Orígenes de la novela, Tomo I

Part 60

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Á algunos críticos ha parecido demasiado radical la tesis del doctor Landmann. El joven erudito norteamericano Garrett Underhill, á quien debemos un libro muy interesante sobre la influencia española en la literatura inglesa del siglo XVI, se inclina á no admitir conexión directa entre Lily y Guevara, si bien reconoce semejanzas ocasionales entre el _Euphues_ y el _Libro Aureo_, además de las que son debidas á la imitación que Lily hizo del estilo de Pettie, que era un guevarista. Los hubo muy anteriores á él, como Sir Thomas Elyot, embajador en la corte de Carlos V, autor de una _Image of gouernance compiled of the acts and sentences of the most noble emperour Alexander Seuerus_ (1540), que es una imitación manifiesta del _Libro Aureo_ y se finge como él traducida del griego. El crítico á quien nos referimos dedica un capítulo entero á lo que llama _el grupo de Guevara_ en la corte de Enrique VIII[567]. Con este grupo comenzó el estudio de la literatura española en Inglaterra. Las obras del obispo de Mondoñedo fueron las primeras que se tradujeron é imitaron, sin que haya antes otra cosa que una adaptación de los cuatro primeros actos de la _Celestina_, atribuida á John Rastell. Al frente de los admiradores cortesanos de Guevara figuran el segundo Lord Berners (John Bourchier), á quien llaman algunos «padre putativo del eufuismo», que fué el primer traductor del _Marco Aurelio_, y su sobrino Sir Francis Bryan, que trasladó al inglés el _Menosprecio de la corte y alabanza de la aldea_. Uno y otro se valieron de las traducciones francesas, aunque Berners había estado de embajador en España. Las de Sir Thomas North (_Relox de Principes_, _Aviso de Privados_), que pertenecen al tiempo de la reina María, y las de Eduardo Hellowes, que son del reinado de Isabel, están sacadas del original, á lo menos en parte. Es muy interesante saber que la influencia de Guevara empezó á declinar en los últimos años del siglo XVI, sucediendo á sus obras en la estimación del público inglés las de fray Luis de Granada, que fué más leído y traducido que ningún otro autor español, salvo el nuestro.

El triunfo de la espontánea y arrebatadora grandilocuencia del venerable dominico sobre el artificio del predicador cortesano fué completo después de 1582, en que apareció la primera traducción de las _Meditaciones_. Pero Guevara se sobrevivió en sus imitadores, no sólo en Lily y en su precursor Pettie, sino en Jerónimo Painter, que insertó en su colección novelística _Palace of pleasure_ cinco de las supuestas cartas de Plutarco y Trajano inventadas por nuestro obispo, y en los dos principales _eufuistas_ Tomás Lodge y Roberto Greene. La sugestión ejercida por las obras y por el inmenso prestigio de Guevara, á quien Thomas North ponía por encima de todos los escritores modernos, opinión que fué la dominante en Inglaterra durante poco menos de una centuria, no debe tenerse por causa única de la aparición de esta escuela, pero se combinó con ciertas tendencias extravagantes del humanismo inglés, para favorecer el desarrollo del nuevo estilo, cuya analogía de procedimientos con el del obispo de Mondoñedo es obvia.

Abundan en la literatura alemana las traducciones de Guevara por Egidio Albertino y otros intérpretes, siendo memorable también la espléndida edición latina del _Relox de Príncipes_, acrecentada con innumerables aforismos y notas que mandó hacer en 1611 el duque de Sajonia Federico Guillermo. Pero no sabemos que lograse allí tan notables imitadores, como los tuvieron Quevedo y Gracián en Moscherosch y otros satíricos y moralistas del siglo XVII. Durante aquella centuria fué declinando en toda Europa el astro de Marco Aurelio, hasta quedar definitivamente eclipsado cuando apareció otra invención pedagógico-política, en que las reminiscencias de la _Cyropedia_ se combinaban con las de la _Odisea_. El filósofo emperador sucumbió á manos del joven Telémaco, pero después de haber tenido una dominación de las más dilatadas que recuerda la historia literaria, y que seguramente estaban lejos de adivinar el bachiller Rhua cuando descargaba sobre el obispo de Mondoñedo la formidable maza de su crítica y D. Diego de Mendoza cuando escribía la chistosa carta de Marco Aurelio á Feliciano de Silva, burlándose del estilo de uno y otro y confundiéndolos con notoria injusticia[568]. Con lo cual se comprueba una vez más que nadie es profeta en su patria.

Á muy diverso campo que el de la historia seudoclásica nos trasladan las preciosas narraciones de asunto granadino que en el siglo XVI nacieron al calor de los romances fronterizos, última y espléndida corona de nuestra musa popular, que en ellos se mostró á un tiempo espontánea y artística, enriquecida con los progresos de la poesía culta y libre de sus amaneramientos, clásica, en fin, si se la compara con la de los rudos é inexpertos cantores de otros tiempos. En estas bellas rapsodias épicas están inspiradas las dos casi únicas[569], pero muy notables tentativas de novela morisca que debemos á nuestros ingenios del siglo XVI: la _Historia de Abindarráez y Jarifa_ y las _Guerras civiles de Granada_, cuyos autores hicieron con la poesía narrativa más próxima á su tiempo una transformación análoga á la que había intentado Pedro del Corral respecto de la epopeya más antigua.

La anécdota del Abencerraje pasa generalmente por auténtica, y nada tiene de inverosímil ni de extraordinaria en sí misma, aunque el primer historiador propiamente tal que la menciona es Gonzalo Argote de Molina[570], á quien su romántica fantasía hacía demasiado crédulo para todo género de leyendas caballerescas. De todos modos, el principal personaje, Rodrigo de Narváez, es enteramente histórico, y Hernando del Pulgar le dedica honrosa conmemoración en el título XVII de sus _Claros varones de Castilla_: «¿Quién fue visto ser más industrioso ni más acepto en los actos de la guerra que Rodrigo de Narvaez, caballero fijodalgo, a quien por notables hazañas que contra los moros hizo le fue cometida la cibdad de Antequera, en la guarda de la qual, y en los vencimientos que hizo a los Moros, ganó tanta fama y estimacion de buen caballero, que ninguno en sus tiempos la ovo mayor en aquellas fronteras?» Pero ni el cronista de la Reina Católica ni Ferrant Mexía, el autor del _Nobiliario Vero_ (1492), que se gloriaba de contar entre sus parientes á Narváez, á quien llama «caballero de los bienaventurados que ovo en nuestros tiempos, desde el Cid acá, batalloso e victorioso» (lib. II, cap. XV), se dan por enterados de su célebre acto de cortesía con el prisionero abencerraje. Es cierto que al fin de la _Historia de los Árabes_ de D. José Antonio Conde se estampa, con el título de _Anécdota curiosa_[571], este mismo cuento, y aun se añade que «la generosidad del alcaide Narváez fue muy celebrada de los buenos caballeros de Granada y _cantada en los versos de los ingenios de entonces_». Pero semejante noticia tiene trazas de ser una de las muchas invenciones y fábulas de que está plagado el libro de Conde, y por otra parte, basta leer su breve relato de la aventura para comprender que no está traducido de ningún texto arábigo, sino extractado de cualquiera de las novelas castellanas que voy á citar inmediatamente. Arrastrado quizá por la autoridad que en su tiempo se concedía á la obra de Conde, y más aún por el justo crédito del genealogista Argote, todavía D. Miguel Lafuente Alcántara, en su elegante _Historia de Granada_[572], dió cabida á la anécdota del moro. Y sin embargo, bien puede sospecharse que Argote no conocía la historia de los amores de Abindarráez más que por el _Inventario_ de Villegas, á quien cita, ni Conde más que por ese mismo libro, ó más probablemente por la _Diana_ de Montemayor.

Pasando, pues, del dominio de la historia al de la amena literatura, nos encontramos con dos narraciones novelescas, casi idénticas en lo sustancial, y que á primera vista pueden parecer copia la una de la otra. La más breve, la más sencilla, la que con toda justicia puede considerarse como un dechado de afectuosa naturalidad, de delicadeza, de buen gusto, de nobles y tiernos afectos, en tal grado que apenas hay en nuestra lengua escritura corta de su género que la supere, es la que fué impresa por dos veces en la miscelánea de verso y prosa que, con el título de _Inventario_, publicó un tal Antonio de Villegas en Medina del Campo. La primera edición de este raro libro es de 1565, la segunda de 1577; pero consta en ambas que la licencia estaba concedida desde 1551, circunstancia muy digna de tenerse en cuenta por lo que diremos después[573].

Algo amplificada esta historia, escrita con más retórica y afeada con unas sextinas de pésimo gusto, sé encuentra inoportunamente intercalada en el libro IV de la _Diana_ de Jorge de Montemayor; pero entiéndase bien: no en las primeras ediciones, sino en las posteriores al mes de febrero de 1561, en que Montemayor fué muerto violentamente en el Piamonte. El plagio ó superchería se cometió poco después de su muerte por impresores codiciosos de engrosar el volumen del libro con éstas y otras impertinentes adiciones, que ya figuran en una edición de Valladolid, comenzada en el mismo año de 1561 y terminada en 7 de enero de 1562. De allí pasaron á todas las posteriores, que son innumerables[574].

Basta comparar el texto malamente atribuido á Jorge de Montemayor con el de Villegas para ver que el primero está calcado de una manera servil sobre el segundo. Poco importa saber quién hizo tal operación, ni es grave dificultad que la _Diana_ de Valladolid estuviese ya impresa en 1561 y el _Inventario_ no lo fuese hasta 1565, pues sabemos que estaba aprobado desde 1551. El autor, por motivos que se ignoran, dejó pasar quince años sin hacer uso de la cédula regia, con lo cual vino á caducar ésta y tuvo que solicitar otra. Pudo llegar el manuscrito á manos de muchos, y pudo el impresor Francisco Fernández de Córdoba, ó cualquier otro, copiar de él la historia del _Abencerraje_ para embutirla en la _Diana_; pero si tal cosa sucedió, ¿no parece extraño que Antonio de Villegas, vecino de Medina del Campo, y que debía de estar muy enterado de lo que pasaba en la vecina Valladolid, no hubiese reivindicado de algún modo la paternidad de obra tan linda? El silencio que guarda es muy sospechoso, y unido á otros indicios que casi constituyen prueba plena, me obligan á afirmar que tampoco él es autor original del _Abencerraje_.

Ante todo, le creo incapaz de escribirle. Hay en el _Inventario_ algunos versos cortos agradables, en la antigua manera de coplas castellanas; pero la prosa de una novelita pastoril que allí mismo se lee, con el título de _Ausencia y soledad de amor_, forma perfecto contraste, por lo alambicada, conceptuosa y declamatoria, con el terso y llano decir, con la sencillez casi sublime de la historia de los amores de Jarifa. Es humanamente imposible que el que escribió la primera pueda ser autor de la segunda. Villegas es tan plagiario como el refundidor de la versión impresa con la _Diana_.

Existe, en efecto, un rarísimo opúsculo gótico sin año ni lugar (probablemente Zaragoza), cuyo título dice así: _Parte de la Cronica del inclito infante D. Fernando que ganó a Antequera: en la qual trata cómo se casaron a hurto el Aberdarraxe_ (sic)

_Abindarraez con la linda Xarifa, hija del Alcayde de Coin, y de la gentileza y liberalidad que con ellos usó el noble Caballero Rodrigo de Narbaez, Alcaide de Antequera y Alora, y ellos con él_. Es anónimo este librillo, y va encabezado con la siguiente dedicatoria:

«Al muy noble y muy magnifico señor el Sr. Hieronymo Ximenez Dembun, señor de Bárboles y Huytea, mi señor.

«Como yo sea tan aficionado servidor de vuestra merced, muy noble y muy magnifico señor, como de quien tantas mercedes tengo recebidas, y a quien tanto debo; deaseando que se ofresciese alguna cosa en que me pudiese emplear para demostrar y dar señal desta mi aficion; _habiendo estos dias pasados llegado a mis manos esta obra o parte de cronica que andaba oculta y estaba inculta, por falta de los escriptores_, procuré, con fin de dirigirla a vuestra merced, lo menos mal que pude sacarla a luz, enmendando algunos defectos della. _Porque en partes estaba confusa y no se podia leer, y en otras estaba defectiva, y las oraciones cortadas, y sin dar conclusion a lo que trataba_, de tal manera que aunque el suceso era apacible y gracioso, _por algunas impertinencias que tenia, la hacian aspera y desabrida_. Y hecha mi diligencia, como supe, comuniquéla a algunos mis amigos, y pareciome que les agradaba: y asi me aconsejaron y animaron a que la hiziese imprimir, mayormente por ser obra acaescida en nuestra España...».

Esta crónica, aunque ha llegado á nosotros incompleta en el único ejemplar que de ella existe, ó existía en tiempos de Gallardo, concuerda, según declaración del mismo erudito, con el texto de Antonio de Villegas, que no hizo más que retocar y modernizar algo el lenguaje. Y realmente, en las primeras líneas, qué Gallardo transcribe como muestra, no se advierte ningún variante de importancia[575].

Consta, por tanto, que antes de 1551, en que Villegas tenía dispuesto para salir de molde su _Inventario_, corría por España una novela del moro Abindarráez igual á la que él dió por suya, y que tampoco aquélla era original, sino refundición de un _pedazo de Crónica_ que andaba _oculta, inculta y defectiva_, y que muy bien podía remontarse al siglo XV, aunque no la creemos anterior al tiempo de los Reyes Católicos, por el anacronismo de suponer á Rodrigo de Narváez alcaide de Álora, que no fué conquistada hasta la última guerra contra los moros granadinos.

Muy natural parece que la hazaña de Rodrigo de Narváez, antes de ser contada en prosa, diera tema á algunos romances fronterizos, y quizás pueda tenerse por rastro de ellos el cantarcillo no asonantado que Villegas pone en boca del moro antes de su encuentro con Narváez:

Nascido en Granada, Criado en Cartama, Enamorado en Coín, Frontero de Alora.

Pero los romances que hoy tenemos sobre este argumento, todos, sin excepción, son artísticos, y han salido del Inventario ó de la _Diana_, principalmente de esta última. Abre la marcha el librero valenciano Juan de Timoneda con el interminable y prosaico _Romance de la hermosa Jarifa_, inserto en su _Rosa de amores_ (1573); siguióle, aunque con menos pedestre numen, el _escriptor_ ó escribiente de la Universidad de Alcalá de Henares Lucas Rodríguez, que en su _Romancero Historiado_ (1579) tiene dos composiciones sobre el asunto: le trató luego con gran prolijidad Pedro de Padilla, versificando en cinco romances el texto atribuido á Montemayor, trabajo tan excusado como baladí (1583); Jerónimo de Covarrubias Herrera, vecino de Rioseco, se limitó á un solo _romance de Rodrigo de Narváez_, que insertó en su novela pastoril _La Enamorada Elisea_ (1594). Todo esto apenas pertenece á la poesía; pero no sucede lo mismo con un romance anónimo, de poeta culto, que comienza así:

Ya llegaba Abindarráez--á vista de la muralla...

y con otro que puso Lope de Vega en la _Dorotea_:

Cautivo el Abindarráez--del alcaide de Antequera...[576]

Todas estas variaciones sobre un mismo tema poético prueban su inmensa popularidad, á la cuál puso el sello Cervantes, haciendo recordar á D. Quijote, entre los desvaríos de su imaginación, después de la aventura de los mercaderes toledanos (Parte primera, cap. V), «las mismas palabras y razones que el cautivo Abencerraje respondía á Rodrigo de Narvaez, del mismo modo que él habia leido la historia en la _Diana_ de Jorge de Montemayor, donde se escribe». Después de tan alta cita, huelga cualquiera otra; pero no quiero omitir la indicación de un poema en octavas reales y en diez cantos, tan tosco é infeliz como raro, que compuso en nuestra lengua un soldado italiano, Francisco Balbi de Correggio (1593), con el título de _Historia de los amores del valeroso moro Abinde-Arraez y de la hermosa Xarifa_[577].

Ninguna de estas versificaciones, ni siquiera la linda comedia de Lope de Vega _El remedio en la desdicha_[578], que por el mérito constante de su estilo, por la nobleza de los caracteres, por la suavidad y gentileza en la expresión de afectos, por el interés de la fábula, y aun por cierta regularidad y buen gusto, tiene entre las comedias _de moros y cristianos_ de nuestro antiguo repertorio indisputable primacía, puede disputar la palma á la afectuosa y sencilla narración del autor primitivo. El verdadero lenguaje del amor que, con tan inútil empeño las más de las veces, buscaron los autores de novelas sentimentales y pastoriles, extraviados por la retórica de Boccaccio y de Sannazaro, suena como deliciosa música en los coloquios de Jarifa y Abindarráez. ¡Y qué bizarro alarde y competencia de hidalguía y generosidad entre el moro y el cristiano! La historia de Abindarráez fué el tipo más puro, así como fué el primero, de la novela granadina, cuya descendencia llega hasta el _Último Abencerraje_, de Chateaubriand. Con candoroso, pero no irracional entusiasmo, pudo escribir D. Bartolomé Gallardo en su ejemplar del _Inventario_, al fin de las páginas que contienen el cuento de Jarifa: «Esto parece que está escrito con pluma del ala de algun angel».

Lo que había hecho en lindísima miniatura el autor, quien quiera que fuese, del _Abencerraje_, lo ejecutó en un cuadro mucho más vasto el murciano Ginés Pérez de Hita en su célebre libro de las _Guerras civiles de Granada_, cuya primera parte, que es la que aquí mayormente nos interesa, fué impresa en Zaragoza, en 1595, con el título de _Historia de los bandos de los Zegríes y Abencerrajes... agora nuevamente sacada de un libro arabigo, cuyo autor de vista fue un moro llamado Aben Hamin, natural de Granada_. La segunda parte, concerniente á la rebelión de los moriscos en tiempo de Felipe II, es historia anovelada y en parte, memorias de las campañas de su autor, obra verídica en el fondo, como se reconoce por la comparación con las legítimas fuentes históricas, con Mármol y Mendoza. Pero la primera parte, única que hizo fortuna en el mundo (aunque la segunda, por méritos distintos, también lo mereciese), es obra de otro carácter: es una novela histórica, y seguramente la primera de su género que fué leída y admirada en toda Europa, abriendo á la imaginación un nuevo mundo de ficciones.

Nadie puede tomar por lo serio el cuento del original arábigo de su obra, que Ginés Pérez de Hita inventó[579] á estilo de lo que practicaban los autores de libros de caballerías; su misma novela indica que no estaba muy versado en la lengua ni en las costumbres de los mahometanos, puesto que acepta etimologías ridículas, comete estupendos anacronismos y llega á atribuir á sus héroes el culto de los ídolos («un Mahoma de oro») y á poner en su boca reminiscencias de la mitología clásica. Pero sería temerario dar todo el libro por una pura ficción. Otras muchas novelas se han engalanado con el calificativo de históricas sin merecerlo tanto como ésta. Histórico es el hecho de las discordias civiles que enflaquecieron el reino de Granada y allanaron el camino á la conquista cristiana. Histórica la existencia de la tribu de los Abencerrajes y el carácter privilegiado de esta milicia. Histórico, aunque no con las circunstancias que se supone, ni por orden del monarca á quien Hita le atribuye, el degüello de sus principales jefes. Aun el peligro en que se ve la Sultana parece nacido de alguna vaga reminiscencia de las rivalidades de harem entre las dos mujeres de Abul-Hassán (el Muley Hazén de nuestros cronistas): Zoraya (D.ª Isabel de Solís) y Aixa, la madre de Boabdil. La acusación de adulterio, la defensa de la Reina por cuatro caballeros cristianos, es claro que pertenece al fondo común de la poesía caballeresca; y sin salir de nuestra casa, le encontramos en la defensa de la Emperatriz de Alemania por el conde de Barcelona Ramón Berenguer (véase la crónica de Desclot), en la de la Reina de Navarra por su entenado D. Ramiro (véase la _Crónica general_), en la de la duquesa de Lorena por el rey D. Rodrigo, según se relata en la _Crónica_ de Pedro del Corral. Pero aun siendo falso el hecho, y contradictorio con las costumbres musulmanas, todavía la circunstancia de intervenir D. Alonso de Aguilar es como un rayo de luz que nos hace entrever la vaga memoria que á fines del siglo XVI se conservaba del reto que á aquel magnate cordobés, de triste y heroica memoria, dirigió su primo el Conde de Cabra, dándoles campo franco el rey de Granada Muley Hazén, según consta en documentos que son hoy del dominio de los eruditos[580]. Aun por lo que toca á los juegos de toros, cañas y sortijas, al empleo de blasones, divisas y motes, y al ambiente de galantería que en el libro se respira, y que parece extraño á las ideas y hábitos de los sarracenos, ha de tenerse en cuenta que el reino granadino, en sus postrimerías y aun mucho antes, estaba penetrado por la cultura castellana, puesto que ya en el siglo XIV podía decir Aben-Jaldún que «los moros andaluces se asemejaban á los gallegos (es decir, á los cristianos del Norte) en trajes y atavíos, usos y costumbres, llegando al extremo de poner imágenes y simulacros en el exterior de los muros, dentro de los edificios y en los aposentos más retirados»[581].

La elaboración de la _Historia de los Bandos_ fácilmente se explica sin salir del libro mismo, ni conceder crédito alguno á la invención del original arábigo de Aben-Hamin, no menos fantástico que el de Cide Hamete Benengeli[582]. Á cada momento cita é intercala Ginés Pérez, en apoyo de su relación, romances fronterizos del siglo XV, históricos á veces y coetáneos de los mismos hechos que narran. Y con frecuencia también resume ó amplifica en prosa el contenido de otros romances mucho más modernos y de diverso carácter: los llamados _moriscos_, que á fines del siglo XVI se componían en gran número; género convencional y artificioso, cuanto animado y brillante, que Pérez de Hita no inventó, pero á cuya popularidad contribuyó más que nadie con su libro. Con este material poético mezcló algo de lo que cuentan los historiadores castellanos, Pulgar y Garibay especialmente, que son casi los únicos á quienes menciona. Y sin duda se aprovecharía también del conocimiento geográfico que adquirió del país cuando anduvo por él como soldado contra los moriscos[583], y quizá de tradiciones orales, y por tanto algo confusas, que corrían en boca del vulgo, en los reinos de Granada y Murcia. Á esta especie de tradición familiar puede reducirse el personaje de aquella Esperanza de Hita, que había sido esclava en Granada y cuyo testimonio invoca á veces nuestro apócrifo é ingenioso cronista, á menos que no sea pura invención suya para enaltecer su apellido[584].

Compuesta de tan varios y aun heterogéneos elementos, la novela de Ginés Pérez no podía tener gran unidad de plan, y realmente hay en ella bastantes capítulos episódicos y desligados, que se refieren por lo común á lances, bizarrías y combates singulares de moros y cristianos en la vega de Granada. Son los principales héroes de estas aventuras el valiente Muza, el Maestre de Calatrava D. Rodrigo Téllez Girón, Malique Alabéz, D. Manuel Ponce de León y el áspero y recio Albayaldos. El estrépito de los combates se interrumpe á cada momento con el de las fiestas. Pero la acción principal es sin dudad la catástrofe de los abencerrajes, leyenda famosa, cuyos datos conviene aquilatar.