Part 50
Á diferencia de los demás libros de su clase, que se desenvuelven en una atmósfera fantástica, la novela de Juan Rodríguez está llena de recuerdos de su tierra natal, notados con toda precisión topográfica. Las principales escenas pasan en las cercanías de la villa del Padrón, probablemente en la Rocha. Se menciona la puerta de _Morgadan_ que «muestra la via por la ribera verde a la muy clara fuente de la selva, y el nuevo templo de la diosa Vesta, en que reinaba la deesa de amores contraria de aquélla», ó sea la iglesia de Santa María de Iria, edificada sobre las ruinas de la que en tiempo de los romanos fué templo de Vesta. No se contenta el novelista con las grandes hazañas que su héroe consuma en la corte del Emperador, en Hungría, Polonia y Bohemia, sino que le trae para mayores aventuras «_a las partes de Iria, riberas del mar Oceano_, a las faldas de una montaña desesperada, que llamaban los navegantes la alta Crystalina, donde es la vena del albo crystal, señorio del muy alto principe glorioso, excelente y magnifico rey de España». Allí escoge un paraje en la mayor soledad, y haciendo venir «muy sotiles geometricos», les manda romper por maravilloso arte «una esquiva _roca_, dentro de la cual obraron un secreto palacio rico, fuerte, bien labrado, y a la entrada un verde, fresco jardin, de muy olorosas yervas, lindos, fructiferos arboles, donde solitario vivia», entregado á los deportes de la caza. Este secreto palacio, donde se desata la principal acción de la novela con el trágico fin de los dos leales amadores Ardanlier y Liessa, es «el que hoy dia llaman la _Roca del Padron_, por sola causa del padron encantado, principal guarda de las dos sepulturas que hoy dia perpetuamente el templo de aquella antigua cibdad, poblada de los caballeros andantes en peligrosa demanda del palacio encantado, ennoblecen; los quales, no pudiendo entrar por el encantamiento que vedaba la entrada, armaban sus tiendas en torno de la esquiva Rocha, donde se encierran las dos ricas tumbas, y se abren por maravilla al primero de Mayo, e a XXIV y XXV de Junio y Julio, a las grandes compañas de los amadores que vienen de todas naciones a la grand perdonanza que en los tales dias los otorga el alto Cupido, en visitacion y memoria de aquellos. E por semblante via fue continuado el sytio de aquellos cavalleros, principes y gentiles omes e fue poblado un gracioso villaje, que vino despues a ser gran cibdad, segund que demuestran los sus hedificios... A la parte siniestra miraba aquella nombrada fuente de los Azores, donde las lindas aves de rapiña, gavilanes, azores, melyones, falcones del generoso Ardanlier, acompañados de aquellas solitarias aves que en son de planto cantan los sensibles _lays_, despues de vesitadas dos veces al dia las dos memoradas sepulturas, descendian tomar el agua, segun fazer solian en vida del grand cazador que las tanto amaba: e cebandose en la escura selva, guardaban las aves domesticas del secreto palacio, que despues tornaron esquivas, silvestres, en guisa que _de la Naya_, y de las _arboledas de Miraflores_ salen hoy dia esparveres, azores gentiles y pelegrynos, falcones que se cevan en todas raleas, salvo en gallinas y gallos monteses, que algunos dizen faysanes, conociendolas venir de aquellas que fueron criadas en el palacio encantado, en cuyas faldas, no tocando al jardin o vergel, pacian los _coseres_, portantes de Ardanlier, despues de su fallecimiento, e las lindas hacaneas, palafrenes de las fallecidas Liessa e Irena y sus dueñas e donzellas; que vinieron despues en tanta esquividad y braveza, que ninguno, por muy esforzado, solo, syn armas, osaba passar a los altos bosques donde andaban. En testimonio de lo qual hoy dia se fallan caballos salvajes de aquella raza en _los montes de Teayo, de Miranda y de Bujan_, donde es la flor de los monteros, ventores, sabuesos de la pequeña Francia (_Galicia_), los quales afirman venir de los tres canes que quedaron de Ardanlier».
Bien se perdonará lo extenso de la cita, si se considera lo raro que es encontrar en toda la literatura caballeresca, un paisaje que no sea enteramente quimérico, y tenga algunas circunstancias tomadas del natural. Juan Rodríguez del Padrón es el primero de nuestros escritores en quien, aunque vagamente, comienza á despuntar el sentimiento poético de la naturaleza, y no es ésta la menor singularidad de sus obras.
Pero aun lo es más la nota personal é íntima que hay en ellos. Su novela contiene, en cifra que para los contemporáneos debió de ser clara, la historia de unos desventurados amores suyos. Teatro de estos amores fué la corte de Castilla, que Juan Rodríguez frecuentó, después de haber vivido en la domesticidad del Cardenal D. Juan de Cervantes, á quien probablemente acompañó en su viaje al Concilio de Basilea. Corre en muchos libros la especie, no documentada, pero sí muy probable, de que fué paje de don Juan II. Sólo este cargo ú otro análogo pudo darle entrada en la corte, puesto que á pesar de su hidalguía y de sus pretensiones heráldicas era persona bastante oscura. Entonces puso los ojos en él una _grand señora_, de tan alta guisa y de condición y estado tan superiores al suyo, que sólo con términos misteriosos se atreve á dar indicio de quién fuese y de los _palacios y altas torres_ en que moraba. El analista de la Orden de San Francisco, Wadingo, dijo ya que Juan Rodríguez había sido engañado artificiosamente por una dama de palacio (_artificiosè a regia pedisequa delusus_). Mil referencias hay en _El siervo libre de amor_ á esta misteriosa historia, aunque se ve en el autor la firme resolución de no decirlo todo, _por pavor y vergüenza_. «Esfuerzate en pensar, (dice á su amigo el juez de Mondoñedo), lo que creo pensarás: _yo aver sido bien afortunado_, aunque agora me ves en contrallo; _e por amor alcanzar lo que mayores de mi deseaban... desde la hora que vi la gran señora (de cuyo nombre te dirá la su epístola) quiso enderezar su primera vista contra mí_, que en sólo pensar ella me fue mirar, por symple me condenaba, e cuanto más me miraba, mi simpleza más y más confirmaba; si algun pensamiento a creer me lo inducia, yo de mí me corria, y menos sabio me juzgaba... ca de mí ál non sentia, salvo que la grand hermosura e desigualdad de estado la fazia uenir en acatamiento de mí, porque el más digno de los dos contrarios más claro luciese en vista del otro, e por consiguiente la dignidad suya en grand desprecio menoscabo de mí, que quanto más della me veia acatado, tanto más me tenia por despreciado, e quanto más me tenia por menospreciado, más me daba a la gran soledad, maginando con tristeza...».
Á través de este revesado estilo, bien se deja entender que la iniciativa partió de la señora, avezada sin duda á tales ardimientos, y que Juan Rodríguez, haciendo el papel del _Vergonzoso en palacio_, incierto y dudoso al principio de que fuese verdad tanta dicha, acabó por dejarse querer como vulgarmente se dice, y «la prendió por señora, y juró su servidumbre». La _muy generosa señora_ cada día le mostraba más _ledo semblante_. «E quanto más mis servicios la cautivaban, mas contenta de mí se mostraba, y a _todas las señales, mesuras y actos que pasaba en el logar de la fabla, el Amor le mandaba que me respondiesse_... E yo era a la sazon quien de placer entendia de los amadores ser más alegre, y bien afortunado amador, y de los menores siervos de amor más bien galardonado servidor». Cuando en tal punto andaban las cosas, y creía que se le iban abrir las puertas de aquel encantado paraíso (si es que ya para aquel tiempo no le habían sido franqueadas de par en par, como sin gran malicia puede sospecharse), perdióle al poeta el ser muy suelto de lengua y hacer confianza de un amigo suyo, que al principio no quiso creer palabra de lo que le contaba y luego acabó por darle un mal consejo. «El qual, syn venir en cierta sabiduria, denegóme la creencia, e desque prometida, vino en grandes loores de mí, por saber yo amar y sentir yo ser amado de tan alta señora, amonestandome por la ley de amistad consagrada, no tardar instante ni hora enviarle una de mis epistolas en son de comedia, de oracion, peticion o suplicacion, aclaradora de mi voluntad... Por cuya amonestacion yo me di luego a la contemplacion, e sin tardanza al dia siguiente, primero de año, le envié ofrecer por estrenas la presente, en romance vulgar firmada:
Recebid alegremente, Mi señora, por estrenas La presente. La presente cancion mia Vos envía, En vuestro logar de España, A vos y a vuestra compaña Alegria. E por más ser obediente, Mi corazon en cadenas Por presente...».
En respuesta á estas _estrenas_ ó aguinaldo recibió un _ledo mensaje_, por el cual le fué prometido _logar a la fabla y merced al servicio_. Es tan malo y estragado el único texto que poseemos de la novela, que apenas se puede adivinar cómo acabó la aventura, ni en qué consistió la deslealtad de que acusa al amigo. Lo que resulta claro es que la muy _excelente señora_ llegó á entender que su galán había quebrado el secreto de sus amores, y se indignó mucho contra Juan Rodríguez, _arrojándole de su presencia_. Entonces él, lleno de temor y de vergüenza, se retrajo al _templo de la gran soledat, en compañia de la triste amargura, sacerdotisa de aquélla_, y desahogó sus tristezas en la prosa y versos de este libro, haciendo al mismo tiempo tan duras penitencias como Beltenebros en la Peña Pobre ó D. Quijote en Sierra Morena. «Enderezando la furia de amor a las cosas mudas, preguntaba a los montaneros, e burlaban de mí; a los fieros salvajes, y no me respondian; a los _auseles_ que dulcemente cantaban, e luego entraban en silencio, e quanto más los aquexaba, más se esquivaban de mí». Algunas de estas canciones pone en _El siervo_, entre ellas una escrita en variedad de metros, como lo exigía la locura de amor del poeta y lo romántico de sus afectos.
Así anduvo «_errando_ por las malezas, hasta que se falló ribera del grand mar, en vista de una grand urca de armada, obrada en guisa de la alta Alemaña, cuyas velas... escalas e cuerdas eran escuras de esquivo negror». Allí venía por _mestresa_ una dueña anciana, vestida de negro, acompañada de siete doncellas, en quienes fácilmente se reconoce á las siete virtudes. Una de ellas, _la muy avisada Synderesis_, recoge al poeta en su _esquife_, y es de suponer que le devolviera el juicio perdido, porque aquí acaba la novela, en la cual indudablemente falta algo.
Si levantamos el velo alegórico y prescindimos de oscuridades calculadas, que se acrecientan por el mal estado de la copia, apenas se puede dudar de que el fondo de la narración sea rigurosamente autobiográfico. De lo que no es fácil convencerse, á pesar de las protestas del poeta, es de lo platónico de tales amores. El temor de la _muerte_ pavorosa, que amaga al poeta con el trágico fin de Macías; el misterio en que procura envolver todos los accidentes del drama, y la antigua tradición consignada al fin de la _Cadira del honor_, que le supone _desnaturado del reyno_ á consecuencia de estos devaneos, son indicios de una pasión ilícita y probablemente adúltera, como solían serlo los amoríos trovadorescos. Así se creía en el siglo XVI, cuando un autor ingenioso, y que seguramente había leído _El siervo libre de amor_, forjó sobre los amores de Juan Rodríguez una deleitable y sabrosa, aunque algo liviana, novela, del corte de los mejores cuentos italianos, en la cual se supone que la incógnita querida de Juan Rodríguez del Padrón era nada menos que la reina de Castilla doña Juana, mujer de Enrique IV y madre de la Beltraneja[456]. El nombre de esta señora anda tan infamado en nuestras historias, que poco tiene que perder por que se le atribuya una aventura más ó menos; pero basta fijarse en los anacronismos y errores del relato, que le quitan todo carácter histórico. Ni Juan Rodríguez era aragonés, como allí se dice, sino gallego; ni sus aventuras pudieron ser en la corte de Enrique IV, puesto que _El siervo libre de amor_, principal documento que tenemos sobre ellos, no contiene ninguna alusión á fecha posterior á 1439, ni puede sacarse del tiempo en que Gonzalo de Medina era juez de Mondoñedo, es decir, por los años inmediatos á 1430. Y sabido es que el primer matrimonio del príncipe D. Enrique, no con doña Juana de Portugal, sino con doña Blanca de Navarra, no se efectuó hasta 1440. Verdad es que el autor de la novela anónima no se para en barras, y no contento con hacer á Juan Rodríguez amante de la reina de Castilla, le lleva luego, no al claustro, sino á la corte de Francia, donde «la Reina, que muy moza y hermosa era, comenzó a poner los ojos en él, y aficionándose favorecello, de manera que los amores vinieron a ser entendidos, pasando en ellos cosas notables, de manera que vino a estar preñada... y a él le fue forzoso irse para Inglaterra, donde, antes de llegar a Cales para embarcarse... fue muerto por unos caballeros franceses».
El hecho de inventarse tan absurdos cuentos sobre su persona, prueba que el trovador gallego quedó viviendo como tipo poético en la imaginación popular y en la tradición literaria. Fué el segundo Macías, único superior á él entre los llagados de la flecha de amor, que penaban en el simbólico infierno de Guevara y Garci Sánchez de Badajoz. Su trágica muerte pudo ser inventada también para asimilar más y más su leyenda á la de Macías, el cual, más que su amigo, fué su ídolo poético, el único de sus días á quien creía _merescedor de las frondas de Dafne_. Pero si no muerte sangrienta, destierro y extrañamiento largo parecen haber sido la pena de los amores de Juan Rodríguez, hasta que en el claustro de Herbón, que contribuyó á edificar con sus bienes patrimoniales, encontró refugio contra las tempestades del mundo y de su alma. Es cierto que no hay datos seguros acerca de la fecha de su profesión, y aun algunos dudan de ella; pero algo vale la constante creencia de la orden franciscana, consignada por el erudito Wadingo[457] y robustecida por la tradición local.
Ya hemos dicho que además de la novela íntima contiene _El siervo libre de amor_ una pequeña narración caballeresca. Esta historia de _Ardanlier y Liessa_ ha sido escrita, por quien conocía no sólo las ficciones bretonas, sino el _Amadís de Gaula_, puesto que la prueba de la roca encantada recuerda la de la ínsula Firme y el arco de los leales amadores; pero con esta derivación literaria se juntan recuerdos de los aventureros españoles que fueron con empresas de armas á la _dolce Francia_, como don Pero Niño; á Hungría, Polonia y Alemania, como Mosén Diego de Valera. Ardanlier sostiene un paso honroso cerca de Iria, como Suero de Quiñones en la puente de Órbigo; hay también un candado en señal de esclavitud amorosa, salvo que no le lleva el héroe, sino la infanta Irene, que le entrega la llave en señal de servidumbre. Y para que la ficción tenga todavía raíces más hondas en la realidad, la trágica historia de los amores de Ardanlier, hijo de Creos, rey de Mondoya, y de Liessa, hija del señor de Lira, reproduce en sus rasgos principales la catástrofe de doña Inés de Castro, si bien el novelista, buscando un fin todavía más romántico, hace al desesperado príncipe traspasarse con su propia espada después del asesinato de su dama, fieramente ordenado por el rey su padre.
Es, pues, _El siervo libre de amor_, como otras novelas del siglo XV, una obra de estilo compuesto, en que se confunden de un modo caprichoso elementos muy diversos, alegóricos, históricos, doctrinales y caballerescos, sin que pueda llamarse en rigor libro de caballerías, puesto que en él se da más importancia al amor que al esfuerzo, y es pequeña, por otra parte, la intervención del elemento fantástico, y sobrenatural de magia y encantamientos. De las novelas sentimentales que en adelante, se escribieron, quizá la que tiene más directo parentesco con ella es la dulce y melancólica _Menina e Moça_ de Bernardim Ribeiro.
Ya hemos indicado cuánto realzan la novela de Juan Rodríguez ciertos accidentes de color local gallego, y hasta puede verse una extraña é irreverente transformación de la sepultura del Apóstol en aquel otro _padrón_ encantado, donde perseveran en dos ricas tumbas, «los cuerpos enteros de Ardanlier y Liessa, fallecidos por bien amar, fasta el pavoroso dia que los grandes bramidos de los quatro animales despierten del grand sueño, e sus muy purificas animas posean perdurable folganza». Aquel recinto era encantado y tenía tres cámaras ó _alojes de fino oro y azul_, para probar sucesivamente á los leales amadores que quisiesen arrojarse á aquella, temerosa aventura. «Grandes principes africanos, de Asia y Europa, reyes, duques, condes, caballeros, marqueses y gentiles hombres, lindas damas de Levante y Poniente, Meridion y Setentrion, con salvoconducto del gran rey de España venian a la prueba: los caballeros a haber gloria de gentileza, fortaleza y de lealtad; las damas de fe, lealtad, gentileza y gran fermosura... Pero sólo tristeza, peligro y afán, por más que pugnaban, avian por gloria, fasta grand cuento de años quel buen Macias... _nacido en las faldas de esa agra montaña_, viniendo en conquista del primer aloje, dio franco paso al segundo albergue... y entrando en la carcel, cesó el encanto, y la secreta camara fue conquistada»[458].
No son novelas, pero corresponden más bien al género recreativo que al didáctico, y tienen algo de alegoría, otros dos libros de Juan Rodríguez del Padrón: el _Triunfo de_ _las donas_ y la _Cadira del honor_[459], obras enlazadas entre sí de tal modo que la una puede considerarse como introducción de la otra, pero tratan muy diversa materia: la primera el elogio de las mujeres, la segunda el panegírico de la nobleza hereditaria. En el primero de estos tratados, que, por lo demás, es una refutación en forma escolástica del _Corbaccio_ italiano, se encuentra la graciosa fábula, de gusto ovidiano, de las transformaciones de la ninfa _Cardiana_ en fuente y del gentil _Aliso_ en arbusto, cuyos pies bañaba ella con sus aguas.
Juan Rodríguez, no ajeno á las enseñanzas del humanismo que pudo recibir en la misma Italia cuando servía al Cardenal Cervantes, parece haber frecuentado, además de la lectura de Boccaccio, la de Ovidio. Se le atribuye, y á mi ver con fundamento, una traducción (muy incorrecta y poco exacta, pero de expresión apasionada en ciertos pasajes) de las _Heroidas_ con el extraño título de _Bursario_[460], que el traductor explica de este modo: «porque asy como en la bolsa hay muchos pliegues, asy en este tratado hay muchos obscuros vocablos y dubdosas sentencias, y puede ser llamado _bursario_, porque es tan breve compendio que en la bolsa lo puede hombre llevar; o es dicho _bursario_ porque en la bolsa, conviene a saber, en las células de la memoria, debe ser refirmado con gran diligencia, por ser más copioso tratado que otros». El carácter de estas epístolas eróticas del más ingenioso de los poetas de la decadencia romana, lo alambicado y falso muchas veces de los sentimientos que expresan, recuerdan más bien la moderna novela galante que la elegía antigua, y no juzgo inútil aquí su indicación, porque á mi juicio influyeron en las prosas poéticas de Boccaccio y sus imitadores. El nuestro añadió á las cartas del vate sulmonense otras más modernas, y de color todavía más novelesco, como la de Madreselva á Mauseol y las de Troylo y Briseyda, cuya sustancia procede de la _Crónica Troyana_[461]. En todas ellas se ve la misma pluma devaneadora y sentimental que trazó los razonamientos de _El siervo libre de amor_.
Á pesar del olvido en que andando el tiempo hubo de caer esta novela, de la cual queda un solo códice, en su tiempo debió de ser bastante leída, especialmente en Galicia y Portugal. Unos versos de Duarte Brito, insertos en el Cancionero de Resende, prueban que esta popularidad continuaba á principios del siglo XVI, puesto que la enamorada pareja de Ardanlier y Liessa está allí recordada al lado de Pánfilo y Fiameta, y de Grimalte y Gradissa, héroes de una novelita de Juan de Flores.
Pero más importante todavía que esta referencia es una nota de la _Sátyra de felice e infelice vida_ del Condestable de Portugal D. Pedro, que resume todo el argumento de la novela del trovador iriense, de cuyo estilo revesado é hiperbólico es manifiesta imitación la _Sátyra_ misma, tanto en la prosa como en los versos. Por lo demás, el libro de Juan Rodríguez, en medio de sus rarezas, tiene valor autobiográfico y un cierto género de inspiración romántica y caballeresca, de que la _Sátyra de felice e infelice vida_ enteramente carece; reduciéndose á una serie de insulsas lamentaciones atestadas de todos los lugares comunes de la poesía erótica de entonces, sin que tal monotonía se interrumpa, antes bien se refuerza, con el obligado cortejo de figuras alegóricas tan pálidas como _la Discreción_, _la Piedad_ y _la Prudencia_.
El simpático y desventurado príncipe que con este fruto algo acedo de su ingenio se mezclaba al coro literario del siglo XVI, es una noble y trágica figura histórica, cuya vida corta y azarosa (1429-1466) se desenvolvió casi siempre fuera de Portugal, lo cual explica que no dejase ningún escrito en su nativa lengua. La catástrofe de su padre, el infante don Pedro, en Alfarrobeira; la persecución de su familia y la confiscación de sus bienes, le obligaron á buscar asilo en Castilla desde 1449 á 1457. Entonces fué cuando dió la última forma á su extraño libro, del cual hizo presente á su hermana la reina de Portugal doña Isabel, no menos desdichada que él, puesto que murió en edad muy temprana, no sin sospechas de envenenamiento. De la dedicatoria se infiere que había comenzado á escribir en portugués, pero que «traido el texto a la deseada fin, e parte de las glosas en lengua portuguesa acabadas», determinó traducirlo todo «e lo que restaba acabar en este castellano idioma; porque segund antiguamente es dicho, e la experiencia lo demuestra, todas las cosas nuevas aplazen». Haciendo alarde de su infantil erudición, y para que su obra no pareciese _desnuda y sola_, llenó las márgenes de copiosas é impertinentísimas glosas, que con muy buen acuerdo ha suprimido en gran parte el editor moderno[462]; porque no contienen más que triviales especies de mitología é historia antigua, salvo algunas de excepcional valor por referirse á personajes españoles, como la interesante y larga nota en que se describen las virtudes de Santa Isabel de Portugal, y el curiosísimo pasaje relativo al enamorado Macías, «grande e virtuoso martir de Cupido», cuya pasión y trágico fin están contados de un modo mucho más romántico que en las versiones ordinarias, si bien el Condestable no le concede más que la segunda silla ó _cadira_ en la corte de Cupido, reservándose para sí propio la primera, como prototipo de leales amadores.
Nada menos satírico que esta llamada _Sátira_, como nada menos dramático que la _Comedieta de Ponza_. Estos caprichosos títulos corresponden á una preceptiva infantil, en que los géneros literarios tenían distintos nombres que ahora. El Condestable dice que llamó á su obra «Sátira, que quiere decir reprehension con ánimo amigable de corregir; e aun este nombre _Sátira_ viene de _satura_, que es loor» (_sic_). Y como en la obra se loa _el femíneo linaje_, y el autor se reprende á sí mismo, va mezclada de alabanza y de corrección, entendiéndose por _vida infeliz_ la del poeta y por _feliz_ la de su dama. Esto en cuanto al título, pues en cuanto á la materia, este fastidiosísimo libro, que su autor tuvo más de una vez propósito de sacrificar _al Dios Vulcano_, con lo cual ciertamente no se hubiera perdido mucho, es una especie de novela alegórica del género sentimental, aunque de pobre y trivialísimo argumento.