Orígenes de la novela, Tomo I

Part 73

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Muerto el príncipe D. Juan en 1554, Montemayor hizo segundo viaje á Castilla con la princesa.

La ausencia del suelo natal no parece haber sido muy dolorosa para nuestro poeta. Nunca olvidó las bellísimas riberas del Mondego, y en una epístola á su amigo D. Jorge de Meneses, en que antepone la vida de la aldea á la cortesana, hay una sentida conmemoración de aquellos campos, hecha con un realismo y un sabor rústico que no se esperaría del autor de la _Diana_[689]. Pero es lo cierto que no volvió á pisarlos ni escribió en su lengua más que dos breves canciones y un cortísimo trozo de prosa en el libro sexto de su novela. El amor le arrastraba á Castilla, y la vida de palacio le atraía con invencible encanto á pesar de todas sus protestas.

Pronto llegó al apogeo de su fama literaria. Aquel mismo año de 1554 aparecieron en Amberes sus _Obras_ repartidas en dos libros, el primero de poesías profanas, el segundo de versos de devoción, figurando entre ellos tres _Autos que fueron representados al serenisimo principe de Castilla en los maitines de la noche de Navidad a cada nocturno un auto_[690]. En 1558 se hizo también nueva edición de estas poesías con título de _Segundo Cancionero_, dividiéndolas en dos volúmenes y añadiendo y quitando muchas cosas; pero el tomo de los versos devotos fué prohibido por la Inquisición en el índice de 1559, y no volvió á imprimirse[691]. En cambio, el _Cancionero_ de los versos profanos fué tan bien recibido, que tuvo hasta siete ediciones en aquel siglo, á pesar de lo cual es hoy un libro de la más extraordinaria rareza[692].

En otra parte hemos de hacer el estudio de Jorge de Montemayor como poeta lírico, y entonces será ocasión de apreciar todos los indicios que su _Cancionero_ suministra sobre la vida y carácter de su autor. Aunque cultivó mucho el metro italiano y compuso cuatro larguísimas églogas imitando manifiestamente á Sannazaro y Garci Laso, la mejor parte de sus poesías pertenece á la escuela de Castillejo y Gregorio Silvestre; son coplas castellanas á estilo de los poetas del siglo XV, que parece haber tomado por modelos, especialmente á Jorge Manrique, cuya elegía glosó dos ó tres veces[693].

Tradujo del catalán los _Cantos de Amor_ de Ausias March con más gallardía poética que sujeción á la letra, á la verdad harto oscura en muchos pasajes. No sabemos á punto fijo cuándo hizo este trabajo, porque carece de fecha el único ejemplar que se conoce de la primera y rarísima edición hecha en Valencia, al parecer por Juan Mey[694], pero es seguro que ya en 1555 conocía y admiraba las obras del Petrarca español, puesto que en los preliminares de la edición que en Valladolid se estampó aquel año de las obras del poeta valenciano en su lengua original, acompañadas del vocabulario de Juan de Resa, campea este valiente soneto de Jorge de Montemayor:

Divino Ausias, que con alto vuelo Tus versos á las nubes levantaste, Y á tu Valencia tanto sublimaste, Que Esmirna y Mantua quedan por el suelo. Con alta erudicion, divino zelo, En tal grado tu Musa aventajaste, Que claro acá en la tierra nos mostraste La parte que ternás alla en el cielo. No fue Minerva, no, la que ayudaba A levantar tu estilo sobrehumano: Ni hubiste menester al roxo Apollo. Spiritu divino te inspiraba, El qual asi movió tu pluma y mano, Que fuiste entre los hombres uno y solo.

Montemayor hubo de trabajar esta versión en Valencia, cotejando hasta cinco manuscritos de las obras de Ausias, prefiriendo el que había hecho copiar D. Luis Carroz, _baile_ general de aquella ciudad. Su trabajo no pasó de los _Cantos de Amor_; pero en la edición de Madrid, 1579, se añadieron las otras tres _cánticas_, «_moral_», _espiritual_ y «_de la muerte_», tomándolas de la infeliz traducción de D. Baltasar de Romaní, cuyas líneas no tienen de versos más que la apariencia.

De Valencia es también la primera edición conocida de la _Diana_, también sin fecha, pero no tan antigua como creyó Ticknor, engañado por una falsa nota de su ejemplar. El docto hispanista inglés James Fitz-maurice Kelly ha probado, á mi ver de un modo convincente[695], que las supuestas ediciones de 1530, 1542 y 1545 no existen ni han podido existir, y que el libro apareció, según toda probabilidad, entre 1558 y 1559. Efectivamente, en el _Canto de Orpheo_, se lee la siguiente octava, inserta ya en la edición que Ticknor supone de 1542:

La otra junta a ella es doña Ioana, De Portugal princesa y de Castilla Infanta, a quien quitó fortuna insana El cetro, la corona y alta silla; Y a quien la muerte fue tan inhumana, Que aun ella a sí se espanta y maravilla De ver quán presto ensangrentó sus manos En quien fue espejo y luz de Lusitanos.

Claro es que aquí se alude á la viudez de la Princesa, y por consiguiente estos versos no han podido ser escritos antes de 1554. Por otra parte, el autor de la _Clara Diana_, Fr. Bartolomé Ponce, en el importante pasaje que recordaremos luego, habla de la _Diana_ de Montemayor como libro de moda en 1559 y que él vió y leyó entonces por primera vez, entrando en deseo de conocer al autor. Á estos argumentos añade el señor Fitz-maurice Kelly otro muy ingenioso. Si la verdadera Diana de Valencia de Don Juan contaba en 1603 sesenta años, es claro que Montemayor no había podido amarla ni celebrarla en 1542, cuando ella tenía dos años, ni mucho menos en 1530, diez años antes de haber nacido. Por el contrario, la fecha de 1559 conviene perfectamente: entonces Diana tendría unos veinte años.

He omitido en este conato de biografía de Montemayor algunos hechos que á mi juicio se afirman sin suficiente prueba. Dícese que acompañó á Felipe II en su viaje á Inglaterra (1555), recorriendo luego los Países Bajos é Italia, pero en sus obras no se encuentra ninguna alusión á esto. Consta por tres diversos testimonios su trágica muerte en el Piamonte, en 1561. Diego Ramírez Pagán, poeta murciano, á quien Montemayor había dedicado una epístola, compuso dos sonetos bastante malos á la muerte de su amigo. El segundo termina con estos versos:

¿Quién tan presto le dio _tan cruda muerte? Invidia, y Marte, y Venus lo ha movido._ ¿Sus huessos dónde están? _En Piamonte._ ¿Por qué? Por no los dar á patria ingrata. ¿Qué le debe su patria? Inmortal nombre. ¿De qué? De larga vena, dulce y grata. ¿Y en pago qué le dan? Talar el monte. ¿Y habrá quien le cultive? No hay tal hombre[696].

En muchas ediciones de la _Diana_ y del _Cancionero_ de Montemayor se halla una larga elegía á su muerte, compuesta por Francisco Marcos Dorantes. En ella se alude, aunque muy embozadamente, al desastroso fin del poeta:

Comienza, Musa mia, dolorosa, El funesto suceso y desventura, La muerte arrebatada y presurosa De nuestro Lusitano... Mi ronca voz resuene, y lleve el viento Mis concentos tambien enronquecidos, Bastantes a mover el firmamento. De en uno y otro vayan esparcidos, Dando indicio del _crudo y fiero asalto_ De gente en gente a todos los nacidos. ............................................. La inexorable Parca y rigurosa Cortó con gran desden su dulce hilo Con inmatura muerte y lastimosa...

Nada más se saca en sustancia de esta elegía, que es una imitación muy floja de la bellísima de Ovidio á la muerte de Tibulo. Pero quien aclara por completo el enigma es Fr. Bartolomé Ponce, en la carta dedicatoria que precede á su _Clara Diana a lo Divino_:

«El año mil quinientos cincuenta y nueve, estando yo en la corte del Rey don Phelipe segundo deste nombre, señor nuestro, por negocios desta mi casa y monesterio de Santa Fe, tractando entre cavalleros cortesanos, vi y lei la _Diana_ de Jorje de Montemayor, la qual era tan acepta quanto yo jamas otro libro en Romance haya visto; entonces tuve entrañable deseo de conocer a su autor, lo qual se me complio tan a mi gusto, que dentro de diez dias se ofrecio tener nos convidados a los dos un caballero muy illustre, aficionado en todo extremo al verso y poesia. Luego se començó a tratar sobre mesa del negocio. Y yo con alegre buen zelo, le comencé a decir quán desseada avia tenido su vista y amistad, si quiera para con ella tomar brio de dezille quán mal gastaba su delicado entendimiento con las demas potencias del alma, ocupando el tiempo en meditar conceptos, medir rimas, fabricar historias y componer libros de amor mundano y estilo prophano. Con medida risa me respondio diciendo: Padre Ponce, hagan los frayles penitencia por todos, que los hijosdalgo armas y amores son su profession. Yo os prometo, señor Montemayor (dixe yo) de con mi rusticidad y gruessa vena componer otra _Diana_, la qual con toscos garrotazos corra tras la vuestra. Con esto y mucha risa se acabó el convite y nos despedimos; perdone Dios su alma, que nunca mas le vi, antes de alli a pocos meses me dixeron cómo _un muy amigo suyo le avia muerto por ciertos celos o amores_: justissimos juicios son de Dios, que aquello que mas tracta y ama qualquiera viviendo, por la mayor parte le castiga, muriendo siendo en ofensa de su criador; sino veldo, pues con amores vivió, | y aun con ellos se crió, | en amores se metió, | siempre en ellos contempló, los amores ensalzó, | y de amores escribió, | y por amores murió»[697].

Consta, pues, que Montemayor sucumbió á mano airada en el Piamonte, no sabemos si herido alevosamente ó en desafío. Y sea ó no exacta la fecha de 26 de febrero de 1561, consignada en el prefacio de una edición de la _Diana_ de 1622, no cabe duda que había muerto antes de 1562, en que imprimió Ramírez Pagán su _Floresta de varia poesía_.

El desastroso fin del poeta contribuyó á aumentar el interés romántico que inspiraban sus versos y su prosa. La _Diana_ fué reimpresa hasta diez y siete veces durante el siglo XVI y ocho en el siguiente[698], continuada tres veces en castellano, parodiada á lo divino, traducida en diversas lenguas, imitada más ó menos por todos los autores de pastorales castellanas y portuguesas, y por algunos de los más ilustres extranjeros, tales como Sidney y d'Urfé. Fué el mayor éxito que se hubiese visto en libros de entretenimiento, después del _Amadís_ y la _Celestina_. Hoy mismo sobrevive en algún modo á la ruina del género bucólico, y si no se la lee tanto como merece es á lo menos muy citada como obra representativa de un tipo de novela que encantó á Europa siglos enteros. Reimpresa va en esta colección, lo cual nos excusa de hacer aquí un detallado análisis de su argumento, que tampoco ofrecería novedad alguna, puesto que ya fué expuesto con exactitud por Dunlop en su _History of fiction_[699], y lo ha sido más profunda y detenidamente en una excelente tesis alemana del Dr. Schönherr, de Leipzig[700], y en la monografía inglesa del Dr. Hugo A. Rennert, de la Universidad de Pensylvania, sobre la novela pastoril, trabajo de tanto mérito y conciencia como todos los de este consumado hispanista[701]. Mi propósito se reduce á caracterizar la obra en muy breves rasgos.

Que Montemayor conocía la obra de Bernaldim Ribeiro antes de emprender la suya es cosa que para mí no admite duda. Pudo leerla impresa en la edición de Ferrara de 1554, anterior, según todo buen discurso, á la primera de la _Diana_. Pudo conocerla antes en las varias copias que de ella circulaban en Portugal. Pero seguramente se inspiró en el cantar del ama de Aonia para escribir el romance que puso en boca de Diana en el libro V, siendo muy significativo que sólo en esta ocasión emplease tal metro:

Cuando yo triste naci, Luego naci desdichada, Luego los hados mostraron Mi suerte desventurada. El sol escondio sus rayos, La luna quedó eclipsada, Murio mi madre en pariendo, Moza hermosa y mal lograda. El ama que me dio leche, Jamas tuvo dicha en nada, Ni menos la tuve yo Soltera ni desposada. Quise bien y fui querida, Olvidé y fui olvidada; Esto causó un casamiento Que a mí me tiene cansada. Casara yo con la tierra, No me viera sepultada Entre tanta desventura, Que no puede ser contada. Moza me caso mi padre: De su obediencia forzada, Puse a Sireno en olvido, Que la fe me tenia dada...

Pero salvo esta imitación directa, y el rasgo común de ser entrambas heroínas Diana y Aonia casadas contra su voluntad y amadas por un pastor forastero, no hay otro punto de contacto entre ambas obras. Aun la semejanza en su argumento es más aparente que real, puesto que la acción de _Menina e Moça_ se desenvuelve antes del casamiento y la de la _Diana_ después. La _Diana_ carece del poder afectivo que _Menina e Moça_ tiene. El amor no pasa allí de un puro devaneo sin consistencia: Sireno y Silvano se curan pronto con el agua del olvido que les propina la sabia Felicia, y la pastora Diana, que apenas interviene en la fábula, aunque le da nombre, no es infeliz por los recuerdos de su pasión antigua, sino por los insufribles celos de su marido:

Celos me hacen la guerra Sin ser en ellos culpada. Con celos voy al ganado, Con celos a la majada, Y con celos me levanto Contino a la madrugada. Con celos como a su mesa, Y en su cama estó acostada: Si le pido de qué ha celos, No sabe responder nada. Jamás tiene el rostro alegre, Siempre la cara inclinada. Los ojos por los rincones, La habla triste y turbada. ¡Cómo vivirá la triste Que se ve tan mal casada!

Las inefables bellezas de sentimiento que con candor primitivo é infantil brotaban de la pluma de Bernaldim Ribeiro se buscarían inútilmente en la _Diana_. «No es éste pastor, sino muy discreto cortesano», pudiéramos decir remedando á Cervantes. _Menina e Moça_ fue escrita con sangre del corazón de su autor, y todavía á través de los siglos nos conmueve con voces de pasión eterna. En la _Diana_ hasta puede dudarse, y por nuestra parte dudamos, que sea el autor el protagonista ó que fuesen cosa formal los amores que decanta. Todo es ingenioso, sutil, discreto en aquellas páginas, que ostentan á veces un artificio muy refinado, pero no hay sombra de melancolía ni asomo de ternura. Si Montemayor murió por amores, antes debió de arrastrarle á la muerte la vanidad ó el punto de honra que el tirano Eros, más poderoso que la muerte.

En la falta de sentimiento Montemayor está á la altura de Sannazaro, aunque la disimula mejor con el arte de galantería en que era consumado maestro. Y esto explica en parte su éxito: reflejaba el mejor tono de la sociedad de su tiempo, era la novela elegante por excelencia, el manual de la conversación culta y atildada entre damas y galanes del fin del siglo XVI, que encontraban ya anticuados y brutales los libros de caballerías, y se perecían por la metafísica amorosa y por los ingeniosos conceptos de los petrarquistas. Montemayor los transportó de la poesía lírica á la novela, y realizó con arte y fortuna lo que prematuramente habían intentado los autores de narraciones sentimentales; es decir, la creación de un tipo de novela cuya única inspiración fuese el amor ó lo que por tal se tenía entre los cortesanos. Como trasunto de estas ideas y costumbres el libro tiene grande interés histórico: el disfraz pastoril, que es siempre muy ligero, desaparece alguna vez del todo, como en el episodio de D. Félix y Felismena, que es la joya del libro. Aquel cuento de amores, italiano de origen, como veremos después, está españolizado con la mayor bizarría; son escenas de palacio las que se nos muestran, y Montemayor, contra su costumbre, insiste en el detalle pintoresco, describe hasta la indumentaria de sus personajes:

«Y estando imaginando la gran alegria que con su vista se me aparejaba (dice Felismena), le vi venir muy acompañado de criados, todos muy ricamente vestidos con una librea de paño de color de cielo, y fajas de terciopelo amarillo, bordadas por encima de cordoncillo de plata, las plumas azules y blancas y amarillas. El mi don Felix traia calzas de terciopelo blanco recamadas, aforradas en tela de oro azul; el jubon era de raso blanco, recamado de oro de cañutillo, y una cuera de terciopelo de las mismas colores y recamo; una ropilla suelta de terciopelo negro, bordada de oro y aforrada de raso azul raspado; espada, daga y talabarte de oro; una gorra muy bien aderezada de unas estrellas de oro, y en medio de cada una engastado un grano de aljofar grueso; las plumas eran azules, amarillas y blancas; en todo el vestido traia sembrados muchos botones de perlas. Venia en un hermoso caballo rucio rodado, con unas guarniciones azules y de oro, y de mucho aljofar. Pues cuando yo asi le vi, quedé tan suspensa en velle, y tan fuera de mí con la súbita alegría, que no sé cómo lo sepa decir».

No era menos pomposo el arreo con que la hermosa Felismena salió de la recámara de la sabia Felicia: «Vistieron (las ninfas) a Felismena una ropa y basquiña de fina grana, recamada de oro de cañutillo y aljofar, y una cuera de tela de plata aprensada. En la basquina y ropa habia sembrados a trechos unos plumajes de oro, en las puntas de los cuales habia muy gruesas perlas. Y tomándole los cabellos con una cinta encarnada, se los revolvieron a la cabeza, poniendole un enofion de redecilla de oro muy sutil, y en cada lazo de la red, asentado con gran artificio, un finisimo rubi. En dos guedejas de cabellos que los lados de la cristalina frente adornaban, le fueron puestos dos joyeles, engastados en ellos muy hermosas esmeraldas y zafiros de grandisimo precio, y de cada uno colgaban tres perlas orientales hechas a manera de bellotas. Las arracadas eran dos navecillas de esmeraldas con todas las jarcias de cristal. Al cuello le pusieron un collar de oro fino, hecho a manera de culebra enroscada, que de la boca tenia colgada un aguila que entre las uñas tenía un rubi grande de infinito precio».

Trajes y atavíos es lo único que describe Montemayor, ó á lo sumo las extravagantes magnificencias del palacio de la hechicera Felicia, remedo de tantas otras casas encantadas del mismo género con que á cada paso nos brindan los libros de caballerías. Para la naturaleza no tiene ojos: su novela es mucho menos campestre que la de Sannazaro, que en medio de toda su retórica da á veces la impresión del paisaje napolitano. Las orillas del Ezla, en que pasa la acción de la _Diana_, pueden ser las de cualquier otro río: la _fuente de los alisos_ se repite hasta la saciedad, y el cuadro de la vida pastoril se reduce á la mención continua del cayado, del zurrón, del rabel y de la zampoña, rústicos instrumentos que están en abierto contraste con los afectos, regalos y ternezas exquisitas de los interlocutores. Todas estas figuras se mueven no sólo en un paisaje ideal, sino en una época indecisa y fantástica; son á un tiempo cristianos é idólatras, frecuentan los templos de Diana y de Minerva, viven en intimidad con las ninfas, y las defienden de las persecuciones de lascivos sátiros y descomedidas salvajes, y al mismo tiempo hablan de la Universidad de Salamanca, de la corte de la princesa Augusta Cesarina (D.ª Juana), del linaje de los Cachopines de Laredo y de un convento de monjas donde era abadesa una tía de Felismena. En las octavas del _Canto de Orfeo_ se celebra nominalmente á las más hermosas damas de aquel tiempo, así en la Corte como en Valencia. El mismo homenaje había tributado á las de Nápoles, á principios de aquel siglo, un poeta del _Cancionero General_ llamado Vázquez, y probablemente de su _Dechado de Amor_, escrito á petición del Cardenal de Valencia D. Luis de Borja[702], tomó Montemayor la idea de este rasgo de galantería, que repitieron luego otros poetas, entre ellos D. Carlos Boyl y Vives de Canesma, en la loa que precede á su comedia _El Marido Asegurado_[703].

Esta mezcla de mitología y vida actual, de galantería palaciega y falso bucolismo, es uno de los caracteres más salientes de la novela pastoril, y á la vez que pone de manifiesto su endeblez orgánica y el vicio radical de su construcción, nos hace entrever el mundo elegante del Renacimiento y nos transporta en imaginación á sus fiestas y saraos, á sus competencias de amor y celos. Estudiadas de este modo la _Diana_ de Jorge de Montemayor y todas las obras que á su imagen y semejanza se compusieron, cobran inesperado interés y llega á hacerse no sólo tolerable, sino atractiva y curiosa su lectura.

La _Diana_, sin ser una novela de mucho artificio y complicación de lances, es más novela que la _Arcadia_. Y es también mucho más original, habiéndole servido en esto á Montemayor su propia ignorancia, la cual llegaba hasta el extremo de no saber latín, según indica su amigo y continuador el médico salmantino Alonso Pérez: «Que cierto si a su admirable juicio acompañaran letras latinas, para dellas y con ellas saber hurtar y mirar y guardar el decoro de las personas, lugar y estado, ó á lo menos no se desdeñara de tratar con quien destas y de Poesia algun tanto alcançava, para en cosas _facilimas_ ser corrigido, muy atras dél quedaran cuantos en nuestra vulgar lengua en prosa y verso han compuesto»[704].

Creo que Pérez exagera algo. La fábula de Píramo y Tisbe, que suele imprimirse al fin de la _Diana_, y la de Céfalo y Procris, intercalada en una de las églogas del _Cancionero_, parecen tomadas directamente de Ovidio. Pero pudo leerle en la traducción castellana de Jorge de Bustamante, impresa antes de 1550 ó en alguna de las italianas. De todos modos fué poco versado en humanidades, y él mismo, en la carta á Sá de Miranda, reconoce la flaqueza de sus estudios. Falta, pues, en la _Diana_ el perfume de antigüedad clásica que se desprende de la _Arcadia_, el talento de adaptación ó aclimatación feliz, la docta y paciente industria que Sannazaro tuvo en tanto grado y que hace de su libro un compendio de la bucólica antigua. Bueno ó malo, Montemayor lo debe casi todo á su propio fondo, y aun de los italianos imita poco, sin excluir al mismo Sannazaro. Pudo éste darle la primera idea del género, la forma mixta de prosa y verso; algunos tipos métricos como los tercetos esdrújulos, que por fortuna emplea una vez sola; algunos nombres pastoriles, como el de Selvagio, acaso el germen de algún episodio. Hay cierta semejanza entre la situación de Sireno y los demás pastorea que van á consultar á la sabia Felicia para curarse de sus males de amor y la de Clónico, que acude con el mismo propósito al sabio encantador Enareto. Pero el desarrollo de ambas consultas es enteramente diverso. Á Sannazaro le sirve sólo para hacer alarde de todo lo que había leído de magia en los antiguos. En Montemayor, que estaba muy libre de tal ostentación erudita, conduce á la ingeniosa ficción del agua encantada, que trocaba los corazones, haciéndoles olvidar del amor antiguo mal correspondido y arder en nueva y feliz llama. En Montemayor predomina siempre la parte sentimental; en Sannazaro, la descriptiva.

No se libró Montemayor ni podía librarse de la imitación del Petrarca, ídolo de todos los poetas y versificadores del siglo XVI, desde los más altos hasta los más ínfimos. Pero le imitó menos servilmente que otros. Sirva de ejemplo alguna estrofa de la bella canción puesta en boca de Diana en el libro I, que repite el tema poético de la famosa que comienza _Chiare fresche e dolci acque_, combinado con reminiscencias de algunos sonetos: