Part 59
Aunque la singular fisonomía de Xenofonte, á un tiempo filósofo socrático y jefe de bandas mercenarias, no se haya reproducido totalmente en ningún escritor de los que han florecido fuera de las extrañas condiciones históricas en que tal tipo fué posible, todavía es de los autores clásicos que parcialmente han influido más en la cultura de los pueblos modernos. Á ello han contribuido la forma popular y accesible de sus obras, lo interesante, simpático y á veces familiar de sus asuntos, la candorosa nobleza de su estilo, aquella templada y suave armonía de cualidades que hacen de él uno de los dechados más perfectos de la urbanidad ática en su mejor tiempo, por lo mismo que en ciertas condiciones superiores, todavía más humanas que griegas, cede á Platón y á tantos otros. La mediana elevación de su pensamiento, el buen sentido constante, la honradez benévola pero no exenta de cálculo, unidas á cierto grado de elevación moral y de sinceridad religiosa, hacen sobremanera deleitables sus enseñanzas, vertidas en una forma que es un prodigio de naturalidad elegante y graciosa.
No tiene la _Cyropedia_ la deliciosa sencillez de la _Anabasis_ (dechado de narraciones militares), cuyo estilo fluye con la limpieza de un arroyo transparente. Es obra mucho más retórica, y pertenece á un género híbrido de historia y de novela. Los antiguos la consideraron siempre como historia ficticia[553], y sólo en tiempos sin crítica se la pudo estimar como documento fehaciente. Entre las novelas es la más antigua de las pedagógico-políticas, y aunque escrita por un ciudadano ateniense, rebosa de espíritu monárquico. Enfrente del ideal de perfecta república comunista soñado por Platón y de sus poéticos ensueños sobre las tierras atlánticas, el espíritu aristocrático de Xenofonte se complace en trazar el ideal del príncipe perfecto, mezclando reminiscencias de Persia y de Lacedemonia. Algunos admirables trozos, como la dulcísima historia de Abradato y Panthea, ó el testamento de Cyro, apenas bastan para compensar la fatiga con que se leen los innumerables razonamientos é instrucciones políticas y morales que llenan lo restante del libro. Tal como es, en él comienza un género muy cultivado en las literaturas modernas, y cuyo más antiguo ejemplar pertenece á la nuestra del Renacimiento.
El _Libro llamado Relox de Principes_, más generalmente conocido por _Libro Aureo del emperador Marco Aurelio_, aunque no fué impreso con anuencia de su autor hasta 1529[554], era muy conocido antes en copias manuscritas, y había tenido varias ediciones fraudulentas, siendo además usurpados por impudentes plagiarios algunos de sus mejores fragmentos, de todo lo cual se queja amargamente en su prólogo el ingeniosísimo cronista y predicador de Carlos V, que era entonces obispo electo de Guadix y luego lo fué de Mondoñedo[555]. La aparición de éste su primer libro fué uno de los grandes acontecimientos literarios de aquella corte y de aquel siglo, tanto en España como en toda Europa. Fué tan leído como el _Amadís de Gaula_ y la _Celestina_, y es cuanto puede encarecerse. Se multiplicaron sus ediciones en latín, en italiano, en francés, en inglés, en alemán, en holandés, en danés, en húngaro, en casi todas las lenguas vulgares de Europa, y todavía en el siglo XVIII hubo quien le tradujese al armenio. Tuvo panegiristas excelsos y encarnizados detractores. Fué la biblia y el oráculo de los cortesanos, y el escándalo de los eruditos. Hoy yace en el olvido más profundo. En realidad, ni una cosa ni otra merecía. El _Marco Aurelio_ no es la mejor obra de Guevara: vale mucho menos que sus epístolas tan graciosas y tan embusteras, según frase del P. Isla; vale menos que sus tratados cortos de moral mundana, como el _Menosprecio de la corte_ y el _Aviso de privados_. Pero Guevara es un escritor de primer orden, uno de los grandes prosistas anteriores á Cervantes, y no hay rasgo de su pluma que no merezca atención, cuanto más este libro que era el predilecto suyo, el que trabajó con más esmero y el que más ruido hizo entre sus contemporáneos.
¿Influyó algo en esto el que se le tuviese por historia verdadera del emperador Marco Aurelio y por epístolas auténticas de aquel emperador las que contiene? Creemos que no. La ficción era demasiado transparente para que nadie de mediano juicio cayese en engaño. Ya antes de imprimirse el _Relox de príncipes_, negaban muchos la autenticidad de tales cartas; y la parte del prefacio en que Guevara les contesta, alegando el testimonio del códice que le habían traído de Florencia, está escrita en tono de burlas, y sirve para confirmar lo mismo que niega: «Muchos se espantan en oir dotrina de Marco Aurelio, diziendo que cómo ha estado oculta hasta este tiempo, y que yo de mi cabeza la he inventado... Los que dizen que yo solo compuse esta dotrina, por cierto yo les agradezco lo que dizen, aunque no la intención con que lo dizen, porque a ser verdad que tantas y tan graves sentencias haya yo puesto de mi cabeza, una famosa estatua me pusieran los antiguos en Roma. Vemos en nuestros tiempos lo que nunca vimos, oimos lo que nunca oimos, experimentamos un nuevo mundo, y por otra parte maravillámonos que de nuevo se halle ahora un libro». Y como si no bastase el hallazgo del códice Florentino, nos anuncia á continuación otro no menos prodigioso que le habían enviado de Colonia: el de los diez libros _de Bello Cantabrico_, escritos nada menos que por el emperador Augusto; y añade con sorna: «Si por caso tomasse trabajo de traducir aquel libro, como _son pocos los que le han visto_, también dirian dél lo que dizen de Marco Aurelio».
Todos los libros profanos de Fr. Antonio de Guevara, sin excepción alguna, están llenos de citas falsas, de autores imaginarios, de personajes fabulosos, de leyes apócrifas, de anécdotas de pura invención, y de embrollos cronológicos y geográficos que pasman y confunden. Aun la poca verdad que contienen está entretejida de tal modo con la mentira que cuesta trabajo discernirla. Tenía, sin duda, el ingeniosísimo fraile una vasta y confusa lectura de todos los autores latinos y de los griegos que hasta entonces se habían traducido, y todo ello lo baraja con las invenciones de su propia fantasía, que era tan viva, ardiente y amena. Lo que no sabe, lo inventa; lo que encuentra incompleto, lo suple, y es capaz de relatarnos las conversaciones de las tres famosas cortesanas griegas Lamia, Laida y Flora, como si las hubiese conocido.
Todo esto en un historiador formal sería intolerable, pero ¿por ventura lo era fray Antonio de Guevara? No creemos que nadie le tuviese por tal, á pesar de su título de cronista del César. Él no se recataba de profesar el más absoluto pirronismo histórico, y cuando uno de los mejores humanistas de su tiempo, el Bachiller Pedro de Rhua, profesor de letras humanas en la ciudad de Soria, emprendió, quizá con más gravedad y magisterio de lo que el caso requería, pero con selecta erudición, con crítica acendrada y á veces con fina y penetrante ironía, poner de manifiesto algunos de los infinitos yerros y falsedades históricas que las obras de Guevara contienen, el buen Obispo le contestó con el mayor desenfado que no hacía hincapié en historias gentiles y profanas, salvo para tomar en ellas un rato de pasatiempo, y que fuera de las divinas letras no afirmaba ni negaba cosa alguna. La réplica del Bachiller Rhua es una elocuente y admirable lección de crítica histórica, pero Guevara no estaba en disposición de recibirla. Le faltaba el respeto á la santa verdad de las cosas pasadas y á los oráculos de la venerable antigüedad. Pero tampoco era un falsario de profesión como los Higueras y Lupianes del siglo XVII, sino un moralista agridulce que buscaba en la historia real ó inventada adorno ó pretexto para sus disertaciones, donde lo de menos era la erudición y lo principal la experiencia del mundo; un satírico, entre mordaz y benévolo, de las flaquezas cortesanas; y sobre todo un original artífice de estilo, creador de una forma brillante y lozana, culta y espléndida, cuyo agrado no podemos menos de sentir aun teniendo que declararla muchas veces viciosa y amanerada.
Claro es que la profesión religiosa y la dignidad episcopal del agudo autor montañés[556] no se compadecían muy bien con tan desenvuelta y extravagante manera de atropellar la certidumbre histórica, y sin duda por eso le censuraron con tanta acrimonia varones doctísimos como Antonio Agustín y Melchor Cano. Pedro Bayle, que en su famoso _Diccionario histórico_ le dedica dos páginas llenas de vituperios, se arrebata hasta llamarle «envenenador público, y seductor que en el tribunal de la república de las letras merecería el castigo de los profanos y de los sacrílegos»; pero se me antoja que el maligno y eruditísimo crítico de Amsterdam no llegó á comprender, á pesar de toda su perspicacia, el verdadero carácter é intención de los escritos de Guevara, cuya seudohistoria es una broma literaria.
Del verdadero Marco Aurelio, del admirable filósofo estoico, cuyo examen de conciencia, el más sublime que pudo hacer un gentil, leemos con pasmo y reverencia en los _Soliloquios_, apenas hay rastro alguno en el libro de Guevara, en lo cual no se le puede culpar mucho, puesto que los doce libros [Greek: eis ekyton] no fueron impresos hasta 1559 ni en griego ni en latín, siendo su primer intérprete Guillermo Xylandro[557]. Tenía Guevara una muy vaga idea de que existían escritos de Marco Aurelio, y de aquí tomó pie para su invención: «Todo lo más que él escribió fué en Griego, y tambien algunas cosas en Latin; saqué, pues, del Griego con favor de mis amigos, de Latin en romance con mis sudores propios». Para la vida del Emperador se valió de Herodiano y de los escritores de la Historia Augusta, Lampridio y Julio Capitolino, á los cuales añadió muchas circunstancias de propia minerva, invocando para ello el testimonio de tres biógrafos imaginarios, Junio Rústico, Cina Catulo y Sexto Cheronense, de quienes dice: «Estos tres fueron los que principalmente como testigos de vista escrivieron todo lo más de su vida y doctrina».
En Realidad, el _Marco Aurelio_ y el _Relox de Príncipes_ son dos libros distintos y que pudieron correr independientes. El primero está _incorporado_ en el segundo, según frase de su mismo autor, pero se infiere de sus declaraciones que fué compuesto antes. El _Marco Aurelio_, único que se da como traducción, es libro de falsa historia; el _Relox de Príncipes_ es obra didáctica y de plan mucho más vasto. «No fue mi principal intento de traduzir a Marco Aurelio, sino hazer un Relox de Principes, por el qual se guiasse todo el pueblo Christiano. Como la dotrina avia de ser para muchos, quiseme aprovechar de lo que escrivieron y dixeron muchos sabios, y desta manera procede la obra en que pongo uno o dos capitulos mios, y luego pongo alguna epistola de Marco Aurelio, ó otra dotrina de algún antiguo... Este Relox de Principes se divide en tres libros. En el primero se trata que el Principe sea buen Cristiano, En el segundo, cómo el Principe se ha de aver con su mujer y hijos. En el tercero, cómo ha de gobernar su persona y republica».
Expuesto ya, por boca del autor, el plan del libro, en cuya doctrina moral y política no nos detendremos, por ser materia ajena de este lugar, sólo nos cumple advertir que las supuestas cartas de Marco Aurelio son más bien largos discursos en forma epistolar, donde se desarrollan, con elocuencia á veces, otras con verbosidad empalagosa, todos los lugares comunes que vienen atestando desde tiempo inmemorial los libros destinados para la educación de los príncipes, sin que los príncipes aprendan gran cosa en ellos. Es el defecto del género, y no se libraron de él ni Xenofonte en su tiempo ni el autor del _Telémaco_ en el suyo. Hay en Guevara elegantes amplificaciones sobre la paz y la guerra, sobre la fortuna y la gloria, sobre la ambición y la justicia; invectivas muy valientes contra la tiranía y todo género de iniquidades; sanos consejos pedagógicos; advertencias, máximas y documentos de buen gobierno, que no por ser vulgares, dejan de ser eternamente verdaderos, y que cobran nuevo realce por la alusión no muy velada á las cosas del momento. Hay trozos escritos con gran propiedad, nervio y eficacia, muestras de la más culta y más limada prosa del tiempo de Carlos V; por ejemplo, la invectiva contra la corrupción romana, que se lee en la carta de Marco Aurelio á su amigo Cornelio sobre los trabajos de la guerra y la vanidad del triunfo. Aunque el estilo de Fr. Antonio de Guevara sea por lo común más deleitoso que enérgico, y abuse en extremo de todos los artificios retóricos, que le enervan, recargan y debilitan, alguna vez se levanta con ímpetu desusado y descubre una genialidad oratoria poderosa, pero intemperante. Puede decirse que ninguna condición de buen escritor le faltó, salvo la moderación, el tino para saber escoger, el buen gusto para saber borrar. Es un autor terriblemente _tautológico_, y Cicerón mismo puede pasar por un portento de sobriedad á su lado. Anega las ideas en un mar de palabras, y siempre hay algo que se desearía cercenar, aun en sus mejores páginas. Pero ¡qué variedad de tonos y recursos de estilo, desde las cartas graves y doctrinales de los primeros libros, hasta aquel singular epistolario galante que puso por apéndice, en que nos da las cartas de Marco Aurelio á sus amigas y enamoradas de Roma! ¡Qué correspondencia para atribuida al cándido y ejemplar marido de Faustina![558].
Incansable cultivador de la literatura apócrifa, va entretejiendo Guevara en los interminables capítulos del _Relox de Principes_ otra porción de piezas tan legítimas como las de Marco Aurelio: un razonamiento que el filósofo Bruxilo (?) hizo sobre la idolatría, al tiempo de morir (tomado, nos dice con mucha seriedad, de «Pharamasco, lib. XX _De libertate Deorum_»; autor nunca visto por nadie); sentenciosas cartas de Cornelia, la madre de los Gracos; supuestas leyes de los Perinenses, de los Rodios, de los Garamantas, y lo que es más grave, un concilio apócrifo de Hipona; cuanto la fantasía más novelera y desenfrenada puede zurcir y barajar. Pero si se examina despacio cada capítulo, se ve que no todo está inventado ni con mucho. La trágica historia de Camma y Sinoris, por ejemplo, está tomada de Plutarco (_de mulierum virtutibus_), cuyos apotegmas y tratados morales parecen haber sido la principal fuente de la doctrina de Guevara. Para las anécdotas de los filósofos se valió de Diógenes Laercio, y quizá todavía más de la vieja compilación de Gualtero Burley _De vita et moribus philosophorum_, traducida antiguamente al castellano con el título de _Crónica de las fazañas de los filósofos_. Conocía también las cartas apócrifas de Pitágoras, de Anacarsis, del tirano Falaris y otras tales, que pasaron por auténticas hasta los días de Ricardo Bentley, y realmente el libro de Guevara recuerda algo las biografías fabulosas que componían los sofistas griegos de la decadencia, por ejemplo, la que Filostrato hizo de Apolonio de Tiana.
El parentesco del _Marco Aurelio_ con la _Cyropedia_ está en la concepción general más que en los pormenores. No se percibe imitación directa fuera de los capítulos L á LVII del libro III, donde se contienen las pláticas que Marco Aurelio poco antes de morir hizo á su secretario Panucio y á su hijo Commodo, y los consejos que dió á este último para la gobernación de su reino. La obra de Guevara, como la de Xenofonte, vale principalmente por los episodios: allí el de Pantea y Abradato; aquí el famoso de _El villano del Danubio_ (cap. III, IV y X del libro III), que dió asunto á una comedia de nuestro antiguo teatro[559] y á una de las más bellas fábulas de Lafontaine. No hay razón alguna para negar á nuestro Fr. Antonio la total invención de este episodio, que Carlos Nodier, con alguna hipérbole, declara «perfectamente antiguo y del estilo más admirable[560]». El estilo es el del obispo de Mondoñedo, con sus buenas cualidades y sus defectos, tan pomposo y exuberante como siempre, pero con mucho calor y valentía en algunos trozos, con cierta especie de elocuencia tribunicia, revolucionaria y tempestuosa. El discurso que se supone pronunciado por el rústico de Germania ante el Senado romano es una ardiente declamación contra la esclavitud y una reivindicación enérgica de los derechos naturales de la humanidad hollados por el despotismo de la conquista. El sentido político y social de este trozo prueba la franca libertad con que se escribía en tiempos de Carlos V. La indignación del autor contra la tiranía y los malos jueces parece sincera, á pesar del énfasis retórico y nada rústico con que el villano expresa sus audaces pensamientos.
Tiene el obispo Guevara dos estilos, ambos muy distantes de la elegancia ática y de la perfecta transparencia del estilo de Xenofonte. Uno el que podemos llamar triunfal y de aparato, y es el que suele reservar para los discursos. Otro es la prosa de las cartas (sin excluir algunas de las que atribuyó á Marco Aurelio), aguda y sabrosísima, pero cargada de picantes especias, de antítesis, paronomasias, retruécanos y palabras rimadas, que indican un gustó poco seguro y algo pueril, un clasicismo á medias[561]. Con todo eso, hay mucho que aprender en sus obras, si se leen con cautela y discernimiento, y el mismo Cervantes, que parece burlarse de él en el prólogo del _Quijote_, las tenía muy estudiadas, y no se desdeñaba de imitarlas en sus digresiones morales, como lo indica, entre otros ejemplos, el razonamiento sobre la edad de oro, que está enteramente en la manera retórica de fray Antonio, y recuerda otro análogo del libro I, capítulo XXXI, del _Marco Aurelio_. Curioso motivo de comparación con el _Emilio_ de Rousseau ofrecen también los capítulos XVIII y XIX del libro II, «que las princesas y grandes señoras, pues Dios les dio hijos, no deben desdeñarse criarlos á sus pechos». El mismo Rousseau, declamando sobre las excelencias de la vida salvaje y contra la desigualdad de las condiciones humanas, era una especie de _villano del Danubio_ redivivo y acomodado al gusto del siglo XVIII.
Según el hijo de Casaubon afirmaba, ningún libro fuera de la Biblia tuvo en su tiempo tanta difusión como el _Marco Aurelio_[562]. El marqués de Pescara galardonó al autor con una pluma de oro. Ya sabemos que fué hurtado de la misma cámara del emperador y corrió de mano en mano, con universal admiración, mucho antes de imprimirse. «En lo que decis de Marco Aurelio (escribía el chistoso fraile al condestable D. Íñigo de Velasco), lo que pasa es que yo le traduje y le di al César, aun no acabado, y al emperador le hurtó Laxao, y a Laxao la reina, y a la reina Tumbas, y a Tumbas doña Aldonza, y a doña Aldonza vuestra señoria, por manera que mis sudores pararon en vuestros hurtos» (Ep. 38). Las mismas burlas del truhán Don Francesillo de Zúñiga, que á fray Antonio «predicador parlerista» y «gran decidor de todo lo que le parecía», «llamado por otro nombre Marco Aurelio», y le hace preguntar con sorna «si han de creer todo lo que yo digo», prueban lo asentado de su crédito entre los cortesanos, á la vez que el poco caso que se hacía de su veracidad histórica.
En Francia, donde el _Marco Aurelio_ de la primitiva forma fué reimpreso el mismo año en que apareció en Valladolid el _Relox de Príncipes_[563], no fué menos estrepitoso el éxito de Guevara, que tuvo, entre otros traductores, uno muy hábil en Herberay des Essars, el mismo que trasladó al francés el _Amadís de Gaula_ y otros libros de caballearías. Montaigne, que admiraba poco las _Epístolas doradas_, dice que el _Marco Aurelio_ español era una de las lecturas favoritas de su padre (_Essais_, lib. II, cap. II). Brantôme, en las _Damas galantes_, repite los cuentos de Lamia y Flora, con gran indignación de Bayle, que escribe largas notas para refutar á Guevara y sus copistas, ó más bien para despacharse á su gusto en materia tan de su agrado. En las _Historias prodigiosas_ de Bouistan, Tesserant y Belleforest (1560), ocupa muchas páginas la historia del villano del Danubio, que antes de ser inmortalizada por Lafontaine ejercitó el ingenio de cuatro poetas distintos[564]. Todavía las cartas y los tratados del primer Balzac, que pasa por reformador de la prosa francesa en los primeros años del siglo XVII y por el primero que puso número en ella, me parecen un producto de la escuela retórica de Guevara, salvo el mejor parecer de los críticos franceses.
Pero todavía fué más honda y persistente la influencia de nuestro autor en la literatura inglesa del tiempo de la reina Isabel, como recientes investigaciones han venido á demostrar. La imitación de las obras de Guevara, traducidas por cinco ó seis intérpretes diferentes, fué uno de los principales factores que determinaron la aparición del nuevo estilo llamado _euphuismo_. El doctor Landmann sostuvo en un excelente trabajo sobre _Shakespeare y el euphuismo_, publicado por la Sociedad Shakespiriana en 1884, que todos los elementos del estilo de Lily (uso inmoderado y monstruoso de la antítesis, paralelismo entre los miembros de la frase, balanceo rítmico del período y de la cláusula), proceden de Guevara, aunque algunos están modificados conforme al genio de las lenguas del Norte; Guevara, por ejemplo, abusa de las palabras consonantes al fin de los períodos, y sus imitadores ingleses emplean con el mismo fin la aliteración. Añade Landmann que muchas de las ideas y aun largos pasajes de la célebre novela _Euphues, the anatomy of wit_, que dió nombre al género, están tomados de las obras del obispo de Mondoñedo, á quien también sigue Lily en el empleo de una historia antigua imaginaria[565]. «El _Marco Aurelio_ sobre todo (dice J. Jusserand), traducido por Lord Berners en 1532 y por Sir Thomas North en 1537, gozó de extrema popularidad. Las disertaciones morales de que el libro estaba lleno encantaron á los espíritus serios; el lenguaje insólito del autor español encantó á los espíritus frívolos. Antes de Lily, ya varios autores ingleses habían imitado á Guevara; cuando Lily apareció, _embelleciendo_ todavía más aquel estilo, el entusiasmo fué tan grande, que se olvidó el modelo extranjero, y aquel estilo exótico fué rebautizado en signo de adopción y de naturalización inglesa»[566]. Gran parte de las dos novelas de Lily están compuestas de epístolas morales imitadas de las de Guevara.