Part 79
Además de estos elogios á Torres Naharro, á Castillejo, á Silvestre y á Antonio de Villegas, seguidos de una honorífica alusión al cordobés Juan Rufo y al jurado de Toledo Juan de Quirós[780], se introduce en el sexto libro ó parte de la novela una discusión en verso y prosa entre dos poetas representantes de las dos escuelas. Silvano, es decir, Gregorio Silvestre, el organista de Granada, «el que tuvo en Hiberia el imperio del apacible verso castellano», como dice Luis Barahona de Soto, es el que hace la apología del metro popular, y nadie más abonado para tal defensa. Su antagonista es un pedante llamado Batto, que entre otros cargos, dice á Silvestre:
Y no hurtáis, Silvano, del Latino, Del Griego, del Francés ó del Romano.
No me atrevo á determinar quién sea este poeta italianizado: acaso Jerónimo de Lomas Cantoral, el que con más desdén habló de todos los versos que antes de él se habían compuesto en España, excepto los de Garcilaso[781]. La sentencia arbitral de Siralvo deja iguales á los dos contendientes, sin duda por cortesía; pero no era éste el final pensamiento del autor, puesto que la disputa prosigue, aunque menos encarnizada, «recitando versos propios y agenos, Batto loando el italiano, Silvano el español, y cuando Batto decía un soneto lleno de Musas, Silvano una glosa llena de amores; y no quitándole su virtud al endecasílabo, todos allí se inclinaron al castellano, porque puesto caso que la autoridad de un soneto es grande y digna de toda la estimación que le puede dar el más apasionado, el artificio y gracia de una copla, hecha de igual ingenio, los mismos toscanos la alaban sumamente, y no se entienda que les falta gravedad á nuestras rimas, si la tiene el que las hace, porque siempre, ó por la mayor parte, las coplas se parecen á su dueño. Y allí dijo Mendino algunas de su quinto abuelo, el gran pastor de Santillana, que pudieran frisar con las de Titiro y Sincero. ¿Y quién duda (dijo Siralvo) que lo uno ó lo otro pueda ser malo ó bueno? Yo sé decir que igualmente me tienen inclinado; pero conozco que á nuestra lengua le está mejor el propio, allende de que las leyes del ageno las veo muy mal guardadas: cuando suena el agudo, que atormenta como instrumento destemplado; cuando se reiteran los consonantes, que es como dar otavas en las músicas; la ortografía, el remate de las canciones, pocos son los que lo guardan. ¿Pues un soneto, que entra en mil epítetos, y sale sin conceto ninguno; y tiénese por esencia que sea escuro, y toque fábula, y andarse ha un poeta desvanecido para hurtar un amanecimiento ó traspuesta del sol del latino ó del griego; que aunque el imitar es bueno, el hurtar nadie lo apruebe; que en fin cuesta poco? ¿Pues qué, tras un vocablo exquisito ó nuevo? Al gusto de decirle, le encajarán donde nunca venga, y de aquí viene que muchos buenos modos de decir, por tiempo se dejan de los discretos, estragados de los necios, hasta desterrallos, con enfado de su prolija repetición. Hora yo quiero deciros un soneto mio, á propósito de que he de seguir siempre la llaneza, que aunque alguna vez me salgo della, por cumplir con todos, no me descuido mucho fuera de mi estilo».
El soneto vale poco; sólo merecen citarse los tercetos:
Si Domenga me miente ó me desmiente, ¿Qué me harán los faunos y silvanos, O el curso del arroyo cristalino? Todos son nombres flacos y livianos; Que á juïcio de sabia y cuerda gente, Lo fino es «pan por pan, vino por vino».
«Á todos agradó el soneto de Siralvo, pero Batto, que era de contraria opinión, dijo otros suyos, haciéndose en alguno _Roca contrapuesta al mar_, y en alguno _Nave combatida de sus bravas ondas_, y aun en alguno _vencedor de leones_ y _pastor de innumerables ganados_. En estas impertinencias se pasó la mayor parte de la noche, y cayendo el sueño, Batto y Siralvo cortésmente se despidieron».
Esta curiosa página de crítica literaria acrecienta el interés del _Pastor de Fílida_, en el cual me he detenido tanto porque creo que su mérito excede á la reputación que tiene. Un hombre de ingenio saca partido hasta del género más falso, y éste fué el caso de Gil Polo, de Gálvez Montalvo, de Bernardo de Balbuena, cuyos libros merecen vivir, no por ser de pastores, sino á pesar de serlo.
No fueron éstas todas las novelas bucólicas publicadas antes de la aparición del _Quijote_, pero sí todas las que precedieron á la _Galatea_, límite que debemos poner en el presente estudio, reservando para la continuación de él las que con estéril abundancia siguieron escribiéndose durante más de un tercio de siglo, no sin que tuvieran en tiempos muy posteriores alguna imitación rezagada. Tal persistencia en el cultivo de una forma novelística que es la insulsez misma no debe admirarnos, porque la mayor parte de esas llamadas novelas son realmente centones de versos líricos, buenos ó malos, y bajo tal aspecto deben ser juzgadas. La fábula era lo de menos, tanto para el autor como para los lectores, á no ser que encerrasen alusiones contemporáneas ó confesiones autobiográficas, caso también frecuente en esta clase de obras, que apenas podían tener otro interés, fuera de las galas del lenguaje.
Cervantes, que con la cándida modestia propia del genio siguió todos los rumbos de la literatura de su tiempo, antes y después de haber encontrado el suyo sin buscarle, cultivó la novela pastoril, como cultivó la novela sentimental, y la novela bizantina de peregrinaciones, naufragios y reconocimientos. Obras de buena fe todas, en que su ingénito realismo lucha con el prestigio de la tradición literaria, sin conseguir romper el círculo de hierro que le aprisiona. No sólo compuso la _Galatea_ en sus años juveniles, sino que toda la vida estuvo prometiendo su continuación y todavía se acordaba de ella en su lecho de muerte. Aun en el mismo _Quijote_ hay episodios enteramente bucólicos, como el de Marcela y Crisóstomo. No era todo tributo pagado al gusto reinante. La psicología del artista es muy compleja, y no hay fórmula que nos dé íntegro su secreto. Yo creo que algo faltaría en la apreciación de la obra de Cervantes si no reconociésemos que en su espíritu alentaba una aspiración romántica nunca satisfecha, que después de haberse derramado con heroico empuje por el campo de la acción, se convirtió en actividad estética, en energía creadora, y buscó en el mundo de los idilios y de los viajes fantásticos lo que no encontraba en la realidad, escudriñada por él con tan penetrantes ojos. Tal sentido tiene á mi ver el bucolismo suyo, como el de otros grandes ingenios del Renacimiento.
La posición de Cervantes respecto de la novela pastoril es punto por punto la misma en que aparece respecto de los libros de caballerías. En el fondo los ama, aunque le parezcan inferiores al ideal que los engendró, y por lo mismo tampoco le satisfacen las pastorales, comenzando por la de Montemayor y terminando por la suya. Si salva á Gil Polo y á Gálvez Montalvo es sin duda por méritos poéticos. Nadie ha visto con tan serena crítica como Cervantes los vicios radicales de estas églogas, nadie los satirizó con tan picante donaire. Juntos estaban los libros de caballerías y los pastoriles en la biblioteca de D. Quijote, y cuando se inclina el cura á mayor indulgencia con ellos por ser «libros de entretenimiento sin perjuicio de tercero», replica agudamente la sobrina: «Ay señor, bien los puede vuestra merced mandar quemar como á los demás; porque no sería mucho que habiendo sanado mi señor tio de la enfermedad caballeresca, leyendo éstos se le antojase de hacerse pastor y andarse por bosques y prados cantando y tañendo, y lo que sería peor, hacerse poeta, que según dicen es enfermedad incurable y pegadiza».
Esta profecía se cumple puntualmente en la segunda parte, y la evolución de la locura del héroe comienza á prepararse desde su encuentro con las hermosas doncellas y nobles mancebos que habían formado una nueva y contrahecha Arcadia vistiéndose de zagalas y pastores para representar una égloga de Garcilaso y otra de Camoens en su propia lengua portuguesa (cap. 58). Aquel germen, depositado en la mente del caballero y avivado por el recuerdo de sus lecturas antiguas, fructifica después de su vencimiento en la playa de Barcelona, y le inspira la resolución de hacerse pastor y seguir la vida del campo durante el año en que había prometido tener ociosas las armas. Las elegantísimas razones con que anuncia á Sancho su resolución son ya una donosa parodia del estilo cadencioso y redundante de estos libros. «Yo compraré algunas ovejas, y todas las demás cosas que al pastoral ejercicio son necesarias, y llamándome yo el pastor Quijotiz y tú el pastor Pancino, nos andaremos por los montes, por las selvas y por los prados, cantando aquí, endechando allí, bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes, ó ya de los limpios arroyuelos ó de los caudalosos rios. Daránnos con abundantísima mano de su dulcísimo fruto las encinas, asiento los troncos de los durísimos alcornoques, sombra los sauces, olor las rosas, alfombras de mil colores matizadas los extendidos prados, aliento el aire claro y puro, luz la luna y las estrellas, á pesar de la escuridad de la noche; Apolo versos, el amor conceptos, con que podremos hacernos eternos y famosos, no sólo en los presentes sino en los venideros siglos».
Todo el mundo recuerda lo que de esta poética ocurrencia de D. Quijote dijeron Sancho y el cura y Sansón Carrasco, última nota irónica que suena en el gran libro antes de la nota trágica y sublime de la muerte del héroe. Pero no puedo omitir, como obligado remate de este capítulo, la crítica mucho más punzante y desapiadada que de aquel falso ideal poético hizo Cervantes por boca de Berganza, uno de los dos sabios canes del hospital de la Resurrección de Valladolid, el cual, conociendo por propia y dura experiencia la vida de perro de pastor, hallaba gran distancia de la realidad á la ficción: «Entre otras cosas, consideraba que no debía de ser verdad lo que había oído contar de la vida de los pastores, á lo menos de aquellos que la dama de mi amo leía en unos libros, cuando yo iba á su casa, que todos trataban de pastores y pastoras, diciendo que se les pasaba toda la vida cantando y tañendo con gaitas, zampoñas, rabeles y chirumbelas y con otros instrumentos extraordinarios. Deteníame á oirla leer, y leía cómo el pastor de Anfriso[782] cantaba extremada y divinamente, alabando á la sin par Belisarda, sin haber en todos los montes de Arcadia árbol en cuyo tronco no se hubiese sentado á cantar, desde que salía el sol en los brazos del Aurora hasta que se ponía en los de Tetis, y aun después de haber tendido la negra noche por la faz de la tierra sus negras y escuras alas, él no cesaba de sus bien cantadas y mejor lloradas quejas. No se le quedaba entre renglones el pastor Elicio[783], más enamorado que atrevido, de quien decía que, sin atender á sus amores ni á su ganado, se entraba en los cuidados agenos. Decía también que el gran pastor de Fílida, único pintor de un retrato[784], había sido más confiado que dichoso. De los desmayos de Sireno y arrepentimientos de Diana decía que daba gracias á Dios y á la sabia Felicia, que con su agua encantada deshizo aquella máquina de enredos y aclaró aquel laberinto de dificultades[785]. Acordábame de otros muchos libros que de este jaez le había oído leer, pero no eran dignos de traerlos á la memoria... Digo que todos los pensamientos que he dicho, y muchos más, me causaron ver los diferentes tratos y ejercicios que mis pastores y todos los demás de aquella marina tenían de aquellos que había oído leer que tenían los pastores de los libros, porque si los míos cantaban, no eran canciones acordadas y bien compuestas, sino un «Cata el lobo do va Juanica» y otras cosas semejantes, y esto no al son de chirumbelas, rabeles ó gaitas, sino al que hacía el dar un cayado con otro, ó al de algunas tejuelas puestas entre los dedos, y no con voces delicadas, sonoras y admirables, sino con voces roncas, que solas ó juntas parecía, no que cantaban, sino que gritaban ó gruñían. Lo más del día se les pasaba espulgándose ó remendando sus abarcas, ni entre ellos se nombraban Amarilis, Fílidas, Galateas y Dianas, ni había Lisardos, Lauros, Jacintos ni Riselos; todos eran Antones, Domingos, Pablos ó Llorentes, por donde vine á entender lo que pienso que deben de creer todos, que todos aquellos libros son cosas soñadas y bien escritas, para entretenimiento de los ociosos, y no verdad alguna; que á serlo, entre mis pastores hubiera alguna reliquia de aquella felicísima vida, y de aquellos amenos prados, espaciosas selvas, sagrados montes, hermosos jardines, arroyos claros y cristalinas fuentes; y de aquellos tan honestos cuanto bien declarados requiebros, y de aquel desmayarse aquí el pastor, allí la pastora; acullá resonar la zampoña del uno, acá el caramillo del otro».
NOTAS:
[630] De la poesía pastoril antes de los poetas bucólicos trató Emilio Egger con su habitual elegancia y doctrina en una memoria leída en la Academia de Inscripciones y Bellas Letras en 1859. (_Mélanges de littérature ancienne_, p. 343).
[631] Página 408.
[632] Véase especialmente el doctísimo libro de Alfredo Jeanroy, insigne profesor de la Universidad de Tolosa, _Les Origines de la Poésie Lyrique en France au Moyen Age_, París, 1904.
[633] Es el punto de vista de Federico Díez en su estudio _Ueber die erste portugiesische Kunst-und Hofpoesie_, Berlín, 1863, p. 98.
[634] Página 335.
[635] En su obra _Virgilio nel Medio Evo_ (Liorna, 1872), una de la más sabias y bellas que ha producido la erudición contemporánea.
[636] _Opere Minori di Dante Alighieri_ (Florencia, ed. Barbèra, 1873), pp. 409-437.
[637] _Francisci Petrarchæ poemata minora_ (Milán, 1829-34), ed. Dom. Rosetti, tomo I.
[638] Sus églogas son rarísimas; sólo se hallan en las antiguas colecciones de poetas bucólicos, por ejemplo, en la de Basilea, por Juan Oporino, 1546: «_Bucolicorum auctores XXXVIII, quotquot videlicet à Virgilii ætate ad nostra usque tempora, eo poematis genere usos sedulò inquirentes nancisci in præsentia licuit. Farrago quidem eglogarum CLVI, mirâ cum elegantiâ tum varietate referta nuncque primum in studiosorum juvenum gratiam atque usum collecta_» (p. 598 y ss.). En el _Giornale Storico della letteratura italiana_, t. VII, p. 94 y ss., hay un notable estudio de B. Zumbini sobre las églogas de Boccaccio.
[639] El _Ninfale Fiesolano_ debe leerse en la edición de F. Torraca (_Poemetti mitologici dei secolo XIV, XV e XVI_, Liorna, 1888). Vid. el estudio de Zumbini, _Una storia d'amore e morte_ en la _Nuova Antologia_ (marzo de 1884). El _Ameto_ está en el tomo XV de las _Opere Volgari de Boccaccio_, publicadas por Moutier, Florencia, 1827. Hay también una edición popular del editor milanés Sonzogno (_Opere Minori_, 1879).
[640] La primera edición del texto griego es de Florencia, 1598. Hasta 1601 no se imprimió la paráfrasis latina de Lorenzo Gámbara. Las traducciones vulgares habían madrugado mucho más. La de Amyot es de 1559. Aníbal Caro había emprendido la suya en 1538, pero sabido es que no fué impresa hasta 1786, en bellísima edición _bodoniana_.
[641] También hay mezcla de prosa y verso en el poemita francés (_contefable_) de _Aucassin et Nicolette_, pero no parece probado que Boccaccio lo conociese.
[642] _Discorsi Letterarii e Storici di Giosuè Carducci_ (Bolonia. 1889), p. 275.
[643] Vid. Gaspary, _Storia della letteratura italiana_, traducida por Rossi (1891), tomo II, página 15 y ss.
[644] Estaba todavía en la casa ducal de Osuna cuando Amador de los Ríos publicó en 1852 las _Obras del Marqués de Santillana_ (vid. pág. 596, col. 2.ª), pero desgraciadamente había desaparecido, con otros códices, no menos preciosos, cuando el Estado adquirió aquella colección.
[645] «_Questa Ninfa segue le cacce, ed io il quale cresciuto nelle selve, sempre con l' arco e con le mie saette ho seguite le salvatiche fiere, nè alcuno fu, che meglio di me ne ferisse, a me niuna paura è d'aspettare con li aguti spiedi gli spumanti cinghiali, e i miei cani non dubitano assalire i fulvi leoni... Queste cose tutte a' suoi servigi disporrò ed oltre a ciò me medesimo. Io fortissimo le porterò per gli alti boschi l' arco, la faretra, e le reti, e di quelli scenderò sopra i miei omeri la molta preda posando... Io le mostrerò gli animali, ed insegnerolle le loro caverne. Io le apparecchierò le frigide onde, presto a qualunque ora; e le ghirlande della fronzuta quercia ritenenti al bellissimo viso l'accesse luci di Febo, leverò dagli alti rami, porgendole ad essa_...» (Boccaccio).
O la ligera garza levantando, Mire al alcón veloce y atrevido, O espere al jabalí cerdoso y fiero... Si contigo viviera ninfa mía, En esta selva, tu sutil cabello Adornara de rosas, y cogiera Las frutas varias en el nuevo día, Las blancas plumas del gallardo cuello De la garza ofreciendo, y te trajera De la silvestre fiera Los despojos, contigo recostado; Y en la sombra cantando tu belleza, Y en la verde corteza De tu frondosa encina mi cuidado Extendiendo, conmigo lo leyeras, Y sobre mí las flores esparcieras... Iremos á la fuente, al dulce frío, Y en blando sueño puestos, al ruido, Del murmurio esparcido Del agua, tú en mis brazos, amor mío, Y yo en los tuyos blancos y hermosos, A los faunos haría invidiosos.
(HERRERA).
[646] Estos comentarios están reunidos en la edición de los hermanos Volpi, que ha sido la mejor de la _Arcadia_ hasta nuestros días, y todavía puede consultarse con utilidad.
_Le Opere Volgari di M. Jacopo Sannazaro, cavaliere Napoletano; cioe l' Arcadia, alla sua vera lezione restituita, colle Annotazioni del Porcachi, del Sansovino e del Massarengo... In Padova, 1723, presso Giuseppe Comino._
[647] _La Materia dell' Arcada del Sannazaro, studio di Francesco Torraca. Città di Castello, 1888.--Arcadia di Jacobo Sannazaro secondo i manuscriti e le prime stampe, con note ed introduzione di Michele Scherillo. Torino, ed. Loescher. 1888._ Edición crítica digna del mayor elogio.
[648] Especialmente por Vittorio Imbriani, que con sólo este episodio quería contrabalancear la dura sentencia de Manzoni sobre la Arcadia: «Pare impossibile che un uomo come il Sannazaro, dotto, pieno d'ingegno, abbia potuto scrivere un libro come _l'Arcadia_, che si può dire, è una scioccheria; non c'è nulla».
V. Imbriani, _Una opinione del Manzoni memorata e contradetta_ (Nápoles, 1878).
[649] Estas imitaciones han sido notadas por Miguel Scherillo en el prólogo de su edición de la _Arcadia_ (págs. CCIII-CLX), y por Fitz-Maurice Kelly en el interesante estudio que precede á la traducción inglesa de la _Galatea_ hecha por H. Oelsner y A. B. Welford (_The complete works of Miguel de Cervantes Saavedra_, t. II, 1898, pp. XXIX y XXX).
Sobre otras imitaciones puede consultarse el estudio de F. Torraca _Gl' imitatori di Jacopo Sannazaro, ricerche_ (Roma, Loescher, 1882), pero en la parte española puede ampliarse mucho, como lo iremos haciendo en el curso de estas investigaciones.
[650] _Le fonti dell' Orlando furioso_, p. 529.
[651] De esta oriundez española se preciaba el mismo Sannazaro, acaso por lisonjear á la casa de Aragón, de la cual fué acérrimo partidario. En la primera edición de la _Arcadia_ (1502) no la afirma resueltamente: «_Non so se da la estrema Hyspagnia, o vero (quel che piú credo) se da la Cisalpina Gallia prende (lo avolo del mio padre) origine_». Pero en la definitiva de 1504 da por cierto el origen español, aunque más remoto: «_E lo avolo del mio padre, dala Cisalpina Gallia, benchè se a principii si riguarda dala estrema Ispagnia prendendo origine_».
Existe en Nápoles una noble familia del apellido Salazar, pero éstos descienden del Regente Alfonso Salazar, que era cordobés y pasó á Nápoles con cargo de auditor de la provincia de Calabria en 1554. (Vid. _I. Salazar, Storia della famiglia Salazar_, Bari, 1904; Extracto del _Giornale Araldico_).
[652] _Arcadia de Jacobo Sannazaro, gētil hombre Napolitano: traducida nueuamente en nuestra Castellana lengua Hespañola en prosa y metro como ella estaua en su primera lengua Toscana_ (Colofón). _Fue impressa la presente obra en la imperial cibdad de Toledo en casa de Juan de Ayala. Acabose a veynte dias del mes de Otubre. Año de mil y quinientos y quarenta y siete._ 4.º, let. gót. sin foliatura.
--Toledo, por Juan de Ayala, 1549. Es reimpresión á plana renglón de la anterior, y puede á primera vista confundirse con ella.
--Salamancia, por Simon de Portonariis, 1578, 8.º.
[653] Ambas traducciones están descritas con los números 3.900 y 4.120 en el _Ensayo_ de Gallardo. Son manuscritos originales uno y otro, y se conservan hoy en la Biblioteca Nacional. La _Arcadia_ de Urrea va al fin de su poema _El Victorioso Carlos V_, rubricado en todas sus hojas para la impresión y precedido de una aprobación de D. Alonso de Ercilla. El códice autógrafo de Juan Sedeño procede de la Biblioteca de Bölh de Faber. Por una mala disposición tipográfica, que no remedié á tiempo, aparecen englobadas en el artículo de Sedeño las obras de este autor y la traducción de la _Jerusalem_ del Tasso, publicada en 1587 por otro del mismo nombre y apellido.
Urrea había compuesto una novela pastoril original, con el título de _La famosa Épila_. La menciona el cronista Ustarroz, añadiendo que el manuscrito se conservaba en el palacio de Belveder. Hoy ignoramos el paradero de este libro, que Ustarroz califica de _inútil_, probablemente con razón.
[654] _Obras de Garcilasso de la Vega, con anotaciones de Fernando de Herrera. En Sevilla, por Alonso de la Barrera. Año de 1580._ Pág. 407 (507 por error de foliatura).
[655] _Segunda Comedia de Celestina, por Feliciano de Silva_ (tomo IX de la _Colección de libros españoles raros y curiosos_, Madrid, 1874), pp. 390-398.
[656] Sus obras fueron impresas con la novela de Bernardim Ribeiro en Ferrara, 1554. La principal es una égloga de más dé 900 versos, conocida con el nombre de _Trovas de Chrisfal_, en que el poeta cuenta sus amores con doña María Brandam. Teófilo Braga publicó una reimpresión de estos versos. _Obras de Christovam Falcāo contendo a Ecloga de Crisfal, a Carta, Esparsas e Sextinas; ed. critica reproducida da ediçāo de Colonia, de 1559._ Porto, 1871.
Del _Chrisfal_ existe en la Biblioteca Nacional de Lisboa una edición en pliego suelto gótico, que parece anterior á la de Ferrara.
[657] _Noites de insomnio_, núm. 19, pp. 29-36.
[658] Son también personas distintas de nuestro poeta, aunque acaso no lo sean todas entre sí, un Bernaldim Ribeiro, que fué nombrado escribano de cámara de D. Juan III en 1524; otro que era escribano en Barcellos en 1586, y otro que aparece como procurador de número en Obidos y contador de un hospital en Caldas da Rainha por los años de 1594 (Vid. el prólogo del Sr. Pesanha á su edición de _Menina e Moça_, pp. CLXXIII y CLXXIV). Creo que en ninguna parte abundan los homónimos tanto como en Portugal. En cuanto al Bernardino de Ribera, maestro de capilla de Toledo, que T. Braga quiso identificar con el poeta, Barbieri demostró que era natural de Játiba.
[659] _Poesías de Francisco de Sá de Miranda. Ediçāo feita sobre cinco manuscriptos ineditos e todas as ediçoes impressas. Acompanhada de un estudio sobre o poeta, variantes, notas, glossario e un retrato por Carolina Michaëlis de Vasconcellos. Halle, Max Niemeyer, 1885._ Vid. sobre B. Ribeiro, páginas 767-771.
Edición admirable, magistral, la mejor que tenemos hasta ahora de ningún lírico español del siglo XVI.
[660] _Bernaldim Ribeiro, Menina e Moça... (Saudades). Ediçāo dirigida e prefaciada por D. José Pesanha. Porto. E. Chardron, ed. 1891._