Chapter 11
Para el té los sitios de honor fueron reservados a las señoritas Lammeter, junto a la cabecera de la mesa principal, en el salón artesonado. Aquella pieza parecía entonces tener una frescura agradable, con sus decoraciones de follaje procedentes de la vegetación abundante del antiguo jardín.
Nancy sintió entonces una agitación interior que no pudo dominar la firmeza de su propósito al ver adelantarse al señor Godfrey Cass para conducirla a su sitio colocado entre el suyo y el del señor Crackenthorp; mientras que Priscila fue invitada del otro lado, entre su padre y el squire. Nancy no podía pensar sin alguna emoción que el pretendiente a que había renunciado era el joven que ocupaba más alto rango entre las personas de la parroquia, encontrándose en su casa, en un salón venerable y único que la experiencia de aquella joven representaba el apogeo de la grandeza, salón en que ella, la señorita Nancy, podría ser un día la dueña de casa, y pensaba que hablando de ella la llamarían la señora Cass, la esposa del squire.
Estas particularidades realzaban ante sus ojos el drama de su corazón y reforzaban la energía con que se decía que la posición más deslumbradora no la decidiría a aceptar por marido un hombre cuya conducta demostraba el poco caso que hacía de su propia reputación. Pero agregaba que «no amar más que una vez y amar siempre» era la divisa de una mujer sincera y pura, así es que ningún hombre tendría jamás el derecho de destruir las flores secas que conservaba y conservaría siempre como un tesoro por el amor de Godfrey Cass. Y Nancy era capaz de sostener en las circunstancias más penosas la palabra que se daba a sí misma. Nada, a no ser un sonrojo hesitante, traicionó la emoción causada por los pensamientos que se agolpaban a su espíritu, cuando aceptó sentarse junto al señor Crackenthorp, porque era instintivamente tan exacta y hábil en todos sus actos y sus lindos labios se cerraban con una firmeza tan tranquila, que le hubiera sido difícil parecer agitada.
El pastor no tenía la costumbre de dejar disipar un sonrojo encantador sin hacer un cumplimiento oportuno. No era nada orgulloso ni aristocrático. Era sencillamente un hombre de grandes ojos sonrientes, de rasgos poco caracterizados y cabellos grises, cuyo mentón estaba sostenido por las numerosas vueltas de una amplia corbata blanca. Aquella corbata parecía eclipsar todas las otras partes de su persona, y, por decirlo así, comunicar un relieve particular a las observaciones que hacía; así es que considerar su amenidad independientemente de esa parte de su traje hubiera importado un esfuerzo de abstracción penoso si no peligroso.
--¡Ah! señorita Nancy--dijo, haciendo girar la cabeza dentro de aquella corbata y sonriendo agradablemente al mirar a la joven--, si alguien llegara a pretender que este invierno es riguroso, yo le diría que he visto florecer las rosas la víspera de año nuevo; decidme, Godfrey, ¿no sois de mi misma opinión?
Godfrey no respondió y evitó el mirar a Nancy con fijeza; porque bien que aquellos personalismos elogiosos fueran considerados como de muy buen gusto en la vieja sociedad de Raveloe, el amor reverente tiene una urbanidad particular que enseña a los hombres cuya instrucción es defectuosa bajo otros respectos.
Pero al squire lo apenó que su hijo se mostrara un festejante tan infeliz. A aquella hora avanzada del día estaba siempre de mejor humor del que le vimos en el almuerzo, y se sentía muy satisfecho al cumplir con el deber, hereditario en su familia, de mostrarse protector ruidoso y jovial. La gran tabaquera de plata estaba en servicio positivo, y, de tiempo en tiempo, era ofrecida invariablemente a todos sus vecinos, cualquiera que fuese el número de veces que ya hubiesen rechazado aquel favor.
Hasta aquí el squire no había dado la bienvenida de un modo señalado más que a los jefes de familia a su llegada; pero siempre, a medida que avanzaba la tarde, su hospitalidad irradiaba con más amplitud, hasta que golpeaba las espaldas de los invitados más jóvenes y manifestaba la particular satisfacción que le proporcionaba su presencia. Creía firmemente que éstos debían de sentirse dichosos de vivir en una parroquia que contaba con un hombre tan cordial como el squire Cass que los invitaba a su casa y los quería bien. Aun en aquella primera fase de su humor jovial era natural que deseara suplir las imperfecciones de su hijo mirando y hablando por él.
--Sí, sí--comenzó a decir, presentando su tabaquera al señor Lammeter, que por segunda vez inclinó la cabeza e hizo seña con la mano para rechazar obstinadamente el ofrecimiento del squire--, sí, nosotros los viejos bien podemos desear ser jóvenes esta noche al ver el ramo de muérdago suspendido, en el salón blanco. Es cierto que la mayor parte de las cosas han retrogradado en estos últimos treinta años. El país periclita desde que nuestro rey Jorge III cayó enfermo. Pero cuando miro a la señorita Nancy, aquí presente, comienzo a creer que las jóvenes conservan sus encantos. Que me ahorquen si recuerdo haber visto belleza que le sea comparable, aun en la época en que yo era un guapo mozo, dicho sea esto sin ofenderos, señora--agregó, inclinándose hacia la señora Crackenthorp, sentada a su lado--; a vos ni os conocía cuando erais joven como la señorita Nancy aquí presente.
La señora Crackenthorp, pequeña mujer que pestañeaba un ojo y agitaba continuamente sus encajes, sus cintas y su cadena de oro, volviendo la cabeza a derecha e izquierda, haciendo así ruidos reprimidos que se parecían mucho al gruñido de un cerdo de la India cuando contrae el hocico y monologa ante cualquier reunión, la señora Crackenthorp, digo, pestañeó entonces y continuó agitándose al volverse hacia el squire; después, por fin, respondió:
--¡Oh, no; no me ofendéis!...
Aquel cumplimiento expresivo dirigido por el squire a Nancy, fue considerado por todos, menos por Godfrey, como un acto de diplomacia; y el padre de aquella joven se irguió un poco más, mirándola a través de la mesa con seria satisfacción. Aquel anciano, grave y regular en sus actos, no iba a comprometer en un ápice su dignidad, mostrándose henchido de orgullo ante la idea de una unión entre su familia y la del squire. Le halagaba todo honor tributado a su familia; sin embargo, era preciso que viera un cambio bajo todos respectos antes de acordar su consentimiento. Su cuerpo flaco, pero robusto, y su rostro de rasgos acentuados que parecía no haber sido nunca encendido por los excesos, formaban un contraste chocante, no sólo con la persona del squire, sino con los propietarios de Raveloe en general, lo que estaba de acuerdo con su dicho favorito: «que la raza primaba la dehesa».
--La señorita Nancy se parece de un modo sorprendente a su finada madre; ¿no es cierto, doctor Kimble?--dijo la gorda señora de este apellido buscando con los ojos por todas partes a su marido.
El doctor Kimble--los boticarios de campaña gozaban antiguamente de aquel título sin la sanción de un diploma--, hombre esbelto y ágil corría de un extremo a otro de la pieza con las manos en los bolsillos. Se hacía agradable a sus clientes del bello sexo con la imparcialidad de un hombre de su posición, y en todas partes era el bien venido en su calidad de doctor por derecho hereditario. No era uno de esos boticarios desgraciados que van en busca de una clientela a las localidades nuevas y que gastan todo su haber en hacer morir de hambre a su único caballo; por el contrario, era un hombre de posición acomodada, tan capaz de sostener una mesa superabundante como el más rico de sus clientes.
Desde tiempo inmemorial, el doctor de Raveloe era un Kimble. Kimble era esencialmente un apellido de doctor, así es que era difícil imaginar en esta triste realidad que el Kimble actual no tenía hijo, y que, por lo tanto, su clientela podría ser transmitida un día a un sucesor que llevara el incongruente apellido de Taylor o de Johnson. Pero, en tal caso, los vecinos más razonables de Raveloe llamarían al doctor Blick de Flitton, lo que sería más natural.
--¿Me habéis hablado, querida?--dijo el digno doctor dirigiéndose rápidamente al lado de su mujer.
Sin embargo, como si previera que ella estaría demasiado jadeante para repetir la observación que acababa de hacer, prosiguió inmediatamente:
--¡Ah! señorita Priscila, vuestra presencia reaviva el gusto de este superfino pastel de cerdo. Hago votos porque la hornada esté lejos de agotarse.
--En verdad, lo está, doctor--respondió Priscila--; sin embargo, garantizo que la próxima será tan buena como ésta. Mis pasteles de cerdo no salen buenos por casualidad.
--No sucede así con vuestras curas, ¿verdad, Kimble? Sólo salen bien, ¿es cierto?, cuando los enfermos se olvidan de tomar vuestros remedios--dijo el squire que consideraba a la medicina y a los médicos como muchos hombres lealmente religiosos consideran a la iglesia y al clero.
Saboreaba una burla dirigida contra los doctores y su ciencia cuando estaba en buena salud, pero reclamaba su auxilio con impaciencia así que sentía algo. Golpeó la tabaquera y echó una mirada a su rededor con aire de triunfo.
--¡Ah! en verdad que tiene espíritu sutil, mi amiga Priscila--prosiguió el doctor, prefiriendo atribuir el chiste a una dama antes que reconocer la ventaja que al hacerlo había tomado el squire sobre su cuñado--. ¡Deja a un lado un poco de pimienta para sazonar la conversación; por eso es que no la hay en exceso en sus platos! Aquí tenéis a mi mujer que, por el contrario, nunca tiene la respuesta en la punta de la lengua; desgraciadamente, si llego a ofenderla no deja de quemarme la garganta con pimienta al otro día, o si no me da cólicos con legumbres refrescantes. Es una venganza atroz.
Y al decir esto, el ágil doctor hizo una mueca expresiva.
--¿Habéis oído nunca cosa semejante?--dijo la señora Kimble riendo de muy buen humor por encima de su doble sotabarba, a la señora Crackenthorp, que parpadeaba de un ojo, meneaba la cabeza y tenía la amable intención de sonreír.
Pero esta intención se perdió en ligeros rezongos y ruidos.
--Supongo, Kimble, que ésa es la especie de venganza adoptada en vuestra profesión si os irritáis contra un enfermo--dijo el pastor.
--Nunca nos enojamos con nuestros enfermos, sino cuando nos dejan--respondió el doctor Kimble--. Y entonces ya no tenemos ocasión de hacerles prescripciones. ¡Ah! señorita Nancy--prosiguió poniéndose de golpe al lado de ella, dando saltitos--, no vayáis a olvidar vuestra promesa. ¡Tenéis que reservarme una pieza, ya lo sabéis!
--¡Vamos, vamos, Kimble; no os apresuréis tanto!--dijo el squire--. Dejad a los jóvenes las oportunidades de triunfar. Aquí está mi hijo Godfrey que os arrojará el guante si os apoderáis de la señorita Nancy. La ha invitado para la primera pieza, estoy seguro. ¿No es cierto, señor? ¿Qué me decís?--continuó, echándose hacia atrás para mirar a Godfrey--. ¿No le habéis pedido a la señorita Nancy que os acompañe para abrir el baile?
Godfrey estaba lo más molesto a causa de aquella insistencia significativa respecto de la señorita Nancy. Asustado al pensar qué fin tendría todo aquello cuando su padre, según su costumbre, hubiera dado el ejemplo hospitalario de beber antes y después de la cena, no se le ocurrió cosa mejor que volverse hacia Nancy y decirle lo mejor que pudo:
--No, todavía no se lo he pedido; pero confío que aceptará, si otra persona no se ha presentado ya.
--No, todavía no me he comprometido--contestó Nancy con tranquilidad, aunque sonrojándose. (Si el señor Godfrey fundaba algunas esperanzas en que Nancy consintiera en bailar con él, pronto se iba a desengañar; pero no había razón alguna para que no se mostrara atenta.)
--Entonces, espero que no tendréis ningún motivo para no bailar conmigo--prosiguió Godfrey, comenzando a no darse ya cuenta de que había algo de molesto en aquel arreglo.
--No, ningún motivo--respondió Nancy con frialdad.
--¡Ah! En verdad que tenéis suerte, Godfrey--dijo el tío Kimble--. Pero sois mi ahijado, y por eso no quiero soplaros la dama. Por lo demás, no estoy tan viejo, querida, ¿no es cierto?--prosiguió, volviéndose a saltitos al lado de su mujer--. ¿No os importaría nada que os diera una sucesora, en caso de que desaparecierais, con tal de que antes llorara mucho?
--¡Vamos, vamos, tomad una taza de té y retened vuestra lengua, os ruego!--dijo la alegre señora Kimble, sintiendo cierto orgullo de tener un marido que la reunión debía considerar como de los más hábiles y divertidos.
¡Lástima que fuera tan irritable cuando jugaba a la baraja!
Mientras que aquellas personalidades inofensivas, bien puestas a prueba ya, animaban el té de aquel modo, las notas de un violín se acercaron bastante como para que se las oyera claramente. Entonces los jóvenes se miraron con expresión simpática en que se leía la impaciencia de que terminara la colación.
--Ya está Salomón en el vestíbulo--dijo el squire--, y me parece que toca mi aire favorito: «El pequeño labrador de cabellos rubios». Nos quiere insinuar que no nos damos bastante prisa para oírlo tocar. Bob--agregó dirigiéndose a su tercer hijo, mozo de largas piernas que estaba en el otro extremo de la mesa--, abrid la puerta y decidle a Salomón que entre. Que nos toque aquí una pieza.
Bob obedeció y Salomón entró tocando, porque por nada del mundo quería detenerse a mitad de un aire.
--Aquí, Salomón--dijo el squire con un tono alto y protector--. Aquí, mi viejo. ¡Ah! ya sabía yo que tocabais «El pequeño labrador de cabellos rubios». No hay aire más hermoso.
Salomón Macey, viejecito todavía fuerte, con copiosos cabellos blancos que le descendían casi hasta los hombros, se adelantó hacia el sitio designado. Hizo una profunda reverencia sin dejar de tocar como para hacer comprender que tenía respeto a la reunión pero que respetaba aún más la música. Así que hubo terminado la pieza y bajado el violín, se inclinó de nuevo ante el squire y ante el pastor, diciendo:
--Espero que veo a vuestro honor y vuestra reverencia en buena salud; os deseo larga vida y un buen y feliz año nuevo. Y a vos igualmente, señor Lammeter, y a los demás señores y a las damas y a los jóvenes.
Al pronunciar estas últimas palabras Salomón se inclinaba hacia todos lados con solicitud, temeroso de faltar al respeto que debía. Después se puso inmediatamente a preludiar, y pasó luego a tocar el aire que sabía que el señor Lammeter consideraría como un cumplimiento personal.
--Gracias, Salomón, gracias--dijo el señor Lammeter, cuando el violín se detuvo de nuevo--; tocáis en «las colinas, de lejos, muy lejos». Mi padre me decía siempre que oíamos esa música: «¡Ah, hijo mío, yo también vengo de allende las colinas, de lejos, muy lejos!» Hay muchos aires que no tienen para mí pies ni cabeza; pero ése me habla como el silbido del mirlo. Supongo que eso depende del nombre: el nombre de una pieza dice muchas cosas.
Pero Salomón ardía ya por preludiar de nuevo, y sin tardanza atacó con brío «Sir Roger de Coverley». En seguida se oyó el ruido de las sillas y un murmullo de risas.
--Sí, sí, Salomón, ya sabemos lo que eso significa--dijo el squire poniéndose de pie--. Ya es tiempo de que comience el baile, ¿verdad? Id delante, todos vamos a seguiros.
Entonces Salomón, inclinando sobre el hombro su cabeza blanca y tocando con vigor, se adelantó, seguido del alegre cortejo, hacia el salón en que estaba suspendido un ramo de muérdago.
Una multitud de velas de sebo brillaba en medio de las ramas de brezo cubiertas de bayas. Se reflejaban en los espejos ovalados a la moda antigua, fijado en los tableros blancos, en los que producían un efecto bastante lucido. ¡Extraño cortejo! El viejo Salomón con sus ropas raídas y sus cabellos blancos parecía arrastrar a aquella honesta compañía con los mágicos acentos de su violín; arrastraba a las matronas prudentes, que llevaban tocados en forma de turbantes; a la propia señora Crackenthorp, que tenía la cabeza adornada con una pluma perpendicular cuya punta llegaba al hombro del squire; arrastraba a las bellas jóvenes que pensaban con satisfacción en sus talles cortos y en sus ropas sin pliegues adelante; arrastraba a sus padres corpulentos que vestían chalecos abigarrados y a los hijos rubicundos, en su mayor parte avergonzados y cohibidos, con pantalón corto y frac de largos faldones.
El señor Macey y algunos otros aldeanos privilegiados a quienes se permitía ser espectadores de esas grandes ocasiones, estaban ya sentados en bancos colocados con ese objeto cerca de la puerta. Grandes fueron la admiración y la satisfacción de éstos cuando las parejas se fueron formando para la danza, y el squire y la señora de Crackenthorp abrieron el baile, haciendo vis a vis y dando las manos al pastor y a la señora Osgood.
Así es como debían hacerse las cosas; a este espectáculo es que todo el mundo estaba acostumbrado y la corte de Raveloe parecía renovarse para esta ceremonia. No se consideraba así como una ligereza indecorosa que las personas viejas y las de cierta edad bailaran un poco antes de sentarse a jugar a los naipes; esto era más bien considerado como una parte de sus deberes oficiales. Porque, ¿en qué consistían esos deberes si no era en divertirse en tiempo oportuno; en trocar visitas y saludos tan a menudo como era preciso; en dirigirse recíprocamente viejos cumplimientos con frases tradicionales; en dar bromas bien puestas a prueba para no ofender a nadie; en obligar, hospitalariamente, a los invitados a comer y a beber con exceso, en la casa del vecino, para demostrar que se apreciaban sus manjares?
El pastor daba, naturalmente, el ejemplo de esos deberes sociales; porque a los espíritus de Raveloe no les hubiera sido posible, sin una revelación divina particular, el pensar que un eclesiástico debía ser un pálido momento de las solemnidades del culto en lugar de ser un hombre dotado de defectos razonables, cuya autoridad exclusiva de leer las oraciones y de predicar, de bautizar, casar y enterrar, coexistía necesariamente con el derecho de venderos el terreno para inhumaros, y de percibir el diezmo en especias. Respecto a este último punto había, como es consiguiente, algunas recriminaciones; pero, sin embargo, no llegaban hasta la impiedad. No tenían un significado más profundo que las protestas contra la lluvia; murmuraciones que no iban acompañadas por un espíritu de desconfianza irreligiosa, sino por el deseo de que la plegaria que debía traer el buen tiempo fuera dicha inmediatamente.
Puesto que el pastor bailaba, no había, pues, razón alguna para que ese acto no fuera aceptado como una parte del orden de las cosas, lo mismo que si se tratara del squire. Tampoco la había por otra parte, para que el respeto oficial que el señor Macey debía al pastor, le impidiera someter el modo de bailar de su superior a esa crítica que los espíritus de la penetración extraordinaria son llamados necesariamente a ejercer sobre la conducta de sus semejantes.
--El squire es bastante ágil, dado su peso--dijo el señor Macey--, y su manera de golpear con el pie absolutamente notable. Pero el señor Lammeter vence a todo el mundo por su parte. Fijaos bien, yergue la cabeza como un soldado y no es gordo como la mayor parte de los burgueses que entran en años y tienen la pierna bien formada. El pastor no carece de gracia; pero su pierna no tiene nada de notable. Es algo gruesa por demás hacia abajo y sus rodillas podrían juntarse algo más; sin embargo, podría ser peor formado bien que no tenga esa soberbia manera del squire para manejar la mano.
--Habláis de agilidad, mirad entonces a la señora Osgood--dijo Ben Winthrop, que sostenía a su hijo Aarón entre las rodillas--; agita tan ligeramente sus pies que no se puede ver cómo camina; parece que tuviera ruedecitas bajo los pies. No parece haber envejecido un día desde el año pasado. No hay una mujer mejor formada que ella, esté donde esté la que la siga.
--No me preocupa de saber si las mujeres son bien formadas--dijo el señor Macey con cierto desprecio--. No llevan casaca ni pantalón, de modo que no es posible juzgar sus formas.
--Papá--dijo Aarón, cuyos pies estaban ocupados en tamborilear el compás de la música--, ¿cómo se sostiene esa pluma tan larga en la cabeza de la señora Crackenthorp? ¿Tendrá un agujerito para meterla como en mi volante?
--Cállate, niño, cállate. Así es como se visten las damas, sí en verdad--respondió el padre, que agregó, sin embargo, a media voz, dirigiéndose al señor Macey--. La verdad es que eso le da un aspecto singular. Casi se parece a una botella de cuello corto con una gran pluma adentro. Ahí tenéis, a la fe mía, al joven squire que comienza a bailar con la señorita Nancy. Esa sí que está a vuestro gusto. Parece un ramo de rosa y blanco. Nadie imaginaría que pudiera haber otras tan bonitas. No me sorprendería que un día llegara a ser la señora de Cass, al fin y al cabo. Ninguna joven sería más digna de eso, porque sería una linda pareja. No podéis tener nada que observar a la figura del señor Godfrey, os apuesto dos peniques, en verdad.
El señor Macey contrajo los labios, inclinó más todavía la cabeza hacia un costado y sus pulgares se pusieron a girar con un movimiento rápido, mientras que sus ojos seguían a Godfrey a través del baile. Por último resumió su opinión:
--Es bastante bien hacia abajo; pero sus espaldas son demasiado redondas. Y en cuanto a esas ropas que encarga al sastre de Flitton, son de un corte bastante pobre para ser pagadas el doble.
--¡Ah! señor Macey, vos y yo somos dos--dijo Ben, ligeramente indignado por aquella crítica meticulosa--. Cuando tengo delante de mí un jarro de cerveza, me gusta beberlo y hacerle bien a mi estómago, en lugar de oler el líquido y de mirarlo con los ojos muy abiertos para ver si no tengo algo que observarle a su fabricación. Quisiera que me mostraseis un joven más apuesto que maese Godfrey; un joven más robusto o que tuviera mejor cara que él cuando está despierto y de buen humor.
--¡Bah!--dijo el señor Macey, provocando a criticar con más severidad--. Todavía no ha tomado su verdadero color; está más o menos como un pastel cocido a medias. Tengo idea de que tiene el cerebro un poco débil, si no, ¿por qué se dejaría engañar por ese pícaro de Dunsey, a quien nadie ha visto últimamente, y por qué lo dejó matar a ese lindo caballo de caza de que todos hacían elogios? Y durante un tiempo siempre andaba buscando a la señorita Nancy y después todo se desvaneció, por decir así, como el olor de la sopa cuando se enfría. Yo no procedía así, yo, en los tiempos en que hacía la corte.
--¡Ah! quizá la señorita Nancy se haya retirado, y no os sucedió eso con vuestra novia.
--Seguramente--respondió el señor Macey con aire significativo--. Antes de decir «cric», yo tenía mucho cuidado de saber si ella diría «crac», y sin andar con rodeos, además. Yo no iba a abrir la boca como un perro para cazar moscas y luego cerrarla sin atrapar nada.
--Pues me parece que la señorita Nancy se está mostrando menos insensible con él--prosiguió Ben--, porque el señor Godfrey no parece tan desalentado en este momento. Veo que la va a llevar a sentarse, ahora que la danza ha terminado. Me parece realmente que eso se llama cortesía.
La razón por la cual Godfrey y Nancy habían salido del baile no era tan tierna como Ben se lo imaginaba. A causa de la aglomeración de las parejas, le había ocurrido un ligero accidente al vestido de Nancy. La falda, que era bastante corta de adelante para dejar ver el tobillo, era bastante larga por detrás como para caer bajo el peso majestuoso del pie del squire. Este accidente había ocasionado la rotura de algunos puntos en el talle de Nancy, así como una gran agitación en el espíritu de su hermana Priscila, como una inquietud seria en el de Nancy. Nuestro pensamiento puede absorberse en los conflictos del amor, pero rara vez llega esto a punto de hacerlo casi insensible a un cambio general de las cosas.