Silas Marner

Chapter 14

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--Creo--agregó la buena mujer--que esta pobre criatura no ha sido nunca bautizada y es conveniente advertir al pastor. En caso de que no tengáis nada que observar le hablaré de eso hoy mismo al señor Macey. Porque si la criatura acabara mal por una razón o por la otra y vos no hubierais cumplido con vuestro deber para con ella, maese Marner--si descuidarais de hacerla vacunar u omitierais cualquier otra cosa para preservarla del mal--, eso vendría a ser una espina en vuestro lecho mientras estuvierais de este lado del sepulcro. Yo no creo que le sea fácil a ningún hombre el poder descansar tranquilo en el otro mundo, si no ha llenado su deber para con las criaturas infortunadas que le han tocado en suerte sin haberlas pedido.

La propia Dolly estaba dispuesta a guardar silencio durante un tiempo, porque aquellas palabras brotaban de las profundidades de su sencilla creencia y estaba ansiosa por saber si producirían en Silas el efecto deseado. Este estaba confuso e inquieto, porque aquellas palabras de Dolly de que «la niña no había sido bautizada» no tenían sentido claro para él. No conocía más que el bautismo de los adultos y nunca había oído hablar del bautismo de los niños.

--¿Qué quieren decir vuestras palabras de que la niña no ha sido nunca bautizada?--dijo al fin con timidez--. ¿Las personas no serán buenas con ella si no hace eso?

--¡Dios mío! ¡Dios mío, maese Marner!--dijo Dolly con el tono dulce de la compasión--, ¿no habéis tenido nunca padre ni madre que os hayan enseñado a rezar y que hay palabras buenas y buenas cosas para preservarnos del mal?

--Sí--dijo Silas en voz baja--; sé muchas cosas a ese respecto, a lo menos sabía muchas. Pero nuestros hábitos son diferentes: mi país queda muy lejos de aquí.

Se detuvo unos instantes; después agregó con tono más firme:

--Sin embargo, deseo hacer todo lo posible en favor de la criatura. Todo lo que sea conveniente para ella y que juzguéis sea bueno, no dejaré de conformarme a ello, si vos queréis decírmelo.

--Pues bien, entonces, maese Marner, voy a pedirle al señor Macey que le hable al pastor; y tendréis que decidiros por un nombre, porque será preciso dárselo a la niña cuando se la bautice.

--El nombre de mi madre era Hephtsiba--dijo Silas--, y mi hermanita llevaba su nombre.

--Pero es un nombre difícil de pronunciar--dijo Dolly--, y no estoy segura que sea un nombre de bautismo.

--Es un nombre que se encuentra en la Biblia--dijo Silas, volviéndole a la memoria sus antiguas ideas.

--Entonces no tengo ninguna razón para oponerme--repuso Dolly algo asustada por los conocimientos de Silas en este capítulo--; sin embargo, qué queréis, yo soy poco instruida y me cuesta comprender las palabras. Mi marido dice que yo ando siempre como si diera una en el clavo y tres en la herradura--eso es lo que dice, porque es muy sutil--, que Dios lo ayude. Pero no sería cómodo llamar a vuestra hermanita con un nombre tan difícil de pronunciar cuando no teníais nada importante que decirle, me parece a mí, ¿no es cierto, maese Marner?

--La llamábamos Eppie--respondió Silas.

--Pues bien, siempre que no sea malo acortar el nombre sería mucho más cómodo. Entonces, voy a marcharme, maese Marner, y hablaré del bautismo antes de la noche. Os deseo mucha suerte y tengo confianza en que así será, si cumplís con vuestro deber para con la pequeña huérfana... Además, hay que pensar en hacerla vacunar. En cuanto al lavado de sus ropitas, no tenéis que dirigiros sino a mí, porque puedo hacer eso sin esfuerzo cuando preparo la lejía. ¡Ah! querido angelito. Me permitiréis que traiga a mi pequeño Aarón uno de estos días; le mostrará el carrito que su padre le ha fabricado y el perrito negro y blanco que está criando.

La niña fue, pues, bautizada, habiendo decidido el pastor que un doble bautismo era el riesgo menos grande que se podía correr. Con este motivo, Silas, después de vestirse lo más limpio y elegante que pudo, apareció por primera vez en la iglesia y tomó parte en las prácticas que sus vecinos consideraban como sagradas.

Le era imposible, según todo lo que veía y oía, identificar su antigua fe con la religión de Raveloe. Si hubiera sido capaz de ello en lo pasado, hubiese sido bajo la influencia de un sentimiento intenso, pronto a vibrar con simpatía antes que por medio de una comparación de frases y de ideas; pero ahora, desde hacía ya muchos años, aquel sentimiento se había adormecido.

No tenía una noción clara al respecto del bautismo de los niños y de la frecuentación de la iglesia, a no ser lo que Dolly le había dicho que eso sería bueno para la niña. De este modo, a medida que las semanas formaban meses, la niña creaba sin cesar vínculos nuevos entre la existencia de Marner y de las personas que siempre había evitado hasta entonces para aislarse de un modo más completo. Contrariamente al oro, que no tenía necesidad de nada y que tenía que ser adorado en una soledad por completo secreta, oculto a toda luz, sordo al canto de los pájaros, que no se estremecía al son de ninguna voz humana, Eppie era una criatura cuyas necesidades eran infinitas, y sus deseos siempre eran crecientes.

Era una criatura que amaba y buscaba la luz del sol, el ruido y los movimientos de la vida, que todo lo ensayaba teniendo fe en las alegrías nuevas, y que hacía nacer la bondad en los ojos de todos los que la miraban. El oro había confinado los pensamientos de Silas en un círculo siempre igual y que no conducía a ninguna parte más allá de sus propios límites; Eppie, criatura formada de cambios y esperanzas, obligaba ahora a sus pensamientos a ir hacia adelante. Ella los arrastraba muy lejos de aquel objeto a que se dirigían siempre antes y los llevaba hacia nuevas cosas que debían venir con los años futuros, cuando la joven hubiese aprendido a comprender qué padre abnegado había sido Silas para ella.

La niña hacía buscar a Marner las imágenes de ese porvenir en los vínculos y las obras caritativas que unían entre sí a las familias de sus vecinos. El oro lo había obligado a prolongar cada vez más su trabajo, los ojos y los oídos cerrados a todas las cosas que no fueran la monotonía de su telar y la uniformidad de su tejido. Pero Eppie lo distraía de su trabajo, haciéndole considerar todas las interrupciones como momentos de felicidad. Su vida nueva despertaba los sentidos de Silas a punto de reanimar la alegría de éste, aun a la vista de las viejas moscas adormecidas por el invierno que salían con esfuerzo arrastrándose al sentir los primeros rayos del sol de primavera. La niña reavivaba la alegría del tejedor, porque ella misma era alegre.

Cuando el sol se hizo más vivo prolongándose más el día y los botones de oro esmaltaban la pradera, se podía ver a Silas--sea a mediodía, sea al declinar la tarde, en el momento en que las sombras de los cercos se alargaban--, se podía ver a Silas que salía de su casa con la cabeza descubierta, llevando a pasear a Eppie más allá de las canteras, a los sitios en que crecían aquellas flores. Se detenía cerca de alguna loma favorita que le permitía sentarse, mientras que Eppie iba titubeando a recoger los botones de oro, interpelando a las criaturas aladas que murmuraban felices encima de sus pétalos brillantes y atrayendo continuamente la atención de «papá» cuando le traía su cosecha. Después prestaba oído al canto brusco de algún pájaro, y Silas aprendía a divertirla, haciéndole seña de callarse, a fin de que pudieran escuchar, a la espera de los acentos que iban a recomenzar. Y cuando volvían, ella alzaba los hombros y reía gorjeando su triunfo. Sentados de este modo entre el follaje, Silas se puso de nuevo a recoger las plantas que le eran antes familiares. Al ver las hojas con sus contornos y nervaduras inmutables en el hueco de su mano, sintió renacer una multitud de recuerdos que rechazaba con timidez. Sus pensamientos buscaban entonces refugio en el pequeño mundo de Eppie, el cual sólo pesaba ligeramente en su cerebro debilitado.

A medida que el espíritu de la niña crecía en saber, el espíritu de Silas crecía en recuerdos; a medida que la vida se desarrollaba, el alma del tejedor, largo tiempo aletargada en una fría y estrecha prisión, se desarrollaba también, y, toda trémula, volvía a una plena conciencia de sí mismo.

Era una influencia que iría adquiriendo fuerza con cada nuevo año transcurrido.

Los sonidos infantiles que agitaban el corazón de Silas se articularon y reclamaron respuestas más precisas; las formas y los ruidos se tornaron más claros para los ojos y los oídos de Eppie; y hubo cosas nuevas que le pidió a «papá» con tono imperativo que observase y le explicase. Además, cuando Eppie cumplió tres años desplegó el lindo talento de hacer travesuras o de encontrar medios ingeniosos para causar molestias, talento que proporcionaba mucho ejercicio, no sólo a la paciencia de Silas, sino también a su ciencia y sagacidad.

En estas ocasiones, el pobre Marner se veía puesto en conflictos por las exigencias incompatibles del deber y del cariño. Dolly Winthrop le decía entonces que los castigos le harían bien a Eppie, y que no era posible educar una criatura si ciertas partes blandas y que no corren ningún riesgo por esto, no le escocían de cuando en cuando.

--Además, podríais hacer otra cosa, maese Marner--agregó Dolly con aire pensativo--, y sería encerrarla alguna vez en la carbonera. Fue así como he procedido con Aarón, porque era tan débil para con mi niño menor, que no podía soportar la idea de castigarlo. No tenía alma para dejarlo más de un minuto en la carbonera, pues era lo bastante para tiznar por completo al niño, de modo que había que lavarlo y vestirlo de nuevo. Eso le hacía tanto bien como el látigo, podéis creerme. Pero dejo a vuestra conciencia la tarea de decidir, maese Marner, porque tenéis que elegir una cosa o la otra--el látigo o la carbonera--; de otro modo se va a volver tan voluntariosa que no habrá medio de dominarla.

Silas quedó convencido de la triste verdad de esta última observación; pero su energía de carácter, lo abandonó ante las dos únicas especies de castigos que le proponían. No sólo le era penoso castigar a Eppie, sino que temblaba de estar en desacuerdo con ella un solo momento, temiendo que fuera a disminuir el afecto que ella le tenía. Si un Goliat afectuoso se encariña por una criatura delicada y teme tirar del vínculo que a ella lo une, y teme, sobre todo, que se rompa ese vínculo, decidme, os ruego, ¿cuál será el amo de los dos? Era evidente que Eppie, con sus pequeños pasos vacilantes, hacía vacilar a su gusto a su papá Silas cualquier día en que las circunstancias favorecieran su travesura.

Por ejemplo; él había elegido una ancha faja de lienzo a fin de atar a Eppie a su telar cuando estaba muy ocupado. Aquella faja formaba un cinturón alrededor del talle de la criatura y era bastante larga para que ésta pudiera llegar hasta su pequeño lecho y sentarse en él, pero era lo bastante corta como para que Eppie no ensayara alguna ascensión peligrosa. Ahora bien, una mañana Silas estaba más atareado que de costumbre porque estaba armando una pieza en el telar, y tuvo que recurrir para esto a las tijeras. Este instrumento, gracias a una advertencia especial de Dolly, había estado siempre cuidadosamente fuera del alcance de Eppie. Sin embargo, su ruido peculiar tuvo una atracción particular para su oído, y, después de haber espiado los resultados de aquel ruido, sacó la consecuencia filosófica de que la misma causa debía producir el mismo efecto.

Silas se había sentado en su telar y el ruido del aparato había recomenzado; pero dejó las tijeras en un punto que el tránsito de Eppie podía alcanzar. Entonces, como un ratón que acecha el momento oportuno, salió furtivamente de su rincón, se apoderó de aquel objeto y volvió dando traspiés hasta su cama, alzando los hombros como para ocultar su hurto. Tenía una intención decidida en lo que concernía al uso de las tijeras. Después de haber cortado la faja de tela de un modo irregular, pero eficaz, se dirigió en dos segundos hacia la puerta abierta adonde la llamaba el brillo del sol, mientras, que el pobre Silas la creía más preciosa que de costumbre. Fue sólo cuando volvió a necesitar las tijeras que lo sorprendió la terrible realidad. Eppie se había escapado sola, quizás se había caído en la cantera. Silas, agitado por el temor más grande que podía asaltarlo, se precipitó hacia afuera gritando: «¡Eppie!», y corrió rápidamente hacia el espacio sin cerco, explorando las cavidades secas en que hubiera podido caer e interrogando en seguida con los ojos asustados la superficie lisa y rojiza del agua. Gotas frías de sudor le mojaron la frente. ¿Cuánto tiempo haría que había salido? Le quedaba una esperanza: que se hubiera deslizado a través de la cerca para ir a las praderas, donde tenía la costumbre de llevarla a dar una vuelta. Pero la hierba estaba alta y no había medio de descubrir si Eppie estaba allí, sino buscándola atentamente, lo que hubiera sido un delito en el plantío del señor Osgood. Sin embargo, había que resignarse; así es que el pobre Silas, después de haber sondeado bien con la mirada los alrededores de las cercas, atravesó la hierba, creyendo, con su vista corta, distinguir a Eppie tras de cada mata de acedera roja, viéndola continuamente alejarse a medida que se aproximaba. Buscó en vano en la pradera; entonces, salvó el cerco y se encontró en la propiedad vecina. Fijó la vista con una última esperanza en un pequeño estanque que el verano había secado en parte, dejando un ancho borde de lava viscosa. Era allí, sin embargo, que Eppie estaba sentada, conversando animadamente con su zapatito que le servía de balde para acarrear agua a la huella profunda de una pata de caballo, mientras que su pequeño pie desnudo estaba cómodamente apoyado en un cojín de lodo verdoso. Un ternero de cabeza roja la observaba, indeciso y alarmado, a través del cerco opuesto.

Había en aquello, tratándose de una criatura bautizada, un caso indiscutible de aberración que exigía un tratamiento severo, pero Silas, dominado por la alegría convulsiva de haber hallado su tesoro, no supo hacer otra cosa más que cargar a Eppie vivamente y cubrirla de besos entrecortados por sollozos. Fue sólo después de llevarla a la casa y de haber procedido al lavatorio necesario que se acordó de la necesidad de castigar «para que la niña se acordara». La idea de que podía escapar de nuevo y hacerse daño lo impulsó a realizar un acto extraordinario y por primera vez se determinó a recurrir a la carbonera, pequeña alacena situada junto al hogar.

--Mala, mala Eppie--comenzó a decir Silas de pronto, teniéndola sobre las rodillas y mostrándole que tenía los pies y las ropas cubiertos de barro--; mala, que cortó la faja y se fue. Ahora Eppie tiene que entrar en la carbonera porque es mala. Papá va a encerrarla en la carbonera.

Medio creía que aquellas palabras producirían una impresión bastante fuerte para que Eppie se pusiera a llorar. En vez de esto se puso a brincotear en las rodillas de Marner como si éste le propusiera una novedad agradable. Viendo que era necesario recurrir a los extremos, la metió en la carbonera y cerró la puerta temblando de que empleara una medida excesiva. Durante el primer momento no oyó nada; pero en seguida oyó un pequeño grito:

--¡Abe, abe!

Y Silas la hizo salir, diciendo:

--Ahora, Eppie va a ser buena; de otro modo va a ir a la carbonera, al rincón negro.

El telar permaneció silencioso largo rato esa mañana porque hubo que lavar a Eppie y ponerle ropas limpias; sin embargo, era de esperar que este castigo tendría un efecto duradero y ahorraría tiempo en el porvenir. Quizá, sin embargo, hubiera sido preferible que Eppie llorara algo más.

En una media hora estuvo limpia, habiendo Silas vuelto la espalda para ver qué haría con la faja de lienzo; la tiró al suelo, pensando que Eppie se quedaría quieta el resto de la mañana sin que fuera preciso atarla. Se volvió en seguida para sentar a la niña en su sillita cerca del telar, cuando ésta se le apareció con la cara y las manos tiznadas otra vez, y diciendo:

--¡Eppie e la carbonera!

Este completo fracaso de la pena disciplinaria de la carbonera destruyó la confianza que tenía Silas en la eficacia de los castigos.

--Lo tomaría siempre a broma--le dijo a Dolly--si no la castigo, y soy incapaz de hacerlo, señora Winthrop. Las mortificaciones que me causa las puedo soportar y no tiene malas costumbres, de las que no puede librarse algún día.

--Sí, es cierto en parte, maese Marner--dijo Dolly con simpatía--, y si no tenéis las fuerzas de resolveros a impedir que toque los objetos asustándola, es preciso que os arregléis de modo que no queden a su alcance. Así es como tengo que hacer con los perritos que mis chicos siempre están criando. Hagáis lo que hagáis, esos animales siempre mordisquean y roen; y lo mordisquean y lo roen todo, hasta la cofia del domingo, si está colgada a su alcance. Para ellos tanto da, que Dios los ayude. Es la dentición lo que los pone así, eso es.

De modo que Eppie fue criada sin castigos, soportando en cambio el peso de sus fechorías su padre Silas. La choza de piedra se convirtió para ella en un dulce nido acolchado con el plumón de la paciencia; y en el mundo que estaba más allá de aquella morada, tampoco conoció miradas severas ni responsos.

A pesar de la dificultad de llevarla al mismo tiempo que el hilo y el tejido, Silas la conducía casi siempre consigo cuando tenía que ir a las granjas. No quería dejarla en casa de Dolly Winthrop, bien que ésta estuviera siempre dispuesta a guardarla. La pequeña Eppie, de cabellos crespos, la niña del tejedor, se volvió, pues, un tema de interés para los habitantes de varias casas apartadas, lo mismo que para las de la aldea. Hasta aquí se había tratado a Marner casi como si fuera un gnomo o un brujo útil, como si fuera un ser extravagante e incomprensible que no era posible mirar sin una mezcla de sorpresa o de aversión.

Siempre se deseaba cambiar con él los saludos y ajustar los tratos lo más pronto posible; pero al mismo tiempo se procedía con él de un modo propiciatorio, y a veces haciéndole un regalo de carne de cerdo o de productos del jardín, porque sin su ayuda no había medio de hacer tejer lino. Pero ahora Silas encontraba rostros francos y sonrientes y se le hablaba con tanto placer como a una persona cuyas satisfacciones y pesares podrían ser comprendidos. En todas partes tenía que sentarse y hablar de la niña, y siempre se estaba dispuesto a dirigirle palabras de interés.

--¡Ah, maese Marner! tendréis suerte si le da temprano un ligero sarampión, o si no; en verdad que pocos hombres solteros hubieran adoptado una criatura como ésta; pero supongo que el tejer os hace más diestro que a los hombres que trabajan en el campo. Sois casi tan hábil como una mujer, porque el tejer viene después del hilar.

Dueños y dueñas de casa, sentados en anchos sillones de cocina, observaban desde allí los acontecimientos y meneaban la cabeza a propósito de lo difícil que era criar los niños. Sin embargo, si llegaban a tocar los brazos y las piernas rollizos de Eppie tenían que reconocer su notable dureza y le decían a Silas que si salía buena--lo que no era posible saber--, sería muy bueno que tuviera a su lado una joven seria que se ocupara de él cuando estuviera demasiado viejo para poder trabajar.

Las sirvientas se entretenían en llevarla a que viera las gallinas y los pollos o a recoger algunas cerezas en el huerto. Y los niños y las chiquillas se le acercaban lentamente, con movimientos prudentes, y las miradas fijas--como perritos que avanzan hociquito contra hociquito hacia otro compañero--hasta que la atracción alcanza el punto en que los suaves labios se ofrecen para recibir un beso. Ninguna criatura tenía miedo de acercarse al tejedor cuando Eppie estaba a su lado. La presencia de Marner ya no tenía nada de repulsiva, ni para los jóvenes ni para los viejos, porque la niña había conseguido atarle de nuevo al mundo entero. Había entre él y Eppie un amor que los confundía en un solo ser, y había amor entre la niña y el mundo, desde los hombres y las mujeres que tenían para ella palabras y miradas de padre y de madre, hasta las caccinelas rojas y los guijarros redondos.

Silas se puso a considerar la existencia de Raveloe, desde empunto de vista exclusivo de Eppie. Quería proporcionarle a su hija todo lo que se consideraba un bien en la aldea; y escuchaba con docilidad, a fin de llegar a entender mejor lo que era esa vida, de la que había permanecido alejado durante cinco años, como si hubiera sido una cosa extraña con la que no pudiera tener nada de común. Así procede el hombre que tiene una planta preciosa a la que quiere dar asilo y alimento, en un suelo nuevo para ella: piensa en la lluvia, en el sol, en todas las influencias con relación a su pupila. Trata de conocer asiduamente todo lo que pudiera serle útil, sea para satisfacer las necesidades de las raíces penetrantes, sea para proteger la hoja y el botón contra la agresión peligrosa. El empeño de atesorar había sido por completo destruido por Marner desde que perdiera el oro que acumulaba durante tanto tiempo. Las monedas que había ganado en seguida le parecían tan inútiles como piedras aportadas para terminar una casa bruscamente sepultada por un temblor de tierra. El sentimiento de la pérdida que había sufrido era para él un peso demasiado grave para que las antiguas fruiciones de la satisfacción se despertaran otra vez al contacto de las monedas nuevamente adquiridas. En adelante algo había venido a reemplazar su tesoro, algo que, dando a sus ganancias un fin creciente, arrastraba siempre hacia adelante, más allá del dinero, sus esperanzas y sus alegrías.

En los antiguos días había ángeles que venían a tomar a los hombres por las manos y los alejaban de la ciudad de la destrucción. Ahora ya no vemos mensajeros alados, pero, sin embargo, los hombres son todavía conducidos lejos de la destrucción inminente; una mano les toma la suya y los conduce suavemente hacia una tierra apacible y resplandeciente, de suerte que no miran más tras de sí, y esa mano puede ser la de un niño.

XV

Había una persona--se la adivinará sin esfuerzo--que más que cualquiera otra observaba con viva, con secreta solicitud el desarrollo próspero de Eppie, bajo la influencia de los cuidados del tejedor. Esa persona no se atrevía a hacer nada que diera a suponer que tenía interés especial por la hija adoptiva de un pobre hombre y no el que debía esperarse de la bondad de un joven squire, al que un encuentro fortuito sugería la idea de gratificar con un pequeño presente al pobre viejo mirado por todos con benevolencia. Pero esa persona se decía que llegaría el día en que podría hacer algo por aumentar el bienestar de su hija sin exponerse a las sospechas. Entretanto, ¿lo mortificaba mucho la imposibilidad en que estaba de darle a aquella niña sus derechos de nacimiento? No sabría decirlo. Eppie era bien atendida. Sería feliz probablemente como lo son a menudo las gentes de humilde condición, más feliz quizá que las que son criadas en el lujo.

Aquel famoso anillo que pinchaba al príncipe toda vez que olvidaba sus deberes para entregarse al placer, yo me pregunto si lo pinchaba vivamente cuando partía para la caza, o bien si le hacía entonces una leve picadura y no lo hería en carne viva sino cuando la cacería había terminado hacía tiempo y la esperanza, replegando las alas, miraba hacia atrás y se convertía en placer...