Chapter 16
--Pues entonces, maese Marner, el asunto se me presentó de este modo: soy incapaz de comprender una palabra de la «echada a la suerte» y de la respuesta falsa que dio por resultado. Quizá habría que recurrir al pastor para explicar esto, y no podría hacerlo sino con grandes palabras. Pero lo que me vino al espíritu tan claro como el día, mientras velaba a Bessy Fawkes--siempre se me ocurren estas cosas cuando comparto las penas de mi prójimo, y que comprendo que no puedo hacer mayor cosa por él, ni aunque me levantara en medio de la noche--, lo que me vino al espíritu es que Aquel que está allá arriba tiene un corazón más blando que el mío; porque yo no podría de ningún modo ser mejor que Aquel que me ha creado, y si hay cosas que me es difícil entender, es porque hay otras cosas que ignoro. A este respecto, hay sin duda muchas que me son desconocidas. Lo que sí es muy poco seguramente. Así es que mientras pensaba en esto, os presentasteis a mi espíritu, maese Marner, y entonces todo lo que voy a decir entró, de golpe: si yo he sentido en mí misma lo que hubiera sido justo y razonable para con vos, y si oraron y echaron a la suerte, todos, excepto aquel malo, si esos, digo, estuvieron dispuestos a hacer por vos lo que era justo en el caso en que lo hubieran podido, ¿no debemos contar con Aquel que nos ha creado, visto que sabe más que nosotros y tiene mejores intenciones? De esto es de lo que estoy segura; el resto es para mí una cuestión complicada cuando pienso en ello; porque vino la fiebre y se llevó mis hijos grandes y me dejó los más débiles; hay los miembros rotos; hay aquellos que, queriendo obrar bien y no beber con exceso, tienen que sufrir a causa de los que son diferentes. ¡Oh! ¡hay penas en este mundo, y hay cosas que jamás las podemos entender! Todo lo que podemos hacer es tener confianza, maese Marner, y cumplir con nuestro deber, tanto como nos sea posible. Ahora bien: si nosotros que ignoramos tantas cosas estamos en condiciones de darnos cuenta de que existen algún bien y alguna justicia, estemos seguros de que hay más bien y más justicia de las que somos capaces de concebir: y siento en mí misma que no puede ser de otro modo. Y si hubierais podido seguir teniendo confianza no hubierais huido de vuestros semejantes, maese Marner, y no hubierais sido abandonado hasta este punto.
--¡Ah, pero, sin embargo, eso hubiera sido difícil!--dijo Silas con voz baja--; hubiera sido difícil tener confianza entonces.
--No cabe duda--dijo Dolly casi con contrición--que es más fácil decir estas cosas que hacerlas, y casi me da vergüenza hablar de ellas.
--No, no, señora Winthrop--dijo Silas--, tenéis razón. Existe algún bien en este mundo, ahora lo comprendo; y esto nos convence de que hay más del que podemos pretender, a pesar de los disgustos y la maldad. Esa costumbre de echar a la suerte es obscuro, pero la niña no ha sido enciada; hay designios, sí, hay designios a nuestro respecto.
Este diálogo tuvo lugar en tiempo de los primeros años de Eppie cuando Silas tenía que separarse de ella dos horas por día para que fuera a aprender a leer con la maestra de escuela. Había tratado en vano de guiar él mismo los primeros pasos de su hija adoptiva para la instrucción. Ahora que era grande, Silas había tenido ocasión a menudo, en esos momentos de apacible confidencia que se presentan a las personas que viven juntas en un afecto perfecto, de hablar también del pasado con ella; de decirle cómo y por qué había vivido solo hasta que ella fuera enviada. Aun cuando se contara con la reserva más delicada respecto de este punto de parte de las comadres de Raveloe en presencia de Eppie, las preguntas que ésta hiciera al crecer, relativamente a su madre, no hubieran podido ser evitadas sin enterrar por completo el pasado y establecer entre sus corazones una separación dolorosa.
Así es que Eppie sabía desde hacía tiempo cómo su madre había muerto sobre la tierra cubierta de nieve, y cómo ella misma había sido encontrada junto al hogar por su padre Silas, que había creído que los rizos de oro eran sus guineas que le habían devuelto. El efecto tierno y particular con que Eppie habíase criado bajo sus ojos, en una intimidad casi inseparable, ayudado por la soledad de su habitación, la había preservado de la influencia perniciosa de las conversaciones y de los hábitos de las gentes de la aldea. Este afecto le había conservado en el alma esa frescura que se considera a veces, pero erróneamente, como una cualidad esencial de la rusticidad.
El amor perfecto encierra un perfume de poesía que puede ennoblecer las relaciones de los seres humanos menos cultivados, y Eppie estaba rodeada por ese perfume desde el día en que había seguido el brillante rayo de luz que la guió hasta el hogar de Silas. No hay por qué sorprenderse si, bajo otros aspectos, sin hablar de su belleza delicada, no era por completo una aldeana común y poseía asomos de elegancia y un calor de alma que no eran sino los frutos naturales de sus sentimientos de pureza cultivados por el cariño. Era demasiado niña y demasiado ingenua para que su imaginación se extraviara en preguntas respecto de su padre desconocido. Durante mucho tiempo ni aun se la había ocurrido que debía tener un padre. La idea de que su madre debía de haber tenido un marido sólo se le presentó al espíritu el día en que Silas le mostró el anillo que había sido quitado del dedo de la muerta y cuidadosamente guardado por él en una caja de laca barnizada que tenía la forma de un zapato. Había confiado aquella caja al cuidado de Eppie cuando ésta fue grande y ella la abría con frecuencia para mirar el anillo; pero, a pesar de esto, casi no pensaba en el padre de que aquella sortija era símbolo. ¿No tenía acaso uno a su lado que quería más de lo que todos los padres verdaderos de la aldea parecían querer a sus hijas? Por el contrario, la cuestión de saber quién era su madre y cómo ésta había llegado a morir en semejante abandono, preocupaba a menudo su espíritu.
Por lo que sabía de la señora de Winthrop, su mejor amiga después de Silas, comprendía que una madre debía ser muy preciosa; y muchas y muchas veces le había pedido a Marner que le dijese cómo era la fisonomía de su madre, a quién se parecía aquella pobre mujer, y cómo la había encontrado contra la mata de retama, guiado hasta aquel sitio por las huellas de los pequeños pasos y de los bracitos echados hacia adelante. La mata de retama todavía estaba allí, y aquella tarde, cuando salió con Silas al sol, eso fue el primer objeto que atrajo y concentró las miradas y los pensamientos de Eppie.
--Papá--dijo la joven con un tono de dulce gravedad que, como una cadencia triste y lenta, interrumpía a veces su alegría--, vamos a cercar la mata de retama; así se encontrará en el ángulo del jardín, y alrededor voy a plantar margaritas y crocus, porque Aarón dice que esas plantas no mueren y se desarrollan cada vez más.
--¡Ay, hija mía!--dijo Silas, siempre dispuesto a hablar cuando tenía su pipa en la mano, causándole evidentemente más placer el dejar de fumar que el arrojar bocanadas--, no estaría bien que dejáramos sin cercar la mata de retama. A mi entender, no hay cosa más bonita cuando está cubierta de flores amarillas. Lo que hay es que me pregunto cómo haremos para tener una cerca. Quizá Aarón pueda darnos un consejo. Necesitamos poner una, porque, si no, los asnos y las otras bestias lo estropearán todo. Y no es fácil hacer una cerca, según tengo entendido.
--¡Ah, se me ocurre una idea, papaíto!--dijo Eppie de pronto, juntando las manos, después de reflexionar un minuto--. Aquí hay una gran cantidad de piedras desparramadas. Algunas no son grandes: podríamos colocarlas unas encima de otras y hacer una pared. Vos y yo colocaríamos las pequeñas y Aarón cargaría las otras, estoy segura.
--Pero, tesoro mío--dijo Silas--, no hay bastantes piedras para rodear todo el jardín, y en cuanto a que las carguéis vos no hay ni qué pensarlo. Con vuestras manitas seríais incapaz de cargar una mayor que una patata. Sois de una constitución delicada, querida mía--agregó con voz suave--; eso es lo que dice la señora de Winthrop.
--¡Oh! yo soy más fuerte de lo que os imagináis, papá--repuso Eppie--, y si no hay bastantes piedras para cercar todo el jardín, servirán para proteger una parte. Después será más fácil conseguir palos u otras cosas para el resto. ¡Fijaos cuántas piedras hay alrededor de la cantera grande!
Corrió hacia aquella parte para levantar una de aquellas piedras y demostrar su fuerza; pero de pronto retrocedió muy sorprendida.
--¡Ah! papá--exclamó--, venid a ver cómo ha bajado el agua desde ayer. ¡La cantera estaba ayer tan llena!
--Es cierto--dijo Silas, poniéndose junto a ella--. ¡Ah! es el drenaje que han comenzado a hacer después de la cosecha en las praderas del señor Osgood. Me parece que sea eso. El que dirige los trabajos nos dijo días pasados cuando yo pasaba cerca de los obreros: «Maese Marner, no me extrañaría que fuésemos a dejar nuestro pequeño campo más seco que un hueso. Es el señor Godfrey Cass quien se ha puesto a drenar; ha readquirido esos prados del señor Osgood.
--¡Qué raro nos va a parecer el ver seca la vieja cantera!--dijo Eppie, mientras que se volvía y agachaba para levantar una piedra bastante grande.
--Ved, papaíto, que puedo cargar muy bien ésta--agregó dando algunos pasos con mucha firmeza, pero dejando en seguida caer la piedra.
--¡Ah! qué forzuda sois, ¿eh?--repuso Silas, mientras que Eppie, a quien los brazos le dolían, los sacudía riendo--. Vamos, vamos, no volváis a alzar piedras y venid a sentaros conmigo junto al barranco. Podríais lastimaros, hija mía. Necesitaríais de alguien que trabajara por vos, y mi brazo no es ya bastante vigoroso.
Silas pronunció esta última frase lentamente, como si ella implicara otra cosa que lo que iba a herir el oído. Cuando estuvieron sentados, Eppie se arrimó contra su padre y tomándole con ternura el brazo que ya no era muy vigoroso lo mantuvo sobre sus rodillas mientras que Silas fumaba su pipa concienzudamente, lo que le ocupaba el otro brazo. Tras de Marner y su hija, un fresno de la cerca formaba una pantalla recortada que los protegía contra los rayos del sol y proyectaba sombras felices y alegres alrededor de ellos.
--Papá--dijo Eppie muy dulcemente, después que hubieron quedado silenciosos un instante--, si yo llegara a casarme, ¿me pondrían la sortija de mi madre?
Silas se estremeció de un modo casi imperceptible, bien que la pregunta estuviera conforme con la corriente secreta de sus pensamientos en aquel momento.
Entonces dijo bajando la voz:
--¿Cuándo se os ocurrió, Eppie, esa idea?
--Solamente la semana pasada, papá--dijo Eppie ingenuamente--, cuando Aarón me habló de eso.
--¿Y qué fue lo que os dijo?--agregó Silas bajando siempre la voz, como si temiera decir la menor palabra que no fuera para el bien de Eppie.
--Me dijo que desearía casarse, porque va a cumplir veinticinco años y tiene mucho trabajo en los jardines desde que el señor Mott se ha retirado. Va regularmente dos veces por semana a casa del señor Gass, una vez a casa del señor Osgood y van a tomarlo también en el presbiterio.
--¿Y con quién se quiere casar?--dijo Silas sonriendo con bastante tristeza.
--Pero, conmigo, naturalmente, papaíto--respondió Eppie con una sonrisa, que acentuaba sus hoyuelos; y besándole las mejillas a Silas, agregó--: ¡como si se le pudiera ocurrir casarse con otra!
--¿Y vuestra intención, Eppie, es ser suya?--continuó Silas.
--Sí, más adelante--respondió Eppie--. No sé cuándo. Aarón dice que todos se casan un día u otro; pero yo le hice notar que eso no era cierto, porque le dije: «Fijaos en papá, que no se ha casado nunca».
--No, hija mía--dijo Silas--; vuestro padre vivió solo hasta que le fuisteis enviada.
--Pero ahora nunca os quedaréis solo, papá--repuso Eppie con ternura--. Aarón me dijo: «Jamás se me ocurrirá, Eppie, la idea de separaros de maese Marner». Y yo le respondí: «Sería inútil que pensarais en eso, Aarón». Quiere que vivamos juntos, a fin de que no tengáis que seguir trabajando, papá, a menos que sea por vuestro gusto. Será para vos un hijo, son sus propias palabras.
--¿Y eso os agradaría, Eppie?--repuso Silas mirándola.
--A mí me daría lo mismo, papá--respondió Eppie con naturalidad--. Me gustaría que las cosas se arreglaran de manera que vos no tuvierais que trabajar. Sin embargo, si no fuese por eso, me gustaría más que no hubiera ningún cambio. Me encuentro muy feliz así; me agrada que Aarón me quiera y venga a vernos con frecuencia y que se conduzca bien con vos; a la verdad que siempre se conduce bien con vos, ¿no es verdad, papá?
--Sí, hija mía; nadie podría portarse mejor--dijo Silas--. Es el digno hijo de Dolly.
--En cuanto a mí, no deseo ningún cambio--prosiguió Eppie--. Me gustaría seguir mucho tiempo, pero mucho tiempo, igual como estamos. Pero Aarón no piensa como yo, y me hizo llorar un poco. ¡Oh, un poquito no más! porque me dijo que yo no lo quería, porque de otro modo desearía la unión como la desea él.
--Pero, querida hija mía--dijo Silas dejando su pipa a un lado, como si fuera inútil el seguir fingiendo que fumaba--, sois demasiado joven para casaros. Le preguntaremos a la señora de Winthrop, le preguntaremos a la madre de Aarón qué es lo qué piensa ella. Si hay un buen camino que seguir, ella lo encontrará. Sin embargo, hay que pensar en esto, Eppie; las cosas cambian necesariamente, que lo queramos o no; no persistirán mucho tiempo en el estado en que las vemos hoy sin sufrir modificación. Me volveré más viejo y más débil y probablemente seré una carga para vos, si no os dejo por completo. No quiero decir que vos pudierais llegar a considerarme como una carga algún día; yo sé bien que no, pero sería un grave peso para vos. Cuando pienso en eso me agrada suponer que contaréis con otra persona que yo, algo joven y fuerte que me sobreviva y cuidaría de vos hasta el fin.
Silas hizo una pausa y colocando las manos sobre las rodillas las alzó y bajó alternativamente, fijando la mirada en el suelo.
--Entonces, ¿os agradaría verme casada, papá?--dijo Eppie con la voz algo trémula.
--Yo no soy un hombre capaz de decir que no, hija mía--respondió Silas con acento enérgico--. Pero se lo preguntaremos a vuestra madrina. Ella deseará vuestro bien y el de su hijo.
--Ahí vienen, precisamente--dijo--. Vamos a recibirlos. ¡Oh, la pipa! ¿no querréis volver a encontrarla, papá?--agregó la joven recogiendo del suelo aquel aparato medicinal.
--No, querida mía--respondió Silas--. Basta por hoy. Me parece que fumar poco a la vez me sienta mejor que fumar mucho.
XVII
Mientras que Silas y Eppie estaban sentados en el banco de césped conversando a la sombra recortada de una encina, la señorita Priscila Lammeter se resistía a aceptar los argumentos de su hermana. Esta pretendía que valdría más tomar el té en la Casa Roja y dejar que durmiera una buena siesta el señor Lammeter, que partía para las Gazaperas con el cabriolé así que terminara la comida. Los miembros de la familia--cuatro personas solamente--estaban sentados alrededor de la mesa, en el salón de sombrío artesonado. Tenían por delante el postre del domingo, compuesto de avellanas verdes, de manzanas y peras, bien adornadas de hojas por la mano de Nancy, antes de que las campanas de la iglesia llamaran al oficio.
Un gran cambio había tenido lugar en aquel salón de sombríos artesonados desde que lo vimos en el tiempo en que Godfrey era soltero, y que el viejo squire reinaba viudo. Hoy todo reluce en él y no se deja que el menor polvo de la víspera empañe ningún objeto, desde la franja de mosaico de encina que rodea la alfombra, hasta el fusil, los látigos y los bastones del viejo squire, escalonados en las astas del ciervo encima de las campanas de la chimenea. Todos los otros atributos de sport y de ocupaciones exteriores habían sido relegados por Nancy a otra pieza. Pero había traído a la Casa Roja el hábito de la veneración filial y conservado religiosamente en un sitio de honor aquellas reliquias del difunto padre de su marido. Las copas de plata siguen siempre sobre el aparador, pero su metal repujado no está empañado por el tacto y no hay en su fondo residuos que afecten el olfato; el único olor predominante es el del espliego y el de las hojas de rosas que llenan los vasos de alabastro inglés. Todo respira pureza y orden en aquella pieza, antes triste, porque un nuevo espíritu tutelar entró en ella hace quince años.
--Bueno, papá--dijo Nancy--, ¿es en verdad necesario que os volváis a tomar el té a vuestra casa? ¿No podríais quedaros con nosotros en una tarde que parece va a ser tan hermosa?
El viejo señor Lammeter acababa de hablar con Godfrey del impuesto creciente para los pobres y de la ominosa época actual, de modo que no había oído la conversación de sus hijas.
--Hija mía, preguntadle eso a Priscila--dijo con la voz firme de antaño, pero ahora algo quebrada--. Ella dirige la granja y a su padre.
--Tengo buenas razones para dirigiros, papá, porque de otro modo os mataríais atrapando reumatismos. Y por lo que hace a la granja, si algo no marcha bien--lo que no es posible evitar en los tiempos en que vivimos--, nada mata más ligero a un hombre que el no tener a quien dirigir reproches como no sea a sí mismo. La mejor manera de ser amo es hacer dar la orden por otros y reservarse el derecho de censurar. Más de una persona se evitaría un ataque procediendo así; esta es mi opinión.
--Bueno, bueno, querida--dijo el padre riendo tranquilamente--; yo no he dicho que no dirigierais para bien de todos.
--Entonces, Priscila, dirigid de modo que os quedéis a tomar el té--dijo Nancy posando afectuosamente la mano sobre el brazo de su hermana--. Ahora venid, vamos a dar una vuelta por el jardín, mientras papá echa su siesta.
--Mi querida hermana, hará un sueño espléndido en el cabriolé, como que soy yo quien guiará. En cuanto a que nos quedemos a tomar el té, no puedo oí hablar de eso, porque la muchacha lechera, que se va a casar para el día de San Miguel, lo mismo derramaría la leche fresca en la batea de los cerdos que en los lebrillos. Así son todas; se imaginan que el mundo va a ser hecho de nuevo porque ellas tengan marido. Bueno, voy a ponerme el sombrero y podremos dar una vuelta por el jardín mientras atan el caballo.
Cuando las dos hermanas se pusieron a recorrer los senderos del jardín prolijamente limpios, rodeados de céspedes cuyo verde claro contrastaba agradablemente con el tinte sombrío de las pirámides y de las bóvedas y con el de los cercos de boj que se elevaban como murallas de verdura, Priscila dijo:
--Estoy muy contenta con que vuestro marido haya hecho esa permuta de terreno con el primo Osgood y que comience a ocuparse en una lechería. Es una gran lástima que no lo hayáis hecho antes. Así tendréis algo en que ocupar el espíritu. Cuando las personas quieren hacer algo, no hay nada como una lechería para pasar el tiempo. En efecto, si se trata de limpiar los muebles, pronto se acaba. Una vez que podéis miraros en una mesa como en un espejo, no hay nada más que hacer; pero en una lechería siempre hay alguna ocupación nueva, y además, hasta en el rigor del invierno se siente cierto placer en vencer a la mantequilla y obligarla a formarse, quieras que no. Mi querida--agregó Priscila, estrechando afectuosamente la mano de su hermana, yendo la una junto a la otra--, nunca estaréis triste cuando tengáis una lechería.
--¡Ah! Priscila.--dijo Nancy devolviéndole el apretón de manos y dirigiéndole una mirada agradecida de sus ojos límpidos--, eso no será una compensación para Godfrey; una lechería es poca cosa para un hombre; yo estaría contenta con lo que tenemos si él lo estuviera también.
--Me ponen fuera de mí estos hombres con su manera de proceder--dijo Priscila impetuosamente--; siempre y siempre están deseando algo y nunca están contentos con lo que tienen. Son incapaces de quedarse quietos en su silla cuando no tienen dolores ni disgustos; es preciso que se encajen una pipa en la boca para aumentar su bienestar, o que beban algo muy fuerte, aunque tengan que apurarse antes que llegue el momento de la comida. Y si a Dios le hubiera complacido haceros fea como a mí, de modo que los hombres no os hubieran andado detrás, nos hubiéramos podido limitar a nuestra familia sin tener que habérnoslas con esos señores que tienen sangre turbulenta en las venas.
--¡Oh! no habléis así, Priscila--dijo Nancy, arrepintiéndose de haber provocado aquella explosión--; nadie tiene motivos para censurar a Godfrey. Es natural que lo disguste no tener hijos, porque a los hombres agrada tener hijos por quienes trabajan y ahorran y siempre había contado jugar con los suyos mientras fueran pequeños. Muchos otros en su lugar se lamentarían más que él. Es el mejor de los maridos.
--¡Oh! ya conozco--dijo Priscila con una sonrisa sarcástica--esa manera de ser de las mujeres casadas; os incitan a hablar mal de sus maridos y luego se vuelven contra vos y os hacen el elogio de esos señores, como si los tuvieran para vender. Pero papá debe estarnos esperando; volvámonos.
El gran cabriolé, tirado por el viejo y tranquilo caballo gris, estaba estacionado delante de la puerta de entrada, y el señor Lammeter estaba ya en el vestíbulo recordándole a Godfrey las buenas cualidades de _Tordillo_, en la época en que su amo lo montaba.
--A mí me ha gustado siempre tener un buen caballo--decía el viejo señor, no gustándole que la época de su juventud fogosa se borrara por completo de los más jóvenes que él.
--No os olvidéis de llevar a Nancy a las Gazaperas, antes del fin de la semana, señor Cass--fue la última recomendación que hizo Priscila en el momento de la partida, mientras que tomaba las riendas y las sacudía ligeramente, manera amistosa de incitar a _Tordillo_.
--Voy a dar una vuelta por los prados, cerca de las Canteras, Nancy, para ver cómo va el drenaje--dijo Godfrey.
--¿Estaréis de vuelta para el té, amigo mío?
--¡Oh! sí, estaré de vuelta dentro de una hora.
Era costumbre de Godfrey ocupar la tarde del domingo en un paseo de agricultura contemplativa. Nancy lo acompañaba raras veces, porque las mujeres de su generación, a menos que se pusieran a dirigir las relaciones exteriores, como Priscila, no tenían la costumbre de pasear fuera de su casa y de su jardín. Encontraban un ejercicio suficiente en sus ocupaciones domésticas. De modo que cuando estaba sola, Nancy se sentaba generalmente con la Biblia de Mant por delante y, después de haber seguido con la vista el texto algunos momentos, dejaba vagar poco a poco sus pensamientos en la imposibilidad de concentrarlos.
Sin embargo, el domingo esos pensamientos estaban casi siempre en armonía con el fin piadoso y reverente que el libro abierto hacía suponer implícitamente.