Part 15
Pero una tarde no fueron ranas ni arroyos la tentación de las salvajes hechiceras. Al lado allá del vado del río descubrieron un vergel de peonías granate, y osadas resolviéronse á arrasarlo; pronto dejadas en el adelfal las botas y las medias, aventuráronse por la panda corriente cuyos guijarros lastimábanlas los pies. Algunas de las que las seguían (y entre ellas María Jesús, no siempre libre de los contagios de alborozo), tuvieron que retroceder desde la mitad del vado, un poco hondo, y en donde el agua comba despeñábase violenta. Las aturdidas no hacían caso á las prudentes indicaciones de Herman, ni á las mías. Llegaron, fué aquello una embriaguez de coger flores á brazadas, y con ellas en triunfo volvió Rocío la primera. Desorientada Mary por el ancho pedregal, metióse en una profundidad que aumentaba á cada instante. Todos reíamos mirándola cómicamente parada en el aprieto; su padre entró á guiarla de la mano..., y hubo momentos en que ella, por no mojar las ropas, mostró la blanca desnudez de la pierna hasta más de la rodilla...
--¡Qué horror!--comentó junto á mí Matilde--. ¡Delante de usted, esa niña! ¡Qué poca vergüenza!
Hallábase tal vez más irritada por la defección de María Jesús, que aún continuaba gozosamente descalza por la arena, y me limité á corregir severo y dulce:
--No, Matilde..., diga usted «qué candor», más bien.
Y en esa tarde, detrás del triunfo de las flores que conducían en grandes ramos las bellas vidas de contento y de juventud, detrás de la torva Matilde aprisionada en los rígidos y ridículos prejuicios de sus lazos y sus joyas; yo, volviendo á la paz de amor de nuestras casas por el verde paraíso que endulza el ámbar rosa del crepúsculo, entre las yeguas, entre las vacas, entre los toros, bajo el vuelo pausado de las tórtolas y el trinar de ruiseñores y de mirlos, más que nunca fuí sintiendo en la conciencia la recta convicción de que al fin, _sí sé por qué_ se debe ser bueno y limpio de corazón en mitad de la Naturaleza, que es infinitamente bondadosa, que es infinitamente noble é inocente, y que dándonos, en efecto, el candor de poder mirar en las mismas desnudas inocencias á las mujeres que á las aves, á las almas que á las rocas, reserva para quienes tuercen y torturan su religión y su misma vida con férreos torniquetes de artificio toda la perversión del dolor, de lo cruel, de la falta de piedad y de alegría, de lo negro, del pecado.
III
«Debiese haber pintores de albas»--le oí una vez á Rocío--. Y según puedo, torpemente, no mal del todo, sin embargo, á fuerza de paciencia, desde hace días me levanto con estrellas y voy fijando en un gran lienzo la impresión del amanecer primaveral en nuestro bello paraíso. Pero sale pronto el sol, la veo en el silencio de sueño de la casa aparecer blanca, eucarística como una imagen de altar que pudiese andar corriendo por su templo, y dejo los pinceles. En la misma terraza, sobre una mesita de flores, devoramos la manteca y el café. Acuden los tres gatos á subírsenos encima. Con ellos juegan _Centella_, un galgo, y _Nínive_, una setter. Poco á poco van sonando fuera los balidos de los rebaños, los cencerros de las vacas, de las yuntas. La vida se despierta alrededor.
Leopolda vigila á las criadas. Nosotros cogemos cestas, y cruzando el jardín, y seguidos por los gatos y los perros, le aportamos á la volatería su provisión. Rocío está ensayando una granja avícola, para instalar otra en regla, ya experimentada. Abre las alambradas, y capitaneadas por sus gallos van saliendo al centro del corral las Prat, las Guineas pintadas, las rubias Wiendot, las negras castellanas de roja cresta, las gigantescas Horpington. Un mar de vidas de pluma que nos acosan, que no nos dejan movernos, y al que llegan los voraces pavos, los patos, los gansos, más torpes y tardíos..., las palomas á densísimas bandadas, aposándosenos en los brazos y los hombros... Arrojándoles al fin todo el trigo, tenemos que huír del escándalo de cacareos y picotazos.
¡Oh, sí, nuestros pobres animales son felices! Su felicidad forja algo de la nuestra, como la lozanía, de las bien cuidadas flores. Estas pagan calladamente nuestro amor con sus aromas. Perdidos por los macizos, Rocío párase á regar; el sol pinta el iris en la lluvia de la manga; y yo la encuentro á veces tan idealmente bella contra los fondos de rosas á través de los policromas velos de cristal..., que abandonando mis podas corro por el veráscopo y en placas de color obtengo espléndidos retratos de la divina jardinera.
--¡Quieta! ¡Quieta!--la sorprendo.
Y me sonríe de gratitud de verme preocupado en cuanto es su adoración.
Guardo suyas más de mil fotografías. Prosigue su tarea, y á menudo el éxtasis me obliga á sentarme en un escondido banco á contemplarla. Tengo un amor, tengo el amor. No sabrían comprender lo que tal cosa significa aquellos para quienes el amor representa algo socialmente accesorio, como una esposa de hastío, frívolamente elegante como una linda querida, ó al revés, trágicamente brutal como las lujurias que asesinan ó la ciega pasión por la cual serían capaces de matar y de matarse. Mi amor es la clave de todas las grandezas y dulzuras de la vida, y él me impregna de la eternidad de la ventura capaz de desbordarse á todo en torno nuestro. ¡Ah, Rocío, dulce compañera amada, esposa-amante en perpetua luna de mieles de la gloria!... Tu belleza, tu talento, tu bondad, complementan la humana, vida que Dios quiso partir entre el hombre y la mujer á fin de que, sólo fundiéndose, pueda integrarse encendida en la luz de amor del Universo. En tu ingenuidad de niña salvada del dolor aprendieron los dolores míos á gozar, á reír, á adorar igual lo inmenso que lo nimio.
Hasta materialmente parece nuestro hogar una expansión de nuestro ser. Todo está calculado para la comodidad sencilla, en una armonía casi rústica, sin lujos ni abrumos de suntuosos muebles que sólo servirían para estorbarnos. Camas y lavabos y divanes rectos, claros, en los dormitorios, de gusto inglés; anchas mesas en el comedor y en los despachos, una biblioteca-salón de butacas y de amable chimenea para el invierno, que es casi cocina, y por el _hall_, por el billar, por mi galería fotográfica y por todas partes flores, luz, alegría de anchos ventanales abiertos hacia el campo.
Advierte al fin mi feliz contemplación la animosa jardinera, y, llamándome _holgazán_, me invita á llenar los cestitos de fresones. Otras veces se sienta conmigo y me besa. Charlamos, entonces. Y nuestras charlas, nuestra labor del jardín, en que continuaríamos perdidamente como en cualesquiera otras de nuestra dicha sin tiempo ni medida, interrúmpelas Leopolda al avisarnos que despierta nuestro hijo. Corremos, á ver quién lo saca de la cuna; llego antes; paséole victorioso sin querer soltarle, y enojada la mamá-niña nos castiga con besos á los dos. El goza luego en la bañera. Manoteando, nos salpica. Le sujetamos por un brazo cada uno: es un rollo de alabastro, de carne tan fina que se escapa como un pez. El último antojo de Rocío, antes de ir á su inteligente trabajo con las belgas, cífrase en vestir y adornar al pequeño Jaime, que tiene el nombre del padre de ella, y de ella la belleza de ojos claros. Nos lo disputamos tanto, que ya en estos besos, y hasta delante de Leopolda, le vamos pensando el nombre á otro..., á otra, que quiere la siempre apasionada.
--Será niña, ¿sabes?--me previene.
Nos riñe cómicamente púdica Leopolda, alarmada de oírnos, á besos, decir á toda hora que habremos de tener muchos chiquillos..., y yo salgo con una dichosísima sensación que aun más me dulcifica, pensando en las inmensas noches de amor de la amorosa, mis dulces trabajos de la granja.
Actualmente construímos un molino de harinas á vapor, porque no basta el del río, y ampliamos los hornos de pan, el matadero, el botiquín, al frente del cual hemos puesto á un farmacéutico, y la especie de cooperativa, que regenta el cura. Es que se extiende fuera de _La Joyosa_ nuestra acción. No debíamos negar la ventaja de los bajos precios á los que, al saber nuestro esplendor, iban viniendo de los pueblos inmediatos á surtirse, y los sábados, en especial, fórmase una feria de gentes que se llevan incluso la carne y el pan para toda la semana.
* * * * *
Pero el trabajo, las cinco horas de trabajo aparte consagradas al ajeno bien tanto como al propio, el noble trabajo que tampoco al lado nuestro pesa en nadie abrumador, nos vuelve siempre, y vuelve á muchos de los demás, el gusto loco de las campestres expansiones.
Nos hemos hecho cazadores de perdiz. Desde que se acaba de comer, á prisa, porque tal manía llega á pasión en varios, empieza, al bello sol de las encinas, una extraña animación. El médico cruza el primero, con el reclamo á la espalda, en su jaca; á Rocío y á mí nos esperan los caballos y los mozos; en una mula roja el maestro, y en una yegua blanca el cura, se pierden hacia buenos sitios, que ellos presumen de conocer únicamente, y Mary y Emma, que han de unirse con nosotros á la puerta de su casa, preparan las pacíficas borricas de mantas, escopetas y trebejos.
--¡Hala!... ¡Aire!... ¡Emma, niña!... ¡Vamos!--grítala Rocío, impaciente, por un sport que halaga sus aficiones selváticas y su habilidad de tiradora.
Ni á mí me aguarda si tardo en ordenar cartuchos y correas. Monta y aléjase á esperarnos en mitad del encinar. Solemos encontrarla jugueteando desde el potro con _Careto_, el negro novillo, ya casi un toro, de rizada testuz y finas astas.
Solíamos encontrarla jugueteando con él, mejor dicho; porque una tarde el pobre _Careto_ no acudió á las voces de su amiga. Le había tocado el turno de morir para abastecer á la colonia. No comimos carne aquella noche. Hubiésemos creído devorar algo de nosotros mismos, de nuestra piedad tendida al mísero animal, tan mimado y tan dichoso. «¡Cómo pensar que fuesen á matarle!»--«¡Claro, mujer, como á los otros! ¡Si al menos hubiésemos cuidado de avisar que le dejaran!»... Cómicamente afligidos, nos cruzaba el recelo ingenuo de estar siendo, en mitad de la Naturaleza bondadosa, unos bárbaros hipócritas que criasen á las bestias con cariño sin otro objeto que su muerte. Y ogros, monstruos los dos, nos sonreímos, nos sonreímos; mas no hemos podido volver á poner tantos fervores de inocencia en nuestra comunión de vida santa con las ovejas, con las cabras, con los toros.
¿Subsistirá en Rocío el mismo remordimiento de traición cuando se monta en el caballo y le acaricia á palmaditas?... No lo sé. Dos candorosas bestias más rendidas contra su voluntad á nuestro arbitrio. El terrible problema de saber por qué debieran estar excluídos del humano corazón el despotismo y la crueldad hacia todo, vuelve á nuestras almas, un poco avergonzadas de no acertar ó no poder seguir á la Naturaleza en su plácida religión del bien. Seríamos los humanos perversos, entre todos los seres, por excepción, aun siendo, asimismo, por excepción, inteligentes...; y la inteligencia, pues, resultaría castigo mejor que excelsitud. ¿Por qué no podemos ser buenos? ¿Por qué nuestra superioridad ha de emplearse en lo tirano ó lo feroz?... Cierto estoy de que si la dirigiese á la piadosa estas preguntas, de nuevo veríase constreñida á confesar igual que yo:--«¡No sé por qué! ¡No sé por qué!»
Pero... dejamos pesar en la esclavitud de las caballos la vaga pesadumbre de habernos descubierto menos buenos que creíamos, y con la evidencia también de que la piedad, la piedad, la piedad que hubiese querido desbordársenos desde las gentes á las bestias y á las aves, ha encontrado un límite..., procuramos, charlando con los demás, olvidar estas torturas, en la media hora de camino por los vergeles de la dehesa hacia nuestra bella diversión.
Internándonos al fin otra media hora en la abrupta soledad de las montañas, echamos pie á tierra. Sería siniestro el abandono de los bravíos parajes de lobos si no fuese tanta su hermosura. Tal vez Mary mata poca caza por su inquietud á la eventualidad de un lobo en cuanto se ve sola, desamparada de nosotros, y á menudo la invito á acompañarme--ya que su hermana y Rocío son irreductiblemente independientes.
--¿Vamos, Mary?
Nos despiden las dos bravas Dianas, burlándose. Partimos, cada cual hacia su sitio. El jaral nos traga, azotándonos con la miel de sus hojas y sus flores. A los veinte pasos no nos vemos. A los diez minutos, al llegar al puesto, diríase que nos hemos alejado unos de otros muchas leguas. Situamos sobre una lentisca la jaula; tendemos una manta, acomodándonos lo mejor posible en el estrecho púlpito de romeros y chaparros, abierto al cielo nada más, y Mary procura mantenerse correcta al lado mío.--Sin embargo, al desafío del de la jaula tardan, poco en responder los perdigones del campo, cerca, lejos, por todas partes..., y, al sentir que se aproximan, ella inclínase á espiar por la mirilla el instante en que habrán de aparecer para verlos rodar entre el humo del disparo. La alegría nos vuelve enteramente niños, en un total descuido de si se tocan nuestros hombros ó me rozan los rizos rubios de su frente. «¡Una!», «¡dos!», «¡cinco!»--va contando, según tumbo las perdices; y hay ratos en que la trémula zozobra hacia otras que van á entrar nos petrifica de tal modo en la violenta posición que une nuestros cuerpos cuando cargo á escape la escopeta, que por no espantarlas ella no se mueve.
La idea de la comodidad, no la del pudor intempestivo, impúlsala después á rectificar sus abandonos. Apártase, tiéndese la falda á la pierna, tal vez hasta la mitad advertida al aire..., y la tarde continúa transcurriendo con un infinito dulzor en cuya calma suenan siempre el cantar de las perdices y los tiros lejanos de las otras cazadoras... Contándolos también, el afán de Mary es que no nos aventajen. No siempre la suerte lo permite. Ahuyentan la caza con facilidad un leñador que pasa, un zorro que se acerca hipando, un águila que se cierne por el cielo. Cada ruido engaña en la distancia y toma en las soledades de la sierra proporciones monstruosas. Cazando al salto se nos echó encima el administrador una tarde, con sus perros, y el trasteo que en las malezas armaban nos pareció el de veinte jabalíes... Nos alzamos alarmados, y él se asombró de vernos surgir del nido de ramaje como de una caja de sorpresas...
El retorno á través de la noche fría, es de animadísimos comentarios, que luego proseguimos con los demás en las cinegéticas veladas que ahora sustituyen á las del cine y de los bailes. Arde la leña en el salón, duermen al calor _Centella_ y _Nínive_, quedan los rincones llenos de cananas y escopetas, y bien visibles en la campana de la chimenea cuelga Rocío las ringleras de perdices. Don Luis, el médico, el maestro, van llegando. La concurrencia neutral se apercibe al griterío de las polémicas, y cada cual, acusando al otro de «comprarle la caza en el camino á los corsarios», exageramos ó mentimos, que es una bendición, nuestras proezas.
Pero una noche tomó la discusión sesgos inquietantes. Se nos tildaba de «asesinos». Gran rondador de reses uno de los maestros de la granja, oponíale sus luchas con los jabalíes y con los lobos á nuestras matanzas de perdices. Argüíamos que precisamente el riesgo le quitaba á aquéllo el carácter de inocente y noble diversión, y él, sobre encontrar la nuestra monótona, aburrida, negábale hasta la inocencia y la nobleza: matando lobos se descastaban los campos de feroces alimañas..., ¿qué nobleza, en cambio, habría en atraer con engaño á una perdiz? ¿Qué inocencia en matarla á mansalva, cuando acudía dichosa al amor del macho prisionero?
No nos parecía tampoco muy salvado en noblezas el maestro de la granja porque esperase á los lobos, que no tienen, como él, un fusil; mas no por esto, al retirarnos á dormir y besar en la cuna á nuestro hijo, Rocío dejó de lamentarse:
--La verdad es, Alvaro, que... ¡cuántos nidos de polluelos habrá ahora sin padres por nosotros!
Y en los días siguientes, no ha podido ser tan loco nuestro encanto de las tardes.
* * * * *
La lluvia ha interrumpido la caza en estos días. Provistos de impermeables y botas recias, harto avezados á la intemperie, Rocío y yo no la tememos. Regresando de la granja por el borde de un arroyo espantamos un zorzal, que, al querer volar, abátese y se arrastra hacia unos juncos. Le cogemos; está herido... ¡Infeliz! Rocío le suelta horrorizada. Una municionada tremenda le ha saltado un ojo, le ha segado el pico y una pata, le ha partido las alas y le ha hecho un boquete enorme en la pechuga. Calado de agua, siniestro, abandonado quién sepa desde cuándo á su agonía, sin posible socorro de los suyos, ha quedado al fin inmóvil junto á un tronco, y nos mira como un espectro acusador. Sobre su dolor caen, tal que un llanto elegíaco, las gotas del ramaje.
Llanto que es de amargura del cielo para nuestra tardía piedad, más inicua. Así habrá por el campo muchas perdices mal heridas por nosotros, y nos las figuramos arrastradas también hasta sus nidos, muriendo lentamente al pie de los hijuelos en la tragedia de su sangre.
--¡Mátale!--suplícame Rocío.
No acierto á obedecer. Al ir ella otra vez á cogerle para, considerar si podría salvarle, el zorzal salta y cae al arroyo. La corriente se le lleva; más impávidamente compasiva que nosotros le ahogará.
Nos miramos é intentamos sonreír disimulándonos la angustia que puede ser sensiblería...; mas, ¡ah!..., están solas nuestras conciencias, capaces de todos los remordimientos infinitos, y el alarde de sonrisas deshácese en la pena de una lágrima.
* * * * *
Inútilmente vuelve con el buen tiempo la animación de cazadores. Disculpados de cualquier modo, no formamos ya en las gozosas cabalgatas. Se reirían si supiesen el motivo, como nosotros mismos nos reímos de nuestra perpleja envidia viéndoles partir; porque, en verdad, la cordial repugnancia á un placer que se funda en la crueldad, no evita que algo quizá implacablemente salvaje de nuestro ser añore las alegrías de las tardes en la sierra, de las locas matanzas de perdices.
¿Cómo con ello podíamos sentir el gozo de una diversión sencilla, casi patriarcal, casi santa, y quién nos habría dicho que la lágrima de duelo ante un pobre pajarillo hubiese de persistir en nuestras almas como minúscula lente á cuyo través hemos visto enturbiarse no sólo aquel placer, sino toda la serenidad de nuestra dicha?
Inmensa la que respiramos, no ha podido destruírse; pero está desorientada sobre el fondo doloroso descubierto en ella propia. Creíamosla forjada del amor que nuestros corazones vertiésenle á todo alrededor, y aquellas lágrimas piadosas, por contradicción incomprensible, han venido á amargarla tal que las gotas de un veneno las linfas de una fuente.
No podemos mirar nada ahora sin percibir el daño que á pesar nuestro repartimos. Pensando trocar la mansa ferocidad de aquellas cacerías por la sencilla distracción de los paseos con Mary y Emma, en cuanto ellas se entraban á pescar en los charcos comprendimos que no son las ranas y los peces menos dignos de compasión que las perdices.
En todo así y en todas partes nos va acosando la visión de lo siniestro. Como el día en que el sacrificio del novillo le restó candor á la comunión de nuestras idílicas caricias á los toros, una sombra de perfidia vela al fin nuestro cándido recreo de cuidar á las aves del corral, de verlas cebadas y felices, no para que su felicidad sea parte de nuestra felicidad, sino para que vayan más sabrosas humeando á nuestra mesa ó valgan más en el mercado.
El corral, la granja, la dehesa toda, no son, pues, sino un criadero perenne de gallinas, de pavos, de palomas, de rebaños de corderos, de hatajos de cabras, de piaras de vacas y de cerdos, que á pesar del amor que por cuidarlos nos desvela pasarán en sangrientos mataderos á montones de cadáveres... Y cadáveres comemos; de cadáveres es nuestra comodidad, nuestra alegría, nuestra riqueza; de espectros y despojos de cadáveres están hechas nuestras ropas, nuestras botas y nuestros abrigos de piel..., y hasta no son sino cadáveres las flores del jardín que Rocío cultiva para cortarlas (matarlas) y adornar en nuestro comedor ó en nuestro lecho festines de la vida.
A veces intentamos hablar seriamente de estas cosas por encima de la desorientación de una felicidad que ya sabemos no formada por la de todo lo demás, y que, sin embargo, subsiste. A veces, no obstante, lo hallamos preferible, y bromeamos desde detrás del íntimo rubor que nos causa la contradicción, la incertidumbre.--«Toma--sonríeme Rocío--ese pedazo de cadáver de ternera, ese pedazo de cadáver de perdiz.»--Yo la sonrío prendiéndola en el pecho «el rojo cadáver de una rosa».--Pero ni la indulgencia de nuestro sonreír acierta siempre á dejar de contener el instintivo ímpetu que nos lanza á lo mejor tras una mariposa, ó el descuido con que marchamos por las sendas aplastando las orugas, las hormigas. Sólo con movernos dejamos la muerte bajo el pie.
Hemos perdido la ingenuidad, ya que no hemos perdido la ventura. Dijérase que un exceso de curiosidades del corazón nos ha forzado á morder el fruto de la ciencia del bien y del mal y que nuestro paraíso ya no tiene su inocencia.
Y esclavos del dolor de una piedad estéril, convictos reos de involuntaria brutalidad en medio de la Naturaleza, no logramos entender de qué modo su eterna y dulce religión de amor hubiera de seguirse.
* * * * *
--¿Qué es eso?
Como yo, como Leopolda, Mary y Emma, que almuerzan con nosotros, quedan suspensas en atención á la alarma de Rocío. Hemos oído estampidos y lejanos rumores formidables.
Suenan otra vez, y vamos á las ventanas. El sol luce en la pesada calma del ambiente; limpio el cielo, divisamos por encima del encinar una densa veladura que crece, que sube..., lúgubre polvareda de no se sabe qué ejército infernal que se acerca galopando.
Pero con tal arrollador ímpetu de furias, que, en menos que puede concebirlo nuestro asombro, por el fondo del valle se aproxima inundándolo todo, subiendo á los espacios, borrando las montañas. Vemos hacia nosotros correr despavoridas las vacas, las yeguas, en fuga insensata del peligro que presienten, y el aire levantado delante de lo horrible sacude la quietud de las hojas de los árboles, de las flores del jardín; primero es un estremecimiento, cual si también las flores y las hojas fueran despertándose al terror; luego un embate de vendaval que retuerce las ramas y las troncha, haciéndolas saltar de las encinas...; y árboles, casas, animales, pronto alcanzados, confúndense para no ser más que algo perdido sin remedio en el caos de negrura y de violencia que ya nos nubla el sol, que ya llega también á nosotros azotando bárbaramente en una lluvia de tierra la ventana.
Tenemos que cerrar. Se han arrancado los estores, y el vuelo de un lado del mantel ha lanzado al suelo la vajilla. Tiembla y se conmueve la casa y retumban los portazos en estrépito de cosas que se hunden ó se rompen. Los cristales trepidan á la granizada de arena y polvo que antes nos cegó, y á su través vemos un momento aun entre el turbio huracán volar por las alturas alambres y palos del teléfono, ramas desgajadas, tejas y persianas y tubos de chimenea arrancados de las viviendas de enfrente. Pero ya no divisamos nada en la luz de eclipse, de tinieblas. Se ha echado encima el ciclón y la fragorosa confusión de lo espantoso nos envuelve, zumbando, zumbando, sucia marea de piedras y de troncos que baten como arietes formidables los muros, los cuales gimen protegiéndonos de cuanto es ruina alrededor. Rocío ha ido á recogerse en un rincón, abrazada á nuestro hijo. Leopolda reza en otro fondo de la estancia...