Orígenes de la novela, Tomo I

Part 77

Chapter 773,712 wordsPublic domain

Buen chasco se llevaría el que fiándose de esta burlesca recomendación se enfrascase en la lectura del libro de Lofrasso, donde si bien aparece lo disparatado por cualquier parte que se le abra, es imposible tropezar con lo gracioso por ninguna. Se conoce que Cervantes, con el alma cándida y buena que suelen tener los hombres verdaderamente grandes, sentía cierto infantil regocijo con la lectura de disparates que á un lector vulgar hubieran infundido tedio. Porque Lofrasso merece con toda justicia los calificativos de «poeta inculto y memo» que le da Pellicer, no sólo por lo rudo de su invención y la rusticidad de sus versos, sino por infringir á cada momento en ellos las reglas más elementales de la prosodia, de tal modo que apenas hay ninguno que lo sea, ó por sobra ó por falta de sílabas, ó por no tener la acentuación debida[755]. Además, el lenguaje está plagado de solecismos, que delatan el origen extranjero y la corta educación del autor. La prosa puede presentarse como un dechado de pesadez, siendo Lofrasso tan inhábil en la construcción de los períodos que más de una vez le acontece escribir de seguido cinco ó seis páginas sin un solo punto final[756]. Del argumento de la obra no se hable, porque realmente no existe.

Increíble parece que obra tan necia é impertinente obtuviera en Inglaterra, á mediados del siglo XVIII, los honores de una edición ilustrada y lujosa[757]. Tuvo la extravagancia de hacerla un judío de origen español, Pedro de Pineda, intérprete ó maestro de lengua castellana, conocido por su diccionario inglés-español y por haber corregido con bastante esmero el texto de la famosa edición del _Quijote_ hecha en Londres en 1738 bajo los auspicios de lord Carteret. Pineda, tomando al parecer por lo serio las palabras del cura, buscó afanoso el libro de Lofrasso, tan raro ya en aquella fecha, que compara su hallazgo con el de la piedra filosofal, y ora fuese por ignorancia y falta de gusto, ora por explotar la codicia bibliománica, no dudó en estamparle de nuevo, con láminas bastante bien grabadas, aunque de tan ridícula composición como el texto. Á sus ojos no podía menos de ser producción muy apreciable por su «bondad, elegancia y agudeza», la que había encomiado el «águila de la lengua española Miguel de Cervantes». Sin duda no había tropezado nunca Pineda con el _Viaje del Parnaso_, en que Cervantes, tan indulgente de continuo, se encarniza más que con ningún otro poeta con el desventurado Lofrasso:

Miren si puede en la galera hallarse Algún poeta desdichado, acaso, Que á las fieras gargantas puede darse. Buscáronle, y hallaron á Lofraso, Poeta militar, sardo, que estaba Desmayado á un rincón, marchito y laso. Que á sus diez libros de fortuna andaba Añadiendo otros diez, y el tiempo escoge Que más desocupado se mostraba. Gritó la chusma toda:--«Al mar se arroje. Vaya Lofraso al mar sin resistencia». --«Par Dios, dijo Mercurio, que me enoje. «¿Cómo, y no será cargo de conciencia Y grande echar al mar tanta poesía, Puesto que aquí nos hunda su inclemencia? «Viva Lofraso, en tanto que dé al día Apolo luz, y en tanto que los hombres Tengan discreta, alegre fantasía.

«Tocante á ti (oh, Lofraso) los renombres Y epítetos de agudo y de sincero, Y gusto que mi cómitre te nombres». Esto dijo Mercurio al caballero, El cual en la crujía en pie se puso, Con un rebenque despiadado y fiero. Creo que de sus versos le compuso, Y no sé cómo fué, que en un momento (O ya el cielo ó Lofraso lo dispuso) Salimos del estrecho á salvamento, Sin arrojar al mar poeta alguno (Tanto del sardo fue el merecimiento).

Así en el capítulo III, y luego en el VII, vuelve á la carga contra Lofrasso, contándole en el número de los que desertaron de las banderas del divino Apolo para unirse al ejército enemigo:

Tú, sardo militar Lofraso, fuiste Uno de aquellos bárbaros corrientes Que del contrario el número creciste.

Pero como no hay libro tan malo que no contenga alguna cosa útil, hay en el de este bárbaro _grafómano_ algunas curiosidades filológicas é históricas que el erudito no debe desdeñar. Curiosa es la persona misma del autor, español á medias, nacido en una isla italiana, donde la soberanía de nuestra lengua, aun en el uso oficial, llegó á arraigarse de tal suerte, que sobrevivió á nuestra dominación política, y todavía se conservaba muy entrado el siglo XVIII[758]. Lofrasso escribió en castellano como otros muchos compatriotas suyos, por ejemplo, el poeta Litala y Castelví y el Marqués de San Felipe, historiador de la guerra de Sucesión. Pero su lengua nativa no era ésta, ni tampoco el dialecto de la isla, sino el catalán, que entonces como ahora se hablaba en la ciudad de Alguer, de donde era hijo. Su libro contiene dos poesías en dialecto sardo[759] y una sola en catalán[760]; pero en la misma lengua está también el acróstico que forman las iniciales de los cincuenta y seis tercetos del Testamento de amor, en esta forma: «_Antony de Lofraso sart de Lalguer me feyct estant en Barselona en lany myl y sincasents setanta y dos per dar fy al present libre de Fortuna de Amor compost per servycy del ylustre y my señor Conte de Quirra_».

Á semejanza de los demás autores de novelas pastorales que gustaron de dejar en ellas algún recuerdo de su tierra natal ó de las extrañas en que habían amado y cantado, Lofrasso encabeza su libro con una curiosa descripción de la isla de Cerdeña, extendiéndose en la ponderación de sus minas y de sus pesquerías de coral[761], y dedica mucho más espacio, á la relación de su viaje á Barcelona, á donde llegó como náufrago y donde vivió como poeta mendicante, fatigando con dedicatorias á todos los magnates catalanes. Esta parte del libro vale la pena de leerse despacio, y es una fuente que me atrevo á indicar á los eruditos del Principado. Allí encontrarán un catálogo encomiástico de cincuenta damas de Barcelona, con sus nombres y apellidos; descripciones minuciosas de la Aduana, de la Lonja y del palacio del comendador mayor de Castilla D. Luis de Zúñiga y Requesens; interesantes noticias de su hija doña Mencía, y el proceso sumamente detallado de unas justas reales, en que tomaron parte cincuenta caballeros barceloneses, para no ser menos en número que las damas. El estilo de Lofrasso, que nunca es bueno, parece más tolerable en esta prosa de gaceta, y como no puede dudarse que todas estas páginas son historia pura, tienen un interés retrospectivo muy grande. Quien busque estos trozos hará bien en pasar de largo por «los honestos y apacibles amores del pastor Frexano y de la hermosa pastora Fortuna» y por «la sabrosa historia de D. Floricio y de la pastora Argentina».

De muy diverso temple es la novela pastoril que siguió á ésta: _El pastor de Fílida_ de Luis Gálvez de Montalvo (1582), una de las pastorales mejor escritas, aunque por ventura la menos bucólica de todas. «No es este pastor sino muy discreto cortesano; guárdese como joya preciosa». En estas palabras de Cervantes va implícita la principal censura, así como el mayor elogio del libro. El mismo Gálvez Montalvo se había adelantado á ella en uno de sus proemios: «Posible cosa será que mientras yo canto las amorosas églogas que sobre las aguas del Tajo resonaron, algún curioso me pregunte: Entre estos amores y desdenes, lágrimas y canciones, ¿cómo por montes y prados tan poco balan cabras, ladran perros, aullan lobos? ¿Dónde pacen las ovejas? ¿Á qué hora se ordeñan? ¿Quién les mata la roña? ¿Cómo se regalan las paridas? Y finalmente, todas las demás importancias del ganado. Á esso digo, que aunque todos se incluyen en el nombre pastoral, los rabadanes tenían mayorales, los mayorales pastores y los pastores zagales, que bastantemente los descuidaban»[762].

Nada menos pastoril, en efecto, que la vida y ejercicios del pastor de Fílida y de sus amigos, que son con ligero disfraz Gálvez Montalvo y los suyos. Nació este buen ingenio en la ciudad de Guadalajara, aunque su familia procedía de las riberas del Adaja, probablemente de la villa de Arévalo, donde es antiguo y noble su apellido, cuyas armas son puntualmente las mismas que él describe por boca del pastor Siralvo: «Tú sabes, que yo no soy natural desta ribera (la del Tajo). Mis bisabuelos en la de Adaxa apacentaron, y allí hallaron y dejaron claras y antiquísimas insignias de su nombre, só las alas de una águila de plata, sobre color de cielo, que es de inmemorial blasón suyo. Mis abuelos y padres, trasladados al Henares, me criaron en su ribera». Acaso se refiere á él la partida bautismal de un Luis, hijo de Marcos de Montalvo y de su mujer Francisca, nacido en febrero de 1549, según consta en los libros parroquiales de Santa María de Guadalajara[763]. El padre de Siralvo, que en la novela está designado con el nombre de _Montano_, era «mayoral del generoso rabadán Coriano», es decir, administrador ó cosa tal del Marqués de Coria. Su hijo Luis, cuya educación debió de ser esmeradísima, á juzgar por la refinada cultura y cortesanía que sus escritos revelan, vivió también en la casa y servicio de un magnate alcarreño, D. Enrique de Mendoza y Aragón, con título de su gentilhombre. Este es el _Mendino_ de la novela, «quinto nieto del gran pastor de Santillana» (es decir, de D. Iñigo López de Mendoza), como en ella misma se expresa, nieto del cuarto Duque del Infantado, llamado también don Iñigo, é hijo de D. Diego Hurtado de Mendoza, Conde de Saldaña, casado con doña Isabel de Aragón, hija del Duque de Segorbe D. Enrique, á quien llamaron el infante Fortuna. Era tradición no interrumpida en la casa de Mendoza honrar á las letras y á sus cultivadores, y acaso por méritos literarios logró Montalvo su puesto de honrosa domesticidad, que era bastante distinguido según las ideas de aquel tiempo, y además sumamente descansado, á lo que se infiere de su carta dedicatoria: «Entre los venturosos que á V. S. conocen y tratan, he sido yo uno, y estimo que de los más, porque deseando servir á V. S. se cumplió mi deseo, y así dejé mi casa y otras muy señaladas dó fui rogado que viviese, y vine á ésta, donde holgaré de morir, y donde mi mayor trabajo es estar ocioso, contento y honrado, como criado de V. S. Y así, á ratos entretenido en mi antiguo ejercicio de la divina alteza de la poesía, donde son tantos los llamados y tan pocos los escogidos, he compuesto _El Pastor de Fílida_, libro humilde y pequeño»[764].

Este libro contiene, á vueltas de otros muchos episodios, la historia anovelada de los amores del autor con la pastora Fílida y de los de su Mecenas con Elisa. El nombre pastoril adoptado por Luis Gálvez fué _Siralvo_, el cual habla de sí mismo con más satisfacción que modestia por boca de la pastora Finea: «Yo te diré lo que hace Siralvo, forastero pastor que aquí habita. Yo compré ovejas y cabras, conforme á mi poco caudal, y con pocos zagales las apaciento. Siralvo, aunque pudo hacer otro tanto, gustó de entrar á soldada con el rabadán Mendino, por poder mudar lugar, cuando gusto ó comodidad le viniese, sin tener cosa que se lo estorbase.--¿Quién es ese Siralvo? dijo Alfeo.--Es un noble pastor (dijo Finea) de tu misma edad, honesto y de llanísimo trato; amado generalmente de los pastores y pastoras de más y menos suerte, aunque hasta agora no se sabe de la suya más de lo que muestran sus respetos, que son buenos, y sus ejercicios de mucha virtud.--¿Cómo vería yo á Siralvo? dijo Alfeo.--Bien fácilmente, porque las cabañas de Mendino están muy cerca de aquí, y Siralvo por maravilla sale dellas, y más agora que está su rabadán ausente y él no podrá apartarse del ganado».

La acción de la novela no pasa en las orillas del Henares, sino en las del Tajo, y probablemente en la imperial ciudad de Toledo, donde fijó por algún tiempo su residencia D. Enrique de Mendoza. Así lo dan á entender estas palabras de enfática y lujosa retórica, con que la primera parte comienza: «Cuando de más apuestos y lucidos pastores florecía el Tajo, morada antigua de las sagradas Musas, vino á su celebrada ribera el caudaloso Mendino, nieto del gran rabadán Mendiano, con cuya llegada el claro río ensoberbeció sus corrientes; los altos montes de luz y gloria se vistieron; el fértil campo renovó su casi perdida hermosura, pues los pastores dél, incitados de aquella sobrenatural virtud, de manera siguieron sus pisadas, que envidioso Ebro, confuso Tormes, Pisuerga y Gualdaquivir admirados, inclinaron sus cabezas, y las hinchadas urnas manaron con un silencio admirable. Solo el felice Tajo resonaba, y lo mejor de su son era _Mendino_, cuya ausencia sintió de suerte Henares, su nativo río, que con sus ojos acrecentó tributo á las arenas de oro. Bien le fué menester al gallardo pastor, para no sentir la ausencia de su carísimo hermano, hallar en esta ribera al gentil Castalio su primo, al caudaloso Cardenio, al galán Coridón, con otros muchos valerosos pastores y rabadanes, deudos y amigos de los suyos, con quien pasaba dulce y agradable vida Mendino, en quien todos hallaban tan cumplida satisfacción, que como olvidados de sus propias cabañas, sitios y albergues, los de Mendino estaban siempre acompañados de la mayor nobleza de la pastoría; de allí salían á los continuos juegos, y allí volvían por los debidos premios; allí se componían las perdidas amistades, y por allí pasaban los bienes y males de amor, cuales pesada, cuales ligeramente».

Allí comenzaron los amores de Siralvo con la que llama Fílida. No era aquella su primera pasión: ya en las riberas del Henares había puesto los ojos en una principal señora, á quien llama Albana, y que por ventura tendría algún parentesco con la casa de Alba: «Sólo esto me descontenta de _Siralvo_ (dice la pastora), ser tan demasiado altanero: en el Henares á Albana, en el Tajo á Fílida; á otra vez que se enamore será de Juno ó Venus.--Amigo es de mejorarse (dijo Dinarda), que aunque Albana no es de menos suerte, y de más hacienda, Fílida es muy aventajada en hermosura y discreción» (pág. 153).

¿Sería esta _Albana_ por ventura la «hermosa y discreta _Albanisa_, viuda del próspero Mendineo, hija del rabadán Coriano, que en la ribera del Henares vivía, y allí, desde las antiguas cabañas de su padre, apacentaba, en la fértil ribera, mil vacas, diez mil ovejas criaderas y otras tantas cabras en el monte?» (pág. 24). Con esta señora vino á casar en segundas nupcias, si no interpreto mal el texto de _El Pastor_, un caballero toledano del apellido Padilla, «el sospechoso Padileo», competidor de Mendino en los amores de Elisa: y quizá fué ésta la ocasión de que Siralvo dirigiese á otra parte sus altivos pensamientos, que no eran de humilde pastor, sino de muy alentado caballero.

Era Fílida doncella de nobilísimo linaje, parienta de un gran señor andaluz (_el rabadán Vandalio_), del cual y de sus pastores andaba recatándose Siralvo, sin duda porque se oponían á tan desiguales amores. No sabemos cuánto duró este honesto galanteo, ó más bien pasión platónica, cuya pureza tanto se encarece en el libro: «¡Quién viera á Siralvo ardiendo en su castísimo amor, donde jamás sintió brizna de humano deseo!» (pág. 228). Ni siquiera llegaba su presunción hasta el punto de creerse favorecido (pág. 136):--«Y dime (dijo Alfeo), ¿estima tu voluntad?--No soy (dijo Siralvo) tan desvanecido, que quiera tanto como eso; basta que no se ofenda de que la ame, para morir contento por su amor... Yo la amo sobre todas las riquezas que Dios ha criado, y ella sabe dónde llega mi amor, y no fuera Fílida quien es si despreciara esta obra fabricada de su mismo poder... Digo que no le pido á Fílida que me ame, pero que vivo contentísimo con que no se disguste de mi amor».

Era Fílida de tanta discreción como hermosura, y de mucha entereza y constancia en sus afectos; recibió con buen talante las poéticas ofrendas del humilde amador, y por no acceder á un matrimonio que los de su casa le proponían, acomodado á su condición, pero no á su gusto, «dejó los bienes, negó los deudos y despreció la libertad; _consagróse á la casta Diana_, y llevóse tras sí á los montes la riqueza y hermosura de los campos» (pág. 218); lo cual, traducido del estilo bucólico al corriente, quiere decir, si no me engaño, que se encerró por más ó menos tiempo en un monasterio. Á esta voluntaria reclusión, que no creemos que llegase á ser profesión religiosa, aluden estos tercetos de una elegía de Montalvo (pág. 273):

Dejando aparte agora el ser nacida Sobre las ilustrísimas llamada Y entre las más honestas escogida, Y con ser de fortuna acompañada, Porque Himeneo al gusto te ofendía, Quisistes ser á Delia dedicada...

Y, en efecto, en el libro ó parte sexta del _Pastor_ encontramos á Fílida en el templo de Diana, si bien el aparato mitológico impide hacerse cargo de la verdadera situación de la heroína, que allí aparece recibiendo visitas de los zagales, entre ellos el mismo Siralvo, y tañendo la lira y cantando coplas de su propia invención y raro ingenio. Todo esto indica que los obstáculos que se presentaban al amador no eran insuperables, y lo confirman estos versos de la ya citada elegía:

Mil continuos estorbos ya los veo, Y otros más de creer dificultosos, Por mi corta ventura más los creo: Ojos abiertos, pechos enconosos, Tu gran beldad, mis ricas intenciones. Cercadas de legiones de envidiosos. Bien imagino yo que si te pones A querer tropellar dificultades, Irás segura en carros de leones... ............................................ Y bien sé yo que en mi rudeza hallas Ingenio soberano para amarte, Y sabes que te escucho aun cuando callas...

Todo el libro de Montalvo está lleno de encarecimientos de las raras prendas de Fílida, y no sólo de su hermosura, sino de su carácter, que era al parecer resuelto y varonil. «Tiene una falta (dijo Florela): que no es discreta, á lo menos como las otras mujeres, porque su entendimiento es de varón muy maduro y muy probado; aquella profundidad en las virtudes y en las artes; aquella constancia de pecho á las dos caras de la fortuna... Ámala, Siralvo, y ámela el mundo, que no hay en él cosa tan puesta en razón» (pág. 121).

El lusitano _Coelio_ (que será sin duda Alonso Sánchez Coello, tenido aun en su tiempo por portugués, aunque lo era sólo de origen) había hecho el retrato de Fílida, que guardaba Siralvo en una _cajuela de marfil_. Para competir con él hizo otro en octavas reales, de elegante y gracioso amaneramiento, como puede juzgarse por estos rasgos, que sin duda recordaba Cervantes cuando llamó á Montalvo «único pintor de un retrato»:

Sale la esposa de Titón bordando De leche y sangre el ancho y limpio cielo, Van por monte y por sierra matizando Oro y aljófar, rosa y lirio el suelo, Vuestra labor, mejillas imitando, Que llenas de beldad y de consuelo, Dicen las Gracias puestas á la mira: «Dichosa el alma que por vos sospira». .......................................... Jardín nevado, cuyo tierno fruto Dos pomas son de plata no tocada, Do las almas golosas á pie enjuto Para nunca salir hallan entrada: Que el crudo Amor, como hortelano astuto, Allí se acoge y prende allí en celada...

(Pág. 125).

De estas y otras varias composiciones de Montalvo se infieren, como señas más personales de la dama, que tenía la cabellera negra y verdes los ojos:

Ricas madejas de inmortal tesoro, Cadenas vivas, cuyos lazos bellos No se preciaron de imitar al oro, Porque apenas el oro es sombra dellos, Luz y alegría que en tinieblas lloro, _Ebano_ fino, tales sois, cabellos... Las finas perlas, el coral ardiente, Con las dos celestiales _esmeraldas_...

(Pág. 272).

Ser _verde_ el rayo de la lumbre vuestra...

(Pág. 123).

De estos ojos verdes[765] estaba locamente enamorado Siralvo. Los ha cantado en todos metros, de tal modo que bien se le puede llamar el poeta de los ojos. Lope de Vega, al elogiarle en el _Laurel de Apolo_, recuerda el principio de una de estas composiciones:

Ojos á gloria de mis ojos hechos, Beldad inmensa en ojos abreviada...

(Pág. 99).

Pero más que estas octavas crespas y conceptuosas, me agradan dos fáciles y lindas canciones en el metro favorito de Gálvez Montalvo, en las viejas redondillas castellanas, que manejaba con tanto primor como Castillejo ó Gregorio Silvestre. Véase íntegra la primera, que es una graciosísima anacreóntica (pág. 285):

Filida, tus ojos bellos El que se atreve á mirallos, Muy más fácil que alaballos, Le será morir por ellos. Ante ellos calla el primor, Ríndese la fortaleza, Porque mata su belleza Y ciega su resplandor. Son ojos verdes rasgados, En el revolver suaves, Apacibles sobre graves, Mañosos y descuidados. Con ira ó con mansedumbre, De suerte alegran el suelo, Que fijados en el cielo No diera el sol tanta lumbre. Amor que suele ocupar Todo cuanto el mundo encierra, Señoreando la tierra, Tiranizando la mar, Para llevar más despojos, Sin tener contradicción, Hizo su casa y prisión En esos hermosos ojos. Allí canta, y dice: «Yo Ciego fui, que no lo niego, Pero venturoso ciego Que tales ojos halló; Que aunque es vuestra la vitoria, En dárosla fui tan diestro, Que siendo cautivo vuestro, Sois mis ojos y mi gloria. El tiempo que me juzgaban Por ciego, quíselo ser, Porque no era razón ver, Si estos ojos me faltaban. Será ahora con hallaros Esta ley establecida: Que lo pague con la vida Quien se atreviere á miraros». Y con esto, placentero, Dice á su madre mil chistes: «El arquillo que me distes, Tomadle, que no le quiero, Pues triunfo, siendo rendido, De aquestas dos cejas bellas, Haré yo dos arcos dellas, Que al vuestro dejen corrido. «Estas saetas que veis, La de plomo y la dorada, Como herencia renunciada, Buscad á quien se las deis, Porque yo de aquí adelante Podré con estas pestañas Atravesar las entrañas Á mil pechos de diamante. «Hielo que deja temblando, Fuego que la nieve enciende, Gracia que cautiva y prende, Ira que mata rabiando, Con otros mil señoríos Y poderes que alcanzáis, Vosotros me los prestáis, Dulcísimos ojos míos». Cuando de aquestos blasones El niño Amor presumía, Cielo y tierra parecía Que aprobaban sus razones, Y él, dos mil juegos haciendo, Entre las luces serenas, De su pecho á manos llenas, Amores iba lloviendo. Yo, que supe aventurarme Á vellos y á conocer No todo su merecer, Mas lo que basta á matarme, Tengo por muy llano agora Lo que en la tierra se suena, Que no hay amor ni hay cadena, Mas hay tus ojos, señora.