Part 17
Alguien, que lee alto cada noche para la atención de los demás, hace correr lágrimas por las mejillas, al ver los llantos de las pobres Mary y Emma, que no saben de su padre. Ambas nos han hablado de una familia pariente suya, de Visé, á la cual escriben sin tener contestación, y cuyo jefe era un hombre que en fuerza de trabajo había logrado reunir un capital y construírse un hotelito, donde viviera feliz con su mujer y sus hijos, tres gentiles rubias, las mayores, entre ellos, de las cuales tienen y nos han mostrado los retratos; y una noche, cuando al azar de la lectura hemos escuchado los relatos de la toma de Visé, donde los invasores habían hundido á cañonazos las casas y fusilado á uno de cada tres vecinos, encarcelando á todos los demás para consagrarse mejor á una orgía de la que habrían resultado enloquecidas por la deshonra y la desesperación muchas madres, muchas vírgenes, y aun muertas las que sólo consintieron entregarles la vida con el honor á los asesinos de sus padres ó de sus esposos..., el frío del espanto y la piedad nos ha ahogado de congoja, al tiempo que hacía caer á Mary accidentada.
Están las dos hermanas con nosotros desde que las dejó el ausente, y retirada Mary á su habitación, la asistimos sin poder olvidar el cuadro de Visé, símbolo de todas las fierezas de la guerra.
Nos obsesiona, á través de la trágica incertidumbre, la suerte que les haya podido caber á ese honrado jefe de familia y á esas hijas cuyos retratos conocemos. Si viven, las infelices, compañeras y mártires con su propia madre, tal vez, de la obscena brutalidad de una noche del infierno; si no han perdido para siempre al menos el corazón y la razón en forma tal que no las quede sino el reír y el delirar de lo insensato; si por las humeantes ruinas de la ciudad, y entre los cadáveres podridos de las calles, con los espectros dolorosos de otras sacrificadas vírgenes, siguen aún buscando á su padre y sus hermanos..., ¿qué pensarán de la virtud, del pudor, de la bondad, de la dulzura y de la piedad para los niños..., de aquellas tantas cosas delicadas, dulces, nobles, que con tanto afán y por tantos años inculcáronlas sus padres desde la cuna misma, los sacerdotes en los templos y los maestros y los libros santos en la escuela...? ¿Que pensarán de la pureza inmaculada y de aquel aliento de respetos para todo y para todos con que educáronse sus almas en su hogar...? ¿Qué pensarán de la tremenda mentira que hiciéronlas creer acerca de la hidalguía de los hombres educados...? ¡Oh! ¡Si siquiera los que acaban de pasar rugiendo odio por encima de sus vidas y lujuria por encima de sus cuerpos hubiesen sido cafres y no europeos de un próximo país que á ellas en el colegio las mostraron como colmo y arquetipo de cultura y perfección...!
Y si vive aquel padre infeliz, que asistió á los rápidos desmoronamientos absolutos é implacables de su bien, cosa por cosa..., de su dicha y sus respetos, de su fortuna y su hogar, de su honra y de la honra y la vida de sus hijos...; si en su humillamiento y execración totales de vencido, mirando entre el desastre general el desastre de los que son carne de su carne y alma de su alma, y tienen pena, y tienen frío, y no tienen ni tendrán para comer y cobijarse, ha encontrado el esfuerzo que no le haga sucumbir, con otros como él, en la sima de ignominia..., ¿qué pensará de la ilustración, de la fraternidad, de la propiedad, de la sandez de los contratos y las leyes...? ¿Qué pensará de la honradez y de la eficacia del trabajo, y del amor á la sabiduría y al bien, que hubieron de infundirle los sabios y los libros...? ¿Qué pensará de las cándidas altezas del arte y de la ciencia, de la filosofía y de la poesía...? El y los otros desgraciados, si no mueren al bochorno de haber nacido á una vida tan inmunda; y los desgraciados honestos padres del mundo entero, que con el martirio de ellos se hayan estremecido de estupor, cuando puedan reflexionar habrá cada uno de creer amargamente que todos vivieron engañados en la farsa de los sabios y las leyes, que la bestia humanidad es irredimible y que el bien y la civilización no serán jamás sino dos embustes colosales en la bola de barbarie que habrá siempre de ser nuestro planeta.
* * * * *
Al volver ahora melancólicamente de la calma de estos campos, donde sabemos que se esconde el salvajismo, Rocío y yo no podemos contemplar nuestro _chalet_, riente con su blanca alegría de palos verdes, como una jaula entre las frondas, sin pensar que ya se encontraría destrozado á estar en Bélgica. Un miserable consuelo el de ese mayor salvajismo del mundo que se decía civilizado. No sólo no habríamos hallado en él ambiente propicio á nuestra obra de piedades, que ni siquiera el pequeño rincón de respeto para nuestro hogar, limitado á nuestro amor y nuestro hijo.
Un singular fenómeno registran los periódicos. Aquella indignación que por todas partes hubo de levantar la sorpresa de la guerra, alrededor de ella, y por todas partes también, se va cambiando en apasionado partidismo. Contágianse de ferocidad hasta los más pacíficos, y no queda de la lucha sino su aspecto teatral, su trágico interés.
En nuestra misma tertulia, y aun por encima de los compasivos sentimientos hacia Emma y Mary, se habla y se discute al fin de la catástrofe horrorosa como de algo natural que no mereciese ni extrañeza. El señor cura ha acabado por creerla el aviso con que la Providencia querría llamar la atención de la Humanidad acerca de las miserias de la vida, cuyo único reino fuese el cielo; sin embargo, contradictorias sus cristianas esperanzas y sus visiones terrenales, se declara germanófilo, por entender que así la vida mundial se deslizaría mejor bajo férreas férulas de orden y de fuerza. El médico, el farmacéutico, el maestro de escuela, anglófilos y francófilos en nombre de la libertad, piensan que únicamente por la obra previsora de tener que atacar, de tener que defenderse, tal que ahora Francia é Inglaterra, se habrían inventado, con tantos individuales sacrificios, los acorazados, los submarinos, los aeroplanos, los gigantescos cañones del 42, las maravillas químicas de los gases asfixiantes y las mil perfecciones industriales en que para ser ricas y poder soportar en cualquier momento el costo enorme de las modernas luchas se esfuerzan y rivalizan las naciones; en cambio, sin el ansia perenne de la dominación, ó lo que es lo mismo, de la guerra, el trabajo derivaría hacia la comodidad liviana, y el mundo estancaríase en esos lagos de molicie que arrastran á la perversión á las grandes capitales: la guerra sería, pues, la gran purificadora de la vida y espuela de la moral y del progreso; el maestro de la granja, en cambio, más rotundamente lógico con su independiente selvatismo, sostiene que la guerra no es más que la brutal consecuencia lógica de la brutalidad del mundo, donde nada hay ni habrá jamás que no signifique el odio y la pelea perpetua de todo contra todo; por eso él ama el peligro de sus cazas, en un completo desdén á la vida de las fieras y á la propia, que vienen á ser iguales, y por eso los hombres de Europa, á la sazón, se dedican al placer de matar y destruír, pasando sobre el abandono de sus muertos con la misma indiferencia que la bandada de pájaros ó la manada de lobos pasarían sobre los suyos.
Y oyéndolos, oyendo á don Luis, al cura, que á pesar de sus contradicciones recoge la realidad de miserias de esta vida, que no podría ser de bien más que en el cielo; oyendo al boticario y al maestro y al doctor, que no obstante sus incongruencias encierran también exactitudes indudables en su dilema acerca de que el destino del mundo no pueda ser sino estar saltando incesantemente desde las perversiones de la paz á las destrucciones de la guerra...; oyendo, en especial, al maestro de la granja, que con su ruda sinceridad de pensamiento (ya que no con la de su espíritu, puesto que, lejos de odiarnos y mordernos, adora á sus niñitos y ayuda con todas las fuerzas de su fe á nuestra obra de bondades) suele tener la virtud de impresionarnos más que los demás..., como en aquella noche en que nos acusó de «asesinos de perdices»--nos retiramos muchas de estas noches á dormir pensando en la triste verdad de sus palabras.
El orbe entero ardiendo en odio, parece darle la razón, igual, aunque con más estrépito, que no tardó en dársela, ante el estupor de nuestros ojos, aquel zorzal abandonado á su agonía. No le faltarían al pajarillo infeliz hijos ó hermanos ó una hembra compañera que, en vez de quedarse al lado suyo, seguían dichosos volando por los aires. Así, en el salvajismo de los hombres, más cruel, ellos propios son los que van matando y pasando, con la satánica alegría del triunfo, por encima de los montones de heridos, por encima de montañas de cadáveres. ¡Oh, sí! ¿Cómo negarlo...? Es demasiado grande la confirmación de brutalidad que Europa está haciendo en nombre de la Tierra toda, y este hombre, quizá, tiene razón.
Pero, si la tiene..., ¿adónde habría ido á parar el templo que nuestra religión de la piedad trasladó desde la cruel Naturaleza al corazón de los humanos...? Nuestro amor, nuestras piedades se contemplan, y sentimos á veces Rocío y yo la vergüenza y la enorme confusión de no saber siquiera, al fin, si no seremos una ridícula excepción entre las gentes...; si no sería nuestro amor un bruto instinto más, lujuria hipócritamente disfrazada de excelsitud por la pasión mía, por la belleza de ella..., y si no habrían de ser nuestras piedades más que las morbosas y estúpidas y cobardes sensiblerías de un histerismo.
Más desorientados que nunca, quedamos sobre la misma emoción de nuestra noble dicha al besar á nuestro hijo en una especie de acorchamiento de imbéciles que fuesen buenos y felices por su amor y su ternura, aunque no quisiesen serlo.
* * * * *
Recibimos en el mismo día noticias de dos sucesos que nos afectan: unas, proceden de la guerra: el hundimiento, por un submarino inglés, del buque en que venían nuestras máquinas encargadas á Berlín; otras, llegan de cerca, y se refieren al traslado, á la fuga del cacique del Palmar á otro pueblo lejano, en vista de que los riesgos personales corridos en el suyo, y el término del proceso con la condena á presidio de los once delincuentes (habiendo estado á punto él de acompañarlos) le han probado también la terminación total de sus influjos.
Pero, aunque esto es ya un iris de paz para nuestro incierto porvenir, así, libres siquiera de los más osados malhechores y del más terco enemigo, y la pérdida de las máquinas nos representa un daño de ciento cincuenta mil pesetas, ni la alegría egoísta de aquel bien, ni el egoísta dolor de tal daño, han podido impedir que nuestra piedad, nuestra piedad, ¡siempre y á pesar de todo nuestra piedad!, saliendo fuera de nosotros se acongoje por el rigor cruel que concédenos favor echando á unos desdichados á presidio ó al destierro, y se acongoje, preferentemente, en casi olvido de nuestro mal, por las trescientas vidas de hombres y mujeres y niños que han ido al fondo del mar con nuestras máquinas.
* * * * *
Me buscan en la granja, á escape. Corro, y encuentro en su despacho á Rocío y á Emma sobre el cuerpo de Mary tendido en un diván.
Un periódico francés yace por tierra.
En él han leído las dos hermanas la muerte de su padre.
VI
Una semana--durante la cual ha quedado interrumpida toda ocupación que no sea cuidar á Mary.
Yace en el lecho, sin conciencia, en un sopor que apenas interrumpen los delirios cuando renovamos las compresas heladas de su frente ó la inyectamos cafeína ó éter para reanimarla el corazón. Sobrepuesta á su tormento, Emma la vela unas noches con Leopolda y las amigas, y otras la velamos nosotros, obligando á Emma á retirarse á la contigua habitación, donde llora más que duerme. El médico creyó ayer que Mary moriría.
Pero se ha iniciado hoy una reacción, y Rocío y yo esta noche hemos hecho que todo el mundo se recoja á descansar. La enferma quiso á media tarde como reconocer á Emma y hablarla; ha abierto desde entonces los ojos, girándolos vagamente por la estancia, y al ponerla Rocío la última inyección en un hombro, sin inquietarse de que los desnudos pechos virginales (que de tan bellos la obligaron á decirme: «¡Mira, qué bella es!») pudieran sufrir agravio de mis ojos, ella, fijándose en nosotros, y como si me reconociese y con la conciencia volviésela el pudor, á un inseguro movimiento de la mano trató de protegérselos.
Sí, se salvará. Encuéntrase mejor.
Ahora duerme tranquila por primera vez, hace tres horas.
Son las dos. Estamos en sendas butacas junto al lecho, y mientras yo mirándola y mirando á Rocío y recordando á Herman pienso con desconsuelo infinito que la brutalidad que nos acosa desde todas partes acabará por embrutecernos también, por arrastrarnos en su oleaje de crueldades..., Rocío, quieta, muda, inclinada sobre el codo al almohadón, contempla este benéfico sueño absorta en no sé qué hondas reflexiones.
Tan hondas, que al advertir al fin cómo la intensidad del pensamiento críspala la faz, tal que ante un misterio que se la estuviese desvelando en su alma y en la enferma, y que á mí mismo me quisiera transmitir, la excito:
--¿Qué piensas?
Me mira, recogida, en su enigmática abstracción. Va á hablar. Temerosa de que Mary despierte, levántase y me invita hacia el _bay window_, al fondo de la alcoba.
Nos sentamos en la otomana.
Tibia la noche, por las vidrieras abiertas la luna nos inunda, y nos llega el trinar de ruiseñores y el perfume de nardos del jardín.
Un momento aún queda Rocío suspensa en sus concentraciones, perdida la mirada por el cielo, y últimamente se gira á mí sonriéndome humildad:
--Lo que pensaba, lo que querría decirte, es difícil. Yo misma he querido decírmelo á mí misma, y no sé. Pero, verás...: mirando á Mary recordaba el zorzal de aquella tarde, y recordando á los que le habían abandonado moribundo, recordaba también nuestro temor del otro día sobre que fuese nuestra piedad una excepción, una vergüenza. ¡Oh, no! Si fuese vergüenza, nuestra piedad, no habría de ser excepción, al menos; y si hubiera de ser orgullo, tampoco tendría por qué excepcionalmente envanecernos. Ni esa pobre niña enferma es el zorzal que vimos recogido por el único consuelo de la muerte, ó el lobo herido de que habló el maestro de la granja, ni nosotros ni Leopolda, ni Emma, ni nadie de _La Joyosa_, somos los otros zorzales ó los otros lobos que la hayan visto caer herida de dolor para dejarla sin socorro, aun á costa del propio sacrificio. Fíjate: imposible mayor sinceridad que la de la pena de esas jóvenes amigas que aquí han renunciado á su sueño por velarla con nosotros; de ese don Luis, de ese médico, de esos hombres que por ayudarnos á todas horas á cuidarla, y aun llorando muchas veces, olvidan igual sus comodidades, sus casas y sus teorías divina ó humanamente desdeñosas de la vida, ante el simple hecho de una humana vida que se rompe; de esos pastores y zagalas que, despreciando su descanso, desde todas partes de la dehesa y de fuera de la dehesa, no han dejado de venir á llorar por la que fué ángel de dulzura para ellos... El dolor de Mary estaba, pues, haciéndome pensar que la piedad existe de tal modo, y tan fuerte, era las gentes que nos rodean y en las gentes todas de la tierra, que así como en el Palmar pudo revolverse contra los desafueros de un malvado, ni la guerra que asola á Europa es capaz de ahogarla en el fragor de sus crueldades: tal que á Mary, aquí, con nosotros, entre extraños, al fin, que la recogerán para siempre, con su hermana, como á dos hermanas más, no le habrá faltado al pobre Herman la abnegación de otros extraños, de un médico que querría salvarle y de una enfermera que llorase sobre su infortunio en un lecho de hospital, si á él llegó con vida; y no le habrán faltado, no le faltan á los que caen bajo el cañón ó la desdicha, por muchos que puedan ser, esas mismas abnegaciones y socorros, esos mismos hospitales en que transforman los ricos sus palacios, y esos mismos llantos y caricias de la compasión universal que acude con un poco de ciencia á cada herido, con un poco de pan á cada hambre, y con una cruz siquiera á cada tumba...
Calla, un instante; calla la maga, que me está cruzando el ser de glorias de luz ante las cuales se me borran las nieblas sombrías del pesimismo... y cuando voy á agradecerla, no sé si á besos ó á palabras, la fe que me devuelve, sonríe y me pregunta humilde, cogiéndome las manos:
--Y di, Alvaro..., tú lo has de decir, puesto que esto era lo que mirando á Mary no he acertado yo misma á decírmelo á mí misma: si la piedad es una realidad indudable en los demás y en nosotros, si al lado de la brutalidad y la fiereza no habría de ser en la Humanidad entera un inútil histerismo, sino al revés, algo tan extraño que, diferenciándonos de las fieras, de los brutos, sobrepónese al egoísmo para hacernos amar el ajeno sufrimiento antes que el propio bienestar..., ¿qué sería la piedad y qué cosa podría engendrarla de la humana vida, que no tengan los brutos?
Queda ansiosa contemplándome tan bella que al contestarla sólo tengo que robar la respuesta en ella misma:
--Tus ojos. Tu belleza... ¡El amor!
--¡No!--rechaza la que ya habrá medido esto--. También aman las fieras á sus hembras que son bellas, y no saben de piedades.
Vacilo; pero insisto, tomando igual de otro resplandor de ella la contestación:
--¡La inteligencia!
--¡No!--vuelve veloz á protestar--, los más inteligentes son todos esos hombres que en la guerra se destrozan.
Tiene razón. No sé qué más responderla. El desánimo la hace soltarme las manos, para girar la cabeza al cristal y suspirar mirando al cielo:
--¡Oh, Alvaro, somos buenos y no sabemos por qué ni para qué!
«No sabe por qué somos buenos.» «No sé por qué somos buenos.» «No sabemos por qué ni para qué somos buenos y son buenas las gentes.» Acaba así de plantearme el problema que cien veces creímos tener resuelto, restituído por su delicadísima perspicacia á la indudable exactitud de la piedad que guarda cada corazón como un sagrario, y ni aun con revelársenos esa piedad tan fuerte y tan extensa, puede borrarnos la penosa duda de que su fuerza no sea más que una apariencia vana destinada nuevamente á sepultarse en las mansas brutalidades de la paz ó en las fieras brutalidades de la guerra.
Triste y absurda suerte, entonces, la del mundo, que Rocío y yo, con nuestros amores á la Vida, y á pesar de toda la tremenda imposición de todas las crueldades implacables, no queremos admitir; pero, desde ese absurdo, nuestras ansias vienen á estrellarse no menos implacablemente en los hermetismos del enigma: ¿qué es, qué puede ser la piedad; qué puede engendrarla con su tenacidad persistente á través de los dolores, como una fuerza eficaz brotada de algo noble y como inmortal de la vida misma...; qué sentido y qué valor debe concedérsele..., si no hubiera de representar una tan terca como estéril sensiblería en medio de la crueldad humana y en medio de la crueldad del Universo?
¡Ah!, quiere saberlo, quiere saberlo Rocío, que alumbrada por la luna se lo demanda con angustia á las estrellas; quiero, quiero saberlo, contemplando á la que en vano me oyó decirla un día que este mundo pudiera ser estrella y no lo es, y en el afán, como mortal, de averiguarlo, y de averiguarlo, aún, en ella misma, pues no acierto á entender cómo no dejé encerrada toda la razón de la bondad del mundo en cada una de las dos respuestas que me dictaron su amor y su talento..., clávanse mis ojos en la luz fosfórea de sus ojos, miran la sobrenatural belleza de su frente y de su boca y de su cuerpo que es divino..., pasan un punto á la contemplación del cuadro excelso que sírvela de fondo, con el cielo azul, con los astros de la noche soberana, con los perfumes y el trinar de ruiseñores del paraíso de hermosura que, á pesar de su crueldad, es nuestro inmenso y dulce paraíso..., y cayendo otra vez á ella el afán de mis ojos, la contemplo, la contemplo convencido de que sólo en la armónica verdad de la que por ser mi bien y mi ternura fué mi fe y mi salvación, puede estar la razón de todas las razones, de toda la Armonía.
La contemplo con tal aguda y ardiente intensidad, que creo á ratos que mis miradas la quemen como dardos encendidos que se hundiesen por su carne y por su alma en pos de la mariposa del misterio que dentro de ella revuela y se me escapa. Por su alma, por su carne..., por su boca y por sus ojos..., por su vida de pagana divina amante de la Vida que no puede admitir la suya en mentira gentil de la lujuria, si no fuera más nuestro amor que el de dos fieras. Por su vida, de tal modo diáfana y purísima á la pureza blanca de la luna, de tal modo sagrada junto á mí en mitad de las sagradas grandezas de la noche y de los campos y los cielos, que..., ¡oh, al fin!, la mariposa de ilusión de la pureza de todas las purezas que persigo y se me esconde en sus entrañas, sube una vez, salta en un destello ó en un suspiro desde la frente á los labios de la amorosa pensativa, y rápida mi angustia la aprisiona con un grito, con un beso.
He sorprendido y casi asustado á la inmóvil con el beso y el grito de mi triunfo.
--¡Sí sé por qué! ¡ Sí sé, Rocío--la he dicho--qué es la humana piedad y por qué en la Humanidad será su redención! ¡No el amor! ¡No la inteligencia...! Pero ¡sí el sentimiento que sólo puede nacer de la inteligencia y del amor cuando se funden!
Vuelvo á dejar un beso de infinita fe en su boca, otro beso en su frente; y como la clave del misterio, que ya es mía, que ya es nuestra y estaba en nuestro ser, alumbra desde ella y desde mí cuanto de paradoja enorme de piedades y crueldades nos rodea en el mundo y los espacios, me bastan unos segundos más de contemplación dentro de mí mismo para poder decirla á la divina que tanto todo lo sabe comprender: