Silas Marner

Chapter 8

Chapter 83,923 wordsPublic domain

La vida del squire era tan ociosa como la de sus hijos; sin embargo, era una ficción mantenida por él y su contemporáneos en Raveloe que la juventud era exclusivamente el período de la locura y que su vieja cordura era un espacio continuo de sufrimiento que el sarcasmo dulcificaba. Antes de volver a hablar, Godfrey esperó que la cerveza fuera servida y la puerta vuelta a cerrar. Durante este tiempo, rápido el perro corredor consumió tajadas del buey en cantidad suficiente como para formar la comida de un pobre en día de fiesta.

--Ha ocurrido un maldito accidente con _Relámpago_--comenzó diciendo--; sucedió anteayer.

--¡Cómo! ¿Se ha mancado?--dijo el squire, después de beber un trago de cerveza--. Pensaba que sabíais montar mejor, señor. Jamás he estropeado un caballo en mi vida. Si lo hubiese hecho, en balde hubiera pedido otro, porque mi padre no estaba tan dispuesto para desatar los cordones de su bolsa como otros padres que yo conozco. Pero es preciso que éstos cambien de tono, es imprescindible. A causa de las hipotecas y de los pagos retrasados, estoy tan falto de dinero como un mendigo. Y ese tonto de Kimble dice que los diarios hablan de pago. Si eso sucediera, el país no podría sostenerse: los precios se vienen abajo como las pesas de un asador, y jamás conseguiré que se me paguen los atrasos, ni aunque haga vender todo lo que esos individuos poseen. Y ese maldito Fowler... no quiero tolerar más tiempo su morosidad; le he dicho a Winthrop que vaya hoy mismo a verlo a Cosc. Ese bribón mentiroso me prometió entregarme sin falta el mes pasado cien libras esterlinas. Se aprovecha de que ocupa una granja apartada y piensa que lo voy a perder de vista.

El squire acabó de despachar su discurso tosiendo e interrumpiéndose; pero, sin embargo, sin hacer pausas bastante largas que pudiesen servirle de pretexto a Godfrey para volver a hablar. Este vio que su padre tenía la intención de eludir todo pedido pecuniario motivado por la desgracia ocurrida a _Relámpago_. Además adivinó que el tono de insistencia empleado por el squire al hablar del poco dinero de que disponía y de los deudores morosos debía de producir en su espíritu la disposición menos favorable para escuchar las confesiones de su hijo. Sin embargo, era preciso que prosiguiera ahora que había comenzado.

--Es algo más grave; el caballo se ensartó en un poste y se mató--dijo en seguida que su padre se detuvo y comenzó a comer--. Pero no tenía la intención de pediros que me comprarais otro; sólo pensaba en que no me sería posible reembolsaros con el precio de _Relámpago_ como me proponía. Dunsey lo llevó a una cacería para venderlo, y después de haber cerrado el trato con Bryce por ciento veinte libras esterlinas, siguió la traílla y dio algunos saltos insensatos, uno de los cuales despachó al caballo. Sin esa circunstancia, os hubiera entregado cien libras esterlinas esta mañana.

El squire había dejado el cuchillo y el tenedor y miraba a su hijo fijamente y con estupefacción. Su espíritu no era bastante sutil como para adivinar qué causa había podido causar aquella extraña inversión de las relaciones entre el padre y el hijo que importaba aquella intención de Godfrey de darle cien libras esterlinas.

--La verdad es, mi padre... lo siento mucho... que hice muy mal. Fowler pagó como dijo las cien libras esterlinas. Me las entregó cuando fui allá, el mes pasado. Pero Dunsey me atormentó tanto para que le diera ese dinero que se lo facilité porque esperaba entregároslo en seguida...

El squire, que se había puesto rojo de cólera antes de que su hijo hubiese acabado de hablar, consiguió más que expresar con dificultades:

--¿Vos le dejasteis el dinero a Dunsey, señor? ¿Y desde cuándo sois tan íntimo con vuestro hermano que os veáis obligado a asociaros con él para disponer de mi dinero? Estáis en camino de volveros un pícaro. Os digo que no toleraré esto. Echaré a la calle toda vuestra secuela y me volveré a casar. Quisiera, señor, que os acordarais de que mi propiedad no es un bien inalienable. Desde la época de mis bisabuelos, los Cass pueden disponer de sus tierras como mejor les parece. No olvidéis eso, señor. ¿Le entregasteis el dinero a Dunsey? ¿Y por qué se lo entregasteis? Tiene que haber en esto una mentira.

--No hay ninguna mentira, mi padre--prosiguió Godfrey--. Yo no hubiera gastado el dinero para mí; pero Dunsey me presionó tanto que hice la tontería de entregárselo. Pero yo tenía la intención de entregároslo, que él me lo devolviese o no. Eso es todo. Nunca pensé en apropiarme ese dinero. Jamás me habéis sorprendido haciéndole una mala partida a mi padre.

--¿Dónde está Dunsey, entonces? Por qué os estáis aquí hablando. Id a buscar a Dunsey, os digo, y que explique por qué necesitó ese dinero y qué hizo de él. Se arrepentirá. Lo arrojaré a la calle. He dicho que quería hacerlo y lo haré. No me volverá a faltar. Id a buscarle.

--Dunsey no ha vuelto, mi padre.

--¿El qué? ¿Se ha roto el pescuezo entonces?--dijo el squire mostrándose algo descontento con la idea de que, si así era, no podría poner en práctica sus amenazas.

--No, no se ha hecho daño, creo, porque el caballo fue encontrado muerto, y Dunsey debió poder marcharse a pie. Supongo que pronto lo volveremos a ver. No sé dónde está.

--¿Y por qué tuvisteis que darle mi dinero? Respondedme a esto--continuó el padre, atacando de nuevo a Godfrey, puesto que no tenía a Dunsey a su alcance.

--La verdad, mi padre, es que no sé--respondió Godfrey con vacilación.

Era aquél un débil subterfugio, pero a Godfrey no le gustaba mentir, y como sabía que ninguna duplicidad puede prosperar mucho tiempo sin la ayuda de palabras falsas, no tenía a su disposición ningún efugio imaginado de antemano.

--¿Que no lo sabéis? Yo voy a deciros por qué ha sido, señor. Habéis hecho de la vuestra, y para eso comprasteis su silencio--dijo el squire con una penetración brusca.

Godfrey se estremeció. Sintió que su corazón palpitaba con violencia al ver que su padre casi había adivinado. Esta alarma repentina le impulsó a hacer un paso más, una impulsión muy ligera basta para eso cuando se está en un plano inclinado.

--Pues bien, sí, mi padre--prosiguió; y trataba de hablar en tono fácil y despreocupado--; había un pequeño asunto entre Dunsey y yo; no tiene ninguna importancia más que para él y para mí. No vale la pena de mezclarse en las locuras de los jóvenes... eso no os hubiera perjudicado en nada, mi padre, y yo no hubiese tenido la mala suerte de perder a _Relámpago_. Hoy os hubiera entregado el dinero.

--¡Locuras! ¡Bah! Sería tiempo que acabaran las vuestras. Quisiera convenceros, señor, de que es preciso realmente ponerles término--dijo el squire frunciendo las cejas y lanzándole a su hijo una mirada irritada--. Vuestras proezas no son tales que me permiten conseguir dinero. Mirad, mi abuelo tenía sus caballerizas llenas de caballos; su mesa era también una buena mesa--y en tiempos peores que el nuestro--, a lo que yo sé al menos. Yo podría hacer otro tanto si no tuviera cuatro ganapanes que se me prenden como sanguijuelas. Yo he sido un padre demasiado bueno para con todos vosotros, eso es lo que hay. Pero en adelante voy a tener las riendas cortas.

Godfrey permaneció silencioso. No es probable que fuera muy penetrante en sus juicios; sin embargo, siempre había comprendido que la indulgencia de su padre no era bondad, y había suspirado vagamente por alguna disciplina que dominara su debilidad vagabunda y secundar sus mejores intenciones. El squire comió el pan y la carne rápidamente, bebió un buen sorbo de cerveza, y luego, volviendo la espalda a la mesa, prosiguió:

--Será tanto peor para vos, sabedlo; más os valiera que tratarais de ayudarme y conservar lo que tenemos.

--Pues bien, mi padre, a menudo me he ofrecido para tomar la gestión de los negocios, pero vos sabéis que siempre interpretasteis mal esto, y que parecisteis creer que deseaba suplantaros.

--No me acuerdo de vuestros ofrecimientos ni de haberlos interpretado mal--dijo el squire, cuyos recuerdos consistían en ciertas impresiones vivas que los detalles no habían modificado--; lo que yo sé es que en cierta época pareció que pensabais en casaros, y yo no traté de cerraros el camino como algunos padres lo habrían hecho. No me agradaría más veros casar con la hija de Lammeter que con cualquier otra. Supongo que si os hubiera dicho no, hubierais persistido en vuestra intención; a falta de contradicción habéis cambiado de parecer. Sois como una veleta; heredasteis de vuestra pobre madre. Jamás tuvo carácter. Es verdad que eso no le hace falta a una mujer si su marido es un hombre como debe ser, pero esa cualidad le sería muy necesaria a la vuestra, porque apenas tenéis la voluntad necesaria para hacer caminar a las dos piernas en la misma dirección. Esa joven no ha dicho definitivamente que no os aceptaba, ¿verdad?

--No--dijo Godfrey, sintiendo que un vivo sonrojo le subía a la cara y sintiéndose molesto--; pero no creo que guste de mí.

--¡Qué no creéis! ¿Por qué no habéis tenido el valor de preguntárselo? ¿Siempre deseáis vos casaros con ella? Esta es la cuestión.

--No deseo casarme con otra--respondió Godfrey, de un modo evasivo.

--Pues bien, entonces, dejadme hacer el pedido en vuestro lugar, si no tenéis valor para hacerlo vos mismo, y asunto concluido. No es probable que Lammeter vea con malos ojos que su hija se case en mi familia, me parece. En cuanto a la linda muchacha, no ha querido aceptar a su primo y no veo que otro pretendiente hubiera podido soplaros la dama.

--Preferiría dejar las cosas tranquilas, si así os place, mi padre--prosiguió Godfrey asustado--. Creo que está un poco enojada conmigo en este momento y desearía hablarle yo mismo. De estas cosas es necesario ocuparse personalmente.

--Pues entonces hablad y ocuparos, y tratad de cambiar de conducta. Eso es lo que necesita hacer un hombre cuando piensa en casarse.

--No veo cómo me sería posible hacerlo ahora, mi padre. No querréis establecerme en una de vuestras granjas, supongo, y no creo que ella consintiera en venir a vivir en esta casa junto con todos mis hermanos. Aquí se lleva una vida muy distinta de aquella a que está acostumbrada.

--¿Que no consentiría en venir a vivir en esta casa? No me digáis eso. Preguntádselo y veremos--repuso el squire con una risa breve e irónica.

--Preferiría dejar las cosas quietas por el momento, mi padre--dijo Godfrey--. Espero que no trataréis de precipitar las cosas diciendo cosa alguna.

--Haré lo que me plazca--replicó el squire--, y os haré ver que yo soy quien manda; de otro modo podéis marcharos de esta casa e ir a buscar morada en otra parte. Id a ver a Winthrop y decidle que no vaya a lo de Cass y que me espere... ordenad que me ensillen mi caballo. ¡Ah! esperad; tratad de vender la vieja jaca de Dunsey y de entregarme ese dinero; ¿habéis oído? Ya no mantendrá más caballos a mi costa. Y si sabéis dónde se ha metido--vos lo sabéis sin duda--, podéis decirle que no se dé el trabajo de volver a la casa. Que se haga mozo de cuadra y gane con qué vivir. Ya no me pesará más encima.

--No sé, padre, dónde está, y si lo supiera no me correspondería a mí decirle que no vuelva más--dijo Godfrey dirigiéndose hacia la puerta.

--Que el diablo os confunda, señor; no os quedéis ahí perdiendo tiempo e id a decir que me ensillen mi caballo--prosiguió el squire, tomando una pipa.

Godfrey salió, dándose apenas cuenta si estaba más tranquilo por haber terminado la entrevista sin haber modificado su posición, o más inquieto al pensar que se había enredado aún más en los subterfugios y los artificios. Lo que había pasado con motivo del pedido de la mano de Nancy le había causado al joven una mera alarma: el temor de que el squire fuera a deslizarle al señor Lammeter, de sobremesa, algunas palabras que fueran capaces de ponerlo a él, Godfrey, en la necesidad absoluta de renunciar a Nancy en el momento mismo que parecía estar a su alcance. Recurrió entonces a su refugio ordinario, a la esperanza de algún golpe imprevisto de la fortuna, de alguna coyuntura favorable que le ahorraría consecuencias penosas y hasta perjudicaría su falta de sinceridad, convirtiéndola en prudencia.

En lo que concierne a contar con algún tiro de dados de la fortuna, apenas puede decirse que Godfrey fuera de la vieja escuela. La casualidad favorable es el Dios de todos los hombres que siguen sus propias impulsiones, en lugar de obedecer una ley en la cual no creen. Si un hombre distinguido de nuestra época consigue una posición que tiene vergüenza de hacer conocer, su espíritu buscará todas las salidas imaginables capaz de librarlo de los resultados que esa posición deja prever. Si gasta más de lo que tiene, si evita el trabajo honesto y resuelto que proporciona su salario, en seguida se pone a soñar en la posibilidad de encontrar un bienhechor, un tonto a quien sabrá halagar, a fin de poder usar su influencia en su favor, en imaginarse un estado de espíritu posible en alguna persona probable que todavía no ha dado señales de aparecer. Si descuida las obligaciones de su empleo, echa inevitablemente su ancla al azar, con la esperanza de que aquello que no ha hecho no tendrá la importancia supuesta. Si traiciona la confianza de un amigo, adora esa misma complejidad sutil que llama al azar, que le da esperanza de que ese amigo no lo sabrá jamás. Si abandona un honrado oficio para buscar las distinciones de una profesión a la que nunca ha sido llamado por la naturaleza, su religión es infaliblemente el culto de una casualidad favorable, en la que cree como en un poderoso, creador del éxito. El mal principio rechazado por esta religión es el orden natural de la sucesión de las cosas, de acuerdo con el cual las semillas producen una cosecha de su especie.

X

El juez Malam era considerado, naturalmente, en Tarley y en Raveloe, como un personaje de vasta inteligencia, visto que era capaz de sacar sin pruebas conclusiones mucho más profundas que las que se podían esperar de sus vecinos que no eran magistrados.

No era posible que semejante hombre descuidara el indicio de la caja de yesca.

Así, pues, se dio comienzo a una pesquisa que tenía por objeto un buhonero: nombre desconocido, cabellos negros y crespos, color moreno de un extranjero, mercader de cuchillería y bisutería que llevaba en un cajoncito, y grandes aros en las orejas.

Pero, ya sea que las diligencias de las pesquisas se hicieron con demasiada lentitud, ya sea que aquella filiación conviniera a tan grande número de buhoneros que no fuera posible hacer una elección entre ellos, lo cierto es que transcurrieron las semanas y no se obtuvo más resultado concerniente al robo, que el cese gradual de la agitación que había causado en Raveloe.

La ausencia de Dunstan Cass fue apenas objeto de una observación: ya antes, a causa de un disgusto con su padre, se había marchado, quién sabe a dónde. Al cabo de seis semanas había vuelto a su antiguos cuarteles sin encontrar oposición, y tan fanfarrón como antes. Su propia familia, que esperaba aquel desenlace con la única diferencia que esta vez el squire estaba resuelto a prohibirle la vuelta a los mencionados cuarteles, no aludía nunca a su ausencia, y, cuando su tío Kimble y el señor Osgood la notaron, el hecho de que había matado a _Relámpago_ y cometido ofensa contra su padre, bastó para impedir que causara sorpresa.

Relacionar el hecho de la desaparición de Dunsey con el robo ocurrido el mismo día era cosa que estaba muy lejos del curso ordinario de los pensamientos de todos, aún de los de Godfrey, que tenía mejores razones que nadie para saber de qué cosas era capaz su hermano. No recordaba que Dunsey y él hubieran hablado nunca del tejedor desde hacía doce años, época de su infancia, en que se divertían burlándose de él.

Además, su imaginación encontraba siempre una coartada para Dunstan; se lo imaginaba siempre en algún escondrijo en armonía con los gustos que le conocía, y hacia el cual debía haberse dirigido después de haber abandonado a _Relámpago_. Lo veía viviendo a expensas de las relaciones fortuitas y pensando en volver a la casa para divertirse en mortificar a su hermano mayor como antes.

Aun cuando una persona de Raveloe hubiera sido capaz de relacionar los dos hechos antedichos, dudo que una combinación tan injuriosa para la honorabilidad hereditaria que tenía un monumento mural en la iglesia y copas de plata tan venerables, no hubiera permanecido secreta a causa de su tendencia malsana. Pero los _puddings_ de Navidad, la carne de cerdo cocida y especiada y la abundancia de licores espirituosos precipitan la originalidad del espíritu en el camino de la pesadilla y son grandes preservativos contra la peligrosa espontaneidad del espíritu.

Cuando se habló del robo en la taberna del _Arco Iris_ y fuera de allí, en la buena sociedad la balanza siguió oscilando entre la explicación racional basada en la caja de yesca y en la teoría de un misterio impenetrable que ponía las pesquisas en ridículo. Los partidarios de la creencia en la caja de yesca y de un buhonero consideraban a sus adversarios como una colección de gentes crédulas de cerebro desequilibrado que teniendo la vista perturbada, se imaginaban que todos veían como ellos; y los que estaban por lo inexplicable, se limitaban a dar a entender que sus antagonistas eran unos volátiles dispuestos a cantar antes de encontrar grano; verdaderas espumaderas en cuanto a capacidad y cuya clarividencia consistía en suponer que no había nada tras de la puerta de una granja porque no podían ver a través de ellas. Por lo tanto, bien que esta controversia no sirviera para poner en claro el robo, descubrían ciertas opiniones verdaderas o importantes, pero que no tenían nada que ver con el asunto.

Entretanto, mientras que la pérdida que así había sufrido servía para activar la débil corriente de la conversación de Raveloe, al pobre Silas lo consumía la desesperación que le causaba aquella privación de que sus vecinos hablaban a sus anchas. Cualquiera que lo hubiese observado antes de la desaparición del oro, hubiera podido figurarse que un ser tan desgastado y marchito tendría apenas la fuerza de soportar alguna magulladura o que no sería capaz de sufrir algún debilitamiento sin sucumbir en seguida.

En realidad, su vida había sido una vida ardiente, ocupada por un fin inmediato que lo separaba de la inmensidad desconocida y triste; su vida había sido tenaz y, bien que el objeto alrededor del cual las fibras de su vida se habían entrelazado, fuese una cosa aislada e inerte, ese objeto daba satisfacción a la necesidad de Marner de tener una afección cualquiera. Pero ahora la separación protectora estaba destruida, suprimido el sostén. Los pensamientos de Silas no podían seguir girando en el antiguo círculo. Se encontraba desorientado por un vacío parecido al que la hormiga laboriosa encuentra cuando se ha desmoronado la tierra en el sendero que conduce a su nido. El telar estaba allí, y el tejido y el dibujo creciente de la tela; pero el brillante tesoro del escondite ya no estaba bajo sus pies; la perspectiva de palparlo y de contarlo no existía ya; la noche no tenía ya sus visiones de delicias para calmar los deseos ardientes de aquella pobre alma. La idea del dinero que ganaría con el trabajo del momento no le proporcionaba ninguna satisfacción, porque aquella imagen mezquina no hacía más que recordarle de nuevo su infortunio; y esas esperanzas habían sido aplastadas con demasiada violencia por el brusco golpe para que su imaginación se detuviera en la idea de ver acumularse su nuevo tesoro con aquel pequeño comienzo.

Aquel vacío estaba colmado por su dolor. Mientras estaba ocupado en tejer, gemía con frecuencia, muy quedo, como un alma en pena: era seña de que su pensamiento había vuelto al abismo abrupto, a las horas inertes de la noche. Y durante esas horas, sentado junto a la soledad de su triste fuego, apoyaba los codos en las rodillas, se apretaba la cabeza entre las manos, y gemía aún más despacio, como si tratara de no ser oído.

Sin embargo, no estaba tan completamente abandonado en su desgracia. La aversión que había inspirado siempre a los vecinos se había disipado en parte, gracias al huevo aspecto en que su infortunio lo había presentado. En lugar de un hombre dotado con más habilidades de las que las gentes honestas pueden poseer, y, lo que es más grave, nada dispuesto a usarlas como buen vecino, ahora era evidente que Silas no tenía siquiera bastante habilidad para conservar lo que le pertenecía. Se hablaba generalmente de él como de una pobre criatura bien quebrantada, y ese alejamiento para con su prójimo, que se había atribuido en un principio a su mala voluntad y a la peor de las relaciones, era actualmente considerado como una simple locura.

Esa vuelta a mejores sentimientos se manifestaba de distintas maneras.

El aire estaba impregnado con el olor de la cocina de Navidad, y era la estación en que las sobras del cerdo y de la morcilla sugieren la caridad a las familias acomodadas. Las desgracias que le habían sucedido a Silas lo colocaban en primera fila en los espíritus de las dueñas de casas tales como la señora Osgood. También el señor Crackenthorp, al mismo tiempo que advertía a Silas que probablemente su dinero le había sido quitado porque pensaba demasiado en él y no iba nunca a la iglesia, reforzaba su doctrina regalándole unos pies de cerdo; medio excelente de disipar los prejuicios mal fundados que existen sobre la reputación del clero. Los vecinos que sólo podían dar consuelos, se mostraban inclinados no sólo a saludar a Silas y discutir con bastante detención su infortunio cuando lo encontraban en la aldea, sino que iban también a verlo en su choza y le hacían repetir todos los detalles del robo en el sitio en que había sido cometido. Después trataban de alentarlo, diciéndolo: «Qué tal, maese Marner, no sois más desgraciado que los otros pobres, al fin y al cabo; y si llegarais a quedar imposibilitado, la parroquia os daría socorro».

Supongo que una de las razones porque somos incapaces de consolar al prójimo con palabras, es que nuestras intenciones se corrompen a pesar nuestro antes de pasar por nuestros labios. Podemos mandar morcillas y patas de cerdo sin darles el sabor de nuestro egoísmo; pero el lenguaje es una corriente que casi siempre tiene el gusto del cauce impuro por que corre. Había una porción razonable de bondad en el corazón de las gentes de Raveloe, pero ejercían esa bondad con la franqueza torpe de la embriaguez, empleando las formas en que menos se revelan la amabilidad y el disimulo.

El señor Macey, por ejemplo, fue una noche expresamente para decirle a Silas que los acontecimientos recientes le habían dado la ventaja de que se lo considerara con más fervor un hombre cuya opinión no se había formado a la ligera. Con este fin, así que hubo unido sus pulgares, comenzó la conversación diciendo: