Part 13
Pero sobre la índole del afecto de los dos, y acerca de la condición de los comensales de los almuerzos, empecé á recibir acusaciones concluyentes. Anónimos, inicuos como cuanto me rodeaba en el ambiente de asfixiadora iniquidad, sin duda escritos por cualquiera de aquellos sabios y poetas que en la mesa me miraban con ansiosos disimulos. Delatándome los amores de Guido con las aparatosísimas artistas, ó llamándome «inocente y tonta», que ignoraba lo que toda Roma sabía de Guido y Bianca, públicos amantes desde largos años, me citaban á tal hora de tal noche y en tal sitio para sorprenderlos y «vengarnos» luego en la misma moneda de traición.
Leía estos anónimos, los rompía con igual sardónico desdén hacia sus autores que hacia las artistas y Bianca y Guido..., y solamente cuando otra directísima acusación llegó á herirme en otro santo sentimiento más vivo que los celos, me resolví á dejar mi indiferencia: una de las «artistas», en un almuerzo, bien porque á su desaprensión nada le importase ó porque desconociese el origen de lo que, regalo de Guido, lucía ante mis propios ojos, llevaba una pulsera de esmalte negro y de brillantes que había sido de mi madre.
A mi dura queja, cuando estuvimos solos, confirmada por la falta de la pulsera en el joyero, Guido trató cortés, primeramente, de hacerme pensar que estaría engañada, que habría perdido la mía y que pudiese otra parecérsele..., y, al fin, montando en cóleras de gran señor, como un bofetón ó un salivazo me echó por cara «la plebeyez mía tan ruin que le creyera en su misma casa, ladrón de baratijas despreciables...»
Me limité á guardar mejor mis reliquias de recuerdo, y llorando, llorando con Leopolda, volvimos largamente á meditar proyectos de separación que nunca maduró nuestra ignorancia de cómo ni á nombre de quién tendría Guido situado mi dinero. La idea de ser yo la que revolviese como una ladrona en sus papeles, ó de provocarle con tal objeto á una previa explicación, me repugnaba.
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Un día apareció con un extranjero, «noble conspirador reclamado por la policía de su país», y á quien Guido bajo palabra de honor había prometido secreto amparo en nuestra casa. Era Jacobo Wanscka. Alto, tétrico, moreno, de negras barbas, de unos cuarenta y cinco años; hablaba poco y cifraba su distinción en rendir á cada instante profundas reverencias. Iba sin un cuarto y vestido desastrosamente, y tras de alojarle en una buena habitación, Guido le facilitó ropas suyas y le sentó á la mesa con nosotros. No sé de qué ni dónde le hubiera conocido; pero tanto él como Bianca, admiradores de lo _artístico y genial_ dondequiera que lo hallasen, otorgáronle pronto un respeto de adoraciones al que, diciéndose químico eminente, inventor y ex profesor de ampliación de estudios sociales en Budapest, no era quizá sino un profesional de la aventura que, como cuantos viven al azar, sabía un poco de todo, y mal que bien había ejercido distinta profesión en cada parte. Así «por sus ideas liberadoras forzado perpetuamente al destierro y al incógnito, había tenido que ser maestro de lenguas en Rusia, barítono de ópera en Hong-Kong y maestro de equitación y de esgrima en Río Janeiro».
No sólo Bianca y Guido se extasiaban oyéndole hablar sentenciosamente de filosofía y de sus viajes por el mundo, sino hasta dijérase que copiaban la seca majestad de su voz y de sus gestos. Especie de rey gitano caído en la desgracia, «que soportaba dignamente».
Tan dignamente--en opinión de Guido--que éste discurrió dignificarle la estancia en Montsalvato con un sueldo, á pretexto de que me perfeccionase á mí en la equitación y me instruyese en arte y filosofía. «No se le podía dar á aquel hombre dinero para sus necesidades como á un mendigo; yo, por otra parte, estaría harto necesitada de completar mi social educación». De nada sirvieron mis protestas. Y como la desocupada vida de la tita y el sobrino apasionábase por todo lo mentecato, Bianca llevó otros dos potros de sus cuadras, y los cuatro comenzamos una serie de paseos campestres en que, al menos, se le respetó á mi luto la voluntad de no exhibirme en Roma. Por las mañanas, pues, á caballo; por las tardes, una hora de lección de estética, á la que también concurrían atentísimos los dos--y que me hizo pensar si, con disculpa mía, la hubiesen dispuesto realmente para ellos.
Sólo que incapaces de cualquier orden, de cualquier esfuerzo sostenido, antes de concluír una semana me abandonaron al extraño profesor. Claro está que yo asimismo le abandoné á él, y que quedaron interrumpidas las lecciones. No le vi por unos días más que en la mesa, donde hice concurrir á Ana Leopolda. Guido volvió. Se enteró. Se incomodó mucho. Contra las razones que le aduje sobre mi poca gana de paseos, y, principalmente, sola por los campos con un desconocido, contestó «que aquel desconocido tenía cien veces más decoro que yo misma»; que «aquel desconocido hallábase al amparo del honor del dueño de ella en nuestra casa», y «que aquel desconocido, además, un hidalgo en el fondo, en la apariencia era un maestro de equitación, un serviciario, una suerte de lacayo con el cual cualquiera dama que supiese serlo no tendría en hacerse acompañar á caballo más reparo que si lleváselo en el pescante de su coche»... A título de ejemplo «de buen tono», para vencer «mis vulgares suspicacias», me recordó las jóvenes elegantes amazonas que habíamos visto en el bosque de Bolonia acompañadas por un _groom_; y, en suma, no saldría á caballo, ya que no tenía yo gana de salir; pero, dispuesto á que no le dejase en ridículo, _exigíame_ la continuación de las lecciones literarias, aunque no estuviese él, sin la onerosa vigilancia de Popó en la sala ni en la mesa.
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¡Ah, bien! Era Wanscka un hombre «con cien veces más decoro que yo misma». Las lecciones siguieron. Perspicaz el profesor para saber más del mundo que no de artes ni de letras, y pronto habiendo podido hacerse cargo de la desairada situación mía (en modo alguno necesitada de grandes perspicacias) con respecto á Bianca y muchas más, sus lecciones consistieron en lecturas y torpes glosas de novelas y de libros, como _Afrodita_, como _El Satiricón_, como otros de la biblioteca frívola de Guido, de los que, luego de hacerme oír pasajes escabrosos ó francamente indecorosos, tomaba pie para filosofar de grosero modo acerca de las «licencias de la antigua Grecia»; cuando al verme cerrar los ojos de asco y de dolor pensaba el miserable que mi emoción érale propicia, iba poco á poco acercándoseme, acercándoseme, acosándome--hasta que yo me levantaba y me marchaba gravemente.
No podía quejarme á mi marido. Indelicado y tosco el brutal aventurero para intentar siquiera «mi conquista» de otro modo, yo me resignaba á volver, á escucharle con desprecio y en silencio, á insinuarle alguna vez la conveniencia de cambiarle el giro á sus palabras y á encerrarme á llave por las noches. Todo menos delatarle su conducta á Guido, que hubiésela achacado á recelos de «mis vulgares suspicacias», ó tal vez, antes aun que dudar del «hombre de decoros», á provocaciones ó abandonos de la que sólo fiara en su virtud con guardas de presencia.
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Quince días después, parecidos á quince siglos, había cambiado mucho el aspecto de las cosas. Cuando Bianca y Guido no estaban con nosotros, Jacobo Wanscka vagaba siniestramente por la casa, como un tigre. Dos noches seguidas le había sentido llegar á la cerrada puerta de mi habitación, y la segunda se atrevió á llamar. No me dí por entendida. Sin embargo, á la tarde siguiente, durante «la lección», comprendiendo por mi mayor desprecio que le hubiese oído, osó querer buscarme la disculpa en una dolida declaración de la «noble pasión que le mataba por la mártir á quien agraviaba todo el mundo»... Le interrumpí, indicándole que se debía marchar de Montsalvato; no hubo desde entonces más lecciones, y pérfidamente reducido él á la condición de un esclavo que me extremase los respetos, otra tarde fué á avisarme que Guido, en la biblioteca, me esperaba.
Creí que Wanscka hubiese resuelto partir, evitando así nuestra absurda situación, y que Guido me llamase para facilitarle cualquier cosa indispensable... Al ir á entrar en la biblioteca, sin ruido por la alfombra, desde la entreabertura de las cortinas del despacho vi á la tita Bianca sentada en un sofá, leyendo un libro, con una pierna alzada al respaldo de una silla de enfrente, que la desordenaba las ropas hasta el muslo, y al «sobrino» tendido de espaldas y con la cabeza en el regazo de ella... No quise turbarlos, ¿á qué?...; la indignación contra las canallas intenciones de Wanscka, principalmente, hízome alejarme, renunciando á una escena tan ingrata como inútil... Pero debía pasar de un repugnante asombro á otro, y Wanscka, que me espera en la sombra de un rincón, saltó á mí y me besó, aprisionada entre el hierro de sus brazos. Pude huirle, por último..., y le escupí.
Al poco rato sonaba bajo mi balcón el automóvil. Bianca y Guido iban á salir. Le llamé á él, y, despreocupada de su conducta ante la del otro miserable que afectábame aún más personal é inminentemente, mi primer ímpetu fué confesarle todo para que no pudiese vacilar; sino que temí embrollar la cuestión suscitando los enojos del que á su vez resultaría acusado y provocando un escándalo complejo por demás, en que todos estaríamos contra todos, y por simplificar, en mis vivas ansias de calma, opté por la prudencia.
--Guido--supliqué--; creo que no debe permanecer más tiempo tu amigo en nuestra casa.
--¿Por qué?
--Porque ni yo necesito sus lecciones, ni, faltando tú tanto tiempo de ella y siéndote fácil socorrerle en una fonda, es correcto que me obligues á su estrecha intimidad.
Le impacientaba la prisa por Bianca. La faz fulgurábale de ira.
--¿Cómo, en su estrecha intimidad?--hubo de decirme.
--El come y cena conmigo--traté de suavizar humildemente--; está solo conmigo por las tardes; anda á todas horas por todas partes á su antojo..., y, ya ves, Guido, los criados, las gentes, tratándose de un hombre que no es de la familia y á quien apenas conocemos, acabarían pensando mal.
Nos hallábamos de pie, lejos el uno del otro; yo con la mirada en el suelo; mi marido cerca de la puerta, trémulo de rabia, crispados los puños. Se me acercó.
--Mira, Cesárea; porque tú ames la vida de ignorancia y soledad idiota, que me ha apartado de ti, ó... por lo que sea, te propones estorbar todos mis proyectos: un día me llamas ladrón y obligas á que no pueda volver una dama á nuestra mesa; otro, me inculpas de abandono, pretendes señalarme líneas de conducta y quieres expulsar á quien yo he acogido bajo el honor de mi palabra... Y esto no puede ser; y esto puede ser menos, todavía, cuando en nombre de una virtud más que sospechosa, á fuerza de miedo y terquedad, me amenazas con el temor de que en opinión de las gentes peligre mi respetabilidad porque alojo en mi casa á un caballero.
Le ahogaba la soberbia. Viendo que no lograría convencerle de otro modo, fuí á descubrirle el proceder de Wanscka, en lo referente á mí, cuando menos--y no me dió lugar.
--Pues bien--continuó--; no lo olvides nunca: de la mujer del conde de Montsalvato, ni los criados ni nadie por nada del mundo debe poder sospechar eso que dices..., ¡ni tú misma, aun siendo la villana estúpida que eres!...
Me descargó un tremendo bofetón que me hizo caer vacilante en la otomana, y partió.
Y apenas rodó en el jardín el automóvil, entró Wanscka.
Yo no estaba llorando. Tendida como una mujer de hielo, únicamente tenía la mano en el dolor del ultraje de mi cara y los ojos secamente abiertos.
En otras ocasiones parecidas, aunque no tan inicuamente brutales, mi desesperación, resuelta en lágrimas, me había dejado fuerzas para irme á buscar á Popó ó á rezar ante la Virgen; pero en aquélla quedé desamparada del mundo y de los cielos..., y miré á Wanscka con el infernal rencor impávido de la inmediata venganza que al frío de fuego de mi ser le brindaba su misma repulsión...
Se me acercaba, y no le rechacé. Se inclinó á besarme, y bajo su contacto duro y huesoso de diablo cerráronse mis ojos y sonreía mi boca de maldita. Sin una palabra suya, sin una palabra mía, en la plena insensibilidad de mi indecencia, era ya su poseída de mármol cuando el automóvil no habría corrido cien metros fuera de las verjas...
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Hecho lo hecho.
Hecho lo que ya no me era posible deshacer cuando recobré la sensación de la conciencia.
Lloré mucho.
Mi locura no me había permitido pensar que, desde las tiranías de un insensato, atada de pies y manos iba á parar, además, á la servidumbre de un bandido.
Le confesé mi vergüenza á Popó, y las dos lloramos juntas. En vano habría intentado negarme á Wanscka nuevamente. Dueño de mi terror, quedaba dueño de mi asustada voluntad y dueño de la casa. Lejos de guardar reservas, como no fuese respecto á Bianca y mi marido, dejó traslucir nuestra situación á los criados por el descaro con que á cualquier hora entraba en mis habitaciones á instalarse junto á mí, y á las gentes de fuera haciéndome pasear á caballo y sola con él por todas partes. Esta sumisa y triste obediencia mía para el profesor de equitación y de estética, encantaba á Guido, que poníala en cuentas de la eficacia del bofetón, á no dudar. Y tanto le agradaba verme, al fin, dulce y complaciente con él, con Wanscka, con la «tita» Bianca, con las actrices y poetas y periodistas de los almuerzos (ante las miradas de los cuales los ojos del tétrico Jacobo ejercían delatoras vigilancias de dominio sobre mí), que él propio tornó á desearle mi cuerpo á sus desenfrenadas caricias ciertas noches--aquellas de las series de tres ó cuatro días que recluíanle en Montsalvato, á reponerse, la extenuación de sus orgías por Roma en ausencias de semanas.
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A los dos meses de semejante vida, Wanscka resolvió, sin dejar, claro, mis «lecciones», y pretextándole á Guido que había encontrado otras que le empezaban á permitir la independencia, trasladarse á residir en Marino, pequeño pueblo á un kilómetro en la carretera del hotel. Ni á mí se tomó el trabajo de fingirme otro motivo cualquiera de tal resolución. Amo despótico siempre, convencido de que yo, á pesar de todo, le aborrecía, me hablaba poco, me saqueaba de cuanto dinero podía entregarle, rufianescamente renegado de que, «siendo mío, la usurpación de Guido me impidiese mayor prodigalidad», y sabía que para nada podría contar jamás conmigo á no ser por el espanto. La idea de suprimir á Guido de juntó á la pusilánime á quien por el solo secreto de su honra de mujer hubiese impunemente de explotar á plena libertad, debió de sugerirle el crimen; y el objeto de aquella previa é inexplicable separación, no era otro--según revelaron pronto los sucesos--que prepararse una coartada.
Una enfermedad del desdichado Guido precipitó la ocasión. Vuelto un día desde sus crápulas con una hemiplejía que le paralizaba el lado izquierdo, bajo la asistencia médica y sus propias cobardes aprensiones quedó recluído en Montsalvato. Bianca y yo le asistíamos; su madre y sus hermanas iban á verle con frecuencia; y Wanscka, solícito, vigilaba sus medicamentos y le formaba la tertulia hasta última hora de la noche. Habituado á los narcóticos, no lograba conciliar el sueño más que con inyecciones de morfina; y como él no podía valerse, Wanscka se las ponía también, antes de partir. En la noche terrible, sólo me extrañó un poco la atenta lentitud con que detrás del enfermo apercibía Wanscka la inyección, y el afán que mostró de hacer constar ante los criados su salida de la casa..., de la cual, por lo demás, él hallábase provisto de llaves para llegar furtivamente junto á mí.
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La alcoba de mi marido hallábase apartada de la mía por el cuarto de baño. Serían las tres de la madrugada. Me despertó un lúgubre quejido y un rumor sordo de lucha. Salté de la cama, acudí al dormitorio de Guido... (¡me horroriza la evocación!), y vi á Wanscka aferrado á su garganta...; sorprendido y vuelto á mí, ya sus manos no soltaban más que el cuerpo de un cadáver con la cara descompuesta.
Quedé petrificada. No podría ahora ordenar siquiera mis recuerdos. Sólo sé que, sin acción para gritar, creyendo que el asesino no se habría procurado como amante las llaves de la casa más que para poder así matarnos y robarnos, un azorado terror me postró de rodillas implorándole piedad.
Y de sus palabras, secas, feroces, en tanto me agarrotaba una muñeca, dirigidas á no sé qué bárbaros reproches de imprudencia por haber ido á presenciar «lo que nadie debería haber sabido nunca», sólo también recuerdo éstas, que, luego de haberme arrastrado al cuarto de baño, aclaráronme con no menos espanto la horrorosa situación:
--Tú no has visto lo que has visto. El conde ha muerto de un ataque. Si cuando amanezca, en vez de llamar serena á los criados y en seguida al médico para que lo certifique así, me delataras, tú, mi querida... hubieras de ser la que _conmigo, y por librarnos de él_, le habrías asesinado.
Iba tal vez á romper de un alarido el mudo nuevo horror de lo que oía, y me tapó la boca:
--Si gritas--dijo--, los que acudan certificarán desde luego, encontrándonos aquí, que _fuimos los dos los asesinos_.
Demasiado complejas, demasiado terribles emociones. Medio caída en el suelo, mi estupor se recogió en el pánico de temblores que me hacía castañetear los clientes. Wanscka volvió al dormitorio á comprobar que el muerto estaba muerto; tornó para instruirme en la macabra comedia que yo debería representar, y se marchó por el sigilo de la casa.
El miedo me llevó corriendo al cuarto de Leopolda. La conté lo que pasaba, entre ahogos y sollozos, y tras no sé cuánto tiempo de congoja impúsosenos la urgencia de alguna decisión. ¿Habría salido, efectivamente, Wanscka? Como por la noche se escondió ó volvió para vigilar los efectos del veneno, habría podido esconderse para espiar mis obediencias... ¡Oh! Nuestras pobres confusiones impedíannos discernir nada de nada, y no habían sabido hacer más que encerrarnos á llaves y cerrojos... El cadáver allá, con sus ojos abiertos, en un rincón del hotel..., el asesino quizá en otro, todavía, dispuesto á asegurar el secreto de su crimen por nuestro silencio de esclavas ó por nuestro silencio de la muerte..., y yo, de todos modos, aunque á voces demandásemos socorro contra él, por él ante un Tribunal acusada de complicidad y llena de ignominia; á él ligada por una irreparable ligereza; sola en el mundo entre los odios de la familia de Guido, y abandonada á una pública opinión que volveríaseme también adversa al trascender á ella lo que de mi adulterio era sospechado por muchas gentes de Roma y de Montsalvato.
Dos infelices cobardes, en suma; dos inexpertas mujeres acorraladas en un ambiente enemigo, y que con la prisa de resolverse á algo en medio del horror y de la maldad, resolviéronse (sin otra guía que el instinto, acertado ó torpe en su angustia--lo ignoro todavía) á lo que, dentro de lo siniestro siempre, era, cuando menos, lo más fácil.
Y no me abandonaron ni hacia el martirio sombrío del crimen las abnegaciones de aquella sirviente fiel, á quien ya mi ceguedad había envuelto tanto en mis vergüenzas.
A partir de aquí, la premisa divulgó abrumadoramente los detalles.
Las señales de violencia encontradas por los médicos. La autopsia.
La busca del hábil criminal, que entró y partió de la casa sin dejar rastros.
Mi dolorosa postración, que no tenía que exagerarse para merecer respetos compasivos.
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Salvo la contrariedad de no haber podido pasar como muerte natural la de la víctima, las cosas parecían marchar bien en los planes del bandido. Iba transcurriendo la segunda semana. Mi íntimo y nuevo horror más grande, mi idea, predominantemente fija, consistía en la repugnancia de tener que volver á entregarme á él; y tan cierta estaba de que él no hubiese de lograrlo, de que yo me moriría antes que ceder, que segura también, por otra parte, de que el fatídico ladrón deseaba, más que mi cuerpo, mi dinero, invertía los reposos que empezaban á rodearme en revisar los papeles de Guido, viendo la manera de poder ofrecerle á Wanscka, de una vez y cuanto antes, una fuerte suma, á condición de su partida. Por lo pronto, íbame librando de aquella mortal repugnancia la inquietud que le mantuvo alejado del hotel. No iba á verme sino en breves y raras visitas delante de las gentes--porque, tarde, pretendía despistar de nuestras relaciones á la policía, que vigilaba.
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Cuando un periódico deslizó las primeras sospechas sobre Wanscka, insinuando «como pista digna de seguirse» mi intimidad con él--me vi perdida. Fué Wanscka á vernos y nos conminó á la fuga, sin otra dilación que un perentorio plazo para «reunir de mi capital lo más posible». Iba á ser un salto desde la ignominia á otro vacío abismo de ignominia; tuvimos que someternos: aparte las amenazas del criminal, pesaba ya en mí y en Leopolda la efectiva responsabilidad del encubrimiento.
Gracias á que él, sin delatarse, no podía personalmente emprender la negociación de mi dinero. Esto nos salvó; porque al tercer día, cuando aún faltaba otro para que lo retirásemos de un Banco, tuvimos la desgracia y la suerte, á un tiempo, de que Wanscka escapase con toda rapidez. Era que los periódicos arreciaban contra él, y que al regresar una tarde había visto rodeada de polizontes su casa de Marino. Desde la estación, con un mandadero nos envió una carta avisándonos que «nos esperaría en Trieste»; y para asegurar nuestra sumisión añadía que, si no fuésemos, ya él en salvo, le escribiría al juez participándole «que yo, su amante, había matado al conde».
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No volvimos á verle. A las veinticuatro horas nuestra huída también se realizaba; pero antes aún que de Roma y del rigor de la justicia, huíamos de él y de mis públicos bochornos...; huían, dos desdichadas inocentes, de aquella funesta condesa de Montsalvato que yo había sido, y cuyo recuerdo querían por siempre borrar de su memoria como una pesadilla del infierno.
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Nápoles. Marsella. Lyon. Unos trajes humildes; unos viejos documentos de Ana Leopolda (Popó, breve, y nada más, para los jueces y las gentes que dejábamos atrás), por engaño de los cuales yo debería pasar como su hija Rocío, de quince años..., y á Barcelona después, vestida de niña y pintada de rubio ángel la que, por suerte, según parece, no había perdido su aspecto infantil ni á través del calvario de lo horrible y de lo inmundo.
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Ultimamente, el mar, el buque..., en donde estaba por el Destino escrito que yo hubiese de encontrar, con el amparo de respetabilidades santas que acabaron de alejar de sobre mí toda sospecha, el dilema de la redención siquiera de mi alma en un convento, ó el de la purificación de mi vida en las noblezas del Amor.
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Alvaro: si tu piedad no pudiese seguir amando á tu plena enamorada amante de una noche, después de haber leído ésto, perdóname y déjame que mi alma pueda creer que Dios quiere perdonar y acoger en sus asilos á la que quiso siquiera una vez estar entre unos brazos de amor santificada.»
TERCERA PARTE
I
Buenos Aires. Madrid. Roma. Nueva York.
¡Qué lejos de vuestra confusión, de vuestro vértigo! ¡Qué lejos de vuestro lujo, de vuestra farsa, de vuestros crímenes!
¡Qué lejos!