Part 51
Expresamente declaró el Condestable que era este el primer fruto de sus estudios, á la par que la historia de sus primeros amores, entre los catorce y los diez y ocho años. Tal circunstancia desarma mucho la severidad del lector, á la vez que explica la confusa mezcla de imitaciones sagradas[463] y profanas, la fácil erudición traída por los cabellos y el continuo recuerdo de otros libros contemporáneos, como el _De las claras y virtuosas mujeres_, de D. Álvaro de Luna, que explotó mucho para las glosas. Creemos que fué el Condestable el primer portugués que escribió en prosa castellana, y no se puede decir que fuesen infructuosos sus esfuerzos. Siguió la corriente latinista, abusando del hipérbaton, á veces en términos ridículos[464], que sólo admiten comparación con el hórrido galimatías de D. Enrique de Villena; pero otras veces, como por instinto ó imitando la _Vita Nuova_, que seguramente conocía, acertó á dar á la frase un grado notable de viveza y elegancia, mostrando ciertas condiciones pintorescas y algún sentido de la armonía del período[465]. Su manera, en los buenos trozos, parece ya muy próxima al tipo que habían de fijar en Castilla el autor de la _Cárcel de Amor_ y en Portugal el de _Menina e Moça_.
No es fácil conjeturar quién fuese la hermosa Princesa (así la nombra) que inspiró al Condestable esta juvenil pasión, puesto que, á despecho de las afectaciones del estilo, creemos que se trata de amores verdaderos. En las ponderaciones de su belleza, discreción y honestidad no pone tasa, llegando á aplicarla aquel mismo encarecimiento poco ortodoxo que Cartagena hizo de nuestra Reina Católica. Salvo la Madre de Dios, «no nascio, desde aquella que fue formada de la costilla... quien a sus pies por meritos de gloriosa virtud asentarse debiese». Y en verso todavía pasa más la raya, según necio estilo de trovadores:
Oid tan gran culpa vos, Cumbre de la gentileza, Mi gozo, _mi solo Dios_, Mi placer e mi tristeza De mi vida.
Las poesías con que la _Sátyra_ del Condestable acaba son en extremo conceptuosas y alambicadas, pero están escritas con soltura muy digna de notarse en un poeta que no tenía el castellano por lengua nativa.
La fecha de la _Satira de felice é infelice vida_ no puede traerse más acá de 1455, puesto que aquel año pasó de esta vida la reina doña Isabel de Portugal á quien está dedicada. Precisamente este doloroso suceso prestó argumento á otra obra del Condestable mucho más importante y digna de elogio que la _Sátira_, aunque aquí no haremos más que mencionarla, porque pertenece á los dominios de la filosofía moral, no á los de la ficción amena, y es en fondo y forma una elocuente imitación del tratado _De Consolatione_ de Boecio, intercalando, á imitación suya, la prosa con los metros, á los cuales procuró dar toda la variedad que estaba á su alcance, puesto que además de las octavas de arte mayor usó los versos de siete y de seis sílabas combinados de varias maneras. Tal es la _Tragedia de la insigne Reina Doña Isabel_, de la cual dió la primera noticia en 1840 Federico Bellermann[466], sin que los eruditos peninsulares se hiciesen cargo de ella, hasta que en fecha muy reciente, y en ocasión para mí memorable, la publicó íntegra, acompañada de un estudio tan sabio y profundo como todos los suyos, la ilustre romanista doña Carolina Michaelis de Vasconcellos[467]. Tanto la prosa como los versos de la _Tragedia_ son muy superiores á todo lo que conocíamos del Condestable. Hasta los lugares, comunes de la ética consolatoria, que no podían menos de ser el fondo de la composición, están como rejuvenecidos por el sentimiento personal del poeta, que recorre todos los grados del dolor hasta conquistar la resignación sumisa. Es, como ha dicho, su editora, un _Recuerde el alma adormida_, escrito en prosa poética y puesto en boca del viejo Cronos, único personaje alegórico que en la obra interviene.
El género de las prosas poéticas, á estilo de Boccaccio, está representado en la literatura catalana por el fecundo y clásico escritor Mosén Juan Roiz de Corella, tan penetrado de la influencia italiana que sus endecasílabos, aunque sujetos todavía á la cesura obligada de la cuarta sílaba, se mueven con una gentileza muy apartada de la monotonía del tipo provenzal. Su prosa es muy elegante y estudiada, tanto en las obras profanas como en las sagradas, y la aplicó á muy diversos géneros de narraciones, especialmente á las mitológicas, tomando de Ovidio la mayor parte de sus argumentos: «razonamiento de Telamón y Ulises sobre las armas de Aquiles»; «llanto de la Reina Hécuba sobre la muerte de Príamo» «historia de Leandro y Ero»; «lamentaciones de Mirra, Narciso y Tisbe»; «fábulas de Orfeo, Scyla y Nyso, Pasifae y Minos, Progne y Filomena, Biblis y Cauno»; «juicio de Paris»; «carta que Aquiles escribió á Policena en el sitio de Troya», y aun no sé si las he mencionado todas[468]. Ovidio y Boccaccio juntos explican la elaboración de estas piezas. Pero hay entre ellas una microscópica novelita amatoria, en prosa y verso, la _Tragedia de Caldesa_[469], que parece referirse á un hecho real de la vida del autor, puesto que á una dama de ese nombre están dedicadas varias composiciones suyas y además la acción se supone en Valencia. El fragmento de la llamada _Tragedia_, aunque no limpio de afectaciones retóricas, tiene pasión y brío. El poeta sorprende á su amada en flagrante delito de infidelidad, se querella desesperadamente y lanza contra sí mismo atroces maldiciones si vuelve á acordarse de tal amor. Ella, con muchas lágrimas, suspiros y sollozos, pide perdón por su culpa en versos amorosísimos:
Si us par que y bast | per vostres mans espire, O si voleu | cuberta de salici Iré pel mon | peregrinant romera.
Muy lentos habían sido, como se ve, los pasos de la ficción sentimental en España durante la mayor parte del siglo XV: Sólo al fin de aquella centuria, y en la corte de los Reyes Católicos, apareció el notable ingenio, que, dando forma definitiva á esta clase de libros, acertó á escribir uno que conquistó inmediatamente el aplauso de sus contemporáneos y corrió triunfante por Europa, leído y admirado donde quiera. Tal suerte cupo á la _Cárcel de Amor_, obra del bachiller Diego de San Pedro, de cuya persona poco sabemos, salvo que anduvo al servicio del Maestre de Calatrava D. Pedro Girón y del Alcaide de los Donceles[470], y que tuvo en nombre del primero la tenencia de la fortaleza de Peñafiel y otros lugares[471].
No fué la _Cárcel de Amor_ su primer ensayo novelesco. Un año antes, en 1491, había publicado otra novela del mismo carácter, el _Tratado de amores de Arnalte y Lucenda, endereszado a las damas de la reina doña Isabel; en el qual hallarán cartas y razonamientos de amores de mucho primor y gentileza_. Este librito es de tan extraordinaria rareza[472] que nunca he podido leerle en castellano, á pesar de existir cuatro ediciones por lo menos, teniendo que valerme para el extracto que voy á dar de las dos traducciones, francesa de Herberay des Essarts é italiana de Bartolomé Maraffi, que varias veces se imprimieron juntas[473]. Fué además traducida dos veces al inglés en prosa y en verso[474].
La fábula de esta novelita, que Diego de San Pedro fingió haber traducido del griego[475], es muy semejante á la de la _Cárcel de Amor_, y puede considerarse como su primer esbozo. El autor, extraviado por una selva[476], llega á un castillo, que desde los cimientos hasta la cumbre estaba pintado de negro. Tropieza con unos hombres de aspecto muy melancólico. El que parecía señor de los otros lanzaba dolorosos suspiros. Recibe cortésmente al caballero y le conduce á su morada, en que todas las cosas representaban gran dolor. Le agasaja, no obstante, con una delicada cena, y le conduce á la cámara donde había de pasar la noche. Oye durante ella músicas tristes, lamentos y suspiros angustiosos del atribulado señor del castillo. Á la mañana vuelve éste para conducirle á la iglesia, donde descollaba un túmulo enlutado, que era el que el castellano tenía reservado para sí. Á la hora del desayuno platican de diversas materias, y finalmente el afligido caballero le refiere su historia. Se llamaba Arnalte, y era natural de Tebas. Enamoróse de Lucenda, viendo el gran duelo que hacía en los funerales de su padre. La enviaba por medio de un servidor cartas y mensajes que se transcriben á la letra. La dama hace pedazos la primera carta. Sabedor Arnalte de que Lucenda va á maitines en la vigilia de Navidad, determina disfrazarse de mujer para poder hablar con ella, y así lo ejecuta. Ella le contesta _con una voce tremolante_, quitándole toda esperanza. Intercálase una canción que entonó una noche el amador delante de las ventanas de su dama, traducida en un soneto italiano y en tres cuartetas francesas. Nuevas y fastidiosas lamentaciones de Arnalte. El rey le manda concurrir á unas justas que los caballeros de la corte habían ordenado. Son invitadas las damas á la mascarada de la noche y al torneo del día. Descripción de la divisa del caballero. Durante las máscaras Arnalte logra introducir una carta _nella tasca della veste_ de Lucenda, que por estar presente la reina se ve obligada á disimular, pero luego nada responde. Belisa, hermana de Arnalte, viéndole tan afligido, le pregunta la causa de su mal, y él se niega á manifestársela. Confíase al fin á su amigo Gerso, que vivía cerca de Lucenda, pero no consigue verla en ninguna de las varias ocasiones en que va á su casa. Belisa, informada secretamente del motivo de las tristezas de su hermano, comienza á frecuentar asiduamente á Lucenda, de quien era amiga. Razonamiento de Belisa á Lucenda. Réplica de Lucenda negándose á admitir los obsequios amorosos de Arnalte. Nueva embajada de Belisa, que quiere picar á Lucenda, diciéndola que su hermano renuncia á su loco amor y va á ausentarse. Lucenda consiente en escribir por una vez sola á Arnalte, á condición de que desista de su amor. Extremos que hizo Arnalte al recibir de manos de su hermana la carta de Lucenda. Vuelve á escribir, suplicando que le permita verla antes de partir, y no á solas, sino en presencia de Belisa, lo cual consigue después de largas instancias.
«Entonces (prosigue) todas mis penas se trocaron en alegria por haber conseguido tal victoria. De tal modo aquellas benditas nuevas festejaron mi ánimo y mi corazon; de tal modo me acariciaba el amor, que no deseaba ya cosa alguna, aunque en realidad nada tenia. Y cuando llegó la hora que teniamos aplazada para ir al sitio señalado, mi hermana y yo nos dirigimos, al salir el sol, a una iglesia de religiosos, y alli me retiré a una pequeña estancia, donde ella solia confesarse y donde no tardó en aparecer». En la entrevista obtiene Arnalte hasta el singular favor de besarla la mano, pero á condición de que en adelante no sea tan importuno. «¡Oh Dios (exclama), si alguien me hubiese dado a escoger entre el imperio del mundo y perder el bien que habia conseguido, llamo por testigos a los que perfectamente aman, de que hubiera preciado mucho más mi contentamiento que la monarquía universal!».
Algo fortalecido con aquella muestra de cortesía y piedad, que él tomó por signo de amor, consiente en acompañar á su hermana á un lugar que tenía cerca de la ciudad de Tebas, para distraerse con la caza de cetrería. Pero un día le asaltan tristes agüeros al montar á caballo. «De subito, el tiempo, que era claro y sereno, apareció nebuloso y lleno de tempestad. Un lebrel que yo mucho amaba, empezó a dar saltos entre mis piernas, y temblando sin cesar, lanzaba espantosos aullidos. Pero yo, que entonces me cuidaba poco de presagios y de casos semejantes, por ninguna de estas cosas quise abandonar mi empresa, antes con un halcon en el puño sali a correr el campo. Pero apenas habia comenzado a caminar, me acordé que hacia mucho tiempo no habia visto al caballero Gerso, de quien antes te he hablado, y empecé a considerar que nunca despues que le hube manifestado el afecto que por Lucenda sentia me habia mostrado el buen semblante que antes solia, sino que poco a poco se habia ido alejando de mí, no visitandome ya ni cuidándose de saber nuevas mias. Y como la mayor parte de los hombres son variables en sus amistades, pensé que esta habria sido la causa de su ausencia. Y por otro lado pareciame cosa imposible en él verme padecer cuando me podia prestar algun alivio. Mientras yo revolvía estos pensamientos, el halcon que llevaba en el puño cayó por tierra muerto, lo que me confirmó en la sospecha que habia empezado a tener de mi compañero Gierso, y me acordé tambien de aquel perro que a la madrugada habia aullado tan dolorosamente; y perdido el gusto con esto, determiné volverme a casa. Pero antes quise subir a una colina desde donde se parecia el castillo de Lucenda, y senti un rumor de musicales instrumentos que resonaban entre las montañas; lo cual me pareció extraño porque la estacion no era conveniente para tales solaces, y me puso más pensativo que antes, entrando en gran sospecha de mi futuro daño. No acertaba a mover los pies de alli, y sólo cuando la noche sobrevino comencé a retirarme a casa de mi hermana, la cual tenia costumbre de salir a esperarme a la puerta, y entonces no vino, acrecentándose con esto los temores y angustias de mi ánimo. Y lo que fue todavía peor: cuando llegué donde ella estaba no me dijo palabra, pero tenia la cara tan triste que era muy de maravillar».
Al fin, entre sollozos y lágrimas su hermana le declara que Lucenda se había casado con su falso y pérfido amigo _Gierso_. Arnalte cae desmayado, y cuando vuelve en sí hace pedazos las cartas de Lucenda, se arranca la barba y los cabellos, y viste á todos sus servidores de duelo. Una criada y confidenta de Lucenda viene á hacerle saber de parte de su señora que se ha casado, no por su voluntad, sino por importunidad de sus parientes. Con esto toda la indignación de Arnalte recae sobre Gierso, á quien envía un cartel de desafío, retándole para delante del rey como traidor y felón. Gierso acepta el reto, pero alegando que uno de los motivos que había tenido para casarse con Lucenda era curar á su amigo de su insensata pasión, haciéndole perder toda esperanza. El rey les concede campo para el desafío, y Arnalte vence y mata á Gierso. Pero Lucenda, justamente ofendida, no quiere que su mano sea galardón del matador, y entra de monja profesa en un convento, rechazando las solicitudes de Belisa en favor de su hermano. Arnalte determina retirarse á la soledad, á pesar de los consuelos de Belisa, edifica el lúgubre castillo y se sepulta en él de por vida.
El interés romántico de esta sencilla y patética historia, que resultará más agradable de seguro en el estilo ingenuamente retórico de Diego de San Pedro, explica el éxito que tuvo, no sólo en España[477], sino en Italia, en Francia y en Inglaterra. No eran frecuentes todavía narraciones tan tiernas y humanas, conducidas y desenlazadas por medios tan sencillos, y en que una pasión verdadera y finamente observada es el alma de todo. Bajo este aspecto quizá _Arnalte y Lucenda_ aventaja á la _Cárcel de Amor_, que es más larga, más complicada, más novela en fin, pero que adolece por lo mismo de graves defectos de composición, inevitables acaso en un arte tan primitivo.
Es la _Cárcel de Amor_ libro más célebre hoy que leído, aunque merece serlo, siquiera por la gentileza de su prosa en los trechos en que no es demasiadamente retórica. Fúndense en esta singular composición elementos de muy varia procedencia, predominando entre ellos el de la novela íntima y psicológica, tipo de la _Fiammetta_ de Boccaccio. Pero á semejanza de Juan Rodríguez del Padrón, ingiere Diego de San Pedro en el cuento de los amores de su protagonista Leriano (que quizá sean, aunque algo velados, los suyos propios), episodios de carácter enteramente caballeresco, guerras y desafíos, y durísimas prisiones en castillos encantados; diserta prolijamente sobre las excelencias del sexo femenino, tema tan vulgar en la literatura cortesana del siglo XV, y lo envuelve todo en una visión alegórica, dando así nuevo testimonio de la influencia dantesca, que trascendía aún á todas las ramas del árbol poético cuando se escribió la _Cárcel_. En la cual no es menos digno de repararse, y puede atribuirse, según ya apuntó, á la influencia del cuento latino de Eneas Silvio, el empleo de la forma epistolar, con tanta frecuencia que una gran parte de la novela está compuesta en cartas; lo cual, unido á las tintas lúgubres del cuadro y á lo frenético y desgraciado de la pasión del héroe, y aun al suicidio (si bien lento y por hambre) con que la narración acaba, hace pensar involuntariamente en el _Werther_ y en sus imitadores, que fueron legión en las postrimerías del siglo XVIII y en los albores del XIX. Observación es ésta que no se ocultó á la erudición y perspicacia de D. Luis Usoz, el cual dice en su prólogo al _Cancionero de Burlas_: «La _Cárcel de Amor_ es el _Werther's Leiden_ de aquellos tiempos».
Aunque erróneamente suele incluirse la _Cárcel de Amor_ entre las producciones del reinado de don Juan II, basta leerla para convencerse de que no pudo ser escrita antes de 1465, en que empezó á ser Maestre de Calatrava D. Rodrigo Téllez Girón, y además la dedicatoria á Diego Hernández, alcaide de los Donceles, retrasa todavía más la fecha del libro, que no puede ser anterior al tiempo de los Reyes Católicos.
Finge el autor que yendo perdido por unos valles hondos y oscuros de Sierra Morena, ve salir á su encuentro «un caballero, assi feroz de presencia como espantoso de vista, cubierto todo de cabello á manera de salvaje», el cual llevaba en la mano izquierda un escudo de acero muy fuerte y en la derecha «una imagen femenil entallada en una piedra muy clara. El tal caballero, que no era otro que el Deseo», principal oficial en la casa del Amor, llevaba encadenado detrás de sí á un cuitado amador, el cual suplica al caminante que se apiade de él. Hácelo así Diego de San Pedro, no sin algún sobresalto; y vencida una agria sierra llega, al despuntar la mañana, á una fortaleza de extraña arquitectura, que es la durísima _cárcel de amor_, simbolizada en el título del libro. Traspasada la puerta de hierro, y penetrando en los más recónditos aposentos de la casa, ve allí sentado en silla de fuego á un infeliz cautivo, que era atormentado de muy recias y exquisitas maneras. «Vi que las tres cadenas de las ymagenes que estaban en lo alto de la torre, tenian atado aquel triste, que siempre se quemaba y nunca se acababa de quemar. Noté más, que dos dueñas lastimeras, con rostros llorosos y tristes le servian y adornaban, poniendole en la cabeza una corona de unas puntas de hierro sin ninguna piedad, que le traspasaban todo el celebro. Vi más, que cuando le truxeron de comer, le pusieron una mesa negra, y tres servidores mucho diligentes, los quales le daban con grave sentimiento de comer... Y ninguna destas cosas pudiera ver segun la escuridad de la torre, si no fuera por un claro resplandor que le salia al preso del corazon, que le esclarescia todo».
Aquí la imitación del Santo Grial y de la penitencia del rey Amfortas es evidente, aunque transportada de la materia sagrada á la profana. El prisionero, mezclando las discretas razones con las lágrimas, declara llamarse _Leriano_, hijo de un duque de Macedonia y amante desdichado de _Laureola_, hija del rey Gaulo. Y tras esto explica el simbolismo de aquel encantado castillo, terminando por pedir al visitante que lleve de su parte un recado á Laureola, diciéndola en qué tormentos le ha visto. Promete el autor cumplirlo, no sin proponer antes algunas dificultades fundadas en ser persona de diferente lengua y nación, y muy distante del alto estado de la señora Laureola. Pero al fin emprende el camino de la ciudad de Suria, donde estaba el rey de Macedonia, y entrando en relaciones de amistad con varios mancebos cortesanos, de los principales de aquella nación, logra llegar á la presencia de la infanta Laureola y darle la embajada de su amante. «Si como eres de España fueras de Macedonia (contesta la doncella), tu razonamiento y tu vida acabaran a un tiempo». Tal aspereza va amansándose en sucesivas entrevistas, aunque el cambio se manifiesta menos por palabras que por otros indicios y señales que curiosa y sagazmente nota el autor. «Si Leriano se encontraba en su presencia, desatinaba de lo que decia, volviase subito colorada y despues amarilla; tornabase ronca su voz, secabasele la boca». Establécese, al fin, _proceso de cartas_ entre ambos amantes, siendo el poeta medianero en estos tratos. Así prosigue esta correspondencia llena de tiquismiquis amorosos y sutiles requiebros, entreverados con algunos rasgos de pasión sincera, viniendo á formar todo ello una especie de anatomía del amor, nueva ciertamente en la literatura castellana. Al fin Leriano determina irse á la corte, donde logra honestos favores de su amada. Pero allí le acechaba la envidia de Persio, hijo del señor de Gaula, quien delata al rey sus amores, de resultas de lo cual Laureola es encerrada en un castillo, y Persio, por mandato del rey, reta á Leriano á campal batalla, enviándole su cartel de desafío, «segun las ordenanzas de Macedonia». Los dos adversarios se baten en campo cerrado: Leriano vence á Persio, le corta la mano derecha y le pone en trance de muerte, que el rey evita arrojando el bastón entre los dos contendientes. Pero las astucias y falsedades de Persio prosiguen después de su vencimiento. Soborna testigos falsos que juren haber visto hablar á Leriano y Laureola «en lugares sospechosos y en tiempos deshonestos». El rey condena á muerte á su hija; por la cual interceden en vano el cardenal de Gaula y la reina. Leriano, resuelto á salvar á su amada, penetra en la ciudad de Suria con quinientos hombres de armas, asalta la posada de Persio y le mata. Saca de la torre á la princesa, la deja bajo la custodia de su tío Galio y corre á refugiarse en la fortaleza de Susa, donde se defiende valerosamente contra el ejército del rey, que le pone estrechísimo cerco. Pero muy oportunamente viene á atajar sus propósitos de venganza la confesión de uno de los falsos testigos por cuyo juramento había sido condenada Laureola. De él y de sus compañeros se hace presta justicia, y el rey deja libres á Leriano y á Laureola.