Part 9
Lo ha dicho con sublime sencillez la purísima, la virgen. Humilde y confiada, su frente háceme en el hombro sentir la de una diosa. Reposa su dignidad en mi dignidad. Ambos callamos.
Es mía y es mi preciadísimo tesoro. Es alma, clara alma de cristal desde la frente á los pies; un alma que en su abandono pasa dulce sobre mí el inmortal peso de la Vida, y con la eucarística unción que á una divina alma que se podría romper, beso su frente; besa ella, santa, mi mano, y así nos despiden en esta noche los dos besos más castos que hayan podido cambiar jamás nuestras noblezas.
III
El coche. Bella perspectiva de todo un día en nosotros mismos. Almorzaremos en el Tigre. Sube Leopolda.
--¿Lloverá?--inquiétase, al subir, Rocío.
--No--afirmo, conminando á las sueltas nubes con el imperio de mi dicha.
Y el portero preséntame una carta cuyo membrete me indica que es, al fin, del letrado á quien anteayer tarde consulté.
Entro en el portal para ocultar mi emoción, y abro la carta. «Tiene el placer» de manifestarme que puedo recoger el informe cuando quiera. Un frío de agujas me recorre; sin embargo, este «tengo el placer» parece desvelar un poco el misterio en el sentido de lo no horrible. ¡Oh! Iría mañana; pero, incapaz de soportar la duda que hoy turbase mi alegría, les ruego á Rocío y Leopolda que me esperen en el Tigre. Va á retenerme una hora la urgencia de un asunto.
Parten.
Tomo otro coche.
Veinte minutos después el letrado me recibe amabilísimo y me anticipa sonriendo:
--Mal; largo. Mas no absolutamente imposible el divorcio, á la mira de otro matrimonio, según le anticipé. Habría que realizarlo en Francia, con previa nacionalización, y no sé si pudiendo prescindir de la voluntad y la comparecencia de ambos cónyuges.
No advierte mi palidez, y pónese á leerme el informe:
«Código argentino. Capítulo VII. Apartado 198: El divorcio que este Código autoriza consiste únicamente en la separación personal de los esposos, sin que sea disuelto el vínculo matrimonial.
»164: Es válido en la república, y produce efectos civiles, el matrimonio celebrado en país extranjero que no produzca allí efectos civiles, si lo ha sido según las leyes de la Iglesia católica.
»159: La validez del matrimonio, no habiendo poligamia ó incesto, es regida por la ley del país en que se ha celebrado, aunque los contrayentes lo abandonen por no sujetarse á...»
No le atiendo.
Es el mismo efecto que si este hombre me hubiese arrojado contra un muro. Contra el muro imbécil de la ley ó contra el muro de mi inmensa estupidez. El lee, lee; yo vuelvo á atenderle cuando, á modo de salvación, invoca la ley francesa:
--«La mujer casada tiene la nacionalidad del marido, aunque se halle ausente.» Siendo así, bastaría que el interesado se nacionalizase en Francia, sin la imprescindibilidad de llevar consigo á su mujer. Única favorable contingencia que nos resta--y termina alargándome con el informe la nota de honorarios--: doscientos pesos.
Pago.
* * * * *
Desde el despacho de ese hombre me encuentro de nuevo en la calle como si me hubiese arrojado por el balcón al mar de mi infinita estupidez.
Las gentes pasan. Yo floto, vacío y perdido, sarcasmo de mí propio.
El muro de la ley y de mi infinita estupidez contra el cual me habría estrellado el amable sonreír de ese hombre de la ley, y el mar de mi infinita estupidez al cual habría caído un harapo lamentable. Más allá de estas casas, que existen ó no existen, no existe ya Buenos Aires, ni el Tigre..., ni ella..., todo borrado en mi sandez que se dilata á la amplitud del universo.
¡Rocío!
Un cerco de hierro en la frente, un temblor de hielo en las entrañas, y en mi desolación un solo convencimiento rotundo y frío: el de que acabo de perderla..., el de que no deberá, en mi miseria, verme más..., el de que para siempre me alejo de ella en el oleaje de la vida como el negro aquél á quien vimos alejarse en el oleaje de las aguas...
Y lo que más le sorprende á mi corazón es que haya podido sorprenderse ante una realidad de destrozo tan temida durante toda mi lenta obra de soberano mentecato.
* * * * *
Cruzo, cruzo calles...; necio inmenso que huye avergonzado sin saber de qué manera y dónde y hasta de él mismo esconderá su necedad.
A ratos, me paro. Me miran las gentes creyéndome borracho, quizá. Medito correr al Majestic (antes que regresen á él Rocío y Leopolda) á tomar rateramente mi equipaje que me permita escapar de Buenos Aires en un tren, en un buque; pero me vuelve la impresión del guiñapo ó del náufrago que no necesitan para nada meditaciones ni equipajes..., y sigo--acabando á mi vez por hallar imbécilmente divertidas á las gentes y á las cosas.
--¡Eeeh!--grítanme de pronto.
Un tranvía; por un centímetro y un segundo no me aplasta. Sonrío; recuerdo que yo he pisado algún sapo alguna vez, y en el vacío de mi pensar queda un pensamiento: el hombre es una cosa blanda y destripable como un sapo.
* * * * *
A las doce, sin saber cómo, encuéntrome en el puerto. Y sí, sí, desde el punto de vista del guiñapo he acabado por hallarlo todo inexplicablemente divertido. Para transportar carbón los carros llevan los caballos con plumas y platas y escudos, como caballos guerreros. Leo: «Dársena Norte». Fondeado un buque: el «Mafalda»; salen señores y damas del pasaje, muy dichosos. Ignoran que la dicha no es cuestión sino de un centímetro y un segundo. Yo asimismo desembarcaba tan contento una mañana. Yo asimismo creía hace dos horas mandar en la tierra y en los cielos.
Pero un carro está ahora á punto de aplastarme, y recójome á la acera.
Hay que ir por donde se pueda ir muriendo sin peligro.
Cruzan marineros. Les oigo hablar, el italiano, el francés, el alemán, y miro las tabernas y las tiendas de cuchillos donde ellos los comprarán para partirse la barriga. Vuelvo á leer. Políglotas letreros: «Bubet», «Trattoria della Alta Italia», «La Giovane Somellina». Portalones de antros cruzados de vigas y tinieblas. Un borracho que con su mujer come salchicha, le larga á un hijito suyo un puñetazo que le tira contra el suelo.
Y yo sonrío. Radicalmente estoy curado de piedad. ¿Qué me importa? ¿Qué más le importa al sol que ese niño goce ó sufra, y que el padre, porque puede, le suelte un puñetazo?
Aléjome hacia la confusión de los muelles y por mucho tiempo me entretengo en mirar cómo entre dos diques alzan un puente para que pase un vapor. ¡Qué estupidez, tantos vapores! Mil, diez mil, cien mil. Cargaderos de trigo, galpones. Barricas de sebo. Bueyes. Negra multitud de hombres que se afanan. ¡Qué estupidez! Al fondo, el Plata...; sucio, como la vida.
Sigo, sigo, otro siglo ú otra hora.
Estoy ya fuera del tumulto. Aquí no hay más que lanchones de patatas; llueve, por último, y me ampara el cobertizo de un figón. Me ladra un perro y asusto á las palomas. Una moza que suda, pregúntame si quiero almorzar: tiene jamón, vino. Perfectamente. Como, bebo, le echo la mitad del jamón al perro y migajas de pan á las palomas. Son muchas; bajan y vuelven al tejado. Vuela con ellas un pájaro negro con cresta roja, cuyo nombre desconozco. El tampoco lo sabrá--y de seguro las palomas ignoran que se llaman las palomas.
Las veo arrullarse y amarse libremente.
¿Qué dirían si las contase mis tristezas?... «Me veis morirme porque en la bandada humana amé á una paloma que me huyó, y ya la bandada no me dejará jamás amar á la que amo...»
Es decir--rectifico, volviéndome á mí mismo--: si por haberme unido á una mujer la ley de la bandada no me deja unirme noblemente á otra mujer, me grita, en cambio: «¡Imbécil! ¡Ahí tienes la falsedad para engañarla, ó ahí tienes la prostitución en que legal y variadamente te brindo mil mujeres!»
La honorable sociedad. Yo también de piedades y ternuras disfrazaba mi vileza.
¡Oh Rocío! ¡Me esperas; hoy debiera haber sido un día más de los de mi bella farsa en tu delicia..., y por primera vez tardo en volver á ti, sin que sospeches que sea ésta mi tardanza de lo eterno... la fuga vergonzosa del cobarde que te ha envuelto en el ridículo..., del grotesco ladrón que, de tan necio, no ha acertado ni á robarte la inocencia!...
* * * * *
Y sin embargo, á las cinco me acerca al Tigre un automóvil. He releído el informe y ha renacido mi esperanza; quizá tenía razón el hombre de la ley: á Francia, Rocío y yo; la espera; el divorcio... con la voluntad ó sin la voluntad de mi mujer. ¿Le aceptará la noble tantas dilaciones más á la farsa descubierta?... Por lo pronto he visto también que puedo darme tiempo á tranquilas reflexiones ocultándola esta tarde mis angustias.
Tales son mis dudas de puñal y mi propósito cuando llego al Tigre Hotel; cuando ella me recibe blanca, toda ángel..., advirtiéndome la trémula zozobra, lo mismo que su madre, á pesar de mis esfuerzos placenteros.
Sin mí tuvieron que almorzar. No sé desentenderme de las preguntas acerca de mi huída y mi retraso con un pretexto baladí, y... miento malas noticias de España:
--Enferma Elena.
--¿Tu hermana?
--Grave--acentúo, mirando á Rocío, que no puede adivinar á qué hermana se refiere la verdad de mi mentira.
Y como en la mentira se me brinda la oportunidad de dejarle tendido un jalón á la inminencia de horror que desconozco, añado:
--Estuve cablegrafiando. No vendrá hasta mañana la respuesta. Acaso mañana mismo deba irme á Madrid.
Cúbrela súbitamente el rostro un velo de pena en que no entra la menor desconfianza. A su piadoso deseo de tornar á Buenos Aires, opone mi tristeza el de distraernos paseando por el río. Dócil siempre, bajamos á una lancha. Inútilmente Leopolda nos arguye que va á llover y que anochece... Abro el motor, y como una flecha la pequeña nave se aleja de Leopolda--cuyo miedo al agua la hace preferir la espera en la terraza, igual que de costumbre.
Sino que, harto contra la costumbre, á la verdad, por mi ensimismamiento ó por no sé cuál ansia de volar con Rocío á soledades inmensas donde no hubiese leyes ni abogados, la lancha, veloz, sigue y sigue, perdiéndose del Tigre Hotel por el ancho Luján, cauce arriba. Desde el hervor de espuma de la quilla, parte la serena superficie en una ondulación que se abre silenciosa para ir á besar la fronda en las riberas.
Empieza á chispear.
Rocío, la que tanto sabe hablar callando, de alma á alma, respeta mi silencio.
Quedan atrás los embarcaderos, los chalets, el restorán, las últimas cabañas de hortelanos. No rompo mi mudez sombría, ganoso sólo de correr por el río desierto, y limítase la prisionera de mi fe á girarse de rato en rato hacia la proa como á inquirir adónde iremos. Puesto el sol entre las nubes que amenazan un diluvio, la luna filtra su claridad sobre nosotros. Y va arreciando la lluvia; va calando la toldilla, que nos deja caer algunos goterones.
--¡Oh, Alvaro, lloverá mucho, y es tarde!--me dice la que más lo dice atenta á mi preocupación que no á temores.
--¡Oh, sí! Verdad.
Viro. Emprendemos el regreso. Pero aumenta la lluvia, con la cual entablo al fin una desesperada competencia--y en nada de tiempo el manso diluvio nos envuelve.
El Tigre Hotel dista media hora. No hallando más refugio que el restorán, cuyas luces vuelven á brillar entre los cendales de agua, á él nos acogemos.
Un mozo se encarga de la lancha; otro nos lleva á un gabinete.
Pido piña y champaña, según pedí jamón y vino en la taberna, por pagar de cualquier modo los refugios á que hoy me fuerzan los desastres del cielo y de mi alma.
Afortunadamente la toldilla nos protegió hasta aquí, bien ó mal. Rocío tiene apenas que quitarse el jersey y el sombrerito de blanco fieltro, y sacudirse un poco la falda.
Por los vidrios del balcón mira cómo cierra el aguacero el horizonte. Resignada, se sienta; yo, con la barrera de mi indignidad ante la dignísima, voy á caer en el diván--lo más lejos posible.
Quedo muy triste. Es más violentamente torvo el silencio en esta confinada soledad. Empieza ella á sentir la desorientación del obstinado hermetismo de mi pena, que la huye.
Apoyado en la mesa el codo, está bajo la lámpara. La contemplo, la contemplo. Su obediencia en toda nuestra correría á través de lo insensato, me sigue revelando la grandeza de su espíritu. La belleza de su rostro, además, y la beldad de su viva vida entera, van lentamente saturándome de lo que he de perder al perderla. Habrá de arrebatármela el rigor social por encima de ella misma.
Este pensamiento me hace recogerme á las rodillas en una convulsión de impotente rebeldía, y Rocío, que lo advierte, se me acerca.
--¿Qué tienes?--pregunta, posándome en el hombro la caricia de su mano.
Mas no sabe contestarle mi esquiva pesadumbre, y se sienta junto á mí, volviendo á demandar, á la vez que procura atraerme compasiva con el brazo:
--¿Qué tienes?
¡Oh, qué tengo! Lo que tengo es un ansia inconfesable de esta caridad que se me brinda; y en otra convulsión refugio contra ella mi dolor. Así permanecemos, y así se acrece insoportablemente mi martirio, porque, envuelto por su alma, estoy oyendo el corazón de la que es tesoro de todos los hechizos. Cruel la suerte que de tal manera háceme sentir cuanto habrá para siempre de quitarme, lloro; y como Rocío, al notarlo, álzame la frente insistiendo: «¿Qué tienes, Alvaro? ¿Qué tienes?», é intenta besar y besa santa mis lágrimas..., yo, en un ímpetu, en un exasperado impulso de apoderamiento loco, beso y retengo contra mi boca, como para la eternidad de una agonía inmortal, la boca ya ungida por mi llanto.
Beso muy hondo, beso muy largo; beso sin fin, al que un afán de morir matándola le da la voluntad de irla aspirando hasta el último aliento de la vida. Beso insaciable de vampiro que la agota, que al desfallecer le desfallece y que hácela cerrar los ojos y continuar siempre el beso pálidamente reclinada é inerte en la corona de reposo que por último nos forman nuestros brazos contra el brazo del diván...
Mas ¡ah!, lo estúpido turba la letal gloria de veneno y nos fuerza á separarnos. Me he levantado al ver entrar al camarero, que, á no dudar, nos cree una impaciente pareja de aventura. Sin tiempo ó fuerzas para incorporarse, Rocío permanece medio tendida y como dormida, ahorrándose sonrojos.
Sigo contemplándola, en tanto el camarero ordena copas y cuchillos.
Es tan bella, que el pobre hombre retarda su faena por mirarla y envidiarme. Y me daña tanto, últimamente, el sarcasmo de envidia tal en el que no puede pensar que mi «aventura» redúcese á un adiós tristísimo á la hechizada hechizadora, que el nuevo choque de la dura realidad en mi vida, llena de los fuegos de su vida, me arranca del corazón una centella.
Una centella, sí..., y con la instantaneidad de las centellas, negros antros de mi ser se han alumbrado: la virgen, la novia, la confiada á mi fe, la toda mía... lo será, y sólo cuando al lado allá del deshonor se vea atada á mi farsa, tendrá que aceptarla sin remedio.
¡Oh, sí!
En cuanto el camarero sale, lánzome á la puerta y cierro el pasador. Al volver, le llevo á la alarmada una rueda de piña y una copa de champaña--pensándole á la escena una preparación de gentil galantería. Pero suelto el champaña y la piña, de pronto--cierto de que no sé ni sonreír, de que todo tendrá que suceder de un modo torvo y casi tétrico--y llegando á la que por no agraviarme demás ha reducido sus alarmas á incorporarse sobre el codo, me siento junto á su cuerpo en el diván.
Nos miramos un momento: yo á ella duro y hosco; ella á mí con la humilde dulzura de una víctima.
--Rocío--la digo secamente--, me confesaste una noche que crees en mí como en Dios, por encima de pudores y temores. ¿Es esto verdad?
--¿Por qué lo dudas?
--Por nada, y no lo dudo; pero por algo que no debe importante (si es cierto que crees en mí de tal manera), yo ansío la prueba completa de tu fe _en la realidad_, y te pregunto: si quisiese verte ahora mismo desnuda y si mi afán de tu beldad quisiese tenerte toda entera, ¿te vería? ¿te tendría?
Cierra los ojos. No contesta.
Al asombro de lo brusco que la ha dejado caer mi voluntad, sucede en su cara la melancolía de una sonrisa. Con tal angustia se fuerza en comprenderme, que adivino el proceso de su comprensión á través de sus párpados cerrados y en la sonrisa que se la va dilatando y haciéndola expresar una triste y recóndita alegría. Debe de pensar que, en mi obsesión del «viaje á España», durante toda la tarde he estado meditando el modo de asegurarme su amor, no importa cómo, contra olvidos de la ausencia.
¡Oh, la generosa!
Aparto de su bello error el designio mío, en que es preciso que el engaño la haya de ser irreparable, é insisto con igual lenta pesadez:
--Di, Rocío; dime..., ¿te tendría?
Mi acento, mi crispación, mi rigidez siniestra, mi sorda maniobra de antes al cerrar el pasador..., todo, todo la confirma el sacrificio de amorosa que no habré de perdonarla; el sacrificio de pudor á que no puede negarse sin negarse ella propia en la divina sinceridad que me mostró más libre en otra noche; el sacrificio de fe que torpe la está imponiendo el que «por falta de fe para una breve ausencia» se lo exige..., y la dicha y la amargura al mismo tiempo mantienen en el silencio su sonrisa.
--¿Te tendría?--acósola implacable, acósola más duro, posándola como una garra una mano sobre el pecho para más intimación.
La veo ahora abrir los ojos de esmeralda, fijarlos en mí todavía, en vano suplicadores un segundo, girarlos después con pena al ajado lujo de este inmundo saloncillo que yo hubiésele elegido por cámara nupcial á nuestro amor, siquiera digno de otro ambiente..., y á la vez que cierra de nuevo los ojos y abate y gira la cara al otro lado en la cabecera del diván para esquivarme los rubores que la abrasan, la oigo ceder á mi terquedad en un suspiro:
--¡Sí, me tendrías!
Queda á mi merced.
A menos de crueldad, he de ser yo quien la desnude.
Podría envolverla á besos en narcotismos de pasión que salváranla de frialdad ingrata en el despojo de sus ropas, y sin saber por qué, sólo acierto, temblando, á empezar á soltar trabas y corchetes por su peto, por su talle. Suelto un imperdible de oro, en su garganta, temblando. Suelto unos botoncillos de nácar y unas cintas temblando, temblando.
Temblor de un ladrón que se desliza á las vírgenes purezas de una vida, pronto la tibia palpitación de estas purezas entre diáfanos encajes me turba con el sacrílego estupor de un ladrón que lo fuese de la gloria.
Torpe y ávido aparto en el santuario de su pecho los últimos cendales...
Y ¡sí!, ¡sí!..., ¡glorias! ¡Dos glorias han surgido en la sagrada y viva nieve que me quema!
¡Dos glorias! En una de ellas pesa paralizada de terror divino mi mano de ladrón, y mis ojos la miran con divino espanto y miran á la inmóvil virgen profanada que se muere.
¡Ah! Un miedo singular me petrifica. Por un rato no he acertado sino á retirar la mano del ultraje á pureza tanta; pero mis ojos fascinados van hundiéndose en la neta realidad de la traición inicua que realizo..., en la rufianesca sensación de lo brutal, de lo grosero, de lo villano, de lo cobarde que estoy haciendo con la noble abandonada..., y en la súbita y colérica indignación de la repugnancia de mí propio álzome rugiendo:
--¡Levántate! ¡Despréciame! ¡Nos vamos!
La silla que ella antes ocupó me sirve para ir á ocultar sobre la mesa, de bruces, el cieno de sollozos en que rompe mi ser mientras trata de recobrarse de su nuevo asombro la asombrada..., mientras al fin me obedece y arregla rápida y sombría el desorden de su pecho.
Esto ha sido mi galantería en el galante restorán.
* * * * *
Al poco estamos en la calle. No llueve. La luna nos alumbra. Dejado á quien quiera el encargo de conducir la lancha al Tigre Hotel, caminamos por las mojadas aceras, que reflejan la luz de los faroles, tal que dos espectros, un poco separados uno de otro, sin habernos vuelto á cruzar una palabra. Soy yo, cuando queda atrás el caserío y tomamos la avenida á la sombra de los árboles, quien, como en un soplo de las negras confesiones de su alma, pronuncia las primeras:
--Rocío, ¿recuerdas?... La última noche que pasamos en el mar te dije que no me conocías nocías y que pudiera ser un miserable. Muy miserable en otras noches habíame descubierto á ti la saña de purificación de mi pasado, y juro que en aquélla parecíame purificado hasta no creer esto que sigue siendo la verdad: que soy un miserable.
Su confusión es tan grande, que nada puede comprender.
--Un miserable que te ha mentido siempre, siempre...; que hoy también no ha cesado de mentir, y que con mi última traición, ladrón de amor, habría querido robarte los decoros entrando de puntillas por tu alma. Ni está mi hermana enferma, ni es cierto que haya recibido noticia alguna de Madrid: sólo lo es que jugaba á lo inicuo con todas las purezas y que soy un miserable.
Me mira, y vuelve á bajar los ojos. La aturdo. No puede entenderme; no puede creer ladrón de amor á quien la acaba de renunciar de tal manera.
--Escúchame--prosigo--. Juntas nuestras compasiones lloraron demasiadas veces sincera y pródigamente generosas la miseria y el dolor ajenos, y la tuya, tan santa, tendría ahora que volverse á mi infinito dolor de miserable por el daño que me he hecho con el daño que te he hecho. Habrás de odiarme y despreciarme, y ya ves tú si cábele á crimen alguno de la tierra castigo más terrible. Pero diciéndote mi infamia, y porque siquiera me reste en tu desprecio tu piedad, déjame evocar al mismo tiempo en nuestra historia algo que pueda un poco disculparme. El ratero de tu amor, mendigo ya únicamente de las caridades de tu alma, guarda, como las que han estado á punto de servirle de ganzúa, otras palabras tuyas, á que se ampara al fin un desdichado: «Si me causases un mal pensaría que me lo causases contra tu voluntad y noblemente.» ¡Ah, Rocío!, esto me dijiste, y no; noblemente, no; que no admite noblezas la doblez; pero sí, acaso, y sólo, torpemente.
Hay un monótono ritmo en la desesperación cuando se arrastra sangrienta y destrozada, y tras un descanso de aliento lo recobro: