Part 62
Pero existen otras ficciones, un poco más antiguas, en que es menor la dosis de malicia y mucho mayor la intervención del elemento novelesco. Dos obras hay, por lo menos, anteriores á la publicación de la primera parte del _Quijote_, que es imposible omitir en una historia de la novela, á pesar de las pretensiones históricas que afectan. Una de ellas es la _Centuria ó Historia de los famosos hechos del Gran Conde de Barcelona Don Bernardo Barcino, y de Don Zinofre su hijo y otros caballeros de la Provincia de Cataluña_ (Barcelona, 1600); obra disparatadísima del franciscano Fr. Esteban Barellas, el cual tuvo la avilantez de dedicarla como verdadera historia nada menos que á la Diputación General del Principado. En el prólogo invoca, según costumbre de todos los falsarios, el testimonio de un autor inédito, que aquí por caso singular es un judío: «Vino a mis manos, Illustrissimos señores, el año de mil y quinientos setenta y seys, harto estragado y rompido, lo que trabajó el Rabino Capdevila, hijo de padres nativos christianos naturales del lugar Duas ayguas, morador en la villa de Momblanc. Prohijó al dicho Capdevila el Rabino Ruben Hiscar, christiano falto de padres, y por la comun calamidad mora, le llevó consigo en la retirada a los montes, como los demas christianos, donde fue enseñado por el Hiscar en las letras divinas y humanas. Assistió el Capdevila, a lo que se vee, en las mayores jornadas, sin las que le vinieron a noticia, escriviendo en varias letras y lenguas». Refiere luego que en la Academia Complutense, ó sea en la Universidad de Alcalá, donde acabó sus estudios, le había servido de intérprete para el Capdevila el Dr. Hernando Diaz, Catedrático de Lengua Hebrea y Profesor de Medicina. Preceden al libro unas tablas cronológicas en toda forma y varios apuntamientos de simulada erudición geográfica é histórica para deslumbrar á los incautos[607].
El libro es tal que quizá no se encuentre otro más absurdo en toda la dilatada serie de los libros de caballerías, á cuyo género pertenece indisputablemente. No sin razón le comparó el Marqués de Mondéjar con _El Caballero del Febo_ ó con las obras de Feliciano de Silva. Si se exceptúan los nombres topográficos y los apellidos, derramados como á granel, todo es pura patraña en la _Centuria_ de Barellas, comenzando por los dos imaginarios héroes D. Barcino y D. Zinofre. Ni siquiera acertó el mísero autor á incorporar en su obra los episodios y rasgos poéticos y tradicionales con que le brindaban las antiguas crónicas catalanas, y que aun no teniendo certidumbre histórica habían podido arraigar ya en la mente popular. Pero algo aprovechó de ellas, aunque con torpeza. En las _Historias y Conquistas_ de Mosén Pere Tomich, crédulo compilador del siglo XV, encontró el germen de la fábula heroica de Otger Cathalon y los nueve Barones de la fama, supuestos héroes de la restauración pirenaica, y la historia no menos apócrifa del monasterio de Grassa, atribuida á Filomena, secretario de Carlomagno. Las juveniles aventuras de Vifredo el Velloso (á quien Barellas da el extravagante dictado de _D. Zinofre 2.º Peloso ó Astrodoro_), su estancia en la corte del Conde de Flandes y la venganza que tomó del usurpador Salomón eran invenciones añejas, que ya en el siglo XIII fueron escritas en el _Gesta Comitum_, y á las cuales el Dr. Pujades había dado en su _Crónica de Cataluña_ más amplio desarrollo. Finalmente, la historia del dragón vencido por D. Zinofre Barcino, que tanta parte ocupa en la _Centuria_, además de ser un lugar común del género caballeresco (la sierpe de Baldovín en la _Gran Conquista de Ultramar_, el endriago de _Amadís_), es tradición antiquísima localizada en varios puntos del Principado Catalán, y que ha dejado rastros en representaciones artísticas, en fiestas populares y en la leyenda muy interesante de la espada de Vilardell[608].
Por desgracia es muy poco lo que hay de tradicional en el libro del P. Barellas, y aun esto se halla torpemente desfigurado y revuelto con mil invenciones ineptas; la reina Delphina y sus amazonas, la fuente del Salvaje, la pesadísima descripción del templo de Venus y de las artes mágicas que en él se practicaban; todo ello en un castellano poco menos que bárbaro, y con tal carencia de sentido poético é histórico, que apenas se hallará libro más fastidioso ni peor escrito en toda la enorme biblioteca caballeresca.
Así como los Condes soberanos de Barcelona tuvieron en Barellas indigno y fabuloso cronista, así le tuvo la antigua y nobilísima ciudad de Ávila en el P. Luis Ariz, de la Orden de San Benito, que en 1607 imprimió la que llamaba _Historia de sus Grandezas_[609], obra monstruosa, que en sus dos primeras partes puede competir con el más estupendo de los libros de caballerías. Desde la portada ofrece poner en claro «qual de los quarenta y tres Hercules fue el Mayor, y como siendo Rey de España tuvo amores con una Africana, en quien tuvo un hijo que fundó a Avila». No hay que decir que sale triunfante de su empeño, pero no por el trillado camino del Beroso y Anio Viterbiense, que siguen otros historiadores de pueblos, sino exhibiendo entera y verdadera una crónica novelesca de Ávila que alcanza desde los tiempos de Hércules hasta los del Emperador Alfonso VII, escrita en una _fabla_ que quiere ser antigua. Este raro documento, que contiene pormenores interesantes y tradiciones que alguna vez parecen de origen épico, lleva por título _Leyenda de la muy noble, leal e antigua Ciudad de Avila, pendolada por Hernan de Illanes, fijo de Millan de Illanes, uno de los primeros pobladores de Avila, en la ultima recuperacion por el señor Rey don Alfonso sexto, año 1073. La qual se sacó del original por mandado del Alcalde Fernan Blazquez, año 1315._ Pero como sin duda Hernán de Illanes pareció personaje demasiado oscuro para autorizar tal leyenda, diose por primer autor de ella al obispo de Oviedo D. Pelayo, á quien su bien ganada fama de escritor _fabuloso_ é interpolador de antiguos cronicones hacía digno patrono de tal engendro, donde se contienen, por cierto, cosas muy posteriores al año 1153, en que aquel prelado pasó de esta vida. En su boca se pone la narración como dirigida en Arévalo á los primeros pobladores de Ávila el año 1087. No falta, por supuesto, la cita de un fantástico historiador griego en apoyo de los delirios sobre Hércules y la africana, y su hijo el barragán Alcideo, que _mamantó siete años_, y á quien se atribuye la fundación de las murallas de Ávila: «Todo lo que vos he fablado, mis buenos amigos e parientes, del noble Hercules, pendola Nestorino Griego en su leyenda». Este ridículo verbo _pendolar_, juntamente con el de _otear_, torcido de su verdadera significación, reaparece fastidiosamente en cada párrafo de esta rapsodia, probando los menguados recursos de su inventor y lo poco que se le alcanzaba de lenguaje antiguo. «Dice más el obispo de Oviedo, que estando ellos en Arévalo con los pobladores que venian a Avila a su segunda poblacion, e aviendo _oteado_ bien esta leyenda de Nestorino que la _pendola_, e es bien antigua, me dio codicia (aquí no se sabe si habla el Obispo ó Hernán de Illanes) de _otear_ si otro _pendolador_ oviese que lo tal _pendolase_, e fallé en la leyenda que _pendoló_ Guido Turonense _de Urbibus_, ca este tal _pendoló_ bien cien años antes yo Pelayo obispo de Oviedo naciese, e asi _pendoló_...».
Esto baste en cuanto al estilo de la leyenda atribuida á D. Pelayo, que no puede ser más anacrónico y ridículo. Pero el contenido no es tan necio como el estilo ni con mucho. Un buen ingenio podría sacar partido de los informes materiales que esta ruda patraña ofrece, y que acaso tienen origen más noble y antiguo de lo que suponemos. Todo lo que se refiere á las hazañas de Ximén Blázquez, Sancho Zurraquines y demás pobladores de Ávila; el fabuloso cerco puesto á la ciudad por D. Alfonso el Batallador y el hecho bárbaro que se le atribuye de haber mandado freír en calderas á los avileses que tenía en rehenes; el reto de Blasco Ximeno al rey de Aragón, que recuerda el de D. Diego Ordóñez á los zamoranos; la muerte alevosa dada al campeón del concejo; el arbitraje de Burdeos, que pone fin á la discordia entre castellanos y aragoneses; la defensa de Toledo por los adalides de Ávila contra el rey moro Jazimin; los amores de la infanta Aja Galiana con el gobernador de Ávila, Nalvillos Blázquez; la animada descripción de los desposorios de Sancho de Estrada y Urraca Flores, conservan bastante carácter de poesía heroico-popular, y algunos de ellos parecen superiores á lo que podía dar de sí el pobre y malaventurado falsificador que redactó esta escritura en la forma en que hoy la leemos. Lo que parece increíble es que un libro semejante haya podido extraviar el juicio de historiadores serios, aunque algo crédulos, como Sandoval y Colmenares, repitiéndose hasta nuestros días el absurdo y calumnioso cuento de las _fervencias_, que todavía tuvo que impugnar en una larga memoria D. Vicente de la Fuente. Y todavía causa mayor sorpresa que el erudito y severo autor de las memorias de los arquitectos españoles, D. Eugenio Llaguno, diese entrada en el catálogo de nuestros primitivos artífices (si bien con algún recelo) á los fabulosos maestros Casandro Romano y Florín de Pituenga, cuya existencia no tiene más apoyo que el dicho de esta falsa crónica abulense. ¡Tal es la virtud prolífica y funesta que tienen el error y la mentira; por donde incurren en no leve responsabilidad los que á sabiendas, y aunque sólo fuere por alarde de ingenio, siembran tan pestífera cizaña en el campo de la historia![610].
La de Ávila venía falsificándose desde muy antiguo. El P. Ariz no fué autor, sino editor, y á veces interpolador de la extraña y curiosa novela, escudada con el nombre del obispo D. Pelayo. En sendos manuscritos de la Biblioteca Nacional y de la Academia de la Historia, que pertenecieron á cierto regidor de Ávila llamado D. Luis Pacheco, se halla un texto de esta leyenda, más completo que el publicado por Ariz. Su encabezamiento es como sigue: «Aqui se face rrevelacion de la primera fundacion de la ciudad de Avila e de los nobles varones que la vinieron a poblar, e cómo vino a ella el santo ome Segundo».
No es posible todavía designar el autor material de esta falsa crónica (acaso el mismo regidor Pacheco, que vivía á mediados del siglo XVI), pero es cierto que está ligada con un grupo entero de invenciones abulenses, las cuales se remontan por lo menos al año 1517, en que «siendo Corregidor el noble caballero Bernal de Mata, entre otras cosas buenas de hedifficios e noblecimiento de dicha ciudad, assi en reparo de muros e puertas de ella como en hacer plantar pinares e saucedas por las riberas de Adaja e Grajal, e en otros hedifficios de puentes e passos, tuvo especial cuidado de inquirir e buscar el fundamento de la dicha ciudad de dónde avia avido origen e cómo se habian ganado las armas reales que tienen, e sus privillegios, _sobre lo mal halló en un libro antiguo que tenia Nuño Gonzalez del Aguila un cuaderno de escriptvras_». Este cuaderno, cuya narración alcanza hasta los tiempos de Alfonso el Sabio, se conserva también en las dos bibliotecas citadas, y por su estilo poca antigüedad revela, á pesar del afectado uso de ciertas palabras arcaicas. Puede ser contemporáneo del mismo corregidor Bernal de la Mata, que le hizo trasladar en pergamino y poner en el arca del Concejo. Pero no hay duda que su autor, quien quiera que fuese, tenía noticia de nuestros antiguos cantares de gesta, y no sería temeraria la sospecha de que pudo basar su ficción en alguno que se ha perdido. Un autor original del siglo XVI no se hubiera mostrado tan profundamente imbuido en la superstición de los agüeros, como lo muestra esta primera cláusula de la leyenda, que nos recuerda análogos pasajes del _Poema del Cid_ y de la feroz historia de los Infantes de Lara: «Quando el conde don Remond, por mandado del Rey don Alonso, que ganó a Toledo, que era su suegro, ovo de poblar a Avila, en la primera puebla vinieron gran compaña de buenos omes de cinco villas e de Lara, e algunos de Coualeda e de Lara venien delante e _ovieron sus aves_ a entrante de la villa, e _aquellos que solian catar de agueros_ entendieron que eran buenos para poblar alli e fueron poblar en la villa lo más cerca del agua, e los de cinco villas en pos dellos _ovieron esas aves mesmas_, e Muño Enavemudo que venia con ellos era más _agorador_ e dixo por los que primero llegaron que _ouvieron buenas aves_, mas que erraron en possar en lo baxo cabe el agua».
No sabemos si valiéndose del manuscrito de Bernal de la Mata, pero coincidiendo en gran parte con sus noticias, escribió el famoso comunero Gonzalo de Ayora su _Epílogo de algunas cosas dignas de memoria pertenecientes a la illustre e muy magnifica e muy leal ciudad de Avila_, obrilla casi inasequible en su primitiva edición de 1519[611]. Toda la historia fabulosa de Ávila estaba, por consiguiente, inventada y aun en parte divulgada antes del P. Ariz; pero él fué quien la dió los últimos toques, y la presentó con más aparato de erudición, confusa y amañada[612].
Otras historias de reinos y ciudades pudiéramos citar en que entra por mucho el elemento novelesco, pero bastan los dos casos típicos de Barellas y Ariz para dar idea de esta derivación tardía de los libros caballerescos; de este género híbrido y contrahecho, que todavía á fines del siglo XVII cultivaba con ciertas dotes de imaginación y estilo el popularísimo Dr. Lozano en sus _Reyes Nuevos de Toledo_ y otros libros análogos, tan menospreciados por los doctos como amados por el vulgo, y que tantos argumentos suministraron á Zorrilla y otros poetas románticos para sus mejores leyendas.
Verdaderas leyendas ó novelas en verso se componían ya en el siglo XVI sobre episodios históricos nacionales, ora de tradición piadosa, como _El Monserrate_ del capitán Virués, ora de antigüedades romanas, como _El León de España_ de Pedro de la Vecilla Castellanos. Pero la forma y entonación de estos poemas, escritos al modo clásico é italiano, nos retraen ahora de su estudio, que más bien pertenece al tratado de la poesía épica. Sólo una excepción hemos de hacer en favor de _Las Havidas_ del poeta tudelano Jerónimo de Arbolanche ó Arbolanches[613], porque lo raro de su asunto, lo libre y holgado de su ejecución, la variedad de metros en que está escrito, la mezcla de elementos caballerescos y pastoriles que en él caprichosamente se combinan, han hecho que la mayor parte de los eruditos le clasifiquen entre las novelas más bien que entre los poemas con pretensión de heroicos. Es ciertamente un parto de la fantasía novelesca, á la vez que uno de los más curiosos ensayos que se han hecho para poetizar las oscuras tradiciones de la España prehistórica. El asunto está perfectamente elegido, porque es el único mito turdetano que se conserva íntegro en sus rasgos esenciales á través de la narración de Trogo Pompeyo abreviada por Justino (lib. XLIV, cap. IV) y nada impide suponer que pueda ser un vestigio de aquellas antiquísimas epopeyas de que nos habla Strabón. Es fábula muy conocida, porque la mayor parte de nuestros historiadores la reproducen; para traerla á la memoria basta copiar el _argumento_ del libro de Arbolanches: «Gargoris, a quien por fallar el uso de las abejas llamaron Melicola, tuvo un hijo llamado Abido, y hubolo, segun algunos cuentan, en su misma hija, por lo cual el padre, deseoso de que no se sintiese su pecado, echó el niño a las fieras para que se lo comiesen. Como aquéllas no le hiciesen daño señalóle en el brazo y echóle en la mar, imaginando que con el fin del niño no quedaria memoria de su culpa; pero por permision divina, segun Justino cuenta, le echaron las ondas vivo a las riberas. Finalmente, dando en manos de un pastor, fue tanta su prudencia, que, fuera de las ficciones que lleva la poesia, saliendo de pastor tuvo oficio en la casa real de su padre, donde por las señales del brazo fue de su madre conocido, y reinó despues de muerto su padre, siendo el postrero rey antes de la venida de diversas naciones en España, y antes de la seca que cuentan los cronistas».
De este Abidis, pues, rey del _Saltus Tartessiorum_ y uno de los civilizadores de la Bética (puesto que, según Justino, dió leyes á su pueblo y enseñó á uncir los bueyes al arado y á lanzar al surco la semilla de trigo, con lo cual el pueblo de los Cynetas abandonó el agreste alimento que hasta entonces le había nutrido), emprendió Arbolanches contar las aventuras en un poema que dividió en nueve libros. Para dar á su narración cierto color de antigüedad majestuosa y venerable, tuvo el buen instinto de tomar por principal modelo la _Odisea_, que es sin duda el poema que mejor nos transporta á la vida familiar de las primeras edades humanas. Por desgracia no la leía en su original, sino en la versión del secretario Gonzalo Pérez, estimable para su tiempo por la fidelidad, pero muy tosca y desaliñada en la versificación, si bien su mismo desaliño tiene algunos dejos de rusticidad patriarcal que no desdicen del argumento del poema. Los versos sueltos en que Arbolanches compuso gran parte del suyo no valen más que los de Gonzalo Pérez; pero los versos cortos, que abundan mucho, especialmente en el episodio pastoril de los amores de Abidis (ó Abido) con una zagala, son fáciles, melodiosos y de apacible sencillez, como puede juzgarse por esta _canción_:
_Cantaban las aves Con el buen pastor Herido de amor._ Si en la primavera Canta el ruiseñor, Tambien el pastor Que está en la ribera, Con herida fiera, Con grande dolor, _Herido de amor._ Los peces gemidos Dan allá en la hondura, El viento murmura En robres crecidos, Los cuales movidos Siguen al pastor _Herido de amor._ Las claras corrientes, Montes y collados, Praderas y prados, Cristalinas fuentes, Estaban pendientes Oyendo al pastor _Herido de amor._
El tono satírico y desenfadado con que Jerónimo de Arbolanches pasa revista á la literatura de su tiempo y aun más antigua, en una epístola que dirige á D. Melchor Enrico, su maestro en artes (compuesta, por cierto, en pésimas octavas reales), no debió de ganarle muchas simpatías entre la grey literaria; pero como en dicha epístola no está ni podía estar incluido Cervantes (las _Habidas_ son de 1566 y la _Galatea_ de 1585), no me explico la desusada indignación con que aquel grande ingenio, que tanto solía pecar por exceso de benevolencia en su crítica, habló del poeta navarro en su _Viaje del Parnaso_ (cap. VII), en que son tan pocos los ingenios nominalmente reprobados:
En esto, del tamaño de un breviario Volando uu libro por el aire vino, De prosa y verso que arrojó el contrario; De verso y prosa el puro desatino. Nos dio á entender que de _Arbolanches_ eran Las _Abidas_ pesadas de contino.
Ni _Las Avidas_ tienen el tamaño de un breviario, pues son un librito en octavo de poco más de veinte pliegos, ni están escritos en verso y prosa, á no ser que Cervantes entendiera por prosa los versos sueltos de Arbolanches, que, en efecto, suelen confundirse con ella.
No sería difícil extender á Portugal esta ligera indagación sobre la novela histórica, pues aunque ninguna propiamente tal se escribiese allí durante el siglo XVI, la historia de aquel reino sufrió la misma transformación novelesca que la de los demás de la Península, bajo la pluma ya de interesados falsarios, ya de cándidos compiladores, cuyas invenciones van acumulándose desde el gran fabulador Fr. Bernardo de Brito hasta el enfático y pomposo Manuel de Faria y Sousa. De una sola de estas leyendas queremos hacernos cargo aquí, porque está fundada nada menos que en un antiguo cantar de gesta, del cual conocemos todavía una redacción prosaica.
De origen castellano parece, á pesar de los nombres geográficos de Aljubarrota y Alcobaza con que fué exornada, la _gesta del abad Juan de Montemayor_, que ya se cantaba antes de mediar el siglo XIV, según testimonio de Alfonso Giraldes en un fragmento de su poema sobre la batalla del Salado:
Outros falan da gran rason De Bistoris gram sabedor, E do Abbade Don Joon Que venceo Rei Almançor...[614]
Ignoramos quién fuese el gran sabidor Bistoris, pero el cantar del abad Juan ha llegado á nosotros en dos distintas redacciones prosaicas, ambas de fines del siglo XV, independientes entre sí, aunque derivadas de un mismo texto poético, á través quizá de otra prosificación perdida. Una de estas refundiciones está en el _Compendio Historial_ de Diego Rodríguez de Almela, inédito todavía, que su autor presentó á los Reyes Católicos en 1491[615]. La otra es un libro de cordel, que corría de molde desde 1506, que fué reimpreso en Valladolid en 1562 y que todavía se estampó en Córdoba en 1693[616]. Ambas versiones acaban de ser publicadas con todo rigor crítico por don Ramón Menéndez Pidal, é ilustradas con el admirable caudal de doctrina que él posee en estas materias[617]. Á su libro nos remitimos para todo, limitándonos á dar breve idea de la leyenda y del enlace que con alguna otra tiene.
El abad Juan de Montemayor, gran hidalgo, señor de todos los abades que había en Portugal, recogió una noche de Navidad, á la puerta de la iglesia, á un niño expósito, nacido del incesto de dos hermanos. Le bautizó, llamándole D. García; le crió con mucho amor, y cuando llegó á edad adulta, le hizo armar caballero por el rey D. Ramiro de León, sobrino del abad, y le nombró capitán de toda su hueste. Pero como «toda criatura revierte á su natura», el D. García salió malo, ingrato y traidor, y concertó pasarse á los moros y venderse á su rey Almanzor. Así lo ejecutó en Córdoba, renegando públicamente de la fe cristiana, prometiendo hacer todo daño á los cristianos, y sometiéndose, además de la circuncisión, al extraño rito de beber de su propia sangre. Almanzor y el renegado, que tomó el nombre de D. Zulema, entraron con formidable ejército por tierras de cristianos, llegando hasta Santiago de Galicia, cuya iglesia profanó D. Zulema, quemando las reliquias. Á la vuelta destruyeron á Coimbra y pusieron apretado cerco á Montemayor, que el abad defendió valerosamente por espacio de dos años y siete meses, rechazando con indignación las proposiciones de su criado, que le ofrecía, de parte de Almanzor, hacerle pontífice de todos los almuedanos y alfaquíes de su ley si consentía en renegar. En una de las salidas que hizo el valeroso abad llegó á arrojar su lanza dentro de la tienda del rey y á hincarla en el tablero de ajedrez sobre el cual jugaban Almanzor y D. Zulema. Crecían las angustias del sitio al acercarse la festividad del Bautista, y entonces el abad tomó una resolución bárbaramente heroica y desesperada. Reunió en la iglesia á todos los defensores del castillo, les cantó misa, les predicó fervorosamente, y terminó su plática con este fuerte consejo: