Part 49
[438] No hay inconveniente en admitir que el germen de la creación de D, Quijote haya sido la locura de un sujeto real. De uno muy semejante nos da cuenta D. Luis Zapata (_Miscelánea_, pág. 91): «Mas en nadie estas cosas maravillaron en nuestros tiempos tanto como en un caballero muy manso, muy cuerdo y muy honrado. Sale furioso de la corte sin ninguna causa, y comienza á hacer las locuras de Orlando; arroja por ahí sus vestidos, queda en cueros, mató un asno á cuchilladas, y andaba con un bastón tras los labradores á palos, y no pudiendo escudriñar de él la causa, decían que de una tía suya lo había heredado, y así es cierto que hay dolencias y condiciones hereditarias».
[439] «Era aficionada (mi madre) a libros de caballerías, y no tan mal tomaba este pensamiento como yo le tomé para mí; porque no perdia su labor, sino desenvolviemonos para leer en ellos; y por ventura lo hacia para no pensar en grandes trabajos que tenia, y ocupar sus hijos, que no anduviesen en otras cosas perdidos. Desto le pesaba tanto a mi padre, que se habia de tener aviso a que no lo viese. Yo comencé a quedarme en costumbre de leerlos, y aquella pequeña falta que en ella vi, me comenzo a enfriar los deseos, y comenzar a faltar en lo demas; y pareciame no era malo, con gastar muchas horas del dia y de la noche en tan vano ejercicio, aunque ascondida de mi padre. Era tan en extremo lo que en esto me embebia, que si no tenia libro nuevo no me parece tenia contento». (_Vida_, cap. II).
[440] «Diose, pues, a estos libros con gran gusto, y gastaba en ellos mucho tiempo, y como su ingenio era tan excelente, ansi bebio aquel lenguaje y estilo, que dentro de pocos meses ella y su hermano Rodrigo Cepeda compusieron un libro de caballerias con sus aventuras y ficciones, y salió tal que hubo que decir dél», (_Vida de Sta. Teresa_, libro I, cap. V).
[441] _Diálogo de la lengua_ (ed. de Usoz), pág. 180.
[442] _Obras de Fr. Luis de Granada_, ed. Rivadeneyra, tomo I, pág. 327.
[443] _Trezena parte de las Comedias de Lope de Vega_... 1620. _El Desconfiado_ es la quinta de las comedias incluidas en este tomo.
[444] _Corte en aldea y noches de invierno_ (Traducción de Juan Bautista de Morales), Valencia, 1793, página 17.
VI
NOVELA SENTIMENTAL; SUS ORÍGENES; INFLUENCIA DE BOCCACCIO Y ENEAS SILVIO.--JUAN RODRÍGUEZ DEL PADRÓN («EL SIERVO LIBRE DE AMOR»).--DIEGO DE SAN PEDRO («CÁRCEL DE AMOR». «TRATADO DE ARNALTE Y LUCENDA»).--«CUESTIÓN DE AMOR», DE AUTOR ANÓNIMO.--JUAN DE FLORES («GRISEL Y MIRABELLA». «GRIMALTE Y GRADISSA»).--OTRAS NOVELAS DEL MISMO ESTILO.--JUAN DE SEGURA («PROCESO DE CARTAS DE AMORES»).--HERNANDO DÍAZ («HISTORIA DE LOS AMORES DE PEREGRINO Y GINEBRA»).--NOVELA BIZANTINA DE AVENTURAS.--INFLUENCIA DE HELIODORO Y AQUILES TACIO.--ALONSO NÚÑEZ DÉ REINOSO («CLAREO Y FLORISEA»).--JERÓNIMO DE CONTRERAS («SELVA DE AVENTURAS»).
Simultáneamente con los libros de caballerías floreció, desde mediados del siglo XV, otro género de novelas, que en parte se deriva de él y conserva muchos de sus rasgos característicos, pero en parte acaso mayor fué inspirado por otros modelos y responde á un concepto de la vida muy diverso. Tal es la novela erótico-sentimental, en que se da mucha más importancia al amor que al esfuerzo, sin que por eso falten en ella lances de armas, bizarrías y gentilezas caballerescas, subordinadas á aquella pasión que es alma y vida de la obra, complaciéndose los autores en seguir su desarrollo ideal y hacer descripción y anatomía de los afectos de sus personajes. Es, pues, una tentativa de novela íntima y no meramente exterior como casi todas las que hasta entonces se habían compuesto, y aunque no produjo, ni podía producir, obras maestras, porque no habían llegado todavía los tiempos del análisis psicológico, dejó algunas curiosas muestras de retórica apasionada y trajo á nuestra prosa un nuevo é importante elemento.
Ya algunas novelas cortas venidas del francés ó del provenzal, como _Flores y Blancaflor_, _Paris y Viana_, _Pierres y Magalona_, preparan y anuncian la aparición de este género; pero son todavía novelas de aventuras, aunque sencillas y tiernas, no son novelas propiamente afectivas. Los verdaderos ó inmediatos modelos de la novela erótica hay que buscarlos en Italia. Ignorado como lo estuvo siempre de los cristianos el precioso tratado _de los amores_ del cordobés Aben-Hazam, no hay duda que el primer libro subjetivo ó íntimo de las literaturas modernas, el primer análisis detallado y profundo de la pasión amorosa es la _Vita Nuova_ del gran Alighieri, donde la autobiografía sentimental del sumo poeta está mezclada con el comentario de algunos de sus sonetos, baladas y canciones. Pero no obstante lo muy admirado é imitado que fué Dante en la literatura española del siglo XV, no parece que este librito suyo fuese tan familiar á nuestros ingenios como la _Divina Comedia_. No le encuentro citado en parte alguna, aunque el Marqués de Santillana poseyó un códice, y sólo en la novela catalana de _Curial y Guelfa_ (lib. I, p. 64) se encuentra una imitación de la _maravigliosa visione_ del corazón comido, que está en él capítulo III de la _Vita Nuova_.
En cambio fué extraordinariamente leída la _Fiammetta_ de Juan Boccaccio, curiosísimo ensayo de psicología femenina, larga elegía de amor puesta en boca de la protagonista, que es, con transparente disfraz, la hija natural del rey Roberto de Nápoles, María de Aquino, de cuyos amores con el poeta de Certaldo queda tanta memoria en otras obras suyas, tales como el _Filostrato_ y la _Amorosa Visione_. Los defectos que la _Fiammetta_ tiene para el gusto de ahora; su estilo redundante y ampuloso lleno de rodeos y circunloquios; su afectación retórica y ciceroniana, que desde las primeras páginas empalaga; el pedantesco abuso de citas y reminiscencias clásicas, no lo eran para los contemporáneos y parecían otros tantos primores. Nuestros prosistas del siglo XV la tuvieron en gran estima, procuraron imitarla, y no sólo en la _Cárcel de Amor_ y en los libros de Juan de Flores, sino en la parte seria y trágica de la _Celestina_ se ven las huellas de este modelo de tan dudosa belleza. Las pedanterías que dice Melibea al encerrarse en la torre y resuelta ya á despeñarse; las lamentaciones de sus padres Pleberio y Alisa, parecen trozos de la _Fiammetta_. Pero si influyó por sus defectos, influyó también por sus cualidades, que son admirables, especialmente por la penetración psicológica, que Boccaccio tuvo en alto grado, y aplicó antes que ningún moderno al estudio del alma de la mujer, llegando en algunos momentos de expresión apasionada á emular Fiammeta, despechada por el abandono de su amador Pamphilo, las inmortales quejas de la Dido virgiliana y de la Ariadna de Catulo. Los lunares que esta obra tiene, como todas las demás latinas é italianas de Boccaccio (exceptuado sólo, y no totalmente, el _Decameron_), son propios de la cultura todavía imperfecta del primer Renacimiento, que conservaba muchos restos de barbarie; pero lo que tiene de genio novelístico, de impulso juvenil, de potencia gráfica, de opulenta ejecución y sobre todo de pintura de afectos y situaciones patéticas, le pertenece á él solo; apareció en sus libros por primera vez y le pone, en el orden de los tiempos, á la cabeza de los novelistas modernos.
Nada más fácil que encontrar citas de la _Fiammetta_ en los autores españoles del siglo XV; basten por todas una castellana de D. Iñigo López de Mendoza, y otra catalana del comendador Rocaberti. Sabido es que en la _Comedieta de Ponza_ del Marqués de Santillana es Boccaccio uno de los interlocutores, y á él se dirige la reina viuda de Aragón doña Leonor, aludiendo al capítulo III de su novela con estas palabras:
E como _Fiameta_ con la triste nueva Que del peregrino le fue reportada, Segunt la tu mano registra e aprueva, La mas fiel d'aquellas no poco turbada...
Entre la procesión de célebres enamorados que desfila por los tercetos del poema alegórico de Rocaberti intitulado _Comedia de la gloria de amor_, figuran Pánfilo y Fiammetta:
O nobla _Fiameta_ Lo teu gran dol a planyer m'a vençut, Sobres dolor la pensa m'a costreta.
En ambas lenguas fué traducida la _Fiammetta_ dentro del siglo XV. De la versión catalana[445] existe en el Archivo de la Corona de Aragón un códice procedente del monasterio de San Cucufate del Vallés, escrito con tinta tan corrosiva que le va destruyendo á toda prisa, por lo cual urge su publicación. La traducción castellana, de la cual se conserva un códice en el Escorial, fué impresa tres veces, por lo menos, en 1497, 1523 y 1541, ediciones todas de gran rareza por haberlas prohibido el Santo Oficio[446].
Notable influencia ejerció en el desarrollo de nuestra novela amatoria otro libro ó más bien fragmento de libro de Boccaccio, es á saber, las trece cuestiones de la cuarta parte del _Filocolo_, traducidas y publicadas con el impropio título de _Laberinto de Amor_, que sólo conviene á otra obra del mismo autor llamada más frecuentemente el _Corvacho_. Cuando por primera vez se imprimió anónima esta traducción en Sevilla (1546), el intérprete declaró de esta manera el origen del libro: «Leyendo por mi pasatiempo el verano pasado un libro en lengua toscana, que se llama _Filoculo_, que quiere decir tanto como _Fatiga de Amor_, el cual compuso el famoso Juan Bocacio a instancia de Madama Maria, hija del rey Ruberto de Napoles, entre muchas materias subtiles de Amor que la Historia trata, hallé trece cuestiones que se propusieron delante della en una fiesta, seyendo elegida de todos los que la celebraban Reina para que las determinase. Y paresciendome bien, acordé de traducirlas en nuestro romance castellano...»[447].
Aquel mismo año, y en Toledo, se hizo nueva y más correcta edición de las _Trece questiones_, suprimido ya el impropio título de _Laberinto_, y declarando el nombre del traductor, que fué el canónigo D. Diego López de Ayala, asistido en pequeña parte por el capitán Diego de Salazar. Todo ello consta en una advertencia de Blasco de Garay al lector: «Entrando cierto dia... a visitar y besar las manos al muy Reverendo y Magnifico señor don Diego López de Ayala, vicario y canónigo de la Santa Iglesia de Toledo, y Obrero della, sucedio que como me metiese (segun su costumbre de rescebir sabrosamente a los estudiosos de las letras) en su libreria y encomenzase a comunicar algunas obras raras que habia en ella, topé acaso con un libro de mano que contenia Trece Cuestiones muy graciosas, sacadas y vueltas en nuestro romance de cierta obra toscana llamada _El Filoculo_... De las cuales haciendo yo la cata por diversas partes, encomenzaronseme a encender las orejas de calor con la pureza de su estilo: tanto que no pude dexar luego de preguntar quién habia sido el autor de tan suave clareza. El cual, dubdoso entre conceder y negar, trahiame suspenso con respuestas que me obligaban a ser adivino. Una cosa se me declaró luego por cierta, los sumarios de las preguntas que iban en metro o copulas (_sic_) por hablar más castellano, haberlas compuesto Diego de Salazar que primero fue capitan, y al fin Hermitaño, varon en verdad el más suficiente en aquella arte, asi de improviso como de pensado, que jamas tuvo nuestra España... Pero como los tales sumarios en el dicho libro fuesen lo accesorio y de menos importancia (aunque en sí muy buenos), no cesé de querer saber adelante quién habia compuesto tan elegante y polida castellana prosa. Y por la negativa que se me hizo de muchos que yo reputaba haberla compuesto (aunque siempre me parecía exceder la obra á la opinion mia), conosci en fin la afirmativa, que era ser el verdadero interprete del tal libro el dueño en cuyo poder estaba. Del cual, porque no caresciese nuestra lengua moderna de semejantes riquezas, no con poca instancia trabajé que consintiese sacarle a luz, pues tan digno era de ella, puesto que ya a hurtadas se le habia otro antes divulgado. Y como a la sazon no le hallase título, pusole el que a él mejor le parescio, llamandole _Laberinto de Amor_ de Juan Bocacio; como el _Laberinto_ sea libro distinto del _Filocolo_, aunque todos de un mismo autor. Asimismo sacóle muy vicioso, como cosa de rebato hurtada. Agora, pues, amigo lector, os le damos correctisimo y con la ultima lima de su autor afinado»[448].
Los dos escritores mencionados en esta advertencia son bastante conocidos: el canónigo Ayala como traductor de la _Arcadia_ de Sannazaro, y el capitán Salazar, como traductor de Apiano y otros historiadores clásicos, y traductor también, ó por mejor decir plagiario, del _Arte de la Guerra_ de Maquiavelo, que se apropió con pocos cambios en su diálogo _De Re Militari_, disimulando el nombre del autor original.
Alfonso de Ulloa, infatigable editor de libros españoles en Venecia, puso las Trece Cuestiones del _Filocolo_ al fin de la _Cuestión de Amor_, que estudiaré después; y en efecto, el parentesco de ambos libros salta á la vista, aunque la _Cuestión_ española tiene un desarrollo novelesco mucho más amplio y un carácter histórico muy original. Pero el problema de casuística amatoria es del mismo género que los que se debaten en el _Filocolo_. Ambas obras tienen por teatro la corte de Nápoles, y reflejan las costumbres aristocráticas de sus saraos, que en esta parte continuaban la tradición de las _tensones_ y _jocs partits_ de Provenza y Francia. Tienen mucha importancia en el arte novelesco de Boccaccio estas _Cuestiones_, porque el episodio en que están introducidas se parece mucho al cuadro general del _Decameron_[449] y dos de ellas son verdaderas novelas que reaparecen luego en esta colección (la cuarta y la quinta de la décima jornada, es á saber la del jardín mágico y la de la dama enterrada en vida).
Además de las obras de Boccaccio creemos que influyó en nuestros novelistas sentimentales, y especialmente en Diego de San Pedro, una singular narración latina de autor italiano, que tanto por su mérito intrínseco como por la calidad de la persona del autor, tuvo en el siglo XV una celebridad extraordinaria. Me refiero á la _Historia de duobus amanibus Eurialo et Lucretia_, que el egregio humanista de Siena, Eneas Silvio Piccolomini, futuro Papa con el nombre de Pío II, compuso en 1444, cuando no había pasado de las órdenes menores; obra que fué para él (lo mismo que su comedia _Chrysis_ y otros ensayos juveniles suyos) motivo de grave remordimiento cuando llegó á ocupar la cátedra de San Pedro, moviéndole á exclamar con honda compunción _Æneam rejicite_, _Pium suscipite_. La recomendación no fué oída: al contrario, el nombre del autor acrecentó lo picante del libro; la _Historia de Eurialo y Lucrecia_ fué impresa en latín más de veinte veces antes de acabar el siglo XV, y traducida á las principales lenguas vulgares, entre ellas al castellano[450].
Era Eneas Silvio gran admirador de Boccaccio, á quien se parece algo como geógrafo, historiador y polígrafo. En la novela de _Eurialo y Lucrecia_ le imita manifiestamente, y aunque tiene pasajes tan lúbricos como cualquiera de los relatos más inhonestos del _Decameron_, predomina el tono sentimental y romántico, lo cual aproxima más esta obrita al tipo de la _Fiammetta_. El estilo es muy otro: retórico también y lleno de exclamaciones, pero vivo, rápido, animadísimo, como cuadra á los movimientos desordenados y febriles de la pasión; es, en suma, obra maestra de una latinidad refinada y voluptuosa. Á los recursos artísticos empleados por Boccaccio agrega Eneas Silvio el empleo de la forma epistolar: parte de la novela está en cartas entre los dos amantes; nuevo y poderoso medio de análisis afectivo, mucho más natural que el de los soliloquios empleado por Boccaccio. Ya veremos que el autor castellano de _Arnalte y Lucenda_ y de _Leriano y Laureola_ fué de los primeros que adoptaron esta feliz innovación. Ojalá hubiese imitado también al futuro Pontífice en el interés profundamente histórico y humano que éste había dado á su narración, fundada en un suceso realmente acaecido en Siena cuando entró en ella el emperador Segismundo. Un alemán y una italiana son los héroes de este sencillísimo cuento de amores, el cual en todos sus detalles revela aquella fina observación que da tanto precio á muchos pasajes de las epístolas y de las historias de Eneas Silvio, escritor enteramente moderno cuando describe países ó costumbres.
Entre los primeros maestros de la psicología erótica que fueron aquí leídos é imitados, creo que debe incluirse también al florentino León Bautista Alberti, uno de aquellos genios universales y enciclopédicos que el Renacimiento produjo, una especie de prefiguración de Leonardo de Vinci. Pequeña cosa parecen en el cuadro de su portentosa actividad estética y científica los dos diálogos _Ecatonfila_ y _Deifira_, el primero. de los cuales _enseña el ingenioso arte de amar_ y el segundo _exhorta á huir del amor mal comenzado_[451]. Pero aquí debe hacerse mención de ellos, porque fueron traducidos al catalán en el siglo XV[452] y porque alguna relación tienen con la _Fiammetta_, aunque más bien pertenecen á aquel género de platonismo erótico que tiene en el libro del hebreo español Judas Abarbanel su más curioso monumento. Pero de esa _philographia_ ó doctrina del amor y la hermosura he discurrido largamente en otra parte[453]. bastando recordar aquí el lazo que une estos conceptos alejandrinos renovados en Florencia con la literatura cortesana del siglo XVI, con la poesía lírica y con las novelas sentimentales y pastoriles que fueron su reflejo.
Pero no adelantemos especies que luego se verán confirmadas. Los libros españoles de que voy á tratar se escribieron durante un período de dos siglos, y no todos obedecen á las mismas influencias, aunque en todos ellos persiste el tipo esencial y orgánico, mezcla de caballeresco y erótico, combinación del _Amadís_ y de la _Fiammetta_. Por lo demás, estas producciones tienen mucho de original é interesante, y su corto volumen y la variedad de los motivos poéticos que tratan las hacen más amenas y de más fácil digestión que los libros de caballerías.
La más antigua, y una de las más interesantes, es la de Juan Rodríguez del Padrón, último trovador de la escuela gallega, paisano y amigo de Macías, á quien parece que se propuso imitar en los amores, ya que no en la muerte:
Si te place que mis dias Yo fenezca mal logrado Tan en breve, Plegate que con Macias Ser meresca sepultado; Y decir debe Do la sepultura sea: Una tierra los crió, Una muerte los levó, Una gloria los possea.
Su reputación poética, cifrada hasta ahora en pocos y medianos versos, aunque sencillos y á veces tiernos, habría de subir al más alto punto si realmente fuese autor de los bellísimos romances del _Conde Arnaldos_, de la _Infantina_ y de _Rosa Florida_, que un manuscrito del Museo Británico le atribuye[454]; pero aun concediendo (lo que para nosotros no es dudoso) que un poeta cortesano del tiempo de D. Juan II pudiera alcanzar en algún momento feliz esa plenitud de inspiración, las lecciones que el manuscrito de Londres da son de tal modo inferiores á los textos impresos, que si Juan Rodríguez las compuso realmente, no puede ser tenido por autor original de estos romances, sino por refundidor bastante torpe.
Su prosa vale más que sus versos, y su biografía y su leyenda, todavía muy oscuras, interesan más que sus versos y su prosa. La novela que vamos á examinar encierra sin duda una parte de las confesiones del propio poeta. Titúlase este libro, inédito hasta nuestros días[455], _El siervo libre de amor_, y está dedicado á Gonzalo de Medina, juez de Mondoñedo. Divídese alegóricamente en tres partes, cuyo sentido declara el autor en el proemio: «El siguiente tratado es departido en tres partes principales, según tres diversos tiempos que en sy contiene, figurados por tres caminos y tres arbores consagrados, que se refieren a tres partes del alma, es a saber, al corazon y al libre albedrio y al entendimiento, e a tres varios pensamientos de aquellos. La primera parte prosigue el tiempo que bien amó y fue amado: figurado por el verde arrayan, plantado en la espaciosa via que dicen de bien amar, por do siguio el corazon en el tiempo que bien amaba. La segunda refiere el tiempo que bien amó y fue desamado: figurado por el arbor del paraiso, plantado en la desciente via que es la desesperacion, por do quisiera seguir el desesperante libre albedrio. La tercera y final trata el tiempo que no amó ni fue amado: figurado por la verde oliva, plantada en la muy agra y angosta senda, que el siervo entendimiento bien quisiera seguir...».
En esta obra, de composición algo confusa y abigarrada, hay que distinguir dos partes: una novela íntima, cuyo protagonista es el autor mismo, y otra novela, entre caballeresca y sentimental, que es la _Estoria de los dos amadores Ardanlier é Liessa_, en la cual no negamos que pueda haber alguna alusión á sucesos del poeta, pero que en todo lo demás parece un cuento de pura invención, exornado con circunstancias locales y con reminiscencias de algún hecho histórico bastante cercano á los tiempos y patria del autor.