Sí sé por qué: Novela

Part 7

Chapter 73,758 wordsPublic domain

Anúnciame que no saldrán luego tampoco al salón porque no puede su madre levantarse, y quedo en volver un instante á decirla el «adiós» de esta última noche...; á decirla: «¡hasta mañana!»

Parto. Mi zozobra va pensando que volveré á decirla «¡hasta mañana!», ó «¡hasta nunca!...» ¡Quién lo sabe! Damas solas que necesitan una noble protección..., ¿aceptó tal vez Leopolda el ofrecimiento del P. Ranelahg? ¿Qué hospedería, qué colegio ó qué convento sería ése, cerrado seguramente para mí?

Mañana, cuando el _Victoria Eugenia_ amanezca anclado en Buenos Aires y con la confusión de todo el mundo por dejarlo, el «adiós», el último «adiós» de Rocío, no podrá tener al menos la efusiva fraternidad de nuestras almas.

Desierto el comedor. O lo que es lo mismo (comparado con la pasada animación, que ya no tornará), algunos solitarios por las mesas. En la mía falta el matrimonio austriaco, y sólo acompáñame Lambea, que celebra mi resistencia contra el mar. En la de Rocío, nadie. En la de Placer, desde su artística absolución, restituída al comedor con Eyllin y los jovencitos bonaerenses, ella únicamente.

Se aburre Placer ó ha olvidado mis desaires; me sonríe. Su afable bestialidad, en la ausencia de lo que constituye caricia ideal para mis ojos, parece burlescamente querer decirme que no me guardará el mundo más que el escarnio de su amor ó el de otras como ella.

Lambea charla de noticias que adquirió en Montevideo.

Todavía la Montsalvato; el crimen que maldito si nunca ha logrado interesarme y que menos le importa ahora, á mi gran preocupación. Mientras dice y comenta el marino no sé qué de si van á ahorcar á Wanska ó de si se está muriendo del tifus y de si se ha confirmado ó no la prisión de la condesa en Nueva York..., yo no logro arrancarme á la obsesión exagerada que me causa este concepto de «lo último» en cuanto hago y cuanto miro: la «última» cena en el vapor; «la última» noche al lado de Rocío; el «último» adiós que de aquí á un poco hayamos de cruzarnos.

Abrevio la amarga cena de desastre, que me evoca la cena de un entierro, y sin saber cuál haya sido entre Rocío y yo el muerto cuyo lúgubre vacío me turba el corazón, voy á mi camarote á besar llorando sus reliquias.

El pañuelo. La medalla. La horquilla de concha que quedó en su sillón una noche.

Es la «última» vez que soñaré en esta pequeña estancia, donde he soñado tantas. Es la «última» vez que miraré estas cosas en esta mesa donde tanto las miré. Y como la «última» vez, como la «última» vez, miro con tristeza igual el diván de mis descansos infinitos, las butacas, la bañera, las cortinas, las perchas y el armario donde ya no están mis ropas; las almohadas del dorado lecho, donde ya no están mis ilusiones...

Pasa el suficiente tiempo para que también Rocío haya acabado de cenar, y, guardando junto al pecho nuevamente las reliquias, salgo á buscarla.

La encuentro en la cubierta. Infantil y valerosa, delante de su camarote, abierto, entretiene la impaciencia jugando á pasear como pudiera un equilibrista pasear por un ancho balancín. El buque, en efecto, cabecea y se hunde de costado hasta hacer rodar las sillas á las bandas.

--¡Qué noche!--me dice.

--¡Qué noche!--contesto.

Y puesto que sólo con habernos parado los dos nos lanza de costado un balanceo, rehacémonos y buscamos el apoyo de la borda.

¡La «última» vez que habremos de conversar en esta borda, desde la cual han contemplado tantas maravillas nuestros ojos!

Se lo manifiesto así... y sonríe..., y sonrío, sonrío yo... por no ceder á la emoción de llanto que volviérame quizá algo ridículo. Pero sonríen tan tristes las afabilidades de los dos, que nuestras sonrisas no son más que llanto de las almas. Sin embargo, ó por lo mismo, queremos aferrarnos á la frivolidad de lo que está fuera de nosotros.

--Ya no tiene el mar fosforescencias.

--No, Rocío; no tiene más que sombra y confusión.

Según se inclina el buque, nos moja la fina lluvia que el viento arrastra ó nos salpican espumas los montes de agua que estrella el casco á nuestros pies. Va en una monstruosa galopada que nos levanta hasta el cielo y nos sepulta hasta el abismo. Unos ratos parece que se para, que gime vencido por el horror del viento y que va á hundirse de popa; otros, que se precipita de quilla en la cuesta abajo de las simas que abre el vendaval.

Negrura, alrededor: ni hay cielo ni horizontes. Perdidos en la locura infernal de las tinieblas, sólo las ráfagas luminosas de las redondas ventanas del casco enfilan cerca alguna vez las turbias aguas..., turbias cual si hubiese removido la tempestad los limos de su fondo.

--Es decir--corrígese Rocío en lo que antes expresó--¡creo que desde ayer no navegamos por el mar!

--Navegamos por El Plata, por un río...

--Menos limpio, pero ancho como un mar.

--Ni tan ancho que en la otra orilla y en pocas horas más no nos haga encontrar á Buenos Aires.

--¡Oh, sí!

A pesar del intento en contrario, he dado pronto en mi obsesión de lo «que acaba», en mi manía dolorosa de lo «último», que la invade y que la apena.

E insisto:

--El término del _limbo de delicia_. En él empezarán acaso los olvidos.

--¡Los olvidos! ¿De qué?

--De todo. De los recuerdos que cada uno haya de perder al perderse por el mundo.

La oigo suspirar.

--¿No lo cree usted, Rocío?

--¡Oh! Eso será según la intensidad de los recuerdos y el propósito que cada uno ponga en olvidarlos.

Vibra en lo que me dice casi un reproche, no obstante estar viendo mi ansiedad, y, para reasegurarla de mi parte mejor que con palabras, saco su pañuelo.

--Mire. Prenda del propósito de no olvidar con qué nacieron sus recuerdos. Se lo he robado á usted.

Con ligera sorpresa, lo toma de una punta. Yo lo retiro con el jovial temor de que quiera arrebatármelo, y saco y le muestro en la mano la horquilla.

--Mire. ¡La he robado á usted! ¡La he robado á usted!

Sonríe. Sus recónditas alegrías del corazón me devuelven la alegría.

Saco al fin la medalla.

--Mire, mire, Rocío.

A mi ademán de esquivársela tras de habérsela enseñado, responde esta vez más honda su sorpresa:

--¡Oh, mi medalla! ¡Usted la tiene!... ¿Por qué?

--La tengo..., la tengo...--balbuceo mientras ávido lo vuelvo todo al bolsillo--¡porque sí! Me la dió usted para una ciega que no ve sino con los ojos de la fe, sin reparar en que yo no veo sino con mis ojos de codicia. La tengo, Rocío..., porque es de oro y de brillantes... y porque hizo usted mal en comisionarle tal encargo á un hombre á quien no conocía..., á un hombre que bien pudiera resultar un estafador indigno de sus generosas confianzas. La dí á la ciega cien duros y me quedé con la medalla. Sólo me resta pedir á usted perdón... cínicamente, puesto que no pienso devolvérsela.

Se ríe; rápida y sutil, sabe contestarme en igual tono:

--Bien. Entonces... estoy cobrada con exceso; porque no sólo hizo una limosna de cien duros por lo que no me costó ni treinta, sino que además le ha venido usted entregando joyas y tesoros de su alma á una niña á quien tampoco conocía..., á una mujer que... igual pudiese ser una ladrona.

--Verdad es--bromeo, defendiendo de la divina ladrona mi más positivo tesoro con la mano contra el pecho.

--¿Conoce usted, Alvaro--bromea también--nada tan candorosamente ridículo como las fórmulas sociales?... ¡Bah! Dos que no se conocen, otro recién presentado desconocido que los presenta (Lambea, en nuestro caso) y sobra: ¡la amistad!

--¡Entre nosotros, Rocío, la fraternidad, la inmensidad!--comento yo volviendo brusco á lo severo ante la fascinación del talento de la niña--; pero nuestra presentación no la hizo Lambea: la han hecho nuestras almas de profundo modo, y nos conocemos uno al otro mejor aún, tal vez, que á sí propio cada cual. Sea cualquiera, por ejemplo, mi historia, que ya conoce usted, usted me juzga, sin duda, menos miserable que lo que yo mismo me creo.

Nada dice, la que dice siempre más con sus silencios.

Y hay en su purísima belleza una tal exaltación de mártires llantos prontos á correr..., que para no estrecharla en los brazos gritándola que es mía y que nadie de mi ser la arrancará, domo el ímpetu en vagas amarguras, y prosigo:

--Tanta es la virtud de las presentaciones tan raramente realizadas por las almas; tanto nos conocemos, tanto, á pesar del larguísimo pasado que tuvo á las nuestras esperándose, que en vano Buenos Aires las quisiese separar aunque hubieran de apartarse nuestras vidas. Pero ¡ah, Rocío!, ¿no fuese horrendo que con las almas unidas tuviésemos que vivir lejos los dos? ¿No va, acaso, en la misma dirección nuestro camino?

Cedo á la violencia del dolor tomándola una mano para quitársela de la faz, donde espero franca la respuesta, y se crispa, al responder sin esquivarme la franqueza ni la mano:

--Sí, al menos, por lo pronto; usted va también á Buenos Aires. ¿Por qué, pues, Alvaro, lo teme?

--¡Porque le oí anoche al P. Ranelahg brindarle á la futura monja su convento! ¡Porque he temido venir ahora, á despedirme hasta nunca del alma de mi alma!

Beso con lágrimas su mano, largo rato, en el afán de retener á la que querría robarme el sacerdote; ella llora, tornado, sobre la borda, el rostro hacia la otra mano que oprime su pañuelo. Beso luego con besos de dulzuras infinitas sus sienes y su frente..., y ella, al fin, se yergue y se desprende de mi brazo:

--Hasta mañana, Alvaro. Iremos al mismo hotel. Búsquenos para desembarcar.

La he soltado dulcemente ó se ha soltado dulcemente, como se suelta lo que ya es de uno y no puede jamás abandonarle. Me quedo viéndola cruzar, divina y vacilante, al camarote.

Desde él, antes de cerrarlo, me envía otro adiós que adivino en las palabras que borra el huracán.

--¡Hasta mañana!

El viento ruge; el agua hínchase en furia de montañas; el barco gime y bota en su bravo galopar á Buenos Aires: me había olvidado de todo esto, que ya esta noche no hará sino mecer con sus grandezas los ensueños de mi triunfo.

SEGUNDA PARTE

I

Recorremos la ciudad con el encanto de unos ingenuos viajeros complacidos en ir descubriéndola sin guías.

El azar nos cambia sus aspectos.

Recibidos desde el buque Avenida de Mayo adelante por un bulevar lleno de carruajes, de palacios, de una animación completamente europea, fué á la siguiente noche la magna fiesta patriótica que nos aumentó el asombro con el espectáculo de una iluminación de magia, como si Buenos Aires se alumbrara en el opulento incendio de sí mismo. Abierta la Argentina á todos los progresos y en plena y pujante formación, á fuerza de dinero importa á ella cuanto no tiene ni produce de lo más perfecto del mundo: si necesita escuelas, teatros, hospitales, envía una Comisión adonde se encuentren los mejores, y construye lo mejor de lo mejor; si quiere recrearse con los reyes del teatro, contrata, como sucede ahora, á Caruso, á la Paretto y la Guerrero; si desea para un jardín el prodigio de una estatua, le paga á Benlliure otra _Dilecta_, ó á Rodin otro _Penseur_.

Estamos en un país al que nada más le inquieta lo fastuosamente positivo del dinero y las riquezas. Así, al hojear en el Majestic los periódicos, alguien nos informa que sobre el frontispicio del alcázar de uno de ellos hay una sirena que, cada vez que resuena anunciando nuevas trascendentes, rompe en un kilómetro á la redonda los cristales--por lo cual el Municipio le impone al periódico una multa de diez mil pesos, sin perjuicio de que vuelva siempre á tocarla y á pagar; así nos dicen que el Jockey Club es el Círculo más lujoso de la tierra, porque dispone de unos cuantos hipódromos que le rinden millones cada año, y así, al cruzar diariamente la Avenida, los inmensos carteles de las fachadas y las vallas, luciendo también cifras de millones y millones de pesos, nos hablan insolentemente del poderío de un emporio comercial.

Tierras, ganados, tabacos, buques, Bancos, explotaciones, nuevos periódicos que se fundan para anunciar más con las planas á mil pesos... Y pesos, pesos, pesos siempre; fija preocupación en las conversaciones de los que corren las calles al apremio del negocio y en las de los que descansan de los negocios en las terrazas de los cafés preparando otros á copas de vermú.

La grandeza singular de Buenos Aires empezó, pues, anonadándonos un poco; un poco, sí, como hecha para glorificar exclusivamente los prácticos dominios de la vida..., como hecha expresamente para arrojar de ella á dos ilusos soñadores. Huyéndole al tráfago mercantil nos alejábamos del centro y por todas partes nos perdíamos en la infinita y como provinciana calma de unas calles rectas y desesperadoramente iguales, de casas de dos pisos, á kilómetros y kilómetros, cortándose á cuadros con el implacable rigor de un tablero de ajedrez. Habríamos jurado que Buenos Aires no fuese sino una vasta factoría adonde las gentes del mundo entero llegaran de pasada á enriquecerse.

--Mire--solía decirme Rocío al bajar del coche en la acera del Majestic é indicándome el cuadriculado del asfalto--: ¡el plano de la ciudad!

Sin embargo, la recorríamos, la recorríamos buscando al azar dentro y fuera del dédalo geométrico sus remansos de hermosura, y no tardamos en hallarlos: la calle Florida, madrileña carrera de San Jerónimo, llena de joyerías y de bazares, donde pasea á pie la elegante juventud; Palermo, espléndido parque de lagos y de selvas, en el cual desfilan los lujosos trenes que no se ven por otros sitios sino en rara dispersión; el _Palais de Glace_, un magnífico _skaating_, sobre cuyo hielo gustamos Rocío y yo de patinar al ritmo de la orquesta; el río Tigre, en fin, de aguas profundas que surcamos con ligerísimos esquifes y de paisajes soberanos á los cuales nos lleva un tren cruzando interminables campos de _sports_ donde los bonaerenses corren á caballo ó juegan al _tennis_, al _polo_ y al _foot-ball_, en un británico culto á la higiene, todos los domingos.

Así reconciliados con Buenos Aires, fuimos entrando, á través de su grandeza material, en la grandeza generosa y joven de su espíritu. Celebran Rocío y Leopolda la facilidad con que me adapto á la costumbre argentina de guardar los billetes en el bolsillo del pantalón para sacarlos á puñados, arrugados y revueltos; ellas también se van habituando á llevarlos sueltos en las escarcelas, con el pañuelo, el espejito y la caja de polvos, y los tres á la cierta _sorpresa europea_ que al principio nos causaba el verlos pródigamente correr de nuestras manos.

País éste de paradoja, se llama de la Plata, es el de la riqueza y el dinero, á no dudar, y lo único que le falta es la plata, ó lo que es lo mismo, el dinero; lo representan los sucios billetes que nada valen, y todo, en cambio, cuesta un dineral--que tanto menos se regatea cuanto que parece que se paga con viejos papeles inservibles: un paquete de bombones, diez pesos; un par de horas de «taxi», veinte; el hotel, sesenta diarios para ellas y cuarenta para mí..., sin contar los otros cuarenta ó cincuenta á que semanalmente ascienden las gratificaciones repartidas á los camareros del comedor, al camarero y la camarera del cuarto, al portero, á la telefonista, á los ascensoristas...

Pero nuestras _alarmas europeas_ se calman al considerar que un peso equivale á diez reales solamente, y que hasta las clases más modestas, viven confiadas á parecidos rumbos en un medio cuya característica, quizá por desconocer la avaricia del dinero positivo, es la esplendidez que directa emana de la abundancia del trabajo y de las cosas. Noble concepto de una nueva Economía que le explica á Buenos Aires su joven alma generosa.

Se desconoce la tiranía de ahorrar, por lo mismo que el ahorro es fácil y compatible con la cotidiana comodidad de la existencia. La enorme población que al principio tiende á aturdir con los faustos de un París, y que aspira á ser la Nueva York de la América del Sur, es mucho menos todavía; y, sin embargo, con su financierismo propenso á democratizar la riqueza y á desterrar «iniquidades económicas» es ya, acaso, mucho más, aun en medio de la monstruosidad de todo gran conjunto--porque representa la naciente Arcadia donde la Humanidad va afirmando sus decoros. No hay mendigos, no hay ladrones, y se inicia el respeto á la mujer: florearlas en la calle está prohibido bajo multa.

Hasta las propinas las saben aceptar los serviciarios sin el servilismo esclavo de Madrid, sin el servilismo fino de París, donde al que las recibe puede el que las da llamarle «animal» al propio tiempo.

Mandé la otra tarde al chiquillo de un restorán, por un coche, y se excusó de ir porque llovía; acertó á pasar uno, y lo tomó _para él_ el mozo que acababa de servirnos y que ya se retiraba. Asombros, en Rocío y en mí...; asombros sin enojos, en la buena, hacia el hombre independiente que no se juzgó forzado á atenciones con extraños una vez su obligación cumplida, y hacia el discreto muchacho que despreció el peso con que habríamos querido lanzarle á mojarse en nombre nuestro.

--Hacen bien. ¡Oh! ¡Claro!--aplaudió Rocío. Y por castigarse en la intención, llamó al chico y le dió el peso, con pretexto de la vuelta de un periódico.

Asombro como el que en otro orden y en otra tarde nos produjo una especie de rusita elegantemente vestida de pieles y que nos saludaba al cruzar patinando á nuestro lado en el _Palais de Glace_. No la conocíamos. Al día siguiente, la gentil patinadora me despertaba con el desayuno en el hotel, y se reía de mi torpeza: era la francesa doncella de mi cuarto, la que debe de sacar doscientos ó trescientos pesos mensuales.

Cuando se lo referí á Rocío, comentamos el suceso, comprendiendo por primera vez que en algún hotel del mundo haya lindas doncellitas que puedan servir á plena dignidad.

Así, tocadas de blancas cofias, las vemos diligentes, como monjas de una religión noble del trabajo, por los corredores de este entonado Majestic que dijérase que sólo alberga diplomáticos y reinas.

Harto á diferencia que en el buque, nadie se preocupa de nadie; aquí cada cual confínase en su gravedad cortés y en sus relaciones amistosas. Joyas, sedas, escotes esculturales, desfile de lujos en bizarras toaletas de las damas. Apenas Rocío y Leopolda dan una nota de casta sencillez con sus trajes hasta el cuello, y todas miran simpáticamente extasiadas la beldad niña de mi amiga. Creeríamos haber definitivamente dejado el mundo de las frívolas miserias si no fuese porque también, desde el momento de llegar, la charla de las encopetadas familias por las inmediatas mesas del comedor nos sigue acosando con ese crimen de la Montsalvato, que nada nos importa. Impórtale, por lo visto, al orbe entero. Los periódicos mantienen la estúpida obsesión hinchando cablegramas sobre que no era la condesa la aprehendida erróneamente en Nueva York (sin duda lo que Lambea me contó en el mar la última noche) y de que sea tifus ó no lo sea la grave enfermedad que en Roma tiene á Vanschka á punto de morir antes que hubiese de ser afrontado y ahorcado con su cómplice...

¡Oh, el interés mundial que inspiran los científicos empeños y los cuidados exquisitos con que un concurso de doctores obstínase en salvar al pobre diablo! Insiste, insiste y detállalo todo la Prensa en tono sentimental. De día á día relata los análisis de sangre que efectúan los Laboratorios y Academias para encaminar mejor la curación, los desvelos paternales y las frases de ánimo y cariño de los médicos ilustres al enfermo y las tiernas gratitudes de éste..., cual si se tratase de un héroe esperado por la gloria... Y como no puede ser más repugnante la macabra caridad de arrancarle un hombre á la muerte sin otro fin que entregársele al verdugo..., Rocío y yo, leyendo al menos con interés esta incidente monstruosidad social del célebre proceso, sentimos una tristeza que nos hace temblar y nos ahoga.

Siempre la misma desorientada interrogación de sus ojos á mis ojos. ¿Por qué tanta inconsciencia de maldad ha de ser inevitable?

No atinamos á saberlo.

Lo intentamos, y no logramos comprender por qué. A lo sumo venimos á parar á mi vaga adoración de la Naturaleza, que los ciegos hombres no quieren imitar. No habría ferocidades de lobos, suponiéndolos intelectuados, de ese refinamiento que con el manto piadoso congrega á toda una sociedad cristiana contra un sentenciado inerme.

Sufre mucho Rocío, y, arrebatándola los periódicos, la hablo de mis encinas, de corazón menos dura que el de las gentes, y de mis anchos valles de España, donde está eternamente aguardando almas dolorosas un templo humano del Amor... Y entonces, desde el mundo que es igualmente horrible en todas partes, nuestras ansias de ideal vuelan á perderse en los lejanos campos españoles de encinas, de flores, de cielo, de paz.

--Una noche, un lobo...--la cuento, por contarla historias de pastores...

Mas ¡ah!, mi cuento no suele ser sino una cobarde desviación del infinito miedo á acabar de decirla que sólo ella es en aquel templo la esperada..., del íntimo terror de no saber si haya de resultar posible la liberación legal que acaricié con el divorcio y que me hace retrasar todos los días para el siguiente la consulta á un letrado cuyo juicio negativo hubiera de dejarme en miserables desnudeces ante la angélica, tan bravamente entregada siquiera á mi amistad. Canónico y civil mi matrimonio, no admitirá quizá otra anulación que la civil; y... ¿avendríase á un enlace civil, y en tales adversas condiciones la tan hondamente religiosa?... Cuando por las mañanas la veo volver sola de misa, siento mayor angustia que si continuase ella bajo los sutiles catequismos del P. Ranelahg.--«¡Buenos días!»--la digo besándola, la frente, que nunca se me niega (hermana, hermana confiadísima á mi amistad desde los besos del vapor...), y mis besos de ahora me amargan como los de un farsante que pronto hubiese de quedar al descubierto.

Horrenda ya la duda, cierro los ojos á su espanto, me abandono á la espiritual delicia con la hermana, agravando al paso de las horas nuestra falsa situación, y en vano envidio á los pájaros--libres de leyes que no les fuerzan á ser innobles, como muchas veces á los hombres cuando más bajo la amplitud del cielo se querrían ennoblecer.

Pero es el hotel una artística jaula de hierros y cristales, de cinco pisos, con un _hall_ central en el bajo, sobre el que van abriéndose las abarandadas galerías de los demás hasta la diáfana techumbre que se azulea de cielo, y en la tibia claridad de su interior, al menos, Rocío y yo volamos como dos pájaros á todos los rincones.

No sólo por hábitos de la yanqui educación de Rocío, sino también porque las vigilancias de la madre le fueran humillantes á la hija, capaz de guardarse en su propia dignidad, Leopolda, atareada con sus ocupaciones ó rendida con sus nervios, no se inquieta de nosotros.