Part 71
Aquí comienza la verdadera novela, que debía ser la _historia de los dos amigos_; pero en la parte auténtica de _Menina e Moça_ sólo tenemos la de uno de ellos, _Narbindel_, que después se llamó _Bimnarder_ (seudónimos uno y otro de Bernaldim). Esta historia nada tiene de bucólica: es sencillamente caballeresca, con muchos toques de novela sentimental en el género de _Arnalte y Lucenda_ ó de _Leriano y Laureola_, pero con un sentimiento muy hondo que los libros de Diego de San Pedro rara vez tienen, y que tampoco acertó á expresar Juan Rodríguez del Padrón en su prosa informe y enmarañada.
Pasa la acción de este cuento en un lugar probablemente imaginario, porque el autor quiso que todo quedase oscuro é indeterminado en su libro. Sólo nos habla de unos valles en otro tiempo muy poblados y ahora muy desiertos, donde floreció una ciudad ennoblecida de reales edificios, y donde todavía descubre el arado pedazos de armas y joyas de gran valía. Por estas señas han creído algunos que se trata de la clásica Èvora, capital del Alemtejo, pero la vecindad de la mar á que varias veces se alude excluye tal interpretación, y sin duda por eso la leyenda literaria dió por teatro á las _Saudades_ de Bernaldim la poética sierra de Cintra, á la cual por otra parte no cuadran las circunstancias arqueológicas antes indicadas, puestas acaso de intento para acrecentar el efecto melancólico del conjunto, como nueva paráfrasis del eterno y mal entendido _sunt lachrymae rerum_.
Á este valle, pues, que tenemos por fantástico, vino en tiempos pasados un noble y famoso caballero llamado Lamentor, que había aportado allí cerca, en una nao grande cargada de muchas riquezas, y traía en su compañía á su esposa Belisa y á una hermana suya doncella, llamada Aonia. Caminaban las dos damas en unas ricas andas, porque la mayor venía muy adelantada en su embarazo. Al pasar por una puente, Lamentor tiene que sostener singular batalla con un caballero que defendía allí un paso honroso en obsequio y servicio de su cruel dama, la cual le había impuesto esta prueba ó penitencia por tres años, antes de rendirle su voluntad. Rompen tres lanzas, y á la cuarta cae mortalmente herido el caballero de la puente. Descríbese el llanto de su hermana, que inopinadamente llega al lugar del combate. La escena es patética, y de alguna curiosidad para la historia de las costumbres funerarias de la Península, tan enlazadas con el género popular de las endechas: «Y cuando vio á su hermano que yacía sobre unos paños ricos que Lamentor le mandara poner, apeóse muy apresuradamente y fue corriendo hacia él, y lanzando sus tocados en tierra, comenzó á mesarse cruelmente los cabellos que largos eran, exclamando: «para dolor grande no se hicieron leyes». Esto decía ella porque era costumbre muy guardada en aquella tierra, y estaba bajo grandes penas prohibido, que ninguna mujer se pusiese en cabellos sino por su marido».
Cuando se aleja la cuitada señora con el cadáver de su hermano llevado en las andas por su escudero, determina Lamentor plantar en aquel sitio su tienda aguardando el parto de su mujer, que aquella misma noche da á luz una niña é inmediatamente fallece. Mientras Aonia se lamentaba amargamente, acierta á llegar un caballero que venía de lejanas tierras á probar la aventura del puente, por mandado de una señora con quien tenía menos amor que deudas de agradecimiento. Al penetrar muy mesurada y humildemente en la tienda donde sonaban grandes llantos «vio á la señora Aonia, que en grande extremo era hermosa, sueltos sus largos cabellos, y parte de ellos mojados en lágrimas, que su rostro por algunas partes descubrían. Y fue luego traspasado de amor por ella, sin que hubiese de parte de su antigua afición defensa alguna, porque entrando el amor juntamente con la piedad, no sólo borró el pensamiento de la otra, sino que ya le pesaba del tiempo que había gastado en su servicio. Este fué uno de los dos amigos de quien trata nuestra historia».
Llamábase hasta entonces _Narbindel_, pero al abandonar el servicio de su antigua dama Cruelsia, «que le había obligado pero no enamorado», y consagrarse con alma y vida al de la señora Aonia, determinó trocar las letras de su nombre, llamándose de allí adelante _Bimnarder_. Es de seguro la persona que representa al poeta en su obra.
Tristes presagios acompañan el principio de estos amores. Una sombra se aparece á Bimnarder. Como esforzado que era, echa mano á la espada y cobra osadía para preguntarla quién es. «Detén el brazo, Bimnarder (le dice la sombra), puesto que acabas de ser vencido por el llanto de una doncella». Una manada de lobos persiguen, hasta matarle, á su mejor caballo. Pero resuelto á no irse de aquella tierra y proseguir en su amoroso cuidado, se encamina á pie á una majada de pastores y entra á servir como vaquero á un mayoral de ganado. Acaso la fábula de Apolo guardando los rebaños de Admeto dió á Bernaldim Ribeiro la primera idea de este disfraz pastoril, aunque no se advierten en su libro, por caso rarísimo en su tiempo, reminiscencias clásicas ni mitológicas de ninguna especie.
Diestro en el tañer de la flauta y en el canto pastoril, Bimnarder rondaba por las cercanías del castillo que Lamentor había mandado labrar en aquel valle, y su voz y sus tonadas eran gratas á sus moradores, especialmente á la nodriza de Aonia. «Muchas canciones sabía mi padre (dice la narradora de esta historia) de las que el pastor solía cantar, y tenían cosas de alto ingenio, ó más verdaderamente de alto dolor, puestas y sembradas tan dulcemente por otras palabras rústicas, que quien bien las reparase, ligeramente entendería su verdadero sentido».
Es evidente que aquí alude Bernaldim á sus propios versos, de los cuales pone una sola cantiga para muestra. Esta cantiga es la que llegó á oídos de Aonia gracias á su ama, que «era desde su mocedad muy sabida en libros de historias, y cuando vieja lo fué mucho más». Los versos son de cancionero, pero tienen un no sé qué de gracia afectuosa que en cualquier traducción se perdería:
Fogem as vaccas pera a agua, Quando a mosca as vai seguir; Eu só, triste em minha magua, Não tenho d' onde fugir... Enmentes a calma dura, Tem esta fatiga o gado, A menhan pasce em verdura, A tarde, em o secco prado. Dorme a noite sem cuidado: Cá tudo achou pera si. Descanço, eu só o perdí. A mim, nem quando o sol sai, Nem depois que se vai pôr, Nem quando a calma mór cai, Não me deixa a minha dor. Dor, e outra cousa mór, Comvosco hoje amanheci; Comvosco honte' anoutesci...
Esta cantiga oyó el ama, y pareciéndole bien, se la repitió á Aonia, que ya entendía la lengua de la tierra, ponderándole la gran tristeza del pastor y las lágrimas y suspiros con que había finalizado su canto. La señora Aonia, aunque no pasaba de trece ó catorce años y no sabía qué cosa era bien querer, se conmovió también con la canción y preguntó al ama por las señas del pastor. Naturalmente, el retrato de Bimnarder no está desfavorecido. «Es de buen cuerpo y de buena disposición: la barba, un poco espesa y un poco crecida que trae, parece que es la primera que le ha salido; los ojos blancos, de un blanco un poco nublado. En su presencia luego se columbra que alguna alta tristeza le subyuga el corazón».
«Tornó Aonia á preguntar á su ama cuántas veces le había visto. Díjola que aquel pastor vagaba continuamente en derredor de aquellas casas, y á veces se ponía á hablar con los trabajadores, y otras andaba por la ribera de enfrente, pastoreando su ganado. Y este era el pastor á quien todos llamaban _el de la flauta_, que bien conocido era de todos.
«No le conocía Aonia, porque rara vez salía de su palacio, pero entró luego en voluntad de conocerle y de buscar manera para ello. Tal pena le había dado el oír su canto, que engañada con aquella falsa sombra de piedad, no pudo dormir en toda la noche siguiente. No porque todavía se hubiese declarado consigo misma, ni porque debajo de aquel deseo determinase nada: pero ardía en vivas llamas dentro de sí.
«Y porque de todo punto se acabase esto de confirmar, aun no era bien entrada la mañana, cuando saliendo el ama á una baranda ó terrado que sobre una parte de las casas se parecía, vió al pastor que estaba solo á orillas del río, apoyado en el fresno donde se puso la primera vez que salió de la tienda, allí donde vió la sombra como os dije y allí donde vino después á morir. Y así como le vió el ama, fué corriendo á decírselo á Aonia: tal prisa daba ya la fortuna al desastre, ó era venida la hora que no se podía dilatar».
Acude Aonia al terrado, y desde allí contempla despavorida la lucha de un toro del pastor con otro ajeno, á quien Bimnarder rinde y postra con increíble bizarría. Desfallece la delicada virgen ante tal espectáculo, y cuando vuelve en sí en brazos del ama, su primera pregunta es por el pastor. Acertó á hallarse presente una mujer de la casa, que también había presenciado la pelea de los toros, y había reconocido en el encubierto pastor al caballero que llegó á la tienda de Lamentor el día de la muerte de Belisa y salió de allí «con los ojos llenos de la señora Aonia y de agua».
«Aonia oyó toda esta plática, y aunque el ama la contradecía, ella la creyó. Y en pos de esta creencia vinieron todas las otras cosas que la creencia en estos casos suele traer en pos de sí; y luego tuvo deseos, cuidadosa de parecer bien, y ya no veía el día ni la hora en que pudiese certificar de su voluntad á Bimnarder para que no se apartase de allí por algún desastre, que ella comenzó á recelar, porque el verdadero bien querer no puede estar mucho tiempo sin recelos. Y desde que se determinó á amarle no podía descansar. Y como él tuviese por costumbre andar siempre en torno de aquellos palacios (que suntuosos se labraban á maravilla), Aonia se subía para mirarle por una ventana alta que en la cámara donde ella dormía estaba hecha sólo para recibir la luz». Cuando por primera vez la contempla Bimnarder allí, queda como embobado y deja caer el cayado de las manos.
El autor describe con ingenuidad delicadísima el proceso de estos amores infantiles. ¡Qué suave melodía romántica la del cantar «á manera de _solao_, que era el que en las cosas tristes se acostumbraba en estas partes», con que el ama arrulla á la _menina_, y con vago terror alude á su desventura hereditaria y procura conjurar sus tristes hados! Cantar es este de doble sentido, y que habla con Aonia más que con la inocente criatura:
Pensando vos estou, filha; Vossa mãe m' está lembrando; Enchen-se-me os olhos d' agua, Nella vos estou lavando. Nascestes, filha, antre magua; Pera bem inda vos seja! Pois em vosso nascimento Fortuna vos houve inveja. Morto era o contentamento, Nenhuma alegria ouvistes: Vossa mãe era finada, Nós outros eramos tristes. Nada en dor, em dor creada, Não sei onde isto ha de ir ter; Vejo-vos, filha fermosa, Com olhos verdes crecer. .................................. Nāo ouvem fados rezão, Nem se consentem rogar; De vosso pãe hei mór dó, Que de si se ha de queixar. Eu vos ouvi a vós só, Primeiro que outrem ninguem; Não foreis vos, se eu não fora; Não sei se fiz mal, se bem. Mas não póde ser, senhora, Pera mal nenhum nascerdes, Con esse riso gracioso Que tendes sob olhos verdes...
Ojos verdes tenía, pues, Aonia, y es la única seña que el poeta ha querido darnos de su misteriosa belleza.
Sospechosa, aunque no sabedora de sus amores, emprende el ama en un largo y prudente razonamiento prevenirla contra los peligros de la pasión; pero el amor triunfa de todo, y Aonia llega á entablar honesta plática con Bimnarder desde la alta ventana de su aposento. Una noche Bimnarder, embelesado con la conversación, resbala y cae en tierra, hiriéndose gravemente; peripecia que ya hemos visto en los amores de Tirante el Blanco y la princesa Carmesina, y que tiene en los de Calixto y Melibea tan trágicas consecuencias. Este accidente hace desbordarse la pasión de Aonia, que fingiendo ir en romería con su confidente Enis (Inés) va á visitar á su amador en la cabaña donde yacía magullado y doliente. Esta rápida entrevista fué el último consuelo que Bimnarder tuvo en esta vida. Lamentor se empeña en casar á su cuñada con el hijo de un caballero muy rico, vecino suyo; ella se resigna después de una resistencia harto breve, y Fileno, su marido, se la lleva á su casa, sin que el mísero Bimnarder supiera nada de esto hasta que vió pasar el cortejo de la boda. Desesperado huyó de aquella tierra, y no volvió á saberse de él.
Tal es la sencilla y lastimera historia que nos cuenta Bernaldim Ribeiro. _Menina e Moça_ no es más que un fragmento, y acaso su autor no quiso que fuese otra cosa. Una novela más larga en el mismo estilo quejumbroso hubiera resultado monótona. Pero no faltó quien la continuase, y en la edición de Évora de 1557, que sirvió de tipo á las posteriores, se añade una _Segunda parte d' esta historia das Saudades de Bernaldim Ribeiro: a qual é declaracão da primeira parte d' este livro_. Realmente no declara ni explica nada: es un libro de caballerías bastante embrollado, en que se observan algunas reminiscencias del _Tristán_. Los personajes que intervienen son nuevos en gran parte, y sus nombres parecen anagramas perfectos, por lo cual es de suponer que las aventuras tengan algún fondo histórico, cuya clave se ha perdido. Bimnarder y Aonia quedan muy en segundo término, y apenas se habla de ellos hasta la mitad de la obra, en que sucumben á manos del celoso marido Orphileno, herido también de muerte por Bimnarder. En los veinticuatro primeros capítulos el héroe es _Avalor_ (Álvaro), enamorado de _Arima_ (María), la hija de Lamentor. En los últimos es _Tasbian_, uno de _los dos amigos_, que en vez de tener el trágico destino que en la primera parte se anuncia, llega á contraer feliz matrimonio con Romabisa, hermana de Cruelsia. Otras aventuras son retrospectivas y se refieren á Lamentor y sus amores con Belisa, á quien libró del poder de Fabudarán: episodio servilmente imitado del _Amadís de Gaula_[663].
El editor de Évora no dice que esta segunda parte sea de Bernardim Ribeiro; antes bien insinúa lo contrario, llamando la atención sobre la _diferencia_ entre ambas. Esta diferencia es palpable, no sólo por el género de los lances, no sólo por la rareza de que Bernardim relate la muerte de Bimnarder, esto es la suya propia, pues esto podría ser una ficción poética, sino por las contradicciones que la segunda narración envuelve respecto de la primera, por el cambio no justificado de algunos nombres, como el de _Fileno_ en _Orfileno_, y sobre todo por la diferencia de carácter, imaginación y estilo entre ambos libros. El primero es una novela subjetiva, un análisis de pasión; el segundo, una novela enteramente externa y de aventuras, que no sale del tipo general de las de su clase, y parece fabricada no con sentimientos personales, sino con reminiscencias literarias. Pero no todo es indigno de Bernardim Ribeiro en esta segunda parte. Acaso el continuador aprovechó fragmentos suyos para los primeros capítulos, que son mucho mejores que los restantes. Algo suyo debe de haber en la historia de _Arima_ y _Avalor_, que tiene toques muy delicados, y por mi parte me cuesta trabajo creer que no sea suyo el romance inserto en el capítulo XI. Sea de quien fuere, es delicioso. Nada hay en las cinco églogas de nuestro poeta, nada en la de _Crisfal_ de Cristóbal Falcão, nada en la lírica portuguesa de entonces, que tenga el extraño hechizo, la misteriosa vaguedad de este romance de Avalor:
Pela ribeira de um rio--que leva as aguas ao mar, Vai o triste de Avalor--não sabe se ha de tornar. As aguas levam seu bem,--elle leva o seu pesar; E só vai, sem companhia,--que os seus fôra elle leixar; Cá quem não leva descanço--descança em só caminhar. Descontra d' onde ia a barca,--se ia o sol a baixar; Indose abaixando o sol,--escurecia-se o ar; Tudo se fazia triste--quanto havia de ficar. Da barca levantam remos,--e ao som de remar Começaram os romeiros--da barca este cantar: --«Que frias eram as aguas!--quem as haverá de pasar?» Dos outros barcos respondem: «quem as haverá de passar?» Frias são as aguas, frias,--ninguem n' as pode passar; Senão quem pôs a vontade--donde a não pode tirar. Tra' la barca lhe vão olhos--quanto o dia da logar: Não durou muito, que o bem--não pode muito durar. Vendo o sol posto contr' elle,--não teve mais que pensar; Soltou redeas ao cavallo--á beira do rio a andar. A noite era callada--pera mais o magoar, Que ao compasso dos remos--era o seu suspirar. Querer contar suas mágoas--seria areias contar; Quanto mas ia alongando,--se ia alongando o soar. Dos seus ouvidos aos olhos--a tristeza foi egualar; Assi como ia a cavallo--foi pela agua dentro entrar. E dando um longo sospiro--ouvia longe fallar: Onde mágoas levam olhos,--vão tamben corpo levar. Mas indo assi por acêrto,--foi c' um barco n' agua dar Que estava amarrado a terra,--e seu dono era a folgar. Saltou assi como ia, dentro--e foi a amarra cortar: A corrente e a maré--acertaram n' o a ajudar. Não sabem mais que foi d' elle,--nem novas se podem achar: Suspeitaram que foi morto,--mas não é pera affirmar: Que o imbarcou ventura,--pera so isso aguardar. Mais são as mágoas do mar--do que se podem curar.
Para los contemporáneos no fué un misterio que _Menina é Moça_ envolvía una historia real, á pesar de su vaguedad calculada y del triple velo en que la envolvió su autor. Lo indica ya la prohibición inquisitorial, y lo declara explícitamente un deudo del poeta, Manuel de Silva Mascarenhas, que hizo la edición de 1645. «El asunto del libro (dice) son amores de Palacio en aquella edad (la del rey D. Manuel) é historias que verdaderamente acontecieron, disfrazadas debajo de caballerías, que era lo que más en aquel tiempo se usaba escribir. Lo principal de la historia es sobre cosas suyas de cierto amor ausente, cuyas penas le acabaron la vida. Los nombres de los que hablan en este libro son las letras mudadas de los verdaderos con que se escriben, como Narbindel (Bernardim), Avalor (Álvaro), Aonia (Juana), y así los otros. Y como no lo compuso más que para sí, y fue parto de sus altivos y enamorados pensamientos, no se imprimió en vida suya: á su muerte se encontró entre sus papeles».
Cuando Mascarenhas escribía esto debía de estar formada ya la más antigua y poética de las leyendas relativas á Bernardim Ribeiro, la que todavía es popular, la que inspiró un excelente drama al mejor de los poetas portugueses del siglo XIX. Fué el primero en vulgarizar esta leyenda Manuel de Faria y Sousa; pero no creo que él la inventase, pues aunque nimiamente crédulo, rara vez fué primer autor, sino más bien colector curioso y amplificador extravagante de las mil tradiciones y patrañas con que embrolló la historia civil y literaria de Portugal. Dice, pues, hablando de Bernardim Ribeiro, en cierto _discurso de los sonetos_ publicado en su _Fuente de Aganipe y Rimas varias_ (Madrid, 1646):
«Era natural de la villa del Torram, hidalgo de nascimiento _y jurista de profesión_[664]. Diosse tanto a las amorosas passiones, i tristezas, i soledades, que de noche se quedava algunas veces por los bosques, i a las margenes de los rios, gimiendo y llorando. Resultole esto de aver dado en el desatino de enamorarse profundamente de la Infanta Doña Beatriz, hija del rey D. Manuel, y ella, con irle dando cuerda (burlas de Palacio), le acabó de rematar. Escribio sus eglogas y otros versos a estos amores: i sus prosas intituladas la _Menina i Moza_, o saudades de Bernardim Ribeiro, despues que perdio de vista a la Infanta, que fue quando la llevaron a su marido, el Duque de Saboya IX en el titulo i III en el nombre de Carlos. Sucedio esta ausencia el año 1521, i a ella escribio él una cancion que empieza así: _Desque o meu sol_».
En su _Europa Portuguesa_, publicada en 1679[665], vuelve Faria y Sousa á contar la leyenda de Bernardim, pero esta vez con muchos más pormenores románticos:
«Oygamos uno de los más raros exemples de amor en un pecho, y de pena en un amante. Bernardim Ribeyro, hombre noble y de nobilissimo ingenio, amava cordial y puramente a esta Princesa (doña Beatriz), porque ella, como apreciadora de la Poesia benemerita, le honrava y favorecia con escuchar cuidadosamente sus versos, porque no eran ellos en lo afectuoso para oyrse con descuido. Viendo él agora que se le ausentava ella, corrió a ponerse en la más alta cumbre de la roca de Sintra, adonde con los ojos inmobles en el baxel que la llevaba (como el águila en el sol que la examina) estuvo elevado hasta que le perdio de vista. Pareciole que para quien avia perdido tal amparo se avia acabado el mundo; y olvidado de todo lo que no fuesse el dolor de aquella ausencia, se dió a la vida solitaria en aquel propio sitio. Alli compuso aquel libro tan estimado que intituló _Saudades_, ya por las que Beatriz le dexó a él de su estimacion, ya por las que llevaba ella de su patria. Passó de hermitaño en esta sierra a peregrino en Italia. Vio todas sus grandezas, y teniendo por mayor que todas su pena, y el motivo della, volvió por Saboya. Sabiendo alli que Beatriz (no perdiendo la piedad de principes portugueses, aunque perdiese el vivir entre ellos) salia en horas señaladas a ponerse en una puerta para dar limosna a los pobres, introduxose entre ellos para verla; y ella, reconociendole, mandóle que no se detuviesse en la ciudad, porque ya eran pasados los dias de los entretenimientos antiguos de Palacio. Obedeciola en esto, mas no en acetar un socorro gruesso que le ofrecia para volverse, y vuelto a la patria, fue fin de la vida el de la peregrinacion. Deviose un escrito tan afetuoso a tan elevado amor; un amor tan notable a tan virtuosa princesa; un vivir tristissimo a tanto sentimiento, y un morir de puro sentido a tanta pérdida».