Part 42
Eran antiguos y muy justificados los clamores de los moralistas contra los libros de caballerías, que ellos miraban como un perpetuo incentivo de la ociosidad y una plaga de las costumbres. El mayor filósofo de aquella centuria, Luis Vives, los acriminó con verdadera saña, no sólo en el pasaje ya citado _De institutione feminae christianae_[420], tan interesante por contener una especie de catálogo de los que entonces corrían con más crédito, sino en su magistral obra pedagógica _De causis corruptarum artium_[421]. El reformador de los estudios teológicos Melchor Cano, tan análogo á Vives en su tendencia crítica, tan diverso en el carácter, refiere haber conocido á un sacerdote que tenía por verdaderas las historias de Amadís y D. Clarían, alegando la misma razón que el ventero de D. Quijote; es á saber: que cómo podían decir mentira unos libros impresos con aprobación de los superiores y con privilegio real[422]. Cano los despreciaba demasiado para considerarlos muy peligrosos: teníalos por meras vaciedades, escritas por hombres ignorantes y mal ocupados; le alarmaban mucho más (y lo dice claramente) los libros de devoción escritos en lengua vulgar, cuando trataban hondas materias teológicas ó místicas[423].
Pero es claro que los ascéticos, escritores de índole mucho más popular, no podían afectar la misma desdeñosa tolerancia que, precisamente por animadversión á ellos, mostraba el clásico expositor de los lugares teológicos, encastillado en el alcázar de su ciencia escolástica y de su arte ciceroniana. «En nuestros tiempos (decía el maestro Alonso de Venegas), con detrimento de las doncellas recogidas se escriven los libros desaforados de cavallerias, que no sirven sino de ser unos sermonarios del diablo; con que en los rincones caza los animos de las doncellas...». «Vemos que veda el padre a la hija que no le venga y le vaya la vieja con sus mensajes, y por otra parte es tan mal recatado que no le veda que leyendo _Amadises_ y _Esplandianes_, con todos los de su bando, le esté predicando el diablo a sus solas; que alli aprende las celadas de las ponzoñas secretas, demás del habito que hace en pensamientos de sensualidad; que assi la hacen saltar de su quietud como el fuego a la pólvora[424]».
Envolviendo en la misma condenación los libros caballerescos, las novelas pastoriles y hasta las poesías líricas de asunto profano, por honestas que fuesen (lo cual era llevar la intransigencia ética hasta el último término posible), lanzaba contra todos ellos ardorosa invectiva el elocuente y pintoresco autor de la _Conversión de la Magdalena_ Fr. Pedro Malón de Chaide: «¿Qué otra cosa son los libros de amores y las _Dianas_ y Boscanes y Garcilasos, y los monstruosos libros y silvas de fabulosos cuentos y mentiras de los _Amadises_, _Floriseles_ y _Don Belianis_, y una flota de semejantes portentos como hay escritos, puestos en manos de pocos años, sino cuchillo en poder del hombre furioso?... otros leen aquellos prodigios y fabulosos sueños y quimeras sin pies ni cabeza, de que están llenos los libros de caballerías, que asi los llaman, a los que si la honestidad del termino lo sufriera, con trastrocar pocas letras se llamaran mejor de bellaquerías que de caballerías. Y si a los que estudian y aprenden a ser cristianos en estos catecismos les preguntais que por qué los leen y cuál es el fruto que sacan de su licion, responderos han que alli aprenden osadia y valor para las armas, crianza y cortesia para con las damas, fidelidad y verdad en sus tratos, y magnanimidad y nobleza de ánimo en perdonar a sus enemigos; de suerte que os persuadirán que _Don Florisel_ es el libro de los _Macabeos_, y _Don Belianis_ los _Morales_ de San Gregorio, y _Amadis_ los _Oficios_ de San Ambrosio, y _Lisuarte_ los libros de _Clemencia_ de Seneca... Como si en la Sagrada Escritura y en los libros que los santos dotores han escrito faltaran puras verdades, sin ir a mendigar mentiras; y como si no tuvieramos abundancia de ejemplos famosos en todo linaje de virtud que quisiesemos, sin andar a fingir monstruos increibles y prodigiosos. ¿Y qué efeto ha de hacer en un mediano entendimiento un disparate compuesto a la chimenea en invierno por el juicio del otro que lo soñó?»[425].
Aun escritores que no tenían cargo especial de almas, ó no enderezaban sus trabajos á la edificación popular, humanistas, historiadores, moralistas mundanos ó simples eruditos, fulminan las mismas censuras, y abogan de continuo, sobre todo en los prólogos de sus obras, por la absoluta proscripción de los libros de caballerías. Así Fr. Antonio de Guevara, tan poco escrupuloso en materia de fábulas históricas, y que á su modo también cultivaba la novela, decía en el argumento de su _Aviso de Privados_: «Vemos que ya no se ocupan los hombres sino en leer libros que es afrenta nombrarlos, como son _Amadis de Gaula_, _Tristan de Leonís_, _Primaleon_, _Carcel de amor_ y _Celestina_, a los quales y a otros muchos con ellos se debria mandar por justicia que no se imprimiesen ni menos se vendiesen, porque su doctrina incita la sensualidad a pecar, y relaxa el espiritu a bien vivir»[426]. Indignábase el _magnífico caballero_ Pero Mexía, elegante vulgarizador de las historias clásicas, de ver aplicado el nombre de crónicas á «las trufas e mentiras de Amadis y de Lisuarte y Clarianes, y otros portentos que con tanta razon debrian ser desterrados de España, como cosa contagiosa y dañosa a la republica, pues tan mal hacen gastar el tiempo a los autores y lectores de ellos. Y lo que es peor, que dan muy malos exemplos e muy peligrosos para las costumbres. A lo menos son un dechado de deshonestidades, crueldades y mentiras, y según se leen con tanta atencion, de creer es que saldran grandes maestros de ellas... Abuso es muy grande y dañoso, de que entre otros inconvenientes se sigue grande ignominia y afrenta a las cronicas e historias verdaderas, permitir que anden cosas tan nefandas a la par con ellos»[427]. Otro escritor sevillano, contemporáneo de Mexía, Alonso de Fuentes, cuya _Summa de philosophia natural_ (1547) encierra tantas curiosidades, no sólo traza la semblanza de un _doliente_, precursor de D. Quijote, que se sabía de memoria todo el _Palmerín de Oliva_ «y no se hallaba sin él, aunque lo sabía de cabeza», sino que conmina á los gobernadores y _prebostes_ de las ciudades para que persigan libros semejantes, por «el mal exemplo que dellos resulta. Porque, dad aca, en el más cendrado libro destos, ¿qué se trata, dexando aparte ser todo fabulas y mentiras, sino que uno llevó la mujer de aquel y se enamoró de la hija del otro; cómo la recuestaba y escrevia, y otros avisos para los que estan acaso descuidados? Y no yerro en lo que digo, que me admiro que se tenga cuidado en prohibir meter en este reino las sábanas de Bretaña (á causa que se hallaban enfermas por su respecto muchas personas de muchas enfermedades contagiosas, de las cuales las dichas sábanas venían inficionadas), y no se provea en suplicar que se prohiban libros que dan de sí tan mal exemplo y tanto daño dellos depende[428]». Nada menos que «partos de ingenios estupidos», «hez de libros», «inmundicias recogidas para perder el tiempo y estragar las costumbres de los hombres», llamaba nuestro gran hebraizante Arias Montano á los libros de caballerías en su elegante _Retórica_, compuesta en versos latinos, llegando á incluir al mismo Orlando en la caterva de los Amadises y Esplandianes:
...Namque per nostra frequenter Regna libri eduntur, veteres referentia scripta Errantesque equites, Orlandum, Splandiana graecum, Palmirenumque duces et coetera: monstra vocamus Et stupidi ingenii partum, faecemque librorum, Collectas sordes in labem temporis; et æquae Nil melius tractent, hominum quam perdere mores.
Temporis hic ordo nullus, non ulla locorum Servatur ratio, nec si quid forte legendo Vel credi possit vel delectare, nisi ipsa Te turpis vitii species et foeda voluptas Delectat; moresque truces, et vulnera nullis Hostibus inflicta, ac stolide conficta leguntur[429].
Á pesar de tan insistente clamoreo, entre cuyas voces sonaban las de los hombres más grandes de España en el siglo XVI, Vives, Cano, Arias Montano, Fr. Luis de Granada, la Inquisición mostró con los libros de caballerías una indulgencia verdaderamente inexplicable, no sólo por los pasajes lascivos que casi todos ellos contienen, sino por las irreverencias y profanaciones de que no están exentos algunos, como el _Tirante_. Pero es lo cierto que, por tolerancia con el gusto público ó por desdén hacia la literatura amena, en los reinos de Castilla y Aragón corrieron libremente todos esos libros: ni uno solo se encuentra prohibido en el índice del Cardenal Quiroga (1583), que es el más completo de los del siglo XVI[430]. Algo más severa se mostró con ellos la legislación civil, aunque no en el grado y forma que lo solicitaban los Procuradores de las Cortes de Valladolid de 1555, en su petición 107: «Otrosi decimos que está muy notorio el daño que en estos Reinos ha hecho y hace a hombres mozos y doncellas e a otros generos de gentes leer libros de mentiras y vanidades, como son _Amadis_ y todos los libros que despues dél se han fingido de su calidad y letura y coplas y farsas de amores y otras vanidades: porque como los mancebos y doncellas por su ociosidad principalmente se ocupan en aquello, desvanecense y aficionanse en cierta manera a los casos que leen en aquellos libros haber acontecido, ansi de amores como de armas y otras vanidades; y aficionados, cuando se ofrece algun caso semejante, danse a el más a rienda suelta que si no lo oviesen leido... Y para remedio de lo susodicho, suplicamos a V. M. mande que ningun libro destos ni otros semejantes se lea ni imprima so graves penas; y los que agora hay los mande recoger y quemar, y que de aqui adelante ninguno pueda imprimir libro ninguno, ni coplas ni farsas, sin que primero sean vistos y examinados por los de vuestro Real Consejo de Justicia; porque en hacer esto ansi V. M. hará gran servicio a Dios, quitando las gentes destas lecciones de libros de vanidades, e reduciendolas á leer libros religiosos y que edifiquen las ánimas y reformen los cuerpos, y a estos Reinos gran bien y merced».
Esta petición no fué atendida, y su misma generalidad y violencia se oponía á que prosperase, porque siempre fué temerario contradecir de frente el gusto popular. Lo que el Santo Oficio, con todo su poder y autoridad sobre las conciencias, no había intentado siquiera, menos había de acometerlo la potestad secular, cuyo influjo en estas materias era bien escaso. Los libros de caballerías siguieron vendiéndose libremente en la Península; no sé publicó jamás la Pragmática anunciada por la Princesa Gobernadora doña Juana, contestando, en 1558, á las peticiones de las Cortes; y sólo en los dominios de América continuaron siendo de contrabando estos libros, á tenor de una real cédula de 4 de abril de 1531, confirmada por otras posteriores que prohiben pasar á Indias «libros de romances, de historias vanas o de profanidad, como son de _Amadis_ e otros desta calidad, _porque este es mal ejercicio para los indios_, e cosa en que no es bien que se ocupen ni lean».
En vista de la indiferencia de los poderes públicos, discurrieron algunos varones piadosos, pero de mejor intención que literatura, buscar antídoto al veneno caballeresco en un nuevo género de ficciones que en todo lo exterior las remedasen, pero que fuesen, en el fondo, obras morales y ascéticas, revestidas con los dudosos encantos de la alegoría; procedimiento frío y mecánico, al cual no debe el arte ningún triunfo y que nunca puede ser confundido con el símbolo vivo, último esfuerzo de la imaginación creadora. Así nació el extravagante género de los _libros de caballerías á lo divino_, como _á lo divino_ se parodiaron también los versos de Bosán y Garcilaso y la _Diana_ de Montemayor.
La alegoría caballeresca con fin moral tiene antecedentes en dos obras francesas traducidas á nuestra lengua, la una en el siglo XV y la otra en el XVI: el _Pélerinage de la vie humaine_, de Guillermo de Guileville, que fué puesta en castellano por Fr. Vicente Mazuelo é impresa en Tolosa de Francia en 1490[431], y el mucho más célebre _Chevalier Délibéré_, de Olivier de la Marche, libro de larga y curiosa historia en España, pues no sólo alcanzó dos traductores en verso, Hernando de Acuña y el capitán Urrea, sino que antes había entretenido los ocios del Emperador Carlos V, que le tradujo en prosa, movido, sin duda, de los elogios de la Casa de Borgoña que el poema de la Marche contiene. Esta versión cesárea es la que Acuña recibió encargo de poner en antiguas coplas castellanas y publicar con su nombre[432], y ora fuese porque se trasluciera su egregio origen, ora por la fluidez y gracia de las quintillas de Acuña, _El Caballero Determinado_ tuvo tanto éxito que fué reimpreso hasta siete veces durante aquel siglo, y dejó en la sombra la traducción de Urrea[433], hecha en tercetos tan infelices como las octavas de su _Orlando_.
Pero el _Pelegrinaje de la vida humana_, cuya autor se propuso imitar á lo divino el
_Roman de la Rose_, es más bien un viaje alegórico-fantástico que un libro de caballerías, y el poemita de Olivier de la Marche, salvo en lo que tiene de histórico y panegírico, apenas traspasa los límites de una sencilla y poco ingeniosa personificación de vicios y virtudes.
No se contuvo en tan modestos límites el valenciano Jerónimo de San Pedro (ó más bien Sempere), autor de las dos partes de la _Caballería celestial de la Rosa Fragante_ (1554). «Advirtiendo (dice en su prólogo) que los que tienen acostumbrado el apetito a las lecciones ya dichas (de los libros fabulosos y profanos) no vernian deseosos al banquete destas, aviendo de passar de un extremo a otro, propuse les dar de comer la perdiz desta historia, alborada con el artificio de las que les solian caer en gusto, porque mas engolosinandose en ellas pierdan el sabor de las fingidas, y aborreciendolas se ceven desta que no lo es... Donde hallarán trazada, no una Tabla Redonda, mas muchas; no una sola aventura, mas venturas diversas; y esto no por industria de Merlin ni de Vrganda la Desconocida, mas por la Divina Sabiduria del Verbo Hijo de Dios... Hallarán tambien, no un solo Amadis de Gaula, mas muchos amadores de la verdad no creada; no un solo Tirante el Blanco, mas muchos tirantes al blanco de la gloria; no una Oriana ni una Carmesina, pero muchas santas y celebradas matronas, de las quales se podra colegir exenplar y virtuosa erudicion. Veran assi mesmo la viveza del anciano Alegorin, el sabio, y la sagacidad de Moraliza, la discreta doncella, los quales daran de sí dulce y provechosa platica, mostrando en muchos pasos desta _Celestial Caballeria_ encumbrados misterios y altas maravillas, y no las de un fingido cauallero de la Cruz, mas de un precioso Christo que verdaderamente lo fue».
Este singular programa no basta para dar completa idea de tan absurdo libro, que en su primera parte, intitulada del _Pie de la Rosa Fragante_, y en ciento doce capítulos, llamados _maravillas_, recopila, en forma andantesca, gran parte de la materia del Antiguo Testamento, y en la segunda, ó sea en las _Hojas de la Rosa Fragante_, alegoriza por el mismo procedimiento los Evangelios, convirtiendo á Cristo en el caballero del León, á los doce Apóstoles en los doce paladines de la Tabla Redonda, y á Lucifer en el caballero de la Serpiente. Todo ello es una continua parodia de los libros caballerescos, cuyas principales aventuras imita; pero lo que resulta escandalosamente parodiado por la cándida irreverencia del autor es la Sagrada Escritura; por lo cual no es maravilla que la Inquisición pusiese inmediatamente el libro en sus índices, y nunca llegara á imprimirse la tercera parte, que el autor promete con el título de _La Flor de la Rosa Fragante_[434]. El rígido puritano Ticknor, que eludió, sin duda por escrúpulo de conciencia, el estudio de nuestros grandes ascéticos y místicos, hasta el punto de dedicar sólo una menguada página á Fr. Luis de Granada y otra á Santa Teresa (¡y á esto se llama «Historia de la Literatura española»!), se extiende con morosa fruición en el análisis de la _Caballería celestial_, pretendiendo, á lo que se ve, hacer cómplice á la Iglesia católica de las necedades de un escritor tan oscuro como Jerónimo de San Pedro. Tres cosas olvidó el crítico americano: primera, que el Santo Oficio se había adelantado á su censura prohibiendo _La Rosa Fragante_ desde que apareció; segunda, que el libro es ridículo por la falta de talento y gusto de su autor, pero que la poesía simbólica, nacida del maridaje entre el misticismo y la caballería, no puede condenarse en sí misma, puesto que en manos de un gran poeta como Wolfram de Eschembach puede producir una maravilla como el _Parsifal_, y tercero, que sin salir de la cristiandad protestante y de la misma secta á que Ticknor pertenecía, puede encontrarse uno de los tipos más curiosos de novela alegórica á lo divino en el _Pilgrim's Progress_ de Bunyan, tan popular y tan digno de serlo. La obra del calderero anabaptista, con su gigante Desesperación, su Prudencia Mundana, su demonio Apollyon, símbolo del Papismo, está más inspirada, sin duda, que la historia del maestro Anagogino, del anciano Alegorín, de la doncella Moraliza y del caballo de la Penitencia, pero las alegorías son igualmente absurdas y en manos de un incrédulo pueden prestarse á la misma rechifla.
Aleccionados sin duda por la prohibición de la _Rosa Fragante_, no picaron tan alto los que después cultivaron este género, absteniéndose de profanar el texto sagrado y limitándose á modestas fábulas didácticas, que más tenían de morales que de propiamente teológicas. En este orden es muy apreciable por méritos de estilo y lenguaje, no menos que por su sana y copiosa doctrina, _El Caballero del Sol, ó sea la Peregrinacion de la vida del hombre puesto en batalla... en defensa de la Razon, que trata por gentil artificio y extrañas figuras de vicios y virtudes, envolviendo con la arte militar la philosophia moral, y declara los trabajos que el hombre sufre en la vida y la continua batalla que tiene con los vicios, y finalmente enseña los dos caminos de la vida y de la perdicion, y cómo se ha de vivir para bien acabar y morir_; libro impreso en Medina del Campo en 1552, cuyo autor fué Pedro Hernández de Villaumbrales, uno de los buenos prosistas ascéticos del siglo XVI y de los más injustamente olvidados. No es la mejor de sus obras _El Caballero del Sol_, pero no se puede negar que están vencidas con ameno ingenio las dificultades inherentes al gusto alegórico, y que esta ética cristiana es un curioso ensayo de novela filosófica, enteramente libre de las monstruosidades que afean el libro de Jerónimo de San Pedro. Tuvo éxito el de Villaumbrales, siendo inmediatamente traducido al italiano por Pietro Lauro (1557) y al alemán por Mateo Hofsteteer (1611)[435]. Á su imitación se compusieron otros que no llegaron á igualarle, como la _Caballeria christiana_ de Fr. Jaime de Alcalá (1570), el _Caballero de la Clara Estrella_ ó _Batalla y triunfo del hombre contra los vicios_, poema en octavas reales de un tal Andrés de la Losa (1580); la _Historia y milicia cristiana del caballero Peregrino, conquistador del cielo, metaphora y symbolo de cualquier sancto, que peleando contra los vicios ganó la victoria_, obra pesadísima de Fr. Alonso de Soria, impresa en Cuenca en 1601. Algunos incluyen también en esta sección _El Caballero Asisio_, de Fr. Gabriel de Mata (1587), pero este prolijo poema no contiene más que la vida de San Francisco y algunos santos de su orden, sin que lo caballeresco pase del título y del extravagante frontispicio de la edición de Bilbao, que representa al Santo á caballo y armado de todas armas, ostentando en la cimera del yelmo la cruz con los clavos y la corona de espinas, en el escudo las cinco llagas y en el pendón de la lanza una imagen de la Fe con la cruz y el cáliz. Lo que pertenece enteramente al género alegórico caballeresco _á lo divino_ es otro poema rarísimo del mismo Fr. Gabriel de Mata, titulado _Cantos Morales_ (1594)[436].
Como se ve, no es grande el número de ejemplares de este género, y si se añade que casi ninguno obtuvo los honores de la reimpresión, se comprenderá la poca importancia que tuvieron estos piadosos caprichos, sin duda porque la mayor parte de los lectores del siglo XVI opinaban con Cervantes y con el sentido común que los libros de pasatiempo «no tienen para qué predicar a ninguno, mezclando lo humano con lo divino, que es un género de mezcla de quien no se ha de vestir ningun cristiano entendimiento».
En cambio fué enorme, increíble aunque transitoria, la fortuna de los libros de caballerías profanos, y no es el menor enigma de nuestra historia literaria esta rápida y asombrosa popularidad, seguida de un abandono y descrédito tan completos, los cuales no pueden atribuirse exclusivamente al triunfo de Cervantes, puesto que á principios del siglo XVII ya estos libros iban pasando de moda y apenas se componía ninguno nuevo. Suponen la mayor parte de los que tratan de estas cosas que la literatura caballeresca alcanzó tal prestigio entre nosotros porque estaba en armonía con el temple y carácter de la nación y con el estado de la sociedad, por ser España la tierra privilegiada de la caballería. Ticknor llega á clasificar estos libros entre las producciones más genuinas de nuestra literatura popular, al lado de los romances, las crónicas y el teatro. Pero en todo esto hay evidente error, ó si se quiere una verdad incompleta. La caballería heroica y tradicional de España, tal como, en los _cantares de gesta_, en las crónicas, en les romances y aun en los mismos cuentos de D. Juan Manuel se manifiesta, nada tiene que ver con el género de imaginación que produjo las ficciones andantescas. La primera tiene un carácter sólido, positivo y hasta prosaico á veces; está adherida á la historia, y aun se confunde con ella; se mueve dentro de la realidad y no gasta sus fuerzas en quiméricos empeños, sino en el rescate de la tierra natal y en lances de honra ó de venganza. La imaginación procede en estos relatos con extrema sobriedad, y aun si se quiere con sequedad y pobreza, bien compensadas con otras excelsas cualidades, que hacen de nuestra poesía heroica una escuela de viril sensatez y reposada energía. Sus motivos son puramente épicos; para nada toma en cuenta la pasión del amor, principal impulso del caballero andante. Jamás pierde de vista la tierra, ó por mejor decir una pequeñísima porción de ella, el suelo natal, único que el poeta conocía. Para nada emplea lo maravilloso profano, y apenas lo sobrenatural cristiano. Compárese todo esto con la desenfrenada invención de los libros de caballerías; con su falta de contenido histórico; con su perpetua infracción de todas las leyes de la realidad; con su geografía fantástica, con sus batallas imposibles; con sus desvaríos amatorios, que oscilan entre el misticismo más descarriado y la más baja sensualidad; con su disparatado concepto del mundo y de los fines de la vida; con su población inmensa de gigantes, enanos, encantadores, hadas, serpientes, endriagos y monstruos de todo género, habitadores de ínsulas y palacios encantados; con sus despojos y reliquias de todas las mitologías y supersticiones del Norte y del Oriente, y se verá cuan imposible es que una literatura haya salido de la otra, que la caballería moderna pueda estimarse como prolongación de la antigua.
Hay un abismo profundo, insondable, entre las gestas y las crónicas, hasta cuando son más fabulosas, y el libro de caballerías más sencillo que pueda encontrarse, el mismo _Cifar_ ó el mismo _Tirante_.