Orígenes de la novela, Tomo I

Part 75

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Sin la _Diana_ no existiría probablemente la _Astrea_, que dispensó á los franceses de una gran parte del trabajo de la invención; pero como D'Urfé vino después y dió mayores proporciones á su obra, su psicología erótica es más complicada y sobresale, según Montégut, en describir todas las variedades del amor: «sutil con Silvandro, noblemente platónico con Tirsis, tempestuoso y violento con Damón y Madonta, vehemente y enérgico con Criseida y Arimanto, brutalmente sexual con Valentiniano y Eudoxia, gracioso y cínico con los amores veleidosos é inconstantes de Hilas». No soy de los que dan grande importancia á esta psicología recreativa de las novelas, que suele ser una ingeniosa broma del crítico que las interpreta; pero valga lo que valiere, en ella parece que consiste el principal mérito de la _Astrea_. Las condiciones nativas del ingenio francés son muy adecuadas para esta fina y algo sofística labor de cortar un cabello en tres, y sin duda por ella es tan estimado D'Urfé, no obstante la pesadez de su obra y lo grotesco de su mascarada galo-clásica, en que los obispos se convierten en _grandes druidas_ y las monjas en vestales ó _druidesas_. Montemayor es menos refinado, menos curtido en el análisis sentimental, menos escrutador de quintas esencias; sus pastores, aun siendo cortesanos disfrazados, conservan cierta sencillez en sus afectos; son menos pomposos y teatrales que los de D'Urfé, pero más poéticos. Las dos novelas se parecen en muchos detalles. El encuentro de Astrea con la falsa Alexis en el templo de la Buena Diosa recuerda el de Ismenia y Selvagia en el templo de Minerva, aunque el engaño no es el mismo[718].

La Fuente de la Verdad, situada en el parque del palacio de Isaura, tiene virtudes mágicas muy análogas á las del agua encantada de la sabia Felicia, cuyo papel desempeña en la _Astrea_ el gran druida Adamas ó Adamanto, consultado por todos los pastores para el remedio de sus males. Seguramente encontrará muchas más imitaciones quien tenga valor para leer entera la obra francesa.

La influencia de Montemayor en la literatura francesa no terminó con las pastorales del siglo XVII. Este género sobrevivió á la parodia que hizo Carlos Sorel en _Le Berger Extravagant_ (1639), una de tantas débiles imitaciones del _Quijote_; se prolongó en los idilios de Segrais, Mme. des Houlières y Fontenelle, y tuvo á fines del siglo XVIII un efímero renacimiento en la _Galatea_ y la _Estela_ del caballero Florián, novelas muy leídas y admiradas entonces en Francia y en la Suiza alemana, aunque no faltó quien se burlase ingeniosamente de ellas, echando de menos un lobo entre tantas ovejas y tantos corderos. La _Galatea_ es un pobre compendio de la de Cervantes; la _Estela_, todavía más amanerada, está muy influida por la _Diana_, según el mismo Florián declara: «He meditado mucho á Montemayor, y confieso con agradecimiento que _Estela_ le debe mucho. La _Diana_ peca por la inverosimilitud de la fábula y la complicación de los episodios; tiene además el defecto capital de comenzar por la infidelidad no motivada de la heroína, y de emplear la magia para curar al héroe de su pasión. Pero el encanto del estilo compensa todo esto. Cada detalle, cada trozo de poesía tiene un carácter de terneza, de dulzura, de sensibilidad que atrae al lector y _le hace derramar lágrimas_, leyendo historias mal concebidas, imposibles y que no están enlazadas con el fondo de la novela. La _Diana_ ofende muchas veces al buen gusto, pero el corazón goza casi siempre con su lectura. Se la debe leer, pero no traducir, porque la gracia no se traduce»[719]. ¡Qué fáciles tenían las lágrimas los filántropos del siglo XVIII, aunque de las de Florián hay que desconfiar algo, puesto que sabemos por las memorias de su tiempo que se entretenía en dar de palos á sus queridas! El falso sentimentalismo oculta á veces mucha dureza y sequedad de corazón. Ambas pastorales de Florián fueron traducidas al castellano, gustaron bastante y tuvieron algunos imitadores de poco nombre, entre ellos D. Cándido María Trigueros. Pero el tipo del _hombre sensible_ era demasiado exótico para que aquí prevaleciese, y no creo que fuesen muchos los que acompañasen á Florián en el copioso llanto que le hacían derramar los infortunios de los pastores de égloga.

No es menos curiosa la acción de Montemayor sobre la literatura inglesa que sobre la francesa, con la circunstancia de haber sido más antigua. Con poca razón cuentan algunos entre las imitaciones de la _Diana_ la _Arcadia_ de Sir Felipe Sidney (1590), que por su título recuerda á Sannazaro y por su desarrollo es más bien un libro de caballerías que una verdadera pastoral. «Los héroes son todos príncipes ó hijos de reyes (dice un crítico reciente), y aunque sus aventuras tengan por teatro la fabulosa Arcadia, los pastores no son más que figuras decorativas, que sirven sólo para divertir á los príncipes con sus canciones y sacarlos del agua cuando se ahogan»[720]. Pero aquel simpático y gallardísimo representante del Renacimiento inglés, aquel poeta caballero, cuya vida y muerte nos hacen recordar involuntariamente á nuestro Garci Laso, leía con delicia la _Diana_ de Montemayor y tradujo algunos de sus versos. Ya en 1563 habían aparecido entre las obras poéticas de Bernabé Googe dos églogas (la 5.ª y la 7.ª), que son adaptaciones en verso de dos largos trozos de la _Diana_: la historia de Felismena en el libro II y la escena entre los pastores Silvano, Sireno y Selvagia en el primero[721]. Sidney, por su parte, vertió las octavas de Silvano y la canción de Diana, que están al principio de la obra de Montemayor[722]. Bartolomé Yong terminó en 1583 la traducción completa de las tres _Dianas_ de Montemayor, Alonso Pérez y Gil Polo, pero no la publicó hasta 1598[723]. El grande éxito que tuvo esta versión fidelísima hizo que se quedase inédita otra del teólogo de Oxford Tomás Wilcox, dedicada en aquel mismo año al conde de Southampton. Wilcox se había limitado á la _Diana_ primitiva[724].

Pero el mayor triunfo de Montemayor en Inglaterra consiste en haber sugerido á Shakespeare el argumento de una de sus obras dramáticas[725]. Dos veces aparece en su teatro la historia de la dama que sirve á su amante disfrazada de paje. En la primera de estas comedias, la _Duodécima Noche_ (_The Twelfth Night_), Shakespeare sigue á Bandello en el cuento de Nicuola y Paulo. Pero en la segunda, _Los dos hidalgos de Verona_, no imita á Bandello, sino á Montemayor, en todo aquello en que se separa de Bandello. Los personajes pertenecen á la misma categoría social: Proteo es enviado por su padre á la corte como D. Félix para adquirir conocimiento del mundo. Felismena y Julia se ven abandonadas de la misma suerte, y se disfrazan en análogas condiciones. Una y otra descubren á su infiel amante cuando estaba dando una serenata debajo de las ventanas de su nuevo amor; en uno y otro caso es un mesonero quien las hace reparar en la música. La coincidencia en tan pequeños detalles no puede ser fortuita, y por eso varios comentadores ingleses, tales como Mr. Lenox y el Dr. Farmer, opinan que la historia de Proteo y Julia está tomada de la de D. Félix y Felismena[726]. No es argumento en contra el que Shakespeare no supiese castellano, ni el que su comedia sea anterior á la _Diana_ de Bartolomé Yong, porque precisamente ese episodio había sido puesto en verso inglés muchos años antes por Googe, y había servido de argumento á una pieza dramática, hoy perdida, _History of Felix and Philomena_, que se representó en Greenwich en 3 de enero de 1585, y fué probablemente la que Shakespeare imitó ó refundió[727].

En Alemania no encontramos traducciones de la _Diana_ hasta el siglo XVII: una por Hans Ludwig Kuffstein, impresa en Nuremberg en 1610; otra por Harsdörfer en 1646; en esta última se añade la continuación de Gil Polo. Una y otra fueron reimpresas varias veces[728]; pero no parece que suscitasen ningún imitador de cuenta, aunque el célebre poeta de Silesia Martín Opitz se inspiró alguna vez en los versos de Gil Polo. La pastoral no tiene importancia en la literatura alemana antes del suizo Gessner, que á fines del siglo XVIII renovó el género con cierta originalidad y más sentimiento de la naturaleza que sus predecesores.

Libro tan célebre entre los extraños como la _Diana_ de Montemayor no podía menos de suscitar imitaciones entre los propios. Las tuvo, en efecto, y numerosas, empezando por las continuaciones que de la misma _Diana_ hicieron con muy desigual fortuna tres diversos autores, sin contar con otro cuya obra se ha perdido ni con el fraile que la parodió á lo divino. En 1564 aparecieron simultáneamente, y como en competencia, la _Segunda Parte de la Diana_ de Alonso Pérez, médico salmantino, y la _Diana Enamorada_, de Gaspar Gil Polo.

Pocas palabras bastarán respecto de la primera. El médico Pérez había sido amigo de Montemayor, y aun recibido sus confidencias literarias, y por esto y por lo mucho que le admiraba se creía en mejor disposición que nadie para continuar sus obras: «Empero como tan célebre varón nos falte, parecióme que ninguno mejor que yo podria en sus obras succeder. Y esto no por mi suficiencia (vaya fuera toda arrogancia), mas por la mucha afficion que a su escriptura con justa causa siempre he tenido... Desengañese quien pensare ygualarsele en facilidad de composicion, dulçura en el verso y equivocacion en los vocablos... Antes que d'España se fuesse Montemayor, no se desdeñó comunicar comigo el intento que para hazer segunda parte a su Diana tenia: y entre otras cosas que me dixo fue que avia de casar a Sireno con Diana enviudando de Delio. Como yo le dixesse que casandola con Sireno con quien ella tanto desseava, si avia de guardar su honestidad, como avia començado, era en algun modo cerrar las puertas para no poder mas de ella escrevir, y que mi parecer era que la hiziesse viuda y reqüestada de algunos pastores juntamente con Sireno, le agradó y propuso hazerlo. De manera que el conseio que a él di, he yo tomado para mi. Assi que a quien esta leyere, no le deve pessar porque Diana enviude, y por agora no se case, siendo de algunos benemeritos pastores en competencia requerida, pues queda agradable materia levantada para terzera parte que saldra presto a luz, si Dios fuere servido».

Dios no fué servido de que la tercera parte saliera á luz, y nada perdieron las letras castellanas con ello. Si Jorge de Montemayor era un ingenio ameno y delicado, aunque desprovisto de cultura clásica, única que entonces se estimaba, su continuador era un pedante que quiso verter en su novela toda la indigesta erudición que en sus lecturas había granjeado. De ello hace alarde en el prólogo: «De una cosa quiero que vayas advertido, que casi en toda esta obra no hay narracion ni platica, no sólo en verso, mas aun en prosa, que a pedaços de la flor de Latinos y Italianos hurtado y imitado no sea, y pienso por ello no ser digno de reprehension, pues ellos lo mesmo de los Griegos hicieron».

Basta, con efecto, la más somera inspección del libro, porque leerle entero es casi imposible, para ver que Sannazaro en la _Arcadia_ y Ovidio en las _Metamorfoses_ y aun en los _Fastos_ han sido los autores principalmente saqueados. Del segundo proceden la fábula en verso de Apolo y Dafne (libro segundo), las noticias sobre el culto de Pan y la figura del gigante Gorforostro, enamorado de Stela, que es un trasunto del cíclope Polifemo, enamorado de Galatea. Su canto en octavas reales (libro quinto), imitado de Ovidio y no de Teócrito, es lo más tolerable que se encuentra en la parte poética de esta segunda _Diana_. En toda ella se nota la misma intemperancia seudoerudita. La descripción del cayado del pastor Delicio es un curso entero de mitología. El interés de la fábula se pierde enteramente en estos ocho farraginosos libros, donde apenas intervienen Diana ni Sireno ni la mayor parte de los personajes que hemos conocido en la primera parte y que han llegado á interesarnos con sus aventuras. Otros de ningún interés y de revesados nombres ocupan la escena con sus prolijas y disparatadas aventuras. Parisiles (que acaso sugirió á Cervantes el nombre de Persiles), Gorforostro, Sagastes y su hermana Dardanea, Martandro, Placindo, Disteo, descendiente del dios Eolo, Partenio y Delicio, que andan por el mundo buscando á sus padres, nos abruman con sus interminables narraciones, escritas en una prosa mazorral y pedestre, y con sus versos casi siempre duros, cuando no inarmónicos y bárbaros, tela vil en que están groseramente zurcidos los retazos de púrpura que el autor roba á sus modelos latinos é italianos. Por supuesto no faltan los encantos de la sabia Felicia, mejorados en tercio y quinto; pero á pesar de ellos nada se desenlaza, casi todas las historias quedan interrumpidas y sueltos todos los cabos para la tercera parte. Razón de sobra tuvo el cura del _Quijote_ cuando ordenó que la _Diana_ del Salmantino fuese á acompañar y acrecentar el número de los libros condenados al corral. La novela de Alonso Pérez fué un caso de industria literaria, que prueba el prestigio de un título célebre. Á la sombra de la _Diana_ de Montemayor fué impresa una porción de veces, y traducida al francés, al inglés y al alemán: tal era el empeño con que entonces se recogían hasta las migajas de nuestra literatura[729].

Ya en su prólogo indicaba Alonso Pérez que había acelerado la terminación de su libro por temor de que saliera otra segunda parte primero que la suya. Esta segunda parte no era otra que la pura, la exquisita obra de arte que lleva el título de _Diana Enamorada_ y cuyo autor fué el poeta valenciano Gaspar Gil Polo.

Muy escasas son las noticias que tenemos de este preclaro ingenio. Los primeros bibliógrafos valencianos Rodríguez y Ximeno, y aun el mismo Cerdá y Rico en el prólogo de su edición, aunque luego lo enmendó en un apéndice, le confundieron con un jurisconsulto del mismo nombre y apellido, autor de varios libros de su profesión, como los titulados _Schola juris_ (1592), _Recitaciones Scholasticæ_, _De Studio Juris_ (1610), _De origine et progressu Juris Romani_ (1615). Pero el erudito D. Francisco Xavier Burrull[730], y después de él Fuster[731], probaron de un modo convincente que este Micer Gaspar Gil Polo, doctor en ambos derechos, sustituto de una cátedra de Leyes en la Universidad de Valencia, familiar del Santo Oficio de aquella ciudad en 4 de mayo de 1601, abogado del Brazo Real en las cortes de Monzón en 1626, era hijo del autor de la _Diana_, de quien sabemos que ejerció la profesión de notario desde 1571 á 1573, llegando más adelante á ocupar los importantes puestos de asesor de la Baylía General y lugarteniente del Maestre Racional de la ciudad de Valencia y su reino, en el cual le sucedió un hijo suyo llamado Julián.

Distinguidos ambos homónimos, padre é hijo, resta todavía por averiguar si el primero es el mismo Gil Polo que figura como catedrático de Griego en la Universidad de Valencia desde 1566 hasta 28 de mayo de 1573. Muy verosímil parece á primera vista que lo fuese, porque las fechas coinciden, y el poeta era sin duda excelente humanista, pero la ausencia del primer nombre _Gaspar_ hace algo incierta la conjetura, y por otra parte sabemos que precisamente en esos años estaba empleado en arduas tareas bien ajenas de la enseñanza, como que anduvo asistiendo á los comisarios de Felipe II en la visita general del reino. Tanta pericia y actividad mostró en este servicio, que el rey hizo muy honrosa conmemoración de sus méritos al conferirle, en 28 de agosto de 1572, el ya citado empleo de primer coadjutor del Maestre Racional ó contador mayor de la Regia Curia[732]. En 11 de diciembre de 1579 le concedió la especial gracia de que pudiera renunciar dicho empleo en uno de sus hijos, con la condición de seguir desempeñándole mientras viviera. En 1580 le mandó pasar á Barcelona para el arreglo del Patrimonio Real, y en aquella ciudad le sorprendió la muerte en 1591.

En vida entregada á tan útiles pero prosaicas ocupaciones no hubieron de ser muchos los ocios literarios del poeta. Así es que, fuera de la _Diana_, fruto juvenil de su ingenio, no se citan de él más que dos sonetos en principios de libros: uno elogiando la _Carolea_ de Jerónimo Sempere (1560); otro _La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo_, trovada por D. Alonso Girón de Rebolledo (1563), y una canción con glosa, que publica Fuster, tomada de un manuscrito de la Biblioteca Mayansiana[733]. Otros versos hay, latinos y castellanos, de un Gil Polo, en las _Fiestas de Valencia á la beatificación de San Luis Beltrán_ (1608) y _en la canonización de San Raymundo de Peñafort_ (1602), pero es claro que tales poesías de circunstancias y de certamen no pueden pertenecer á nuestro autor, que ya había muerto, y serán acaso del catedrático de Griego. Hasta son raras las alusiones á Gil Polo como poeta en las obras de sus contemporáneos. Timoneda es casi el único que le cita, sin ningún calificativo, en un romance del _Sarao de Amor_ (1561), donde hace una especie de reseña de los poetas valencianos.

Cervantes, jugando con el apellido del autor, dijo que su _Diana_ se guardase «como si fuera del mismo Apolo». La posteridad ha confirmado el fallo, y no sólo conserva la _Diana Enamorada_ su prestigio tradicional, sino que es todavía una de las pocas novelas pastoriles que pueden leerse íntegras, no sólo sin fatiga, sino con verdadero deleite. No consiste su atractivo en los lances de la fábula: en este punto ni siquiera iguala á Montemayor, que no sólo tiene el mérito de inventor primero, sino el de haber conservado cierta unidad de acción en medio de los múltiples episodios, conduciéndolos á un común desenlace fácil é ingenioso. En Gil Polo se presentan muy desligados, y además son poco interesantes en sí mismos; ninguno de ellos vale lo que el de D. Félix y Felixmena. El de Marcelio, Alcida y Clenarda, que es el más extenso, recuerda las historias de naufragios y piratas, separaciones y reconocimientos, tan gratas á los novelistas bizantinos. La astucia del falso piloto Bartofano para robar á la hermosa Clenarda es puntualmente la misma que la del corsario Cherea en _Leucipe y Clitofonte_[734]. En cuanto al embrollo trágico de Ismenia, Fileno, Montano y Felisarda, ya advirtió el traductor latino Gaspar Barth que estaba tomado de Heliodoro. Es, en efecto, un episodio del libro I de la _Historia Etiópica_: Cnemon, hijo de Aristipo, se ve expuesto á cometer un parricidio involuntario, á causa de haber sido engañado por las malas artes de su vengativa y perversa madrastra Demeneta, cuyo incestuoso amor había rechazado. En toda esta narración Gil Polo no ha hecho más que cambiar los nombres.

Aparte de estos nuevos episodios, Gil Polo continúa la materia novelesca de Montemayor, valiéndose de un artificio ingenioso, pero que altera la concepción primitiva y el carácter de la protagonista. Gil Polo nos pinta á Diana _enamorada_ de Sireno, como ya lo indica el título de su obra, y para que tal pasión no parezca ilícita, queda á poco tiempo libre de la celosa tiranía y áspera condición de su marido Delio, que muere súbitamente persiguiendo á la pastora Alcida. El agua de la sabia Felicia completa el remedio, no sólo de Diana y Sireno, sino de todos los demás personajes de Montemayor y de los que nuevamente se introducen en la fábula. Aquella portentosa panacea trueca las voluntades, disipa los errores y sospechas, aclara el misterio de todas las aventuras, proporciona los más felices reconocimientos, y la novela termina con el regocijo de las bodas de Sireno y Delia, de Silvano y Selvagia, de Montano ó Ismenia, de Arsileo y Belisa, si bien el autor promete todavía una tercera parte, donde, entre otras cosas, había de ponerse la historia de los portugueses Danteo y Duardo, «que aquí por algunos respetos no se escribe».

Tal es el pobrísimo cuadro novelesco de la _Diana enamorada_, que para Gil Polo no fué de seguro más que un pretexto que le permitió intercalar, entre elegantes y clásicas prosas, la colección de los versos líricos más selectos que hasta entonces hubiese compuesto. La excelencia de algunos de estos versos es tal, que han sobrevivido á la ruina completa del género bucólico; son páginas imperecederas en la historia de la lírica española, y no solamente los doctos, sino aun las personas de mediana cultura, los niños mismos, que sólo han manejado las colecciones de _Trozos escogidos_, saben de memoria aquella gentilísima _Canción de Nerea_, que es acaso la más linda de todas las églogas _piscatorias_[735] que se han compuesto en el mundo desde que Teócrito inventó el género. Era Gil Polo poeta de exquisita cultura clásica; su libro abunda en felices imitaciones de los poetas antiguos, especialmente de Virgilio[736]; aun en la misma _Canción de Nerea_ parece que hay reminiscencias de la égloga IX:

«Huc ades, o Galatea; quis est nam ludus in undis? Hic ver purpureum; varios hic flumina circum Fundit humus flores... Huc ades: insani feriant sine litora fluctus...»

Ninfa hermosa, no te vea Jugar con el mar horrendo... Huye del mar, Galatea, Como estás de Licio huyendo. Ven conmigo al bosque ameno Y al apacible sombrío De olorosas flores lleno, Do en el día más sereno No es enojoso el estío... Huye los soberbios mares, Ven, verás cómo cantamos Tan deleitosos cantares, Que los más duros pesares Suspendemos y engañamos...

Y, sin embargo, ésta no es poesía artificial ni de escuela. El sentimiento de la antigüedad la penetra hondamente, la diáfana serenidad del paisaje es clásica de todo punto; pero ese paisaje es el de la costa de Valencia, que el poeta comprende y siente con filial cariño; y el mar, la atmósfera, el suelo de aquella deleitosa ribera parece que le arrullan de consuno, dando á su estilo una transparencia dorada y luminosa, una gracia muelle y ondulante, un ritmo tan ágil y al mismo tiempo tan espontáneo y dulce, una tan suave visión de los aspectos más risueños de la naturaleza levantina, que verdaderamente se sumerge el ánimo en una especie de éxtasis al manso y regalado son de aquellas quintillas, entre las cuales algunas llegan á la perfección de lo sencillo:

¡Qué pasatiempo mayor Orilla el mar puede hallarse Que escuchar el ruiseñor, Coger la olorosa flor Y en pura fuente bañarse!

Una combinación métrica de las más nacionales, pero que por su misma facilidad y soltura se presta al desaliño y á la insulsa verbosidad, quedó ennoblecida en estas quintillas de Gil Polo, que trabajó aquella materia blanda y esponjosa como trabajaban el barro los maestros de la cerámica antigua.

Tanto por las cualidades nativas de su ingenio tan fácil, ameno y gracioso, como por el amor á la tierra natal, Gil Polo es uno de los poetas más valencianos que han existido. No se harta de encarecer «la fertilidad del abundoso suelo, la amenidad de la siempre florida campaña, la belleza de los más encumbrados montes, los sombríos de las verdes sylvas, la suavidad de las claras fuentes, la melodía de las cantadoras aves, la frescura de los suaves vientos, la riqueza de los provechosos ganados, la hermosura de los poblados lugares, la blandura de las amigables gentes, la extrañeza de los sumptuosos templos y otras muchas cosas con que es aquella tierra celebrada». En este amor regional, que es el alma escondida del libro de Gil Polo, está inspirado el siguiente soneto, menos conocido de lo que merece: