Sí sé por qué: Novela

Part 8

Chapter 83,944 wordsPublic domain

Unas veces, pues, estamos en el _hall_ hojeando revistas, y de pronto subimos al sol de la azotea, pasando por mi cuarto á recoger unos gemelos para mirar panorámicamente la ciudad; es la hermana, sola conmigo, que entra en mi aposento sin vacilaciones, sin malicias, sin necesidad de ninguna invitación.--¿Por qué no habría de hacerlo? ¿Por qué, teniendo ella más pureza y más espíritu, un equívoco pudor habría de contenerla en la puerta con menos dignidad que á la doncella que me lleva incluso al lecho el desayuno?--Otras veces descansamos en las galerías del segundo piso, al pie del comedor, esperando para la mesa á Leopolda, ó después de la cena tomamos el té en las mismas galerías oyendo al gran violonchelista que figura en el sexteto y viendo la exposición de lujos que forman al fin las damas al desfilar hacia la ópera; los ascensores no cesan de bajar y subir; las que cruzan no dejan de mirar á esta bellísima amiga mía que, aunque ya no luce las trenzas á la espalda, se peina de un modo juvenil, y que gusta más de la conversación conmigo que no de los teatros; y como á la media hora la deserción alrededor nuestro es completa y han ido apagando muchas luces, y Leopolda se ha retirado á algún quehacer de sus estancias, Rocío y yo quedamos en la semiobscuridad y el abandono, y muchos ratos, oyéndola decir cosas de ensueño ó escuchándola leer cualquier libro en el estrecho confidente, reclino la cabeza en su hombro confiado á mis dolores con ternura igual que el de aquella Elena hermana cuyas cartas leemos juntos según vienen de Madrid.

No sé de nada tan dulce ni tan noble como el hombro de Rocío, como la seda y el perfume y la tibia vida de esta niña, como la divina confianza de esta criatura-arcángel que nos convierte en dos inocentísimos chiquillos, á pesar ó por lo mismo que no desconoce ella mi pasado de barbarie y que no olvida la memoria de mi pecho y de mis brazos los encantos sentidos en la espléndida mujer el día que hubieron de recogerla desmayada.

Olvido esos encantos, ó los exalto sin olvido en la misma castidad, y juego con la mano que ella á veces me abandona; y como la mano de flor es acariciada á un tiempo por mis manos y mis ojos, en el marfil blando de los dedos descubro muchas noches sombras de tinta, que no desaparecen bien á pesar de todos los cuidados, y que creeríanse la impregnación de quien asiduamente coge la pluma con más absorta atención á escribir que á no mancharse. Una mañana, en efecto, al entrar en el salón que separa frente á frente las alcobas de ella y de su madre, la he sorprendido escribiendo..., escribiendo grandes pliegos que se apresuró á ocultar en la carpeta. Cierto estoy de que no cesa en tarea tal todas las mañanas. Ocupación que me la roba algunas horas. Comentarios á sus libros, tal vez...; aunque al interrogarla me ha dicho que son cartas y notas de asuntos que lleva ella por ahorrarle á la pobre madre la molestia... Sí, sí, bastante también podría explicar la indolencia de Leopolda su triste enfermedad, que casi la incapacita. Más que la cariñosa directora de Rocío, dijérase la dirigida por la niña afortunadamente tan sensata. Así comprendo que en la última noche del buque fuera Rocío quien decidió si aceptaban ó no las ofertas del P. Ranelahg.

Éste ha venido á reiterarlas su interés en dos ocasiones--un noble interés nacido, acaso, hacia la niña indefensa, sobre la misma comprensión de las bondadosas inutilidades de la madre; y desde la segunda, porque almorzó aquí, y yo, naturalmente, no tuve por qué desertar de la mesa, no ha vuelto.

¿Sospechó quizá, anticipándose á la realidad, que yo sea el novio de Rocío, y que en mi lealtad también haya encontrado el ángel la protección que haga innecesarias las demás?

¡Oh, cierro, cierro los ojos del alma y de la cara cuando pienso ésto sobre el hombro de la confiada hermana noble, y háceme temblar el alma y el corazón y todo el ser la idea de la responsabilidad que acaso he ido acumulando sobre mí con tanta, insensatez, con tal encadenamiento de insensibles ligerezas!

Porque es cierto que yo no soy el novio de Rocío ni á nada aun con ella me he comprometido de un modo expreso...; ¿pero dónde encontrar más abominable traición que la de mis torpezas con el ángel cuya fe para entregarme su alma toda entera no ha necesitado convenios ni promesas de palabras?

II

Confírmase mi antigua apreciación: lo singular de Rocío es la sensibilidad que hácela vibrar á todas las emociones. De horror se desmayó en el barco cuando el negro se arrojó al mar, de fe llora arrodillada ante la Virgen y conmovidísima la he visto por un suceso lejano que sólo en su corazón de santa podía repercutir de tal modo.

Esperando que vuelva de la misa suelo desayunarme en el _bar_, al sol de las cristalerías de la azotea, y una mañana se me apareció loca de gozo para mostrarme un periódico cuyos grandes epígrafes decían:

JACOBO WANSCKA HA MUERTO.--SUS ÚLTIMAS DECLARACIONES.--INOCENCIA Y ABSOLUCIÓN DE LA MONTSALVATO.

Era la honda impresión de la compasiva que había seguido paso á paso la tragedia y que inesperadamente se encontraba con un redentor final folletinesco. Tomado también de compasión, leí los cablegramas--á la vez que ella volvía á leerlos inclinándose á mi hombro.

Jacobo Wanscka, por una caridad del infortunio menos cruel que la de los ilustres doctores que querían reservárselo á la horca, ha muerto de la enfermedad que le aquejaba. Sus arrepentimientos de la agonía, en solemnes declaraciones al confesor y á los jueces, dejan establecido que en el asesinato del conde no tuvo la esposa ninguna intervención.

Rica la Montsalvato, esclava de él gracias al adulterio á que la empujó la desdicha conyugal, y tan noble, sin embargo, que le hubiese odiado al sospecharle siquiera designios criminales, el amante, para casarse con la presunta viuda y disfrutar de su caudal, concibió y efectuó el crimen sin que ella se enterase hasta que el ruido siniestro la atrajo de un contiguo dormitorio. Seguían pormenores terribles de cómo la infeliz incluso ignoraba que él hubiese permanecido oculto en el palacio después de la velada, durante la cual envenenó á su víctima; de cómo, desconfiando del veneno, el miserable le confió á sus manos el término del drama repugnante, y de la espantosa escena de amenazas con que al ser por la aterrada sorprendido la forzó al encubrimiento... Apresuré estos pasajes, porque sentía á Rocío llorar detrás de mí; salté apenas al que notificaba que el tribunal de Roma ha cerrado el proceso proclamando inocente á la condesa, salvo en su mínima culpa de encubridora por horror, de la que asimismo será absuelta bajo la piedad del mundo así que ella no tarde en presentarse..., y soltando el periódico me volví á la que lloraba.

--¡Siempre me resistí á creerla criminal!--sollozó, explicándome concentradamente su emoción--. Si ella era ya rica, ¿por qué matarle? Además, hay groserías de la maldad tan increíbles en una mujer fina y educada...

La exactitud de este juicio me admiró. No sólo por él sentí más el gozo de ver redimida á la dama delicadísimamente bella que he visto en los retratos, sino que borró la acusación de absurda que al contemplarlos le había lanzado á la Naturaleza, capaz de tal monstruosidad inarmónica entra las líneas nobles de una cara y las líneas nobles de un espíritu.

Por transmitirme su contento no fué á la iglesia esa mañana el ángel en quien tan bien se acuerdan los bellos trazos del espíritu y los bellos trazos de la faz..., el ángel que todo me lo deja ver dentro de su diáfana conciencia.

Sin embargo, generosa de lo grande y de lo exquisitamente impersonal mejor que de lo que ella pensará que constituyen las vulgaridades cotidianas, nunca me confidencia, nada de sus proyectos, de sus asuntos, de su plan de porvenir; y hay en particular una ocupación, entre las que la enferma madre la deja, la de escribir (tan absorbente ahora que la hace madrugar y asimismo olvidarse muchas mañanas de la misa), que á mí me esquiva en el misterio. ¿Qué escribe?... Notas, ó cuentas, ó cartas. Debo aceptar su reserva como otra sutil delicadeza de la que no quiere mezclar á nuestra idealidad los prosaísmos, y, no obstante, igual que un robo de su alma me duele en ocasiones. Tanto más, cuanto que al fin el nombre temido y ansiado fija nuestra situación: es _mi novia_.

Como por el azar de una conversación, y sin expresos convenios, llegamos á ser los grandes amigos que se lo comunican todo, desde lo nimio hasta lo enorme, un nuevo é insignificante azar ha hecho que quedemos novios proclamados sin necesidad de declaraciones por mi parte. Creyérase que nos impulsa el Destino antes que nuestra propia voluntad.

Un azar. Nada. O algo que flotase en el aire envolviéndonos, y que á la simple acción de presencias extrañas cuajó sobre nosotros. Acaeció... que al mes de llegar no había visitado á ninguna de las personas para quienes traía presentaciones. Las hubiera roto, feliz de encontrarme con Rocío anónimo y aislado en Buenos Aires, y receloso de que el trato con cualquier compatriota que conociese mi estado descubriéraselo á ella. Pero una de las cartas, de la mujer de mi hermano á unos parientes suyos, argentinos, me inquietaba, especialmente--porque también aparte y con cariñosísimo interés habíales anunciado mi visita. Imposible demorarla. No era de temer que supiesen si soy ó no casado, y fuí. Amables los señores de Rialta, acogiéronme en familia desde luego, obligándome á almorzar. Dos días después Rocío y yo, ella con una mano dulcemente abandonada entre las mías, frente á un ascensor, y en espera de la cena, charlábamos en un diván de la desierta galería de nuestro piso; así nos sorprendió el ascensor, dando paso á los señores de Rialta..., los padres, las tres elegantes hijas..., que venían á visitarme. ¡Ah! ¿Cómo por un simple título de amigos explicar la confianza en que me hallaban con Rocío? ¿Cómo corregir la ingrata impresión causada en quienes creeríanla alguna aventurera de hotel?... Me rehice; adelanté hacia ellos, les saludé y les presenté:

--La señorita Rocío Hoffmeyer..., mi novia, mi prometida ya, puesto que será mi mujer dentro de poco.

Halláronla en seguida tan gentil las señoritas de Rialta, que, celebrando su juventud y su belleza, la rodearon en lluvia de atenciones. No tardó en llegar Leopolda--avisada personalmente por Rocío, sin duda para prevenirla. Cenamos todos juntos, y admiré una vez más los bellos dominios de la hija sobre la pasividad de la pobre madre, cuyas extrañezas al oír que los dos nos tuteábamos nos hubieran puesto con los invitados en conflicto. Terminada la cena, los Rialta se obstinaron en llevarnos al teatro--y al salir, no pudimos eludir tampoco su invitación de almuerzo al día siguiente. Amables, sí; muy amables. Parecía que nos conociésemos de largos años.

--¡Adiós, hasta mañana!--me despedí aquella noche de Rocío, detenida un segundo á la puerta de su cuarto, y confirmándola á solas lo que de los dos había querido hacer la casualidad delante de las gentes--. ¡Adiós, Rocío..., mi novia, mi prometida, pronto mi mujer..., tú!!

Con no sé qué congoja, alargándome ambas manos, me ofrecía en los ojos el alma. Recogí sus manos, recogí su alma, y, ávido de su vida entera, la estreché toda contra mí y besé sus ojos con el primer beso de pasión de tantos besos como en tantas noches habían besado las purezas de su frente.

Desde entonces ha dejado de ser la niña para ser plenamente la mujer. La transfiguración viene efectuándose veloz, aunque insensible--según todo en ella se realiza.

No me he dado cuenta de qué modisto la haya podido surtir, ni del momento en que haya abandonado sus trajes de jovencilla, y el hecho es que me parece (siempre la más bella) tan _vestida de largo_, además, y tan alta y buena moza como cualquiera de estas arrogantes argentinas del Majestic.

No he advertido cuál instante fué el primero en que correspondiesen sus labios á los besos de mi boca, y ahora nuestras bocas se unen fugazmente cada noche en despedidas donde sabe glorificar el ángel las lumbres del amor.

No podría decir cuál minuto marcó el tránsito á la jovialidad expansiva en la pensativa melancólica del buque, y es lo evidente que conmigo está sin desagrado en las reuniones á que frecuentemente nos invitan.

Un cambio exterior que no afecta á la intensa sentimental que es á mi lado. ¿Se debe á que su madre mejora desde hace algunos días, ó á la confianza con que al fin se ve frente á la vida junto á mí?... A ambas cosas, de seguro; y sobre sus alegrías... la duda de la posibilidad de mi divorcio me apuñala el corazón y háceme diferir siempre como un peligro afrentosísimo mi visita al abogado.

Cierro los ojos, cierro los ojos é insensatamente me abandono á la delicia triste del ensueño, que acaso no me guarda más que un ridículo y terrible despertar.

Los Rialta poseen en la Recoleta un magnífico hotel. Allí vamos tratando á muchas gentes distinguidas: diplomáticos, banqueros, hombres de negocios; es decir, vamos tratando á sus esposas y á sus hijas--ya que á ellos, tomados por la argentina actividad que les obliga á pasar las tardes en las oficinas y en las Bolsas y las noches en el Jockey Club cambiando mercantiles impresiones, apenas suele vérseles. Sólo á fin de recoger á las damas con sus automóviles aparecen á última hora en los teatros; y cuando la solemnidad de alguna recepción los fuerza á acompañarlas y á cambiar por la levita el habitual descuido de sus trajes, como en un té donde la otra tarde cantaron la Barrientos y Caruso, las miran con iguales indulgencias que á niñas candorosas vestidas siempre de elegantísimas muñecas.

Y sí, niñas candorosas, grandes niñas candorosas, formado el corazón por el fondo de las rancias virtudes castellanas y el alma abierta á todo lo moderno, á todo lo mundial, esta contradicción las torna encantadoramente incongruentes. Viven á la inglesa desde el punto de vista del _confort_ de sus hogares, sienten en español, menos curiosas por visitar á España que á Francia y Alemania é Inglaterra, y en francés gustan al menor motivo de expresarse. Juegan al _tennis_ ó patinan, sin que las importe lucir las piernas en las cortas faldas, y las mataría el rubor si un descuido en visita se las alzase encima del tobillo. Ofenderíalas un señor recién presentado que al día siguiente las detuviese á saludarlas solas en la calle, y en el salón no tienen el menor reparo en departir con él acerca del _Moulin Rouge_ y de las célebres cocotas de París ó de cualquier tema escabroso puesto en boga desde Europa por libros ó revistas.

Porque, sobre todo, gustan de las conversaciones evocadoras de sus viajes y de la disquisición culta, de la polémica. Jactándose de la ultranueva agilidad de su espíritu, libre de los seculares prejuicios que en el viejo mundo le amodorran, frente á las extranjeras que las tratan, en este cosmopolitismo bonaerense, muéstranse á menudo orgullosas de la espléndida democracia de un país como el suyo, donde no hay que rendir vasallajes á reyes ni señores. Sin embargo, no pueden olvidar los ilustres apellidos españoles que muchas llevan, y así como la señora de Rialta me presenta siempre consignando su parentesco con el conde de Torre-Alba, mi hermano, ella y todas, picadas de aristocratismo, conocen mejor que yo, sin duda por los retratos de las ilustraciones y por las noticias de los revisteros de Madrid, á los descendientes de nuestros históricos duques y marqueses y á los miembros de nuestra dilatada familia real.

En este ambiente de ingenuidad, doblado de rígidas etiquetas, ha caído Rocío como un encanto. Su dominio de varios idiomas confírmala desde luego las simpatías que despiertan su belleza y su bondad. Es admirable la perspicacia que sabe suplirla con una improvisada mundanidad sus infantilismos de inexperta colegiala. Más que una niña educada entre monjas creeríasela una señorita habituada á los refinamientos de un salón. Ninguna acierta á elegir su adorno para cada oportunidad de excursión ó de cena ó de teatro mejor que ella; ninguna se conduce con más gentil desenvoltura de sonrisas y ademanes, y cual ninguna sabe mantenerse en una equilibrada discreción durante las no siempre sencillas discusiones que arman las demás.

Desde el tema tenaz de la Montsalvato, por ejemplo, absuelta como criminal, aunque para estas damas severísimas abominada como adúltera (sin que la disculpen las maldades del marido, que ahora en reacción de sinceraciones y en honor á ella detalla la Prensa diariamente), en términos generales se ha pasado esta noche al del porvenir de la mujer. Un viejo ex ministro sostenía que no pudiera cifrarse sino en la reconstitución del hogar, cada vez más destrozado por perniciosas modas y costumbres, y único semillero de purezas femeninas y de madres capaces de darle al orden social ciudadanos excelentes. Un joven diplomático, opinando que el curso de los tiempos les impondrá á las mujeres la competencia con los hombres en todas las ramas del trabajo y del saber, concedíale, en cambio, más interés al ideal de verlas libertadas, como el hombre mismo, que no al de que continúen siendo sus esclavas virtuosas. Varias señoras han tomado el partido del ex ministro, á pesar de que alguna, junto á mí, me desliza que en su juventud dieron no poco que hablar sus hazañas donjuanescas; más como otras, y entre ellas una culta conferenciante del Consejo Nacional de Educación y una distinguida señorita concurrente á la Escuela de Estudios Psicológicos, apoyan al joven, la controversia sobreviene en una greguería adorable cuyo mismo desorden la encierra pronto en dos extremos inflexibles: el de las que, sin negar la masculina tiranía, juzgan precisamente exaltado frente á ella el sacrificio de pudor y virtud de las mujeres, por lo cual nada deberá cambiarse, y el de las que al sostener la igualdad del hombre y la mujer defiendan que, ó ellos tendrán que confinarse en los hogares con los mismos guardianes de virtud que les imponen á sus esposas y á sus hijas, ó éstas deberán imitarles su absoluta libertad. Recabada mi opinión, abstiéneme el temor de no saber acoplarla de conciso modo entre tanta divergencia; solicitada Rocío más insistentemente, halla la humilde fórmula que á todos satisface: «No cree que esté la solución en que uno ú otro sexo se inviten á sus falsas posiciones actuales, sino en un término medio por el cual los hombres cediesen tanto de su despótica libertad como saliesen las mujeres de su cárcel de prejuicios, hasta encontrarse dignamente.»

¡Oh! Aun conociendo su talento, la vaga profundidad de tal respuesta lánzame al nuevo asombro de la gloria de su alma, tan consciente de ella propia que por nada titubea. Rato después, camino del Majestic, forzado el taxi que nos conduce á rodar despacio entre la aglomeración de otros vehículos frente al teatro Royal, ofrécesenos un cuadro que explica la confinación á que los graves señores argentinos, y los de todas partes, obligan, con más ó menos éxito de resignación, á sus esposas. No todo en ellos resulta abnegaciones de trabajo ni indulgencias desdeñosas á las muñecas bien vestidas, puesto que otras muñecas bien vestidas, no con tanta honestidad, lindas y congregadas en el Royal como en un mercado de placeres, van siendo esperadas á la puerta por los mismos autos que otras noches recogen en Colón honradamente á las honradas... Son las austriacas, las italianas, las francesas; el doloroso cargamento de lujuria y juventud que el viejo mundo le envía al nuevo para saciar el vicio de sus hombres.

Comprende Rocío la significación del espectáculo. Sintiendo la pena del mercado infame que subsiste en nuestro siglo de cultura, tal que en la Alejandría de la barbarie, y recordando á las Eyllin y Placer del buque, á los rebaños de europeas que venían también junto á las monjas, volvemos los dos á evocar lo que yo la dije un día sobre la excisión impuesta á la vida torpemente: ó lo espiritual, en la clausura de renunciaciones de las monjas y en la dorada jaula de resignaciones de las damas, ó lo tan cruel y tan bestial que estamos contemplando.

El auto nos aleja. Con queda voz le resumo á Rocío, sentada al lado mío, enfrente de su madre:

--Todo esto no es sino una forma de la incomprensión á que aludí cuando hube de referirte la mía de otra índole con Laura; y de todo esto hoy tan desacorde, el instinto bruto de los hombres, la pureza de las damas, el misticismo de las monjas y hasta el libre sonreír de las rameras..., fundido alguna vez, por no sé cuál milagro, surgirá definitivo el porvenir que preveías en tu respuesta.

Llegamos. Entramos en el hotel. Subimos.

Como siempre, retrásase Rocío en la puerta de su cuarto brindándome el beso de despedida habitual; pero mi beso en plena boca, y en la vasta sensación de nuestras vidas intensas y diferentes á la vez que parecidas á todas las demás, es tan hondo, es tan largo, fundiendo desde mis labios á sus labios todos los misticismos y purezas y sensualidades de las vidas de los dos, incendiando desde el fondo de mi ser el exaltado afán que en esta noche me invade por saber si la prodigiosa conciencia de Rocío es en verdad tan firme que por nada titubee..., que ella tiene que cortarlo, reclinándose al muro mareada de delicia. Retenida su mano en mi mano, contemplo las gallardas líneas que recorren su estatua hasta los pies.

--¡Qué bella eres! ¡Toda!

Sigo contemplándola, sigo envolviéndola en lo que es otro inmenso beso de mis ojos, nuevo para la casta novia del novio singular que nunca la habló ni la besó sino como hermano, y sobre el rojo anhelo de sus labios sus ojos bajos me esquivan el rubor de su sorpresa.

--¡Qué bella eres toda, toda tú! Una mañana de aquellas de nuestro amanecer de almas en el mar sentí en tu camarote los grifos de tu baño, y cuando saliste estuve para haberte dicho que habría sabido contemplar tu desnudez con idénticas purezas que á tu alma. Así, bajo estas sedas, te estoy ahora imaginando desnuda, purísima y perfecta.

Se estremece. Aumentan la confusión y las lumbres de su faz. Mas no cedo, no quiero ceder, y la reprocho:

--¿Te inquieto? ¡No osas levantar tus ojos á los míos! ¡Ah! Mira, no dí en casa de Rialta mi opinión de la mujer, de la religión de amores que guarda el porvenir y que ya en nosotros se presiente, porque no habría acertado á formularla con las grandes sencilleces de la tuya; la misma, sin embargo: la de la pagana cristiana sin sonrojos de su alma ni su carne, hechas por Dios, y sin ese pudor, por consecuencia, que á solas conmigo te impide confirmar que sea él una de las cadenas de prejuicios de que hablabas hace poco. ¿Te engañabas antes, al decírselo á las otras?

--¡No!--expresa, comprendiendo al fin la intención de mis audacias y entregándome en la firmeza de la voz y de los ojos la brava seguridad de su conciencia.

--¿Qué significa, pues?

--Si lo prefieres, y para ti, para nosotros--sonríe, torturada en humildad--, llámalo «emoción», sencillamente.

Estremecido yo ahora de grandezas, quedamos mirándonos, fijos, serenos, con una serenidad trémula de majestades de la Vida.

--¿Crees en mí?

--¡Como en Dios!

--¿Por encima de toda clase de desconfianzas, por encima de toda clase de temores?

--Sí.

--¡Aunque hubiera de causarte algún mal!

--Aunque hubieras de causármelo; pensaría que tu nobleza me lo causase á pesar tuyo.

--¡Ah! ¿De modo que crees en mí incluso por encima de pudores, por encima de prejuicios?

--Incluso por encima de pudores; incluso por encima de prejuicios.

La acoso--por ver su serenidad cuánto resiste:

--Entonces, ¡ah Rocío!..., ¿si quisiera mi antojo verte desnuda alguna vez?

No vacila. Unicamente al contestar vuelve á bajar los ojos.

--Me verías.

--¿Y si en la alucinación de tu beldad--apuro yo hasta lo cruel--ansiase mi pasión tenerte toda entera?

Se acoge toda roja al refugio de mi hombro y responde en un suspiro de su mismo corazón:

--Me tendrías.