en el mundo para eso. ¡Vamos! ahora podemos bajar. Estoy realmente tan bien entrazada como puede estarlo un espantajo. Ahora que me he puesto los aros no me falta nada para asustar a los cuervos.
Cuando las dos señoritas Lammeter entraron al salón de recepción, el que no hubiera conocido el carácter de cada una de ellas hubiera podido sin duda suponer que la razón que había inducido a Priscila, de acciones vulgares, retaca y mal hecha, a vestir un traje igual al de su linda hermana, era su ciega vanidad o la maliciosa ocurrencia de Nancy para realzar de ese modo su singular belleza física.
Pero la alegría inconsciente y la excelente naturaleza de Priscila, así como su buen sentido, pronto hubieran hecho desaparecer la primera de estas sospechas; mientras que la calma modesta de la conversación y de las maneras de Nancy anunciaban claramente un espíritu exento de todo artificio reprochable.