Orígenes de la novela, Tomo I

Part 70

Chapter 704,026 wordsPublic domain

Muy rara vez cumplió el idilio clásico este programa, ni siquiera en Virgilio, cuanto menos en sus imitadores. Y aunque por nuestra parte le debamos singulares bellezas poéticas en las églogas de Sá de Miranda y Camöens, de Francisco de la Torre y Francisco de Figueroa, de Luis Barahona de Soto y el obispo Valbuena, para no citar otros varios, no puede menos de deplorarse aquella moda, y convención literaria que por tanto tiempo encadenó á tan excelentes poetas al cultivo de un género artificial y amanerado, en que rara vez podían explayarse libremente, la imaginación y el sentimiento.

La pastoral lírica por una parte, y por otra la égloga dramática de tono y sabor más indígena (hasta frisar á veces en grosero realismo), que tantos cultivadores tuvo desde Juan del Encina hasta Lope de Rueda, no podían menos de trascender al campo de la novela; pero al principio el bucolismo apareció episódicamente y con cierta timidez, sin constituir un género nuevo. Así le encontramos en las obras de Feliciano de Silva, á quien corresponde la dudosa gloria de haber introducido este nuevo elemento en el arte narrativo. Tanto en el _Amadís de Grecia_, que generalmente se le atribuye, como en las varias partes de _D. Florisel de Niquea_, encontramos á los pastores Darinel y Silvia con «aquellos admirables versos de sus bucólicas» que tanto dieron que reír á Cervantes. Aun en obra de tan distinto carácter y que parece la negación de todo idealismo, en la _Segunda Comedia de Celestina_, obra rufianesca, cuya primera edición es de 1534[655], se halla intercalado de la manera más estrambótica el episodio del pastor Filínides y la pastora Acays (trigésima tercera _cena_ ó escena de la obra). En él aparecen ya todos los lugares comunes del género, como puede juzgarse por esta muestra: «Habés de saber, mi señora, que andando yo con mi ganado al prado de las Fuentes de los hoyos, que es una fresca pradera, ya que el sol quería ponerse teniendo el cielo todo lleno de manera de ovejas de gran hermosura, gozando yo de lo ver junto con el son que la caida de una hermosa fuente hacía sobre unas pizarras, mezclada la melodía del son del agua, de los cantares de los grillos, que ya barruntaban la noche con la caida del sol y frescura de cierto aire que el olor de los poleos juntamente con él corria; estando, pues, yo a tal tiempo labrando una cuchara con mi cañivete, probando en el cabo della a contrahacer a la mi Acays de la suerte que la tenía en la memoria, diciendo que quién la tuviera alli para podelle decir toda mi grima y cordojos, héteosla aqui dónde asoma para beber del agua de la fuente con un capillejo en su cabeza, con mil crespinas, y dos zarcillos colgando de sus orejas con dos gruesas cuentas de plata saliendo por somo sus cernejas rubias como unas candelas, vestida una saya bermeja con su cinta de tachones de plata, que no era sino gloria vella. Pues a otear sus ojos monteros, tamaños como de una becerra, no eran sino dos saetas con la gracia y fuerza con que ojeaba: por cierto que el ganado desbobado por otealla, dejaba el pasto. Y asi agostó con su hermosa vista la hermosura de los campos, como los lirios y rosas, agostan con hermosura las magarzas. Y junto venía cantando, que mal año para cuantas calandrias ni risueñores hay en el mundo que asi retumbasen sus cantilenas, pues el gritillo de la voz ni grillos ni chicharras que asi lo empinen. Y como yo la oteé y con aquella boca, que no parescia sino que se deshacia sal de la blancura de sus dientes, manando por la bermejura de sus labios, y que me habló diciendo: ¿Qué haces ahí, Filínides?».

El elemento pastoril, que es grotesco por lo inoportuno en Feliciano de Silva, tiene, por el contrario, hondo y poético sentido en un singular libro portugués, que debemos considerar más despacio.

El tránsito de la poesía cortesana del siglo XV á la italo-clásica del siglo XVI, cuyo patriarca es en Portugal Sá de Miranda, como entre nosotros lo son Boscán y Garci Laso, no fué violento ni se hizo en un día. Sirvieron de lazo entre ambas escuelas ciertos poetas inspirados y sentimentales, que conservando la _medida vieja_, es decir, la forma métrica del octosílabo peninsular, la adaptaron á un contenido diferente y mucho más poético que el de los versos de cancionero, creando una escuela bucólica, en que parece que retoñó la planta de la antigua pastoral gallega, no por imitación directa, según creemos (pues si la hubo fué más bien de las serranillas castellanas), sino por condiciones íntimas del genio nacional. Pero es cierto que tanto en Bernaldim Ribeiro, como en Cristóbal Falcāo[656], que son los dos representantes de este grupo, influyó el renacimiento de la égloga clásica, influyó la égloga dramática de Juan del Encina y Gil Vicente, é influyó grandemente la novela sentimental del siglo XV (_El Siervo libre de amor_ de Juan Rodríguez del Padrón, la _Cárcel de Amor_ de Diego de San Pedro); género influido á su vez, como ya demostramos, por los libros de caballerías que en toda la Península pululaban, y á cuya lección se entregaba con delicia la juventud cortesana. Bernaldim Ribeiro, que no era gran poeta, pero sí un alma muy poética, de sensibilidad casi femenina (sea cual fuere el valor de las leyendas, que hacen de él una especie de Macías portugués y que van cediendo una tras otra al disolvente de la crítica moderna), atinó con la forma que convenía á todas estas vagas aspiraciones de sus contemporáneos, y poetizando libremente los casos de su vida, con relativa sencillez de estilo (no libre, sin embargo, de tiquis miquis metafísicos), y con una ingenua, melodía, desconocida hasta entonces en la prosa, escribió, no el primer ensayo de novela pastoril, como generalmente se dice, sino una novela _sui generis_, llena de subjetivismo romántico, en que el escenario es pastoril, aunque la mayor parte de las aventuras son caballerescas. De Sannazaro, á quien acaso no conoció, no presenta reminiscencia alguna. Procede con entera independencia de él y de los demás italianos, á cuya escuela no pertenece. El poeta napolitano imita, ó, por mejor decir, traduce y calca á Virgilio, á Teócrito, á todos los bucólicos antiguos; Bernaldim Ribeiro, hijo de la Edad Media, y que en sus obras no revela erudición alguna, combina el ideal caballeresco con el pastoril, reviste uno y otro con las formas de la alegoría, y valiéndose, como el autor de la _Cuestión de Amor_, del sistema de los anagramas, expone bajo el disfraz de la fábula hechos realmente acontecidos, si bien sobre la identificación de cada personaje haya larga controversia entre los eruditos.

La verdadera biografía de este raro poeta está envuelta en nieblas, y casi todo lo que de él se ha escrito son fábulas sin fundamento alguno. Aun los datos que pasan por más verídicos hay que entresacarlos de sus églogas, y ya se ve cuán arriesgado es el procedimiento de interpretar enigmas y alegorías.

Barbosa Machado, en su _Biblioteca Lusitana_, confundió al autor de las _Saudades_ con otras dos personas del mismo nombre que vivieron muy posteriormente: un Bernardim Ribeiro Pacheco, Comendador de Villa Cova en la Orden de Cristo y Capitán mayor de las naos de la India en 1589, y otro Bernardim Ribeiro, que fué gobernador del castillo de San Jorge de Mina. Esta confusión fué deshecha por el ingenioso novelista Camilo Castello Branco, que era también un curioso indagador histórico[657]. Resulta de sus investigaciones genealógicas que el Bernaldim Ribeiro poeta, cuyo segundo apellido era probablemente Mascarenhas, fué un hidalgo principal de la villa de Torrāō en el Alemtejo, y al parecer había pasado ya de esta vida en 1552[658].

Lo primero que se ignora de él, y sería dato capitalísimo para cualquiera interpretación histórica de su novela, es la fecha de su nacimiento. Camilo le puso por buenas conjeturas en 1500 ó 1501. Teófilo Braga, para sustentar una frágil hipótesis suya, que examinaremos después, le hace mucho más viejo, nacido en 1475. La autorizadísima opinión (no la hay mayor en estas materias) de D.ª Carolina Michaëlis de Vasconcellos ha venido á confirmar la primera fecha, que se ajusta muy bien al texto de la égloga segunda, en que el poeta declara que tenía veintiún años cuando las grandes hambres del Alemtejo le obligaron á emigrar de su tierra y pasar el Tajo. El hambre á que se alude es, según D.ª Carolina, la de 1521 á 1522, puesto que de otras anteriores, como la de 1496, á que recurre Braga, no dicen los cronistas que ocasionasen tal emigración de los alemtejanos á Lisboa.

Admitida esta cronología, que es la más plausible, hay que suponer que Bernaldim Ribeiro fué sobremanera precoz como poeta y como enamorado, pues ya en el _Cancionero_ de García de Resende, publicado en 1516, hay versos suyos dirigidos á una doña María Coresma, que Braga pretende que sea la _Cruelsia_ de _Menina e Moça_. ¿Tendremos aquí el caso de otro homónimo? Las doce composiciones, bien insignificantes por cierto, que Resende da con su nombre, y son las más de ellas _esparsas_ y _villancetes_, no anuncian en nada la manera muy personal de nuestro poeta.

El único hilo conductor que tenemos en la biografía de Ribeiro, aparte de las oscuras confesiones de sus versos, son las obras del Dr. Francisco de Sá de Miranda, que no aparece con él en relaciones de discípulo á maestro, como sin fundamento se ha pretendido, sino de amigo y compañero, aunque siguiesen muy diverso rumbo poético. «Sá de Miranda (dice la Sra. Michaëlis), á pesar de los loores que concede á los «versos lastimeros», á la «vena blandísima» de su amigo, nunca alude á él como antecesor suyo, antes le trata como á un camarada, colocándose en una posición enteramente diversa de aquélla que toma respecto de Garci Laso, que fué su verdadero maestro[659]».

Sá de Miranda había nacido en 1495; tenía probablemente más edad que Bernaldim Ribeiro, en cuya égloga segunda interviene con el imperfecto anagrama de _Franco de Sandovir_:

Este era aquelle pastor A quem Celia muito amou, Nympha do maior primor Que em Mondego se banhou, E que cantava melhor.

Uno y otro poeta parecen haber concurrido juntos á los saraos de palacio; juntos hicieron versos á una celebrada belleza de la Corte del rey D. Manuel, doña Leonor Mascarenhas, poetisa también, y que podía contestar en verso á sus servidores, comparada por Sá de Miranda nada menos que con Victoria Colonna. Todo induce á creer que uno y otro se hacían mutuas confidencias sobre sus amores y sus poesías y que mantuvieron siempre firme y leal amistad.

Concordando é interpretando sagazmente los varios textos de Sá de Miranda, relativos á nuestro poeta, especialmente en la égloga _Alejo_, infiere la doctísima escritora que Bernaldim Ribeiro, después, de haber disfrutado de mucho favor en la Corte, cayó en desgracia por intrigas palaciegas, incurrió en el enojo de un gran señor, que parece haber sido D. Antonio de Ataide, primer conde de Castanheira, omnipotente valido de D. Juan III, y hubo de buscar asilo contra aquella tormenta ó en la soledad del campo ó fuera del reino (en Castilla ó en Italia), arrastrando en su desgracia á su generoso amigo, que tomó denodadamente su defensa y hubo de salir por ello de la Corte en 1532. Nada nos autoriza para afirmar ni para negar que fuese una aventura amorosa la causa del destierro de Bernaldim. Queda aquí un misterio hasta ahora no descifrado, y que acaso no lo será jamás.

Pero el libro de las _Saudades_ está ahí, vago y melancólico, revelando en balbuciente lenguaje, en frases entrecortadas, los devaneos y tormentas de un alma que sólo parece haber nacido para el amor. El autor, como de intento, ha huido de toda indicación precisa sobre los personajes y el lugar de la escena. El relato está puesto en boca de dos mujeres, cuya historia anterior ignoramos de todo punto; pero que debía de ser muy amarga y dolorosa, á juzgar por los afectos que las embargan, única cosa que de ellas acertamos á percibir, puesto que se nos ocultan hasta sus nombres. Una nube de tristeza resignada envuelve toda la obra, y cuando aparecen en ella nuevas figuras humanas, pronto se hunden en la región de las sombras, dejándonos contemplar apenas sus pálidos rostros. Todos parecen víctimas de una fatalidad invencible, que los arrastra en el torrente de la pasión, casi sin lucha. Una ternura muy poco viril, un sentimentalismo algo enfermizo, pero que llega á ser encantador por lo temprano y solitario de su aparición, un prerromanticismo patético y sincero dan extraño y penetrante encanto á esta narración, en medio de lo imperfecto del estilo, no educado todavía para estos análisis subjetivos, ó quizá en virtud de esta imperfección misma, que hace resaltar lo candoroso de los esfuerzos que el autor hace para vencerla.

Las _Saudades_ de Bernaldim Ribeiro, en todas las ediciones, excepto la primera y rarísima de Ferrara, 1554, y la moderna del Sr. Pesanha[660], lleva una continuación que hoy la mayor parte de los críticos convienen en desechar como apócrifa, aunque á mi ver contiene algunos trozos auténticos. De todos modos, la obra personal y exquisita de Bernaldim Ribeiro son los treinta y un capítulos de la primera parte, de los cuales paso á dar rápida cuenta, que procuraré amenizar con la inserción de algunos fragmentos, traduciéndolos lo más literalmente que pueda, aunque de seguro perderán gran parte del hechizo que tienen en el habla ingenua y mimosa en que fueron escritos.

Para que todo sea raro en la fortuna de este libro, lo fué hasta el modo de su aparición póstuma, inesperada y como clandestina, en una ciudad de Italia de las que tenían menos relaciones con nuestra Península; y lo fué también el título con que salió á luz, tomado de las primeras palabras de la novela: «_Menina e moça_, me levaram de casa de meu pay»; título que no debe de ser el que puso Ribeiro, pues no es la historia de la _menina_ la que se cuenta en el libro, sino que es ella la que cuenta historias ajenas. De todos modos, el título prevaleció, y lo merece, porque cuadra al carácter vago y enigmático de la novela. La Inquisición de Portugal la prohibió en 1581, acaso por las alusiones que en ella veían los contemporáneos, pues de otro modo no se comprende tal rigor con una obra tan honesta é inocente. Cuando permitió que se reimprimiese en 1645, impuso un cambio de título, como si se tratase de un nuevo libro, sin duda para que no pareciese que procedía de ligero volviendo sobre su acuerdo. Pero el nuevo rótulo de _Saudades_ no llegó á desterrar el de _Menina e Moça_..., que reapareció en la edición de 1785 y es hoy el único que se usa.

El capítulo primero es una especie de prefacio, en que la cuitada _menina e moça_, que había buscado refugio para sus tristezas en un lugar solitario donde no veía «sino de un lado sierras que no se mudan nunca y de otro aguas de la mar que nunca están quedas», comienza á escribir las cosas que vió y oyó, aunque declarando que las escribe para ella sola.

«Si en algún tiempo fuere hallado este librillo por personas alegres, no lo lean, que por ventura, pareciéndoles que sus casos serán mudables como los aquí contados, su placer les será menos agradable; y esto donde yo estuviese, me dolería, porque asaz bastaba nacer yo para mis aflicciones, y no para causar las de otros. Los tristes lo podrán leer; pero hombres tristes no los hay desde que en las mujeres hubo piedad. Mujeres, sí, porque siempre en los hombres hubo desamor. Mas para ellas no escribo yo, que pues su mal es tamaño que no se puede comparar con otro ninguno, sería en mí gran sinrazón querer que me leyeran para entristecerse más; antes las pido muy ahincadamente que huyan de este libro y de todas las cosas de tristeza; que aun así pocos serán los días que tengan alegres, pues así está ordenado por la desventura con que nacen.

«Para una sola persona podía este libro ser; pero de ésta nada volví á saber después que sus desdichas y las mías le llevaron para luengas tierras extrañas, donde yo bien sé que, vivo ó muerto, le posee la tierra sin placer ninguno. ¡Amigo mío verdadero! ¿quién os llevó tan lejos de mí? Vos conmigo y yo con vos, solos, acostumbrábamos pasar nuestros enojos que entonces nos parecían tan grandes, y eran tan pequeños, comparados con los que vinieron después. Á vos lo contaba yo todo. Cuando os fuisteis todo se convirtió en tristeza, y no parece sino que la tristeza estaba anhelando para que os fueseis. Y porque todo más me afligiese, ni siquiera me dejaron en vuestra partida el consuelo de saber hacia qué parte de la tierra ibais, porque si lo supiera descansara mis ojos en levantar para allá la vista.

«Aun con vos usó vuestra desventura algún modo de piedad (de la que no acostumbra con ninguna persona) en alejaros de la vista de esta tierra, pues ya que no había remedio para que no sintierais tan grandes lástimas, á lo menos para no oirlas os le dió. ¡Cuitada de mí, que estoy hablando, y no veo que el viento lleva mis palabras, y que no me puede oir aquel á quien yo hablo!

«Bien sé que el escribir alguna cosa pide mucho reposo, y á mí me llevan de una parte á otra mis tristezas, y me es forzoso tomar las palabras que me dan, porque no estoy tan obligada á servir al ingenio como á mi dolor. De estas culpas se hallarán muchas en este librillo; culpas de mi mala ventura fueron todas. ¿Pero quién me manda mirar en culpas ni en disculpas? El libro ha de ser de quien va escrito en él. De las tristezas no se puede contar nada ordenadamente, porque desordenadamente acontecen ellas. Tampoco me importa que no las lea ninguno, porque yo escribo para uno solo ó para ninguno, pues de él, como dije, nada sé mucho ha. Ojalá me sea en algún tiempo otorgado que esta pequeña prenda de mis largos suspiros vaya ante sus ojos».

He transcrito casi íntegra esta sollozante elegía, donde las palabras parece que van empapadas en lágrimas, porque basta para dar idea del genio poético de Bernaldim Ribeiro, de su lírico y apasionado estilo, y de la profunda emoción á que debe su gloria.

Después de este misterioso preludio comienza la narración de la doncella, trasladándonos á un paisaje idílico, pero de tono gris y velado por la misma melancolía _saudosa_ que domina en toda la obra.

«Al despertarme uno de los días pasados vi cómo la mañana se alzaba hermosa y se extendía graciosamente por entre los valles, porque el sol, levantado hasta los pechos, venía tomando posesión de los oteros, como quien se quería enseñorear de la tierra. Las dulces aves, batiendo las alas, andaban buscándose unas á otras. Los pastores, tañendo sus flautas y rodeados de los rebaños, comenzaban á asomar por las cumbres. Para todos se mostraba alegre el día. Pero lo que hacía alegrar todas las cosas, á mí sola daba ocasión de estar triste, acordándome de algún tiempo que fué, y que ojalá nunca hubiese sido, y deseaba irme por lugares solitarios, donde me desahogase con suspirar.

«Y aun no era alto día cuando yo (parece que de propósito) determiné venir al pie de este monte que de arboledas grandes y verdes hierbas y deleitosas sombras está lleno, por donde corre todo el año un pequeño raudal de agua, cuyo ruido, en las noches calladas, hace en lo más alto de este monte un _soledoso_ tono, que muchas veces me quita el sueño, y otras muchas voy á lavar en él mis lágrimas, y otras muchas, infinitas, las torno á beber...

«Llegando á la orilla del río, miré para dónde había mejores sombras. Y me parecieron mejores las que estaban á la otra parte del río... Y pasé allá, y fuí á sentarme bajo la espesa sombra de un verde fresno que un poco más abajo estaba. Algunas de las ramas extendía por encima del agua, que allí hacía algún tanto de corriente, é impedida con un peñasco que en medio de ella estaba, se partía por uno y otro lado murmurando. Yo, que llevaba puestos los ojos allí, comencé á pensar que también en las cosas que no tienen entendimiento había esto de hacerse enojo las unas á las otras...

«No había pasado mucho tiempo en esta meditación, cuando sobre un verde ramo que por cima del agua se extendía, vino á posarse un ruiseñor y comenzó á cantar tan dulcemente que del todo me llevó detrás de sí mi sentido de oir. Y él cada vez crecía más en sus quejas, y cuando parecía que cansado quería acabar, tornaba á comenzarlas como antes. ¡Triste del avecilla que mientras se estaba así quejando, no sé cómo se cayó muerta sobre aquella agua! Cayendo por entre las ramas, muchas hojas cayeron también sobre ella.

«Parecióme aquello señal de pesar y de caso desastrado. Llevaba el avecilla el agua en pos de sí, y las hojas detrás de ella, y quisiera yo ir á cogerla; pero por la corriente que allí hacía y por el matorral que se extendía de allí para abajo cerca del río, prestamente se alejó de mi vista. El corazón me dolió tanto de ver muerto tan de repente á quien poco antes vi estar cantando, que no pude contener las lágrimas...

«Y estando así mirando para donde corría el agua, sentí pasos en la arboleda. Pensando que fuese otra cosa, tuve miedo; pero mirando hacia allá vi que se acercaba una mujer, y poniendo en ella bien los ojos, vi que era de cuerpo alto, disposición buena, y el rostro de señora del tiempo antiguo. Vestida toda de negro, en su manso andar y en sus graves meneos de cuerpo y de rostro y en su mirar parecía dama digna de acatamiento. Venía sola, y al parecer tan pensativa, que no apartaba los ramos de sí sino cuando le impedían el camino ó le herían el rostro. Y mientras se movía con vagarosos pasos, alentaba de vez en cuando con fatiga, como si fuese á rendir el alma».

Quién fuese la incógnita dama no llega á averiguarse nunca, porque el poeta huye de precisar nada: sólo sabemos que lloraba á su hijo, pero no es su historia la que cuenta, sino otro desastre que aconteció en aquella ribera mucho tiempo atrás, y que ella, siendo _menina_, había oído referir á su padre «por historia». ¡Y de qué modo tan delicioso y tan romántico la anuncia!

«Cuando yo era de vuestra edad y estaba en casa de mi padre, en las largas veladas de las espaciosas noches de invierno, entre las otras mujeres de la casa, unas hilando y otras devanando, muchas veces, para engañar el trabajo, ordenábamos que alguna de nosotras contase historias que no dejasen parecer tan larga la hila[661]; y una mujer de casa ya vieja, que había visto mucho y oído muchas cosas, como más anciana, decía siempre que á ella pertenecía aquel oficio. Y entonces contaba historias de caballeros andantes; y verdaderamente, las empresas y grandes aventuras en que ella contaba que se ponían por las doncellas, me hacían á mí tener piedad de ellos... ¡Cuántas doncellas comió ya la tierra con la soledad que les dejaron caballeros que come otra tierra con otras soledades![662]. Llenos están los libros de historias de doncellas que quedaron llorando por caballeros que se iban; y se acordaban todavía de dar de espuelas á sus caballos, porque no eran tan desamorados como ellos. En este cuento no entran los dos amigos de quien es la historia que antes os prometí. En ellos pienso yo que se encerraba la fe que en todos los otros se perdió, y creo que por eso ordenaron otros hombres matarlos á traición, malamente, porque no se parecían á ellos. Pero si muy de sentir fue la suerte de los dos, mucho más lo fue la de las dos tristes doncellas, á quienes su desventura trajo á tanto infortunio, que no solamente convino á los dos amigos tomar la muerte por ellas, sino que convino á ellas tomarla por sí mismas. Los dos amigos, en lo que hicieron, cumplieron con ellas y consigo mismos y con aquello á que eran obligados por la orden de caballería que profesaban; ellas sólo cumplieron con ellos, lo cual yo creo que es de mayor estima, y por tanto se debe tener más en cuenta».