Novelas ejemplares y amorosas

Part 7

Chapter 74,247 wordsPublic domain

Y volviéndola a dar otras tres puñaladas, envió su alma a acompañar la de su amante; y cerrando la puerta a la cuadra, tomó su capa y maleta, y valiéndose de una llave que había mandado hacer, por haber perdido la de la puerta de la calle, de industria, dejándola cerrada, se salió y fue a la posada de don Martín, el cual sabido el suceso y viendo que era forzoso ponerse en camino, tomando sus mulas y ropa, se partieron, caminando con toda prisa hasta el primer lugar donde descansaron, vistiéndose Aminta de dama y don Martín asimismo de caballero.

Sosegaron allí dos días, donde confirmando los dos la palabra que se habían dado, y con ella el amor, no pudo Aminta negarle a don Martín, como a su esposo, ningún favor que le pidiese.

Allí recibió don Martín dos criados y una criada, y tomando el carruaje necesario, se pusieron en camino para Madrid.

Pues como viniese la mañana que se siguió a la triste noche para los desventurados que estaban en el infierno, pues la vida era conforme a la muerte, y la muerte lo fue a la vida, como los demás criados viesen que Jacinto no parecía, ni su amo ni Flora se levantaban, entraron en la cuadra y viendo el desgraciado suceso, dieron gritos, alzando las criadas el alarido; a las cuales se juntaron todos cuantos había en la ciudad y la justicia con ellos, tomando sus confesiones a todos; y no habiendo otro indicio más que la falta de Jacinto, y haber llevado su maleta, los llevaron a todos presos, y visitando las casas de posadas, vinieron a dar en la que habían estado los autores del daño; si bien no sabían dar razón de nombres, ni tierra; ni pudieron saber más de que a las doce habían partido; y como se llamaban hermanos, siempre se encerraban para hablar.

Con estos indicios salieron tras de ellos algunos alguaciles y aun el mismo corregidor, mas aunque encontraron con don Martín y su dama, que iban la vuelta de Madrid, como los vieron ir con tanta autoridad y reposo, y conocieron a don Martín por uno de los nobles de aquella ciudad y sabían que vivía en Segovia, no cayeron en sospecha alguna, y más habiendo entendido de él que iba con aquella señora y que la traía para su esposa de un lugar de allí cerca; antes le contaron lo que buscaban y ellos se hicieron muy maravillados del caso; y no hay que espantar, porque si buscando un mozo de mulas y un pajecillo, hallaron un caballero tan principal y una dama tan hermosa, ¿quién no se diera por vencido?

Comió don Martín y el corregidor, porque aunque en el campo, iban proveídos; y no hallando rastro de lo que buscaban, se volvieron a la ciudad, y ellos siguieron su camino.

Y viendo la justicia la poca culpa de los presos, los soltaron y confiscaron la hacienda, parte para el rey y parte para la viuda, mujer de don Jacinto.

Don Martín y su esposa llegaron a Madrid, tomando casa y aderezos para ella, y sacando licencia del nuncio, se desposaron, corriendo después los términos de las amonestaciones.

Hecho esto, envió don Martín por su madre, la cual con su casa y hacienda se vino a Madrid, contenta de tener tal nuera, que sabiendo quién era, se tenía por dichosa, donde hoy viven, llamándose Aminta doña Vitoria, la más querida y contenta de su esposo don Martín, que solo le falta a esta buena señora tener hijos para del todo ser dichosa.

Su primo vive, y por su respecto no goza doña Vitoria la hacienda que le dejó su padre, aunque es muy gruesa, solo por no darse a conocer a su primo, ni don Martín quiere tratar de eso, por estar el secreto de este caso entre los tres; que si ella misma no lo manifestara, para que con nombres supuestos se escribiera, nadie pudiera dar noticia de ello.

Apenas dio la bella y discreta Matilde fin a su maravilla, dicha con tanto donaire y discreción que a todos los caballeros y damas que la escuchaban tenía elevados y absortos, cuando don Diego, nuevo amante de Lisis, haciendo seña a los músicos y dando aviso a dos criados suyos que eran diestros en danzar, a un mismo tiempo atajaron las alabanzas que para la bella Matilde se prevenían, pareciéndole que habiendo de quedar cortos en ellas, era más acertado pasarlas en silencio; y dándolo así a entender a todos aquellos caballeros y damas, aprobando su parecer, emplearon la vista en las graciosas vueltas y airosas cabriolas que los dos criados de don Diego hacían.

Y después de haber dado fin a la danza, dieron principio a una suntuosísima colación que Lisis tenía prevenida para sus convidados, donde en competencia las ensaladas de los dulces, y los dulces de muchas suertes de frutas, que en la mesa sirvieron, como en tales noches es costumbre, se mostró el buen gusto del dueño; y Lisis dándole a don Juan mil desdeñosas muestras, acompañadas de un gracioso ceño, con que al desaire le miraba; y por el contrario a don Diego mil honestos favores, de que don Juan se abrasaba; porque aunque quería a Lisarda, gustaba de ser querido de Lisis, y así haciendo mil regalos a Lisarda por picar a Lisis, y Lisis a don Diego por desesperar a don Juan, y los demás caballeros y damas, unos a otros, tocaron a maitines en el Carmen, y determinando oírlos con la misa del gallo, para dormir descuidados, avisados para la segunda noche, se despidieron de Lisis y su madre, que no quisieron oírlos; desocuparon la casa, acompañando todos aquellos caballeros a las hermosas damas en esta piadosa ocasión, si bien don Diego, llegándose a Lisis, se le ofreció por esclavo, agradeciendo la dama el favor, con que se dio fin a la fiesta de la primera noche.

NOCHE SEGUNDA.

Ya Febo se recogía debajo de las celestes cortinas, dando lugar a la noche que con su manto negro cubriese el mundo, cuando todos aquellos caballeros y damas se juntaron en casa de la noble Laura siendo recibidos de la discreta señora y su hermosa hija con mil agrados y cortesías. Y así por la misma orden que en la pasada noche se fueron sentando, avisados de don Diego que sus criados habían de dar principio a la fiesta con algunos graciosos bailes y un sazonado entremés que de repente quisieron hacer. Y viendo aquellas señoras que les tocaba danzar aquella noche, se acomodaron por su orden.

Estaba Lisis vestida de una lama de plata morada y al cuello una firmeza de diamantes con una cifra del nombre de don Diego, joya que aquel mismo día le envió su nuevo amante en cambio de una banda morada que ella le dio para que pendiese la verde cruz que traía; dando esto motivo a don Juan para algún desasosiego, si bien Lisarda con sus favores le hacía que se arrepintiese de tenerle.

Ya se prevenía la bella Lisis de su instrumento y de un romance que aquel día había hecho, y puesto todo, cuando los músicos le suplicaron los dejase aquella noche, guardando para la tercera fiesta sus versos, porque el señor don Juan los había prevenido de lo que habían de cantar; que por ser parto de su entendimiento era razón lograrlos.

A todos pareció bien, porque sabían que don Juan era en esto muy acertado, y dándoles lugar cantaron así:

A la cabaña de Menga Antón un disanto fue; Ya está rostrituerta Gila, Celos debe de tener.

De ella se queja el zagal, Bien justa su queja es, Que sospechas sin razón Son desaires de la fe.

Sin culpa le da desvíos, ¿Cómo no se ha de ofender, Que ella los da tan de balde, Costándole tanto a él?

Hablar a Menga agradable, No es culpa, que bien se ve, Si no hay querer con agrados, No hay agrados sin querer.

Quisiera que huyese Antón De Menga, ¡rigor cruel! Darle lo favorecido A precio de descortés.

No es la misma permisión En el hombre y la mujer, Que en ellos es grosería Lo que en ellas es desdén.

No hay quien se ponga a razones Con los celos, y pardiez, Gente que razón no escucha, Muy necia debe de ser.

Los vanos recelos, Gila, No aseguran, que tal vez Temer donde no hay tropiezos, Dispone para caer.

Vedarle que mire a Menga, Si es cordura no lo sé, Que una hermosura vedada, Dicen que apetito es.

Sujeciones hay civiles, Bastaba, Antón, a mi ver, Estar sujeto a unos ojos, Sin que a su engaño lo estés.

Esto es amor en los hombres, Ser su lisura doblez, Sus inocencias delitos; Mal haya el amor, amén.

Quien mirara a la bella Lisis mientras cantó este romance, conociera en su desasosiego la pasión con que le escuchaba; viendo cuán al descubierto don Juan reprendía en él las sospechas que de Lisarda tenía, y a estarle bien respondiera: mas cobrándose de su descuido, viendo a don Diego melancólico de verla inquieta, alegró el rostro y serenó el semblante: mandó como presidente de esta fiesta a don Álvaro que dijese su maravilla; el cual obedeciendo dijo así:

Es la miseria la más perniciosa costumbre que se puede hallar en un hombre, pues en siendo miserable luego es necio, enfadoso y cansado. Esto se verá claramente en mi maravilla, la cual es de esta suerte:

NOVELA TERCERA.

EL CASTIGO DE LA MISERIA.

A servir a un grande de esta corte vino de un lugar de Navarra un hijodalgo, tan alto de pensamientos como humilde de bienes de fortuna; pues no le concedió esta madrastra de los nacidos más riqueza que una pobre cama, en la cual se recogía a dormir y se sentaba a comer: este mozo, a quien llamaremos don Marcos, tenía un padre viejo, y tanto, que sus años le servían de renta para sustentarse, pues con ellos enternecía los más empedernidos corazones.

Era don Marcos cuando vino a este honroso entretenimiento de doce años, habiendo casi los mismos que perdió a su madre de un repentino dolor de costado, y mereció en casa de este príncipe la plaza de paje y con ella los usados atributos, picardía, porquería, sarna y miseria; y aunque don Marcos se graduó en todas, en esta última echó el resto, condenándose él mismo de su voluntad a la mayor lacería que pudo padecer un padre del yermo, gastando los diez y ocho cuartos que le daban con tanta moderación, que si podía, aunque fuese a costa de su estómago y de la comida de sus compañeros, procuraba que no se disminuyesen, o ya que algo gastase, no de suerte que se viese mucho su falta.

Era don Marcos de mediana estatura, y con la sutileza de la comida se vino a transformar de hombre en espárrago. Cuando sacaba de mal año su vientre era el día que le tocaba servir la mesa de su amo, porque quitaba de trabajo a los mozos de plata llevándoles lo que caía en sus manos más limpio que ellos lo habían puesto en la mesa, proveyendo sus faltriqueras de todo aquello que sin peligro se podía guardar para otro día.

Con esta miseria pasó la niñez, acompañando a su dueño en muchas ocasiones dentro y fuera de España, donde tuvo principales cargos. Vino a merecer don Marcos pasar de paje a gentilhombre, haciendo en esto su amo con él lo que no hizo el cielo. Trocó pues los diez y ocho cuartos por cinco reales y tantos maravedís: pero ni mudó de vida, ni alargó la ración a su cuerpo, antes como tenía más obligaciones, iba dando más nudos a su bolsa.

Jamás se encendió en su casa luz, y si alguna vez se hacía esta fiesta, era el que le concedía su diligencia y el descuido del repostero, algún cabo de vela, el cual iba gastando con tanta cordura, que desde la calle se iba desnudando, y en llegando a casa dejaba caer los vestidos y al punto le daba la muerte.

Cuando se levantaba por la mañana, tomaba un jarro que tenía sin asa, y salía a la puerta de la calle, y al primero que veía le pedía remediase su necesidad, y esto le duraba dos o tres días, porque lo gastaba con mucha estrechez. Luego se llegaba donde jugaban los muchachos y por un cuarto llevaba uno que le hacía la cama, y si tenía criado, se concertaba con él que no le había de dar ración más de dos cuartos y un pedazo de estera en que dormir; y cuando estas cosas le faltaban, llevaba un pícaro de cocina que lo hacía todo y le virtiese una extraordinaria vasija en que hacía las inexcusables necesidades; era al modo de un arcaduz de noria, porque había sido en un tiempo jarro de miel, que hasta en verter sus excrementos guardó la regla de la observancia.

Su comida era un panecillo de un cuarto, media libra de vaca, un cuarto de zarandajas y otro que daba al cocinero porque tuviese cuidado de guisarlo limpiamente; y esto no era cada día sino solo los feriados, que lo ordinario era un cuarto de pan y otro de queso.

Entraba en el estrado donde comían sus compañeros, y llegaba al primero y decía:

—Buena debe de estar la olla, que da un olor que consuela, en verdad que la he de probar.

Y diciendo y haciendo sacaba una presa; y de esta suerte daba la vuelta de uno en uno a todos los platos: que hubo día que, en viéndole venir, el que podía se comía de un bocado lo que tenía delante; y el que no, ponía la mano sobre su plato.

Con el que tenía más amistad era con un gentilhombre de casa, que estaba aguardando verle entrar a comer o cenar, y luego con su pan y queso en la mano entraba diciendo:

—Por cenar en conversación os vengo a cansar —y con esto se sentaba en la mesa y alcanzaba de lo que había.

Vino en su vida lo compró, aunque lo bebía algunas veces en esta forma: poníase a la puerta de la calle y, como iban pasando las mozas y muchachos con el vino, les pedía en cortesía se lo dejasen probar; obligándoles lo mismo a hacerlo. Si la moza o muchacho eran agradables, les pedía licencia para otro traguillo.

Viniendo a Madrid en una mula, y con un mozo que por venir en su compañía se había aplicado a servirle por ahorrar de gasto, le envió en un lugar por un cuarto de vino, y mientras que fue por él se puso a caballo y se partió, obligando al mozo a venir pidiendo limosna.

Jamás en las posadas le faltó un pariente que, haciéndose gorra con él, le ahorraba la comida. Vez hubo que dio a su mula paja del jergón que tenía en la cama, todo a fin de no gastar.

Varios cuentos se decían de don Marcos, con que su amo y sus amigos pasaban tiempo, tanto que ya era conocido en la corte por el hombre más regalado de los que se conocían en el mundo.

Vino don Marcos de esta suerte, cuando llegó a los treinta años, a tener nombre y fama de rico; y con razón, pues vino a juntar, a costa de su opinión y hurtándoselo al cuerpo, seis mil ducados, los cuales se tenía siempre consigo, porque temía mucho las retiradas de los genoveses; pues cuando más descuidado ven a un hombre le dan manotada como zorro.

Y como don Marcos no tenía fama de jugador ni de amancebado, cada día se le ofrecían varias ocasiones de casarse, aunque lo regateaba, temiendo algún mal suceso: parecíales bien a las señoras que lo deseaban para marido y quisieran más fuese gastador que guardoso, que con este nombre calificaron su miseria.

Entre muchas que desearon ser suya fue una señora que no había sido casada, si bien estaba en opinión de viuda, mujer de buen gusto y de alguna edad, aunque lo encubría con las galas, adornos e industria; porque era viuda galán, con su monjil de tercianela, tocas de reinas y su poquito de moño.

Era buena señora, cuyo nombre es doña Isidora, muy rica en hacienda, según decían todos los que la conocían, y su modo de tratarse lo mostraba. Y en esto siempre se adelantaba el vulgo más de lo que era razón.

Propusiéronle a don Marcos este matrimonio, pintándole a la novia con tan perfectos colores y asegurándole que tenía más de catorce o quince mil ducados, diciéndole haber sido su difunto consorte un caballero de lo mejor de Andalucía, que asimismo decía serlo la señora, dándole por patria a la famosa ciudad de Sevilla; con la cual nuestro don Marcos se dio por casado.

El que trataba el casamiento era un gran socarrón, tercero no solo de casamientos sino de todas mercaderías, tratante en grueso de buenos rostros y mejores bolsas, pues jamás ignoraba lo malo y lo bueno de esta corte, y era la causa haberle prometido buena recompensa: ordenó llevar a don Marcos a vistas, y lo hizo la misma tarde que se lo propuso porque no hubiese peligro en la tardanza.

Entró don Marcos en casa de doña Isidora, casi admirado de ver la casa, tantos cuadros, tan bien labrada y con tanta hermosura; y mirola con atención, porque le dijeron que era su dueño la misma que lo había de ser de su alma, a la cual halló entre tantos damascos y escritorios, que más parecía casa de señora de título que de particular, con un estrado tan rico y la casa con tanto aseo, olor y limpieza, que parecía no tierra sino cielo, y ella tan aseada y bien prendida, como dice un poeta amigo, que pienso que por ella se tomó este motivo de llamar así a los aseados.

Tenía consigo dos criadas, una de labor y otra de todo y para todo, que a no ser nuestro hidalgo tan compuesto y tenerle el poco comer tan mortificado, por solo ellas pudiera casarse con su ama, porque tenían tan buenas caras como desenfado, en particular la fregona, que pudiera ser reina si se dieran los reinos por hermosura.

Admirole sobre todo el agrado y discreción de doña Isidora, que parecía la misma gracia, tanto en donaire como en amores, y fueron tantas y tan bien dichas las razones que dijo a don Marcos que no solo le agradó, mas le enamoró, mostrando en sus agradecimientos el alma, que la tenía el buen señor bien sencilla y sin doblez.

Agradeció doña Isidora al casamentero la merced que le hacía en querer emplearle tan bien, acabando de hacer tropezar a don Marcos en una aseada y costosa merienda, en la cual hizo alarde de la vajilla rica y olorosa ropa blanca, con las demás cosas que en una casa tan rica como la de doña Isidora era fuerza hubiese.

Hallose a la merienda un mozo galán, desenvuelto y que de bien entendido picaba en pícaro, al cual doña Isidora regalaba a título de sobrino, cuyo nombre era Agustinico, que así le llamaba su señora tía.

Servía a la mesa Inés, porque Marcela, que así se llamaba la doncella, por mandado de su señora tenía ya en las manos un instrumento, en el cual era tan diestra que no se le ganara el mejor músico de la corte, y esto acompañaba con una voz que más parecía ángel que mujer, y a la cuenta era todo. La cual con tanto donaire como desenvoltura, sin aguardar a que la rogasen, porque estaba cierta que lo haría bien, o fuese acaso o de pensado, cantó así:

Claras fuentecillas, Pues murmuráis, Murmurad a Narciso Que no sabe amar.

Murmurad que vive Libre y descuidado, Y que mi cuidado, En el agua escribe; Que pena recibe Si sabe mi pena, Que es dulce cadena De mi libertad: Murmurad a Narciso Que no sabe amar.

Murmurad que tiene El pecho de hielo, Y que por consuelo Penas me previene: Responde que pene Si favor le pido, Y se hace dormido Si pido piedad: Murmurad a Narciso Que no sabe amar.

Murmurad que llama Cielos otros ojos, Más por darme enojos, Que porque los ama, Que mi ardiente llama Paga con desdén, Y quererle bien Con quererme mal: Murmurad a Narciso Que no sabe amar.

Y si en cortesía Responde a mi amor, Nunca su favor Duró más de un día, Do la pena mía Ríe lisonjero, Y aunque ve que muero, No tiene piedad: Murmurad a Narciso Que no sabe amar.

Murmurad que ha días Tiene la firmeza, Y que con tibieza Paga mis porfías: Mis melancolías Le causan contento, Y si mudo intento, Muestra voluntad: Murmurad a Narciso Que no sabe amar.

Murmurad, que he sido Eco desdichada, Aunque despreciada, Siempre le he seguido; Y que si le pido Que escuche mi queja, Desdeñoso deja Mis ojos llorar: Murmurad a Narciso Que no sabe amar.

Murmurad que altivo, Libre y desdeñoso Vive, y sin reposo, Por amarle, vivo, Que no da recibo A mi eterno amor, Antes con rigor Me intenta matar: Murmurad a Narciso Que no sabe amar.

Murmurad sus ojos Graves y severos, Aunque bien ligeros Para darme enojos, Que rinde despojos A su gentileza, Cuya altiva alteza No halla su igual: Murmurad a Narciso Que no sabe amar.

Murmurad que ha dado Con alegre risa La gloria a Belisa, Que a mí me ha quitado, No de enamorado, Sino de traidor, Que aunque finge amor Miente en la mitad: Murmurad a Narciso Que no sabe amar.

Murmurad mis celos Y penas rabiosas, Hay fuentes hermosas, A mis ojos cielos, Y mis desconsuelos, Penas y disgustos, Mis perdidos gustos, Fuentes murmurad; Y también a Narciso Que no sabe amar.

No me atreveré a determinar en qué halló nuestro don Marcos más gusto, si en las empanadas y hermosas tortadas, lo uno picante y lo otro dulce, si en el sabroso pernil y fruta fresca y gustosa, acompañado todo con el licor del santo remedio de los pobres, que a fuerza de brazos estaba virtiendo hielo, siendo ello mismo fuego, que por eso llamaba un aficionado a las cantimploras remedio contra el fuego; o en la dulce voz de Marcela, porque al son de su letra él no hacía sino comer, tan regalado de doña Isidora y de Agustinico que no lo pudiera ser más si él fuera el rey, porque si en la voz hallaba gusto para los oídos, en la merienda recreo para su estómago, tan ayuno de regalos como de sustento.

Regalaba también doña Isidora a don Agustín, sin que don Marcos, como poco escrupuloso, reparase en nada más de sacar de mal año sus tripas; porque creo, sin levantarle testimonio, que sirvió la merienda de aquella tarde de ahorro de seis días de ración, y más con los buenos bocados que doña Isidora y su sobrino atestaban y embutían en el baúl vacío del buen hidalgo, provisión bastante para no comer en mucho tiempo.

Feneciose la merienda con el día, y estando ya prevenidas cuatro bujías en sus hermosos candeleros, a la luz de las cuales y al dulce son que Agustinico hizo en el instrumento que Marcela había tocado, bailaron ella e Inés lo rastreado y soltillo, sin que se quedase la capona olvidada, con tal donaire y desenvoltura que se llevaba entre los pies los ojos y el alma del auditorio, y tornando Marcela a tomar la guitarra, a petición de don Marcos, que como estaba harto quería bureo, feneció la fiesta con este romance:

Fuese Bras de la cabaña: Sabe Dios si volverá, Por ser firmísima Menga, Y ser muy ingrato Bras.

Como no sabe ser firme, Desmayole el verse amar, Que quien no sabe querer, Tampoco sabe estimar.

No le ha dado Menga celos, Que no se los pudo dar, Porque si supiera darlos, Supiera hacerse estimar.

Es Bras de condición libre, No se quiere sujetar, Y así viéndose querido, Supo el modo de olvidar.

No solo a sus gustos sigue, Más sábelos publicar, Que quiere a fuerza de penas Hacerse estimar en más.

Que no volverá es muy cierto, Que es cosa la voluntad, Que cuando llega a trocarse No vuelve a su ser jamás.

Por gustos ajenos muere, Pero no se morirá, Que sabe fingir pasiones Hasta que llega a alcanzar.

Desdichada la serrana Que en él se viene a emplear, Pues aunque siembre afición, Solo penas cogerá.

De ser poco lo que pierde, Certísima Menga está, Pues por mal que se aventure, No puede tener más mal.

Es franco de disfavores, De tibieza liberal, Pródigo de demasías, Escaso de voluntad.

Dice Menga que se alegra, No sé si dice verdad, Que padecer despreciada Es dudosa enfermedad.

Suelen publicar salud Cuando muriéndose están, Mas no niego que es cordura El saber disimular.

Esconderse por no verla, Ni de sus cosas hablar, Ni tarde de su alabanza, Indicios de salud da.

Pero de vivir contenta, Y ella en secreto llorar, Llevar mal que mire a otras, De amor parece señal.

Lo que por mi teología He venido a pergeñar Es que aquel que dice injurias Cerca está de perdonar.

Préciase Menga de noble: No sé si querrá olvidar, Que una vez elección hecha, No es noble quien vuelve atrás.