Sí sé por qué: Novela

Part 12

Chapter 123,792 wordsPublic domain

A los diez y seis años dejé el colegio. Mujer ya vestida de mujer, me consagré á aquel padre infeliz cuya viudez le había minado la salud y en cuyos ojos leía yo su miedo de morir y dejarme abandonada. Más de una vez, en los viajes á que me llevó y en sus esfuerzos por hacerme frecuentar en Nueva York la sociedad, vislumbré sus ansias de encontrarme un digno marido; rica, no habría sido difícil; pero mi ambición cifrábase en continuar la humilde vida á que habíame acostumbrado la reclusión de mi niñez y la reclusión de mi convento. Para aguardarle en las ausencias, me bastaba Ana Leopolda, la sirviente--leal, buenísima, viuda de un torrero de faros holandés, y que había puesto en mí el cariño de una hija (Rocío) que perdió también cuando pequeña. La llamábamos Popó por familiar abreviación.

Los negocios de mi padre consistían en la importación y exportación de caucho, algodón, maderas, café y petróleo. Su corresponsal más importante era el marqués de Scoppa, linajudo prócer italiano, cuyo hijo, el conde de Montsalvato, completábase la educación mercantil viajando por América; llegado éste á Veracruz, fué acogido cordialmente en nuestra casa.

Era un joven guapo y elegantísimo, de una corrección irreprochable. Su anunciada estancia de tres días, dedicada á visitar los almacenes y centros productores, se dilató á casi un mes. Yo parecía haberle impresionado desde luego; pero supo mantenerse discreto para no requerirme de sentimiento alguno que no fuese la amistad. Debo confesar que me halagó su conducta, tanto como su arrogantísima figura, impregnada de cierta melancolía y dulzura principescas, y que correspondí á las cartas y postales que durante todo el invierno me envió desde Nueva York y Filadelfia.

Inesperadamente volvió á presentarse en Veracruz y le solicitó á mi padre mi mano, manifestándole el deseo de efectuar la boda (para lo cual se había provisto de los necesarios documentos y permisos familiares) con tal celeridad, que yo hubiera de seguirle inmediatamente á Europa. Mucho aturdió á mi padre la sorpresa, y no menos hubo de aturdirme y casi desagradarme á mí; porque por lo mismo que en mis vagos sueños pudo haber entrado la no imposibilidad de ver á través del tiempo trocada en más que de amistad aquella cortés correspondencia, heríame que el hombre delicado aspirase á la brusca adquisición de mi cariño al modo de la de una cosa comercial. Sin embargo, él, con su acento comedido, me explicó tal vehemencia achacándola á la del amor que sentía por mí y á la dignidad que le vedó descubrírmelo, como huésped de mi casa; mi padre, por otra parte, conocedor de la honorabilidad del marqués de Scoppa, no encontraba reprochable en la conducta del hijo más que, si acaso, su excesiva cortesía, su excesiva corrección--y acabó por vencer mi resistencia en su afán de situarme con un hombre distinguido y laborioso. La pena de nuestra separación quedaba compensada para el pobre enfermo que no lo parecía, para el pobre enfermo del corazón, más grave de lo que yo imaginaba en su complexión aparentemente fuerte, con la circunstancia de ser Roma una de las ciudades adonde le llevaban cada dos ó tres meses sus negocios.

* * * * *

A la boda concurrió el marqués, cuyas bondades me encantaron. Durante los preparativos de ella, creí también confirmar en todo la excelente educación del conde: sus maneras selectas; su ilustración, que le permitía opinar con breve seguridad en no importaba qué cuestiones; la sensibilidad de su alma á la moderna, liberada de aristocráticos prejuicios é inclinada á amar lo dulce, lo modesto, lo sencillo.

Vuelto á Roma el marqués, partimos para Nueva York los recién casados.

Luna de miel harto extraña, por su misma violencia pasional y por ciertos hábitos y rasgos de carácter que en la intimidad le fué descubriendo á Guido. Aficionado á los licores y al éter, con los cuales exaltábase su fondo de indolencia taciturna á una vida artificial, inyectábase después morfina ó absorbía grandes dosis de cloral para calmarse la excitación de los insomnios. Irritable en demasía, todo lo hallaba ridículo ó ingrato: los museos, los enormes edificios, la fastuosa insolencia de los grandes potentados que solíamos ver en la ópera. Como potentados, sin embargo, él nos había instado en el mejor alojamiento del mejor hotel, y por la menor cosa trataba á los criados con dureza. Sólo á mí envolvíame en atenciones excesivas, como á una niña que necesitase protección y guía á cada instante: al pasar una puerta jamás dejaba de adelantarse á abrirla por su mano, no olvidaba ofrecerme el brazo al bajar una escalera, y temía que en la calle me atropellasen los coches ó que en las tiendas me engañasen, si no intervenía él con su elección, acerca de la finura y el _buen gusto_ de un dijecillo, de un abanico, de un sombrero que compraba. Incongruente siempre, llevábame á media noche á cenar en los restoranes de cocotas, y me contaba cuentos é historietas de inocencia encantadora..., en tanto una tras otra iba apurando copas de coñac.

Pero las consideraciones infantiles, las fraternales sonrisas y las tiernas delicadezas del hombre de veintiséis años á la niña de poco más de diez y ocho, cambiaban radicalmente su cariz en cuanto nos recogíamos al hotel. Guido bebía éter, me lo hacía beber á mí, y me obligaba á fumar cigarros turcos, igual que me había obligado á tomar con él cloral por las mañanas á fin de calmar las extenuaciones de las noches con unas horas de narcótico descanso. Noches tremendas, horriblemente intensas de placer brutal, y de las cuales no olvidaré nunca el estupor de mis candores. Esposa demasiado inocente para poder juzgar en el mundo de nuevas impresiones á que se me había lanzado de improviso, un instinto de mi carne estremecida gritábame el ultraje á cada extraña caricia de Guido, presintiendo en ellas la locura. Mas era mi marido, era el hombre de inflexibles dignidades que me adoraba y no querría manchar á su mujer de perversión, y la protesta de mi alma, cuando agotada y muerta recobrábala en las hondas vergüenzas de mí misma, desvanecíaseme á la consideración de que todo aquello debería de ser la íntima realidad del matrimonio.

Guido me ofrecía cloral, volvía á ser el espiritualísimo hermano que se levantaba á llevarme la cofia y la camisa porque no me molestase enfriándome los pies, que sacaba de la alcoba las flores que pudieran darme dolores de cabeza, que ahuecábame la almohada, que me contaba otro cuento de inocencias al dormirnos á la luz del alba que filtraban los balcones...; y despiertos de nuestro forzado sueño á las pocas horas, ó tornábame al agudo infierno abrasador de sus caricias, para tratar de pedirle luego á la morfina y al cloral nuevos letargos, ó nos levantábamos y nos íbamos en un coche á reponer nuestra pálida fatiga por las frondas de los parques...

En Roma, la familia de Guido, excepción hecha del marqués, me recibió con fría curiosidad. Dijérase que esperaban en mí á una salvaje cubierta de plumas de avestruz. Como si lo fuese, al menos, se me vigilaba en la mesa y se me presentaba á las visitas temiendo que cometiese inconveniencias. Se nos alojó en un departamento de la vetusta casa solariega, más que de abundancias de dinero surtida de coronas y de escudos, y yo me moría de pena entre los secos orgullos de tal gente, entre los viejos muebles de caoba y bajo los apolillados artesones. Aunque sabía por mi padre que el marqués de Scoppa no disponía apenas de otras rentas que las de su trabajo, lo cual habíale constituído feliz augurio á la hija del trabajador infatigable..., los desprecios de mi marido á las magnificencias de Nueva York me habían llevado á imaginar, ciertamente, una Roma mejor que aquella Roma y un palacio mejor que su palacio.

Nueve hermanos. Él, el primogénito. Mi suegra y mis cuñadas, las dos mayores, celosas de la impresión que yo causaba, celosas de cualquier alhaja que llevaba á los teatros, celosas de «mis mejicanas riquezas» que humillaban su económica estrechez..., trocáronme en franco menosprecio la tolerancia hostil cuando Guido hubo de declararlas que no ascendía la dote de mi madre, precisamente, al fabuloso caudal de un Moctezuma. La _india_, según oí que de unas á otras me llamaban, perdió sus últimos prestigios. No hubiesen perdonado mi plebeyez sin una lluvia de oro que, redimiendo á Guido, volviéselas á ellas también más ó menos directa y desagradecidamente á la opulencia.

Sin embargo, Guido se apresuró á comprar un automóvil, y aprovechándolo les fué á las vanidosas posible desentenderse un poco de la servil estimación que, por lucirse en el de ella, rendíanle á una encopetada pariente (prima del marqués), llamada Bianca, marquesa de San Bassano. Blanca les constituía el único nexo con el mundo aristocrático que les cerraba la falta de fortuna. Alta, cínica, separada del marido, y de una gentileza no mal conservada en sus cuarenta años, gozaba de enorme libertad y de una intimidad en nuestra casa, especialmente con Guido, que me chocó--aunque él me la explicaba por el afecto que debiérala como á una tita discretísima, como á una especie de segunda madre cuyo consejo le guió desde pequeño. Aparecía á cualquier hora de la mañana ó de la tarde, y se instalaba con nosotros ó nos llevaba á conferencias y conciertos.

Simpática, empezó por mirarme recelosa y acabó por cultivar mis simpatías. De ella era la única asidua afabilidad que íbame restando en aquel ambiente donde el bondadoso y triste marqués de Scoppa no permanecía sino lo preciso á las horas de comer, y en el cual hasta mi marido retirábame las suyas según absorbíaselas su madre, según se las consagraba á la extraña tita que para leer ó conversar de arte y de ciencias rodaba con él por los rincones.

A cada encubierto desaire, á cada grosería de mi suegra, tan torpe que me lo juzgaba á mí lo necesario para no advertírselas, sólo Bianca, ó el noble marqués, si hallábase presente, suplicábanme indulgencia á miradas de piedad; mas como Guido no encontraba siquiera un gesto de reproche para la burla que en presencia suya me inferían, yo me recogía á mi cuarto, á llorar..., y sólo podía ser mayor mi desconsuelo cuando él, al fin, iba de raro modo á consolarme.--«¡Discúlpala! ¡Discúlpala! ¡Me quiere tanto mi madre!»... Pasábame la mano por los hombros, con la lástima que pudiese merecerle un perro castigado, y yo lloraba más..., lloraba más al sentirle partir á pretexto de que esperaba Bianca en el salón...; y yo hube de llorar aún muchísimo más una vez en que, ampliando su franqueza, quiso, sin duda, arrancarme más sinceros los perdones: tras nuevas protestas del fanático cariño de su madre, me declaró que «habíala disgustado nuestra boda, porque rompió su ilusión de casarle con alguna alcurniada millonaria».

¡Ah, sí, inicuos procederes y consuelos espantosos de gentes sin corazón, que ahondaban hora tras hora la sima en que me veía caída sin remedio!

* * * * *

Confié en la posibilidad de corregir á Guido á fuerza de ternura, así que nos viésemos libres del influjo de su casa; tomamos la nuestra en un hermoso edificio de la Vía Nazionale, y en verdad que durante los preparativos de la instalación creí que hubiera ido á realizarse mi esperanza.

En muchos días no se me apartó, consagrados ambos á recorrer tiendas de muebles y tapices, dedicados después á ordenarlos en estancias y salones, y bellamente absortos, por último, en completar los adornos con tal esplendidez, según él lo quería, que la envidia hizo desertar á su madre y sus hermanas ante aquel lujo claro y moderno. Junto al garage del automóvil, una cochera recibió un landó con buen tronco de caballos.

«--¿Qué te parece, nenita?»--consultábame á cada cosa el que, rendido de la tarea, no necesitaba ya del cloral al acostarse; y yo, que, experta en números, me hallaba inquieta por las enormes discordancias de tales gastos y mi humilde capital, callábaselas, y, aun mejor, le animaba en todo, contentísima de un derroche que á tiempo, y como Guido mismo, podría enmendarse.

Desgraciadamente, la invasión de cocineras y criados, de la madre y las hermanas otra vez, de Bianca de nuevo, volvió á precipitarle en su mezquina realidad. No portaba por las oficinas de su padre; prescindía de mí como de una necia incapaz de entender las «cultas conversaciones» entabladas con su tita y los demás, y después de los teatros me dejaba en casa y desaparecía con el auto, para regresar de madrugada, borracho, y despertarme raras veces al horror de sus caricias.--Una tarde, ¡oh, el altivo, que trataba á puntapiés á los sirvientes!, le sorprendí besando á una doncella; echada de la casa tras el natural disgusto en que él, no pudiendo disculparse, casi me injurió..., pocas tardes después Bianca y yo le encontramos por el Corso, en un coche, con ella, vestida á pleno lujo.

Y todo esto en cuestión de tres ó cuatro meses, completándome la revelación de aquel hombre, lo mismo que sin transiciones al salir de Veracruz hubo de comenzar á mostrarme sus cambios sorprendentes, increíbles...; y de todo esto tan triste, yo no le contaba nada al pobre padre mío, que creía en la dicha que seguían fingiéndole mis cartas, y al cual, de otra manera, hubiesen abrumado los remordimientos del afán con que me indujo á semejante matrimonio.

Guido, por lo demás, indiferente á la mudez sombría en que yo encerraba mi dolor, ansioso de lucirme con él algunas veces, y no negado nunca al «buen tono» de sus extremos corteses, continuaba abriendo las puertas ante mí y dándome cancillerescamente el brazo al subir ó bajar las escaleras.

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Acompañados de la tita Bianca, emprendimos un viaje al llegar la primavera. Niza, la primer etapa. Fué una fatigosísima peregrinación de ciudad en ciudad, de sitio en sitio, durante la cual yo quedé bajo la protección de ambos como una niña tonta. Me hallaba encinta, y, sin consideraciones á mi estado, el afán insaciable de los dos hacía cuanto las guías les señalaban de notable, hacíame seguirles de teatro en teatro y de museo en museo, ó, en mulo, á lo mejor, á los picos de los Alpes. Sus charlas (entre ellos ó con cualesquiera que encontrábamos), eran de lo más vacío que cabe imaginar, no obstante sus pretensiones de elegancia y trascendencia. En efecto, de mi marido, que á primera vista impresionaba como un hombre culto porque hablaba de lo humano y lo divino, yo sabía ya que toda la ilustración reducíase á su voraz lectura de periódicos y revistas extranjeras; y los dos, en punto á arte y á historia, no hacían sino repetir las vulgaridades del Bœdecker: el estilo de tal arco ó de tal templo, el origen de tal histórico castillo, las bellezas de tal plaza, las tales estatuas y tales cuadros y óperas de Fidias, del Greco, de Wagner... Repetían y glosaban lo mismo tantas veces, alternándolo con largas disquisiciones sobre automóviles y perros y caballos, que yo tenía que escucharles en silencio sin acertar á ponerme á tono con tanta necedad. En cambio, eso sí, él me reprendía correcto sobre el modo mío poco distinguido de tomar el cuchillo, el tenedor, y ella de cuando en cuando y compasivamente me dirigía preguntas en varios idiomas para que yo las contestase y no me juzgaran las gentes idiota por completo.

Así y todo persistía siendo la de Bianca la única afabildad con que contaban mis tristezas; y en París, donde nos estacionamos algún tiempo, multiplicando la vida de actividad al acudir á todas partes, ella fué mi socorro en un trance que me puso á punto de morir. A las fatigas del largo recorrido por Suiza y por Bélgica, uniéronse las propias de la gran capital; y «por buen tono», siempre por «buen tono», aumentándolas, discurrió Guido que yo aprendiese equitación, á fin de que elegantemente recorriésemos los tres á caballo el Bosque de Bolonia. Tres mañanas en un picadero, tres mañanas en el Bosque, yo junto á ellos como improvisada amazona, trotando, galopando..., y, á la cuarta, el lecho del hotel y el grave aborto de la pobre destrozada. Los dos primeros días Guido y Bianca me cuidaron, compitiendo en atenciones; pero desde el tercero él no se resignó al augurio del doctor acerca de que no podría levantarme en muchos más, y lanzóse á los encantos de París, dejando á la tita á mi cuidado.

¿Qué dolor parecido al mío sintió Bianca ante el abandono del que llegó á faltar noches enteras?... No lo sé; pero me veía llorar, y so pretexto de que mi inocencia perdonara, como ella, muchas cosas que de otro modo encontraría siempre incomprensibles, se puso á revelarme el carácter de él, deducido de su vida de soltero, y la inmunda historia de su madre. Más aun que por la escasez de fortuna--á decir de Bianca--, la familia de Guido hallábase distanciada de la alta sociedad por la discreción con que el marqués de Scoppa hubo de recogerse en el aislamiento con su mujer, antigua cómica á quien habían hecho célebre su desvergüenza y su hermosura, querida de todo el que la quiso y la pagó, y con la cual, al serlo suya últimamente, retirada á un campestre palacete en Montsalvato, fué teniendo hijos--cuyo amor, al cabo de los años, impulsó á casarse al más que generoso. Improvisada marquesa, la ex cómica, sintió á la vez la invasión de los orgullos de una _parvenue_ y las iras de sus frustradas ambiciones en el borde mismo de la vida de grandeza; quedó, pues, como una especie de rabiosa loba presa en un cepo aristocrático; y si el caritativo marqués supo evitarla el ludibrio social entre las gentes de su clase, no supo impedir que los odios secos de la bestia á todo, á todo lo del mundo, hacia lo de arriba porque no podía llegar, hacia lo de abajo porque recordábala demasiado crudamente su indecencia, transmitiérase á los hijos en la incongruente educación que les fué formando con las finas y nobles maneras del padre y los instintos de rencor y las toscas insensibilidades de la madre.

Guido (el predilecto de ella) resultaba su más lamentable víctima. Cifrados en el niño gentil y luego en el joven arrogante sus ensueños de desquite, el padre encaminábale al estudio y el trabajo--tanto menos eficazmente cuanto más la madre imbuíale ideas de señorío, entregábale dinero para que honrase su rango, en lo posible, y, tras de hacerle conferir uno de los familiares títulos, acariciaba el pensamiento de casarle con cualquier dama linajuda.

Espoleado Guido en tan inversas direcciones, habría ido cumpliendo su forzoso papel de negociante de peor gana que su papel de aristócrata de fuste; habríase mantenido en las ambiguas elegancias de una vida de disipación, que le ofreció más aventuras al hombre guapo que novias princesas al conde sin dinero, y, «buenísimo en el fondo--según Bianca--, había venido últimamente á dar en una suerte de demencia lujuriosa que hacíale desear ávido toda clase de mujeres y conocer todos los vicios».

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«Íntimamente»... Y ¿cómo sabía Bianca lo que Guido fuese «íntimamente»? Quizá por experiencia conocería tan bien sus intimidades, que, al escucharla, yo le había visto retratado en su miserable proceder conmigo propia. No cabían más engaños para mi candor después de aquellas revelaciones, y comprendí espantosamente claro y de una vez: Guido era un fracasado negociador del matrimonio de honores y riquezas que habría constituído su obsesión, y que al precio de su libertad, ya inútil, y con la compensación siquiera de mis cien mil duros, pagó el cuerpo de la plebeya que no habría de otra manera podido obtener un nuevo capricho de su vicio. Saciado de mí en los brutos treinta días de Nueva York, desde que llegamos á Roma y á los absurdos orgullos de su madre, yo quedaba reducida á una estúpida intrusa que le había otorgado sus favores y á quien el gran señor habría incluso de despedir si no necesitase mi dinero.

Fluctuando como nunca entre las dudas de que Bianca fuese solamente una tita cariñosa que querría guiarle y le pensara dejar su capital, ó una antigua amante que en el otoño de la pasión y con tal de no perderlo le pasaba todo al vicioso incorregible, volvimos á nuestra casa--donde Guido organizó unos «artísticos» almuerzos, por él llamados «intelectuales», y presididos por Bianca, en honor de yo no sé qué bohemia laya de tiples de ópera, de pintores extranjeros y de jóvenes poetas y sabios, que, á mi juicio, se burlaban disimuladamente de las pedanterías de los dos..., no sin devorarme á mí, de paso, con los ojos.

De sus dos ó tres viajes á Roma, mi padre se llevó la ilusión de una ventura mía tanto más fácil de mentir, aun en su presencia, cuanto más amable y digno parecía seguir siempre mi marido con su _correcta educación_.

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Al año y medio, estábamos arruinados; ó lo que es igual, Guido había dilapidado hasta el último céntimo de mi dote. Tuvo que vender el coche, el automóvil, los lujos de la Vía Nazionale; y con un par de sirvientes, tal que á una querida que se asila porque no muera de hambre y de abandono, me recluyó en la campestre Villa Montsalvato, situada en el tranvía de Grottaferrata, no lejos de Frascati, á una hora de Roma. Aunque él se instaló conmigo, vivía realmente en la ciudad, y cada vez más de tarde en tarde iba á verme y á llevarme algún dinero. Hacíame escuchar terribles cosas de «mi plebeyez», de «mi pobreza», de «la oportunidad de que me volviese á mi país, ya que él, no pudiendo con su trabajo sostenerme, no debía tampoco imponerle á su madre que me recogiese de limosna»... Y en una de aquellas ocasiones me dejó tan desesperada y locamente ansiosa de volver junto á mi padre, que, porque éste no demorase ni un momento el llegar á recogerme, le escribí una larga carta contándole todo mi calvario.

La respuesta fué un cablegrama anunciándome que había caído enfermo, y que hasta que él, pronto, pudiera emprender la travesía, enviábame á Popó. Un augurio me hizo comprender horrorizada que la impresión de mi carta habría herido gravemente al enfermo del corazón...--y, en efecto, cuatro días después, firmado por un dependiente, pues que ya, Ana Leopolda hallábase en el mar, otro cablegrama avísame su muerte.

¡¡Su muerte!!... No quisieron creerlo mis ojos de loca, que negábanse á llorar.

¡Yo le había matado!

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Llegó Leopolda.

Guido fué á Méjico á recoger la no pequeña herencia.

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Y pasaron, pasaron los meses. Ya sin padre, y dándome lo mismo continuar en Montsalvato que en otro lugar de las soledades del mundo, vi con la impavidez de una estúpida que mi marido reincidía en las disipaciones que hubieran de lanzarme definitivamente en la miseria. Vuelto junto á mí, y adquirido otro automóvil y dos caballos, en que inútilmente intentó que, como en París, le acompañase á pasear (sin duda, le _componía_ en «buen tono» mi figura), partía con el suyo en busca de Bianca, y juntos tornaban muchas mañanas para cumplimentar, entre los renovados lujos del hotel, los «intelectuales» almuerzos ofrecidos con más fausto á los artistas, á los bohemios extranjeros, á los poetas, á los sabios.

Me forzaba á presenciarlos, con mi lúgubre mudez. Lo demás del tiempo pasábalo con Popó en la triste paz de mis estancias--en tanto que unas veces Guido desaparecía por varios días de Montsalvato, buscado desoladamente por la tita, y otras, prescindiendo también de mí y de mi dolor, ella lograba monopolizarle, y ambos tocaban el piano en el salón ó refugiábanse á leer en la profunda biblioteca.