Part 16
Diez minutos después, el sol, en medio del cielo azul, alumbra con una calma de ironía la desolación de nuestros campos. Encinas y frutales tumbados, caídos los postes del teléfono y la luz, arrasada la huerta, casas con desperfectos. El hundimiento de una nave de la granja ha cogido á cinco operarios, fracturándole á uno las costillas; y sorprendidos sin amparo, hay más hombres y niños heridos, leves, por fortuna, y muertos muchos animales.
* * * * *
La Naturaleza ha querido mostrársenos, al fin, tal como ella es: bella, inmensa é impasiblemente bella; inmensa é impasiblemente feroz, también, si se pone á serlo. La sonrisa con que crea las hermosuras de sí propia sin cesar, puede trocarse en la siniestra insensatez con que á sí propia se destruye para volverlas á crear entre sonrisas.
Pero hasta la sonrisa de su amor oculta su impávida impiedad. Rocío y yo hemos aprendido á ver esto con nuestra atención ya despierta hasta á lo íntimo y fugaz de las más pequeñas cosas. Y ahora, cuando en los dulces días de paraíso nos sentamos bajo un árbol á descansar, á dejarnos penetrar por todos los poros de la vida en los aromas de las flores y las delicias serenas de las frondas y los aires, asimismo nos penetra la impresión de que todo es crimen, de que todo es muerte entre las mismas divinas y como santas armonías del aire, de las frondas, de las flores. Una abeja que liba una corola, roba, mata; mata, riendo sus trinos de alegría, el pájaro que busca abejas y larvas en la yerba; mata al pájaro un águila en las purezas del espacio, ó el gato montes en el ramaje de la encina donde le sorprende cantando sus amores, y acaso el gato montés no vuelva á sus guaridas de la sierra sino para ser la víctima de un lobo.
Un día, un hermoso día de la Naturaleza, alza sus triunfales himnos, pues, sobre la muda y perenne renovación de juventud que le constituye la incesante lucha de la vida y de la muerte.
La Naturaleza es cruel. Nuestras ansias persistentes de piedad han visto deshacerse en ella el templo de la religión de las piedades.
¿Dónde prendiéramos de nuevo aquellas ansias?
Hemos gustado demás las amplitudes de la vida, Rocío y yo; está asentada nuestra dicha demasiadamente en esa amplitud que se nos tiende por el alma y por la carne, que la hace á ella glorificar desnuda su amor en oraciones excelsas á la Virgen..., para que nuestro Dios y el de la Virgen que sonríe al amor de la pagana, pueda volver á ser aquel que en nuestra niñez adivinábamos oculto en un rincón del cielo, invisible contemplador irritado de su obra...; para que nuestro Dios pueda ya dejar de ser otro gran Dios espaciado con su bien y su alegría por los aires, por los ríos, por las montañas, estando igual en la piedad y la crueldad de nuestro corazón que en la piedad y la crueldad del Universo.
IV
Armonizados con la crueldad que nuestro paraíso nos impone, y que desde hace tiempo nos permite otra vez cortar flores, coger ranas y tirar tiros y cazar, seguros de que la perdiz herida por nosotros no tardará un gavilán, en devorarla abreviando su agonía (forma de piedad de la cruel Naturaleza), nuestra piedad, apartada de los brutos, concéntrase hacia nuestros semejantes más intensa.
Nada con ellos nos fuerza á ser crueles; ni la torpeza que se nos revuelve alrededor agresiva, y aun de algunos que sólo nos debían pagar en gratitud. Un día, por ejemplo, Rocío recibió un anónimo; lo leyó y me lo alargó sonriendo:
--¡Qué estupidez!
«Tu marido y Mary se entienden. Se ocupan más uno de otro que de la caza, en los puestos de perdiz. Fíjate en qué poco la importa á Mary enseñarle los muslos metiéndose en el río.»--Llegábanos en el correo, y procedería de cerca de nosotros. De Matilde, de la administradora, á no dudar. Dos semanas antes un conyugal escándalo que, en demanda de socorro, hízola escapar campo traviesa con la cara llena de arañazos, había dejado públicamente maltrecha su virtud. Parece que durante la época en que dominaron aquí como señores, tratándose á gran prosopopeya con los de los pueblos inmediatos, ella «se entendió» con el cacique del Palmar...; y el marido acababa de encontrar en un armario cartas y pruebas de que uno de los hijos no es suyo. Parece también que por hallarse el administrador con el rival no muy limpio de conciencia en lo respectivo á arriendos y negocios (lo que explicaría sus actuales desahogos de rentista), pasado el arrebato prefirió echarle tierra á la cuestión y perdonar á la traidora. Mas ya resultaba tarde para devolverla los prestigios. Rabiosa, pues, Matilde; perdidas en la consideración ajena las intachables aureolas de que tanto blasonó, con el anónimo á Rocío, y quizá con malignas insinuaciones sobre Mary á todo el mundo, buscaría nuevos escándalos que les igualase en tosca desvergüenza á los que no habían querido igualarla en virtuosa ostentación.
Tal suele ser la virtud de las rígidas burguesas..., lo mismo por los campos que por los aristocráticos salones...; ¡pobres _Ineses_ que, muy honestamente baja la falda á los tobillos, esperan siempre á su _Don Juan_ en el sofá!
Y claro es que Rocío y yo, delante de la grave Matilde, que más ó menos procesionalmente nos sigue acompañando en los paseos, seguimos sin tener por qué ocultarla que Mary va sola conmigo á los puestos y seguimos viéndola á Mary las piernas tantas veces como lo exigen sus inocentes distracciones.
¡Oh, las nobles desnudeces de las que pueden con un poco de inocencia desnudarse! ¡El cándido impudor de las que así saben perdonarlas hasta el torpe intento de la extensión de su maldad á las mujeres ruborosas...! Lo menos la mitad de los retratos que tengo de Rocío son de su desnudo, unas veces porque dentro de nuestras habitaciones la sorprendo en gentiles actitudes al bañarse, ó al salir del lecho y de mis brazos y postrarse en saludo de oraciones á la Virgen, ó al traerla Leopolda al niño, también sin ropas, y tenderse ella en el mullido de una alfombra á darle paganamente juguetona y perezosa de mamar...; otras veces, porque encerrado en la galería fotográfica hágola _posar_ de viva estatua...; y estos retratos, cuando después los miramos al estereóscopo como vidas pequeñitas petrificadas en gracia y en belleza, dijérase que, á la plena gloria de su carne, son las imágenes del culto que desde la armonía de nuestro amor le puede tender incluso al odio de por fuera de nosotros la gracia y la belleza de todas las piedades.
Sí, sí, beben mis ojos y mi alma en la armónica belleza del alma y de la carne de Rocío el misterio de una nueva y humana religión inmensa de la vida, que á veces sube como inmortal desde mi corazón al cielo mismo por encima de la muerte.
--Mira--he llegado á concretarla uno de esos días en que ella le reza desnuda á la Virgen, que por algo tuvo entrañas de las que salió otra religión--, si el poco de materia que forma mi ser y forma tu beldad nos forma una conciencia, la totalidad material del Universo debe de formar otra conciencia: la de Dios. Al ser del Universo, cuyo alma es Dios, seríamos dioses; nuestro corazón es Dios; nuestra vida es Dios; y porque nuestra vida besa y ama es divina nuestra vida.
* * * * *
Con la emoción de que nuestro templo se nos reduce al alma, al corazón, á la humana vida que quiere y puede gozar su cielo de la tierra, nuestro cielo de la tierra, nuestro paraíso va rodeándose de otros paraísos. Aparte la colonia autónoma, que en las parcelas descuajadas de las rañas constituyen ya muchas familias convertidas en propietarios desde el último otoño, funcionan asociados, bajo mis auspicios, dos grupos de importantes labradores cuyas fincas lindan con la nuestra. Las máquinas y el capital de iniciación se los facilitamos mediante contratos de fácil cumplimiento.
Esto, y las peticiones de préstamos y socorros que se multiplicaban y llevábamos en un desorden que habría acabado por ser perturbador, nos ha inducido á instituír una suerte de pequeño Banco Agrario, cuyo objeto es proporcionar á mínimo interés semillas y dinero á cuantos, en relación ó no con nosotros, antes quedaban presos de la usura. Muchas veces, viendo la afluencia de gentes que por tan varios motivos acuden á _La Joyosa_, Rocío y yo nos hacemos notar de qué modo el trabajo, venturoso de sí mismo, en cuanto de él haya de porvenir nos garantiza una ventura indestructible; no ciframos su empeño en ambiciones expuestas al desastre; al revés, somos unos capitalistas cuya fácil tarea, cuya obsesión principal encamínase á la prosperidad de los extraños; y si mis técnicas iniciativas acrecen los rendimientos que han de aprovechar también á los demás, los cálculos y las numéricas prudencias de Rocío vigilan contra toda posibilidad de nuestra ruina. Ni un negocio ampliamos sin que la excelentísima _comptable_ haya medido bien sus contingencias. Con el exceso del último balance hemos encargado máquinas más perfectas á Berlín. ¡Capitalizaciones de ganancias que extenderán á los demás el beneficio, sin dejar de quedar para nosotros! ¡Aritméticas del corazón de las cuales nada más sabe su maravilloso resultado el corazón!
Verdad es que á la creciente ola de gratitud no le faltan en torno, y aun dentro de ella misma (como los de Matilde) los enojos de los envidiosos y los de los soberbios y torpes egoístas que se creen perjudicados: tenderos que vendían el bacalao y el arroz á triple precio que en Madrid; prestamistas al mil por ciento y á la vista de ejecuciones judiciales; granjeros y labradores que ven despreciados sus malos productos por los nuestros; caciques que temen perder más cada día su influjo para el mal... Las amenazas nos llueven; los hechos en que muchas de ellas se resuelven, también. Hemos sido víctimas de una descomunal asignación en el reparto de Consumos (que al cabo me forzó á recurrir á las influencias de mi hermana para que el Gobierno provincial no lo aprobase), y la impunidad en que uno de estos jueces rurales va dejando á tres malvados que una tarde robaron á nuestro peatón del correo, camino del Palmar, acaba de obligarme á valerme asimismo de mi hermana para sustituír á dicho juez por un amigo.
¿Enconaré así la lucha que contra los odios y par mi parte yo quería que fuese de amor únicamente...? Lo ignoro. Las violencias, sin embargo, llegan á un punto que exige toda clase de defensas. Si oficial y descaradamente hay quien pretende arrollarnos con esas tropelías, aun son más numerosas y más graves, quizá, las que nos atacan sin cesar desde la sombra. De seis meses á la fecha, ó lo que es igual, á partir de la época en que empezaron las colonias nuevas, coincidiendo para el silvestre reyezuelo del Palmar con su derrota del reparto de Consumos, hemos tenido fuego tres veces: en los pinos de la sierra, era un almacén de máquinas y en los depósitos de corcho; hemos visto amanecer asolados un campo de mieses y una viña, y nos han destruído dos canales. Además, y muy particularmente, nos ha causado pena seguir descubriendo la ingratitud y la traición rastrera en nuestras gentes mismas. Aprovechándose del equívoco de las circunstancias anormales, ha fingido un día el administrador que tres facinerosos le robaron el caballo y una suma importante cobrada en una feria--burda farsa desvelada por las pesquisas con que la guardia civil averiguó que él propio le había vendido el caballo á unos gitanos--, y en la destrucción de los canales, imposible de realizar de otra manera, intervino un guarda nuestro, cuya pasividad fué comprada por soborno.
--¡No importa!--solemos convenir Rocío y yo á cada una de estas hazañas que de tarde en tarde nos turban la alegría--. Igual fueron nuestros enemigos esos labradores, esos otros caciques de Valdeleón y de Palmar, que ya son nuestros fieles aliados.
Siete pueblecillos nos circundan. Dos se han rendido en la dulce lucha del amor. Los más pequeños. Quedan cinco, formando un cantón, donde van exacerbándose y reconcentrándose los odios, y de los cuales el Palmar viene á ser la cabeza y el cacique del Palmar su irritado tiranuelo.
--¡No importa! ¡No importa!--repetimos.
Y con la fe de la bondad de nuestra obra contra toda clase de obcecadas rebeldías, con el perdón de nuestro amor dentro de la edénica belleza de los campos, que nos hace olvidar pronto las injurias, seguimos, seguimos por ellos gozando y amándonos y amándolo todo y riendo... sobre el mismo pesar de haber tenido que despedir al administrador y su familia, al guarda que consintió la destrucción de los canales y á otro que después sorprendimos vendiendo corcho de las pilas por su cuenta.
¡Ah, son tantas ya las vidas buenas que están junto á nosotros y que se podrían dañar de mal ejemplo!
--¿Qué pasa? ¿Qué es eso? ¿Qué suena?
Como Mary el día del ciclón, Rocío queda hoy en la mesa, escuchando.
Un tiro, y en seguida otro, y otro, y más, con un vago rumor de griterío. Los tiros siguen unos minutos; luego, cesan; pero sigue la algazara. Es en la vega. Un guarda ha cruzado á todo el correr de su jaca. Recordamos que ayer pasaron dos ciervas, fugitivas de algunos cazadores. Tranquilamente continuamos el almuerzo. Habrán vuelto á aparecer y las persiguen.
Otra idea nos había sobresaltado. Es sábado, día de gran concurrencia al economato; día de verdadera feria de todas las pobres gentes de alrededor, que ya por los caminos han sufrido recientemente vejaciones por parte de los mismos grupos mal fachados, de los mismos pagados infelices que sin duda incendian y asolan nuestros campos, y se comprende que al pronto sintiéramos el temor de cualquier nuevo atropello.
Porque los atentados á la propiedad de las cosas y á la seguridad de las personas, desde que, al fin, hace un mes, fué sustituído por otro el juez indigno de Palmar, menudean, lejos de ir cediendo. El lunes estalló otro fuego en una era; no pasa semana sin que nuestros pastores tengan que sostener peleas á estacazos y pedradas con las siniestras patrullas, que vienen á insultarles procazmente, y anteayer mismo nos faltaron al trabajo, por expresa imposición del cacique de Palmar bajo pena de no ocuparlos más en el pueblo, los braceros que de un modo eventual en esta época de estío ayudan á las máquinas.
Mas... ¡oh! Tórnanos la alarma. Apenas transcurrido un cuarto de hora sin que cese el vocerío que pudimos creer de diversión, unos desgarradores gritos de mujeres que se acercan nos atraen á la ventana. Consternadas, corriendo delante de un disperso tumulto que aparece entre los árboles, conducen á un niño ensangrentado.--¿Qué pasa?--tenemos que interrogarnos--. Y como, sea lo que sea, es grave, porque vemos también á un hombre á quien los guardas aprisionan, al mismo tiempo que procuran defenderle de la agresión de varios armados de palos y navajas, y á otros hombres que transportan á uno exánime, tendido..., yo cojo al paso mi rifle, y escapo hacia el trágico barullo, sin poder impedir que Rocío venga tras de mí.
¿Qué pasa?... ¡Ah! Lo que pasa, lo que acaba de pasar rápida y brutalmente junto al río, en la alameda que aun está dentro de la dehesa, no tardan en decírnoslo las rabias ó los lamentos y las lágrimas de todos: una emboscada de miserables que aguardaban á los que regresaban de sus compras, para insultarlos, para escarnecerlos, para entablar, por último, una lucha á tiros, á puñaladas, á palos y mordiscos y patadas, de la cual han resultado dos de ellos heridos, heridos muchos más, niños y mujeres, y un muerto.
Día de horrible duelo. La sala de consulta que el médico tiene en la farmacia se convierte en hospital; otro departamento en cárcel de tres malvados, hasta que llega la guardia civil á recogerlos. Mary, Emma, María Teresa, todos, con Rocío, ayudan á las curas. El muerto era un honradísimo padre de familia, cuya mujer y una hija de trece años le velan como locas. El niño herido muere también..., poco antes de presentarse el Juzgado.
Día de horrible duelo, sí; días también de horrible pena los que siguen. Se nos ha ofrecido esta vez, desgraciadamente, ancho campo en que ejercer nuestra piedad. Pero la tristeza, la tristeza, casi el espanto, queda indeleble en nuestra alma. Nada importa que hallamos remediado con esplendidez el porvenir de los que han quedado sin padre, sin hijo, de los que sufren y no podrían por algún tiempo trabajar ó subvenir con su trabajo á cuidar bien á sus heridos, ante la horrenda verdad indudable, absurda, sin embargo, de que «nuestra obra de amor» haya producido dos muertos.
Los ojos cuajados de los muertos, los del niño sobre todo, mártir inocente, creyérase que nos persiguen acusándonos de haber venido con nuestra piedad á estas comarcas para emprender no una obra de amor, sino de torpeza. Esas dos existencias tronchadas, ¿de cuántas más para la expectativa del luctuoso porvenir serán el prólogo?
Nuestras ansias de bien y de paz han desencadenado los rencores que dormían bajo el dolor; han encendido la guerra. En vano la misma enorme impresión de los últimos sucesos parece haber mágicamente suspendido hacia _La Joyosa_ toda hostilidad. Se trata de una tregua. Levantadas en masa las gentes del Palmar ante la inicua bestialidad del crimen, y comprendiendo que su culpa es del cacique que no sólo había lanzado á realizarlo á los diez ex presidiarios que él tenía mimados como guardas rurales y serenos, sino que además intenta sustraerlos á la acción de la justicia, hay públicos disturbios y diarias manifestaciones colectivas contra él, con amenazas de arrastrarlo; y la guardia civil reconcentrada para velar por el orden y favorecer la recta acción del juez especial, no siempre puede impedir las diarias colisiones en que van resultando más heridos.
* * * * *
La Naturaleza, la salvaje Naturaleza, que es impasiblemente bella, es también impasiblemente cruel; la humana vida debe serlo tanto más cuanto más persista con ella identificada, en salvajismo. Unicamente de tal modo logramos explicarnos en estas gentes la feroz crueldad, la grosera y torpe envidia y los criminales egoísmos que no es capaz de contener ninguna suerte de respetos: ni los humanos de la vida, ni los divinos de la gratitud, ni los sociales de las leyes. No contemplamos Rocío y yo con cobardía, en modo alguno, desde nuestra desorientación, el largo porvenir de lucha; pero sí con el desaliento de la posible inutilidad de nuestras quizá insensatas caridades.
¿Nos habríamos equivocado buscándoles á nuestras ansias de amor mayores perfecciones en la imitación de la cruel Naturaleza, huyendo del que nos pareció artificio de la vida ciudadana--donde bajo el miedo á arbitrarias leyes vive siquiera la impiedad suavizada en buenas formas?
A veces, departiendo con Herman Ferac y sus hijas, cuyo recuerdo de la dulce Bélgica no les permite entender el salvajismo de este rincón de España, llegamos á pensar si no debiéramos buscarle á nuestra empresa de amor un más propicio ambiente en otras tierras. Ellos nos hablan de Visé, en donde nacieron, y nosotros evocamos nuestras gratas memorias del Berlín monumental del orden y de las educaciones exquisitas, y de la Suiza, y de la misma Bélgica, cuyos verdes valles cuajados de hotelillos, de fábricas, de granjas, de puentes y telégrafos, hubieron de impresionarnos al correr de los trenes como olimpos ideales en que hubiéranse fundido los bienes del progreso á la sencillez idílica del campo.
Allí, sin haber la corrupción de las grandes urbes, no habría tampoco estos salvajismos del crimen bruto, cien veces peor que el crimen de guante blanco de París--domados los salvajes hombres y la salvaje Naturaleza por cuanto irradian de noble la cultura, la educación, la inteligencia--: allí, pues, serían posibles las santas prosperidades del trabajo sin tener que temer á cada instante, ni jamás, el vandálico atropello.
V
Los periódicos traen alarmas de una guerra europea, inminente.
No las creemos.
Herman Ferac, porque opina que la impediría el internacionalismo socialista. Los demás, bien avenidos con el _statu quo_ de su trabajo, porque rechazan toda intervención social de lo violento. Yo, porque pienso que la misión de Europa, en el ciclo progresivo, habríase alzado muy por encima de las guerras cuyo objeto fuese el destrozo de sí misma; vasta y nobilísima labor de sus Ejércitos la difusión civilizadora, que sólo ella ha realizado y deberá acabar en el mundo, faltaríale la razón de los altos ideales, que siempre presidieron á las guerras de la Historia, al lanzar esos formidables Ejércitos unos contra otros entre próceres naciones que gozan de la misma civilización, de la misma religión, de la misma amplia libertad industrial y comercial, de idénticas costumbres y hasta del máximum de felicidad posible hoy sobre la tierra. El gesto de Austria hacia Servia, á la cual le pide cuentas del asesinato de un príncipe, provocando los enojos de Rusia, que á su vez suscitarían, en guerra de odios, los de Alemania, Francia é Inglaterra..., parécese demasiadamente al «si tú le pegas á ése, yo te pegaré á ti, y todos nos pegaremos» de los chiquillos díscolos ó de los bravos de profesión. Vengar la muerte de un hombre, habría de costar la vida de millones de hombres. No, no creemos las bélicas alarmas; no las creen tampoco esos millones y millones de hombres pacíficos que habrían de guerrear, que habrían de matarse, porque uno mató á otro.
Y sin embargo, pocos días después, la guerra estalla. Su verdad se impone como las furias de las tormentas estivales que llenan el cielo azul de truenos y de rayos.
¡¡La guerra!!
Austriacos sobre Belgrado. Rusos y franceses en las fronteras alemanas. Trombas de alemanes lanzadas hacia Rusia, hacia Francia, violando leyes y derechos con el fragor de las granadas á través de la Bélgica neutral. La guerra, la guerra llegando con su trastorno á todas partes, llegando con su dolor hasta nosotros. Una orden de la Legación de su país, hace partir como soldado de reserva á Herman Ferac, sin tiempo más que para llorar en los brazos de ellas y en los brazos nuestros el abandono de sus hijas.
¡¡La guerra!!
En un mes, Inglaterra y el Japón hunden doscientos buques de gran porte y Alemania sesenta; ha quedado sembrado de medio millón de cadáveres el camino de París, y se derrumban Lieja, Reims, Lovaina bajo la metralla y el incendio; porque el horrible fuego con que la civilización lo destruye todo, destruyéndose á sí propia, con sus submarinos y sus aeroplanos y sus acorazados y sus minas y sus cañones y sus gases asfixiantes arde igual en los aires que en el mar y en los fondos del mar y en la tierra y en los senos de la tierra. Como en los tiempos más bárbaros, se saquean al paso las ciudades, se abusa de las mujeres, se fusila á los ancianos y á los niños..., y rotos los armónicos hilos de la Vida, restan sólo abiertas las esclusas de la Muerte.
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¡Oh! Ya sí que esperamos Rocío y yo con ansia los periódicos. Imposible hablar en nuestras tertulias de otra cosa que la guerra.