Part 72
El mayor poeta del romanticismo portugués comprendió el partido que de esta tradición podía sacarse, y fundó en los honestos y desventurados amores de Bernardim y la Infanta el argumento de su drama _Un auto de Gil Vicente_, compuesto en 1838[666], y que sería el mejor de los suyos si no existiese el incomparable _Fr. Luis de Sousa_. El mayor defecto del _Auto_ es su título: Gil Vicente es una figura demasiado grande para ser tratada episódicamente como lo está en el drama de Garrett, donde la representación de su tragicomedia _Las Cortes de Júpiter_ sólo sirve para que se desate impetuosa la pasión de Bernardim, que entra en el auto disfrazado de mora encantada para entregar el anillo mágico á la nueva duquesa de Saboya. Esta situación es de gran efecto teatral, y no lo pareció menos el final del tercer acto, que pasa á bordo del galeón _Sta. Catherina_. El poeta, á quien su insensata pasión ha arrastrado á embarcarse en aquella nao, se ve próximo á ser sorprendido por el rey D. Manuel, y para salvar el honor de la que ama se arroja al mar entre las sombras de la noche, dejándonos el poeta en la incertidumbre de su destino. Hay algo de artificial y rebuscado en estas situaciones: la ingenuidad pintoresca de la primitiva leyenda satisface mucho más; la historia, como en casi todos los dramas de este género acontece, está respetada en lo accesorio y falseada en lo fundamental; los afectos que expresa Bernardim no son los del último heredero de los trovadores provenzales, los de un Macías rezagado, sino los de un poeta romántico que ha leído á Chateaubriand y á Lamartine.
Garrett abusa de la nota sentimental y del aparato escénico, emplea la _saudade_ como una receta infalible, pero todo se le perdona por su viva intuición poética (que sólo en _Fr. Luis de Sousa_ llega á ser profunda y serena) y por el singular encanto de su estilo, que es una maravilla en el género dificilísimo de la prosa dramática.
Con ocasión del drama de Garrett quiso Alejandro Herculano prestar el apoyo de su autoridad histórica á la leyenda de los amores de doña Beatriz, publicando cierta relación del viaje de la infanta á Saboya[667], de la cual se infiere que fueron mal recibidos allí los portugueses de su séquito y aun se les obligó á salir del país. Pero esto pudo tener otras causas meramente políticas, sin recurrir á la sospecha de los supuestos amores, y es lo cierto que la princesa y su marido vivieron siempre en buena armonía y paz doméstica, á pesar del contraste entre los hábitos sencillos de la modesta corte piamontesa y los esplendores y magnificencias de la Lisboa del Renacimiento en que se había educado doña Beatriz.
Por lo demás, la leyenda de Faria y Sousa no envuelve ninguna imposibilidad cronológica. La infanta tenía poco más ó menos la edad de Bernaldim Ribeiro, puesto que había nacido en 1504 y se casó en 1521, embarcándose para Italia el 9 de agosto. Pero si el poeta vino por primera vez á la corte en aquel mismo año, según de sus églogas se deduce, poquísimo espacio puede concederse para el desarrollo de su pasión.
De todos modos, esta tradición, además de ser antigua, no ha sido impugnada hasta ahora con argumentos tales que la convenzan de falsedad. Esta ventaja lleva á otras dos muy modernas, que han tenido escasos secuaces. Apenas puede hacerse mérito, por lo absurda y extravagante que es, de la que echó á volar el antiguo diplomático brasileño F. A. de Varnhagen, según el cual la _Aonia_ de _Menina e Moça_, la amada de Bernaldim Ribeiro, es nuestra reina doña Juana la Loca; su tío _Lamentor_, el rey D. Manuel, y su marido _Fileno_, Felipe el Hermoso. Con decir que aquella pobre señora no puso nunca los pies en Portugal, y estaba ya casada en 1496, cuando probablemente Bernaldim Ribeiro no había nacido, basta para que se juzgue del valor de esta hipótesis, ejemplo solemne de los desvaríos á que se presta la interpretación de los anagramas en obras antiguas, cuya clave no poseemos[668].
De muy distinto género es la hipótesis que con grande agudeza de ingenio y mucha doctrina ha desarrollado Teófilo Braga en su libro _Bernardim Ribeiro e os Bucolistas_, tan interesante como todos los suyos[669]. Sostiene el erudito historiador de la literatura portuguesa que _Aonia_ es dona Juana de Villena, prima del rey D. Manuel, que fué casada con el conde de Vimioso D. Francisco de Portugal. La dama del tiempo antiguo que cuenta la historia y deplora la pérdida de su hijo es doña Leonor, viuda de D. Juan II; el _caballero de la puente_ es el príncipe D. Alfonso, que murió de una caída de caballo (lo cual no es lo mismo que morir en un desafío); _Belisa_ es doña Isabel, primera mujer de D. Manuel, y _Cruelsia_, probablemente, doña María Coresma, á quien Bernardim había querido antes de ir á la corte y conocer á doña Juana.
Todo ello está muy ingeniosamente combinado, no envuelve ninguna imposibilidad moral, puede parecer hasta verosímil; pero además de ser enteramente gratuito y trabajo de pura imaginación reconstructiva, sin apoyo sólido en ningún documento, tropieza con las fechas generalmente asignadas al nacimiento de Bernardim y á su ida á la corte. Doña Juana ya estaba casada en 1516, y parece haber sido una esposa ejemplar.
Si admitimos, como creyó D. Agustín Durán, que el romance de _Don Bernaldino_, inserto ya en el _Cancionero_, sin año, de Amberes, y repetido en el de 1550 y en la _Silva_ de Zaragoza, se refiere al poeta portugués (como parece indicarlo, no sólo la comunidad del nombre, sino un verso que es casi traducción de las primeras líneas de _Menina e Moça_), habrá que suponer que la leyenda amorosa de Bernardim Ribeiro había penetrado en Castilla durante su vida y años antes de que se imprimiese su novela. El romance es tan bello que no debemos omitirle aquí; pertenece al género de los artísticos popularizados que componían los últimos trovadores:
Ya piensa don Bernaldino--a su amiga visitar, Da voces a los sus pajes--de vestir le quieren dar, Dábanle calzas de grana--borceguís de cordoban, Un jubon rico broslado,--que en la corte no hay su par, Dábanle una rica gorra,--que no se podía apreciar, Con una letra que dice:--«Mi gloria por bien amar». La riqueza de su manto--no vos la sabría contar; Sayo de oro de martillo--que nunca se vio su igual. Una blanca hacanea--mandó luego ataviar, Con quince mozos de espuelas--que le van acompañar. Ocho pajes van con él,--los otros mandó tornar; De morado y amarillo--es su vestir y calzar. Allegado han a las puertas--do su amiga solia estar; Fallan las puertas cerradas,--empiezan de preguntar: --¿Dónde está doña Leonor--la que aqui solia morar? Respondió un maldito viejo--que él luego mandó matar: --_Su padre se la llevó--lejas tierras habitar_. El rasga sus vestiduras--con enojo y gran pesar, Y volviose a los palacios--do solia reposar. Puso una espada a sus pechos--por sus dias acabar. Un su amigo que lo supo--veníalo a consolar, Y en entrando por la puerta--vídolo tendido estar. Empieza a dar tales voces--que al cielo quieren llegar, Vienen todos sus vasallos--procuran de lo enterrar En un rico monumento--todo hecho de cristal, En torno del cual se puso--un letrero singular: «Aqui está don Bernaldino--que murió por bien amar».
(Núm. 149 de la _Primavera_ de Wolf).
_Menina é Moça_ fué una aparición solitaria en la literatura portuguesa. Los ingenios de aquel reino que luego cultivaron con gran ahinco la novela pastoril, como Fernán Álvarez de Oriente en su _Lusitania Transformada_ (1607), y Francisco Rodríguez Lobo en su _Primavera_ y _Pastor Peregrino_ (1608-1614), no imitaron á Ribeiro, sino á otro famoso conterráneo suyo, á quien se debe la primera novela pastoril escrita en castellano.
Jorge de Montemayor, como él se llamaba castellanizando hasta su apellido, era natural de _Montemor o velho_, lugar situado á cuatro leguas de Coimbra, en las márgenes del Mondego[670]. De aquellos parajes se acuerda con amor en el libro VII de la _Diana_, recordando sus antigüedades y tradiciones:
«Y preguntándole Felismena qué ciudad era aquella que había dejado hacia la parte donde el rio, con sus cristalinas aguas, apresurando su camino con gran impetu venía, y que tambien deseaba saber qué castillo era aquel que sobre aquel monte mayor que todos estaba edificado, y otras cosas semejantes, la una de aquéllas (pastoras), que Duarda se llamaba, la respondió: que la ciudad se llamaba Coimbra, una de las más insignes y principales de aquel reino, y aun de toda España, asi por la antigüedad de nobleza de linajes que en ella habia, como por la tierra comarcana a ella, la cual aquel caudaloso rio, que Mondego tiene por nombre, con sus cristalinas aguas regaba; y que todos aquellos campos que con tan gran impetu iba discurriendo se llamaban el campo de Mondego, y el castillo que delante los ojos tenian era la luz de nuestra España; y que este nombre le convenia más que el suyo propio, pues en medio de la infidelidad del Mahomético rey Marsilio, que tantos años le habia tenido cercado, se habia sustentado de manera que siempre habia salido vencedor, jamás vencido[671]; y que el nombre que tenía en lengua portuguesa era _Monte-mor o velho_, adonde la virtud, el ingenio, valor y esfuerzo quedaron por trofeos de las hazañas que los habitadores dél en aquel tiempo habian hecho; y que las damas que en él habia y los caballeros que lo habitaban florecian en todas las virtudes que imaginarse podian. Y asi le contó la pastora otras muchas cosas de la fertilidad de la tierra, de la antigüedad de los edificios y de las riquezas de los moradores, de la hermosura y discreción de las ninfas y pastoras que por la comarca del inexpugnable castillo habitaban; cosas que a Felismena pusieron en gran admiracion».
Allí pasó su primera juventud, sin haber recibido verdadera educación clásica, entregado á la música, al amor y á la poesía. El mismo lo declara en su epístola autobiográfica al Dr. Francisco Sá de Miranda:
Riberas me crié del rio Mondego... De ciencia alli alcancé muy poca parte I por sola esta parte juzgo el todo De mi ciencia y estilo, ingenio y arte. En música gasté mi tiempo todo; Previno Dios en mí por esta via Para me sustentar por algun modo. No se fió, señor, de la poesia Porque vio poca en mí, y aunque más viera, Vio ser pasado el tiempo en que valia. El rio de Mondego i su ribera Con otros mis iguales paseava, Sujeto al crudo amor i su bandera. Con ellos el cantar exercitava I bien sabe el amor que mi Marfida Ia entonces sin la ver me lastimava. Aquella tierra fue de mí querida; Dejé la, aunque no quise, porque veia Llegado el tiempo ia de buscar vida.
Para la gran Hesperia fue la via A do me encaminara mi ventura Y a do senti que amor hiere y porfia[672].
Jorge de Montemayor fué soldado en algún tiempo, pero creemos que no en esta época de su vida, puesto que nada dice de ello en su carta. Hay en su _Cancionero_ dos sonetos que compuso «partiéndose para la guerra» y «yéndose el autor á Flandes»[673]. Del primero son estos versos:
Ora por mí el Frances quede vencido, Y el nuestro gran Philipo sublimado...
Montemayor no pudo alcanzar más guerra de Felipe II con Francia que la de 1555 á 1559, memorable por el triunfo de San Quintín. Pero mucho tiempo antes de esa fecha encontramos noticias de él en Castilla. Opina su último y erudito biógrafo, el Sr. Sousa Viterbo[674], que el poeta portugués vino á Castilla en la comitiva de la infanta doña María, hija de D. Juan III, casada en 1543 con el príncipe D. Felipe (luego Felipe II), y en efecto, en la dedicatoria de sus dos primeras obras se titula «Cantor en la capilla de su Alteza la muy alta y muy poderosa Señora la infanta doña María»[675].
La vida de esta princesa fué cortísima; poco más de dos años sobrevivió á su matrimonio, y no llegó á ceñir la corona de España. Á su fallecimiento, en 12 de junio de 1545, compuso Jorge de Montemayor un soneto harto infeliz[676] y unas bellísimas coplas de pie quebrado, glosando algunas de las de Jorge Manrique.
Nueva protectora encontró en la infanta de Castilla doña Juana, consorte del príncipe portugués D. Juan y madre del infortunado rey D. Sebastián[677]. Ya en 14 de mayo de 1551 estaba al servicio de esta señora, puesto que D, Juan III le hizo merced de la _escrevaninha_ de uno de los dos navíos de la carrera de la Mina, por un viaje, llamándole en el privilegio «criado da princeza muito amada e prezada nossa filha»[678]. De esta infanta hay una carta á la reina doña Catalina, intercediendo á favor del padre de nuestro poeta (cuyo nombre no se expresa) para que se le dé el oficio que pide[679].
Por la carta de Montemayor á Sá de Miranda inferimos que para este tiempo habían comenzado ya sus amores con la que llama _Marfida_:
Alli me mostró Amor una figura; Con la flecha apuntando dijo: «aquella», Y luego me tiró con flecha dura. A mi Marfida vi más y más bella Que quantas nos mostró naturaleza, Pues todo lo de todas puso en ella... Mas ya que el crudo amor me hubo herido, Le vi quedar tan preso en sus amores, Que io fui vencedor, siendo vencido. Alli senti de amor tales dolores Que hasta los de aora no creia Que los pudiera dar amor maiores... _En este medio tiempo la estremada, De nuestra Lusitania gran princesa, En quien la fama siempre está ocupada, Tuvo, señor, por bien de mi rudeza Servirse, un bajo ser alevantando Con su saber estraño i su grandeza. En cuya casa estoi ora passando Con mi cansada musa_...
La dama designada en esta epístola y en muchas poesías líricas con el nombre de _Marfida_ ¿es la misma pastora que en la novela se llama _Diana_? Me inclino á creer que no, porque en la égloga tercera de las que contiene el _Cancionero_ de Montemayor, figuran como personas diversas el pastor _lusitano_ que servía á Marfida y Sireno el amador de Diana. Cabe, por tanto, la duda de si Montemayor poetizó en su novela amores propios ó ajenos. Á la _Diana_ precede en todas las ediciones el siguiente argumento:
«En los campos de la principal y antigua ciudad de Leon, riberas del rio Ezla, hubo una pastora llamada Diana, cuya hermosura fue extremadisima sobre todas las de su tiempo. Esta quiso y fue querida en extremo de un pastor llamado Sireno, en cuyos amores hubo toda la limpieza y honestidad posible. Y en el mismo tiempo la quiso más que a sí otro pastor llamado Silvano, el cual fue de la pastora tan aborrecido, que no habia cosa en la vida a quien peor quisiese. Sucedió, pues, que como Sireno fuese forzadamente fuera del Reino a cosas que su partida no podía excusarse, y la pastora quedase muy triste por su ausencia, los tiempos y el corazón de Diana se mudaron, y ella se casó con otro pastor llamado Delio, poniendo en olvido al que tanto habia querido. El cual viniendo despues de un año de ausencia, con gran deseo de ver a su pastora, supo antes que llegase cómo era ya casada, y de aqui comienza el primer libro, y en los demas hallarán muy diversas historias de cosas que verdaderamente han sucedido, aunque van disfrazadas bajo el estilo pastoril».
La tradición afirma desde antiguo que Diana es figura real y no imaginaria, y hasta de su pueblo natal nos informa. «¿Qué mayor riqueza para una mujer que verse eternizada? (dice Lope de Vega en el acto primero, escena segunda de la _Dorotea_). Porque la hermosura se acaba, y nadie que la mira sin ella cree que la tuvo; y los versos de su alabanza son eternos testigos que viven con su nombre. _La Diana de Montemayor fue una dama natural de Valencia de Don Juan, junto a Leon, y Ezla, su rio, y ella seran eternos por su pluma_».
Es muy curiosa la anécdota que refieren, casi con los mismos términos, Manuel de Faria y Sousa en su comentario á los _Lusiadas_[680] y el P. Sepúlveda, monje jerónimo del Escorial, en una _historia_ manuscrita _de varios sucesos_[681]. Oigamos al comentador portugués:
«Viniendo de León, el año 1603, los santos reyes Felipe III y Margarita, y haciendo noche en la villa de Valderas (debe decir en Valencia de León, y así está en el P. Sepúlveda que es escritor coetáneo), les dijo el marqués de las Navas, su mayordomo, como por nueva alegre y no esperada, que le había cabido en suerte ser hospedado con Diana de Jorge de Montemayor. Y preguntando ellos de qué manera, dijo que en aquel lugar vivía la llamada Diana y que le habían aposentado en su casa. Gustaron los Reyes de la nueva, por lo mucho que se habían celebrado los escritos de aquel nombre; y haciendo traer á palacio á aquella decantada belleza, cuyo nombre propio era Ana, siendo ya entonces, al parecer, de algunos sesenta años, en que todavía se miraban rastros de lo que había sido, la estuvieron inquiriendo de la causa de aquellos amores; y después de ella haber satisfecho á todo con buena gracia y términos políticos, la envió la Reina cargada de dádivas reales. Por ventura si el ingenio de Montemayor no hubiera celebrado aquella Ana con el nombre de Diana y aquellos amorosos pensamientos, ¿hiciera el marqués de las Navas caso de haber ido á parar á su casa para decirlo á los reyes ni ellos della para oirla y honrarla? Claro está que no. Veis ahí la perpetuidad, la fama y la gloria que pueden dar tales autores como aquéllos y como éste con sus escritos».
El P. Sepúlveda afirma que Diana era mujer muy bien entendida, bien hablada, muy cortesana, y la _más hacendada y rica de su pueblo_. Y como Valencia de Don Juan nunca ha tenido numeroso vecindario, y deben de ser conocidos sus linajes antiguos, no será difícil á cualquier erudito leonés dar con el apellido de la heroína de Montemayor.
La más antigua obra que tenemos de éste es su _Exposición sobre el Salmo ochenta y seis_, impresa en Alcalá de Henares, 1548[682]. Parece que á esta época hemos de referir el principio de sus relaciones con varios poetas castellanos, mencionados en su _Cancionero_. Además de un Juan Vázquez de Ayora y un D. Rodrigo Dávalos, cuyos versos glosa, figuran entre ellos Feliciano de Silva y Gutierre de Cetina. Á la muerte del primero, acaecida no sabemos cuándo, pero probablemente no mucho después de la publicación de la cuarta parte de su _Don Florisel de Niquea_ (1551), escribió el vate portugués una larga elegía en tercetos y un epitafio[683]. Una y otra composición respiran el más entusiasta afecto. En la primera evoca á la Poesía, y la hace exclamar:
¡Oh cielos, tierra y mar! ¿no habeis sentido Que muerte me tocó con cruda mano. Pues mi mayor amigo es ya perdido? Perdí mi bien, perdí mi Feliciano; Muerta es la gracia, el sér, la sutileza, La audacia, ingenio, estilo sobrehumano... ¡Oh Feliciano, oh vena aguda y rica... ............................................... Sabrás que allá en los coros soberanos Está su ánima dota celebrada, Ya fuera de juicios torpes, vanos. Bien ves su senectud, que fue fundada En juventud tan buena, que su vida Poder tuvo de dalle muerte honrrada. ............................................... ¿Sabes que fue su vida bien gastada? Una comedia, adonde su decoro Guardó el discreto autor sin faltar nada. ............................................... En muerte, en vida, en todo tuvo extremos, Y no viciosos, no, mas excelentes, Do exemplo de virtud mostrar podemos. ............................................... Yo con mi clara luz mirar no oso _Mirobriga_ la fuerte adonde via El mi poeta insigne y más famoso. ............................................... Conversación tan llana y tan discreta, Años tan bien gastados no se han visto ............................................... ¿Quién las hazañas cuenta belicosas? ¿Quién los amores castos y aventuras? ¿Quién las batallas fieras y dudosas?
¿Quién puede ver sus metros y scripturas Que no olvide presentes, y aun passados, Pues de hallar ygual estan seguros? Sus altos dichos, graves y acertados, La authoridad de rostro, años y canas, Dignos de ser por siempre celebrados...
El epitafio es la siguiente octava real, que no transcribimos por buena, sino por curiosa:
¿Quién yace aquí? Un docto caballero. ¿De qué linaje? Silva es su apellido. ¿Qué posseyó? Más honrra que dinero. ¿Cómo murió? Assi como ha vivido. ¿Qué obras hizo? El vulgo es pregonero. ¿Murió muy viejo? Nunca moço ha sido; Pero segun su ingenio sobrehumano, Por tarde que muriesse fue temprano.
Son tan escasas las noticias biográficas que tenemos de Feliciano de Silva[684], y es él personaje de tanta cuenta, á lo menos por su fecundidad, en la historia de la novela española, que no parecerá mal que exhumemos estos versos, tomados de un libro rarísimo.
Otro de los amigos literarios dé Jorge de Montemayor fué Gutierre de Cetina, de quien tenemos un soneto «siendo enamorado en la corte, para donde Montemayor se partía», con la respuesta de Montemayor «siendo enamorado en Sevilla, donde Gutierre de Cetina se quedaba». El poeta sevillano usa en esta correspondencia el nombre de _Vandalio_ y Montemayor el de _Lusitano_[685].
Montemayor volvió á Portugal en 1552 acompañando á la princesa D.ª Juana, que iba á reunirse con su marido. Llevaba entonces nuestro poeta, no el oficio de músico de capilla, sino el cargo importante de aposentador de la Infanta, según resulta de un documento publicado por el genealogista Antonio Caetano de Sousa[687]. Á este tiempo pertenece la epístola, que ya hemos citado, al gran dictador literario de entonces, al Dr. Sá de Miranda, que había cumplido en la lírica portuguesa la misma evolución italo-clásica que antes habían realizado en Castilla Boscán y Garci Laso. Montemayor confiesa humildemente la pobreza de sus estudios, y pide guía y consejo al sabio maestro, tan respetado por su carácter como por su talento:
Si con tu musa quieres acudir me, Gran Francisco de Sá, darás me vida, Que de la mia estoy para partir me. De tu ciencia en el mundo florecida, Me comunica el fruto deseado, Y mi musa será favorecida. Pues entre el Duero y Miño está encerrado De Minerva el tesoro, ¿a quién iremos Si no es a ti do está bien empleado? En tus escritos dulces los estremos De amor podemos ver mui claramente Los que alcanzar lo cierto pretendemos. Dejar deve el arroio el que la fuente De agua limpia y pura ve manando, Delgada, dulce, clara y excelente. Mui confiado estoi, de ti esperando Respondas a mi letra por honrar me, Pues d'escreuir te io me estoi honrando.
Á esta epístola respondió Sá de Miranda con otra, que en conjunto es inferior, versificada con harta dureza y escabrosidad, como la mayor parte de sus endecasílabos castellanos, muy semejantes á los de D. Diego de Mendoza, hasta en la profusión de consonantes agudos, que Montemayor evitaba ya con el ejemplo de Garci Laso y el trato de los ingenios de la corte de Castilla, si es que su propio oído no le bastó para huir de ellos[688].