Novelas ejemplares y amorosas

Part 5

Chapter 54,482 wordsPublic domain

—Ya no será posible, amado don Jacinto —salió diciendo Flora, que escondida estaba—, el negarme la causa de tu tristeza, porque ya la has declarado en tus versos; y si he de decir verdad, días ha que la sospecho, por ver en tu boca tantas alabanzas de Aminta, la sobrina del capitán: ni pienses que me pesa que hayas puesto en ella tus pensamientos, porque no puedo tener por agravio querer mujer que me excede en todo; y así en lugar de enojo te tengo lástima, por ver cuán imposibles han de ser tus deseos si no te vales del engaño; porque si yo te quisiera de burlas, diérasme celos con ese amor, nuevamente en ti nacido; pues cuando fuera posible que pudieras gozar de Aminta, no por eso temo yo que me olvides, que antes viéndome desear y procurar tu gusto, me has de querer más.

Yo siempre he tenido por necedad los celos; y así hice juramento, el día que me alisté debajo de la bandera de amor, de aborrecerlos, y no procurar conocer tan mala cosa como dicen que es.

La dificultad que yo hallo en esta pretensión es que Aminta no se ha de rendir si no es por casamiento, que su desdén es risa, pues si llegase a leer el papel y escuchar tus amorosas razones, ¿quién duda que te ha de querer?

No hay para las mujeres lazo como el del casamiento: déjala tú que vea tu gala y ármasele, y verás si caerá; pues aunque por la ciudad se dice que aguarda a un primo suyo para ser su marido, más hará un amante de tus prendas y talle que su primo ausente y con esperanzas.

Viste galas y envíale joyas, que yo por mi parte tenderé mis redes, haré mis tramoyas, y a título de que soy tu hermana, me haré su amiga, y procuraré hablarla siempre que le viere en la iglesia: y si llega a darme oídos, yo la pintaré de suerte tus amorosas pasiones, y con tales colores que, aunque más en los estribos de su honor vaya, no dejará de caer; y amándote, fácil será el gozarla a título de marido, y si pasare más adelante la voluntad, sacarla de casa de su tío, y llevarla donde no se sepa de ella; y si con gozarla se acabare, con irnos a nuestra casa, ni ella sabrá el autor de su daño, ni osará decirlo, por no verse infamada y quizá muerta de su tío. Y el premio de todo esto que por ti hago, no quiero que sea más que el gusto que has de recibir.

Suspenso estaba don Jacinto oyendo el canto de aquella sirena, y así, o que creyese que lo hacía de amor, por no verle padecer, o que quisiese pasar por ello por lograr su deseo, la respuesta que la dio fue enlazarla al cuello los brazos, llamándola consuelo y remedio suyo y restauradora de su vida, y al fin quedaron de concierto de hacer lo que Flora le aconsejaba; empezando don Jacinto su engaño desde aquel mismo día.

Galán como rico y alentado como galán, seguía su pretensión: de día asistía a sus puertas, de noche rondaba su calle: unas veces solo y otras acompañado de Flora, que en hábito de hombre iba cuando había de darle música.

Vivía en una sala baja de la casa de Aminta una mujer entre señora y sierva. Había sido mujer de un mercader, era curiosa y amiga de saber, y no de las que hacen milagros de las cosas que suceden, ni deseaba hacerlos en razón de santidad, si bien los disimulaba con muestras de virtud, tanto que el capitán no extrañaba que entrase en su casa.

Esta, como vio el pájaro nuevo que venía a picar en el cebo de la hermosura de Aminta, una noche que le vio cerca de la puerta, se llegó a él y le preguntó qué buscaba, sabiendo como era público en toda la ciudad que aquella dama era prenda de un primo suyo que estaba en Milán, y le aguardaban por puntos para ser su esposo.

No quiso más don Jacinto que esta ocasión, y asiéndola por el copete, la contó sus amores conforme al engaño que tenían él y Flora concertado; diola a entender que tenía cuatro mil ducados de renta, prometiéndole cosas imposibles, diciéndola que no quería que hiciese por él otra cosa más que llevarle un papel; y diciendo y haciendo le puso en las manos un bolsillo con cincuenta escudos, con cuyo milagroso encanto se enterneció doña Elena (que es este el nombre de esta señora) más de lo que fuera justo, y así le dijo que fuese a escribir y diese la vuelta con el papel, que ella se lo llevaría a Aminta y cobraría la respuesta.

Volvió don Jacinto a su casa, y contando a Flora su ventura, escribió un papel: y volviendo con él donde le estaba aguardando doña Elena, se le dio, y con él una sortija de un diamante extremado.

—Este —dijo— darás a la hermosa Aminta por prenda y señal de mi amor.

Prometió doña Elena hacerlo, y que otro día le daría la respuesta.

Él se fue y ella se subió al cuarto de Aminta, la cual de noche de ordinario estaba escribiendo a su primo y esposo; y llegándose a ella le puso el papel y sortija en la mano diciendo:

—Léeme, hermosa Aminta, por tu vida este papel, que es de un amante, que, como si yo fuera hermosa, me pretende, y me lo envió con esta joya.

Bien pensó Aminta que el papel y sortija sería de alguno de los muchos que la pretendían; mas llevada de una curiosidad, por no pecar de melindrosa o bien porque su suerte empezaba a perseguirla, solemnizando con risa las palabras de doña Elena, leyó lo que se sigue:

«Cuando la voluntad pelea, el temor se rinde, y por esta causa sin temer de enojarte, y forzado de ella, hermoso dueño mío, me atrevo a decirte mi amor; que cuando diga que nació, no desde que vi tu belleza, sino desde que nací, pues me dicta el corazón que te había de criar el cielo para ser su señora, no diré mentira: bien sé el imposible que intento, pues aguardas para esposo tu venturoso primo, mas por lo menos no quiero morir sin que sepas que eres la causa. Si no eres tan cruel como el mundo dice, sírvete, mientras viene el dichoso que te ha de merecer, de darme la vida, aunque no sea con más que tu vista; y esa sortija no recibas por prenda mía, sino por retrato tuyo.»

—¿Quién es, amiga —replicó Aminta—, el enfermo tan peligroso que pide remedio tan aprisa?

—Quien te merece —respondió doña Elena— mejor que el que aguardas para esposo, por noble, galán, rico y muy discreto; pues aunque tu primo es tu sangre, don Jacinto lo es de lo mejor de España.

¡Ah codicia y bolsillo de escudos, qué presto calificas en la opinión de esta mujer la que apenas se había visto!

—No sé, bellísima Aminta, cómo eres tan ingrata —prosiguió la engañosa mensajera— a lo que es tan favorable; mírate bien en ello y conocerás tu engaño: y di, ¿qué diré a don Jacinto?

—Si no basta decir que me le diste —respondió Aminta algo tierna—, dile que le leí, que no me parece, amiga mía, que le he hecho poca merced.

Y diciendo esto, puso el anillo en el dedo.

Bien quisiera doña Elena hallar luego a don Jacinto para darle las buenas nuevas y pedirle albricias; mas como no aguardaba tan buen despacho, quiso saberlo más tarde, y así se había recogido en su posada.

¿Quién podrá decir los varios pensamientos de Aminta, las veces que leyó el papel, y la suerte con que amor hizo suerte en su libre y descuidado corazón? Pues aunque sabía que había de ser mujer de su primo, hasta aquel punto aún no había tenido lugar en él; y así, deseando el día, pasó la noche más inquieta que fuera justo.

Apenas la luz dio señal de su venida, cuando se vistió, y quizá se adornó con más gala y puntualidad que otras veces, deseando ver la causa de su desasosiego, y pues le desea ver, no está lejos de amar; mas ¡qué mucho, si dio oídos a las asechanzas que amor le puso en las palabras de doña Elena! Oyó Aminta, y dio lugar a ello su cruel condición, y luego cayó en el lazo.

Era día de fiesta y al tiempo de salir de su casa con su tía y criadas a misa, halló en el portal a doña Elena hablando con don Jacinto, con cuya vista, que luego de las acciones de los dos conoció el sujeto, si ya su alma no se lo había dicho, y si alguna parte le había dejado libre a las razones del papel, lo entregó todo a su talle con señales ciertas de rendimiento; porque aunque don Jacinto tenía treinta años, era tan galán y tan despejado, que mirado sin el afecto de su estado, rendía con su gracia cuanto miraba; el cual como discreto, conociendo en el rostro de la dama señales ciertas de amor, se empezó a prometer dichosas esperanzas, porque desde el lugar en que la vio hasta el en que estaba el coche, mudó mil colores, y puso sus ojos en dos mil ocasiones de atrevidos; y más cuando oyó decir a doña Elena:

—Vaya vuesa merced con Dios, señor don Jacinto, que la labor está en estado, que no tardará mucho en acabarse.

Aquí fue cuando la hermosa Aminta tropezó y vino a dar con el cuerpo casi a los pies de su amante, que ya se había despedido de la discreta tercera de sus amores, e iba a darlos a entender a la causa de ellos de todas las maneras que supiese; y como fuese fuerza usar en esta ocasión de la debida cortesía, fue a dar la mano a la muy discreta Aminta diciendo así:

—Paso de esposo, si amor y fortuna están de mi parte.

A quien respondió la dama dándole la suya sin guante, mejor que con palabras, con enseñarle en ella el rico diamante, que bastó para que el galán quedase, sobre contento, pagado.

Agradeció su tía el favor que don Jacinto había hecho a su sobrina, el cual, por recibirle más cumplido, quitando el estribo del coche, dio lugar a que se pusiese el sol entre nubes de seda.

Fuese al punto a contar a Flora sus venturas y decirle cómo Aminta quedaba en la iglesia. Tomó Flora su manto y en compañía de su hermano se fue a la misma iglesia donde estaba Aminta, y sentándose junto a ella, dijo a don Jacinto que la acompañaba:

—Aguarda, hermano, no pasemos de aquí, que ya sabes que tengo el gusto más de galán que de dama, y donde las veo, y más tan bellas como esta hermosa señora, se me van los ojos tras ellas.

No será maravilla que Aminta dé las gracias a Flora en albricias de saber que es hermana de don Jacinto, pues desde que le vio entrar en la iglesia con ella, estaba casi difunta, acabando casi los celos de romper la herida y abrir la puerta del amor, y así la respondió:

—Donde hay tanta hermosura (que es cierto que más puede dar envidia que tenerla) no sé para qué buscáis otra, pues tomando un espejo en las manos, mirándoos en él, satisfaréis vuestros deseos, porque más merecéis que os enamoren, que no que enamoréis; mas por lo menos me pienso estimar desde hoy en adelante en más que hasta aquí, y enriquecerme con la merced que me hacéis, pues de amores tan castos no podrá dejar de sacarse el mismo fruto; y así os suplico me digáis qué es lo que en mí más os agrada y enamora, para que yo lo tenga en más y me precie de ello.

—Toda vos —replicó Flora— porque sois tal que pienso no me engaño en creer por muy cierto que sois la bella y discreta Aminta, cuya gallardía y hermosura es basilisco de toda esta ciudad.

—Aminta soy —replicó la dama—; en lo demás vos, señora, podréis juzgar la poca razón que tienen en darme este nombre.

Diestramente iba la cauta Flora poniendo lazos a la inocente Aminta para traerla a suma perdición, y así de lance en lance le dio a entender todo lo que quiso, diciendo como don Jacinto su hermano había venido desde Valladolid, donde tenía su casa y hacienda, solo a ver si era verdadera la fama que de su hermosura volaba por todas partes, con deseo de hacerla su dueño si fuese tal como se decía, y que como se había informado del intento de su tío, no se había atrevido a tratar nada.

Engrandeciole su amor, su sangre, su renta, y las premisas ciertas que tenía de un hábito para cuando se casase; que asimismo ella le había pedido le trajese consigo para que si acaso no tuviese efecto su solicitud, pudiese con más seguridad tratar con ella estas cosas. Finalmente, Flora pintó a su amante tan enamorado, tan rico y noble, diciéndole por remate que pensaba que si su hermano no la alcanzaba por mujer, sería su vida muy corta.

Disimuló Flora su mentira con tantas muestras de verdad que no fue mucho en Aminta lo creyese, y más como ya amor la tenía rendida. Feneció Flora la plática con suplicarle tuviese compasión de su hermano, pues estaba en tiempo de poder hacerlo, y que no aguardase a que, venido su primo, todo tuviese desdichado fin.

—¡Ay amiga! —dijo Aminta—, ¿cómo puede ya dejar de tenerle, supuesto que aunque yo quiera remediar a tu hermano y hacerme a mí dichosa, casándome con él, mi tío, que ya me tiene para su hijo, no lo ha de consentir? Pues negar yo que desde que anoche me dieron un papel de tu hermano no di con mi honesto pensamiento en tierra, será negar al amor su fortaleza y la obediencia que le he prometido, tanto, que ya si algunos deseos tenía de la vista de mi primo, se han trocado en desear su muerte, o que su ausencia dure hasta que llegue mi remedio o el fin de mi vida: ya tengo lástima de los que me han querido desdeñados, solo de mí no la tengo, pues estoy dispuesta a no mirar honra ni opinión, tal efecto ha hecho en mí la vista de tu hermano. Y pues me he llegado a declarar, dime tú qué haré, pues no amarle es imposible, y remediarle también, que si atrevida no miro lo que pierdo, cuerda temo lo que ha de suceder.

No quiso Flora más que esto, y así respondió:

—Cuando por ser mujer de mi hermano lo dejes de ser de tu primo, no pierdes nada, antes ganas marido que le iguala en nobleza y hacienda. Y si bien tu tío al principio se mostrare enojado, después viendo lo que ganas ha de hacer paces contigo, y para amansar a tu primo, ya que yo no te iguale en hermosura, suplirá esta falta veinte mil ducados que tengo de dote, y el ser tu cuñada. Y cuando suceda tan mal que nada de esto baste, déjales tu hacienda, que mi hermano con sola tu persona se contenta. Y pues dices que no se podrá acabar nada con tu tío, buen remedio: doña Elena, que es la que te dio el papel, es buena amiga, en su casa podrás hablar a mi hermano, pues no se recela de ella, y así se concertará el casarte; y después de iros ante el vicario, te vendrás a mi casa, donde cuando lo sepa tu tío, ya estarás en poder de tu marido, y viendo que es tal como es, será fuerza que se tenga por contento y a ti por venturosa.

Estaba ya Aminta tan ciega, que concedía con todo, y más como temía la venida de su primo, que le aguardaba por puntos. Y así dijo a Flora que a la tarde viniese ella y su hermano al aposento de doña Elena, donde mientras su tío estaba en visita, hablarían más despacio.

Y despidiéndose con señales de eterna amistad, Aminta y su compañía se volvió a su casa, donde aunque su tío la había visto hablar con Flora, no sospechó cosa, conociendo su recato.

Contó Flora a don Jacinto el concierto, si bien de industria le dio algunos picones, alcanzando por las nuevas mil tiernos y amorosos favores; y después de comer se vinieron juntos a la casa de doña Elena, que ya estaba avisada de Aminta de lo sucedido; la cual amaba tan de veras a don Jacinto que ya no miraba sino verse esposa suya, y entre el sí y el no la traían inquieta varios pensamientos del suceso; si bien guardó el secreto en sí misma, sin querer dar parte a ninguna criada, pareciéndole (como es así) que no hay quien descubra los secretos sino ellas; pues cuando más se les encarga el callar, lo publican más.

Pues como vio la mal aconsejada señora a su tía divertida con algunas señoras amigas, y que su tío estaba fuera, fingiendo forzosa ocasión, se entró en otra sala, y de allí, avisando a las criadas que si la llamasen estaba en casa de doña Elena, se fue a buscar los autores de sus desdichas.

Recibiéronse con los brazos Aminta y Flora, dando a don Jacinto justa envidia: el cual después de declararse con razones bien entendidas, ofreciose con promesas, acreditándose con lágrimas, y acrecentando el amor de Aminta con amorosas caricias, le dio la mano de esposo, con cuya seguridad gozó algunos regalados y honestos favores, cogiendo flores y claveles del jardín jamás tocado de persona nacida, que estaba reservado a su ausente primo.

Solemnizaban la fiesta Flora y doña Elena con mil donaires, viendo a don Jacinto tan atrevido como Aminta vergonzosa. Y quedó concertado que otro día, mientras sus tíos dormían la siesta, don Jacinto traería allí una silla donde Aminta iría a casa del vicario, encubriendo su nombre porque no pudiese dar luego cuenta del suceso, y de allí a su posada, donde estaría encubierta hasta que se fuesen a su tierra, desde donde avisarían de todo a su tío; encargando a doña Elena el secreto, a lo cual ella se ofreció de buena voluntad, por el temor que tenía al capitán: del cual pasado el tiempo del enojo sería más fácil alcanzar perdón.

Y así, despidiéndose con mil abrazos, ella se subió a su cuarto, y don Jacinto y Flora se volvieron a su casa muy contentos y satisfechos de lo bien que habían negociado.

¡Oh engañada Aminta!, precipitada en un mal tan grande, sin mirar los grandes inconvenientes que atropellas y en el peligro que te pones, caro te costará tu atrevimiento. ¡Oh engañoso don Jacinto, causa irremediable de la destrucción de esta dama! ¡Oh falsa Flora, en quien el cielo quiso criar la cifra de los engaños! Castigo vendrá sobre ti: de tu amante eres tercera, ¿habrá quien dé crédito a tal maldad? Sí, porque siendo una mujer mala, lleva ventaja a todos los hombres.

Amaneció otro día, que debió de ser martes, si es cierto que tiene algún azar: ya Aminta con el sol estaba vestida, porque el suceso de sus cosas no la daba reposo, habiendo soñado mil impedimentos y disgustos en ellas. Vestida en fin, aquí cayendo y acullá tropezando, y oyendo algunas palabras, pronósticos todos de sus desdichas, aunque ciega y sorda, sujeta a su amor, y embebida toda en sus pensamientos, tomó todas cuantas joyas tenía, púsolas en un lienzo y metiéndolas en la manga, y el manto en la otra, comió con sus tíos inquietamente, y apenas los vio rendidos al primer sueño, cuando se bajó al portal, donde se puso el manto y se metió en la silla que estaba prevenida, encomendando de nuevo a doña Elena el secreto.

Lleváronla en casa del vicario, porque los mozos de la silla, que eran criados de don Jacinto, estaban bien avisados de lo que habían de hacer, y hallando allí a su amante, que por no ser conocido en la ciudad, y ser cada día frecuentada de pasajeros y mercaderes, podía salir y entrar por donde quería, llegaron a la presencia del vicario, encubriéndose Aminta por no ser conocida: donde al tomarles las manos, un rico anillo de una esmeralda que la dama traía en el dedo se partió por medio, dando el pedazo que saltó en el rostro a don Jacinto; el cual aunque vio a su dama turbada, no haciendo caso de agüeros, se volvió con ella a su posada.

Recibió Flora a su cuñada (que así la llamaremos) con los brazos. Y para que don Jacinto, gozando, se arrepintiese, y Aminta acabase de encadenarse en su desdicha, después de una muy bien ordenada cena, los llevó a su cama, donde los dejó, y se retiró a otro aposento en la misma posada, aguardando por premio de estos engaños quedarse con su amante, dejando a Aminta con su deshonor y desventura.

Dejémoslos a todos pasar esta noche, a los unos traidores, y a la otra inocente, y a cada uno amenazando su castigo, estando el cielo por fiscal de todo: y vamos a la casa de Aminta, donde a este tiempo todo era confusión, todo llantos, todo amenazas, y todo sin provecho.

Los extremos que su tío hacía eran de hombre sin juicio. En fin, enterándose de que no parecía, ni nadie la había visto, empezó a hacer algunas diligencias ocultas, por no manifestar su deshonra, mas todo era excusado; porque como solo doña Elena lo sabía, y ella callaba, no se podía dar alcance a nada.

Al fin, los llantos de su tía y las voces de sus criadas publicaron el suceso por la ciudad, tanto que fue necesario que la justicia hiciese algunas diligencias sin fruto; pues aunque el vicario dijo que a las dos de la tarde había desposado una señora y un caballero, y como no supo decir quién fuese, aunque sospechó que fuese Aminta, no sirvió de más que de dar un pregón para que supiesen todos lo que no sabían.

Llegaron otro día estas nuevas a los oídos de don Jacinto, que aplacado el fuego de su apetito pudo considerar su peligro y el mal que había hecho, y temiendo que doña Elena, si le apretasen algo, diría el suceso y su posada, y que se había de ver en peligro su vida y su opinión, la noche siguiente llamó a una reja baja que de su aposento salía a la calle, y estando hablando con ella y contándole lo que pasaba, le apuntó al corazón con un pistolete, con que, sin poder llamar a Dios ni manifestar sus pecados, rindió el alma y llevó el merecido premio de lo que había hecho.

Y como dicen que un yerro sigue a otro, y un mal a otro mal, como el de don Jacinto era tan grande, temeroso del suceso y pareciéndole que si buscaban las posadas, que sería mal caso hallar en la suya a la triste Aminta, teniendo por cierto que la muerte de doña Elena daría motivo a la justicia para hacer esta diligencia, aconsejándose con los temores de Aminta, que estaba con ellos casi muerta, y con las astucias de Flora, y principalmente con su arrepentimiento, salió por acuerdo que mientras don Jacinto negociaba la partida, llevase a Aminta en casa de una principal señora conocida de don Jacinto, que vivía a las postreras casas de la ciudad, dándole a entender a la triste señora, que si fuese hallada, estaría mejor allí, y que entonces se publicaría su casamiento, y que si no la buscasen, él tendría lugar de enviar por un coche a Valladolid para irse, y que una vez allá todo se haría como ellos quisiesen.

Concedió Aminta con todo, y don Jacinto, llevando adelante su engaño, se fue en casa de una señora deuda suya, que era viuda y no tenía sino solo un hijo para heredero de su hacienda. Llamábase el mancebo don Martín, y era de los más gallardos de su tiempo.

Díjole don Jacinto a la señora que mientras él iba a un negocio importante a Valladolid, el cual acabado pensaba dar la vuelta a su tierra, se sirviese de que se quedase en su compañía una dama, merecedora de todo el favor que le hiciese.

Doña Luisa, que este era el nombre de esta señora, como conocía las mocedades de don Jacinto desde que vivía en su tierra, creyendo fuese dama suya, deseosa de darle gusto concedió con el de don Jacinto, y así esta noche la trajo a su casa a Aminta, tan confusa y triste, como él alegre de verse fuera de aquella carga; trayendo la dama, demás de sus joyas, otras que su traidor esposo le había dado: el cual como volvió a su posada, sin aguardar más sucesos que los pasados, con la traidora dama se partió a su tierra, sin más cuidado que el de llegar a ella.

Quedó Aminta en casa de doña Luisa con nombre de doña Vitoria, porque el suyo era muy conocido en Segovia, y pudo muy bien disimularse por cuanto doña Luisa había poco que vivía en ella, y hasta aquel punto no habían llegado a sus oídos los sucesos de Aminta, aunque eran públicos en la ciudad, y como su hijo no estaba en ella, que había cuatro días que había ido a caza, no sabía ninguna cosa.

Vino don Martín de su caza, y como luego que llegó se pusiese de rúa y se saliese por la ciudad, supo lo que su madre y los de su casa ignoraban; y así dando la vuelta a ella, sentado a la mesa para cenar, mandó doña Luisa llamar a su huéspeda, que vista por don Martín quedó fuera de sí, pareciéndole tener delante de sus ojos algún ángel.

Cenaron, y don Martín, tan fuera de sí cuanto Aminta descuidada de su nuevo pensamiento y aun de su desdicha, sobre cena contó a su madre lo que había hallado nuevo en la ciudad: y dijo como de casa del capitán don Pedro había faltado el día antes una sobrina suya que había de ser mujer de su hijo, que estaba en Milán, y como dicen ser la más hermosa de toda Castilla y que no se podía saber qué causa o qué motivo la había obligado a tal: porque en cuanto al casamiento, lo llevaba con gusto, y en el recogimiento y cordura era tan virtuosa y discreta como hermosa, y que se había dado un pregón que, pena de la vida, ninguno la encubriese.