Sí sé por qué: Novela

Part 10

Chapter 103,937 wordsPublic domain

--¿Recuerdas?... Al embarcar en Cádiz yo era un enfermo de pesares de la vida; un hombre enloquecido por la brutalidad del mundo; un místico visionario de purezas, de ideales, que al huir en las Placer y Eyllin los escarnios del humano amor que él soñó divinizado, te encontró divina..., á ti, niña tan niña que llevabas la inocencia del ángel en los ojos y las trenzas á la espalda. Trece, quince años--supuse yo, que aun ignoro los que cuentas; una madre, dos venerables sacerdotes y una virgen del altar guardaban tus candores. ¡Ah, di, Rocío..., para el pobre ansioso de ideal, para el mísero que con todo su posible sedimento de vilezas venía arrancado del consuelo de una hermana, ¿podrían juntarse en ti misma y alrededor tuyo mejores garantías de la lealtad de su intención?... Como á otra hermana te elegí, por niña, por dulce niña triste, triste como yo y única que, al no jugar con las demás, amaba las soledades donde mi corazón podía rendirte adoraciones que no importaba que nunca conocieses... No sé cuál sucesión de insidias flotantes sobre nosotros pudo hacer que aquel melancólico leal ansioso de castidades infantiles, sin notarlo, sin que acertase al menos á estimar el preciso instante del funesto cambio para haberle opuesto la voluntad que lo evitara, pasase á ser el mortalmente prisionero del alma y de la vida de la niña aquella del vapor; no lo sé, y se me ocultará eternamente incomprensible de no achacarlo á la magia que en la niña, por conjuro ó portento más incomprensible todavía, consumó la transfiguración á la mujer que temblaba hace poco entre mis brazos. ¡Oh, Rocío, Rocío..., á la verdad que si en los amaneceres del mar el genio que iba á operar el prodigio hubiese querido mostrarnos en proyección de porvenir, la niña de trenzas á la espalda no hubiese concebido que fuese ella misma esta mujer dolida que va escuchándole su traición á un miserable!... Mujer: no eras la mujer..., y esa traición del genio que me engañó en la niña, contiene la razón, la única razón de sus traiciones... ¿Recuerdas? Yo no te hablaba de amor; nos hablábamos de almas; nos fundimos en las almas; por ternuras de las almas te besaron mis labios una vez..., y al fuego de tu vida se fundieron en las almas nuestras vidas... ¿Recuerdas?... La mañana dulce, bella..., el negro..., tu desmayo..., mis besos y mi enorme abrazo de piedad... Supe entonces de mi amor y de tu amor y fué tarde para desvelarle á la mujer lo que antes no le hubiese interesado á la chiquilla... Recuérdalo... ¿Lo recuerdas?, ¿lo recuerdas?... A la chiquilla le había contado pocas mañanas más atrás mi pena de una Laura que asesinó mis ilusiones, y ahí estuvo mi culpa ó mi torpeza, que ya debiera quedar inconfesable entre los dos: te mentí; aquella Laura del Carnaval horrible, no era mi novia: era mi mujer, es... mi mujer.

--¡Tu... mujer!

Detiénese, espantada como si la sima de mi infamia hubiérase abierto en el camino.

El faro de un automóvil que nos alcanza y nos pasa lanza nuestras sombras fantásticamente alargadas, á los troncos de los árboles. Su sirena se aleja resonando en lamento clamoroso.

Y los fantasmas volvemos á marchar--un poco oblicuamente ante mí la desdichada que lleva roto el corazón.

Yo la he herido. Con la misma calma de ferocidades sin remedio he de ensancharla las heridas para atenuar en lo posible mi infamia y sus angustias.

--Laura vive; pero Laura murió y está muerta en mi alma--digo, arrancándola lo primero el puñal de que mi anunciado «viaje á España» hubiera de haber sido por Laura que me aguarde--. ¡Nos unió una ley cruel, y nos separó hace muchos años el desprecio! Libre mi vida y mi corazón, y sólo mi nombre esclavo de una ley absurda, en la posibilidad de romper con el divorcio tal absurdo, en este país de libertad á que veníamos, descansó mi conciencia del dolor de la única mentira (¡de la única que te he dicho jamás!) al saber que te adoraba. Mas, ¡oh!, _posibilidad_, no _seguridad_, la mía, escondida en mis tremendas dudas tuvo que permanecer la indecisión de mi esperanza; y no otro tuvo que ser también el secreto que le seguí guardando á la niña, cuya voluntad no se había revelado aún sino en luces de los ojos; no otro el secreto que mi vergüenza le siguió guardando á la mujer enamorada; no otro el secreto que para mí propio he ido guardando día tras día entre el ansia y el horror de que mi consulta á quien pudiera resolverlo en gloria resolviéralo en catástrofe..., y no otro el secreto, en fin, resuelto ya en catástrofe, porque mi divorcio no se puede efectuar en la Argentina y sí nada más en Francia á través de no sé qué dilaciones de obstáculos y años, que, por forzarte á afrontar esos obstáculos, me acaba de impulsar á la traición de encadenarte á ellos y á mí por tu deshonra. Demasiado noble, demasiado pura para mí, á tiempo, afortunadamente, ha podido tu pureza infundirle al ladrón un respeto religioso. Aborrécele; pero concédele tu perdón, tu caridad..., á cambio de este papel que esta mañana recogí y que te patentizará su torpeza más que su vileza.

He sacado el informe. Tal que su llaga un leproso, se lo muestro á la luz de una farola. Lo toma. Detiénese y lo lee con indolencia triste. Me lo devuelve...

Seguimos silenciosamente avanzando al Tigre Hotel, que ya se ve á cien metros.

Nada me ha dicho. Nada que no sea una digna majestad de mártir puedo en ella traducir.

--Rocío--imploro al pisar la escalinata--, ¿qué piensas de mí?

Y como me retardo, un momento gírase hacia mí, solemne:

--Déjame el espacio de esta noche para que lo piense y sepa contestarte.

--¡Oh, Rocío, Rocío! ¡Siquiera tu piedad!

Entramos.

Mantenida en la dignidad de sus decoros, lo explica breve á su madre la tardanza.

Al regresar en el tren, ella no desdeña intervenir melancólicamente alguna vez en la charla á que me fuerzo con Leopolda--la cual, aunque su discreción lo calla y la mía procura distraerla, comprende que algo horriblemente ingrato nos sucede.

IV

La espero en el bar, donde la he esperado tantas veces y adonde ya hoy acaso no vendrá. He dormido en la hipnotización de la sonrisa que substituyó anoche á nuestro beso, y mi vida no es más que la melancolía de una sonrisa. Calma extraña, recogida en la triste compasión de la que al menos no me odia.

El sol tiende por la galería la alfombra de colores con que lo tiñen los cristales. Se halla no lejos la viajera llegada anteayer. La inmóvil, la aislada, la muda de extraña belleza monstruosa. Vestida de blanco, y muy blanca su cara y sus manos exangües, recúbrese de alhajas y tiene el pelo negro y unos ojos inmensos que miran con fijeza sepulcral. Es jorobada y paralítica, esquelética; dos viejas sirvientes condúcenla al sillón, retirándose detrás á sentarse, y ella ha contemplado en las dos pasadas mañanas, con sus ojos inmensos y hermosísimos, la pareja de triunfo que formábamos Rocío y yo ante el sarcasmo de su vida.

Irradia una simpática resignación de mártir, y la envidia con que sigue contemplándome hiere el idéntico sarcasmo de la vida mía, que ella no sospecha. Somos la misma burla de la suerte.

Mas... ¡oh! Acércase Rocío; me lo advierte una leve inmutación de la jibosa, al verla en la escalera.

Me levanto. Viene pálida. Vuelvo á sonreírme como anoche, y en vano tras la serenidad de su piedad pretendo escudriñar lo que acerca de nuestra situación hayan podido concretarla la noche y el insomnio. Acaban de entregarle dos cartas para mí; las leo, mientras el camarero nos sirve.

El ministro brasileño Rego da Silva nos convida á una cena «en que estará también el ilustre dramaturgo español Carlos Victoria», y luego á _Parsifal_; y los Rialta á una excursión campestre, á una _estancia_, mañana, si tenemos libre el día.

--¡Oh!--me limito á lamentar, al darle á Rocío las cartas, cierto de que no querrá exponerse más al ridículo en que la han colocado mis torpezas.

De tal modo he ido en ellas envolviéndola, que así á mi nombre la invitan siempre, con su madre, como si fuésemos una familia cuya representación ostento: como si fuese mi mujer. Y mi gratitud hacia la abnegada que no me quita hoy, al menos, la sensación de la hermana que sola y confiadamente desayuna con su hermano, anticípale consuelos inefables al fallo que irá á decirme el honrado rigor de su conciencia.

--A _Parsifal_--me dice, dejando los pliegos sobre el mármol--iremos, si quieres. Mañana, á la _estancia_, no. ¡Oh, mañana! ¡Habrán ocurrido mañana tantas cosas!

Me estremezco. Indicación al enigma que irá en seguida á descifrarme; pero inútilmente lo espera mi ansiedad.

--¡Cuáles!--No puedo, al fin, por menos de excitarla.

--Aún no las sé. ¡Es tan dulce jugar á la inocencia! Déjame seguir sin querer siquiera pensarlas todo el día y pregúntamelas al salir de _Parsifal_.

Se inclina. Toma el café á cucharaditas. En su sonrisa leo su decisión: habrá resuelto partir mañana de mi lado, en rápida fuga, además, de su falsa posición en Buenos Aires, y desea que hoy sea el último día de nuestra calma en el olvido. No me asiste el derecho de turbarle á la generosa esta mísera ampliación de «su engaño» con impaciencias ni súplicas estériles. La pedía su caridad y me la otorga.

Parecemos dos hermanos á quienes les ha ocurrido una catástrofe de cuyo bochorno no sabrían hablar sin removerse sus angustias, y á la mutua campaña muda le fiamos el consuelo.

Terminado el café, propóneme salir; trata de que distraigamos en las calles la obsesión que, ahondada en reflexiones, se nos hace intolerable, haciéndosenos mortal.

Al poco vagamos por la Avenida, con Leopolda; miramos los escaparates. Entran luego en las tiendas, y algunos de los objetos que adquieren convéncenme de que han salido expresamente á adquirirlos. En una perfumería, Leopolda se surte abundantemente de éteres y sales; en un bazar, Rocío compra un neceser, una pequeña maleta, que habrán de enviarle al Majestic, y en una librería, las _Conferencias_, del P. Félix, _El arte de crecer_, de Augusto Nicolás, y _El mundo de Dios_, de Lepton. Lo inminente se me impone. Propósito terrible el que confirmo. Son los preparativos del viaje que de mí las separará mañana eternamente.

Ni me atrevo á interrogarla, ni debo con lamento alguno reinducirla á explicaciones tan necias como inútiles. Concentrado en mi yerta persuasión, la contemplo--afanoso de fijar cada uno de sus gestos y ademanes; la contemplo cual si, en fuerza de quererlo, pudiera absorberla y guardarla toda dentro de mis ojos.

Novios que hemos llegado casi á ser amantes sin cruzarnos un «te adoro» y sin los infantiles trueques de cintas, de pelo, de flores secas y retratos, no me restará ni la reliquia de su imagen cuando mañana sólo tenga su lejana caridad.

La detengo de pronto, porque la vitrina de un óptico recuérdame mis antiguas aficiones.

--Rocío, el día está espléndido. Paseemos entre flores. ¿Quieres? Compraré un veráscopo y haré durante la tarde cien Rocíos pequeñitas..., cien retratos tuyos para mí.

Compréndeme la angustia en toda su extensión, y accede agradecida.

Entramos. Elijo un veráscopo, al cual proveo de tres almacenes de placas; dejo pagados también, con orden de que me los remitan al hotel, las diapositivas, el revelador, las cubetas, una linterna roja y un estereóscopo.

Tomamos en seguida un automóvil.

Volamos á Palermo.

Pero al cruzar en La Recoleta, frente el _Palais de Glace_, se me ocurre conservar en mis clichés á la gentil patinadora. Mi primera instantánea sorpréndela al bajar del auto con el pie avanzando hacia el estribo.

Media hora. Ella se desliza por el hielo, y yo voy grabando en el veráscopo las graciosas actitudes de sus pies, de sus brazos, de su estatua ágil, á la vez que la sonrisa de su cara dolorosa. ¡Oh, sonrisa que jamás olvidaré! ¡Oh, temblor sagrado el de mis manos, que preparan la vida de mi muerte!... Tiene algo de fúnebremente espantoso, á la verdad, en el desierto _skaating_, este vuelo de la funámbula que por última vez juega rauda á la sonrisa y al amor delante de quien va á perderla para siempre.

Cuando he impresionado muchas placas, quince, veinte, el afán de sentir cerca de mí la vida de alma que sólo en alma tengo desde anoche, me impulsa á ponerme unos patines y á enlazarla y conducirla. Es un rato, un momento nada más; pero un momento de gloria durante el cual la caritativa se abandona á mis brazos como nunca en los _dehors_, y durante el cual nuestras manos se oprimen como hierros.

A la una, estamos en Palermo.

Almorzamos en el restorán del lago, á cuyo borde he hecho otros dos retratos de ella y de un cisne atraído por una golosina de sus dedos (símbolo de Leda para la lumbre del recordar de mi memoria), y tras de impresionar más placas en la mesa de champañas y gardenias á la diáfana luz del recinto de cristal, el antojo de tenerla también en un retrato galantemente bella junto á mí, llévame á instruír á su madre y á rogarla que sea ella quien enfoque y _dispare_ esta vez sobre nosotros.

El resto de la tarde, hasta las cuatro, ya que tenemos que vestirnos para la cena y la ópera, porque empieza á las siete _Parsifal_, lo pasamos en el mismo agrado triste de seguir impresionando placas entre rosas, entre acacias, por los más abandonados rincones de Palermo.

Una camelia de estufa, que compro al paso, cuando regresamos en el auto, es el beso de flor con que pago á la que ya no volverá á darme sus besos.

* * * * *

Llegamos al hotel de Silva. Alta etiqueta en que encajan bien las elegancias de Rocío. Viste un blanco traje de gasa, cuyo cuerpo ciñe delicadamente la elástica opulencia del suyo, hasta la rosada nieve del escote, y luce en el oro del peinado una diadema de perlas. Está Carlos Victoria; en la arrogantísima mujer no reconoce á la niña del buque; por el parecido y por Leopolda, cree, al pronto, que sea _una hermana mayor_.

Nos sentamos los seis comensales á la mesa, regada de pétalos de flores.

Entre la discreta conversación, sírvennos los platos tres criados de media roja, y los vinos un jigantesco abisinio de exótico uniforme.

La señora de Silva es una de las damas más celebradamente hermosas de Buenos Aires; plácela acompañarse de Rocío en los paseos, en los teatros..., porque sabe que si una mujer muy bella es un encanto, dos mujeres muy bellas aumentan de una á otra la beldad y el estupor que esparce su presencia.

* * * * *

En el enorme teatro, un poco cansado el público de las grandezas del lírico banquete sin entreactos (al modo de París), á pesar de las semitinieblas vuelven los gemelos á fijarse en la señora de Silva y en Rocío. Va terminando la ópera.

Semiobscuridad de catedral. Recogimiento y unción de catedral. Mística llamaba á los espíritus por el genial espíritu de Wagner. Cuando niño pasé en las catedrales horas como éstas, entre olor á inciensos, sin noción del tiempo, purificado en beatitud y adorando en los altares á una Virgen. Aquí, la virgen de alma únicamente está siéndolo Rocío.

Como bajo la, voluptuosidad de un día de sol en la primavera de los campos el alma materializada cae á los ojos, á los sentidos, á todo el cuerpo, para no ser sino cuerpo también é ir derramándose en sensual emanación por la Naturaleza inmensa..., bajo la voluptuosidad de los grandes dolores el cuerpo se sutiliza y se funde al alma para no ser también sino alma é ir derramándose en eterna comunión con purezas inmortales que están por encima del mundo.

Mi impresión (y juraría que la de esta Rocío que ha escuchado á Wagner adormecida en mis ojos) es la de estar existiendo en un limbo de cosas irreales..., de cosas que jamás podrán dejar de ser porque nunca hubieran sido. No hay más en nosotros ni en torno nuestro que su piedad y el fondo de dulzor de mi desdicha: su piedad es Wagner, y ha sido la consagración del Graal y esas polifonías armónicas de las brisas de las selvas... He olvidado los hechizos de la carne que vi en la amorosa abandonada, y el ángel y el perdón del ángel nada más están conmigo.

Crisis de mi ser ante ella, ante mí propio y ante todo. Durante la representación, absorto alternativamente por el templo de la escena y por la adoración á la mujer que al robárseme habrá de quedarme siempre en eucaristía de su piedad, he tenido largamente que pensar si no seré yo el equivocado, el equivocado con mis directos é intensos impulsos del vivir, y si no serán los verdaderos hermenéuticos del sentido de la vida éstos que la cercenan y reducen á fórmulas austeras: los Rego da Silva, con sus serias etiquetas, que ahogan la espontaneidad del corazón; los Wagner, que sobre el dolor de los humildes de la tierra pregonan la miseria humana del amor, exaltando el cruel dominio de lo aristocrático y lo heroico: los P. Ranelahg, en fin, predicando la renunciación al mundo en nombre de la gloria. No lo sé; pero no tendrían razón, entonces, las violetas que nacen sólo para el valle. No lo sé, y no lo comprendo. ¡No lo comprendo!

Cae el telón. Aplauden. Ilumínase el teatro.

El público desfila.

Hiéreme en las escalinatas regias y en el _foyer_ de jaspes y columnas lo que en los místicos y heroicos wagnerianos de dentro de la sala vuelve á no ser heroico ni místico al contemplar el paso de la señora da Silva y de Rocío, las dos vivas beldades. Si rugiesen las miradas, irían cruzando las dos entre un rugido de lujuria... ¡Oh, Wagner! Y ésto, en el pórtico del templo.

El automóvil de los Silva nos recoge con ellos y nos lleva volando hacia el hotel. Vuela también el tiempo del limbo de mi dicha que se acaba. El fatídico _mañana_ se acerca con la impasible velocidad de lo espantoso. «Pregúntame, después de _Parsifal_.» ¿Qué irá á decirme Rocío?... Un adiós, quizá un último beso sin inútiles palabras.

Cuando el ascensor nos deja en nuestro piso del hotel, aléjase Leopolda.

Rocío y yo permanecemos torvos frente á frente, sin mirarnos.

«Pregúntame al salir de _Parsifal_»--me dijo.

Me da miedo, un miedo horrible preguntarla, y ella, que lo advierte, anticípase sombría:

--Dentro de medita hora te esperaré; ve á buscarme.

Y rígida, lenta, se aleja. Es una sombra blanca por la luna.

¿Qué se propone?

La he visto muy pálida; no me han mirado sus ojos; no me ha dado siquiera la alianza de su mano..., y la súbita impresión de...

¡Oh!

Con un mundo de confusiones encamínome á mi cuarto.

V

A la media hora, invertida en cambiar por otro mi traje del teatro, cruzo entre el sueño del hotel las galerías. No sé á qué ni dónde voy de mi destino.

Cerrada la puerta del enigma.

Al apoyarme en ella á tranquilizar mi corazón, se abre.

La mano de conjuro que la ha abierto, vuelve á cerrar, sin ruido--y me guía en la obscuridad á otra puerta que cierra también tras de los dos. Avanzo, mientras el negro fantasma que antes era blanco echa la llave, y siento después que se me acerca:

--Tú te crees un miserable; yo, lo soy. Para decírtelo y probártelo te llamo.

--¡Rocío!--suspiro con la pena del dolor de ella por la ruindad de que haya podido contagiarla.

Estamos en su dormitorio, situado salón al medio frente al de su madre, y al fulgor de luna que recogen las vidrieras de un balcón. Las sedas claras del lecho esfúmanse en el fondo. Una mesita sostiene en un vaso mi camelia, junto á dos tazas y un samovar bajo el cual arde el alcohol lívidamente.

Tuerce ella un conmutador, encendiendo un globo azul en el techo, y torna á mí.

--Por si esta noche--me anuncia--es la última que tomamos juntos el té..., ¡ve!, lo preparaba.

«La última». Frase de mis obsesiones; sus labios me la confirman.

Entretiénese poniendo azúcar en las tazas. Está tan pálida, tan sobrenaturalmente transfigurada en su expresión, que la desconozco. Como á Carlos Victoria, me parece una hermana mayor de ella misma que aventajara su belleza por milagro. Si á explicármelo no bastase la emoción que la sofoca, atribuiríalo al negro ropón que la envuelve desde la barba á los pies y al peinado deshecho que descúbrela la frente pana caerla en nudo pesadísimo á la espalda. ¡Ah, sí; yo la había visto siempre con los bandós de oro arcangélicamente pegador á las sienes!

--Mira--vuelve á decir, con su voz y su sonrisa apagadas y siniestras--. El té tendrá esta noche algo de mis gustos de chiquilla. Las monjas de Nueva Orleáns lo hacían así. ¿Te gustará? Clavo, canela y cáscara de limón cocidos con la leche.

Me sobrecoge una trágica impresión. Completamente desconcertado, hallo raro que para nuestro adiós me reserve tal dedicación de sus gustos infantiles.--Vierte té en el samovar. Ante la dificultad de sus movimientos en el abrigo forrado interiormente de pieles, que asoman á los bordes y que pesadísimamente la maniata, quiero adivinar qué ropas sean las que debajo me oculte..., de viajera ó de sencilla penitente que quizá al amanecer y con su madre haya de ir á confiarse al P. Ranelahg.

Tibia, calurosa la habitación, lo que la extenuada pretende abrigar no puede ser sino lo yerto de su alma. El neceser, la maleta y los libros santos que hoy compró espárcense, los unos, aquí, al lado nuestro, en la mesita, y los otros, en un rincón, como atestados de lo preciso para un viaje.

¿Adonde el viaje..., á la tierra por la tierra... ó al convento?

Da lo mismo. A las eternidades de mi ausencia. No dudo más que no se la alumbrará á mis ojos el sol del nuevo día. Tal vez su madre, que sabe sus purezas, no ignore que ella me despide hermana y celeste como nunca en esta noche.

Mas... ¿á qué, entonces, guardarse la angélica conmigo tras de llaves y misterios?... La veo apagar el alcohol, dejando que el té se repose; veo además en la mesa un paquete encintado y lacrado que dice: «Para él»...; un extraño paquete que irá á abrir y á leerme..., testamento de la lúgubre que me esconde en el secreto profundo de la noche por mostrarme únicamente el mimo de agonía de sus sonrisas..., y..., ¡sí, sí!, mirando como una redención las tazas, vuelve á cruzarme la sospecha del veneno. ¿Fuesen tan heroicos su amor y su piedad que deseasen...? ¡Oh! ¡Cómo yo sabría morir en la delicia del último aliento de su ser!

Abrúmame á una silla la delicia. No cesa Rocío de observar mi ansia hacia el «testamento» de su amor, y rodeando la mesa acércaseme de nuevo y me dice, tal que á un niño torpe y terco:

--Durante mucho tiempo has sufrido la inquietud de averiguar lo que yo escribía, cuando por escribir te me hurtaba algunas horas. Ahí lo tienes. Eso. A ti.

De un gesto contiene mi impulso de tomarlo.

--No. Aun no. Mañana no estaré en Buenos Aires. Lo abres entonces; lo lees. Dentro encontrarás la indicación de cómo y dónde mi alma, al menos, queda esperándote siempre.

Es su sentencia. Al escuchársela expresa, por fin, me recorre un calofrío.

Está á un paso de mí.

Tras una pausa en que, alto su rostro, alumbra bien el globo del techo la lívida expresión de su amargura, me pregunta, mesándose atrás el cabello con un rápido movimiento de las manos:

--¿Cuántos años crees que tengo?

En vano para inquirirlo acentúola mi atención.

--No lo sé--tengo que responderla.

Y es cierto que no lo sé ni puedo saberlo, porque hay un grado de intensidad de la belleza, cuando llega hasta el prodigio, que triunfa de la edad. Nadie piensa en los años de la juventud perenne de una estatua.

--¿Cuántos años--varíame su insistencia--crees que tenía la niña aquella del vapor?

--Quince--me es ahora más fácil contestar.

Sonríese amargamente.

--Bien, sí, ven. Vas á ver las joyas _de la niña_.