Silas Marner

Chapter 13

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--He venido a buscar al doctor; necesito ver al doctor--le dijo Silas--; ante todo, al señor Crackenthorp.

--¿Qué sucede, Marner?--dijo el pastor--. El doctor está aquí; pero antes decid tranquilamente para qué lo necesitáis.

--Es para una mujer--contestó Silas con voz baja y casi sin resuello, precisamente en el momento en que Godfrey se le acercaba--. Está muerta, me parece... muerta entre la nieve... en las canteras... cerca de mi puerta.

Godfrey sintió que el corazón le latía con violencia. Había en aquel momento un terror en su alma: era que la mujer no estuviera realmente muerta; terror culpable, huésped demasiado odioso para que encontrara refugio en el alma buena de Godfrey. Pero la naturaleza de ningún hombre puede protegerlo contra los malos deseos, cuando su dicha depende de la duplicidad.

--Bueno, bueno--dijo el señor Crackenthorp--, salid al vestíbulo. Yo voy a ir a buscar al doctor. Ha encontrado, una mujer en la nieve y cree que está muerta--agregó en voz baja al squire--. Vale más hablar de esto lo menos posible; molestaría a las damas. Decidles solamente que una pobre mujer sufre del frío y hambre. Voy a buscar a Kimble.

Entretanto, las damas se habían adelantado ya curiosas por saber qué habría podido llevar allí al solitario tejedor en circunstancias tan extrañas e interesándose por la preciosa criatura. Esta, medio atraída y medio alarmada por la brillante iluminación y la numerosa sociedad, fruncía el ceño y se cubría la cara a su alrededor, hasta que el fruncimiento de cejas, contraídas por un contacto o una palabra de cariño, le hiciera ocultar su rostro con nueva resolución.

--¿Qué criatura es ésa?--dijeron varias damas a la vez, entre otras Nancy Lammeter, que se dirigía a Godfrey.

--No lo sé; creo que es la hija de una pobre mujer que han encontrado entre la nieve--fue la respuesta que Godfrey se arrancó del corazón con terrible esfuerzo.

--Al fin y al cabo, ¿estoy cierto?--se apresuró a decirse a sí mismo, para tranquilizar su conciencia.

--Entonces haríais bien en bajar la criatura aquí--dijo la excelente señora Kimble, vacilando, sin embargo, en poner en contracto las ropas manchadas de la niña con su bata de raso--. Voy a decirle, a una de las sirvientas que venga a tomarla.

--No, no, no puedo separarme de ella; no puedo darla--dijo Silas bruscamente--. Vino espontáneamente hacia mí; tengo el derecho de guardarla.

Esta proposición de sacarle la criatura había sido dirigida a Silas sin que él la esperara absolutamente, y aquellas palabras, pronunciadas bajo la influencia de la impulsión fuerte y brusca, fueron casi como una revelación que se hizo a sí mismo. Un minuto antes no tenía ninguna intención precisa respecto a la criatura.

--¿Habéis oído nunca cosa semejante?--le dijo la señora Kimble, algo sorprendida, a su vecina.

--Ahora, señoras, os ruego que me dejéis pasar--dijo el doctor Kimble, saliendo de la sala de juego, bastante fastidiado por la interrupción; pero estaba avezado por el largo ejercicio de su profesión a obedecer a los llamados desagradables, aun cuando había bebido con exceso.

--Qué fastidio, Kimble, el tener que salir en éste momento, ¿eh?--dijo el squire--. Bien podía haber ido a buscar a vuestro ayudante, el aprendiz... ¿Cómo se llama?

--¿Hubiera podido? ¡pero para qué decir que hubiera podido!--gruñó el tío Kimble, apresurándose a salir junto con Marner, seguido por el señor Crackenthorp y por Godfrey.

--¿Queréis buscarme un par de zapatos gruesos, Godfrey? Pero, esperad... que vaya alguien corriendo a Casa de Winthrop a buscar a Dolly; es la mejor mujer que puede darse. Ben estaba aquí antes de la cena, ¿se ha marchado ya?

--Sí, señor--me he cruzado con él--dijo Marner--; pero no tuve tiempo de detenerme a decirle otra cosa sino que iba en busca del doctor, y él me respondió que éste estaba en casa del squire. Me eché entonces a correr, y como al llegar no encontré a nadie en los fondos de la casa, me dirigí donde la sociedad estaba reunida.

La niña, cuya atención no era ya distraída por el brillo de las luces y las caras sonrientes de las damas, se puso a llorar y a llamar «ma-ma», bien que se prendiera siempre de Marner, que parecía haberse captado por completo su confianza. Godfrey había vuelto con el calzado. Al oír los gritos de la niña su corazón se oprimió, como si alguna fibra íntima se hubiera tendido con fuerza.

--Voy a ir--dijo precipitadamente, impaciente por moverse un poco--, voy a ir a buscar esa mujer, a la señora Winthrop.

--¡Oh! ¡bah! mandad a otra persona--dijo el tío Kimble, que se apresuró a salir con Marner.

--Hacedme saber si puedo ser útil para algo, Kimble--dijo el señor Crackenthorp.

Pero el doctor ya estaba demasiado lejos para que pudiera oírlo.

También Godfrey había desaparecido. Había ido rápidamente a buscar su sombrero y su sobretodo, conservando sólo la presencia de espíritu necesaria para darse cuenta de que no debía pasar por un insensato; pero se lanzó a caminar en la nieve sin preocuparse de su calzado de baile.

Minutos después se dirigía rápidamente a las canteras en compañía de Dolly. A la vez que pensara que era muy natural que ella misma desafiara el frío y la nieve a fin de ir a hacer una obra de misericordia, aquella mujer estaba, sin embargo, muy afligida al ver a un joven que se mojaba los pies por obedecer una impulsión semejante.

--Haríais mucho mejor en volveros, señor--dijo Dolly con compasión respetuosa--. No tenéis para qué tomar frío. Pero os diría que de paso le dijerais a mi marido que venga; está en el _Arco Iris_, creo; si es que os parece que no ha bebido demasiado para poder ser útil. En ese caso, la señora Snell podría mandarnos a su pequeño sirviente para hacer los mandados, pues probablemente habrá que ir a buscar algo a casa del médico.

--No; ahora que he salido no me volveré; voy a quedarme aquí afuera--dijo Godfrey, cuando llegaron frente a la posada de Marner--. Podéis venir a decirme si puedo servir para algo.

--En verdad, señor, que sois muy bueno; tenéis un corazón tierno--dijo Dolly, dirigiéndose hacia la puerta.

Godfrey estaba demasiado penosamente preocupado para sentir algún remordimiento por aquel elogio inmerecido. Iba y venía sin darse cuenta de que se hundía hasta los tobillos en la nieve. No tenía conciencia de nada, a no ser de la agitación febril causada por su incertidumbre respecto a lo que pasaba en la choza y de la influencia que cada uno de los desenlaces tendría sobre su destino futuro. No; no estaba por completo sin conciencia de otra cosa más. En lo profundo de su corazón y medio sofocado por el deseo apasionado y el temor, estaba el sentimiento de que no debía esperar aquellos desenlaces, que tendría que aceptar las consecuencias de sus actos, reconocer a su mísera esposa y devolver sus derechos a su hija abandonada. Sin embargo, no tenía bastante valor moral para encarar la posibilidad de renunciar voluntariamente a Nancy. Tenía sólo bastante conciencia y corazón para estar constantemente atormentado por la debilidad que le impedía ese renunciamiento. Y en aquel instante su espíritu se libertaba de toda traba y se exaltaba con la perspectiva imprevista de verse libre de su larga esclavitud.

--¿Habrá muerto?--decía la voz que predominaba en su corazón sobre las demás--. Si ha muerto me podré casar con Nancy; entonces, seré una buena persona en el porvenir y no tendré más secretos. En cuanto a la criatura, se cuidará de ella de un modo o de otro.

Pero en medio de esta visión se presentaba la otra alternativa:

--Vive, quizá; en este caso, ¡pobre de mí!

Godfrey no supo jamás cuánto tiempo transcurrió hasta que se abrió la puerta de la choza y salió el doctor Kimble. Se adelantó hacia su tío. Acababa de prepararse para dominar la emoción que no dejaría de sentir, cualesquiera que fuesen las noticias que iba a saber...

--Os estaba esperando, puesto que vine hasta aquí--dijo anticipándose al doctor.

--¡Bah! es un absurdo que hayáis salido; ¿por qué no mandasteis uno de los sirvientes? No hay nada que hacer... está muerta... muerta desde hace varias horas, creo.

--¿Qué clase de mujer es?--dijo Godfrey, sintiendo que la sangre le subía a la cara.

--Una mujer joven, pero demacrada, con largos cabellos negros. Alguna vagabunda... toda cubierta de harapos; tiene, sin embargo, en un dedo una alianza. Mañana van a llevarla al asilo de los pobres. Bueno, vamos.

--Deseo verla--dijo Godfrey--. Creo que ayer vi una mujer como ésa. Os alcanzaré dentro de un minuto o dos.

El señor Kimble siguió su camino y Godfrey se volvió a la choza. Sólo echó una mirada sobre el rostro inanimado que descansaba sobre la almohada, rostro que Dolly había arreglado de un modo conveniente. Pero se le grabó de tal modo aquella última mirada lanzada sobre la esposa detestada que, diez y seis años después, cada uno de los rasgos de la fisonomía marchita estaba aún presente en su espíritu, cuando contó en todos sus detalles la historia de aquella noche.

Se volvió inmediatamente hacia la estufa, donde Silas Marner estaba meciendo a la niña. Ahora estaba muy tranquila, pero no dormía. Estaba sólo apaciguada por la sopa azucarada y por el calor. Sus ojos habían tomado esa expresión serena que nos da a los humanos de más edad, presa de agitaciones interiores, un cierto respeto mezclado de terror cuando estamos en presencia de una criatura. Tal es el sentimiento que experimentamos al contemplar alguna belleza tranquila y majestuosa del cielo y de la tierra, un planeta que brilla apaciblemente, un rosal en plena floración o bien la bóveda formada por los árboles encima de un sendero silencioso. Los ojos azules, muy abiertos, miraban los de Godfrey sin ninguna timidez ni signo de reconocerle. La criatura no podía hacer ningún llamado visible ni inteligible a su padre, y éste se encontró bajo la impresión de una extraña mezcla de sentimientos; de un conflicto de pesares y de alegrías viendo en aquel pequeño corazón que no respondía con ningún latido a la ternura medio celosa del suyo, mientras que los ojos azules se alejaban de los de él y se fijaban en la extraña cara del tejedor. Habiéndose inclinado mucho Marner para mirarlos, la pequeña mano se puso a tirarle la mejilla flácida y a deformarla con delicia.

--¿Vais a llevar mañana la niña al asilo de los pobres?--preguntó Godfrey, hablando con toda la indiferencia que le era posible.

--¿Quién ha dicho eso?--respondió Marner bruscamente--. ¿Me obligarán a llevarla?

--¡Cómo! ¿vos querríais guardarla... un viejo soltero como vos?

--Hasta que me demuestren que tienen el derecho de quitármela, la guardaré--dijo Marner--. La madre ha muerto y supongo que no tiene padre: está sola en el mundo. Mi plata se fue a dar no sé dónde... No sé nada... Casi ni sé dónde estoy.

--¡Pobre criatura!--dijo Godfrey--. Dejadme que os dé algo para comprarle ropas.

Acababa de llevarse la mano al bolsillo y de sacar media guinea. La colocó en la mano de Silas y se apresuró a salir de la choza para alcanzar al señor Kimble.

--No; esa mujer no es la que encontré--dijo cuando se le reunió--. La niña es preciosa; parece que el viejo la quiere guardar; es extraño en un avaro como él. Le he dado una bagatela para ayudarlo. No es probable que la parroquia se empeñe en querer quitársela.

--No; sin embargo, hubo un tiempo en que yo se la hubiera disputado a Marner; pero ahora es demasiado tarde. Si la niña se cayera sobre el fuego, vuestra tía es demasiado gruesa para socorrerla; no podría más que quedar sentada y gruñir como una cerda asustada. Pero, ¡qué loco sois, Godfrey, en salir así con medias y zapatos de baile, vos, uno de los elegantes de la fiesta y de una fiesta que se da en vuestra casa! ¿Qué significan estos arranques? ¿Se ha mostrado cruel la señorita Nancy y queréis contrariarla estropeando vuestros carpines?

--¡Oh! todo ha sido desagradable para mí esta noche. Estaba harto de saltar en el baile y de mostrarme amable y de soportar exigencias a propósito de los «hornpipes». Y todavía tenía que bailar con la señorita Gunn--dijo Godfrey aprovechando el subterfugio que su tío le había sugerido.

Las escapatorias y las mentiras inocentes causan en los corazones que ambicionan conservarse puros una mortificación igual a la que causan a un gran pintor los toques falsos que sólo su ojo sabe descubrir. Pero son tan livianos como un simple adorno una vez que los actos se han vuelto mentirosos.

Godfrey reapareció en el salón blanco con los pies secos, y, puesto que hay que decir la verdad, con un sentimiento de alivio y de alegría, sentimiento demasiado intenso para que los pensamientos dolorosos pudieran combatirlo. Porque, ¿no podía ahora arriesgarse cuantas veces se le presentara la ocasión de decirle las cosas más tiernas a Nancy Lammeter, prometerle, así como él mismo, que sería siempre lo que ella quisiera? No había algún peligro de que su finada esposa fuera reconocida. No era una época de activas pesquisas y de grandes rumores públicos; y, en cuanto al acta de su casamiento, estaba muy lejos, escondida en páginas que nadie hojeaba; que nadie, excepto él, tenía interés en consultar. Dunsey, si reaparecía, sería capaz de traicionarlo; pero se podía comprar el silencio a Dunsey.

Y cuando los acontecimientos resultan tanto más felices para un hombre cuanto mayor ha sido la razón para tenerlos, ¿no es ésa una prueba de que su conducta ha sido mucho menos censurable de lo que hubiera podido parecer de otro modo? Cuando somos bien tratados por la suerte, se nos ocurre naturalmente la idea de que no estamos del todo exentos de mérito; y que es razonable que la usemos bien en nuestro favor, sin echar a perder la feliz coyuntura. ¿Dónde estaría, por otra parte, para Godfrey, la utilidad de confesarle su pasado a Nancy y alejar de él la felicidad, más aún, de alejar la felicidad de Nancy, porque tenía, casi la certeza de ser amado? En cuanto a la criatura, velaría porque se la cuidara, haría todo por ella, excepto reconocerla. Quizá así fuera igualmente feliz en la vida, puesto que nadie podía decir cómo se desenvolverían las cosas, y, ¿se necesita otra razón más? pues bien, que el padre sería mucho más feliz si no confesaba la paternidad.

XIV

En Raveloe hubo en esa semana el entierro de una persona pobre; y en la callejuela Kench, en Batterley, se supo que la madre de la criatura rubia, la mujer de cabellos negros que había ido recientemente a vivir allí, se había marchado. No se hizo ninguna otra observación particular con motivo de la desaparición de Molly de la vista de los hombres. Pero esta muerte no llorada, que, para la suerte de la humanidad, parecía tan insignificante como la caída de una hoja de estío, estaba cargada con la fuerza del destino para ciertas almas que conocemos, y debía crear las alegrías y las tristezas de toda la vida.

La resolución de Silas Marner de guardar la hija de la «vagabunda» fue un acto que no sorprendió menos a la gente de la aldea que el robo de su dinero, y las conversaciones versaron con frecuencia sobre este asunto. Al cambio de los sentimientos del público a su respecto, que debía a su desgracia, a las sospechas y a la aversión que se habían transformado en una piedad bastante despreciativa para un ser aislado y débil de espíritu como aquél, venía ahora a agregarse una simpatía más activa, principalmente por parte de las mujeres. Las buenas madres, que sabían el trabajo de conservar a las criaturas sanas y lindas; las madres indolentes, que conocían el fastidio de ser molestadas, cuando se cruzaban los brazos o se rascaban los codos por las predisposiciones de los chicos, que sólo empiezan a mantenerse firmes en las piernas, se tomaban el mismo interés que hacer conjeturas. Se preguntaban cómo se las iba a componer un hombre solo con una criatura de dos años en los brazos y estaban igualmente dispuestas a sugerirle a Marner buenos consejos. Las buenas madres le hablaban, sobre todo, de lo que sería preferible que hiciera y las madres indolentes le decían con insistencia lo que no conseguiría nunca hacer.

Entre las buenas madres, Dolly Winthrop era aquella cuyos buenos servicios aceptaba Silas de mejor grado porque se los prestaba sin ostentación. Silas le había mostrado la media guinea de Godfrey y le había preguntado cómo podría arreglarse para comprarle ropas a la criatura.

--¡Ah! maese Marner--dijo Dolly--, no tenéis necesidad de comprarle más que un par de zapatos; tengo las enaguas que Aarón llevaba hace cinco años, y no valdría la pena emplear el dinero en comprar ropas de criatura, porque la niña--que Dios la bendiga--va a crecer como la hierba en el mes de mayo, podéis estar cierto.

El mismo día, Dolly llevó un paquete y extendió delante de Marner las ropitas una por una en su orden natural de sucesión. La mayor parte estaba zurcida y remendada, pero muy limpita y agradable, como las plantas que comienzan a crecer. Esto sirvió de introducción a una gran ceremonia practicada con agua y jabón, de la que la criatura salió revestida con una nueva belleza. Sentada en seguida en las rodillas de Dolly la niñita comenzó a jugar con los pies, a acariciarse las manitas o a golpearlas la una contra la otra, pareciendo haber hecho varios descubrimientos en sí misma que expresaba por medio de sonidos alternados el «gug, gug, gag» y de «ma-ma», no era el grito de la necesidad ni el del malestar. Bebé se había acostumbrado a pronunciar, sin esperar a que se le respondiera con una palabra o un gesto de cariño.

--Nadie podría creer que los ángeles sean más lindos en el cielo--dijo Dolly, acariciándola y besándole los rizos rubios--. ¡Y decir que estaba cubierta con esos harapos sucios y que su pobre madre murió de frío! Pero está Aquel que cuidó de ella y la trajo a vuestro umbral, señor Marner. La puerta estaba abierta y ella entró pasando por la nieve, como un petirrojo muerto de frío y de hambre. ¿No me dijisteis que la puerta estaba abierta?

--Sí--dijo Silas con aire pensativo--, sí; la puerta estaba abierta. El dinero se me fue no sé dónde, y esta niña me vino no sé cómo.

Marner no le había dicho a nadie que ignoraba cómo había entrado la niña. Retrocedía ante las preguntas que podrían conducir al hecho que él mismo suponía, es decir, que había sido presa de una de sus crisis.

--¡Ah!--dijo Dolly con dulce gravedad--, es como la noche y la mañana, el sueño y la vigilia, la lluvia y la cosecha; una cosa se va, la otra viene, y nosotros no sabemos ni cómo ni cuándo. Podemos trabajar con tesón, luchar y sufrir; pero nuestra labor es bien insignificante al fin y al cabo; las grandes cosas vienen y se van sin esfuerzo de nuestra parte; sí, no cabe dudarlo. Sin embargo, yo creo que hacéis bien en quedaros con la criatura, maese Marner, puesto que os ha sido enviada, aunque haya personas que no sean de este parecer. Os incomodará un poco quizá mientras sea pequeña; pero yo vendré con gusto y la cuidaré en vuestro lugar. Siempre dispongo de un rato todos los días; porque, cuando se madruga, el reloj parece detenerse a eso de las diez antes de que llegue el momento de ir a buscar las provisiones. De modo que, os lo repito, vendré a cuidar a la niña en vuestro lugar, con mucho gusto.

--Muchísimas gracias...--dijo Silas vacilando un poco--. Os agradeceré mucho que me digáis lo que debo hacer.

Después, mientras se inclinaba hacia adelante para mirar a la niña--no sin un poco de celos--, y ésta echaba la cabeza contra el brazo de Dolly y observaba de lejos a Silas con satisfacción, el tejedor agregó con aire inquieto:

--Pero deseo atender yo mismo a la niña. De otro modo podría querer más a otra persona y no acostumbrarse a mí. He estado acostumbrado a hacer todo en mi casa; puedo aprender, aprenderé.

--¡Ah! seguramente--dijo Dolly con voz suave--. He visto hombres muy hábiles para atender las criaturas. Los hombres son casi siempre torpes y testarudos--que Dios los ayude--; sin embargo, cuando no están ebrios no carecen de sentimientos, aunque no sepan poner vendas ni sanguijuelas: son demasiado bruscos e impacientes. Fijaos, primero se pone esto sobre el cuerpo--prosiguió Dolly, tomando una camisita y poniéndosela a la niña.

--Sí--dijo Marner dócilmente, mirando de muy cerca, a fin de iniciar sus ojos en los misterios.

Después, la nena le tomó la cabeza entre sus bracitos y le puso sus pequeños labios contra el rostro, haciéndole caricias.

--Ya lo veis--dijo Dolly con el tacto delicado de una mujer--, a vos es a quien quiere más. Quiere que la toméis sobre las rodillas, estoy segura. Vamos, linda, vamos. Tomadla, maese Marner; ponedle las ropitas; después podréis decir que hicisteis todo lo preciso por ella, desde su principio.

Marner la tomó sobre las rodillas, temblando con una emoción misteriosa para él, emoción causada por algo desconocido que comenzaba a apuntar en su existencia.

Sus pensamientos y sus sentimientos eran tan confusos que, si hubiera tratado de expresarlos, sólo hubiese podido decir que la niña le había venido en lugar de su dinero--que su oro se había vuelto una criatura. Tomó las ropas de manos de Dolly y, bajo su dirección, se las puso a la niña. Esta interrumpió entonces, naturalmente, sus ejercicios gimnásticos.

--¡Ya lo veis! os desempeñáis a maravilla, maese Marner--dijo Dolly--; sin embargo, ¿qué vais a hacer cuando estéis obligado a permanecer sentado en vuestro telar? Porque se va a volver más movediza y traviesa de día en día, seguramente, que Dios la bendiga. Es una suerte que tengáis este hogar elevado en vez de una parrilla; el fuego está así menos a su alcance; sin embargo, si tenéis algo que pueda derramarse o romperse o lastimarle los dedos, en seguida tratará de agarrarlo, y es razonable que estéis advertido.

Silas, quedando algo perplejo, reflexionó un instante.

--La ataré al pie del telar--dijo por fin--; la ataré con una faja larga y sólida.

--Bueno, quizá eso baste, porque es una niña, porque es más fácil persuadir a las niñas que se queden quietas que a los varones. Yo sé cómo son éstos; he tenido cuatro--sí, cuatro, sábelo Dios--, y si se los ocurriera atarlos se agitarían y gritarían como los cerdos cuando se les pone un anillo en el hocico. Pero os traeré mi sillita con unos retazos de tela colorada y otros chiches para que pueda jugar con ellos. Se sentará y les hablará como si estuvieran vivos. ¡Ah! si no fuera un pecado querer ver los hijos de otro modo que como son--que Dios los bendiga--, hubiera deseado que uno de ellos fuera mujer; y decir que hubiera podido enseñarle a zurcir, a remendar, a tejer y muchas otras cosas. Pero, en fin, podré enseñarle eso a esta niña cuando sea más grande, ¿no es cierto, maese Marner?

--Pero será mía y no de otros--dijo Marner con bastante vivacidad.

--Sí, naturalmente, tenéis el derecho de guardarla si sois para ella un padre y la criáis como conviene. Sin embargo--agregó Dolly llegando a un punto que había resuelto tocar de antemano--, tenéis que criarla como los hijos de las gentes bautizadas, llevarla a la iglesia y hacerle aprender el catecismo. Mi pequeño Aarón puede repetirlo perfectamente; os reza el credo y lo demás así como los mandamientos, lo mismo que si fuera un niño del coro. Eso es lo que tenéis que hacer, maese Marner, si queréis cumplir con vuestro deber para con esta huerfanita.

El pálido rostro de Marner se sonrojó súbitamente bajo la influencia de aquella nueva ansiedad. Su espíritu estaba harto preocupado, tratando de darle una explicación definida a las palabras de Dolly, para que pensara en contestarle.