Part 18
--Mira, Rocío, la Naturaleza, ni piadosa ni cruel, es tan sólo impávidamente bella y perfecta con una perfección que impúsola su alma, Dios, y que está por encima de nosotros; pero la Naturaleza es cambio y renovación, la Naturaleza es lucha, y la vida, su creación, tiene que serlo. Así la vida humana, con la lucha por condición inevitable, tiende á la violencia; así la vida humana, hecha, como la de los brutos, de sangre, de entrañas, de instintos, de corazón, tiende á la sensualidad brutal; así también la vida humana, hecha, además, de inteligencia, avergonzada de aquellas ferocidad y brutalidad, ha maldecido muchas veces de sí misma y del mundo, sin pensar que maldice la obra de Dios, porque no la entiende. El instinto fiero de la lucha, condición de la existencia de la especie entre las demás especies; el instinto animal de la sensualidad, razón de la especie misma, y la inteligencia, son, pues, tres cosas esenciales y aparentemente contradictorias de la vida, cada una de las cuales parece impulsarla en una opuesta dirección, y á las cuales, sin embargo, no les falta más que armonizarse. Todos tienen razón, los que se abandonan á los instintos contra la inteligencia que parece detestarlos, y los que, confiándose á la inteligencia, torpemente los detestan; y, sin embargo, ninguno tiene la razón. Aquéllos por el contrasentido de su amor á la vida en nombre de una brutalidad y una fiereza que hubieran de convertirla en algo exclusivamente destinado á nacer para matar ó morir, y cuya barbarie no necesitaría pedirle á la inteligencia medios destructores, ya que igual diese morir ó matar antes que después contra un lobo ó contra un hombre y peleando con una porra ó un cañón. Estos, por el contrasentido de su odio á la vida en nombre de la inteligencia, que querría darla destinos exclusivos en el cielo ó en el éter, sin perjuicio de estar proporcionándola progresos y comodidades materiales que aumentan su odiada sensualidad, y defensas y civilizados adelantos que acrecen su fiereza aborrecida. Quiere esto decir que mientras subsistan los contrasentidos de la vida, será un contrasentido la civilización, la tendencia al humano progreso material que la inteligencia realiza, completamente innecesario para el cielo, y no puede por menos de querer decir también que sólo cuando la inteligencia (como siempre y á pesar de ella hácelo su obra) se vuelva hacia aquellos instintos fundiéndose con ellos..., la vida misma, integrada, quedaría capacitada para considerarse como un armónico tesoro. ¡Sí, Rocío...! Unicamente la inteligencia, cayendo á la sensualidad y ennobleciéndola, puede hacer que la sensualidad se alce convertida en sentimiento de amor que á su vez la impregne de ternura, de caricia; y únicamente de la fusión del amor intelectuado con la enamorada inteligencia surge la piedad capaz de hacer que las entrañas sepan decirle á la inteligencia que todas las sabidurías sin amor no son más que crueles é inútiles orgullos, y de hacer que la inteligencia sepa agradecerlos á las entrañas que sean el veneno de la vida que á ella misma la engendra y perpetúa para que en vez de odiarla la guíe y la ampare generosamente con su divino resplandor.
Estrecho más á la bella vida que me escucha con el corazón y con el alma, y prosigo--cierto de que me entiende de inmenso modo y de que igual pudiese ella proseguir:
--¿Comprendes ya lo que representa la piedad...? Toda la incoherencia de la Humanidad á lo largo de los siglos se encuentra informada por esa tenaz y lamentable irreconciliación de los tres elementos esenciales de la vida Hay una historia profana del mundo, como hay una Historia Sagrada, y si en la una lo instintos que por naturaleza nos hunden en la animalidad, aferrándonos al amor de la vida no han acertado, por equivocación á la vez en su abandono, sino á que la vida salte desde la perversiones sensuales de la paz á las destrucciones de la guerra, que algunos llaman purificación (¡extraño modo de purificar la vida hundiéndola en la muerte!), en la otra la artificiosa creación de códigos morales depreciadores de la vida, y de religiosas piedades y virtudes que habrían precisamente de fundarse en tal desprecio, no han logrado impedir que continúe la vida debatiéndose entre sus crueldades de la guerra y sus abyecciones de la paz, cuando no por propio influjo provocando las más sangrientas matanzas con las guerras más crueles. Es que la vida, indestructible y poderosa con sus alientos de lucha y de sensualidad y de espiritualidad, rectifica siempre á cuanto en vano intenta cercenarla ó deformarla, derrumbándole sus aislados absurdos con un simple desperezo; y por eso la piedad, y sólo la piedad, conciencia y sentimiento de su plena integración, al concederles desde la armónica fusión de todos ellos su armónico valor á cada uno, será la fuerza, que en lo porvenir rectifique el tremendo error de los que, á su vez rectificando á Dios, creen que no se pueda amar á Dios amando al mundo en los altares de la Vida; será la fuerza que rectifique el tremendo error de los que no pueden creer que la humana vida sea una cosa divina de carne y alma que debemos adorar como el único bien recibido del Dios que quiso crearla así para el reino de la Tierra, pedazo ó estrella más de su infinito reino de estrellas, de su infinito reino de amor del Universo..., y será la fuerza, en fin, que rectificando el terrible error de los que al obedecer á la Naturaleza en su ley de lucha no aciertan á verla otra finalidad que la ferocidad y la destrucción, le dé á la lucha el sentido racional del triunfo, el sentido racional del gozo de lo conquistado noblemente. ¿A qué ni para quiénes, si no, triunfos ni máquinas, ni sabidurías, ni civilización, si lejos de subordinarse al dominio soberano del hombre que los crea hubiesen eternamente de servir para su muerte...? Sí, sí, ¡oh, sí Rocío...! Luchó ya demás la Humanidad, tiene ya sobradas máquinas, sobrados medios para constituirse inteligentemente en el gozo de la victoria de sí misma, definitiva, garantizándola en su reinado absoluto del cielo de la tierra contra toda clase de barbaries, y á la civilización de la mecánica, que nos concedió tantos prodigios, le falta solamente completarse con la civilización del corazón. Ceda un poco por todas partes la inteligencia en su manía de los talleres, de las fábricas, de los fríos gabinetes de los sabios, de la yerta pequeñez cerrada de los templos, de donde sale el odio porque se adoran imágenes del hombre en vez de adorar al Alma Universal en el misterio de la sagrada inmensidad de la creación; caiga al altar del corazón, á la beldad de la mujer, tan excelsa que la propia inteligencia no supo encontrarles otras formas á Venus y á María..., y en las entrañas mismas de la carne, que dicen que es bestialidad y sensualidad, hará nacer la piedad, y por todas partes, también, y en todos, como en nosotros, porque supimos besarnos con fervor igual en la frente y en la boca, surgirá la piedad, que no es más que el amor tendido á la Humanidad entera desde las entrañas, y que más fuerte que todas las crueldades le impondrá al mundo alguna vez la religión divinamente humana de la Vida, que está tan bella, en tus labios y en tu frente!
Con la impetuosa gratitud de cuanto ha sabido revelarme voy á besarla de nuevo la frente y los labios, y es la diosa de carne de ilusión, es mi Venus idealizada por los místicos fulgores de María, la que se anticipa á lanzarse á mí en tal triunfo de abrazos y de besos... que Mary se despierta.
Se despierta; Mary se despierta.
--¡Rocío!... ¡Emma, Emma!--la oímos.
Corremos á ella. La vemos incorporarse.
Está salvada.
Con la inconsciencia de los sombríos limbos del no ser, de donde surge, mira alrededor y llora, al fin, cuando Emma, que acude rápida de la contigua habitación, arrójase á sus brazos llorando pena y alegría. Rocío, llorando, abrázase á las dos. Lloro también, tendiendo un brazo sobre el grupo de piedad que forman las tres bellísimas criaturas, la que ha sido mi salvación con su amor de carne y alma y las que con su amor del alma herido por la falta del padre serán para nuestro amor y para siempre dos hijas ó dos hermanas más..., y en tanto que Rocío ahogada de sollozos se lo afirma así á la pobre Mary mitigándola la sensación de abandono en que habríala dejado el mundo..., para llorar más mis ternuras me alejo nuevamente al mirador.
Lágrimas que siguen fluyendo de mi ser arrancadas por la paz augusta de la noche que allá lejos turban los sacrilegios de la guerra y por este grupo cuyo santo amor ni todas las ferocidades juntas han podido destruír.
Lloran, lloran los corazones del bello grupo de piedad, y yo pienso que sólo ella, la PIEDAD, tan grande y tan fuerte en nosotros y fuera de nosotros, que ni la guerra con la ley de lo feroz logra aniquilarla; tan grande y tan fuerte que al huracán de la guerra se hunden murallas y pueblos y templos, y ella persiste; tan grande y tan fuerte y tan exaltada bajo el turbión de lo horroroso..., que irá á ser la única ley que, restando incólume y perenne cuando la guerra agotada por la violencia de sí propia deje al mundo entre el destrozo de sus frágiles y viejas inconexas leyes religiosas y sociales, en nombre del corazón se bastará á imponerle al mundo la religión divinamente humana del Amor, la eterna religión divinamente humana de la Vida.
Armonizada la Vida, civilizado el corazón (que es lo que le falta que civilizar á tanta civilización de muerte y odio en torno suyo), la Vida, en el paraíso eterno de la tierra, tal que en nuestro pequeño paraíso va venciendo el ímpetu salvaje que aquí disperso con uñas y con dientes sobre la rústica inocencia se llama unas veces ignorancia y otras caciquismo, vencerá el ímpetu salvaje que oculto unas veces bajo la cultura mundial se llama inmoralidad, se llama crimen, se llama hipocresía, y otras veces descarada y oficialmente bien organizado de _superdreadnoughts_ y de cañones, se llama imperialismo.
¡Oh! ¡Imperialismo! ¡Caciquismo...! Diese igual si aún aquél no fuera más salvaje porque tiene más medios para serlo.
Pero... ¡qué importa!
La Vida os creó para su triunfo, y yo, al fin, sí sé por qué á vosotros, que con vuestro ciego horror de amor creasteis las piedades, la Vida os matará.
FIN DE LA NOVELA
Villa Luisiana.--Ciudad Lineal.--Madrid, 1916.