Silas Marner

Chapter 15

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En cuanto a Godfrey, sus mejillas y sus ojos estaban ahora más brillantes que nunca. Tenía propósitos tan decididos que su carácter parecía haberse vuelto firme. Dunsey no había reaparecido; se creyó por la generalidad que se había enrolado voluntario o que se había ido al extranjero, nadie tenía la idea de pedirle datos precisos a una familia honorable sobre un asunto tan delicado. Godfrey había dejado de ver la sombra de Dunsey atravesada en su camino, y este camino lo conducía entonces directamente hacia la realización de sus deseos predilectos, los deseos que más largo tiempo había acariciado.

Todo el mundo decía que el señor Godfrey había tomado el buen camino y era bastante fácil adivinar cómo acabarían las cosas, pues pocos eran los días de la semana en que no se le veía dirigirse a caballo a las Gazaperas. El propio Godfrey, cuando le preguntaron bromeando si ya estaba fijado el día, sonreía con la sensación agradable de un pretendiente que hubiera podido responder «sí» si así lo hubiera querido. Se sentía transformado, libre de la tentación y la visión de su vida futura se le aparecía como una tierra prometida por la que no tenía necesidad de combatir. Se veía en el porvenir con toda felicidad concentrada alrededor de su hogar, mientras que Nancy le sonreía y él jugara con los niños.

Y aquella otra criatura sin sitio en la morada paterna, no la abandonaría. Velaría por que fuese feliz. Ese era su deber de padre.

XVI

Era un hermoso día de otoño, diez y seis años después que Silas Marner había descubierto su nuevo tesoro ante el hogar de su choza. Las campanas de la vieja iglesia de Raveloe repicaban alegremente anunciando que había terminado el oficio de la mañana. Por la puerta abovedada de la torre iban saliendo lentamente, detenidos por los saludos y preguntas amistosas, los más ricos feligreses que habían considerado aquella hermosa mañana del domingo muy apropiada para ir a la iglesia. Era costumbre habitual en esa época que los miembros más importantes de la congregación fueran los primeros que salieran. Mientras tanto, sus vecinos de condición más humilde esperaban y miraban llevándose la mano a las cabezas inclinadas, o haciendo reverencias para saludar a todo mayor contribuyente que se volvía para mirarlos.

En la primera fila de esos grupos de gentes bien vestidas que avanzaban hay algunos personajes que reconoceremos a despecho del tiempo, cuya mano ha pasado sobre todas ellas. Ese hombre de cuarenta años, alto y rubio, no tiene rasgos muy distintos de los de Godfrey Cass a los veintiséis años; sólo está algo más grueso y ha perdido la expresión indefinible de la juventud, pérdida que se manifiesta aun cuando la vista se mantenga brillante y no hayan aparecido todavía las arrugas. Quizás esta linda mujer que no es más joven que él y que se apoya en su brazo esté más cambiada que su marido; el encantador sonrojo que antes coloreaba constantemente sus mejillas quizás no reaparezca más que momentáneamente bajo la influencia del aire fresco de la mañana o de alguna gran sorpresa.

Sin embargo, para aquellos que gustan tanto más de la fisonomía humana cuanto mejor se lee en ella la experiencia de la vida, la belleza de Nancy ofrece un interés mayor. A menudo el alma llega al completo desarrollo de su bondad cuando la vejez la ha recubierto con una fea envoltura; es por esto que la mirada no basta para adivinar la excelencia de un justo. Pero los años no han sido tan crueles para con Nancy. Su boca roja pero tranquila y la mirada límpida y franca de sus ojos pardos, dicen ahora que su naturaleza ha sufrido y ha conservado sus más nobles cualidades. También su traje, de una elegancia graciosa y de una pureza delicada, es más expresivo ahora que las coqueterías de la juventud no intervienen para nada.

El señor y la señora Godfrey Cass--todo otro título más elevado expiró en los labios de la gente de Raveloe el día en que el viejo squire fue a unirse con sus mayores, y en que su herencia fue repartida entre sus hijos--se volvieron para ver llegar a un hombre alto y anciano y a una mujer sencillamente vestida que estaban más atrás, habiendo observado Nancy que debían esperar a «papá con Priscila». Ahora todos doblan por un sendero más estrecho que atraviesa el cementerio y conduce a una pequeña puerta situada frente a la Casa Roja. No los seguiremos porque en este momento quizás haya otras personas en esa congregación que sale de la iglesia que nos agradaría volver a ver, ciertas personas que no se encontrarán probablemente entre las vestidas con elegancia, y que puede que no sea tan fácil reconocer como al dueño y la dueña de la Casa Roja.

Sin embargo, no es posible equivocarse respecto a Silas Marner. Como sucede con las personas que han sido miopes en su juventud, sus grandes ojos negros parecían haber adquirido una vista más larga, tienen una mirada menos vaga y más simpática.

Todo el resto de su persona atestigua, en cambio, una constitución muy debilitada por el lapso de diez y seis años. Sus espaldas encorvadas y sus cabellos blancos le dan casi el aire de un anciano, bien que no tenga más que cincuenta y cinco años. Pero la flor más fresca de la juventud está a su lado: una rubia jovencita, de diez y ocho años, de rostro hoyuelado, que en vano ha tratado de alisar y recoger sus rizos bajo el ala de su sombrero obscuro. Aquellos rizos ondulan con tanta obstinación como un pequeño arroyo bajo la brisa de marzo y se escapan de la peineta que se empeña en recogerlos detrás de la cabeza. Eppie no deja de estar mortificada por esto, porque ninguna joven de Raveloe tiene cabellos parecidos a los suyos y se imagina que los cabellos tienen que ser lacios. No le gusta dar qué decir ni aun en las más pequeñas cosas, y por eso ved con qué esmero ha envuelto su libro de oraciones en su pañuelo floreado.

Ese joven de buena planta que viste un traje nuevo de fustán, que camina detrás de ella, no está bien al cabo de esta cuestión de los cabellos cuando Eppie se la propone. Piensa quizá que puede ser que los cabellos lacios sean preferibles, pero no desea que los de Eppie sean de otro modo. Ella adivina que alguien se adelanta detrás de ellos, alguien que piensa en ella de un modo particular y que apela a todo su coraje para ponerse a su lado así que penetren en la callejuela. De otro modo, ¿por qué parecería algo intimidada y cuidaría de no volver la cabeza mientras que le murmuraba a su padre Silas breves frases relativas a los que estaban y a los que no estaban en la iglesia y a la belleza del fresco rojo de la montaña que se asoma tras del muro del presbiterio?

--Me gustaría mucho, papá, que nosotros también tuviéramos un jardín con margaritas dobles; como el de la señora Winthrop--dijo Eppie cuando entraron en la callejuela--. Lo malo es que dicen que eso exigiría mucho trabajo para cavar y traer tierra buena... y vos no lo podríais hacer, ¿verdad, papá? En todo caso no me gustaría que lo hicierais, porque sería un trabajo demasiado penoso para vos.

--No creáis eso, hija mía. Si deseáis tener un jardincito, yo me ocuparé estas largas tardes en cercar un pequeño retazo de tierra inculta, como para que tengáis un cantero o dos de flores. Además, me será fácil remover un poco de tierra por la mañana antes de ponerme al trabajo. ¿Por qué no me dijisteis antes que deseabais tener un jardincito?

--Yo podría puntiaros esa tierra, maese Marner--dijo el joven con traje de fustán que se había puesto al lado de Eppie y se mezcló en la conversación sin ceremonias--. Será para mí una distracción, cuando haya terminado mi tarea o en cualquier otro momento perdido, cuando escasee el trabajo. Os traeré tierra del jardín del señor Cass. Me lo permitirá de buen grado.

--¡Oh Aarón, hijo mío! ¿habíais estado allí?--dijo Silas--. No os había advertido, porque cuando Eppie me habla de algo me abstraigo por completo en lo que dice. Pues bien, sí, si vos me vais a ayudar a cavar, tanto más pronto le haremos un pequeño jardín.

--Entonces, si os parece bien, yo vendré esta tarde a las Canteras. Resolveremos qué terreno conviene cercar y mañana me levantaré una hora más temprano que de costumbre para dar comienzo al trabajo.

--Pero a condición, papá, que me prometáis no cavar--dijo Eppie--; porque yo no os hubiera hablado de-esto--agregó con una expresión reservada y traviesa--si la señora Winthrop no me hubiese dicho que Aarón tendría la bondad de...

--Podíais saber eso sin que mi madre os lo dijera--interrumpió Aarón--; maese Marner creo que también sabe que estoy dispuesto a prestarle mi ayuda de buena gana. No me querrá desairar quitándome esta tarea de entre las manos.

--Bueno, entonces, papá, vos no trabajaréis en el jardín hasta que sea muy fácil--dijo Eppie--, y vos y yo nos pondremos a trazar los canteros y hacer agujeros y a poner plantas en ellos. Las Canteras se volverán un sitio mucho más alegre cuando tengamos algunas flores, porque a mí se me ocurre que las flores pueden vernos y comprender lo que decimos. Y yo desearía tener un poco de romero, de cardamomo y de tomillo; esas plantas huelen bien; pero creo que alhucemas no hay más que en los jardines de los burgueses.

--No es una razón para que no tengáis vos, porque puedo traeros gajos de cualquier planta; estoy obligado a cortar muchas cuando podo y tengo que tirarlas casi todas. Hay un gran cantero de alhucema en la Casa Roja: a la señora le gusta mucho.

--Está bien--dijo Silas con gravedad--, siempre que no nos dediquéis demasiado tiempo o que no pidáis en la Casa Roja nada que tenga algún valor. El señor Cass ha sido tan bueno con nosotros haciéndonos construir la nueva pieza de la choza y dándonos camas y otros objetos, que no podría soportar la idea de molestarle por productos de su jardín o cualquier otra cosa.

--No; no le molestaréis--dijo Aarón--. ¿No hay un jardín en la parroquia donde se pierde una porción de cosas por falta de quien las utilice? Yo me digo algunas veces que nadie carecería de víveres si se sacara mejor partido de la tierra, y si una cosa fuera lo que fuera encontrara una boca para comerla. El trabajar en el jardín hace pensar sin duda en esto. Pero es preciso que me vuelva, porque, si no, mi madre estará inquieta con mi ausencia.

--Traedla con vos esta tarde, Aarón--dijo Silas--, ha de tener algo que indicarnos para que las cosas se hagan mejor.

Aarón se fue y ascendió hacia la aldea, mientras que Eppie y Silas siguieron por el sendero solitario bajo la bóveda de las encinas.

--¡Oh papaíto!--comenzó Eppie cuando estuvieron solos, tomando y oprimiendo los brazos de Silas a la vez que saltaba a su alrededor para darle un beso--. ¡Oh mi papá viejo! ¡qué contenta estoy! Creo que no nos faltará nada cuando tengamos un pequeño jardín; y yo sabía que Aarón nos lo trabajaría--prosiguió con aire malicioso y de triunfo--; lo sabía muy bien.

--Sois en realidad una gatita muy bribona--dijo Silas, cuya fisonomía respiraba la felicidad tranquila de la vejez, coronada por el amor--; pero vais a quedar en una gran deuda con Aarón.

--¡Oh, no, absolutamente!--dijo Eppie, riendo y loqueando--; eso le va a gustar mucho.

--Vamos, vamos, dejadme llevar vuestro libro de oraciones, pues lo vais a dejar caer, saltando de ese modo.

Eppie se dio cuenta de que su conducta era observada; sin embargo, el observador no era más que un benévolo burro que pacía con una traba atada a la pata, un asno apacible que no criticaba desdeñosamente las debilidades humanas, y que, por el contrario, se felicitaba cuando se lo admitía a compartirlas haciéndose rascar cuando podía. Eppie, a fin de complacerlo, no dejó de darle esta muestra vulgar de atención, lo que dio el desagradable resultado que se vieran acompañados por el asno que los siguió penosamente hasta la puerta de su habitación.

Pero el ruido de un ladrido agudo en el interior de la choza en el momento en que Eppie ponía la llave en la cerradura, cambió las intenciones del animal, y, sin más invitaciones, se marchó cojeando. El ladrido agudo era el signo de la acogida animada que les preparaba un ratonero negro inteligente. El perro, después de bailar alrededor de las piernas de su amo de un modo desordenado, se precipitó haciendo un barullo desagradable hacia un pequeño gato atigrado que estaba escondido bajo el telar; después volvió de un salto, dando otro ladrido agudo, como diciendo: «He cumplido con mi deber con esta débil criatura». Mientras tanto, la honorable mamá del gatito, sentada en la ventana, se calentaba al sol su pecho blanco y volvía la cabeza con aire dormido, esperando recibir caricias pero nada dispuesta a darse el menor trabajo para obtenerlas.

La presencia de aquellos animales que vivían allí felices, no era el único cambio que hubiera ocurrido en el interior de la choza. Ya no había cama en la pieza común y el pequeño espacio estaba bien guarnecido de muebles decentes, todos cuidados y limpiecitos como para agradar a las miradas de Dolly Winthrop. La mesa de encina y la silla de tres pies de la misma madera no eran de lo que podría esperarse de tan pobre habitación. Habían ido de la Casa Roja con el lecho y otros objetos, porque el señor Godfrey Cass, como todos lo decían en la aldea, se mostraba muy bueno para el tejedor. Al fin y al cabo, ¿no era justo que aquellos a quienes sus medios se lo permitían fueran en ayuda de aquel hombre? ¿No había criado una huérfana y no había sido para ella un verdadero padre? Además, habiendo sido despojado de su dinero, no poseía más que lo que ganaba con su trabajo cada semana, y además era una época en que el tejido estaba decayendo, porque se hilaba el lino cada vez menos. En fin, maese Marner ya no era nada joven. Nadie le tenía celos al tejedor porque era considerado como un hombre excepcional que tenía más derecho que otro alguno a la ayuda de los vecinos de Raveloe. La superstición que subsistía a su respecto había tomado un tinte más diferente. El señor Macey, que era ahora un débil anciano de ochenta, y seis años que nunca se le veía sino junto al fuego y tomando el sol en el umbral de su puerta, emitía el parecer de que, cuando un hombre había procedido como Silas con la huérfana, era una señal de que su dinero reaparecería o de que por lo menos el ladrón tendría que dar cuenta de él. No había que dudarlo, porque el señor Macey agregaba que, en lo que le concernía personalmente, sus facultades nunca habían sido más lúcidas.

Silas se sentó entonces y contempló a Eppie con una mirada satisfecha mientras que ella ponía el mantel limpio y colocaba sobre la mesa el pastel de patatas, recalentado lentamente en una terralla bien seca, encima del fuego que se apagaba insensiblemente y según el método prudente empleado el domingo. Era lo que podía reemplazar mejor el horno, puesto que Silas no había consentido nunca que agregaran uno ni tampoco una parrilla a sus exiguas comodidades. Quería a su viejo fogón de ladrillos como había querido a su cántaro de barro negro. ¿No fue delante de aquella hornalla que encontró a Eppie? Los dioses del hogar existen todavía para nosotros. ¡Que toda nueva fe tolere este fetiquismo, si no quiere de otro modo perjudicar sus raíces!

Silas comió más silenciosamente que de costumbre y pronto puso a su lado su tenedor y su cuchillo para seguir con la vista medio distraída a Eppie que jugaba con el ratonero _Snap_ y con la gata, lo que prolongaba mucho el almuerzo de la joven. Pero aquel espectáculo era muy capaz de contener las ideas vagabundas. Eppie, con las ondulaciones radiantes de sus cabellos, con su mentón y su cuello contorneados, cuya blancura era realzada por su traje de algodón azul obscuro, reía alegremente mientras que el gatito, prendiéndose con las cuatro patas del hombro de la joven, formaba, por decirlo así, el modelo del asa de un jarrón. Al mismo tiempo, _Snap_, del lado derecho, y la gata del otro, tendían el hocico o las patas hacia un trozo que Eppie mantenía fuera del alcance de los dos. _Snap_ desistía a intervalos a fin de observar la glotonería de la gata y la futilidad de su conducta, haciendo oír un gruñido ruidoso y desagradable, hasta que la joven, dejándose enternecer, los acariciaba a los dos y les repartía el pedazo.

Por fin, Eppie echó una mirada al reloj de pared e interrumpió el entretenimiento, diciendo:

--Mi papaíto quiere ir a fumar su pipa al sol. Pero antes tengo que levantar la mesa, para que todo esté bien limpio en la casa cuando llegue madrina. Voy a apresurarme... En seguidita va a estar...

Silas se había puesto a fumar en una pipa todos los días durante los dos años que acababan de transcurrir. Los ancianos de Raveloe le habían aconsejado mucho que hiciera uso de aquella cosa excelente, cosa contra los ataques. Esta opinión había sido aprobada por el doctor Kimble, a causa de que no hay inconveniente en aconsejar una cosa que no puede hacer daño, principio que le ahorraba a aquel señor mucho trabajo en el ejercicio de la medicina. A Silas no le agradaba mucho fumar, y lo sorprendía a menudo la pasión de sus vecinos a este respecto; pero un humilde acatamiento a toda cosa considerada como buena, se había vuelto un fuerte hábito en la nueva personalidad que se había desarrollado en él, desde que había encontrado a Eppie junto al fuego de su hogar. Este acatamiento fue la única guía que prestó su apoyo al espíritu desorientado de Silas, mientras que se encariñaba con aquella tierna criatura que le había sido mandada desde las tinieblas adonde se había marchado su oro. Mientras que Marner indagaba lo que era útil a Eppie y tornaba parte en el efecto que toda cosa producía en ella, había acabado por apropiarse las formas de las costumbres y de las creencias, que formaban el molde de la vida de Raveloe. Y como con el despertar de los sentimientos la memoria también se despertaba, comenzó a meditar sobre los elementos de la antigua fe y a mezclarlos a sus nuevas impresiones, hasta recobrar la conciencia de una relación entre el pasado y el presente.

La creencia de una bondad tutelar y la confianza de la humanidad que nacen con toda paz y toda alegría pura, habían producido en él la idea vaga de que algún error, alguna equivocación había arrojado una sombra tenebrosa sobre los días de sus mejores años. Además, se le volvía cada vez más fácil abrir su corazón a Dolly Winthrop; así fue que le comunicó poco a poco a aquella nueva amiga todo lo que podía contar de su juventud. Esta confidencia fue necesariamente una operación lenta y difícil, porque la pobre elocuencia de Silas no era secundada por la facilidad de comprensión de Dolly, a quien su limitada experiencia del mundo exterior no le daba clave alguna de las costumbres extranjeras. A causa de esto, toda idea nueva era un motivo de sorpresa que los hacía detenerse en cada punto de la narración. Sólo fue a fragmentos y con intervalos que le permitieran a Dolly meditar sobre las cosas que había oído, hasta que se le hubieran vuelto bastante familiares, que Silas llegó al fin al punto culminante de su triste historia: la «tirada a la suerte» y el juicio falso que había sido su consecuencia. Tuvo que repetir aquello en varias entrevistas, a propósito de nuevas preguntas hechas por Dolly, sobre la naturaleza de aquel método de descubrir al culpable y de justificar al inocente.

--¿Y vuestra Biblia es la misma que la nuestra, estáis bien seguro, maese Marner? ¿La Biblia que trajisteis de aquella comarca es igual a la que tenemos en la iglesia y a la que le sirve a Eppie para aprender a leer?

--Sí--dijo Silas--; es de todo punto igual; y en la Biblia se «tira la suerte», no lo olvidéis--agregó en tono más bajo.

--¡Oh Dios mío! ¡Dios mío!--dijo Dolly con voz apesarada, como si recibiera malas noticias sobre el estado de un enfermo.

Después permaneció un rato silenciosa, y por último prosiguió:

--Hay gentes instruidas que quizás saben el fondo de todo esto. El pastor lo sabes estoy cierta; pero se necesitan grandes palabras para decir estas cosas, palabras que las gentes humildes no son capaces de comprender. Yo no puedo saber nunca exactamente el sentido de lo que oigo en la iglesia, a no ser el de algunas frases salteadas; pero, sin embargo, yo sé que son buenas palabras, estoy cierta. Lo que os pesa en él corazón, maese Marner, es esto; si Aquel que está en lo alto hubiera hecho su deber para con vos, no os habría dejado nunca arrojar como un ladrón perverso, siendo, como erais, inocente.

--¡Oh!--dijo Silas, que ahora había llegado a comprender la fraseología de Dolly--, eso fue lo que cayó sobre mí como un hierro rojo, porque ya lo veis, nadie me quería, nadie me tenía lástima ni en el cielo, ni en la tierra. Y aquel con quien había vivido diez años y más, desde que éramos niños y que lo compartíamos todo... mi amigo íntimo en quien yo tenía confianza, «alzó el pie contra mí y trabajó en mi ruina».

--¡Oh! pero era un malvado. No creo que haya otro que se le parezca--dijo Dolly--. Sin embargo, estoy muy perpleja, maese Marner; me parece que me acabo de despertar y que no sé si es de día o es de noche. Tengo, por decirlo así, la certidumbre de que se encontraría justicia en lo que os ha sucedido, si se pudiera descubrirla; así como a veces estoy segura de haber puesto una cosa en un sitio, aunque, no consiga dar con él. No teníais por qué desesperaros como lo hicisteis. Pero de esto hablaremos otra vez, porque hay cosas que se me ocurren cuando aplico cataplasmas o pongo sanguijuelas o alguna otra tarea parecida, cosas en que sería incapaz de pensar si estuviera tranquilamente sentada.

Dolly era una mujer demasiado sutil para no tener ocasiones de recibir luces de la naturaleza de aquellas de que había hablado, de modo que no permaneció mucho tiempo sin volver a tratar el asunto.

--Maese Marner--dijo Dolly un día que había ido a llevar a la choza unas ropas de Eppie--, he estado preocupadísima con vuestras cavilaciones y con la «echada a la suerte»; y la cosa se enredó en mi espíritu en todos sentidos, de modo que acabé por no saber cómo considerarlo. Pero una noche la volví a ver completamente clara, por decir así, la noche en que velaba a la pobre Bessey Fawkes, que murió dejando a sus hijos en esta tierra--que Dios los ayude--; el asunto que digo, se me apareció tan claro como la luz del día. Sin embargo, el que lo comprenda bien ahora o el que esté en estado de poderla traer de algún modo a la punta de mi lengua, eso es otra cuestión, porque a menudo tengo muchas cosas en la cabeza que no quieren salir. Y por lo que hace a las gentes de vuestro país que, según vuestro propio testimonio, no dicen nunca oraciones de memoria, ni con su libro, es preciso que sean prodigiosamente hábiles. Yo, si no supiera el Padrenuestro y algunas migajas de buenas palabras que puedo recoger en la iglesia, por más que me pusiera de rodillas todas las noches no sabría qué decir.

--Sin embargo, señora Winthrop, siempre podéis decir alguna cosa que yo soy capaz de comprender--observó Silas.