Part 76
Recoge á los que aflige el mar airado, ¡Oh, Valentino! ¡oh, venturoso suelo! Donde jamás se cuaja el duro hielo Ni da Febo el trabajo acostumbrado. Dichoso el que seguro y sin recelo De ser en fieras ondas anegado, Goza de la belleza de tu prado Y del favor de tu benigno cielo. Con más fatiga el mar sulca la nave Que el labrador cansado tus barbechos: ¡Oh, tierra! antes que el mar se ensoberbezca, Recoge á los perdidos y deshechos, Para que cuando en Turia yo me lave, Estas malditas aguas aborrezca.
En este carácter local, en este valencianismo de Gil Polo, encuentro la mayor originalidad de su obra, que tiene algo de poema panegírico en que van entalladas las glorias de la que él llama «la más deleitosa tierra y la más abundante de todas maneras de placer de cuantas el sol con sus rayos escalienta». El río mismo, personificado al modo mitológico, el viejo Turia, que celebró Claudiano en el epitalamio de Serena: («Floribus et roseis formosus Turia ripis»), toma parte en esta apoteosis, tan propia del gusto del Renacimiento: «No mucho después vimos al viejo Turia salir de una profundísima cueva, en su mano una urna ó vaso muy grande y bien labrado, su cabeza coronada con hojas de roble y de laurel, los brazos vellosos, la barba limosa y encanescida[737], y sentándose en el suelo, reclinado sobre la urna, y derramando della abundancia de clarísimas aguas, levantando la ronca y congojada voz, cantó desta manera:
Regad el venturoso y fértil suelo, Corrientes aguas, puras y abundosas, Dad á las hierbas y árboles consuelo Y frescas sostened flores y rosas; Y ansí, con el favor del alto cielo, Tendré yo mis riberas tan hermosas, Que grande envidia habrán de mi corona El Pado, el Mincio, el Ródano y Garona...»
El _Canto de Turia_ (no _del Turia_), compuesto en octavas reales, no todas buenas, es un vaticinio de «los varones célebres y extraños», que en tiempos venideros habían de ilustrar sus márgenes: pontífices como Calixto y Alejandro, hombres de guerra como los Borjas y Moncadas, filósofos y humanistas como Vives, Honorato Juan y Núñez; poetas en gran número, comenzando por Ausias March, el más grande de todos. Hasta 54 son, salvo error, los nombres que conmemora Gil Polo, ilustres algunos, oscurísimos otros, siendo para todos uniforme y monótona la alabanza, principal escollo de este género de catálogos rimados. Ya D. Luis Zapata en su _Carlo Famoso_ (canto XXXVIII) y Nicolás de Espinosa en su _Segunda Parte de Orlando_ (canto XV) habían introducido los loores de algunos ingenios contemporáneos suyos, siguiendo en esto, como en lo demás, las huellas del Ariosto; pero pienso que la _Canción de Orfeo_ de Montemayor fué la que verdaderamente sugirió á Gil Polo la idea del _Canto de Turia_, aunque el poeta portugués celebre á las damas y el valenciano á los escritores y poetas principalmente. Su poema sirvió desde luego de modelo al _Canto de Caliope_ de Cervantes, que tanto admiraba á Gil Polo, y andando los tiempos tuvo la suerte de ser ilustrado con selecta y recóndita erudición por uno de los varones más doctos y beneméritos del siglo XVIII, D. Francisco Cerdá y Rico, de quien son las notas insertas en la edición de Sancha de 1778, aunque á ellas contribuyeron en gran manera los hermanos Mayans, D. Gregorio y D. Juan Antonio, especialmente el segundo. Estas notas fueron un complemento utilísimo á las dos _Bibliotecas Valencianas_ de Rodríguez y Ximeno, preparando el terreno para la de Fuster, y en un concepto todavía más general puede decirse que fueron el primer ensayo histórico sobre una parte de la poesía catalana, llamada entonces impropiamente lemosina. Todavía los catalanistas y valencianistas de nuestro tiempo han encontrado mucho que espigar en estas notas, y nunca se recurre á ellas sin provecho. Para la historia del humanismo español del siglo XVI encierran también curiosos documentos.
Pero no conviene dejar enterrada la _Diana_ bajo el imponente aparato de su comentador, que casi triplicó su volumen. Por sí sola merece tener lectores, y los ha logrado siempre, no sólo en la tierra donde nació, sino entre todos los finos estimadores de la poesía castellana. Sólo en las pastorales de Lope de Vega y del obispo Valbuena se encontrarán versos que igualen ó superen á los de la _Diana Enamorada_; pero el gusto de Gil Polo es más seguro, menos empañado por las sombras de la afectación ó del desaliño. De todos nuestros poetas bucólicos es el más parecido á Garcilaso, en cuya lectura estaba tan empapado que le acontece copiar de él versos enteros, maquinalmente sin duda. La elegancia y cultura inafectada de Garcilaso, su delicadeza en la expresión de afectos, la limpieza y tersura de su dicción, la melodía pura y fácil de sus versos, han pasado felizmente al imitador, que á veces se confunde con él. Los ecos de la zampona de Sireno y de Arsileo no sonarían mal mezclados con los de Salicio y Nemoroso, con los de Tirreno y Alcino. Véanse algunas muestras:
Las mansas ovejuelas van huyendo Los carniceros lobos, que pretenden Sus carnes engordar con pasto ajeno. Las benignas palomas se defienden Y se recogen todas en oyendo El bravo son del espantoso trueno... ...................................... ¿Viste jamás un rayo poderoso, Cuyo furor el roble antiguo hiende? Tan fuerte, tan terrible y riguroso Es el ardor que l'alma triste enciende. ¿Viste el poder de un río poderoso Que de un peñasco altísimo desciende? Tan brava, tan soberbia y alterada Diana me parece estando airada. ............................................ ¿Viste la nieve en haldas de una sierra Con los solares rayos derretida? Ansi deshecha y puesta por la tierra Al rayo de mi estrella está mi vida. ¿Viste en alguna fiera y cruda guerra Algún simple pastor puesto en huída? Con no menos temor vivo cuitado De mis ovejas propias olvidado... .............................................
TAURISO.
Juntó á la clara fuente Sentada con su esposo La pérfida Dïana estaba un día, Y yo á mi mal presente Tras un jaral umbroso, Muriendo de dolor de lo que vía. Él nada le decía, Mas con mano grosera Trabó la delicada Á torno fabricada Y estuvo un rato así que no debiera. Y yo tal cosa viendo, De ira mortal y fiera envidia ardiendo.
BERARDO.
Un día al campo vino, Aserenando el cielo, La luz de perfectísimas mujeres, Las hebras de oro fino Cubiertas con un velo, Prendido de dorados alfileres; Mil juegos y placeres Pasaba con su esposo, Yo tras un mirto estaba, Y vi que él alargaba La mano al blanco velo, y el hermoso Cabello quedó suelto, Y yo de vello en triste miedo envuelto.
No se limitó Gil Polo á cultivar magistralmente casi todos los metros largos y cortos usados en su tiempo, casi todas las combinaciones sin excluir la _rima percossa_[738] y los tercetos esdrújulos acreditados por el ejemplo de Sannazaro[739], sino que fué un verdadero innovador métrico, que continuando la obra de Boscán y Garcilaso, intentó añadir nuevas cuerdas á la lira castellana. Dos tipos de estrofas líricas introdujo en nuestro Parnaso, dignas entrambas de haberle sobrevivido, aunque apenas han tenido imitadores. Una y otra son curiosas además porque prueban trato íntimo con literaturas poco conocidas ó ya olvidadas en España. Á la una llamó rimas _provenzales_, á la otra _versos franceses_. Es de presumir que por poetas provenzales entendiese los catalanes del último tiempo, únicos que es verosímil que hubiese leído; no creo, sin embargo, que abunde en ellos el tipo estrófico usado por dos veces en la _Diana_. Yo sólo recuerdo uno, no igual en el número de los versos, sí análogo por la combinación de endecasílabos y pentasílabos, en unos versos del notario barcelonés Antonio de Vallmanya, que obtuvo la joya en un certamen de 1457[740]. Los de Gil Polo son encantadores, y parecen nacidos para puestos en música:
Cuando con mil colores devisado Viene el verano en el ameno suelo, El campo hermoso está, sereno el cielo, Rico el pastor y próspero el ganado, Filomena por árboles floridos Da sus gemidos, Hay fuentes bellas, Y en torno dellas Cantos suaves De Ninfas y aves; Mas si Elvinia de allí sus ojos parte, Habrá continuo hibierno en toda parte. Cuando el helado cierzo de hermosura Despoja hierbas, árboles y flores, El canto dejan ya los ruiseñores, Y queda el yermo campo sin verdura, Mil horas son más largas que los días Las noches frías, Espesa niebla Con la tiniebla Escura y triste El aire viste; Mas salga Elvinia al campo y por doquiera Renovará la alegre primavera. .............................................. Si Delia en perseguir silvestres fieras, Con muy castos cuidados ocupada Va de su hermosa escuadra acompañada Buscando sotos, campos y riberas; Napeas y Hamadryadas hermosas, Con frescas rosas Le van delante, Está triunfante Con lo que tiene; Pero si viene Al bosque donde caza Elvinia mía, Parecerá mejor su lozanía. Y cuando aquellos miembros delicados Se lavan en la fuente esclarescida, Si allí Cintia estuviera, de corrida Los ojos abajara avergozados, Por que en la agua de aquella trasparente Y clara fuente El mármol fino y peregrino Con beldad rara Se figurara, Y al atrevido Actéon, si la viera, No en ciervo, pero en mármol convirtiera![741]
Los que Gil Polo llama versos _franceses_ son, como puede suponerse, alejandrinos, quizá los únicos que en todo el siglo XVI se compusieron en España, pero no dispuestos en la horrible forma de pareados, ni en el tetrástrofo monorrimo que nuestros poetas de _clerecía_ usaban en los siglos medios, sino combinados con su hemistiquio, formando una estrofa de mucha amplitud y pompa lírica, que parece forjada sobre el modelo de alguna de las de Ronsard. En este metro compuso Gil Polo el epitalamio de Diana y Sireno, uno de los mejores trozos que hay en la _Diana_:
De flores matizadas se vista el verde prado, Retumbe el hueco bosque de voces deleitosas, Olor tengan más fino las coloradas rosas, Floridos ramos mueva el viento sosegado.
El río apresurado Sus aguas acreciente, Y pues tan libre queda la fatigada gente Del congojoso llanto, Moved, hermosas Ninfas, regocijado canto... ................................................. Casados venturosos, el poderoso cielo Derrame en vuestros campos influjo favorable, Y con dobladas crías en número admirable Vuestros ganados crezcan cubriendo el ancho suelo. No os dañe el crudo hielo Los tiernos chivaticos, Y tal cantidad de oro os haga á entrambos ricos, Que no sepáis el cuánto. Moved, hermosas Ninfas, regocijado canto... ................................................. Remeden vuestras voces las aves amorosas, Los ventecicos suaves os hagan dulce fiesta, Alégrese con veros el campo y la floresta, Y os vengan á las manos las flores olorosas: Los lirios y las rosas, Jazmín y flor de Gnido, La madreselva hermosa y el arrayán florido, Narciso y amaranto. Moved, hermosas Ninfas, regocijado canto...
El primor y lindeza de la mayor parte de las poesías contenidas en la _Diana_ de Gil Polo han hecho que queden algo en la sombra los indisputables méritos de su prosa, muy culta, amena y limada, si bien no dejan de notarse en ella, lo mismo que en los versos, algunos giros y frases propios de la nativa lengua del autor y tal cual italianismo, que desdicen de la pureza con que generalmente escribió el castellano. Tales son las voces _tempesta_ por tempestad y _superbos_ por soberbios, alguna rima falsa por efecto de pronunciación valenciana:
Medres y _crescas_ En yerbas frescas,
y el extraño modismo _tan mala vez_ por _inmediatamente después_ dos veces repetido; pequeños lunares que sólo por curiosidad advertimos.
Á la circunstancia fortuita de haber salido á luz primero y de ir unida á la obra de Montemayor debió la detestable _Diana_ del salmantino Pérez el honor inmerecido de tener en lo antiguo muchas más ediciones que la de Gil Polo. Llegan á nueve, sin embargo, las que de ésta registran los bibliógrafos, comenzando por la rarísima de Valencia, 1564[742]. Pero trocándose la fortuna en el siglo XVIII, la _Diana_ del poeta valenciano fué mucho más leída, encomiada y reimpresa que la de Montemayor. Aun antes que Cerdá y Rico renovara espléndidamente en la memoria de los doctos el nombre de su conterráneo, corría en Inglaterra una elegante reimpresión de 1739, dedicada á una señora estudiosa de nuestra lengua[743]. Posteriormente, el texto de Cerdá ha sido reimpreso cuatro veces por lo menos[744], lo cual prueba la popularidad persistente del libro y el recreo que todavía proporciona su lectura. No como obra acéfala, sino formando cuerpo con las otras dos _Dianas_, fué traducida al francés por Gabriel Chappuis y Antonio de Vitray, al inglés por Bartolomé Yong, al alemán por Kuffstein y Harsdöfer. Todas estas versiones quedan indicadas al hablar de Montemayor.
Pero hay una especial de la _Diana_ de Gil Polo, que tanto por la lengua en que fué escrita como por su rareza y particulares circunstancias, reclama más individual mención. Me refiero á la latina que publicó en Hannover, 1625, el docto y extravagante humanista alemán Gaspar Barth, en quien algunos han creído sin fundamento ver el prototipo del Licenciado Vidriera. Era Barth sumamente versado en nuestra literatura y fino estimador de ella, como lo mostró traduciendo y comentando prolijamente la Celestina con el título de _Pornoboscodidascalus_ (1624). Á la traducción de la _Diana_ de Gil Polo puso el rótulo de _Erotodidascalus sive Nemoralium libri V_[745], y en el prólogo hizo de ella el más caluroso elogio. «Es composición egregia (dice), y que si hubiese sido escrita en lengua latina ó griega hace muchos siglos, estaría hoy contada entre los poemas clásicos del amor. Hay en ella admirables sentencias, tomadas de la experiencia de la vida, y en esta parte juzgo que el autor arrebata la palma á todos los demás que han tratado de análoga materia. El argumento del libro nada tiene de torpe ó deshonesto: achaque de que suelen adolecer no pocos monumentos de los antiguos escritores. Las historias están limpiamente narradas, sin obscenidad alguna, y entretejidas con mucha gracia artificiosa y suave. No hay que buscar aquí alusiones y dichos picantes, ó más bien procaces y lascivos. Los versos parecen nacidos bajo el más favorable influjo de las Musas y de las Gracias, de tal modo que sin escrúpulo podemos oponer las invenciones de este autor á las de los más felices poetas»[746].
El filólogo de Brandeburgo traduce con suma puntualidad el texto de Gil Polo, suprimiendo sólo el _Canto de Turia_, sobre el cual pone en castellano esta curiosa acotación: «El siguiente canto para [por] ser hecho á las alabanças de Varones muy señalados del Reyno de Valencia, cuyos nombres y virtuosas ationes no son conoscidas en otras tierras, no es traducido _para_ [en] Latin, como los otros hasta á esse, tratantes cosas de Amores pastoriles y plazeres de Nymfas enamoradas, donde las ficiones tocan á todos los hombres sujetos al poder del valoroso Cupido y su madre la más renombrada Diosa de los Poetas».
Todo lo demás está vertido á la letra, la prosa en prosa, los versos en verso, procurando remedar la variedad métrica del original. Para que se juzgue de tan singular ensayo, copio en nota una parte de la _Canción de Nerea_, que, por ser tan conocido el texto español, se presta fácilmente al cotejo[747].
La moda de escribir continuaciones de la _Diana_ no terminó con Alonso Pérez y Gil Polo. Hubo dos terceras _Dianas_, y una de ellas llegó á imprimirse. Fue su autor, ó más bien compilador desvergonzado, un tal Jerónimo de Tejeda, intérprete de lengua castellana en París. No he visto la edición de 1587, citada por los traductoreFuée Ticknor, pero sí otra de 1627, que existe en la Biblioteca Nacional entre los libros que fueron de Gayangos[748]. Á otro ejemplar de la misma se refiere el Dr. Hugo Rennert en su precioso opúsculo sobre la novela pastoril, donde ha desmenuzado el libro de Tejeda, mostrando que es un puro plagio[749]. Todas las poesías están tomadas de Gil Polo, á excepción de dos ó tres composiciones cortas. La prosa de los cuatro primeros libros tiene el mismo origen, con algunos cambios infelices y disparatados. En el quinto libro zurce Tejeda la historia de Amaranto y Dorotea, imitada de la _Diana_ de Alonso Pérez. En el sexto, Parisiles, personaje de la misma _Diana_, refiere la historia del Cid. Completan esta fastidiosísima rapsodia otros episodios de la leyenda nacional, tales como la historia de los Abencerrajes y el tributo de las cien doncellas. Tejeda manifiesta la ignorancia más supina hasta en el modo de copiar los versos ajenos. Era sin duda un aventurero famélico, que procuró remediar su laceria con el producto de esta piratería literaria.
Antes de él, un cierto Gabriel Hernández, vecino de Granada, había obtenido en 28 de enero de 1582 privilegio por diez años para imprimir _una tercera parte de la Diana_, fruto de su ingenio; pero tal impresión no llegó á verificarse, si bien consta que Hernández traspasó en quinientos reales su privilegio al librero Blas de Robles en 8 de agosto del mismo año. Debo esta noticia, hasta ahora enteramente desconocida, al docto investigador D. Cristóbal Pérez Pastor, que con tan peregrinos datos ha enriquecido nuestros anales literarios de los siglos XVI y XVII[750].
Ya hemos tenido ocasión de mencionar el rarísimo libro de la _Clara Diana á lo divino_, publicado en 1582 por el cisterciense Fr. Bartolomé Ponce, á quien debemos la noticia más positiva de la muerte de Montemayor. Las _Dianas_, que á los lectores de hoy parecen tan insulsas y candorosas, no satisfacían ni mucho menos los escrúpulos de los moralistas del siglo XVI. Malón de Chaide, por ejemplo, las incluía en la misma condenación que á los libros de caballerías: «¿Qué ha de hacer la doncellica que apenas sabe andar, y ya trae una _Diana_ en la faldriquera? Si (como dijo el otro poeta) el vaso nuevo se empapa y conserva mucho tiempo el sabor del primer licor que en él se echase, siendo un niño y una niña vasos nuevos, y echando en ellos vino venenoso, ¿no es cosa clara que guardarán aquel sabor largo tiempo? Y ¿cómo cabrán allí el vino del Espíritu Santo y el de las viñas de Sodoma (que dijo allá Moisés)? ¿Cómo dirá _Pater noster_ en las _Horas_ la que acaba de sepultar á Piramo y Tisbe en _Diana_? ¿Cómo se recogerá á pensar en Dios un rato la que ha gastado muchos en Garcilaso? ¿Cómo? Y ¿honesto se llama el libro que enseña á decir una razón y responder á otra, y á saber por qué término se han de tratar los amores? Allí se aprenden las desenvolturas y las solturas y las bachillerías, y náceles un deseo de ser servidas y recuestadas, como lo fueron aquellas que han leído en estos sus _Flos Sanctorum_; y de ahí vienen á ruines y torpes imaginaciones, y destas á los conciertos ó desconciertos, con que se pierden á sí y afrentan las casas de sus padres y les dan desventurada vejez; y la merecen los malos padres y las infames madres que no supieron criar sus hijas, ni fueron para quemalles estos libros en las manos. Los _Cantares_ que hizo Salomón más honestos son que sus _Dianas_: el Espíritu Santo los amparó; el más sabio de los hombres los escribió; entre esposo y esposa son las razones; todo lo que hay alli es casto, limpio, santo, divino y celestial y lleno de misterios; y con todo eso, no daban licencia los hebreos á los mozos para que los leyesen hasta que fuesen de más madura edad. Pues ¿qué hicieran de los que son faltos de tantas circunstancias de abonos como tienen los _Cantares_ en su favor? Esto es para desengañar á los que se toman licencia de leer en tales libros con decir que son honestos»[751].
El P. Ponce, que sin duda pensaba lo mismo que el elocuente y pintoresco autor de _La Conversión de la Magdalena_, pero al propio tiempo admiraba sobremanera el talento poético de Jorge de Montemayor, quiso buscar antídoto al veneno de la amorosa pasión, valiéndose del medio de parodiar en sentido místico la obra de su adversario y aplicar á los loores de la Santísima Virgen los encarecimientos que hace aquél de la belleza profana. Siguió, pues, el mismo rumbo que los autores de libros de _Caballería celestial_, el mismo que Sebastián de Córdoba en su _Boscán y Garcilaso á lo divino_ (1575) ó D. Juan de Andosilla Larramendi en el extraño centón á que dió el título de _Cristo Nuestro Señor en la Cruz hallado en los versos de Garcilaso_ (1628). Pero no empeñándose como éstos en la tarea absurda de seguir paso á paso y verso por verso la obra que parodiaba, hizo de la _Clara Diana_ un libro no enteramente despreciable, á lo menos por la pureza y abundancia de su prosa. Los versos valen poco[752].
De las novelas pastoriles posteriores á Montemayor y Gil Polo, la primera en orden cronológico es la del soldado sardo Antonio de Lofrasso, que lleva por título _Los diez libros de la fortuna de amor_, obra de las más raras y de las más absurdas de nuestra literatura que salió de las prensas de Barcelona en 1573[753]. Su principal celebridad la debe á estas palabras del cura en el donoso escrutinio de los libros de Don Quijote:
«Por las órdenes que recebí... que desde que Apolo fué Apolo, y las Musas Musas, y los poetas poetas, tan gracioso ni tan disparatado libro como ese no se ha compuesto, y que por su camino es el mejor y el más único de cuantos deste género han salido á la luz del mundo, y el que no le ha leído puede hacer cuenta que no ha leído jamás cosa de gusto; dádmele acá, compadre, que precio más haberle hallado que si me diesen una sotana de raja de Florencia; púsole aparte con grandíssimo gusto»[754].