Novelas ejemplares y amorosas

Part 6

Chapter 64,281 wordsPublic domain

Y lo que más espanta (añadió) es que esta mañana amaneció muerta de un pistolete por el corazón cierta doña Elena, que vivía en una sala baja de su casa. Prendieron al capitán y a sus criados, y uno dijo que por una ventana que salía a la calle la había visto esa misma noche hablar con un hombre.

Este, y otro dicho que dice una criada, que su señora Aminta (que así se llama la dama que falta) bajaba muchas veces a su casa, recatándose de que no se supiese, ha dado que sospechar que por la causa de la dicha Aminta la habían muerto, por lo cual se ha quedado preso el capitán y su familia.

Temblando estaba Aminta de oír tales nuevas cuando don Martín preguntó, dejando la plática empezada, de dónde había venido tan linda huéspeda, que a sus ojos creía que del cielo.

—Don Jacinto —replicó doña Luisa— la trajo mientras va a Valladolid a un negocio, el cual acabado volverá por ella para llevarla a su tierra.

—¿Es acaso esta señora su mujer? —preguntó don Martín.

—No lo quiera Dios —respondió doña Luisa—, que por lo que veo en ella me pesara que estuviera tan mal empleada.

—¿Cómo mujer? —dijo Aminta con turbada voz—, ¿es casado, señora mía, don Jacinto, o pretendió serlo?

—¿Qué don Jacinto? —dijo doña Luisa—; el que aquí te trajo, niña, no se llama de este nombre, porque el mismo suyo es don Francisco, y es casado en Madrid.

—¿Sabeislo bien, señora mía? —dijo Aminta.

—Y cómo que lo sé —replicó doña Luisa—, cinco años ha que estando yo en su misma tierra, donde viví desde que me casé, le vi casar con una dama natural de Madrid, de quien se enamoró viéndola en la boda de una prima suya, a cuya fiesta vino con sus padres; si bien dentro de un año no hizo vida con ella. Conocí sus padres y parientes, y sé que es tan rico como vicioso.

—¿No tiene una hermana —tornó a replicar la confusa y engañada dama— que se dice Flora?

—¡Ay amiga —dijo doña Luisa—, y qué engañada vives! Esta mujer ha mucho que es amiga suya y es la que le incita a mil maldades, que si no tuviera los brazos que en la corte tiene de algunos deudos suyos, le hubieran ya quitado la vida por el mal ejemplo que da y ha dado con la publicidad de sus apetitos; vicio en los nobles más mirado que en los demás. Y por tu vida, hermosa doña Vitoria, que me declares estos enigmas, que no son sin causa estas lágrimas que te están haciendo fuerza por salir; y advierte que si te ha dicho que no es casado, miente, que su mujer se llama doña María y por no poder sufrir sus demasías se volvió a casa de sus padres.

—No son mis males —respondió Aminta— de los que se pueden contar sin mucho escándalo: dame ahora licencia para recogerme, que a su tiempo sabrás los mayores engaños y traiciones que de Sinón cuentan las historias.

Era prudente doña Luisa y así no quiso importunarla, casi adivinando lo que podía ser aunque no quién era. Levantose y tomándola por la mano la llevó a su cámara que era una hermosa cuadra, cuyas ventanas con hermosos balcones caían a un jardín junto a otra semejante en que dormía su hijo, con una puerta que se mandaba a ella, si bien cerrada por quitar la ocasión.

Quedó don Martín tan confuso con su madre y tan enamorado de su huéspeda que parecía ya imposible vivir sin ella; y como la vio ir llorosa y por las palabras que le había oído sospechase alguna gran maravilla, sabiendo dónde estaba aposentada doña Vitoria, entró en su aposento, y viendo cerrada la puerta que caía al de la dama, conoció la causa de la prevención de su madre.

Salió fuera, y entre otras llaves que estaban sobre un escritorio tomó la de aquella puerta y se tornó a recoger, dando muestras de acostarse; mas no lo hizo así, antes se puso por el pequeño lugar de la llave a oír lo que decía. Doña Luisa, dejando a Aminta después de haberla dicho algunos consuelos, tan ciegos como su confusión, se fue a su cama.

Quedó la triste Aminta en su aposento tan llena de lágrimas y congojas como ignorante de que nadie la oyese, y así en voz ni baja ni alta empezó a dar lugar a sus quejas, al modo de cuando a una fuente le estorban, poniendo la mano para que no vierta sus pedazos de cristal, que en quitándola sale con más abundancia; así las palabras detenidas en la garganta de Aminta, viéndose a solas, empezaron a dar clara señal de sus pasiones.

—¡Ay! —decía, arrancando las hebras de sus hermosos cabellos y sacando con las perlas de sus dientes pedazos de la nieve de sus manos, a vueltas de arroyos de fino rosicler— Aminta, ¡y qué desdicha ha sido la tuya! Ya puedes ser fábula del mundo y ejemplo de mujeres, y aun escarmiento suyo, si fuesen cuerdas, y no necias como yo he sido. ¡Ay desventurada de mí, y cómo por ser fácil he sido causa de tantos escándalos y desdichas! ¡Ay!, ¿quién me vio tres días ha con honra, gusto y riqueza, adorada de mis tíos, y respetada de toda la ciudad, y me veo hoy ser fábula y asombro de ella? ¡Ay, querido tío, y qué satisfacción podré dar de las penas y deshonras que por mí pasas! ¡Y qué será de ti cuando sepas por entero mi desdicha! ¡Ay, doña Elena, inventora de mis trabajos, castigue el cielo en tu alma, como lo hizo en tu cuerpo, mi perdición! ¡Ay, Flora cruel, más traidora y engañosa que la pasada, por quien en Roma tienen en tan poco las de tu nombre! ¡Ay, don Jacinto, y cómo tuviste corazón para burlar una mujer de mi estado, sin mirar que has de ser causa, no solo de mi muerte, mas de la tuya, pues en sabiendo mi tío lo que has hecho, si su muerte no le ataja, ha de procurar la tuya, y cuando él falte, queda en el mundo mi primo, que en fin ha de tomar por su cuenta mi agravio, no solo como deudo mas también como esposo! Mas ¿cómo podré yo tener paciencia ni aguardar a tal, teniendo manos y valor con que quitarme la vida?

Y diciendo esto, sacó un cuchillo de su estuche para abrir con él las venas de sus brazos, pareciéndole que hasta la mañana habría tiempo para desangrarse y acabar; mas don Martín, que viéndola con tal determinación, admirado de lo que veía, si bien no apercibía bien sus razones, había puesto la llave en la cerradura, y temeroso de algún mal suceso, abrió apriesa la puerta y salió apresuradamente: con cuyo ruido la hermosa Aminta recibió tal turbación que junto con sus pesares se dejó caer de un profundo desmayo, dando a don Martín lugar para que, tomándola en sus brazos, gozase el favor que si estuviera con su sentido fuera muy dificultoso, respecto de su honesto recato, el cual no pudiera ser vencido si no es con el engaño que se ha visto.

Enternecido don Martín con su sol eclipsado en sus brazos, contemplaba las pasiones que la veía padecer, la hermosura, los pocos años, que siendo todo tan igual a su amor le daban ocasión a mil amorosos atrevimientos: componíale el revuelto cabello, enjugábale las lágrimas y recibía a vueltas de penosos suspiros regalados favores, cogiendo claveles de aquel jardín de hermosura.

Tornó desde a poco en sí Aminta, y viéndose en los brazos de don Martín, con un honesto desenfado se cobró a sí misma de poder del amante, y no sé si tan libre como antes; porque la ocasión, la gala y la fuerza de sus agravios la iban trocando el amor de don Jacinto en cruel venganza: viéndose allá burlada y aquí rogada; que no hay tal cebo para cazar a una mujer como el amor del presente cuando se ve despreciada del ausente. Y así, con muestras de algún enojo, le dijo:

—¿A qué venís, don Martín? ¿Por ventura paréceos que ha menester una desdichada más testigo de su muerte que su desventura? Volveos a vuestro aposento, pues con la muerte de solo una mujer se restauran las honras de tantos hombres.

—No lo permita Dios, amado dueño mío —replicó don Martín—, si no es que yo os acompañe en tal ocasión: yo desde que os vi os adoré; y si no queréis que sea yo el que lo pague todo, pues tengo vida, que es vuestra, y esta daga que ejecutará vuestro deseo, merezca yo que me recibáis por vuestro esclavo; con lo cual quedaré más contento que si fuera señor de todo lo que alcanzó Alejandro.

—No me conocéis —dijo Aminta—, pues me decís con tal libertad vuestro deseo, y no penséis que aunque estoy en este lugar dejo de ser lo que soy, y si por los engaños de un traidor os parece que estoy sin honra, lo que a mí me ha sucedido pudiera suceder a la más cuerda y recatada. Mas supuesto que ni vos habéis de ser mi marido ni yo admitiros, solo os suplico que os volváis a vuestra estancia y no me deis ocasión que llame a vuestra madre y a todo el mundo, y publicando a voces mi miseria, me entregue a la espada de los que con mi muerte quedarán satisfechos de la infamia que por mí padecen.

Pareciole a don Martín en la determinación con que Aminta decía esto, que lo iba a hacer, porque la vio acometer a la puerta; y así la detuvo, suplicándola que le escuchase, porque no era justo que creyese que él pretendía ser suyo, menos que siendo su marido, y que si le quería recibir por tal, tendría su suerte por muy dichosa.

Miraba a don Martín la dama con el afecto que le decía estas y otras razones, como era que le dijese cómo y quién la había ofendido. Que si el no tener (como decía) honor, era algún hombre la causa, se declarase y vería cómo la servía: y que hasta que quedase satisfecha no quería que hiciese por él lo que le pedía.

Y casi desesperada de remedio, si bien agradecida de las promesas de su nuevo amante, le respondió:

—Yo soy Aminta, señor don Martín, la misma de quien esta noche dijisteis que era escándalo de esta ciudad. La causa de estar en vuestro poder os quiero contar, y si oída queréis hacer lo que decís, yo estoy puesta a daros gusto.

Contole en breves razones lo que queda escrito, dejando con su historia a don Martín más enamorado que antes, y tan enternecido de ver burlada la ignorancia de Aminta que quisiera a costa de su vida remediarla, con tal que no perdiese él la presa que en su poder tenía: y así dándole de nuevo palabra de vengarle, le dio la mano de esposo, la cual Aminta recibió con gusto por no estar en tiempo de otra cosa.

—No ha de ser así mi venganza —dijo Aminta— porque supuesto que yo he sido la ofendida y no vos, yo sola he de vengarme, pues no quedaré contenta si mis manos no me restauran lo que perdió mi locura. Y así, aunque os doy palabra de esposa, no se ha de conseguir vuestro deseo hasta que yo le quite la vida a este traidor, para lo cual no quiero otra cosa sino que me acompañéis para la seguridad de mi persona, que con vos, y mudando traje (pues el de hombre es más seguro), si me ponéis en su tierra, yo daré traza para engañarle como él me engañó a mí. Y hecho esto nos podremos ir a Madrid, y allí viviremos seguros.

Concedió don Martín con todo, y no es mucho, pues que amaba y aventuraba el gozar tan hermosa dama, tanto que ya disculpaba a don Jacinto.

Al fin con este concierto Aminta, esperando verse presto vengada y don Martín ser su esposo, se despidió de ella, llegando en prendas a sus brazos, dejando ordenado partirse otro día, que venido, se previno don Martín de todo lo necesario para el camino.

Llegó la noche, que al parecer de los nuevos amantes se detenía más de lo justo, y después de recogida la gente, y acostada doña Luisa, don Martín se fue al aposento de Aminta, llevándole un vestido acomodado para lo que había de fingir, y no dejándole de sus hermosos cabellos más de los necesarios, se le puso, quedando tan hermosa, que si alguna parte había dejado libre amor en el alma de don Martín, allí quedó todo rendido.

Y dejando a su madre escrito un papel en que le pedía el secreto de su partida hasta conseguir cierto efecto porque importaba a su vida y a la honra de aquella dama, se pusieron en la calle, y de allí en dos famosas mulas, pareciendo don Martín en su traje el mozo de ellas.

Salieron de Segovia, y otro día al anochecer se hallaron en Madrid, famosa corte del católico rey don Felipe Tercero, y sin querer entrar en ella siguieron sus caminos, que les duró algunos días; tanto era el deseo que Aminta llevaba de su venganza.

Llegaron, como digo, a la ciudad sin nombre, que importa que no le tenga, un sábado en la noche, y tomando posada segura reposaron hasta la mañana, y acordaron entre los dos que don Martín se quedase encubierto en ella, por ser natural de aquella tierra y tenía en ella algunos amigos, si bien no se quiso descubrir a ninguno y que Aminta saliese a entablar su pretensión.

Suplicábale don Martín que le dejase a él la satisfacción de aquel agravio, pues podía fiar de su amor mayores ocasiones sin que se pusiese ella en ningún disgusto; mas no fue posible acabarlo con Aminta, diciendo que si había de ser suya, que la dejase serlo con honra.

—Yo soy —decía Aminta— la que siendo fácil, la perdí, y así he de ser la que con su sangre la he de cobrar: ya sabéis que las mujeres, en aprendiendo una cosa, tarde se arrepienten; pues siendo esto así, como lo es, dejadme que os merezca por mí misma, que si vos por vuestras manos vengáis mi afrenta, poco tendréis que agradecerme.

Tanto le supo decir, y él la escuchaba tan tierno, que hubo de condescender con ella, aunque no sin celos, y así entre burlas y veras le dijo que si lo hacía por ver a don Jacinto.

—El suceso lo dirá —dijo Aminta, y apartándose de él con más cuidado que don Martín quisiera, porque como empezaba a temer, empezaba a penar, se fue a buscar a su enemigo, seguida y celada de su amante, que la amaba más tierno que quisiera.

Llegó Aminta a la iglesia mayor, y como entrase en ella, antes que tuviese lugar de mirarla ni hacer la acostumbrada oración, vio en su fingido don Jacinto y verdadero don Francisco, con otros caballeros: conociole al punto, y es de creer que fue necesario el ánimo que el traje varonil le iba dando para no mostrar su sobresalto y flaqueza.

Tomó aliento, y esforzándose lo más que pudo, acercándose a ellos, dio lugar a ser vista, y aunque le dijese don Jacinto si mandaba alguna cosa, casi mudada la color, por darle algún aire de quien era Aminta, con más esfuerzo que el que su flaqueza requería le dijo que si había entre sus mercedes quien necesitase de un criado.

—¿De dónde sois? —replicó don Jacinto.

—De Valladolid —dijo Aminta—. Juguele a mi padre algunos cuartos, y mientras se le pasa el enojo me he puesto en fuga, para que con mi ausencia, en sintiendo mi falta, me perdone y busque.

—Mucho sabéis para ser tan mozo.

—No supe sino muy poco, pues estoy donde veis.

—Paréceme que os he visto —replicó don Jacinto—: o es que os parecéis a una persona que yo quise veinte y cuatro horas.

—Harto cuidado os debe esa persona —dijo Aminta—, y no me espantaría que tuviese deseos de pagaros.

—Eso es quimera, pues cuando yo ignorase quien soy, hay muchos inconvenientes para ello; mas porque tú le pareces tanto, quiero que me sirvas, por verme servir de un retrato de quien yo serví. ¿Cómo te llamas? que pues has de estar conmigo, menester es saber tu nombre.

—Jacinto —replicó Aminta—, y si por ser retrato de esa persona me recibes en tu servicio, tengo que agradecer a naturaleza que me ha hecho a su estampa; porque de mí te digo que desde el punto que te vi te quise bien.

—¿Pasaste por Segovia? —dijo don Jacinto.

—Sí, señor —respondió la dama—, mas no quise detenerme allí, por el grande escándalo que andaba en ella por falta de una dama, que dicen se llamaba Aminta, que piensan se la tragó la tierra, porque no parece muerta ni viva. Una doña Elena, que se creía sabía de ella, amaneció una mañana muerta, y por eso están presos muchos caballeros.

—¿No se sabe —dijo don Jacinto— si la llevó alguno?

—No se sospechaba tal —dijo Aminta—; lo que se piensa es que ella misma huyó por no casarse con un primo suyo, con quien estaban hechos los conciertos.

—Ahora bien, Jacinto, vamos a casa.

—Eso mismo digo yo —respondió Aminta—, vamos donde mandáredes, y en sabiendo la casa, volveré a mi posada por una maleta en que traigo mi limpieza.

¿Quién duda que estaría en esta ocasión Aminta reventando? Mas como no era necia, disimulaba: y así fue con su nuevo amo y antiguo enemigo a su casa, donde le dio por ama y señora a la falsa Flora, diciéndola que la regalase, y al fingido Jacinto que la sirviese con mucho cuidado.

Mirábale Flora y tornábale a mirar, sintiendo cada vez una alteración y desmayo que parecía acabársele la vida, mas no se atrevía a decir lo que sentía, aunque siempre le parecía que veía a la engañada Aminta, no osando en ninguna manera decírselo a su amante, por no traerle a la memoria, viéndole tan olvidado de ella.

Tomó Aminta la posesión en su nueva casa y volvió luego a dar aviso a su amante don Martín de su buena y presta ventura, asegurándole con mil caricias de los celos que tenía de verla en ella, prometiéndole abreviar con sus deseos, y se volvió con sus nuevos amos; a los cuales empezó a servir con tanto agrado, que se tenían por muy contentos de él.

Mostró sus gracias, como era leer, escribir y contar, y otras muchas. Y sobre todo cantar y tañer, tanto, que ni don Jacinto ni Flora sabían estar sin él un punto.

Y así un día que estaban comiendo, por mandado de Flora tomó una guitarra, y cantó así:

Si a tu hermosa Celia adoras, Y su imagen reverencias, Sacrificando tu gusto A su adorada belleza;

Si sus bellísimos ojos, Como soles los respetas, Como luceros los miras, Como cielos los celebras;

Si conoces que su boca Es caja de hermosas perlas, Y sus cabellos dorados Madejas de Arabia bellas;

Si sabes que son sus manos Blancas y nevadas sierras, Y de otra divina Venus, Su gracia talle y presencia:

Si a tu perfecta hermosura, Y alabada gentileza, La manzana hermosa ofrecen, Que a Troya tan caro cuesta;

Y finalmente, si tienes Alma, sentidos, potencias, La memoria y voluntad Presos en sus rubias hebras:

¿Para qué, Jacinto ingrato, Causa de mi eterna pena, Con falso y fingido amor Engañaste mi inocencia?

Suspenso estaba el engañado don Jacinto, no admirando la voz, aunque era muy buena, sino sintiendo las razones del romance, como si viera quejarse a Aminta. Y así le dijo:

—Enternecida está esa dama, amigo Jacinto.

—Tal la trataba yo —replicó Aminta—, pues cuando creyó tener marido, gozó de mi ausencia.

—¿Luego has querido? —dijo don Jacinto.

—¿Tan necio te parezco? —respondió la dama—: pues cree que he sabido querer y aborrecer, y que también sé dar disgustos y fingir cuidados, porque soy más hombre de lo que mis barbas dan muestra; pues aunque Flora mi señora dice que le parezco capón o mujer, algún día he de ser gallo, a pesar del bellaco que me ganó mi caudal y me puso en el estado en que estoy: mas pues gustas de ver quejas de mujer, oye estos madrigales, que se hicieron al mismo sujeto.

Al tiempo que a Diana Febo sus rayos ofrecer quería, Y ella hermosa y lozana, De visitar los indios se venía, Porque el pastor amado Fuese en su ausencia consolado; Matilde diligente Salió a buscar a su Jacinto ausente.

Con paso apresurado Las flores del florido prado pisa; El semblante turbado, Porque ya el corazón su mal le avisa, A un valle hermoso llega, Que un manso y cristalino arroyo riega, Adonde entretenido Vio a Jacinto en Isbella divertido.

Detuvo un poco el paso, Y oyó cómo Jacinto le decía: Zagala, yo me abraso, Sosiegue tu favor la pena mía; Las manos le tomaba Y con tiernos suspiros la besaba, E Isbella le decía: Si te viese Matilde, ¿qué diría?

Deja, Isbella divina, Esas quimeras, mira mis pasiones, Que sola tú eres digna De rendir los soberbios corazones, Pues si Apolo te viera, Tras Dafne fugitivo no corriera, Y a Venus, sacra diosa, Ganaras la manzana por hermosa.

Tú de Júpiter fueras La Europa que cual Toro conquistara, Si en su tiempo nacieras, En cisne transformado te gozara, Y como lluvia de oro Bajara a verte de su eterno coro, Y cual Calixto tuvieras Asiento celestial en las esferas.

No gozara de Egina Como pastor en el ameno prado, Menos a Proserpina, Porque de tu belleza enamorado, Solo en ti se empleara, Y a todas las del mundo despreciara: Ni Juno se ofendiera Aunque gozarte de su esposo viera.

Dijo, y determinado, Cuando Isbella del todo ya rendida, A su cuello ha enlazado Los brazos, y tomando la medida Con su boca a su boca, Dejó a Matilde con sus celos loca, Que de rabia perdida, Salió cual cierva del venablo herida.

Desleal, atrevido, Ingrato y falso más que los nacidos, Yo os quitaré la vida, Dijo, y con pasos atrevidos Quiso llegar a ellos, Huyó Morfeo de sus ojos bellos, Que cual ríos estaban, Creyendo ser verdad lo que soñaban.

Que si como dormida, Despierta este suceso le pasara, Entre sus tiernas manos los matara, Que, aunque niño, Cupido Es (si celos le ayudan) atrevido.

Alabáronle con grandes encarecimientos y mostraron estimar sus donaires con darle don Jacinto un vestido y Flora una sortija, lo que recibió Aminta con muestras de alegría, porque respecto de vengarse, pasaba plaza de bufón, no descuidándose de visitar a don Martín y contarle lo que pasaba, ni él de suplicarla abreviase o que le dejase a él hacerlo, porque no podía sufrir verse encerrado en casa ni a ella en la de un hombre que había sido su primer amor.

Enojose Aminta de verle tan desconfiado, y así le dijo que si se cansaba se volviese a su casa, pues ni le debía ni la debía; pues el acompañarla acción de caballero había sido, y así le dejó sin querer hacer amistades, de que don Martín quedó apasionadísimo.

Llegó Aminta algo tarde a su casa y halló a sus dueños cenando, que le riñeron la tardanza. A poco rato llegó don Martín a la puerta, haciendo cierta seña que acostumbraba otras noches. Salió Aminta, y después de ruegos y enojos, quedando amigos, se volvió a su posada y ella se entró a reposar.

Un mes estuvo Aminta en casa de su amo, en cuyo tiempo había escrito don Martín a Segovia a un amigo suyo para que le avisase lo que pasaba: el cual le avisó de todo, pues encareciéndole la pena con que su madre estaba le contó cómo el capitán don Pedro salió en fiado de la cárcel, y que entrando en su casa se había caído muerto; y que a los demás presos había sacado de la cárcel don Luis su hijo, que había venido de Italia, el cual andaba haciendo grandes diligencias por saber de su prima y esposa, de la cual no sabían nuevas ningunas.

Doblósele a la hermosa Aminta la pasión y la rabia con las nuevas de la muerte de su tío y venganza que prometía la cólera de su primo don Luis, y más viendo a don Jacinto gozar tan libremente de Flora, el uno y el otro causa de su desdicha. No tenía celos, mas sentía agravios, que quien quiere saber si ha querido, aunque aborrezca, vea lo que ha querido en otros brazos; así viendo la valerosa Aminta que no era tiempo de quejas sino de venganzas, apercibió a su querido amante don Martín para aquella noche, el cual avisado de lo que había de hacer, se puso en espera del suceso.

Aguardó Aminta tiempo y lugar, y viéndolos a todos dormidos, y la ciudad en silencio, entró en la cuadra de sus enemigos, no siendo de nuevo en ella por entrar todas las noches por los vestidos de su amo para limpiarlos; y sacando la daga, se la metió a don Jacinto por el corazón, de suerte que el quejarse y rendir el alma todo fue uno.

Al ruido despertó Flora, y queriendo dar voces, no la dio lugar Aminta, que la hirió por la garganta, diciendo:

—Traidora, Aminta te castiga y venga su deshonra.