Orígenes de la novela, Tomo I

Part 54

Chapter 543,822 wordsPublic domain

Acompaña al Proceso otra obrita de Juan de Segura (que también se finge traducida del griego), _Quexa y aviso contra Amor_, la cual por los nombres de sus personajes podemos titular _Lucindaro y Medusina_. Es una extraña mezcla de discursos sentimentales, alegorías confusas y gran copia de aventuras fantásticas; en lo cual se distingue de todos los demás libros de su género, asimilándose mucho más á los de caballerías y aun á las novelas orientales. Todo el cuento está fundado en los prestigios de la magia. Un rey de Grecia muy versado en las artes de astrología encierra en un castillo á una hija suya para librarla de cierto horóscopo; pero la gran sabia Acthelasia desbarata sus planes haciendo que Lucindaro, hijo del rey de Etiopía, cuyos oráculos, signos y planetas le predestinaban para tal empresa, se enamore de la infanta por haberla visto en sueños, y penetre en la torre, merced á un anillo encantado que á ratos le hacía invisible. No entraremos á detallar las demás peripecias de tan complicada fábula: amor desdeñado al principio y favorecido después; tormentas y naufragios; un delfín que arrastra al sin ventura amador á los palacios submarinos de su protectora, la cual con sus artes mágicas le restituye á Medusina, cuyo bizarro atavío se describe en una página que es de las mejores del libro; sus desposorios y corto período de felicidad en el castillo del Deleite; la muerte de la princesa, contada con sencillez y ternura y acompañada de presagios que contribuyen al efecto trágico, y finalmente, la desesperada resolución de Lucindaro, que, imitando al Leriano de la _Cárcel de Amor_, se deja morir de hambre, después de haber devorado las cenizas del cuerpo de su amada.

No creo que puedan añadirse muchas novelas de este género á las que ya quedan mencionadas. En la Biblioteca Nacional existe una inédita, «Tratado llamado _Notable de amor_, compuesto por D. Juan de Cardona, á pedimento de la señora doña Potenciana de Moncada, que trata de los amores de un caballero llamado Cristerno y de una señora llamada Diana, y de las guerras que en su tiempo acaecían». Propónese el autor demostrar, mediante una narración que dice ser verdadera, «que en estos tiempos de agora ha tenido lugar el amor en los hombres acerca de las mujeres con tanta pasion y verdad y perseverancia como se cree haber habido en los tiempos pasados». Todos los nombres de los personajes de la novela encubren los de sujetos reales, y el autor nos da la clave al principio, aunque poco adelantamos con ella tratándose de personas desconocidas. La misma sustitución hay en los nombres de lugares: Medina del Campo está encubierto con el nombre de isla de Mitilene, y el riachuelo Zapardiel se transforma nada menos que en el mar Egeo.

Prescindiremos del primoroso _Diálogo de amor_ de Dorida y Dameo, «en que se trata de las causas por donde puede justamente un amante, sin ser notado de inconstante, retirarse de su amor»; porque esta obra de autor anónimo, que imprimió corregida y enmendada Juan de Enzinas, vecino de Burgos, en 1593[502], no es novela, sino un tratado de psicología amatoria, que oscila entre la literatura galante y la filosófica, y puede considerarse como una imitación ó complemento de los _Diálogos de Amor_ de León Hebreo, aunque carece de su profundidad metafísica.

Hay que eliminar, finalmente, del catálogo de nuestras novelas eróticas, la _Historea de los honestos amores de Peregrino y Ginebra_ (que ya corría de molde antes de 1527), porque el «Hernando Diaz, residente en la universidad de Salamanca», que dedicó esta obra á D. Lorenzo Suárez de Figueroa, conde de Feria[503], no hizo más que traducir el libro italiano de _Il Peregrino_, compuesto por Jacopo Caviceo y dedicado por él en 1508 á la duquesa de Ferrara Lucrecia Borja[504]. El _Peregrino_ no es sólo novela de amores, sino también de aventuras y de viajes; abunda en episodios ingeniosos, aunque no siempre honestos, y á pesar de la afectación del estilo, que es archilatinizado, se comprende que en su tiempo gustase. En castellano tuvo seis ediciones, por lo menos, y aunque el Santo Oficio la puso con razón en sus _Indices_ desde 1559, creemos que sirvió de modelo á Jerónimo de Contreras para su _Selva de aventuras_, y que del título por lo menos se acordó Lope de Vega al escribir _El peregrino en su patria_.

Tanto el libro de _Peregrino y Ginebra_ como el de _Lucindaro y Medusina_ marcan un intento de renovación en el contenido y forma de la novela sentimental, que reducida á sus propios y escasos recursos no podía menos de caer en gran monotonía. Faltaba en ella lo que el vulgo de los lectores de este género de libros busca con preferencia: el interés de la acción exterior, los lances complicados y de difícil solución, que sin llegar á la maquinaria extravagante de los libros de caballerías, pudieran mantener gustosamente entretenida la curiosidad del lector, llevándole por peregrinos rodeos al desenlace. Satisfacían en parte esta necesidad las novelas bizantinas, cuyo carácter procuramos determinar al comienzo de este tratado. La erudición del Renacimiento las había desenterrado, y ya las principales corrían en lengua vulgar á mediados del siglo XVI. Heliodoro y Aquiles Tacio suscitaron muy pronto imitaciones, y en España se escribió la más memorable de ellas, los _Trabajos de Persiles y Sigismunda_, precedida por alguna otra no indigna de recuerdo. Pero antes de tratar de ella, diremos dos palabras sobre los intérpretes castellanos de uno y otro novelista griego.

La más antigua traducción del _Teágenes y Clariclea_, que sería probablemente la mejor, no ha sido descubierta hasta ahora. Consta que la hizo el docto helenista Francisco de Vergara, catedrático en la Universidad de Alcalá, discípulo de Demetrio el cretense y autor de la primera Gramática griega de autor español que se usó en nuestras aulas. Andrés Scotto y Nicolás Antonio[505] se refieren vagamente á un códice de su versión del _Teágenes_ que se conservaba en la librería del Duque del Infantado, pero no existe ya entre los restos de aquella famosa biblioteca, incorporada después á la de Osuna y últimamente á la Nacional de Madrid.

Francisco de Vergara falleció en 1545, dejando inédito el _Teágenes_, y fué gran lástima que en vez de su trabajo se imprimiese otra versión ni buena ni directa, sino sacada servilmente de la francesa de Jacobo Amyot por un _secreto amigo de su patria_ (¿acaso un protestante refugiado?) que lo entregó á las prensas de Amberes en 1554. En la portada confiesa lisa y llanamente el origen del libro: _Historia Ethiopica, trasladada de frances en vulgar castellano... y corregida segun el Griego_; pero de tal corrección dudamos mucho, porque si el traductor era capaz de leer el texto griego, para nada necesitaba recurrir al francés, ni menos emplear el original como supletorio, y además el prólogo mismo en que se habla de correcciones y de cotejo de varios ejemplares está traducido de Amyot, como todo lo restante[506].

Las traducciones de Amyot, especialmente su _Plutarco_, hacen época en la historia de la prosa francesa; pero el calco del anónimo de Amberes, en estilo incorrecto y galicano, no podía contribuir mucho á la popularidad del _Teágenes_ en España, así es que en esta forma sólo fué reimpreso una vez, en Salamanca, 1581[507]. Pocos años después cayó en manos de un nuevo traductor, que tampoco sabía griego, pero que tuvo el buen acuerdo de guiarse por la interpretación latina literal del polaco Esteban Warschewiczk, y encontró además un helenista de mérito que le hiciese el cotejo con el original. Tal fué la labor no despreciable del toledano Fernando de Mena, asistido por el Padre Andrés Schoto, flamenco de nación y profesor de Lengua Griega en la Universidad de Toledo. En esta forma apareció nuevamente la _Historia de los leales amantes Teagenes y Cariclea_, en Alcalá de Henares, 1587, y obtuvo hasta cinco reimpresiones, una de ellas la de París, 1615, algo retocada por el famoso intérprete y gramático César Oudín[508]. En esta versión de Mena, pura y castiza aunque algo lánguida, se leía aún el _Teágenes_ á fines del siglo XVIII, como lo comprueba una edición de 1787, sin que prevaleciese contra ella la redundante y culterana paráfrasis que en 1722 había publicado D. Fernando Manuel de Castillejo con el título de _La Nueva Cariclea_[509]. Nada puedo decir de la traducción ó imitación en quintillas del médico de Granada D. Agustín Collado del Hierro, pues sólo la conozco por una referencia del _Fénix_ de Pellicer[510] y por la noticia de Nicolás Antonio. Pero de la influencia persistente de Heliodoro en nuestra literatura da testimonio no sólo el _Persiles_, donde la imitación del _Teágenes_ es menor de lo que generalmente se cree y de lo que da á entender el mismo Cervantes, sino la comedia de Calderón _Los hijos de la fortuna_ y otra más antigua del doctor Montalbán _Teágenes y Clariquea_.

Afortunado hubiera sido Aquiles Tacio Alejandrino en encontrar por intérprete á D. Francisco de Quevedo, si la versión que éste hizo de la _Historia de los amores de Leucipe y Clitophonte_ conforme á la letra griega no hubiese padecido el mismo naufragio que otras obras suyas, quedándonos sólo su memoria en las notas del _Anacreonte Castellano_ del mismo Quevedo[511]. Y habiéndose perdido también, lo cual es menos de sentir, el _Poema Jónico_ ó _Épica Griega_, extraño título que dió á su traducción derivada del latín, aunque «enmendada», según dice, «por el original griego» el inagotable _grafómano_ D. José Pellicer de Ossau Salas y Tovar[512], sólo corrió de molde una paráfrasis harto infiel que D. Diego de Agreda y Vargas, novelista mediano y poco original, publicó en 1617, valiéndose de la traducción toscana de Francesco Angiolo Coccio[513].

(_El Fenix y su historia natural, escrita en 22 ejercitaciones, diatribes o capitulos... por Don Josef Pellicer de Salas y Tobar_... Madrid, 1603, fol. 107).

Pero ya en 1552 gran parte de los episodios de esta novela habían venido, á través de otra traducción italiana menos completa, á incorporarse en un libro español por varias razones notable que publicó en Venecia el poeta alcarreño Alonso Núñez de Reinoso con el título de _Historia de los amores de Clareo y Florisea y las tristezas y trabajos de la sin ventura Isea, natural de la ciudad de Éfeso_[514]. Ya Liebrecht indicó, aunque sin pararse á puntualizarlo, que esta obra era imitación de _Leucipe y Clitofonte_. Lo es, en efecto, pero sólo de los cuatro últimos libros, únicos que Reinoso conocía, según confiesa en su prólogo: «Habiendo en casa de un librero visto entre algunos libros uno que _Razonamiento de amor_ se llama, me tomó deseo, viendo tan buen nombre, de leer algo en él; y leyendo una carta que al principio estaba, vi que aquel libro habia sido escrito primero en lengua griega y despues en latina, y ultimamente en _toscana_; y pasando adelante hallé que comenzaba en el quinto libro. El haber sido escrito en tantas lenguas, el faltarle los cuatro primeros libros fué causa que más curiosamente desease entender de qué trataba, y á lo que pude juzgar, me pareció cosa de gran ingenio y de viva y agraciada invencion. Por lo cual acordé de, imitando y no romanzando, escribir esta mi obra, que _Los amores de Clareo y de Florisea y trabajos de la sin ventura Isea_ llamo; en la cual no uso más que de la invencion, y algunas palabras de aquellos razonamientos».

Alonso Núñez omite el nombre del autor griego á quien verdaderamente imita, porque de seguro la obra era anónima para él. _Los Ragionamenti Amorosi_, de que él se valía, eran los de Ludovico Dolce, impresos en 1546, y en ellos la novela se da como fragmento de un antiguo escritor griego[515]. Anónima estaba también en la versión latina que siguió Dolce, que es la primera de Aníbal Cruceio milanés, impresa en 1544 y dedicada á D. Diego Hurtado de Mendoza[516]. Tal omisión se explica teniendo en cuenta que Cruceio tradujo de un manuscrito griego imperfecto, donde faltaban los cuatro primeros libros, y con ellos el nombre del autor, y sólo diez años después llegó á descubrir la obra entera con la noticia de su legítimo dueño.

Disipada, pues, la oscuridad que hasta ahora envolvía los orígenes de _Clareo y Florisea_, á pesar de la honrada y leal confesión de su autor, conviene estudiar en la novela misma los cambios, adiciones y supresiones que en ella hizo el imitador. Consta _Clareo y Florisea_ de treinta y dos capítulos, pero la imitación de _Leucipe y Clitofonte_ termina en el diez y nueve. Aun en estos primeros capítulos hay algunos enteramente ajenos á la fábula griega, que por lo demás sigue con bastante fidelidad, traduciendo pasajes nada cortos. Pero suele abreviar con buen gusto las interminables descripciones en que se complace el gusto sofístico de Aquiles Tacio, y prescinde casi siempre de sus digresiones geográficas y mitológicas, tan curiosas algunas. Reducida la acción á sus elementos novelescos, todavía hizo en ella algunas alteraciones más ó menos felices. Como no conocía los cuatro primeros libros de la novela griega, ni el motivo del viaje de Leucipe y Clitofonte (nombres que cambió por los menos exóticos de Clareo y Florisea), tuvo que inventarle, é imaginó una combinación que luego reprodujo Cervantes en el _Persiles_. Clareo y Florisea son prometidos esposos; pero el primero, á causa de un voto ó promesa, había dado palabra de no casarse con Florisea en un año, «sino tenella como su propia hermana». Con la llegada á Alejandría de ambos amantes comienza la imitación de Aquiles Tacio, conservando algunos nombres del original y cambiando otros. Menelao, por ejemplo, es en el texto griego un amigo fiel de Clitofonte; en el español desempeña el mismo papel que el corsario Cherea de la primitiva novela. Roba á Florisea con engaño, y viéndose perseguido en la mar, finge descabezarla y echar su cuerpo á las olas, inmolando en lugar suyo á una infeliz esclava. Clareo queda solo é inconsolable en Alejandría, donde se enamora de él una dama rica y hermosa, que en nuestro libro se llama Isea y en el de Aquiles Tacio Melita, la cual se creía viuda por tener falsas nuevas de haber naufragado su marido. Clareo resiste por largo tiempo al amoroso asedio de la apasionada Isea, pero vencido por lo precario de su situación y por los consejos é instancias de su amigo Rosiano acaba por consentir en el matrimonio, si bien poniendo por condición que no se consumará hasta que lleguen á Éfeso, patria de la supuesta viuda. Hacen, en efecto, el viaje, pasando el suplicio de Tántalo la pobre Isea; pero Clareo, siempre fiel á la memoria de Florisea, inventa nuevos pretextos para dilatar la unión conyugal, y entre tanto encuentra á su amada entre las esclavas de su nueva mujer. Para complicar la situación, sobreviene en mal hora Tesiandro (Tersandro en Aquiles Tacio), el marido de Isea, que pasaba por muerto; arma tremendo escándalo en su casa, insulta y golpea furiosamente al que tiene por adúltero, y acaba por hacerle encerrar en una prisión y someterle á un proceso. Un confidente de Tesiandro le habla de su esclava Florisea, ponderándole su hermosura; la ve, queda prendado de ella; intenta vencer brutalmente su resistencia, y no lográndolo, la secuestra en escondido lugar y hace correr voz de que había sido asesinada. Llega la falsa noticia al preso Clareo: cae en la más negra desesperación, y para salir pronto de esta vida y vengarse al mismo tiempo de Isea, á quien tiene por autora ó instigadora del crimen, se declara culpable de él y la delata como cómplice. Es sentenciado á muerte, pero le salva la oportuna aparición de Florisea, que ha logrado escapar de su encerramiento y viene á poner en claro la verdad de todo. Los dos amantes vuelven á su patria Bizancio, donde celebran sus bodas, y la infortunada Isea, en cuya boca pone el autor castellano la narración de todos estos trabajos, que en la novela griega cuenta el mismo Clitofonte, vuelve á peregrinar por tierras y mares, pero ya como mera espectadora de muy diversas aventuras.

Comparado este relato con el de Aquiles Tacio, se observan algunas modificaciones muy felices. Reinoso ha ennoblecido el carácter de Clareo; le ha hecho menos pasivo, menos quejumbroso, menos apocado y cobarde que en la novela original, donde todo el mundo aporrea impunemente al triste Clitofonte, sobre todo el brutal marido de Isea. Ha presentado con más tino, y delicadeza la pasión de la viuda, que llega á interesar en algunos momentos por lo patético y bien sentido de sus quejas. Otro rasgo notable de depuración moral y estética á un tiempo se debe al imitador español. Tanto Clareo como Isea quedan libres de toda mancha y sospecha de adulterio, ni involuntario siquiera, si vale la expresión. Por el contrario, Aquiles Tacio hace que Melita, aun después de la vuelta de su marido, insista en su furiosa pasión y logre triunfar por una vez sola de la resistencia de Clitofonte; con lo cual destruye todo el pensamiento de su obra, fundada en la mutua fidelidad de Leucipe y su amante. Esta distracción del novelista griego tiene consecuencias análogas á las que trajo en el _Amadís_ la famosa enmienda de Briolanja. Leucipe, que había guardado incólume su castidad, puede arrostrar impávida la prueba de la gruta de la siringa, que sonaba melodiosamente cuando entraba una virgen (aventura tan parecida á la del _arco de los leales amadores_)] pero Melita no puede salir airosa de la prueba del agua Stygia, sino merced á una restricción mental que dista poco de un falso juramento. Alonso Núñez suprimió estas pruebas, en lo cual no hizo bien, porque son interesantes y poéticas, y abrevió además secamente el final, suprimiendo todas las escenas del templo de Diana y la oportuna llegada de Sostrato, padre de Leucipe, que tanto contribuye al desenlace. Pero en general la novela bizantina no salió empeorada de sus manos, y aunque la prosa de Aquiles Tacio es más trabajada, su elegancia sofistica agrada menos que la candorosa y apacible sencillez del estilo de Reinoso. La imitación clásica no se limita en éste á un solo modelo. El mismo dice en su segunda dedicatoria que quiso remedar también á Ovidio en los libros _de Tristibus_, á Séneca en las tragedias y á otros autores latinos. Con efecto, son visibles estas imitaciones, especialmente las de Séneca el Trágico. Gran parte del capítulo IX, que contiene las quejas y lamentaciones de Isea desdeñada por Clareo, está tejida con palabras y conceptos que pronuncia Fedra en el _Hipólito_, y la confidenta Ibrina representa el mismo papel que la _Nutrix_ en la tragedia del poeta cordobés. Hay una bajada al infierno llena de reminiscencias del libro sexto de la Eneida, y un lindo elogio de la vida pastoril taraceado del «_O fortunatos nimium_» de las _Geórgicas_ y del «_Beatus ille_» de Horacio[517]. Trozo es éste que no me parece muy inferior al celebrado discurso de Don Quijote sobre la edad de oro, con el cual tiene mucha analogía de factura. Y es cierto que Cervantes había leído con mucha atención el libro de los _Amores de Clareo_, del cual hay algunas reminiscencias en el _Persiles_[518].

Aunque la fábula general, en la primera parte del libro de Reinoso, sea la de Aquiles Tacio, hay varios episodios que parecen originales del poeta de Guadalajara, y nada tienen que ver con la antigüedad griega y latina. Tales son las maravillas de la Ínsula Deleitosa y la historia de la infanta Narcisiana, la cual era tan hermosa y tenía tanta fuerza en el mirar, que con su vista mataba; por lo cual sus padres la habían confinado en aquella isla donde ningún hombre verla pudiese, y aun allí, «tenia delante de su rostro una forma de velo o antifaces, porque ansi pudiera ver, y siendo por ventura vista no matar». Otra novela hay (cap. X) cuya acción pasa en Valencia, y que pertenece al género trágico de Mateo Bandello, recordando algo su principio y su fin la de Diego de Centellas, que tiene el número 42 en la colección del ingenioso dominico lombardo. La descripción de la ínsula de la Vida y de los huertos, ejercicios y recreaciones de sus moradores (caps. XI y XII) es una curiosa pintura de la vida cortesana en Italia, enteramente anacrónica con el resto del libro. No lo es menos el reto y batalla campal de Clareo y el corsario Menelao. Y aunque Reinoso insiste mucho en que su obra no se confunda con «las vanidades de que tratan los libros de caballerias», y aguza su ingenio para explicar alegóricamente todas las acciones de sus personajes, es lo cierto que en cuanto abandona las pisadas de Aquiles Tacio, y aparece en escena el andante paladín Felesindos, su libro se convierte en uno más de caballerías, tan absurdo y desconcertado como cualquier otro, aunque mejor escrito que la mayor parte de ellos. No nos perderemos en el laberinto de esta última parte, que ningún interés ofrece, siendo conocidas tantas muestras de su género. Lo más curioso é inesperado es el final, que contiene una sátira nada benévola contra los conventos de monjas[519]. Viéndose rechazada Isea de uno de ellos por su pobreza y oscuro linaje, determina recogerse en la ínsula Pastoril, donde escribe sus memorias, de las cuales promete una segunda parte.

Pocas noticias quedan del autor de este ingenioso libro, fuera de las que él mismo da en las poesías líricas que acompañan á su novela. Era natural de Guadalajara, como queda dicho, y parece haber pasado algunos años de su juventud en Ciudad Rodrigo, donde frecuentó el trato y amistad de Feliciano de Silva, á quien admiraba demasiado, pero cuyo estilo no imitó por fortuna suya. En una de las composiciones que escribió en Italia deplora en términos muy sentidos la ausencia de su amigo:

Y si con estos enojos _Soledad_[520] de España siento, Luego revientan los ojos Con las lágrimas, despojos Del cansado pensamiento. .......................................... Que estoy en _Ciudad Rodrigo_ Muchas veces finjo acá, Y conmigo mismo digo: «Este camino que sigo A los Alamos irá». Y digo: «contento, ufano Y alegre podré llegar A casa de _Feliciano_, A donde continuo gano Por tal ingenio tratar»...

De otros amigos y amigas suyas de aquella ciudad y de Guadalajara trata en los versos que siguen, acordándose especialmente de doña Ana de Carvajal, de una doña Juana Ramírez y de su propia hermana doña Isabel de Reinoso. En una de sus dedicatorias habla de «cierta comedia» que había dirigido al duque del Infantado, y que había sido corregida y enmendada por el señor de Frexno de Torote, D. Juan Hurtado de Mendoza, buen caballero, buen regidor y procurador á Cortes, pero poeta infeliz, autor de _El buen placer trobado en trece discantes de cuarta rima castellana_ (1550); libro que, como tantos otros, tiene su mayor mérito en la rareza. Reinoso se muestra agradecido á sus buenos oficios, no menos que á los del caballero italiano Juan Micas, á quien dedicó la historia de Clareo. Su vida parece haber sido aventurera y azarosa. De una epístola suya á Feliciano se infiere que comenzó la carrera de Leyes, probablemente en la Universidad de Salamanca, lo cual puede explicar sus estancias en la vecina Ciudad Rodrigo. Como tantos otros españoles pasó á Italia, pero su viaje debió de tener más de forzado que de voluntario, á juzgar por los versos en que habla de su destierro, que no parece metafórico:

Ha consentido mi hado Y mi suerte me condena A que viva desterrado Y que muera sepultado Sin placer en tierra ajena; A donde todo me daña, Donde mi muerte se ve, Pues morando en tierra extraña, Con la memoria d' España Como viva yo no sé.