Part 61
La voz _Abencerraje_ es de indudable origen arábigo: _Aben-as-Serrach_, el hijo del Sillero[585]. Esta poderosa milicia, de procedencia africana, interviene á cada momento en la historia granadina del siglo XV, ya imponiéndose á los emires de Granada, como una especie de guardia pretoriana, ya sosteniendo á diversos usurpadores y pretendientes del solio. Los reyes, á su vez, se vengaban y deshacían de ellos cuando podían. Los historiadores más próximos á la conquista y mejor enterados de lo que en Granada pasaba atribuyen á Abul-Hassán, no uno, sino varios degüellos de abencerrajes y de otros caballeros principales, hasta un número muy superior al de treinta y seis que da Pérez de Hita, quien, por lo demás, yerra únicamente en atribuir la matanza á Boabdil y no á su padre. Hernando de Baeza, intérprete que fué del Rey Chico, narra el caso en estos términos:
«Estando, pues, este rrey (Abul-Hassán) metido en sus vicios, visto el desconcierto de su persoua, levantaronse ciertos caballeros en el rreyno... y alzaron la obediencia del rrey, y hicieronle cruda guerra: entre los cuales fueron ciertos que decían Abencerrajes, que quiere decir los hijos del Sillero, los quales eran naturales de allende, y habian pasado en esta tierra con deseo de morir peleando con los christianos. Y en verdad ellos eran los mejores caballeros de la gineta y de lanza que se cree que ovo jamas en el rreyno de Granada: y aunque fueron casi los mayores señores del Reyno, no por eso mudaron el apellido de sus padres, que eran Silleros: porque entre los moros no suelen despreciarse los buenos y nobles por venir de padres officiales. El rey, pues, siguio la guerra contra ellos, y prendio y degollo muchos de los caballeros, entre los quales degollo siete de los abencerrajes; y degollados, los mandó poner en el suelo, uno junto con otro, y mandó dar lugar a que todos los que quisiesen los entrasen a ver. Con esto puso tanto espanto en la tierra, que los que quedaban de los Abencerrajes, muchos de ellos se pasaron en Castilla, y unos fueron a la casa del duque de Medina Sidonia, y otros a la casa de Aguilar, y ahi estuvieron haciendoles mucha honrra a ellos y a los suyos, hasta que el rrey chiquito, en cuyo tiempo se ganó Granada, rreynó en ella, que se volvieron a sus casas y haciendas: los otros que quedaron en el Reyno, poco a poco los prendio el rrey, y dizen que de solo los abencerrajes degollo catorze, y de otros caballeros y hombres esforzados y nombrados por sus personas fueron, según dizen, ciento veinte y ocho, entre los quales mató uno del Albaicin, hombre muy esforzado...»[586].
Pero no eran estas inauditas crueldades las primeras del emir Abul-Hassán. Otras había perpetrado antes, conforme refiere Hernando de Baeza; y por ellas se explica una creencia tradicional todavía en la Alhambra, y enlazada en la fantasía del pueblo con la matanza de los abencerrajes. Siendo todavía príncipe, prendió al rey Muley Zad, competidor de su padre, «y lo truxo al Alhambra, y el padre le mandó degollar, y ahogar con una _tovaja_ a dos hijos suyos de harto pequeña edad; y porque al tiempo que lo degollaron, _que fue en una sala que está a la mano derecha del quarto de los Leones, cayó un poco de sangre en una pila de piedra blanca, y estuvo alli mucho tiempo la señal de la sangre, hasta hoy los moros y los cristianos le dixen a aquella pila la pila en que degollaban a los reyes_»[587].
Ginés Pérez de Hita, aunque no habla de la mancha de sangre, dice que los treinta y seis abencerrajes fueron degollados _en la cuadra de los Leones, en una taza de alabastro muy grande_ (Cap. XIII). En esto pudo engañarle su fantasía, porque es difícil admitir que los abencerrajes penetrasen hasta el cuarto de los Leones, que pertenece á la parte más reservada del palacio árabe, es decir, al harem[588].
En la novelita de _Abindarraez y Jarifa_, muy anterior á las _Guerras Civiles de Granada_ (pues aun la refundición de Antonio de Villegas estaba hecha en 1551), se cuenta la matanza de los abencerrajes de un modo bastante próximo á la historia, sin hacer intervenir al rey Boabdil ni mentar para nada los amores de la Sultana ni el patio de los Leones. Verdad es que, en cambio, se hace remontar el suceso á la época de D. Fernando el de Antequera. Pero ya en este relato se ve á los abencerrajes presentados con la misma idealización caballeresca que en las novelas y en los romances posteriores[589].
Falta averiguar cómo pudo mezclarse el nombre de una reina de Granada en tal asunto, ajeno al parecer á toda influencia femenina. Pero creo que todo se aclara con este pasaje del juicioso y fidedigno historiador granadino Luis del Mármol Carvajal[590], que, aunque escribía á fines del siglo XVI, trabajaba con excelentes materiales: «Era Abil Hascén hombre viejo y enfermo, y tan sujeto a los amores de una renegada que tenia por mujer, llamada la Zoraya (no porque fuese este su nombre propio, sino por ser muy hermosa[591], la comparaban á la estrella del alba, que llamaron Zoraya), que por amor della había repudiado a la Ayxa, su mujer principal, que era su prima hermana, y con grandisima crueldad _hecho degollar algunos de sus hijos sobre una pila de alabastro que se ve hoy dia en los alcazares de la Alhambra en una sala del cuarto de los Leones_, y esto a fin de que quedase el reino a los hijos de la Zoraya. Mas la Ayxa, temiendo que no le matase el hijo mayor, llamado Abi Abdilehi o Abi Abdalá (que todo es uno), se lo habia quitado de delante, descolgandole secretamente de parte de noche por una ventana de la torre de Comares con una soga hecha de los alamaizares y tocas de sus mujeres; y _unos caballeros llamados los Abencerrajes_ habían llevadole a la ciudad de Guadix, queriendo favorecerle, porque estaban mal con el Rey _a causa de haberles muerto ciertos hermanos y parientes, so color de que uno dellos habia habido una hermana suya doncella dentro de su palacio_; mas lo cierto era que los queria mal porque eran de parte de la Ayxa, y por esto se temia dellos. Estas cosas fueron causa de que toda la gente principal del reino aborreciesen a Abil Hacén y contra su voluntad trajeron de Guadix a Abi Abdilehi su hijo, y estando un dia en los Alixares le metieron en la Alhambra, y le saludaron por rey; y cuando el viejo vino del campo no le quisieron acoger dentro, llamandole cruel, que habia muerto sus hijos y la nobleza de los caballeros de Granada».
El testimonio de Mármol, que siempre merece consideración aun tratándose de cosas algo lejanas de su tiempo, aparece confirmado en lo sustancial por el del famoso compilador árabe Almacari[592] y por el de Hernando de Baeza, que habla largamente de la rivalidad entre las dos reinas, y como cliente que era de Boabdil, trata muy mal á la _Romía_ (Zoraya), á la cual, por el contrario, tanto quiso idealizar Martínez de la Rosa en la erudita y soporífera novela que compuso con el título de _Doña Isabel de Solís_ (1837-1846).
Lo que sólo aparece en Mármol, y casi seguramente procedo de una tradición oral, verdadera ó fabulosa, es la intervención de los abencerrajes en favor de la sultana Aixa, y el pretexto que se dió para su matanza, es decir, los amores de uno de ellos con una hermana del Rey. De aquí al cuento de Pérez de Hita no hay más que un paso; dos actos feroces de Abul-Hassán, confundidos en uno solo y transportados al reinado de su hijo: los abencerrajes, partidarios de una sultana perseguida; una aventura amorosa atribuida primero á la hermana de Abul-Hassán, después á su mujer y por último á su nuera. Ginés Pérez no pudo aprovechar el libro de Mármol, que no se imprimió hasta el año 1600, pero pudo oir contar cosas parecidas á algún morisco viejo, y sobre ellas levantó la máquina caballeresca de la acusación y del desafío, que pudo tomar de cualquiera parte, pero á la cual logró dar cierta apariencia histórica, mezclando nombres de los más famosos en Murcia y Andalucía, y especialmente los del mariscal D. Diego de Córdoba y D. Alonso de Aguilar, de quienes vagamente se recordaba que el Rey de Granada les había otorgado campo para algún desafío.
De este modo se explican para mí lisa y llanamente los orígenes de esta famosa narración. Otras muchas cosas de las _Guerras Civiles de Granada_ proceden de fuentes poéticas; ésta no. Entre los romances fronterizos, uno sólo hay, el de «¡Ay de mi Alhama!» (de origen árabe, si hubiéramos de dar crédito á la declaración de Pérez de Hita), que alude rápidamente á la muerte de los abencerrajes, sin especificar la causa:
Mataste los Bencerrajes | que eran la flor de Granada.
Otros dos romances que trae el mismo Hita:
En las torres del Alhambra | sonaba gran vocerío... Caballeros granadinos, | aunque moros hijosdalgo...
son composiciones modernas, y probablemente suyas, hechas para dar autoridad á su prosa[593].
La mayor originalidad del libro de Pérez de Hita consiste en ser una crónica novelesca de la conquista de Granada, tomándola, no desde el real de los cristianos, sino desde el campo musulmán y la ciudad cercada. La discordia interior; está pintada con energía, y en el color local hay de todo: verdadero y falso. Los moros de Ginés Pérez de Hita, galantes, románticos y caballerescos, alanceadores de toros, jugadores de sortija, «blasonados de divisas como un libro de Saavedra»[594], según la chistosa expresión del Conde de Circourt, son convencionales en gran parte y no dejan de prestarse á la parodia y á la caricatura con sus zambras y saraos, sus marlotas y alquiceles, que allá se van con los cándidos pellicos y zampoñas de los pastores de las églogas. Pero en la novedad de su primera aparición resultaban muy bizarros y galanes; respondían á una generosa idealización que el pueblo vencedor hacía de sus antiguos dominadores, precisamente cuando iban á desaparecer del suelo español las últimas reliquias de aquella raza. Moros más próximos á la verdad hubieran agradado menos, y el éxito coronó de tal modo el tipo creado por Ginés Pérez de Hita y por los autores de romances moriscos, que se impuso á la fantasía universal, y hoy mismo, á pesar de todos los trabajos de los arabistas, es todavía el único que conocen y aceptan las gentes de mundo y de cultura media en España y en Europa. Esos moros son los del _Romancero General_, los de las comedias de Lope de Vega y sus discípulos, los de _la fiesta de toros_ de Moratín el padre[595], los de las novelas sentimentales de Mademoiselle de Scudéry (_Amahide_) y de Madame de Lafayette (_Zaïde_)[596], los del caballero Florián en su empalagoso y ridículo _Gonzalo de Córdoba_, los de Chateaubriand en el _Último Abencerraje_[597], los de Washington Irving en su crónica anovelada de la conquista de Granada[598], los de Martínez de la Rosa en _Doña Isabel de Solís_ y en _Moraima_[599]; son los moros de toda la literatura granadina anterior al poema de Zorrilla, donde la fantasía oriental toma otro rumbo, poco seguido después. Una obra como la de Hita, que con tal fuerza ha hablado á la imaginación de los hombres por más de tres centurias y ha trazado tal surco en la literatura universal, por fuerza ha de tener condiciones de primer orden. La vitalidad épica, que en muchas partes conserva; la hábil é ingeniosa mezcla de la poesía y de la prosa, que en otras novelas es tan violenta y aquí parece naturalísima; el prestigio de los nombres y de los recuerdos tradicionales, vivos aún en el corazón de nuestro pueblo; la creación de caracteres, si no muy variados, interesantes siempre y simpáticos; la animación, viveza y gracia de las descripciones, aunque no libres de cierta monotonía, así en lo bélico como en lo galante; la hidalguía y nobleza de los afectos; el espíritu de tolerancia y humanidad con los enemigos; la discreta cortesía de los razonamientos; lo abundante y pintoresco del estilo, hacen de las _Guerras Civiles de Granada_ una de las lecturas más sabrosas que en nuestra literatura novelesca pueden encontrarse.
Pero sobre las excelencias de su dicción, más expresiva que correcta y limada (porque al fin Ginés Pérez no era un retórico, sino un pobre soldado de mucha fantasía y mucho sentido poético), conviene rectificar una creencia admitida muy de ligero y fundada en un error ó más bien en una honesta superchería: «Una de las singularidades que más admiramos en Ginés Pérez de Hita (dice Aribau y han repetido otros) es que si se toma cualquier pasaje de su obra, nos parecerá escrito modernamente por una diestra pluma, después que el lenguaje ha participado del progreso de los conocimientos en materias ideológicas. Parece que adivinó el modo con que habían de hablar los españoles más de dos siglos después que él: rara palabra de las que usa se ha anticuado».
Hay una equivocación profunda en estas palabras del distinguido colector de los novelistas anteriores á Cervantes. Sin duda por no haber manejado ninguna edición antigua de las _Guerras Civiles_ cayó Aribau cándidamente en el lazo tendido por la experta mano del que cuidó de la reimpresión hecha por Amarita en 1833, y fué según mis noticias D. Serafín Estebánez Calderón. Es un texto el suyo completamente refundido y modernizado, sobre todo en la segunda parte, como ha advertido recientemente D. Rufino J. Cuervo[600]. Á esta versión así retocada, que es también la de la _Biblioteca de Autores Españoles_, le cuadran las palabras de Aribau; á la primitiva y auténtica no, porque Ginés Pérez peca muchas veces de desaliñado, y su estilo no es ni más ni menos moderno que el de cualquier contemporáneo suyo. Escribe en la excelente lengua de su tiempo, sin género de adivinación alguna.
La segunda parte carece del interés novelesco de la primera, y sin duda por eso fué reimpresa muy pocas veces y llegó á ser libro rarísimo[601]. Las poéticas tradiciones de los últimos tiempos del reino de Granada tenían que interesar más que las atrocidades de una rebelión de salteadores, en que las represalias de los cristianos estuvieron á la altura de la ferocidad de los moriscos. Con ser tan grandes las cualidades de narrador en Ginés Pérez de Hita, tenía que perjudicarle la inferioridad de la materia. Además, los romances que esta segunda parte contiene, escritos casi todos por él mismo, son meras gacetas rimadas, que repiten sin ventaja alguna lo que está dicho mucho mejor en la prosa[602]. Aun en ésta abusa demasiado de las arengas militares, y no faltan imitaciones, traídas con poco tino, de los poemas épicos de Virgilio y Ercilla (el combate de Dares y Entelo, la prueba del tronco); pero hay trozos bellísimos, como la patética historia del Tuzani de la Alpujarra, donde encontró Calderón el argumento de su drama _Amar después de la muerte_. Por lo ameno y florido, el primer libro de las _Guerras Civiles_ se llevará siempre la palma, pero nada hay en él que iguale á la arrogante semblanza del hercúleo marqués de los Vélez D. Luis Fajardo, que se lee en el capítulo IV de la Segunda parte. Bastaría esta página estupenda, que oscurece á las mejores de Guzmán y Pulgar, para poner á Ginés Pérez de Hita en primera línea entre los escritores españoles que han poseído en más alto grado el don de pintar con palabras y de dar vida perenne á las criaturas humanas cuyos hechos escriben[603].
Una idealización algo semejante á la que Ginés Pérez de Hita hizo de la historia granadina, imponiéndosela al mundo entero, tenemos respecto de la primitiva historia del Perú en los _Comentarios Reales_ del Inca Garcilaso de la Vega[604], obra que participa tanto del carácter de la novela como del de la historia, y que no sólo por lo pintoresco y raro de su contenido, sino por las singulares circunstancias de la persona de su autor, excitó en alto grado la curiosidad de sus contemporáneos y ha seguido embelesando á la posteridad. Garcilaso era el primer escritor americano de raza indígena que hacía su aparición en la literatura española. Nacido en el Cuzco en 1540, no era criollo, sino mestizo, hijo de un conquistador y de una india principal descendiente de Huayna Capac, y no estaba menos ufano de su ascendencia materna que de la paterna, gustando de anteponer el regio título de Inca á su muy castizo apellido[605]. Su educación había sido enteramente española y muy esmerada: desde los veinte años residió en la Península, pasando en Córdoba la mayor parte de su vida; pero por la ingenuidad del sentimiento y la extraordinaria credulidad, conservaba mucho de indio. Algo tardíamente se manifestó su vocación literaria, acaso porque en su juventud gustaba más, como él dice, «de arcabuces y de criar y hacer caballos que de escribir libros»; pero sus dotes de excelente prosista campean ya en la valiente versión que en 1590 publicó de los célebres _Diálogos de Amor_ de León Hebreo, mejorando en gran manera la forma desaliñada del texto italiano, que es traducción, al parecer, de un original español perdido. Pero la celebridad de Garcilaso, como uno de los más amenos y floridos narradores que en nuestra lengua pueden encontrarse, se funda en sus obras historiales, que mejor calificadas estarían (sobre todo la segunda) de historias anoveladas, por la gran mezcla de ficción que contienen: «_La Florida del Inca o Historia del Adelantado Hernando de Soto_»; los «_Comentarios Reales que tratan del origen de los Incas, reyes que fueron del Perú; de su idolatría, leyes y gobierno en paz y en guerra, de sus vidas y conquistas, y de todo lo que fue aquel Imperio y su República antes que los españoles pasaran á él_»; la «_Historia general del Perú, que trata el descubrimiento de él y cómo lo ganaron los españoles; las guerras civiles que hubo entre Pizarros y Almagros sobre la partija de la tierra; castigo y levantamiento de los tyranos, y otros sucesos particulares_».
La autoridad histórica del Inca Garcilaso ha decaído mucho entre los críticos modernos, y son muy pocos los americanistas que se atreven á hacer caudal de ella. Aun en las cosas de la conquista y de las guerras civiles es cronista poco abonado, porque salió muy joven de su tierra, y escribió, no á raíz de los sucesos, sino entrado ya el siglo XVII, dejándose guiar de vagos recuerdos, de relaciones interesadas, de anécdotas soldadescas y de un desenfrenado amor á todo lo extraordinario y maravilloso. Pero donde suelta las riendas á su exuberante fantasía es en los _Comentarios Reales_, libro el más genuinamente americano que en tiempo alguno se ha escrito, y quizá el único en que verdaderamente ha quedado un reflejo del alma de las razas vencidas. Prescott ha dicho con razón que los escritos de Garcilaso son una emanación del espíritu indio: «_an emanation from the indian mind_». Pero esto ha de entenderse con su cuenta y razón, ó más bien ha de completarse advirtiendo que aunque la sangre de su madre, que era prima de Atahualpa, hirviese tan alborotadamente en sus venas, él al fin no era indio de raza pura, y era además neófito cristiano y hombre de cultura clásica, por lo cual las tradiciones indígenas y los cuentos de su madre tenían que experimentar una rara transformación al pasar por su mente semibárbara, semieducada. Así se formó en el espíritu de Garcilaso lo que pudiéramos llamar la novela peruana ó la leyenda incásica, que ciertamente otros habían comenzado á inventar, pero que sólo de sus manos recibió forma definitiva, logrando engañar á la posteridad, por lo mismo que había empezado engañándose á sí mismo, poniendo en el libro toda su alma crédula y supersticiosa. Los _Comentarios Reales_ no son texto histórico: son una novela tan utópica como la de Tomás Moro, como la _Ciudad del Sol_ de Campanella, como la _Oceana_ de Harrington; pero no nacida de una abstracción filosófica, sino de tradiciones oscuras, que indeleblemente se grabaron en una imaginación rica, pero siempre infantil. Allí germinó él sueño de un imperio patriarcal y regido con riendas de seda, de un siglo de oro gobernado por una especie de teocracia filosófica. Garcilaso hizo aceptar estos sueños por el mismo tono de candor con que los narraba, y la sinceridad, á lo menos relativa, con que los creía, y á él somos deudores de aquella ilusión filantrópica que en el siglo XVIII dictaba á Voltaire su _Alzira_ y á Marmontel su fastidiosísima novela de _Los Incas_, y que en el canto triunfal de Olmedo en honra de Bolívar evocaba tan inoportunamente, en medio del campo de Junín, la sombra de Huayna Capac, para felicitar á los descendientes de los que ahorcaron á Atahualpa. Para lograr tan persistente efecto se necesita una fuerza de imaginación muy superior á la vulgar, y es cierto que el Inca Garcilaso la tenía tan poderosa cuanto deficiente era su sentido crítico. Como prosista es el mayor nombre de la literatura americana colonial; él y Alarcón, los dos verdaderos clásicos nuestros nacidos en América.
Trabajo cuesta descender de la apacible lección de tales maestros de nuestra prosa narrativa como fueron Ginés Pérez de Hita y el Inca Garcilaso al torpe y grosero matorral de fábulas con que escritores sin ciencia ni conciencia, sin arte ni estilo, de los cuales ya hemos visto un _specimen_ en Miguel de Luna, afearon los anales eclesiásticos y civiles de España abriendo tristísimo paréntesis entre la era clásica de los Zuritas y Morales y la era crítica de los Mondéjares y Antonios, que tantos monstruos tuvieron que exterminar en el campo de nuestra historia, dejando aun así reservado para el P. Flórez el lauro mayor y lo más arduo y peligroso de la empresa. La literatura seudo-histórica del siglo XVII, que por otra parte ha tenido ya magistral y ameno cronista[606], no nos incumbe en su mayor parte, tanto porque traspasa el límite cronológico que en este trabajo nos hemos impuesto, cuanto por la falta de imaginación y de sentido literario que sus autores mostraron, y aun por la lengua en que comúnmente escribían. Ni los plomos granadinos, ni los falsos cronicones de Dextro, Marco Máximo, Luitprando y Julián Pérez, abortos del cerebro delirante del P. Román de la Higuera; ni los de Hauberto Hispalense y Walabonso Merio, compilaciones todavía más degeneradas de Lupián Zapata; ni el cronicón gallego de D. Servando, supuesto confesor de los reyes D. Rodrigo y D. Pelayo; ni otros escritos apócrifos menos divulgados, tienen nada que ver con la historia de la novela, aunque sea ficción casi todo lo que en ellos se contiene. Pero son ficciones descaradas é impudentes, nacidas al calor de un falso celo religioso, de un extraviado sentimiento de patriotismo local, de una estúpida vanidad genealógica ó de torpes móviles de lucro y codicia, no de un propósito de amenidad y recreación sin pecado, como el que había dado vida á las lozanísimas páginas del moro Aben Hamin, historiador no menos fidedigno que el propio Cide Hamete Benengeli. Estos inocentes juegos de la fantasía poética son cosa bien diversa de aquella aberración mental y moral que llenó de santos falsos ó trasladados caprichosamente de Grecia y Asia los fastos de nuestras iglesias, corrompió nuestros episcopologios, profanó con insulsas fábulas los libros de rezo y llevó su audacia hasta adulterar feamente antiguos códices é inscripciones venerables.