Part 41
Que apareciese la traducción antes que el original es caso raro, pero no único en los anales de la bibliografía; sin salir de estos pleitos entre castellanos y portugueses, le tenemos también en la _Nise lastimosa_ de Fr. Jerónimo Bermúdez (1577), impresa antes que la _Castro_ de Ferreira (1598). Nadie puede negar la posibilidad de que el manuscrito de Moraes llegase á Toledo, pero todo induce á creer que la edición de 1567 no es la primera del _Palmerín_ portugués. El que reimprimió esta novela en 1786 dice en su prefacio: «En la copiosa librería del convento de San Francisco de esta ciudad (Lisboa) se conserva, aunque muy estragada y falta, una edición de esta obra en carácter entre gótico y redondo, _que da algunas muestras de ser impresa fuera del Reino_». Esta edición, que sin fundamento alguno da el prologuista por segunda, ¿no podría ser la primera, hecha en París muy probablemente? No puede decirse con certeza, porque, al parecer, ese ejemplar ha perecido.
Pero el punto principal está fuera de litigio. De la vida de Francisco de Moraes se sabe muy poco, pues hasta se disputan el lugar de su nacimiento Lisboa, Braganza y otros pueblos. Dicen que murió asesinado en 1572 en la puerta del Rocío de la ciudad de Évora.
Pero si hay algo relativamente claro en su biografía, es el tiempo y circunstancias de su viaje á París, que es precisamente la época de la composición del _Palmerín de Inglaterra_, del cual es único ó incontrastable autor, aunque, siguiendo la costumbre de sus colegas en este género de literatura, le supusiese traducido de antiguas crónicas. Dice así en el prólogo, dirigido á la infanta doña María, hija del rey D. Manuel: «Yo me hallé en Francia los dias pasados, en servicio de D. Francisco de Noronha, embajador del rey nuestro señor y vuestro hermano (D. Juan III), donde vi algunas cronicas francesas e inglesas: entre ellas vi que las princesas y damas loaban por extremo la de D. Duardos, que en esas partes (es decir en España) anda trasladada en castellano y estimada de muchos. Esto me movio a ver si hallaria otra antigualla que pudiese trasladar, para lo cual conversé en Paris con Alberto de Renes, famoso cronista de este tiempo, en cuyo poder hallé algunas memorias de naciones estrañas, y entre ellas la cronica de Palmerin de Inglaterra, hijo de D. Duardos, tan gastada por la antigüedad de su nacimiento que con asaz trabajo la pude leer».
Desmintiendo una vez más el vulgar proverbio que afirma la inferioridad de las segundas partes, escribió Moraes un libro que deja á larga distancia al _Palmerín de Oliva_, al _Primaleón_ y á todos los de la misma familia: libro que para los portugueses es un texto de lengua de los mejores que tienen en prosa, aunque no deja de fatigarles á ellos mismos la cadencia algo monótona y acompasada de los períodos y la afectación retórica, que poco ó nada se disimula, especialmente en las descripciones. De todos modos sería gran temeridad decir como Clemencín que «allá se van ambos Palmerines». El de Inglaterra tiene estilo, y de calidad no vulgar; el de Oliva, si no tan detestable como Cervantes da á entender, es por lo menos adocenado y pedestre, sin ningún género de estudio ni artificio de dicción. Y si el estilo no es la única prenda en una novela, nadie puede negar que sea parte muy principal, y que sirve de piedra de toque para distinguir las obras verdaderamente literarias de las que no lo son. Dentro de su elegancia un poco amanerada, Francisco de Moraes tiene trozos que pueden servir de modelo: en vano se buscarían en el _Palmerín de Oliva_ descripciones tan pulidas y galanas como la del jardín de la _Ínsula Encubierta_; cuadros de tan brillante color como el incendio de la flota musulmana y los combates que se riñeron en el cerco de Constantinopla; invenciones fantásticas tan felices como el desencanto de Leonarda por el caballero del Dragón, ó la aventura de la copa mágica donde estaban congeladas las lágrimas de Brandisia, esperando que viniese á liquidarlas la mano del caballero que más fiel y profundamente amase á su dama.
Pero si de los episodios interesantes, aunque no todos nuevos; de los rasgos de ingenio, que no son escasos; de las páginas bien escritas, que son muchas, se pasa á la fábula misma, es imposible para un lector moderno suscribir al juicio encomiástico de Cervantes, cuya crítica, como genial é intuitiva que era, no podía menos de tener los caprichos propios de la crítica de los grandes artistas. Ni acierto á comprender cómo el brasileño Odorico Mendes, humanista de fino gusto y hábil intérprete de Virgilio, pudo hacer tan desaforada apoteosis del _Palmerín de Inglaterra_, que á sus ojos era un poema épico en prosa como el _Telémaco_ y los _Mártires_, atreviéndose á comparar á Moraes nada menos que con el divino Ariosto. Ni en el plan, ni en los caracteres, ni en los afectos, ni en la máquina sobrenatural, ni en la mayor parte de los lances y aventuras tiene el segundo _Palmerín_ cosa alguna que no se encuentre hasta la saciedad en todos los libros de su clase. Si alguna originalidad se le concede, sólo puede consistir en los recuerdos personales y en cierto espíritu cáustico y desengañado respecto de las mujeres, nacido quizá de los desvíos y burlas de la señora Torsi. La relativa perfección y tendencia clásica del estilo no trascienden á la composición, que es tan floja y descosida como en cualquier obra de Feliciano de Silva. El interés se divide entre una porción de caballeros, á cual más incoloros. En el protagonista se repite el eterno tipo de Amadís, como el de su hermano Galaor en Floriano del Desierto, enamoradizo perpetuo é inconstante; como el de Florisel, disfrazado de pastor en Florimán. El encantador Arcalaus tiene nueva encarnación en Dramusiando, aunque por fin se convierte y hace cristiano. Urganda la Desconocida reaparece con todos sus prestigios. Florendos, el caballero de las Armas Negras, resiste á los halagos de la reina Arnalta por amor de Miraguarda, como Amadís á los de la reina Briolanja por amor de Oriana. En suma, el _Palmerín de Inglaterra_ yacería confundido entre el fárrago de libros de su género si no le salvase el estilo y no le hubiese hecho famoso la recomendación de Cervantes. Así y todo, cuesta verdadero esfuerzo terminar la lectura de los tres gruesos volúmenes de que consta en la edición portuguesa más estimada[402].
Como este segundo _Palmerín_ se enlaza directamente con el _Primaleón_ por medio del personaje de D. Duardos, no he hecho mérito de las peregrinas historias de _Don Polindo_ (1526) y del _caballero Platir_ (1533), que algunos cuentan como libro tercero y cuarto de esta serie, aunque en rigor son novelas independientes. En lengua portuguesa continuaron el _Palmerín de Inglaterra_ con poca fortuna Diego Fernandes, que escribió la tercera y cuarta parte (1587), y Baltasar Gonzales Lobato, á quien se deben la _quinta_ y _sexta_ (1604). En estos libros fastidiosísimos puede enterarse quien tenga valor para ello de las empresas de un segundo D. Duardos, hijo de Palmerín, y de D. Clarisel de Bretaña, su nieto.
Estas últimas partes portuguesas apenas circularon fuera de la Península, pero todas las demás crónicas de esta familia fueron puestas en italiano por el infatigable Mambrino Roseo (1544-1553), añadiendo todavía la historia del caballero _Flotir_, hijo de Platir, que dice traducida del castellano, pero que hasta ahora no se conoce en nuestra lengua. Al francés tradujo Juan Maugin, en 1546, el _Palmerín de Oliva_[403]; Francisco Vernassol y Gabriel Chapuis el _Primaleón_ (1550-1597), y Jacobo Vincent, en 1553, el _Palmerín de Inglaterra_. Sobre las traducciones francesas é italianas se hizo la inglesa que lleva el nombre de Antonio Munday[404], aunque, según Southey, sólo en parte le pertenece (1581-1588-1589); siendo de notar que el traductor inglés alteró el orden de la serie, poniendo primero el _Palmerín de Inglaterra_. Si bien las novelas de este ciclo han sido menos leídas en todo tiempo que los _Amadises_, todavía prestaron inspiración á algunas obras literarias. El fecundísimo poeta veneciano Ludovico Dolce, siguiendo el ejemplo de Bernardo Tasso en su _Amadigi_, versificó enteros el _Palmerín de Oliva_ y el _Primaleón_ en dos poemas en octavas reales, el primero de treinta y dos cantos y el segundo de treinta y nueve, que trabajó con celeridad increíble en el corto plazo de dos años (1561-62) y yacen hoy en el olvido más profundo[405]. Finalmente, el erudito poeta inglés Roberto Southey, que con tanto arte y buen gusto había compendiado el _Amadís de Gaula_, llevó á cabo la misma tarea con la obra de Moraes, tomando por base el texto portugués, cuya originalidad adivinó y defendió antes que nadie[406].
No se agotó en los _Amadises_ y _Palmerines_ la fecundidad estéril de los forjadores de narraciones caballerescas. _Más de cien cuerpos_ de libros grandes de este género tenía D. Quijote, aunque en el escrutinio de su librería no se citan nominalmente más que quince, condenándose los demás en masa al brazo seglar del ama y de la sobrina. Seguramente no eran todos los que existían, y en el curso mismo de la inmortal novela están citados ó aludidos algunos más, con los cuales debe contar el que aspire á reunir (empeño casi temerario) lo que suele llamarse la biblioteca de D. Quijote. Pero los hay más peregrinos é inaccesibles todavía entre los omitidos por Cervantes, si bien la mayor parte de ellos no merecen salir de los limbos más oscuros de la bibliografía, á cuyo dominio pertenecen más que al de la historia literaria. Nada podré decir, puesto que nunca he tenido ocasión de leerlas, de las rarísimas historias del _caballero Arderique_ (1517); de _D. Clarián de Landanis_ (1518), que acaso tenga algún interés para la historia de las leyendas nacionales, puesto que una de las aventuras del héroe es (según se encarece en la portada) «la muy espantosa entrada en la gruta de Hercules (¿la de Toledo?), que fué un hecho maravilloso que parece exceder a todas las fuerzas humanas»; de sus continuaciones _Floramante de Colonia_ y _Lidamán de Ganayl_ (1528); de _D. Floriseo_, llamado por otro nombre el _Caballero del Desierto_, «el qual por su gran esfuerzo y mucho saber alcanzó a ser rey de Bohemia» (1517), obra del bachiller Fernando Bernal, que no debe de ser de los peores, á juzgar por el romance juglaresco que sobre él compuso Andrés Ortiz (núm. 287 de Durán); de _D. Reymundo de Grecia_ (1524), que es del mismo autor de _D. Floriseo_ y no menos inaccesible que él; de _Don Valerián de Hungría_, obra del notario valenciano Dionisio Clemente (1540), que, según se dice, contiene alusiones á los hechos de D. Rodrigo de Mendoza, marqués del Zenete, durante la guerra de las Germanías; de _D. Florando de Inglaterra_ y sus amores con la princesa Roselinda (1545). Con algún más fundamento podría hablar del _D. Florambel de Lucea_, puesto que poseo un ejemplar algo incompleto de sus tres primeras partes (Sevilla, 1548), pero confieso que todavía no he tenido valor para enfrascarme en su lectura[407].
Dos grandes y famosos historiadores, uno de las Indias Orientales y otro de las Occidentales, honran con sus nombres la bibliografía caballeresca, y prueban que no siempre eran ingenios baladíes los que en estas composiciones se ejercitaban. Gonzalo Fernández de Oviedo, que con el tiempo había de tronar contra la vana lección de los _Amadises_[408], había dado principio á su carrera literaria publicando _El libro del muy esforzado et invencible caballero de la Fortuna propiamente llamado «Don Claribalte»_ (1519), y Juan de Barros, antes de convertirse en el Tito Livio de las hazañas lusitanas en Oriente, imprimía en su lengua nativa la _Crónica do emperador Clarimundo_ (1522), fabuloso antepasado de los Reyes de Portugal, la cual suponía haber traducido del húngaro. Pero contra lo que pudiera esperarse del nombre del autor, y aun del propósito declarado en el título, son muy raras en este libro las alusiones históricas y geográficas[409].
Más notable es bajo este aspecto el «_Don Florindo_, hijo del buen Duque Floriseo de la Extraña Aventura, que con grandes trabajos ganó el castillo encantado de las Siete Venturas, en el qual se contienen differenciados riebtos de carteles y desafios, juyzios de batallas, experiencias de guerras, fuerzas de amores, dichos de reyes, assi en prosa como en metro, y escaramuzas de juego e otras cosas de mucha utilidad para el bien de los lectores y plazer de los oyentes» (1530), obra del aragonés Fernando Basurto, de la cual hizo Gayangos un análisis extenso y suficiente. Hay en ella episodios de las campañas de Italia, minuciosas descripciones de fiestas, torneos y pasos de armas, saraos y diversiones populares; reminiscencias de la _Crónica General_, como la noticia de los castillos levantados por los fabulosos reyes Ispan y Pirrus, y lo que es más de notar, aventuras enteramente realistas, del género de _Tirante el Blanco_. El personaje mismo de D. Florindo dista mucho de realizar con pureza el ideal caballeresco, y sobre todo se deja arrastrar y vencer constantemente por la pasión del juego. Es, en suma, un héroe degenerado, un aventurero bastante vulgar y más bien un espadachín que un caballero andante.
Mención particular y muy honrosa debe hacerse de la extensa novela que otro aragonés mucho más célebre, el capitán Jerónimo de Urrea, infeliz traductor del _Orlando Furioso_, pero autor del precioso _Diálogo de la honra militar_[410], compuso con el título de _D. Clarisel de las Flores_, obra todavía inédita en su mayor parte[411], pero ya estudiada con toda minuciosidad y conciencia por el difunto catedrático de la Universidad de Zaragoza D. Jerónimo Borao en una apreciable memoria[412]. Si se atiende á los méritos del estilo puro, abundante y lozano, y á veces muy expresivo y pintoresco, á la prodigiosa riqueza y variedad de incidentes y aventuras, y al interés y amenidad de algunas de ellas, _D. Clarisel_ es uno de los mejores libros de caballerías y de los que pueden leerse con menos trabajo: vale bastante más que el ponderado _Palmerín de Inglaterra_, y si no puede hombrearse con el _Amadís_ y el _Tirante_, porque le falta la originalidad creadora de aquéllos y es fruto tardío de una moda literaria que comenzaba á decaer, debe ser citado inmediatamente después de ellos, á pesar de la falta de consistencia de los caracteres y del embrollo desmesurado de la fábula, que llega á convertirse en un laberinto. Pero si se considera aisladamente cada relato de los que en esta maraña se cruzan, hay muchos que agradan y entretienen. Como podía esperarse de un traductor del Ariosto, se inspira Urrea en su poema tanto ó más que en los libros de caballerías indígenas, aunque también reproduce las principales situaciones del _Amadís_. El episodio de Astrafélix, por ejemplo, corresponde al de Briolanja, si bien la infidelidad de D. Clarisel (llamado entonces el _Caballero del Rayo_), á su amada Felisalva, resulta involuntaria por haber sido maleficiado el caballero con una yerba mágica que le propinó, á instancias de la apasionada princesa, la anciana Sofronisa. Las reminiscencias del _Orlando_ son tan continuas que imprimen carácter al libro[413] y explican la liviandad de algunos trozos. Á veces se inspira también en la comedia latina ó italiana: la estratagema de que se vale Belamir para engañar á Lirope, transformándose por arte de nigromancia en la figura de su esposo el duque de Silesia, es la misma en que está fundado el _Amphitrion_ de Plauto, con todas sus imitaciones, haciendo aquí el mayordomo Rustán el papel de Sosia.
Además de estos elementos, ó nuevos ó poco usados en esta clase de libros, Urrea introdujo, en mayor escala que sus predecesores (exceptuando á Feliciano de Silva), la forma poética que en el _Amadís_ se inicia tímidamente con dos canciones. Todos los versos intercalados en _Don Clarisel_ son de arte menor, versos de Cancionero, en los cuales era Urrea tan aventajado como torpe en los endecasílabos. De Juan del Enzina parecen, por ejemplo, estas coplas pastoriles:
¿Qué haces aquí en el prado, Ciego Amor? Anda, vete a lo poblado, A dar dolor. Deja libres nuestras flores, Y claras las fuentes frias; Tus fuerzas y tus porfias Muestra a los grandes señores. Deja los simples pastores, Ciego amor; Que es vileza a los cuitados Dar dolor.
El lindo romance que canta en Nápoles la artificiosa Faustina para atraer á Belamir al estanque, donde le deja burlado, está ya en la manera lírica que prevaleció á principios del siglo XVII, aunque todavía no impera sola la asonancia:
Decidme, oh vos, blancos cisnes, Los que gozais de las aguas, ¿Cómo podreis defenderos De las amorosas llamas? Plegue al amor que vos junte En sombras de verdes ramas, Donde goceis para siempre Una vida dulce y blanda, Sin temer que se os enturbien Esas vuestras olas mansas. Salid, oh cisnes, de entre ellas Que las vereis alteradas, Y de un gran fuego amoroso Encendidas y abrasadas. Dejad que se apague en ellas Ansia tan desordenada.
Después del _D. Clarisel de las Flores_ apenas se encuentra ningún libro de caballerías que traspase la raya de lo vulgar y adocenado. El apogeo de esta literatura corresponde á la primera mitad del siglo XVI, es decir, al reinado del emperador Carlos V. Todavía dentro de él hay que mencionar el _Lepolemo_ ó _Caballero de la Cruz_ (1521), del cual dijo donosamente Cervantes: «Por nombre tan santo como este libro tiene, se podia perdonar su ignorancia; mas tambien se suele decir tras la cruz está el diablo: vaya al fuego». No es de los más disparatados de su clase, y las aventuras tienen cierta sensatez relativa, pero es sin duda de los más insulsos. Su autor, que se llamaba al parecer Alfonso de Salazar[414], le supuso traducido de original arábigo compuesto por el cronista Xarton, lo cual acaso dio á Cervantes la idea de su Cide Hamete Benengelí. El sevillano Pedro de Luxán, á quien ya conocemos como autor de _D. Silves de la Selva_, añadió al _Lepolemo_ una segunda parte, en que se trata de los hechos de su hijo _Leandro el Bel_ «según lo compuso el sabio rey Artidoro en lengua griega». aunque ambos libros están regularmente escritos, se perdieron muy pronto entre el fárrago de libros caballerescos.
Sólo por ser labor femenina puede hacerse mérito del _Don Cristalión de España_, que publicó en 1545 doña Beatriz Bernal, dama de Valladolid, parienta acaso del bachiller Fernando Bernal, autor del _D. Floriseo_[415]. Sólo por la circunstancia de estar mencionados en el _Quijote_ hay todavía quien recuerde el _D. Cirongilio de Francia_, de Bernardo Vargas (1545); el _Felixmarte de Hircania_, de Melchor Ortega, vecino de Úbeda (1556); el _D. Olivante de Laura_, de Antonio de Torquemada (1564), que Cervantes llamó _tonel_, aunque es de moderado volumen para libro en folio; el _D. Belianis de Grecia_, «sacado de lengua griega, en la cual la escribió el sabio Friston por un hijo del virtuoso varon Toribio Fernandez» (1547), con el cual mostró el cura benignidad inusitada, condenándole sólo á reclusión temporal y recetándole «un poco de ruibarbo para purgar la demasiada colera suya», por la cual eran sin cuenta las heridas que daba y recibía: hasta ciento y una, todas graves, contó Clemencín sólo en los dos primeros libros. Pero á todos éstos vence en lo prolijo, absurdo y fastidioso el _Espejo de príncipes y caballeros_, que para no confundirle con el _Espejo de caballerías_, citado en otra parte (compilación del ciclo carolingio), suele designarse con el nombre de _El Caballero del Febo_ ó _Alphebo_, aunque no solamente trata de él, sino de su padre el emperador Trebacio, de su hermano Rosicler, de su hijo Claridiano, de D. Poliphebo de Trinacria y de otros muchos paladines y hasta belicosas damas, viniendo á formar todo ello una vasta enciclopedia de necedades, que llegó á constar de cinco partes y más de dos mil páginas á dos columnas en folio; labor estúpida á que sucesivamente se consagraron (desde 1562 hasta 1589 y aun más adelante) varios ingenios oscuros, tales como el riojano Diego Ordóñez de Calahorra, el aragonés Pedro de la Sierra y el complutense Marcos Martínez[416].
Estas obras monstruosas y pedantescas[417] marcan el principio de la agonía del género, cuyo último estertor parece haber sido la _Historia famosa del príncipe don Policisne de Beocia, hijo y único heredero de los reyes de Beocia Minandro y Grumedela_; por D. Juan de Silva y Toledo, señor de Cañada-hermosa; impreso en Valladolid, 1602, en vísperas, como se ve, de la aparición del _Quijote_; después del cual no se encuentra ningún libro de caballerías original, ni reimpresiones apenas de los antiguos. Toda esta enorme biblioteca desapareció en un día, como si el mágico Fristón hubiese renovado con ella el encantamiento de la del ingenioso hidalgo.
Aunque escritos en verso, deben incluirse entre los libros de caballerías, más bien que entre las imitaciones de los poemas italianos, el _Celidón de Iberia_, de Gonzalo Gómez de Luque (1583); el _Florando de Castilla, lauro de Caballeros_, del médico Jerónimo Huerta (1588), y la _Genealogía de la Toledana Discreta_, cuya primera parte, en treinta y cuatro cantos, publicó, en 1604, Eugenio Martínez, no atreviéndose sin duda á imprimir la segunda por justo temor á la sátira de Cervantes, que acaso influyó también en que quedasen inéditas otras tentativas del mismo género, como el _Pironiso_ y el _Canto de los amores de Felis y Grisaida_[418]. De estos poemas, el más interesante es sin duda el del licenciado Huerta, que andando el tiempo llegó á ser hombre insigne en su profesión y docto intérprete y comentador de Plinio. Si no hay error en la fecha de su nacimiento, y realmente imprimió el _Florando_ á los quince años[419], la obra es maravillosa para tal edad, aunque poco original y muy sembrada de imitaciones literales de Ovidio, Ariosto, Garcilaso, Ercilla y otros poetas antiguos y modernos. Tiene el _Florando_ la curiosidad de estar escrito, no todo en octavas reales, aunque éstas predominan, sino en variedad de metros, sin excluir los cortos; género de _polimetría_ que no recordamos haber visto en ningún otro poema con pretensiones de épico hasta llegar á los románticos del siglo XIX. Tiene también la de contener (en el canto noveno) una de las más antiguas versiones conocidas del tema de los _Amantes de Teruel_ (trasplantación aragonesa de un cuento de Boccaccio). Finalmente, es digno de notarse, y puede no ser casual, la coincidencia que presentan las palabras de D. Quijote vencido en Barcelona por el caballero de la Blanca Luna, con las que pronuncia Ricardo rendido por Florando en el último canto del poema:
Viendose ya vencido, dice: Acaba, Caballero feroz, de darme muerte; Que este es el fin honroso que esperaba De un brazo como el tuyo, bravo y fuerte.
Vencido soy, mas lo que sustentaba No me haras negar de alguna suerte; Bien puedes de la vida ya privarme, Pues tengo de morir, y no mudarme.
Por estas particularidades, así como por la fluidez de la versificación, que en algunos trozos llega á la elegancia, y por las proporciones no exageradas del poema, resulta de lectura bastante apacible el _Florando de Castilla_ y merece la reimpresión que de él se hizo en nuestros días.