Part 52
Aquí parece que la novela iba á terminar en boda, pero el autor toma otro rumbo y se decide á darla no feliz, sino trágico remate. Laureola, enojada con Leriano por el peligro en que había puesto su honra y su vida con sus amorosos requerimientos, le intima en una carta que no vuelva á comparecer delante de sus ojos. Con esto el infeliz amante pierde el seso y determina dejarse morir de hambre. «Y desconfiando ya de ningun bien ni esperanza, aquejado de mortales males, no pudiendo sostenerse ni sufrirse, hubo de venir a la cama; donde ni quiso comer ni beber, ni ayudarse de cosa de las que sustentan la vida, llamandose siempre bienaventurado, porque era venido a sazon de hacer servicio a Laureola, quitandola de enojos». Sus amigos y parientes hacen los mayores esfuerzos para disuadirle de tan desesperada resolución, y uno de ellos, llamado Teseo, pronuncia una invectiva contra las mujeres, á la cual Leriano, no obstante la debilidad en que se halla, contesta con un formidable y metódico alegato en favor de ellas, dividido en quince causas y veinte razones, por las cuales los hombres son obligados á estimarlas; trozo que recuerda el _Triunfo de las donas_ de Juan Rodríguez del Padrón más que ninguna otra de las apología del sexo femenino que en tanta copia se escribieron durante el siglo XV, contestando á las detracciones de los imitadores del _Corbacho_. En este razonamiento (que fué sin duda la principal causa de la prohibición del libro) se sustenta, entre otros disparates teológicos, que las mujeres «no menos nos dotan de las virtudes teologales que de las cardinales», y que todo el que está puesto en algún pensamiento enamorado cree en Dios con más firmeza porque pudo hacer aquélla que de tanta excelencia y fermosura les paresce», por donde viene á ser tan devoto católico «que ningun Apóstol le hace ventaja»[478]. El enamorado Leriano desarrolla esta nueva _philograhia_, que en la mezcla de lo humano y lo divino anuncia ya los diálogos platónicos de la escuela de León Hebreo.
La novela termina con el lento suicidio del desesperado Leriano (que acaba bebiendo en una copa los pedazos de las cartas de su amada), y con el llanto de su madre, que es uno de los trozos más patéticos del libro, y que manifiestamente fué imitado por el autor de la _Celestina_ en el que puso en boca de los padres de Melibea. El efecto trágico de este pasaje de Diego de San Pedro, en que es menos lo declamatorio que lo bien sentido, estriba principalmente en la intervención del elemento fatídico de los agüeros y presagios. «Acaeciame muchas veces, quando más la fuerza del sueño me vencia, recordar con un temblor subito que hasta la mañana me duraba. Otras vezes, quando en mi oratorio me hallaba rezando por su salud, desfallecido el corazon, me cubria de un sudor frio, en manera que dende a gran pieza tornaba en acuerdo. Hasta los animales me certificaban tu mal. Saliendo un dia de mi camara, vinose un can para mí, y dio tan grandes aullidos, que asi me cortó el cuerpo y la habla, que de aquel lugar no podia moverme. Y con estas cosas daba más credito a mi sospecha que a tus mensajeros; y por satisfacerme, acordé de venir a verte, donde hallo cierta la fe que di a los agüeros».
Aunque la _Cárcel de Amor_ (escrita por su autor en Peñafiel, según al fin de ella se declara) quedaba en realidad terminada con la muerte y las exequias de Leriano, no faltó quien encontrase el final demasiado triste, y demasiado áspera y empedernida á Laureola, que ningún sentimiento mostraba de la muerte de su amador. Sin duda por esto, un cierto Nicolás Núñez, de quien hay también en el _Cancionero General_ versos no vulgares, añadió una continuación ó _cumplimiento_ de pocas hojas, en que mezcla con la prosa algunas canciones y villancicos, y describe la aflicción de Laureola y una aparición en sueños del muerto Leriano, que viene á consolar á su amiga. Pero aunque este suplemento fué incluido en casi todas las ediciones de la _Cárcel de Amor_, nunca tuvo gran crédito, ni en realidad lo merecía, siendo cosa de todo punto pegadiza é inútil para la acción de la novela.
Tal es, reducida á breve compendio, la segunda narración amorosa de Diego de San Pedro, interesante en sí misma, y de mucha cuenta en la historia del género por la influencia que tuvo en otras ficciones posteriores. Es cierto que la trama está tejida con muy poco arte, y los elementos que entran en la fábula aparecen confusamente hacinados ó yuxtapuestos, contrastando los lugares comunes de la poesía caballeresca, tales como la falsa acusación de la princesa (que parece arrancada de la _Historia de la Reina Sevilla_ ó de cualquier libro análogo) con las reminiscencias de la novela sentimental italiana. El mérito principal de la _Cárcel de Amor_ se cifra en el estilo, que es casi siempre elegante, sentencioso y expresivo, y en ocasiones apasionado y elocuente. Hay en toda la obra, singularmente en las arengas y en las epístolas, mucha retórica y no de la mejor clase; muchas antítesis, conceptos falsos, hipérboles desaforadas y sutilezas frías; pero en medio de su inexperiencia no se puede negar á Diego de San Pedro el mérito de haber buscado con tenacidad, y encontrado algunas veces, la expresión patética, creando un tipo de prosa novelesca, en que lo declamatorio anda extrañamente mezclado con lo natural y afectuoso. Este tipo persistió aun en los maestros. Hemos visto que el autor de la _Tragicomedia de Calixto y Melibea_ se acordó de la _Cárcel de Amor_ en la escena final de su drama; y aun puede sospecharse que el mismo Cervantes debe al alcaide de Peñafiel algo de lo bueno y de lo malo que en esta retórica de las cuitas amorosas contienen los pulidos y espaciosos razonamientos de algunas de las _Novelas Ejemplares_ ó los episodios sentimentales del _Quijote_ (Marcela y Crisóstomo, Luscinda y Cardenio, Dorotea...).
No es maravilla, pues, que la novela de Diego de San Pedro, que tenía además el mérito de ser corta y la novedad de contener una ingeniosa aunque elemental psicología de las pasiones, se convirtiese en el breviario de amor de los cortesanos de su tiempo y fuese reimpresa (sin contar con las dos ediciones incunables de 1492 y 1496 y con la traducción catalana de 1493) más de veinticinco veces en su lengua nativa y más de veinte en las extrañas, siendo vertida al italiano, al francés, al inglés y al alemán, durando esta celebridad hasta fines del siglo XVII, puesto que todavía hay ediciones de Hamburgo de 1660 y 1675[479]. En 1514 la cultísima princesa Isabel de Este hacía revolver todas las librerías de Milán para encontrar una _Cárcel de Amor_ y volver á solazarse con su lectura.
Además de la _Cárcel de Amor_ y del _Arnalde y Lucenda_, compuso Diego de San Pedro otras varias obras profanas en verso y prosa, que le dieron entre los donceles enamorados grande autoridad y magisterio, aunque fuesen miradas con ceño por las personas graves y timoratas, que muy justamente se escandalizaban de oirle llamar continuamente _Dios_ á su dama y comparar su gracia con la divina, y aplicar profanamente á los lances y vicisitudes de su amor la conmemoración de las principales festividades de la Iglesia, llegando una vez, en el colmo de la exaltación, á comparar lo que llamaba su _pasión_ con la del Redentor del mundo. Á este período de frenesí erótico, probablemente menos sentido que afectado, pertenece cierto _Sermón_ que compuso en prosa, «porque dijeron unas señoras que le deseaban oir predicar». Este _Sermón_, que se imprimió en un pliego gótico y se halla también al final de algunas ediciones de la _Cárcel de Amor_, apenas tiene otro interés literario que el haber servido de modelo á otro mucho más discreto y picante que puso Cristóbal de Castillejo en su farsa _Constanza_, y que como pieza aparte se ha impreso muchas veces, ya en las obras de su autor (aunque en éstas con el nombre de _Capítulo_ y no poco mutilado), ya en ediciones populares en que el autor usó los seudónimos de _El Menor de Aunes_ y de _Fray Nidel de la Orden de Tristel_. El _Sermón_ en verso de Castillejo enterró completamente al de Diego de San Pedro, que es obra _desmayada y sin el menor gracejo_, como dice con razón Gallardo. Todo se reduce á parodiar pobre ó ineptamente la traza y disposición de los sermones, comenzando por una salutación al Amor, explanando luego el texto _In patientia vestra sustinete dolores vestros_, y contando, á modo de ejemplo moral, los amores de Píramo y Tisbe[480].
Tales profanidades y devaneos hubieron de ser grave cargo para la conciencia de su autor, cuando Dios tocó en su alma y le llamó á penitencia. Fruto de esta conversión fué el _Desprecio de la fortuna_ (núm. 263 del _Cancionero General_), poema sentencioso y de notable mérito, al principio del cual reprueba y detesta sus obras anteriores:
Mi seso lleno de canas, De mi consejo engañado, Hast' aquí con obras vanas Y en escripturas livianas Siempre anduvo desterrado. ................................... Aquella _Carcel d'amor_ Que assi me plugo ordenar, ¡Qué propia para amador! ¡Qué dulce para sabor! ¡Qué salsa para pecar!
Y como la obra tal No tuvo en leerse calma, He sentido, por mi mal, Cuán enemiga mortal Fue la lengua para el alma.
Y los yerros que ponia En un _Sermon_ que escrebi, Como fue el Amor la guia, La ceguedad que tenia Me hiso que no los vi.
Y aquellas _Cartas de amores_ Escritas de dos en dos, ¿Qué seran, decí, señores, Sino mis acusadores Para delante de Dios?
Pero ni los arrepentimientos del autor, ni los anatemas del Santo Oficio, que puso la _Cárcel_ en sus índices (sin duda por las herejías que contiene el razonamiento en loor de las mujeres), ni los rigores de Luis Vives y otros moralistas que no cesan de denunciarle como libro pernicioso á las costumbres, y uno de los que con mayor cautela deben ser alejados de las manos de toda doncella cristiana, pudieron sobreponerse á la corriente del gusto mundano, y el librillo de la _Cárcel de Amor_, fácil de ocultar por su exiguo volumen, no sólo continuó siendo leído y andando en el cestillo de labor de dueñas y doncellas, sino que dió vida á una serie de producciones novelescas, que difundieron un idealismo algo distinto del de los libros de caballerías, aunque conserve con él bastantes relaciones.
Á esta familia pertenece, aunque con notables caracteres de originalidad, la _Cuestión de Amor_, obra anónima, mixta de prosa y verso, cuya primera edición parece ser de 1513 y que, como libro de circunstancias, obtuvo tal boga que fué reimpresa diez ó doce veces antes de 1589, ya suelta, ya unida á la _Cárcel_, que es como más fácilmente suele encontrarse[481]. Ticknor y Amador de los Ríos hablaron de ella, pero con mucha brevedad, y sin determinar su verdadero carácter, ni entrar en los pormenores de su composición, ni levantar el transparente velo que encubre sus numerosas alusiones históricas, y que en parte ha sido descorrido por el erudito napolitano Benedetto Croce en un estudio reciente[482].
El título de la _Cuestión_, aunque largo, debe transcribirse á la letra, porque indica ya la mayor parte de los elementos que entraron en la confección de este peregrino libro: _Question de amor de dos enamorados: al uno era muerta su amiga; el otro sirve sin esperanza de galardon. Disputan quál de los dos sufre mayor pena. Entretexense en esta controversia muchas cartas y enamorados razonamientos. Introducense más una caza, un juego de cañas, una egloga, ciertas justas, e muchos caballeros et damas, con diversos et muy ricos atavios, con letras et invenciones. Concluye con la salida del señor Visorrey de Napoles: donde los dos enamorados al presente se hallaron, para socorrer al sancto padre: donde se cuenta el numero de aquel lucido exercito, et la contraria fortuna de Ravena. La mayor parte de la obra es historia verdadera; compuso esta obra un gentilhombre que se halló presente a todo ello._
Basta pasar los ojos por este rótulo para comprender que no se trata de una novela puramente sentimental y psicológica á su modo, como lo es la _Cárcel de Amor_, sino de una tentativa de novela histórica, en el sentido lato de la palabra, ó más bien de una novela de clave, de una pintura de la vida cortesana en Nápoles, de una especie de crónica de salones y de galanterías, en que los nombres propios están levemente disfrazados con pseudónimos y anagramas. La segunda parte, es decir, todo lo que se refiere á los preparativos de la batalla de Rávena, es un trozo estrictamente histórico, que puede consultarse con fruto aun después de la publicación de los _Diarios_ de Marino Sanudo. Poseer, para época tan lejana, un libro de esta índole modernísima, y poder con su ayuda reconstruir un medio de vida social tan brillante y pintoresco como el de la Italia española en los días más espléndidos del Renacimiento, no es pequeña fortuna para el historiador, y apenas se explica que hasta estos últimos años nadie intentara sacarle el jugo ni descifrar sus enigmas.
El primero es el nombre de su autor, esto es, del _gentilhombre que se halló presente á todo_ y escribió la historia, y éste permanece todavía incógnito, aunque puedan hacerse sobre su persona algunas razonables conjeturas. Lo que con toda certeza puedo asegurarse es que el libro fué compuesto entre los años de 1508 á 1512, en forma fragmentaria, á medida que se iban sucediendo las fiestas y demás acontecimientos que allí se relatan de un modo bastante descosido, pero con picante sabor de crónica mundana.
La cuestión de casuística amorosa que da título á la novela está imitada de las del _Filocolo_ de Boccaccio, y tiene la curiosidad de contener en germen los dos temas poéticos que admirablemente desarrollan los pastores _Salicio_ y _Nemoroso_, en la égloga primera de Garcilaso. Esta cuestión se debate, ya por diálogo, ya por cartas (transmitidas por el paje Florisel) entre dos caballeros españoles: _Vasquirán_, natural de _Todomir_ (¿Toledo?), y _Flamiano_, de _Valdeana_ (¿Valencia?), residente en la ciudad de _Noplesano_, que seguramente es Nápoles. Vasquirano ha perdido á su dama _Violina_, con quien se había refugiado en Sicilia después de haberla sacado de casa de sus padres en la ciudad de _Circunda_ (¿Zaragoza?) y Flamiano es el que sirve sin esperanza de galardón á la doncella napolitana _Belisena_. Esta acción, sencillísima y trabada con muy poco arte, tiene por desenlace la muerte de Flamiano en la batalla de Rávena, cuyas tristes nuevas recibe Vasquirán, en Sicilia, por medio del paje Florisel, que le trae la última carta de su amigo; carta que, por mayor alarde de fidelidad histórica, está fechada el 17 de abril de 1512 en Ferrara.
El cuadro general de la novela vale poco, como se ve; lo importante, lo curioso y ameno, lo que puede servir de documento al historiador y aun excitar agradablemente la fantasía del artista, son las escenas episódicas, la pintura de los deportes y gentilezas de la culta sociedad de Nápoles, la _justa real_, el juego de cañas, la cacería, la égloga (que tiene todas las trazas de haber sido representada con las circunstancias que allí se dicen[483], y que si bien escasa de acción y movimiento, compite en la expresión de afectos y en la limpia y tersa versificación con lo mejor que en los orígenes de nuestra escena puede encontrarse); el inventario menudísimo de los trajes y colores de las damas, de las galas y los arreos militares de los capitanes y gentes de armas que salieron para Rávena con el virrey D. Raimundo de Cardona; todo aquel tumulto de fiestas, de armas y de amores que la dura mano de la fatalidad conduce á tan sangriento desenlace.
Bellamente define el Sr. Croce el peculiar interés y el atractivo estético que produce la lectura de una novela por otra parte tan mal compuesta, zurcida como de retazos, á guisa de centón ó de libro de memorias. «Aquella elegante sociedad de caballeros, dada á los amores, á los juegos, á las fiestas, recuerda un fresco famoso del Camposanto de Pisa; aquella alegre compañía que, solazándose en el deleitoso vergel, no siente que se aproxima con su guadaña inexorable la Muerte. En medio de las diversiones llega la noticia de la guerra: el virrey recoge aquellos elegantes caballeros y forma con ellos un ejército que parte, pomposamente adornado, lleno de esperanzas, entre los aplausos de las damas que asisten á la partida. Algunos meses después, aquella sociedad, aquel ejército, yacía en gran parte solo, sanguinoso, perdido entre el fango de los pantanos de Rávena».
¿Hasta qué punto puede ser utilizada la _Cuestión de Amor_ como fuente histórica? ó en otros términos, ¿hasta dónde llega en ella la parte de ficción? El autor dice que «la mayor parte de la obra es _historia verdadera_», pero en otro lugar advierte que «por mejor guardar el estilo de su invención, y acompañar y dar más gracia a la obra, _mezcla a lo que fué algo de lo que no fué_». En cuanto á los personajes, no cabe duda que en su mayor parte son históricos; y el autor mismo nos convida á «especular por los nombres verdaderos, los que en lugar d' aquellos se han fengidos ó transfigurados».
Á nuestro entender, B. Croce ha descubierto la clave. Ante todo, hay que advertir que, según el sistema adoptado por el novelista, la primera letra del nombre fingido corresponde siempre á la inicial del verdadero nombre. Pero como diversos nombres pueden tener las mismas iniciales, este procedimiento no es tan seguro como otro que constantemente sigue el anónimo narrador, es á saber: la confrontación de los colores en los vestidos de los caballeros y de las damas, puesto que todo caballero lleva los colores de la dama á quien sirve. Y como en la segunda parte de la obra, al tratar de los preparativos de la expedición á Rávena, los gentiles hombres están designados con sus nombres verdaderos, bien puede decirse que la solución del enigma de la _Cuestión de Amor_ está en la _Cuestión_ misma, por más que nadie, que sepamos, hubiera caído en ella hasta que la docta y paciente sagacidad del Sr. Croce lo ha puesto en claro, no sólo presentando la lista casi completa de los personajes disfrazados en la novela, sino aclarando el argumento principal de la obra, que parece tan histórico como todo lo restante de ella, salvo circunstancias de poca monta puestas para descaminar, ó más bien para aguzar, la maligna curiosidad de los contemporáneos. Es cierto que todavía no se ha podido quitar la máscara á Vasquirán, á Flamiano ni á la andante y maltrecha Violina; pero lo que sí resulta más claro que la luz del día es que la Belisena á quien servía el valenciano Flamiano (¿D. Jerónimo Fenollet?) con amor caballeresco y platónico, sin esperanza de galardón, era nada menos que la futura reina de Polonia, Bona Sforza, hija de Isabel de Aragón, duquesa de Milán, á quien en la novela se designa con el título ligeramente alterado de _duquesa de Meliano, que era una muy noble señora viuda_ y residía con sus dos hijas, ya en Nápoles, ya en Bari. Esta pobre reina Bona, cuyas aventuras, andando el tiempo, dieron bastante pasto á la crónica escandalosa, no parece haber escapado siempre de ellas tan ilesa como de manos del comedido hidalgo Flamiano, ni haberse mostrado con todos sus galanes tan dura, esquiva y desdeñosa como con aquel pobre y transido amador, al cual no sólo llega á decirle que recibe de su pasión mucho enojo, sino que añade con ásperas palabras: «y aunque tú mil vidas, como dices, perdieses, yo dellas no he de hazer ni cuenta ni memoria». Á lo cual el impertérrito Flamiano responde: «Señora, si quereys que de quereros me aparte, mandad sacar mis huessos, y raer de alli vuestro nombre, y de mis entrañas quitar vuestra figura».
Los demás personajes de la novela han sido identificados casi todos por Croce con ayuda de los _diarios_ de Passaro. El _Conde Davertino_ es el conde de Avellino; el _Prior de Mariana_ es el prior de Messina; el _Duque de Belisa_ es el duque de Bisceglie; el _Conde de Porcia_ es el conde de Potenza; el _Marqués de Persiana_ es el marqués de Pescara; el _Señor Fabricano_ es Fabricio Colonna; _Attineo de Levesin_ es Antonio de Leyva; el _Cardenal de Brujas_, el cardenal de Borja; _Alarcos de Reyner_, el capitán Alarcón; _Pomarín_, el capitán Pomar, _Alvalader de Caronis_, Juan de Alvarado; la _Duquesa de Francoviso_, la duquesa de Francavilla; la _Princesa de Saladino_, la princesa de Salerno; la _Condesa de Traviso_, la de Trivento; la _Princesa de Salusana_, la princesa Sanseverino de Bisignano. Y luego, por el procedimiento de parear los colores, puede cualquier aficionado á saber intrigas ajenas penetrar en las intimidades de aquella sociedad como si hubiese vivido años en ella.
Esta sociedad bien puede ser calificada de italohispana, y aun de bilingüe. Menos de medio siglo bastó en Nápoles para extinguir los odios engendrados por la conquista aragonesa. «Todos estos caballeros, mancebos y damas, y muchos otros principes y señores (dice el autor de la _Question_) se hallaron en tanta suma y manera de contentamiento y fraternidad los unos con los otros, assi los españoles unos con otros como los mismos naturales de la tierra con ellos, que dudo en diversas tierras ni reynos ni largos tiempos passados ni presentes tanta conformidad ni amor en tan esforzados y bien criados caballeros ni tan galanes se hayan hallado». Las fiestas que en la novela se describen, las _justas de ocho carreras_, la _tela de justa real_ ó carrera de la lanza, y sobre todo el juego de cañas y quebrar las alcancías, son estrictamente españolas, y no lo es menos el tinte general del lenguaje de la galantería en toda la novela, que, con parecer tan frívola, no deja de revelar en algunos rasgos la noble y delicada índole del caballero que la compuso. Es muy significativo, en esta parte el discurso de Vasquirán á su amigo al partir para la guerra, enumerando las justas causas que debían moverle á tomar parte en tal empresa: «La una yr en servicio de la Iglesia, como todos is: la otra en el de tu rey, como todos deben, la otra porque vas a usar de aquello para que Dios te hizo, que es el hábito militar, donde los que tales son como tú ganan lo que tú mereces y ganarás: la otra y principal que llevas en tu pensamiento a la señora Belisena, y dexas tu corazon en su poder».
La _Cuestión de Amor_ encontró gracia ante la crítica de Juan de Valdés, aunque prefería el estilo de la _Cárcel_: «Del libro de _Question de Amor_ ¿qué os parece?--Muy bien la invencion y muy galanos los primores que hay en él, y lo que toca a la question no está mal tratado por la una parte y por la otra. El estilo en quanto toca a la prosa, no es malo, pudiera bien ser mejor; en quanto toca al metro, no me contenta.--Y de _Cárcel de Amor_ ¿qué me dezis?--El estilo desse me parece mejor...».