Sí sé por qué: Novela

Part 11

Chapter 114,007 wordsPublic domain

Diríjese á un armario; la sigo. Lo abre. Percibo la finísima esencia de las blancas ropas, según ella las remueve buscando un cofrecito. Arrodillada, empieza á sacar de él medallas, cruces, rosarios de oro y pedrería. Por un extremo, de sus ropas adviértola de improviso los dedos de un pie, que ella en seguida esconde..., y... ¡oh!..., veo que está descalza..., descalza!...; lo cual compruébame horriblemente que descalza piensa ir en humildad de penitencia á su convento. Sigue mostrándome alhajas. Conságrale á la tarea tal calma, que yo sonrío de etérea gratitud imaginando que en la monja de mañana, en la divina muerta para mí, sea ello el elegido juego de inocencia con que piensa entretenerme el resto de la noche.

Pronto, sin embargo, me aturde la sucesión de cosas profanas que va enseñándome, impropias de una niña: anillos con brillantes y esmeraldas de altísimo valor; collares de gruesas perlas; pulseras y solitarios de fausto regio; dos broches de liga, también con diamantes y zafiros... Tantas joyas, que constituyen un caudal. Las voy mirando y devolviéndoselas. Ella ha caído sentada á la alfombra, y me muestra luego de una vez las que quedan en el cofre...; vuelve á guardar á puñados desdeñosos las del suelo, y al alzarse, últimamente, e invitarme á las butacas de cerca del balcón, ya no sé impedirme sospechar que no haya puesto Rocío en lo que ha hecho algo más que un juego de chiquilla.

La incongruencia vibra en mí, en, tanto ella, después de servir las tazas, me entrega una y va con la otra á ocupar la anchísima butaca de enfrente. O son esas joyas de su madre ó algo muy singular significaría que hubieran sido de la propiedad y el uso de una niña de quince años, de la colegiala de Nueva Orleáns, del ángel del _Victoria Eugenia_.

Domino mi curiosidad--puesto que la enigmática parece ir siguiendo en todo un plan preconcebido. Bebo, bebo el té, y lo cierto es que, si es veneno, me sabe á veneno de la gloria; mas no beben ni dan las envenenadoras de amor sus venenos, en verdad, con esta distraída displicencia de atención, puesta en otras cosas, con que va tomándolo Rocío.

Por no espiarla más en mi constante fracaso de supuestos, de torpezas, vuelvo á mirar la habitación. Lujo y buen gusto de un hotel, en cuanto cabe. La alfombra y los muros son pálidamente verdes; el lecho, de caoba, y bronce, tiende sobre los almohadones el damasco verde agua de la colcha...

--Alvaro--interrumpe Rocío mi observación--, ¿me has querido mucho?

--¡Oh!--me hace contestarla la sorpresa de oirla así--; y... ¿por qué _haberte querido_? ¿Por qué no preguntármelo en presente?

Vuelve humilde á sonreír. Nota que he terminado el té, y corto su intención de levantarse á recoger mi taza, yendo por la suya. Las dejo en la mesa.

--Alvaro--óigola de lejos añadir, divagadora--; nunca nos hemos hablado como novios. Sería bien que, al dejar de serlo y para dejar de serlo, esta noche me permitieras preguntarte todas esas menudas y bellas cosas que los novios se preguntan.

La baña la luna--novia excéntrica, toda envuelta en la negrura del abrigo. Paréceme grato, si ha de hablarme como novia de un ensueño, poder mirarla y escucharla al fulgor de ensueño de la luna..., y pidiéndola permiso, acércome á la llave de la luz, la apago y vuelvo á mi butaca.

Ya es de ensueño la intangible. Recostada en la honda concha del alto respaldar, creyérase que duerme. Sobre el denso luto de su cuerpo, la luna realza blancas las abandonadas manos y la faz con clarores diáfanos de alma.

--¿Me quieres mucho?--interrógame esta vez.

--Sí--contesto--; pero la frase le es pobre á la sencillez de tu grandeza. Te amo mucho.

--Explícame la diferencia de una y otra cosa. Explícame lo que para ti mi amor significaba.

--La diferencia está... en que amar es más que querer, y más que adorar, y más que apasionarse, ya que todo esto implica solamente insensatez ó ceguedad, efímera locura. Te amo con el amor de la Vida, con el que no es sino la mayor necesidad de perfecciones de la vida; con el que no es al mismo tiempo, acaso, sino una forma de la gravitación universal, y con el que resume, pues, las humanas simpatías más altas: porque compendia las ternuras de la madre, las noblezas de la hermana, la serenidad de la amistad y las atracciones del instinto. Por este amor buscaba la miseria mía sus redenciones en tu inteligencia como amiga, en tus delicadezas como madre y como hermana, y en la divina sensualidad de tu belleza como amante. Sólo él hubiese hecho florecer mi alma de ocioso enfermo á una existencia de ventura y de trabajo bello consagrada á ti, á mí y á los demás..., y sin él volveré á ser el infinitamente desdichado en un mundo de odios donde no encuentra un poco de amor el corazón. Así te amo.

Desde la sombra que me protege he ido siguiendo á la luz de la luna, que llena el severo rostro de Rocío, su expansión de dicha dolorosa.

--Y di, Alvaro, ¿me juzgas digna de ti? ¿Quieres decirme qué cualidades mías te hayan hecho creerme digna de tu amor?

--¡Todas! Tu bondad, tu belleza, tu talento, tus noblezas, tus purezas, tu candor.

Dóblase al brazo de la butaca, como agobiada de bochorno.

--¡Tu candor!--reafirmo, adivinándola el recuerdo de su abandono de anteayer--. ¡Tu candor, por encima de ridículos pudores!

Mi enérgica persuasión no logra más que incorporarla retorcida en sus angustias; tornando á caer hacia el respaldo, me pide:

--Si quieres jurarme que crees en mi bondad, en mis noblezas, en cuanto sabes de mi alma, como creo yo en cuanto sé de la tuya á pesar de lo que ignoraba de tu vida; si quieres jurarme que, á pesar de lo que también tú de mi vida desconoces, creerás en todo aquéllo..., mi alma, sintiéndose tal vez rendir justicia, se lo agradecerá á tu compasión; pero... ¡oh!, no existen mis purezas.

Tiemblo de admiración hacia la tan pura que sin duda se obstina en acusarse porque besó de amor mis labios, porque viéronla mis ojos entregada en el amor, y juro con la mano sobre el pecho:

--Creo en tu alma y en tu vida y tus purezas; ¡en toda tú!

Pero sigue moviendo la cabeza en desesperación desfallecida que parece rechazar la amplitud que la concedo.

--Me basta--díceme después con la insensata calma de un delirio--tu sinceridad con respecto á lo que yo la conjuraba. Ahora, escúchame. Siempre he sido yo la que ha oído con el dificilísimo silencio del mentir de mi silencio la verdad de tus palabras, sombreadas, sin que yo lo viese, de mentira, y te toca á ti, por fin, escuchar en silencio la mentira de las purezas mías que voy á descubrirte. El propósito, ¡nótalo bien!, no es improvisado de esta noche ni suscitado siquiera por la franqueza que tú llamaste tus _miserias y traiciones de ladrón_. También yo era una _ladrona que iba entrando de puntillas en tu alma_..., y en esos papeles, escritos para ti, y escritos con tanto más dolor cuando más lealmente franco te juzgaba, está la confesión que ya puedo entregarte con menos repugnancia de mí misma.

Se ahoga. Recóbrase un instante.

--Como tú, lanzada por grandes crueldades del mundo á aquel buque en que la fatalidad quiso juntarnos; como tú y más que tú envilecida é impura, y con un afán tan grande como el tuyo de noblezas en que descansasen mis tormentos, tu alma de martirizado solitario, que á su vez buscábase un consuelo de ideal en la simple contemplación de la máscara de inocencias de una niña, hizo que la infortunadísima mujer oculta dentro de la niña, por primera vez admirada noblemente, quisiera descubrirte todos los infantilismos del alma suya á que nadie jamás habíale concedido aprecio en las brutas ambiciones á su carne. Amigos, hermanos pronto, me entregaste tus pesares; y como los dos nos reconocimos al fin enfermos de muerte en la misma ansia de piedad, tú, que falto de fe en el cielo caminabas á la nada en la tierra, sin querer hacerme daño con tu amor te fuiste enamorando de mi pena; y yo, que no con toda la fe necesaria llevaba el horror de mi desdicha al olvido de un convento, sin querer, sin querer tampoco hacerte daño con mi amor, me fuí enamorando de tus penas, de tu amor, de tu piedad. Cada uno sabíase un miserable; pero un miserable redimido en el pesar de su conciencia y humanamente salvado en el «imposible amor de traición» al otro; y la lástima es que á ambos nos faltase en tantos días, en tantos días, y sobre todo en aquéllos tan diáfanos del mar, el valor de confesarnos mutuamente miserables--para no haber tenido que llegar á la misma confesión en estas noches, tras un calvario de vergüenza. Sin embargo, has sido el primero en la lealtad, y tal vez el no haberlo sido yo haga á mi tardía confesión inútil para redimir en tus caridades á quien, como tú, y más que tú, porque tú en Madrid tienes una hermana, sin ti habría de seguir su triste camino sola por el mundo.

--¡Rocío! ¡Tienes á tu madre!

Marca un silencio, y gime abandonándose á una mano:

--Leopolda... no es mi madre.

--¡Cómo!! Que... ¿Leopolda...?

--No es nada de mí.

¡Ah!

Enorme lo que afirma.

La contemplo; la contemplo.

Empiezo á temer que su tortura no sea únicamente la de la cándida novia que me hubiese abandonado sus candores.

¿Por qué me ha mostrado sus joyas? ¿Por qué me acaba de hablar de _brutas ambiciones á su carne_?

Inmensa mi confusión.

--Como tú, también--continúa, advirtiéndola--, igual que tú de mi alma, guardo palabras de tu alma que pudieran servirle á mi perdón; que pueden servirle al menos de disculpa á la tenacidad de mi amor, si en la vil hubieses al fin de despreciarlo. ¿Recuerdas?... De Laura me dijiste: «Era bella, dulce, noble; mas era al mismo tiempo demasiado pura, demasiado niña; manchado de todas las vilezas, hubiese cambiado á aquella niña por otra con alma de santa que asimismo, al ser buena de nuevo, hubiese sido, sin quererlo, incluso infame..., porque _sólo pueden saber de las ternuras infinitas las mártires del dolor y de lo horrendo_». Esto te escuché una vez allá en el mar, y no puedes figurarte, Alvaro, la alegría (¡tú la tomaste por el horror de una inocente!) que sintió la que no era sino «una mártir del dolor y de lo horrendo», y que ahora te pregunta: ¿lo repites para mí?

Quedan fijos en avidez sus ojos claros.

Su alma me está expresando tantas cosas de ignominia y de martirio, que una súbita y terrible conexión de aquel ángel del vapor que todo lo entendía y que no se azoraba de mis besos, de esta alusión á las _brutas ambiciones á su carne_, de estas joyas y de esta madre que no lo es..., fuérzame á pensar en no sé qué precoz prostitución involuntaria de la cual la mártir, la mártir inocente, vendría de Europa huyendo con su máscara de niña.

Por un instante, mi contemplación cobra los asombros de toda mi torpeza y de toda mi piedad ante la víctima adorada y desdichada.

Y, erguido en la butaca, exclamo:

--Creo en ti, purísima, á pesar de tus posibles impurezas, y más cuanto más grande tu impureza hubiese sido. ¡Te lo juro por la sombra de mi madre!

--¡Oh, no!--vuelve á rechazar en sobresalto que no estórbale á su faz los destellos de un gozo como infernal, como excelso, y empezando lenta á desabrocharse las trabas del abrigo, tal que si el calor la sofocara--. Para perdonar ó creer, espera á conocer lo que ese escrito te dirá. Por lo pronto bástame saber que no dudas de las lealtades de mi alma, que no odias á aquella niña de inocencia que no fué nunca de inocencia junto á ti, siquiera mientras no llegues á abominar toda la infamia que te me puede hacer abominable... y que... siendo yo la que _puede conocer todas las ternuras infinitas, porque sufrí toda la infamia_, te adora mi alma como no adoró jamás una mujer, infame ó pura, hasta ansiar darte esta noche la caricia entera de su ser en su pobre cuerpo ultrajado por el mundo.

--¡Rocío!!--no puedo reprimirme de gemir en la doble sorpresa de cuanto le brinda á mi afán y de cuanto á mi fe, aunque para otra fe, le está robando.

Sin levantarse, su ademán es el de ir á despojarse de ropas, en una lánguida y firme lentitud de las manos que iguala á la con que sigue modulando sus palabras.

--En esta noche, sí, tuya; Rocío, aún, unas horas, toda para ti: ignota enamorada de misterio entre tus brazos, de la cual desconoces hasta el nombre de triste celebridad que yo propia te he oído pronunciar con odio. Y mañana, cuando yo no esté, cuando te hayan dicho quién soy esos papeles, me buscas de nuevo y me perdonas ó escupes mi memoria y me maldices: no habría en mi castigo ni una queja.

Ante mi estupor, saca de las mangas los hombros y los brazos desnudos.

--La mártir de lo horrible, en tanto, te ofrece su vida vil, sin pudores, sin sonrojos, según tú la querías..., santificada cuanto es posible por su alma y por tu alma.

Abre el abrigo pesadísimo. Lo aparta á uno y otro lado... Sobre las negras pieles del forro queda absolutamente desnuda.

¡Oh!

Mi impresión es de hechicería.

El hechizo, el prodigio, el portento de beldad me deja extático.

No he acertado sino á sobrecogerme con la sagrada veneración que impondría una diosa.

Bórrame en un momento toda noción de impurezas del mundo su resplandor de purezas del cielo, y ella, mostrada así, sólo me esquiva al fin su emoción reclinando contra el respaldo la cabeza caída hacia una mano que ocúltala los ojos.

Tiene la otra mano fuera de la butaca, tendida á mí, tal que una flor de nieve. Un seno que altivo le proyecta sombra de valle de rosa á aquél bajo el cual late el corazón, estremécese en la altura á los apasionados sollozos del pecho como una paloma sorprendida. Ánfora de nácares la de su busto, la de su talle, la de sus muslos unidos, cuya dulce esplendidez me explica que hundiéranse al estribo los coches cuando los pisaba el breve pie de la hermosísima criatura. Y es tan casta su olímpica desnudez, que apenas si la luna tiene que recatarla en la penumbra el rincón que en el regazo la forma rizoso y leve broche de divina humanidad.

¡Oh! ¡La bruja de mi asombro!

¡El traje de alma que escondíame la penitente del amor!

Calladamente, como quien pudiera ahuyentar al hada de un ensueño, me levanto y voy á sentarme en el brazo de la butaca, rodeándole el mío por el áureo tesoro de su pelo á la divina.

--¿Quién eres?--la pregunto.

Se refugia en mí--de una convulsión. No me contesta.

--Quién eres lo sé mejor que tú; largamente ha ido diciéndomelo tu alma, y me lo ha dicho de tal modo, que ni el temor me queda de que te lo impida ser lo que hayas sido. Pero porque lo sé, porque en tu tormento de indignidad eres la digna de mí, es preciso que tú, la valerosa, la leal, al ser mía, y para que yo recoja á un tiempo y para siempre en tu vida entera tu amor y tus dolores, arrostres la lealtad y el valor de decirme lo que fuiste. ¡Ya ves, si no, Rocío que ni Rocío te llamas, cómo la mentira de ese bello nombre suspirado por los besos de mi alma en nuestro amor, mancharíalo de mentira!... Dime el tuyo.

--¡Ah!

Otra convulsión recógela más contra mi hombro.

--Dilo. Lo exige la fe suprema que en cada uno no nos haga desconfiar de la del otro; la previa y noble firmeza de la conciencia de los dos, sin la cual esto no significaría más que un término de farsa en el juego de la farsa. Y puesto que él sólo bastaría, según me has anunciado, á revelarme lo que fuiste, aunque de haberlo sido tu escrito mañana te sincere..., y puesto que ya tus joyas, también, y esa madre falsa me han revelado lo bastante..., dímelo, dímelo, pronúncialo, ¡tu nombre! ¡Ah, pobre ángel mío!... Contra tu voluntad y tu inocencia pudo ser el de una famosa vendedora de inocencia y de caricias. ¿Verdad?

Repentina, apártala de mi pecho un nuevo espasmo.

Una señorial dignidad hácela ocultarse instintiva el regazo con el vuelo del abrigo.

--¡No!--protesta luego, solemne y lenta--. ¡No he sido jamás lo que sospechas!... Más infame, menos vil. Habría preferido que, si has de maldecirme; no me maldijeses hasta que yo no pudiese oír tu maldición; pero te obstinas; tienes razón, además, y... sabrás mi nombre, ¡Oh, mi nombre!

Se gira á mí, pleno el rostro á la luna; vuelve á echarse y á ahuecarse el pelo hacia atrás con ambas manos.

--Mírame bien, Alvaro: aun antes de conocernos, tu repugnancia y tu desprecio estaban hartos de verme retratada en los periódicos... entre el escándalo de un crimen... ¿No me recuerdas?

¡De... un crimen! ¡Ah!

En las transfiguraciones, en las sorpresas, en los asombros que la hermética del misterio me guardaba, éste es el más horrible y el último. Estoy contemplándola, esclavo de la fija voluntad con que excita mi memoria, y adquiere su belleza soberana algo de fatídico. Surge su busto como el de una esfinge de marfil de las negras pieles que la frisan la cadera, y la luna alumbra por igual el vello negro en sus axilas y el rubio pelo en su cabeza sujeta por las manos.

--¿No me recuerdas? ¿No me recuerdas?--persiste, trágica, advirtiendo mi atención á su cabello y sus axilas--. ¡Claros mis ojos, que no pude transformar; hueco, así, pero negro también, y no rubio, mi peinado!... ¿No me recuerdas?... ¡Oh, has mirado tantas veces mi retrato en los periódicos, conmigo misma, junto á mí, y te he oído despreciar mi propio nombre tantas veces!...

Tremenda insinuación. Mis torpezas se rasgan.

--¡Tu nombre!--exclamo--. ¿Tú?... ¿Tú eres... tú te llamas...?

Y como me paraliza el terror, ella deja caer los brazos, dobla la frente y termina:

--¡Sí..., la condesa de Montsalvato!!

Repelida de la que ha dicho este nombre, sepárase mi mano tal que de una víbora.

Lo más aparte que puedo, desde el brazo del sillón, la contemplo; ella, en rechazo de mi huída recogida de improviso también al otro lado, fulge sobre la espantada torva su halo siniestro del crimen...

La contemplo, la contemplo sombría toda y envuelta la cara en la blancura misma de sus brazos, monstruo increíble, y miro alrededor de la estancia cual si en un rincón de sus tinieblas estuviese un hombre estrangulado y el tétrico asesino Wanska tras de mí.

Demasiado espantosamente comprendo ahora el descuido de la extraña _madre_ para aquella niña del vapor..., para esta mundana mujer en que pudo transformarse la niña en Buenos Aires..., para esta inicua disfrazada de rubio arcángel en los altares de la Virgen, y en mi corazón de enamorada candorosa...

Mas... ¡oh!... Llora... Veo que el forzado silencio de las lágrimas recórrela la espalda en congoja de sollozos que la ahogan, que la matan, y su desconsuelo ata, las repulsiones que impúlsanme á escapar.

Llora. Llora.

La súbita cobardía de mis nervios disípase dejándome en no menos súbita reacción de angustiosas reflexiones.

Transpira alma su dolor, alma á cuyos fosfóreos resplandores recobro amarga y plena la serenidad de la conciencia. El muerto y el asesino se funden y flotan en sombra sobre mí y sobre la que no es más que una víctima inocente..., sobre la que pudo para mí mismo seguir siendo siempre la Rocío de su mentira impenetrable y por la sola noble voluntad de su lealtad deja de serlo..., sobre la que es _la mártir calumniada y santa que sabe todas las ternuras infinitas porque, sin ser infame, sufrió todas las infamias_.

Inocente, sí, inocente; inmensamente infortunada. Y así, absolviéndola allá en Roma, lo habría de haber reconocido el Tribunal de la justicia, y en el mundo entero el tribunal de la opinión, para que, ¡ah!, por el delito de su generosidad y de su amor, por el delito de haber sabido ser ángel de perdón á mis vilezas efectivas, ciegas la condenasen mis vilezas.

Me inclino á ella, la atraigo con la dulce y casi brutal violencia del enorme pesar del corazón mío por haber podido abominarla ni un minuto, y con la emoción de sus bellezas sagradas, excelsas, beso su frente, beso su pecho, uno mi boca á su boca.

Cuando la he infundido fervores absolutos, la alzo, medio envuelta en las pieles, y la llevo contra mí hacia el lecho nupcial que ella ha sabido delicadamente prepararle á nuestra vida.

--¡Rocío! ¡Esposa, perdóname!... ¡Juro por ti, lo más alto sobre que ya sabré jurar, que aunque pudiese no te libraría de las infamias que volviéronte mi Ensueño...! Seas quien hayas sido para los demás, para mí eres el Amor, eres la Amada, eres y serás siempre la Mujer, la criatura de Dios, el Ángel que no habría podido ser tan ángel sin las feroces crueldades de la tierra. Nunca cuando yo te hablaba de lo horrible, pude imaginar que me escuchase quien lo había sufrido de tal modo. Nuestra noche triunfal hará que olvidemos el pasado, y Rocío de nombre y alma siempre quedarás para mi alma...

VI

«NOTAS DE LA EX CONDESA DE MONTSALVATO»

Nací en Veracruz hace veintidós años. Cesárea Fernanda, por nombre de pila. Mi padre era de origen español; mi madre, norteamericana. Le debo á él mis cabellos negros y el fondo meridionalmente apasionado de mi corazón, y á ella mis ojos claros y la fe serena de mi espíritu.

Se deslizó mi infancia en la dulzura de un hogar donde no recuerdo que mis padres trataran casi á nadie. Ídolo de los dos y muñeca de las inteligentes adoraciones de mi madre, ella me adornaba y me vestía, ella me mimaba, ella exclusivamente me educaba y con ella aprendí los domésticos cuidados y los idiomas y las cuentas que, desde bien niña, permitiéronme ayudarla en su dirección de la correspondencia comercial y de los libros de negocios. Nos acostábamos á las diez, nos levantábamos al alba; juntas, rezábamos en nuestro cuarto de baño, mirando el cielo del jardín, y juntas íbamos á la iglesia los domingos y luego á ver el mar--á cuyo opuesto lado estaba mi padre con frecuencia.

El mundo figurábaseme una cosa tan vasta y limpia como el mar, tan limpia y noble como mi casa, multiplicación de mi casa misma en un edén abierto á los espacios y en el que el dolor y la maldad nunca hubiéranse excitado. Gentil ilusión infundida en la niña por quien, creyendo poder siempre ampararla con su amor, iba abriéndola el alma á los bellos agrados de Dios y de la vida, sin entenebrecérsela siquiera con esos terrores de los cuentos de ladrones y fantasmas que todas las madres les cuentan á sus hijos. Así, á los doce años tuvo que ser enorme y como absurda la primera conmoción del dolor en mi sorpresa con la muerte de mi madre.

Golpe fatal para todos. Mi padre debía continuar sus viajes á Roma, á Nueva York, á Nueva Orleáns, y, á medio formar mi educación, no quiso confiarme á la antigua sirviente que tuvo que encargarse de la casa. No habiendo buenos colegios en Veracruz, me llevó á uno de Nueva Orleáns, ciudad por él muy frecuentada; y sus presencias allí, aunque breves, y sus cartas, fueron mi consuelo. Cartas en que el dolido amor del ausente mitigaba cada día un nuevo dolor de mi inocencia. Aunque de niña, era ya aquello el mundo de la realidad, que me iba hiriendo á alfilerazos; y hasta que me habitué, hasta que aprendí á ahorrarle la fatiga de mis quejas á mi padre, sus cartas tuvieron que ser algo así como las de un ideal enamorado que quería guardar mi alma para él, aterrándola con la verdad, y aun tal vez la exageración, de las crueldades de la vida. Mi dolor se refugiaba en su recuerdo, en el cariño de las monjas y en el altar de una Virgen; pero á la luz de las estrellas, en la majestad de las noches, evocando á mi madre, lloraba de no poder amar amplia y candorosamente la vida, como ella me enseñó.