Orígenes de la novela, Tomo I

Part 40

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Á todo esto, Amadís de Gaula debía de tener más de doscientos años, aunque aparentaba muchos menos gracias á una confección que le había propinado la sabia Urganda. Por fin el continuador italiano se decidió á librarnos de él, haciéndole morir á manos de dos gigantes en una batalla en que perecen también tres emperadores, varios reyes y hasta cincuenta y cinco mil caballeros cristianos: que no se requería menor hecatombe para los funerales de Amadís. Nicolás Antonio consigna también la noticia de un libro de caballerías portugués, _Penalva_[392], en que Amadís moría á manos de un caballero de aquella nación, por lo cual decían burlescamente los castellanos que sólo un portugués podía haber acabado con Amadís; pero nadie ha visto el tal _Penalva_, que parece invención chistosa, nacida de la antigua malquerencia entre ambos pueblos y de las pullas que en sus cuentos vulgares suelen lanzarse el uno al otro.

Sobre esta bastarda progenie de Amadís hay que estar al fallo inapelable del licenciado Pero Pérez, hombre docto, graduado en Sigüenza. «Este que viene (dijo el barbero) es _Amadis de Grecia_, y aun todos los deste lado, a lo que creo, son del mismo linaje de Amadis. Pues vayan todos al corral (dijo el Cura), que a trueco de quemar a la Reina Pintiquiniestra y al pastor Darinel, y a sus églogas y a las endiabladas y revueltas razones de su autor, quemara con ellos al padre que me engendró, si anduviera en figura de caballero andante».

Aquel auto de fe imaginario, seguido por ventura de otros más reales, cuando estos infolios cayeron en absoluto desdén y vilipendio, fué causa remota de que andando el tiempo lograsen el único género de perpetuidad que merecían, renaciendo, como el fénix, de sus cenizas, á impulsos de la curiosidad bibliográfica avivada por el cervantismo. Pero en el limbo bibliográfico se quedaron, y no hay fuerza humana que los resucite. ¡Triste y memorable ejemplo de lo efímeras que son las modas literarias, y más si se trata de obras de entretenimiento, destinadas á un pasatiempo fugaz, y no concebidas en las regiones superiores del arte! Porque se ha de tener en cuenta que el éxito de estos libros no fué exclusiva ni principalmente español, sino que la sociedad más culta y privilegiada de Europa se recreó por más de un siglo con las grotescas invenciones de Feliciano y con las bizarrías de _D. Silves_, que no sólo fueron traducidas y adaptadas al italiano, al francés, al alemán y á otras lenguas, sino que suscitaron nuevas é inacabables continuaciones, todavía peores que sus originales, y llegó á duplicarse la serie de los _Amadises_; resultando una maraña tan inextricable de personajes y aventuras, que un señor Du Verdier tuvo que emplear siete grandes volúmenes, publicados desde 1626 á 1629, con el título de _Le Roman des Romans_, en la absurda tarea de recoger todos los cabos sueltos de estas historias y dar á cada una de ellas el debido complemento y desenlace, lo que ejecutó también con _El Caballero del Sol_ y con _Don Belianis de Grecia_; que á tanto llegaba su furor de continuarlo y acabarlo todo. Obsérvese que esto pasaba en Francia nueve años después de la muerte de Cervantes, y más de veinte después de publicada la primera parte del _Quijote_, que si en España consumó la ruina del género, ya muy decaído y postrado entonces, no tuvo por de pronto el mismo benéfico influjo en la novela de otros países, donde las corrientes realistas eran menos enérgicas.

Tales como son, los libros de Feliciano de Silva tuvieron, aun en el teatro y en la poesía lírica, menos ilustre descendencia en España que fuera de ella. Aquí sólo podemos citar alguna comedia mediana cuyo argumento esté tomado de esos libros, como _La Gloria de Niquea_, del conde de Villamediana, representada en el Palacio de Aranjuez á 8 de Abril de 1622 con las novelescas circunstancias que son notorias; ó el _Don Florisel de Niquea_, del doctor Juan Pérez de Montalbán; ó el _Amadís y Niquea_, del poeta malagueño D. Francisco de Leyva. En cambio Roberto Southey afirma que hay imitaciones del _Amadís de Grecia_ en la _Arcadia_ de Sidney, en la _Reina de las Hadas_ (_Faery Queene_) de Spenser (episodio de la máscara de Cupido) y finalmente en el don Florisel que Shakespeare introduce en su comedia _Cuento de Invierno_ (_Winter's Tale_). Si todo esto es verdad, y debe serlo, puesto que lo afirma un inglés tan profundamente versado en ambas literaturas, ¡qué honor para el pobre caballero de Ciudad Rodrigo! No he estudiado bastante á Sidney y á Spenser para hacer la comparación; pero siendo el primero traductor é imitador de la _Diana_ y de otros libros españoles, el caso es muy verosímil. En lo tocante al _Cuento de Verano_, cuyo argumento principal se deriva, como es notorio, de la novela de Roberto Greene _Pandosto ó el Triunfo del Tiempo_ (1588), creo que tiene razón Southey, y que el personaje episódico de D. Florisel, hijo de rey y enamorado de una pastora, es el mismo D. Florisel del _libro nono_ de _Amadís_, enamorado de la pastora Silvia.

Simultáneamente con la estirpe de los _Amadises_ floreció en España otra familia caballeresca menos dilatada, que tiene con ella muy próximo parentesco: la de los _Palmerines_, que sólo ceden en antigüedad á las dos obras de Montalvo, puesto que la primera edición del _Palmerín de Oliva_ es de 1511[393], posterior sólo en tres años á la que pasa por primera del _Amadís de Gaula_, y en uno á la más antigua del _Esplandián_. ¡Bien madrugaba entonces la imitación literaria, aunque tengamos por muy verosímil que ambos libros corrían ya de molde desde el siglo anterior! Porque no hay duda que el _Palmerín de Oliva_ carece de originalidad, y no es más que un calco servil de las principales aventuras de Amadís y de su hijo. El nacimiento secreto de _Palmerín de Oliva_, que se llamó así por haber sido expuesto entre palmas y olivos cerca de Constantinopla, tiene las mismas circunstancias que el de Amadís y el de Esplandián, salvo que éste fué recogido por un ermitaño y Palmerín por un colmenero. La historia amorosa de Palmerín y Polinarda reproduce punto por punto la de Amadís y Oriana. Si Amadís triunfa del endriago, Palmerín mata á la gran sierpe que guardaba la maravillosa fuente Artifaria. Si Amadís se resiste á los halagos de la reina Briolanja, Palmerín, no menos constante en amores, rechaza á Archidiana, hija del Soldán de Babilonia, y á la infanta Ardemia. Finalmente, Palmerín, lo mismo que Esplandián, llega á ser emperador de Constantinopla. En suma, el primer _Palmerín_ es un calco mal hecho de un excelente original. Si alguna aventura añade, es del género más extravagante, como la lucha de Palmerín con tres leones, á quienes rinde y mata sin la menor dificultad (germen de un episodio de la segunda parte del _Quijote_). En cambio le faltan todas las bellezas del _Amadís_: el estilo es pobre, el sentimiento ninguno. En las descripciones de batallas y desafíos es pesadísimo; en las escenas amorosas, lúbrico por extremo[394], aunque no iguala al _Tirante_. Este libro no tiene orígenes antiguos ni puede ser muy anterior á la fecha de su impresión. Se compuso seguramente poco después de la guerra de Granada, de la cual parece que conserva algunas reminiscencias. Gayangos hizo notar el gran número de personajes con nombres moros que andan en el libro, y apuntó la sospecha muy fundada de que la batalla en que Palmerín y Trineo hacen prisionero al Soldán de Babilonia (cap. CLXII) sea trasunto anovelado de la prisión del rey Boabdil por el conde de Cabra y el Alcaide de los Donceles. De este modo se confirma lo que dió á entender Francisco Delicado en el prólogo á la edición de Venecia de 1534[395].

El _Palmerín de Oliva_, á pesar de su nulidad, gustó tanto, que tuvo inmediatamente un _libro segundo_ (Salamanca, 1516), salido al parecer de la misma fábrica, pero algo mejor escrito. Uno y otro están dedicados á don Luis de Córdoba, hijo del conde de Cabra don Diego, y en ambos (si hemos de creer al cordobés Delicado) se ensalza bajo nombres supuestos á los caballeros de este linaje, y al Gran Capitán entre ellos, aunque por mi parte no he llegado á percibir las alusiones históricas. El _Primaleón_, fábula más complicada que el _Palmerín_, tiene en realidad tres protagonistas: Primaleón mismo, su hermano Polendos (hijos uno y otro del de Oliva) y el príncipe de Inglaterra don Duardos, que es realmente el que interesa más por sus amores con la infanta Flérida, hija del emperador de Constantinopla. De este romántico episodio, en que el príncipe se disfraza de hortelano, sacó el gran poeta portugués Gil Vicente su tragicomedia castellana de _Don Duardos_, escrita en pulidas y gentiles coplas de pie quebrado. Toda la pieza es un delicioso idilio; pero como si al fin de ella hubiese querido Gil Vicente dar una muestra de lo más exquisito de su poesía lírica, hizo cantar al coro un romance incomparable, como, apenas se hallará otro compuesto por trovador ó poeta de cancioneros: tan próximo está á la inspiración popular, y de tal modo la remeda, que casi se confunde con ella. No podemos menos de copiarlo íntegro, porque él basta para justificar y dar por bien empleada la existencia del _Primaleón_, del cual se deriva:

En el mes era de Abril, De Mayo antes un dia, Cuando los lirios y rosas Muestran más su alegria, En la noche más serena Que el cielo hacer podia, Cuando la hermosa Infanta Flérida ya se partia. En la huerta de su padre A los arboles decia: --«Quedaos a Dios, mis flores, Mi gloria que ser solia, Voyme a tierras extranjeras Pues ventura allá me guia. Si mi padre me buscare, Que grande bien me queria, Digan que el Amor me lleva, Que no fue la culpa mia; Tal tema tomó conmigo, Que me venció su porfia. Triste, no se a donde vo Ni nadie me lo decia». Alli hablara don Duardos: «No lloreis, mi alegria; Que en los reinos de Inglaterra Más claras aguas habia, Y más hermosos jardines, Y vuestros, señora mia. Terneis trescientas doncellas De alta genealogia; De plata son los palacios Para vuestra señoría,

De esmeraldas y jacintos, De oro fino de Turquia, Con letreros esmaltados Que cuentan la vida mia; Cuentan los vivos dolores Que me distes aquel dia Cuando con Primaleon Fuertemente combatia. Señora, vos me mataste, Que yo a él no lo temia». Sus lagrimas consolaba Flérida, que aquesto oia. Fueronse a las galeras Que don Duardos tenia. Cincuenta eran por cuenta. Todas van en compañia; Al son de sus dulces remos La princesa se adormia En brazos de don Duardos, Que bien le pertenecia. Sepan cuantos son nacidos Aquesta sentencia mia: «Que contra muerte y amor Nadie no tiene valia»[396].

Sin fundamento alguno, y generalizando malamente lo que sólo es verdad respecto del _Palmerín de Inglaterra_, se ha supuesto que también el _de Oliva_ y el _Primaleón_ eran de origen portugués. Uno y otro nacieron en Castilla, aunque muy cerca de la raya, y uno y otro son de autor femenino, cuyo nombre no ha podido descubrirse hasta ahora. En la primera edición del _Palmerín_, hecha en Salamanca en 1511, se leen después del colofón unos versos latinos, sumamente bárbaros, de un Juan Augur de Trasmiera, que con su verdadero apellido _Agüero_ (tan frecuente en aquella parte de las montañas de Santander) publicó algunos opúsculos de gran rareza. El tal Augur dice repetidas veces que la obra que recomienda ha sido escrita por una mujer:

.....Collige flores Quos sevit, quos dat femina corde tibi. ....................................... Hunc lege quo tractat femina multa sua. Quanto sol lunam superat, Nebrissaque doctos, Tanto ista hispanos _femina_ docta viros .......................................

Pero hace la oportuna insinuación de que en la parte militar del libro, que en efecto está recargadísima, fue asistida la autora por un hijo suyo:

_Femina composuit_: generosos atque labores _Füius_ altisonans scripsit et arma libro.

En varias ediciones del _Primaleón_, tales como la de Medina del Campo, 1563; la de Lisboa, 1566, se hallan seis coplas de arte mayor en elogio de la obra. La última, cuyo verso final solía cambiarse según el punto de impresión, dice de esta manera:

En este esmaltado e muy rico dechado Van esculpidas muy bellas labores, De paz y de guerra y de castos amores, _Por mano de dueña_ prudente labrado; Es por exemplo de todos notado Que lo verisimil veamos en flor; Es de _Augustobriga_ aquesta labor, Que en Medina se ha agora estampado.

_Augustobriga_ no es Burgos, como creyó Wolf, ni mucho menos ninguna población portuguesa[397], sino el nombre que en la imperfecta geografía histórica del siglo XVI solía darse á Ciudad Rodrigo, que el P. Flórez y la mayor parte de los modernos reducen á _Mirobriga_.

Pero es el caso que en la edición sevillana del _Primaleón_ (1524), y es de presumir que también en la primera de Salamanca, que no hemos visto, se dice que tanto este libro como el _Palmerín_ fueron «trasladados de griego en nuestro lenguaje castellano, corregidos y emendados _en la muy noble cibdad de Ciudarrodrigo_ (_sic_) por _Francisco Vazquez_, vecino de la dicha ciudad». Dejando aparte la ficción del origen griego, ¿este Francisco Vázquez sería sólo un corrector ó tuvo alguna parte en la composición de ambas novelas? ¿Sería, por ventura, aquel _hijo altisonante_ que colaboró con su madre en las escenas belicosas del _Palmerín_, según indica Juan Agüero? No nos atrevemos á afirmarlo, pero lo que parece fuera de duda es el origen femenino de la obra. Francisco Delicado, corrector de la edición veneciana de 1534, insiste en él varias veces, aunque confiesa que no sabía el nombre de la autora: «Avisandoos que cuanto más adelante va es más sabroso, porque como _la que lo compuso era mujer_, y filando al torno se pensaba cosas fermosas, que dezia a la postre, fue más encimada al amor que a las batallas, a las quales da corto fin». Y en la introducción al libro tercero de la obra: «Digo que es sabroso; mas no sé quién lo hizo, porque calló su nombre al principio y al fin... Y es opinion de personas que fue muger la que _lo compuso, fija de un carpintero_...» y defendiendo luego el libro de los defectos que se le achacaban: «Mas el defeto está en los impresores y en los mercaderes que han desdorado la obra de la _señora Augustobrica_ con el ansia de ganar».

El autor del _Diálogo de la lengua_, que juzga con mucha severidad toda la literatura caballeresca, parece indulgente con el _Palmerín_ y el _Primaleón_, aunque no da los motivos de su juicio, limitándose á decir que _por ciertos respetos_ habían ganado crédito con él. En cambio Cervantes ni siquiera menciona el _Primaleón_, y manda que _la oliva_ de Palmerín se haga «luego rajas y se queme, que aun no queden della las cenizas». Nadie dirá que la sentencia sea injusta, pero contrasta con tan fiero y ejecutivo rigor el exorbitante panegírico que á renglón seguido hace del _Palmerín de Inglaterra_: «Esa palma de Inglaterra se guarde y se conserve como a cosa unica, y se haga para ella otra caja como la que halló Alejandro en los despojos de Dario, que la diputó para guardar en ella las obras del poeta Homero. Este libro, señor compadre, tiene autoridad por dos cosas: la una porque él por sí es muy bueno, y la otra porque es fama que le compuso un discreto rey de Portugal. Todas las aventuras del castillo de Miraguarda son bonisimas y de grande artificio; las razones cortesanas y claras, que guardan y miran el decoro del que habla con mucha propiedad y entendimiento».

Á estas palabras debe su fortuna póstuma el _Palmerín de Inglaterra_, que en su tiempo no la tuvo muy grande, puesto que una sola vez fué impreso en lengua castellana. Aquí también nos encontramos con un problema de historia literaria, pero nos detendrá poco, porque á mi juicio está definitivamente resuelto en favor de los portugueses, y nada tengo que añadir á los argumentos que expusieron, en dos curiosas monografías el brasileño Manuel Odorico Mendes[398] y el agudo, aunque descarriado comentador del _Quijote_, D. Nicolás Díaz de Benjumea[399]. Claro es que si á las pruebas extensas y bibliográficas se atendiera únicamente, tendrían razón Salvá y Gayangos, y el _Palmerín_ castellano impreso en Toledo durante los años 1547 y 1548[400], atribuido primero á Miguel Ferrer y luego á Luis Hurtado, sería el original, y el texto portugués de Francisco de Moroes, del cual no se conoce ejemplar anterior al de Évora de 1567, una mera traducción posterior á la francesa de Jacobo Vincent y á la italiana de Mambriano Roseo, que aparecieron en 1553.

Pero las pruebas intrínsecas que el mismo libro de Toledo, cotejado con el de Évora, suministra, nos llevan forzosamente á la conclusión contraria. Es traducción del portugués y traducción muy desaliñada, en que no han desaparecido los rastros de su origen, hasta el punto de llamarse Tejo al Tajo, forma inverosímil en un toledano. Por ningún concepto puede atribuirse la prosa del _Palmerín_ al elegante escritor Luis Hurtado, que terminó la _Comedia Tibalda_ del comendador Perálvarez de Ayllón, las _Cortes de la Muerte_ de Miguel de Carvajal, y compuso con fecundo estro la _Égloga Silviana_, el _Teatro pastoril_, el _Hospital de necios_, el _Espejo de gentileza_, el _Hospital de galanes enamorados_, el _Hospital de damas heridas de amor_, los _Esponsales de amor y sabiduría_ y otras ingeniosas obrillas; amén del inestimable _Memorial de las cosas de Toledo_, escrito en 1576 para contestar al célebre interrogatorio de Felipe II. En 1547, el futuro rector de la parroquia de San Vicente, que en su poema de las _Trecientas_, acabado en 1582, declaró haber cumplido cincuenta años, no podía tener más que diez y ocho, edad muy tierna para producir una obra que revela tanta madurez, cultura mundana y experiencia de la vida, como el _Palmerín de Inglaterra_. En las octavas acrósticas que van al fin de la dedicatoria de la primera parte, y juntando las letras iniciales, dicen: _Lvys Hurtado Avtor al lector da salud_, dice bien claramente que la obra era ajena, y ni siquiera insinúa que la traducción fuese suya:

_Leyendo_ esta obra, discreto lector, _Vi_ ser espejo de hechos famosos, _Y viendo_ aprovecha á los amorosos, _Se puso la mano en esta labor_. _Hallé_ que es muy digno de todo loor _Un_ libro tan alto, en todo facundo; ........................................

Lo de _autor_ (que se repite en el epígrafe de las octavas) ha de entenderse, para que no resulte contradicción, ó en el sentido de autor de la composición poética laudatoria, ó en la acepción vaga y general de escritor. No creo que quisiera apropiarse el _Palmerín_ de un modo vergonzante, ni tampoco la _Tragedia Policiana_, impresa aquel mismo año, y en la misma oficina, con tres octavas del mismo corte, que bien leídas sólo indican que Hurtado fué el corrector de la edición y que pide perdón por las erratas que puedan encontrarse:

Y si algún error hallases mirando, _Supla mi falta_ tu gran discrecion, _Pues yerra la mano_ y no el corazon, Que aqueste lo bueno va siempre buscando.

El que, al parecer, quiso adjudicarse la paternidad del _Palmerín_, llamándole _fruto, trabajo y atrevimiento_ suyo, fué el mercader de libros Miguel Ferrer, que en un enfático prólogo dirigido á su Mecenas, Galasso Rótulo, después de haber enumerado los grandes capitanes y excelentes artífices «que han sido aficionados a escrebir y en tiempos hurtados de sus trabajos han sacado maravillosas historias recreando sus ánimos en cosas delicadas, dando a los que después dellos venimos doctrina y dechado», se pone modestamente en el número: «Todo esto he dicho a vuestra magnificencia para excusarme que siendo hombre que deprendi arte para sustentar la vida, ocupe mi tiempo en _escrebir hystorias_».

Si Miguel Ferrer no hubiera tenido otra intervención en el libro que la de pagar los gastos de la edición para especular con ella, habría razón para calificarle de imprudente plagiario, pero todo puede conciliarse suponiéndole traductor. Al cabo, la traducción era _fruto, trabajo y atrevimiento_ suyo, y había empleado su tiempo en _escribir_ con palabras castellanas aquella historia. Las expresiones son vagas de intento, y hay sin duda un conato vergonzante de apropiarse el libro; pero si omitió el nombre del autor original, fué acaso porque no le conocía. El _Palmerín_ portugués que llegó á sus manos, impreso ó manuscrito, y que tradujo con la rudeza y desmaño propios de un hombre inculto, estaba anónimo probablemente.

Pero en la misma obra revelaba el autor no solamente su patria portuguesa, sino hasta su historia personal é íntima. «Quien estudia el _Palmerín_ (dice Odorico Mendes) reconoce á cada paso la complacencia con que se extiende en los loores de aquella tierra y la preferencia en que la tiene sobre todas las de España; reconoce que Moraes, tan abundante en las descripciones, se esmeró más en las de Portugal, y no perdió ocasión de exaltar á sus naturales, _tal vez con quiebra de los demás españoles_». Miraguarda, una de las principales heroínas del libro, es portuguesa, y la predilección con que el autor la trata á pesar de su carácter soberbio, altivo, áspero y cruel, contrasta con las liviandades que atribuye á una pobre reina Arnalta de Navarra y á las hijas del duque Calistrano de Aragón. No tienen término los elogios de la _belicosa_ Lusitania, «provincia entonces poblada de muchos y muy esforzados caballeros, donde, por virtud del planeta que la rige, los hubo siempre muy famosos». Hay menudos detalles de topografía local muy significativos. El castillo de Miraguarda existe hoy mismo, con el nombre de castillo de Almourol, donde el autor le puso, cerca de Tancos y de Thomar. La leyenda que en el Palmerín se refiere acerca de este castillo y el de Cárdiga es de seguro un cuento popular.

Pero lo que pone el sello á la demostración son los capítulos CXXXVII á CXLVIII, en que se refiere cierta aventura de cuatro damas francesas, apellidadas Mansi, Telensi, Latranja y Torsi, siendo castigada la soberbia y coquetería de esta última por el príncipe Floriano del Desierto, hermano de Palmerín, que emplea un procedimiento análogo al de _El desdén con el desdén_. Pues bien, la señora Torsi es personaje real, y si no la misma aventura, otras muy semejantes acontecieron con ella al hidalgo portugués Francisco de Moraes, que fué víctima de los desdenes de aquella presuntuosa doncella, por la cual había concebido una vehemente pasión cuando estuvo en París desde 1541 á 1543, como secretario del embajador D. Francisco de Noronha, segundo conde de Linhares. Francisco de Moraes, en el discurso que tituló _Desculpa de uns amores_[401], hace en forma directa una confesión, que nos da la clave de este episodio del _Palmerín_. Y como este episodio se halla, no sólo en la edición portuguesa de 1567, en que Moraes descubrió su nombre, sino en el texto castellano de 1547, donde también ocupa once capítulos, no es posible admitir que Ferrer ni nadie escribieran antes que él cosas tan íntimas suyas y que á él sólo interesaban. La presencia de este elemento personalísimo en la novela quita toda duda sobre su autor, aunque no lo persuadiese el estilo, que en la versión castellana es muy flojo y en portugués de calidad superior, quizá la mejor prenda del libro.