Part 74
Aquella es la ribera, este es el prado, De alli parece el soto y valle umbroso Que yo con mi ganado repastaba. Veis el arroyo dulce y sonoroso, Do pacía la siesta mi ganado, Cuando mi dulce amigo aqui moraba; Debajo aquella haya verde estaba, Y veis alli el otero A do le vi primero
Y á do me vio. Dichoso fue aquel dia, Si la desdicha mia Un tiempo tan dichoso no acabara. ¡Oh, haya! ¡oh, fuente clara! Todo está aqui, mas no por quien yo peno... Ribera umbrosa, ¿qué es de mi Sireno?...
Lo más importante que Montemayor trasladó de Italia fué el argumento de la linda historia de D. Félix y Felismena. Aquella dama que, disfrazada de hombre, sigue á su infiel amante, y le sirve de paje, y lleva sus mensajes de amor á otra dama, que se apasiona del falso mensajero, y viéndose desdeñada por él acaba por darse desesperada muerte, tiene su modelo en la novela 36 (parte 2.ª) de las de Mateo Bandello: _Nicuola, innamorata di Lattanzio, va a servirlo vestita de paggio, e dopo molti casi seco si marita_[705]. Pero quien compare ambas fábulas reconocerá que Montemayor no aprovechó más que la idea fundamental del cuento italiano; le descargó de muchos incidentes, fundados en la semejanza de dos personas de distinto sexo; le adaptó con rara habilidad á las costumbres españolas; suprimió toda la parte escandalosa y lasciva que tanto afea las felices invenciones del ingenioso dominico lombardo; concentró el interés en la pasión mal correspondida de la heroína, y dió á todo el relato un tono de cortesía y gentileza que aseguró el éxito de este argumento en el teatro. Antes de Montemayor, Lope de Rueda había presentado en las tablas un asunto análogo, pero su comedia, de _Los Engaños_ no tiene por fuente inmediata la novela de Bandello, sino la comedia _Gli Ingannati_, representada en 1531 por los _Intronati_ de Siena. Con Montemayor penetró en la novela española el recurso dramático de disfrazar á una mujer ofendida ó celosa en hábito de varón; tema que repitió Cervantes en la historia de Dorotea y en _Las Dos Doncellas_, y que también entró, como entraron todas las invenciones dramáticas posibles, en el inmenso río del teatro de Lope de Vega y sus discípulos. Esta situación es frecuentísima, sobre todo en las obras de Tirso, y sugiere á su malicia más situaciones y efectos cómicos que á ningún otro poeta. Shakespeare empleó el mismo dato en dos comedias, una de las cuales, como pronto veremos, parece derivada de Montemayor y no de Bandello.
Las demás historias intercaladas en la _Diana_ valen mucho menos. Prescindimos, por supuesto, de la de Abindarraez y Jarifa, que no es de Montemayor, y sólo después de su muerte fué interpolada en la _Diana_, rompiendo la armonía del conjunto con una narración caballeresca. La de Arsenio y Arsileo está fundada en una competencia de amor entre padre é hijo, y en las malas artes del nigromántico Alfeo, que les da aparente muerte á los ojos de la pastora Belisa. La de Ismenia empieza con una extravagante y monstruosa escena de amor entre dos mujeres que velan juntas en el templo de Minerva, y aunque todo ello se resuelve en una mera burla, el efecto es desagradable y recuerda los peores extravíos del arte pagano y del moderno decadente. El nombre de Ismenia y alguna otra coincidencia, sin duda casual, han hecho creer á Dunlop y á otros que Montemayor conoció el libro de Eustacio ó Eumato _Amores de Ismene é Ismemas_. Aunque esta novela había sido ya traducida al italiano por Lelio Carani en 1550[706], no me parece probado que Montemayor la hubiese leído.
Cervantes, juez por lo común tan benévolo de la literatura de su tiempo, estuvo rígido en demasía, casi diríamos injusto, con la _Diana_ de Montemayor: «Soy de parecer que no se queme (dice el cura), sino que se le quite todo aquello que trata de la sabia Felicia y de la agua encantada y casi todos los versos mayores, y quédesele enhorabuena la prosa y la honra de ser primero en semejantes libros». Los encantamientos de la sabia Felicia y el agua maravillosa que infundiendo dulce sueño en los amantes trocaba sus respectivas inclinaciones son una máquina poética no más fantástica ó inverosímil que la mayor parte de las aventuras de los primeros libros del _Persiles_, aunque el episodio de Montemayor no está escrito ciertamente con aquel estilo soberano que en la obra de la vejez de Cervantes hace tolerable hasta lo absurdo. También es excesiva la condenación en globo de todos los versos de arte mayor. Los endecasílabos de la _Diana_ no valen menos que los de la _Galatea_, sobre todo si se tiene en cuenta el gran progreso que la técnica de la versificación tuvo en los cincuenta años últimos del siglo XVI, por obra principalmente de las escuelas andaluzas. Montemayor conserva rastros de la rudeza antigua, especialmente en la acentuación; pero las estancias de la canción de Diana son uno de los mejores trozos poéticos de la obra.
Con todo esto no puede negarse que Montemayor es mucho más feliz en los versos cortos. Los hay lindísimos en su _Cancionero_, y todavía más en su novela. Parece que se le caían sin esfuerzo de la pluma, y que su talento musical le ayudaba para este género de composiciones ligeras y fugitivas, que probablemente asonaba él mismo. La canción de Sireno á los cabellos de Diana, el canto de la ninfa Dórida en el libro primero, recuerdan con ventaja las églogas portuguesas de Bernaldim Ribeiro y Cristóbal Falcam, con mayor gracia y pulidez en el ritmo y en la expresión. Las quintillas dobles corren en Montemayor como arroyo limpio y sonoro, que halaga los ojos y los oídos con su blando movimiento:
¿Por qué te vas, mi pastor? ¿Por qué me quieres dejar Donde el tiempo y el lugar Y el gozo de nuestro amor No se me podrá olvidar? ¿Qué sentiré yo, cuitada, Llegando á este valle ameno, Cuando diga: ¡Ah, tiempo bueno! Aquí estuve yo sentada Hablando con mi Sireno? ¡Mira si será tristeza No verte, y ver este prado De árboles tan adornado, Y mi nombre en su corteza Por tus manos señalado! ¡O si habrá igual dolor Que el lugar donde me viste, Vello tan solo y tan triste, Donde con tan gran temor Tu pena me descubriste! ............................... No te duelan mis enojos, Vete, pastor, a embarcar, Pasa de presto la mar, Pues que por la de mis ojos Tan presto puedes pasar. Guárdete Dios de tormenta, Sireno, mi dulce amigo, Y tenga siempre contigo La fortuna mejor cuenta Que tú la tienes conmigo. Muero en ver que se despiden Mis ojos de su alegría, Y es tan grande el agonía, Que estas lágrimas me impiden.
Y contesta el pastor:
Mas si acaso yo olvidare Los ojos en que me vi, Olvídese Dios de mí, O si en cosa imaginare. Mi señora, sino en ti. Y si ajena hermosura Causare en mi movimiento, Por un hora de contento Me traya mi desventura Cien mil años de tormento. Y si mudare mi fe Por otro nuevo cuidado, Caiga del mayor estado Que la fortuna me dé En el más desesperado... .................................... Respondióle: Mi Sireno, Si algún tiempo te olvidare, Las yerbas que yo pisare Por aqueste valle ameno Se sequen cuando pasare. Decirte lo que querría. Estos mis ojos, zagal, Antes que cerrados sean, Ruego yo á Dios que te vean; Que aunque tú causas su mal, Ellos no te lo desean. .................................... Y si el pensamiento mío En otra parte pusiere, Suplico á Dios, que si fuere Con mis ovejas al río, Se seque cuando me viere. Toma, pastor, un cordón Que hice de mis cabellos, Porque se te acuerde en vellos Que tomaste posesión De mi corazón y dellos. Y este anillo has de llevar, Do están dos manos asidas, Que aunque se acaben las vidas No se pueden apartar Dos almas que están unidas. ................................. Ambos á dos se abrazaron, Y ésta fué la vez primera, Y pienso fué la postrera, Porque los tiempos mudaron El amor de otra manera...
Á veces glosa antiguos cantares y villancicos, y su poesía parece entonces eco de la de Juan del Encina, con el mismo cándido y ameno discreteo, con el mismo ritmo ágil y gracioso:
Pasados contentamientos, ¿Que queréis? Dejadme, no me canséis... Campo verde, valle umbroso, Donde algún tiempo gocé, Ved lo que después pasé Y dejadme en mi reposo. Si estoy con razón medroso, Ya lo veis, Dejadme, no me canséis... Corderos y ovejas mías, Pues algún tiempo lo fuistes, Las horas ledas ó tristes Pasáronse con los días; No hagáis las alegrías Que soléis, Pues ya no me engañaréis. Si venís por me turbar No hay pasión, ni habrá turbarme; Si venís por consolarme Ya no hay mal que consolar; Si venís por me matar, Bien podéis, Matadme y acabaréis.
Esto fué Montemayor como lírico: heredero de Gil Vicente y de los bucólicos portugueses, por su origen; heredero de los salmantinos Juan del Encina y Cristóbal de Castillejo, por su larga residencia en el reino de León y en la corte de Castilla, donde todavía tenían muchos partidarios los versos de la manera vieja, las antiguas coplas. Á ellas se inclinó decididamente Montemayor, aunque con menos exclusivismo que el donosísimo secretario del infante Don Fernando; puesto que hizo muchas concesiones á la escuela italiana, y en esto se mostró poeta ecléctico como su paisano el organista de Granada Gregorio Silvestre, que tantos puntos de semejanza tiene con él como poeta y como músico. En uno y otro lo castizo vale más que lo importado.
Excelentes son en general los versos cortos de la _Diana_, pero su mayor mérito estriba en la prosa, que con mucha razón elogió Cervantes, el cual la tenía bien estudiada, como lo prueba el episodio de Dorotea, muy análogo al de Felismena. Hombre de poca doctrina, pero de cultura mundana, artista por temperamento, cortesano por educación y hábitos, escribe como quien profesa armas y amores, con cierto elegante desenfado, pero sin ningún género de negligencia. En el fondo es un artista reflexivo. Su _Diana_ es la mejor escrita de todas las novelas pastoriles, sin exceptuar la de Gil Polo, cuyo decir sabroso y apacible compite con el de Montemayor, á quien imita, pero no puede decirse que le aventaje; la verdadera superioridad de Gil Polo está en los versos. La prosa de Montemayor es algo lenta, algo muelle, tiene más agrado que nervio, pero es tersa, suave, melódica, expresiva, más musical que pintoresca, sencilla y noble á un tiempo, culta sin afectación, no muy rica de matices y colores, pero libre de vanos oropeles, cortada con bastante habilidad para el diálogo; prosa mucho más novelesca que la prosa poética y archilatinizada de Sannazaro, y muy digna de haber sido empleada en materia menos insulsa que las cuitas de soñados pastores, que así podían ser de las riberas del Ezla como de los montes de la Luna. La dicción de Montemayor es purísima, sin rastros de provincialismo, sin que en parte alguna se trasluzca que el autor no hubiese tenido por lengua familiar la castellana desde la cuna. Y esta prosa no está crudamente forjada sobre un tipo latino ó italiano, sino dictada con profundo sentimiento de la armonía peculiar de nuestra lengua. No es excesivamente periódica ni acentuadamente rítmica, pero se desenvuelve con dignidad y número. No es redundante y viciosa á fuerza de lozanía como la de _El Siglo de Oro_, ni atormentada por inversiones como la de la _Galatea_, ni pedantesca y amanerada como la de la _Arcadia_ de Lope. La prosa de Montemayor es un tipo artificial sin duda, pero en que el artificio se disimula con bastante destreza y no sin mucho loor del que supo vencer las dificultades de un género tan falso.
Hay además en la _Diana_ otros méritos que no son de estilo. Su psicología galante es elemental, pero ingeniosa. St. Marc Girardin, sutil analizador de las pasiones dramáticas, elogia mucho las escenas de despecho amoroso y fingida indiferencia entre Diana y Sireno, y dice que nuestro poeta se muestra en ellas hábil observador del corazón humano, y encuentra «de una belleza casi digna del idilio antiguo» el final del libro sexto, en que Diana se aleja tristemente, después de oir el canto _amebeo_ de los pastores Sireno y Silvano:
La siesta, mi Sireno, es ya pasada, Los pastores se van á su manada Y la cigarra calla de cansada; No tardará la noche, que escondida Está, mientras que Febo en nuestro cielo Su lumbre acá y allá trae esparcida...
«En cuanto los pastores esto cantaban, estaba la pastora Diana con el hermoso rostro sobre la mano, cuya delgada manga, cayéndose un poco, descubría la blancura de un brazo que á la de la nieve escurecía; tenía los ojos inclinados al suelo, derramando por ellos unas espaciosas lágrimas, las cuales daban á entender su pena más de lo que ella quisiera decir; y en acabando los pastores de cantar, con un suspiro, en compañía del cual parecía habérsele salido el alma, se levantó, y sin despedirse de ellos se fué por el valle abajo, trenzando sus dorados cabellos, cuyo tocado se le quedó preso de una rama, y si con la poca mancilla que Diana de los pastores había tenido ellos no templaran la mucha que della tuvieron, no bastara el corazón de los dos á podella sufrir. Y ansi unos como otros se fueron á recoger sus ovejas, que desmandadas andaban saltando por el verde prado».
El efecto de esta situación, que está preparada con arte consumado, se acrecienta por ser la última vez que Diana aparece en escena. Los pastores están ya curados por el agua de la sabia Felicia, pero todavía, á pesar de la magia, persisten en sus corazones vestigios de la llama antigua, trocada en más apacible afecto, y Diana al escucharlos siente indefinible melancolía, en que entran mezclados un vago amor y una vanidad ofendida. «Montemayor (dice el crítico francés antes citado) sobresale en estas pinturas del amor triste y despechado, sin que la tristeza caiga nunca en monotonía, sin que el despecho llegue nunca á la violencia». No diré yo otro tanto, porque, á mi juicio, el defecto capital de la _Diana_ es el abuso del sentimentalismo y de las lágrimas, la falta de virilidad poética, el tono afeminado y enervante de la narración.
La _Diana_ ha influido en la literatura moderna más que ninguna otra novela pastoril, más que la misma _Arcadia_ de Sannazaro, más que _Dafnis y Cloe_, que no tuvo verdadero imitador hasta Bernardino de Saint Pierre. Esta influencia no se ejerció en Italia, donde triunfaba la pastoral dramática, representada por las bellas obras del Tasso y de Guarini[707], pero fué muy grande en Francia y en Inglaterra. Ya en 1578 había sido traducida al francés la obra de Montemayor por Nicolás Collin; en 1587, Gabriel Chappuis tradujo las dos continuaciones de Alonso Pérez y Gil Polo[708]. Hubo otras tres versiones francesas: la de Pavillon, en 1603, acompañada del texto original[709], revisada y corregida en 1611 por I. D. Bertranet; la de Antonio Vitray en 1623 ó 1631, también con las dos continuaciones, y todavía en 1733 se publicó otra anónima con el título de _Roman Espagnol_. Sus principales episodios fueron representados varias veces en el teatro del siglo XVII. En 1613 aparecieron simultáneamente la _Grande Pastorale_, de Chrétien de Croix, y la _Felismena_, de Alejandro Hardy, cuyo teatro, salvo la falta de genio, recuerda mucho los procedimientos de Lope de Vega y se inspira con frecuencia en modelos españoles[710]. Jacobo Pousset, señor de Montauban, hizo otro drama de _Los encantos de Felicia_, impreso en 1653.
Por el más ilustre discípulo de Montemayor tenemos á Honorato d'Urfé, personaje de mucha cuenta en la historia de la literatura y de la sociedad francesa, puesto que su novela _Astrea_, publicada en cinco partes desde 1610 á 1627, fué el prototipo nunca igualado de todas las novelas sentimentales del siglo XVII y el oráculo del gusto cortesano desde el tiempo de Enrique IV hasta el de Luis XIV. Esta obra, con ser de amores y no respirar más que el amor, conquistó el sufragio hasta de varones piadosos, como el obispo de Belley, Pedro Camus, que le tenía por «el más honesto y casto de los libros de entretenimiento», y embelesó á tan grave erudito como Huet, hasta el punto de no poder resistir á la tentación de releerla siempre que caía en sus manos. Fué leída con estimación y á veces con delicia, por Mme. de Sévigné, por La Fontaine, por Fénelon, por los escritores de gusto más clásico y severo. El mismo Boileau, que escribió á la manera de Luciano su diálogo satírico _Les Héros de Roman_, para burlarse de las ficciones de Gomberville, La Calprenède, Desmarets, Mlle, de Scudéry y otros imitadores de D'Urfé, hace muchos elogios de la _Astrea_, ponderando la narración viva y florida, lo ingenioso de los lances, los caracteres tan finamente imaginados como agradablemente variados y bien seguidos. «Bossuet (dice un autor moderno) tomó de la _Astrea_ frases de su panegírico de San Bernardo, como Corneille había tomado versos del _Cid_»[711]. Los personajes de la novela de D'Urfé eran familiares á todo el mundo, y _Céladon_, uno de los principales, se convirtió en tipo del amor puro, desinteresado y constante. La _Astrea_ era el breviario de los cortesanos y el arsenal de los poetas dramáticos. El pincel de Poussin idealizó los más bellos paisajes de las orillas del Lignon, donde pasa la escena. En Alemania, veintinueve príncipes y princesas, y otros caballeros y gentiles damas fundaron una _Academia de los verdaderos amantes_, para remedar todas las escenas del famoso libro, tomando cada uno de los socios el nombre de un personaje de la _Astrea_ y reservando el de _Céladon_ para el mismo D'Urfé, á quien dirigieron en 10 de marzo de 1624 una extraña carta desde «la encrucijada de Mercurio». Los bosques del Forez, patria del autor y teatro de sus idilios, fueron un sitio de peregrinación sentimental, que todavía Juan Jacobo Rousseau pensó hacer, aunque desistió al saber que aquel país estaba lleno, no de cabañas pastoriles, sino de fraguas y herrerías, según cuenta en sus _Confesiones_ (Parte I, lib. IV).
Por mucho que contribuyese al primitivo éxito de la _Astrea_ el ir en ella envueltos en cifra los amores del mismo D'Urfé con Diana de Châteaumorand, y otras galanterías de la corte de Enrique IV, una celebridad tan persistente no puede menos de estar fundada en algún mérito positivo. Y en efecto, según Sainte-Beuve[712], Honorato D'Urfé fué un innovador en el campo de la novela y marca una época en el desarrollo de la prosa francesa. Según Saint-Marc Girardin, la literatura clásica francesa á ninguno de sus precursores debe tanto como á D'Urfé; ninguno la ayudó tanto como él á nacer y crecer, ya se considere el estilo de la _Astrea_, ya su manera de expresar el amor, ya, finalmente, los caracteres, las costumbres y el tono de sus personajes. Fué el primero que supo hablar una lengua noble y rica; muchas veces su estilo tiene una abundancia y una dulzura que hacen pensar en Fénelon. El _Hotel de Rambouillet_, que pasa por haber introducido en Francia el gusto y el tono de la buena sociedad, no hizo más que seguir las lecciones y los ejemplos de la _Astrea_[713]. Según Emilio Montégut, «la Astrea es un hermoso libro, un libro de mucha elevación, casi un gran libro»[714]. Brunetière, forzando la nota de la alabanza, compara su influencia con la del _Quijote_, por el golpe mortal que dió á los libros de caballerías, y añade que D'Urfé es en la historia de la novela moderna «el primero que comprendió la importancia de las pasiones del amor, é hizo de ellas el alma de este género literario ó á lo menos una de las condiciones de su existencia. Sólo Racine, en el siglo XVI, supo pintar y representar los afectos amorosos como D'Urfé»[715].
He recordado rápidamente estos juicios y homenajes, porque recaen, á lo menos en parte, sobre Jorge de Montemayor, principal modelo de D'Urfé en la _Astrea_, y aun antes de la _Astrea_, como lo prueba su poema juvenil de _Sireno_, donde el argumento, y hasta el nombre del protagonista, están tomados de la pastoral española, salvo el haber cambiado las orillas del Ezla por las del Po ó Eridano. En cuanto á su novela, el mismo Brunetière, tan docto en la literatura francesa del tiempo clásico y tan poco inclinado á disminuir su originalidad, declara paladinamente[716] que la _Astrea_ de D'Urfé no es otra cosa que la _Diana_ de Montemayor adaptada al gusto francés, pero conservando el cuadro de la fábula, la inspiración general y los principales episodios; hasta la declaración del título de la obra está tomada del original español: «_où par plusieurs plaisantes histoires déguisées sous noms et style de bergers et bergeres sont décrits les variables et étranges effets de l'honnête amour_». Así D'Urfé, y Montemayor de este modo: hallarán muy diversas historias de cosas que verdaderamente han sucedido, aunque van disfrazadas bajo el hábito pastoril».
Acaso la concesión del crítico francés es excesiva. Por mi parte confieso que no he tenido tiempo ni valor para leer la _Astrea_, cuyas proporciones son verdaderamente formidables. En materia de novelas pastoriles tiene uno suficiente ración con las de casa, que á lo menos poseen el mérito de la brevedad relativa, Los franceses, á pesar de la clásica sobriedad de que tanto se precian, han sido en la novela mucho más pródigos y despilfarrados que nosotros. Duplicaron la serie de los _Amadises_ y escribieron interminables continuaciones del _Quijote_. La _Astrea_ adolece también de este vicio de amplificación excesiva. Juntas las cinco partes (de las cuales la última no fué redactada por el mismo D'Urfé, sino por su secretario Baro), forman una masa de cinco mil y quinientas páginas; las historias intercaladas no son tres ó cuatro, como en Montemayor y Gil Polo, sino cerca de ochenta.
Pero juzgando por los análisis, á veces prolijos, que han hecho de la _Astrea_ Saint Marc Girardin, Montégut, Körting[717], Le Breton y otros, me parece que la parte personal de D'Urfé no es tan escasa en su obra. Por supuesto, no fué el primero que trajo á la novela moderna el interés exclusivo de la pasión amorosa, porque lo había hecho antes que ninguno el autor de la _Fiammeta_, y después de él Diego de San Pedro y otros españoles de los siglos XV y XVI, entre los cuales ocupa Jorge de Montemayor un puesto muy señalado, ya que no el preferente, que corresponde sin duda á Bernaldim Ribeiro, alma más poética y sincera que todos los autores de pastorales juntos.