Novelas ejemplares y amorosas

Part 4

Chapter 44,321 wordsPublic domain

Seguía Celio las letras, y en ellas tenía más acierto que yo ventura, con lo que cortó a mi pretensión la cabeza, diciendo que él había gastado sus años en estudios de letras divinas, con propósito de ordenarse de sacerdote, y que en eso tenían puesto sus padres los ojos, fuera de haber sido esta su voluntad; y que supuesto esto, que le mandase otras cosas de mi gusto, que no siendo esta, las demás haría, aunque fuese perder la vida: y que en razón de asegurarme de perderle, me daba su fe y palabra de amarme mientras durase la que tenía.

Lo que sentí en ver defraudadas mis esperanzas, confirmándose en todo mis temores y recelos, pues siendo quien soy, no era justo querer si no era al que había de ser mi legítimo marido, y respecto de esto había de tener fin nuestra amistad, dieron lágrimas mis ojos, y más viendo a Celio tan cruel que en lugar de enjugarlas, pues no podía ignorar que nacían de amor, se levantó y se fue, dejándome bañada en ellas; y así estuve toda aquella noche y otro día, hasta que allá a la tarde vino Celio a disculparse con tanta tibieza que en lugar de enjugarlas las aumentó.

Esta fue la primera ingratitud que Celio usó conmigo, y como a una siguen muchas, empezó a descuidarse de mi amor, de suerte que ya no me veía sino de tarde en tarde, ni respondía a mis papeles, siendo otras veces objeto de su alabanza.

A estas tibiezas daba por disculpa sus ocupaciones y amigos, y con ellas ocasión a mis tristezas y desasosiegos, tanto que ya las amigas, que adoraban mis donaires y entretenimientos, huían de mí, viéndome con tanto disgusto.

Acompañó su desamor con darme celos. Visitaba damas, y decíalo, que era lo peor, con que irritando mi cólera y ocasionando mi furor, empecé a ganar en su opinión nombre de mal acondicionada; y como su amor fue fingido, antes de seis meses se halló tan libre de él como si nunca le hubiera tenido; y como ingrato a mis obligaciones, dio en visitar a una dama libre y de las que tratan de tomar placer y dineros, y hallose tan bien con esta amistad, porque no le recelaba ni apretaba, que no se le dio nada que yo lo supiese, ni hacía caso de las quejas que yo le daba por escrito y de palabra las veces que venía, que eran pocas.

Supe el caso por una criada mía que le siguió y supo los pasos en que andaba. Escribí a la mujer un papel, pidiéndola no le dejase entrar en su casa. Lo que resultó de eso fue no venir más a la mía, por darse más enteramente a la otra. Yo triste y desesperada pasaba los días y las noches llorando: mas ¿para qué te canso con estas cosas?, pues con decir que cerró los ojos a todo, basta.

Fue fuerza en medio de estos sucesos irse a Salamanca: y por no volver a verme, se quedó allí aquel año. Lo que en esto sentí, te lo dirá este traje y este monte, donde siendo yo quien sabes, me has hallado.

A pocos días que estaba en Salamanca, supe que andaba de amores, por nuevo, por galán y cortesano; cuyas nuevas sentí tanto, que pensé perder el juicio. Escribile unas cartas, no tuve respuesta.

En fin, me determiné ir a aquella famosa ciudad, y procurar con caricias volver a su gracia; y ya que no estorbase sus amores, por lo menos llevaba determinación de quitarme la vida.

Mira, Fabio, en qué ocasiones se vio mi opinión; mas, ¿qué no hará una mujer celosa?

Comuniqué mi pensamiento con doña Guiomar, con quien descansaba, y viendo que estaba resuelta, no quiso dejarme partir sola. Entraba en casa un gentilhombre, cuya amistad y llaneza era de hermano, al cual rogó doña Guiomar y su madre que me acompañase: él lo aceptó, y alquilando dos mulas, salimos de Madrid bien prevenidos de joyas y dineros.

Y como yo sé tan poco de caminos, porque los que había andado en compañía de don Félix había sido con más recato, en lugar de tomar el camino de Salamanca, el traidor que me acompañaba tomó el de Barcelona, y antes de llegar a ella media legua, me quitó cuanto llevaba, y con las mulas se volvió por do había venido.

Quedé en el campo sola y desesperada, con intento de hacer un disparate. En fin, a pie empecé a caminar, hasta que salí del monte al camino real, donde hallé gente, a quien pregunté ¿qué tanto estaba de allí Salamanca? De que se rieron, respondiéndome que más cerca estaba de Barcelona, en lo que vi el engaño del traidor, que por robarme me trajo allí.

Animeme, y a pie llegué a Barcelona, donde vendiendo una sortijilla de hasta diez ducados, que por descuido me quedó en el dedo, compré este vestido, y me corté el cabello. De esta suerte vine a Monserrate, donde estuve tres días, pidiendo a aquella santa imagen me ayudase y favoreciese en mis trabajos, y llegando a pedir a los padres me diesen algo que poder comer, me preguntaron si quería servir de zagal para traer al monte este ganado: yo, viendo tan buena ocasión para que Celio ni nadie sepa de mí, y yo pueda llorar mis desdichas, acepté el partido, donde ha cuatro meses que estoy, con propósito de no volver eternamente donde nadie me vea.

Esta es la ocasión de mis desdichadas quejas, que te dieron motivo a buscarme: en estas ocasiones me ha puesto amor, y en ellas pienso acabar mi vida.

Atento había estado Fabio a las razones de Jacinta, y viendo que había dado fin, la respondió así:

—Por no cortar el hilo, discreta Jacinta, a tus lastimosos sucesos, tan bien sentidos como bien dichos, no he querido decirte, hasta que les dieses fin, que soy Fabio, el amigo de Celio, que dijiste que estaba tan lastimado de tu empleo, cuanto deseoso de conocerte.

Con tales colores has pintado su retrato, que cuando yo no supiera tus desdichas, y por ellas conociese desde que le nombraste que eras el dueño de las que yo tengo tan sentidas como tú, conociera luego tan ingrato amante, a quien no culpo por ser esa su condición, y tan sujeto a ella que jamás en esto se valió de su entendimiento para poder vencerle: muchas prendas le he conocido, y a todas ha dado ese mismo pago y tenido esa misma correspondencia.

De lo que puedo asegurarte, después de decirte que pienso que su estrella le inclina a querer donde es aborrecido, y aborrecer donde le quieren, es que siempre oí en su boca tus alabanzas y en su veneración tu persona, tratando de ti con aquel respeto que mereces.

Señal de que te estima, y si tú le quisieras menos de lo que le has querido, o no lo mostraras, por lo menos, ni estuvieras tan quejosa, ni él hubiera sido tan ingrato: mas ya no tiene remedio, porque si amas a Celio con intención de hacerle tu dueño, como de ser quien eres creo, y de tu discreción siempre presumí, ya es imposible; porque él tenía ya las puertas cerradas a esas pretensiones y a cualesquiera que sean de esta calidad, por tener ya órdenes, impedimento para casarse, como sabes.

Para su condición solo este estado le conviene, porque imagino que si tuviera mujer propia, a puros rigores y desdenes la matara, por no poder sufrir estar siempre en una misma parte, ni gozar una misma cosa.

Pues que quieras, forzada de tu amor, lograrle de otra suerte, no lo consentirá el ser cristiana, tu nobleza y opinión, que sería desdecir mucho de ella; pues no es justo que ni el padre de don Félix ni su hermana, tus deudos y el monasterio donde estuviste y fuiste tanto tiempo religiosa, sepan de ti esa flaqueza, que imposible será encubrirse: y estar aquí donde estás, hay peligro de ser conocida de los bandoleros de esta montaña, y de la gente que para visitar estas santas ermitas la pasan, ni es decente ni seguro; pues como yo te conocí, lo podrán hacer los demás.

Tu hacienda está perdida, tus deudos y los de tu muerto esposo confusos, y quizá sospechando de ti mayores males de los que tú piensas, ciega con la desesperación de tu amor y la pasión de tus celos, tanto, que no das lugar al entendimiento para que te aconseje.

Yo que miro las cosas sin pasión, te suplico que consideres y pienses que no me he de apartar de aquí sin llevarte conmigo, porque de lo contrario entendiera que el cielo me había de pedir cuenta de tu vida; y esto sin más interés que el de la obligación en que me has puesto con decirme tu historia y descubrirme tus pensamientos, la que tengo a ser quien soy y la que debo a Celio, mi amigo, del cual pienso llevar muchos agradecimientos, si tengo suerte de apartarte de este intento, tan contrario a tu honor y fama; porque no me quiero persuadir a que te aborrece tanto que no estime tu sosiego, tu vida y tu honra tanto como la suya.

Esto te obligue, Jacinta hermosa, a desviarte de semejante designio. Vamos a la corte, donde en un monasterio principal de ella estarás más conforme a quien eres; y si acaso allí te saliese ocasión de casarte, hacienda tienes con que poder hacerlo, y discreción para olvidar con las caricias verdaderas de tu legítimo esposo las falsas y tibias de tu amante; y si olvidándole, y conociendo las desdichas que has pasado y las malas correspondencias de los hombres, tomases estado de religiosa, pues ya sabes que es el más perfecto, tanto más gusto darías a los que te conocemos.

Ea, bella Jacinta, vamos al convento, que se viene la noche, y entregarás a los frailes sus corderos, porque mañana, poniéndote en tu traje, pues ese no es decente a lo que mereces, recibirás una criada que te acompañe, y alquilaremos un coche en que volver a Madrid, que desde hoy, con tu licencia, quiero que corra solo por mi cuenta tu opinión, y agradecerme a mí mismo el ser la causa de tu remedio.

Y si no puedes vivir sin Celio, yo haré que Celio te visite, trocando el amor imperfecto en amor de hermano. Y mientras con esto entretienes tu amorosa pasión, querrá el cielo que mudes de intento y te envíe el remedio que yo deseo, al cual ayudaré como si fueras mi hermana, y como tal irás en mi compañía.

—Con estos brazos, noble y discreto Fabio —replicó Jacinta, llenos los ojos de lágrimas, enlazándolos al cuello del bien entendido mancebo—, quiero, si no pagar, agradecer la merced que me haces; y pues el cielo te trajo a tal tiempo por estos montes inhabitables, quiero pensar que no me tiene olvidada; iré contigo más contenta de lo que piensas y te obedeceré en todo lo que de mí quisieres ordenar, y no haré mucho, pues todo es tan a provecho mío.

La entrada en el monasterio acepto; solo en lo que no podré obedecerte será en tomar uno ni otro estado si no se muda mi voluntad, porque para admitir esposo, me lo estorba mi amor, y para ser de Dios, amo a Celio; porque aunque es la ganancia diferente, para dar la voluntad a tan divino esposo es justo que esté muy bien libre y desocupada.

Bien sé lo que gano por lo que pierdo, que es el cielo o el infierno, que tal es de mis pasiones; mas no fuera verdadero mi amor si no me costara tanto. Hacienda tengo; bien podré estarme en el estado que poseo sin mudarme de él. Soy fénix de amor; quise a don Félix hasta que me le quitó la muerte, quiero y querré a Celio hasta que ella triunfe de mi vida.

Y si tú haces que Celio me vea, con esto estoy contenta, porque como yo le vea, eso me basta, aunque sé que ni me ha de agradecer esta fineza, esta voluntad, ni este amor, mas aventurareme perdiendo; pues ni él dejará de ser tan ingrato como yo firme, ni yo tan desdichada como he sido, mas por lo menos comerá el alma el gusto de su vista, a pesar de sus despegos e ingratitud.

Con esto se levantaron y dieron la vuelta a la santa iglesia, donde reposaron aquella noche, y otro día partieron a Barcelona, donde mudó Jacinta de traje, y tomando un coche y una criada, dieron la vuelta a la corte, donde hoy vive en un monasterio de ella, tan contenta que le parece que no tiene más bien que desear, ni más gusto que pedir.

Tiene consigo a doña Guiomar, porque murió su madre, y antes de su muerte la pidió la amparase hasta casarse, de quien supe esta historia, para que la pusiese en este libro por maravilla, que lo es, y suceso tan verdadero; porque a no ser los nombres de todos supuestos, fueran de muchos conocidos.

Con tanto donaire y agrado contó la hermosa Lisarda esta maravilla, que colgados los oyentes de sus dulces razones y prodigiosa historia, quisieran que durara toda la noche, y así conformes y de un parecer comenzaron a alabarla y darla las gracias de favor tan señalado, y más don Juan, que como amante se despeñaba en sus alabanzas, dándola a Lisis con cada una la muerte, tanto que, por estorbarlo, tomando la guitarra que sobre la cama tenía, llorando el alma cuando cantaba el cuerpo, hizo señas a los músicos, los cuales atajaron a don Juan las alabanzas, y a Lisis el pesar de oírlas con este soneto:

No desmaya mi amor con vuestro olvido, Porque es gigante armado de firmeza, No os canséis con tratarle con tibieza, Pues no le habéis de ver jamás vencido.

Sois mientras más ingrato más querido, Que amar por solo amar es gran firmeza; Sin premio sirvo, y tengo por riqueza Lo que suelen llamar tiempo perdido.

Si mis ojos en lágrimas bañados, Quizá viendo otros ojos más queridos, Se niegan a sí mismos el reposo,

Les digo, amigos, fuisteis desdichados, Y pues no sois llamados y escogidos, Amar por solo amar es premio honroso.

Pocos hubo en la sala que no entendiesen que los versos cantados por la bella Lisis se dedicaron al desdén con que don Juan premiaba su amor, aficionado a Lisarda, y naturalmente les pesó de ver tan mal pagada la voluntad de la dama, y a don Juan tan ciego que no estimase tan noble casamiento; porque aunque Lisarda era deuda de Lisis, y en la nobleza y hermosura iguales, le aventajaba en las riquezas.

Quien más reparó en la pasión de Lisis fue don Diego, amigo de don Juan, que sabía la voluntad de Lisis y despegos de don Juan, por haberle contado la dama sus deseos; y viendo ser tan honestos que no pasaban los límites de la vergüenza, propuso pedirle a don Juan licencia para servirle, y tratar su casamiento.

Y así por principio comenzó a engrandecer, ya los versos, ya la voz; y Lisis, o agradecida o falsa, quizá con deseos de venganza, comenzó a estimar la merced que le hacía, con cuyo favor don Diego pidió licencia para que la última noche de la fiesta sus criados representasen algunos entremeses y bailes, y darles la cena a todos los convidados; y concedida, tan contento como don Juan enfadado de su atrevimiento, dio lugar a Matilde para contar su maravilla; la cual habiendo trocado con Lisarda, empezó así:

—Ya que la bella Lisarda ha probado en su maravilla la firmeza de las mujeres, cifrada en las desdichas de Jacinta, razón será que siguiendo yo su estilo en la mía, a lo que estamos obligadas, que es a no dejarnos engañar de las invenciones de los hombres, o ya que como flacas y mal entendidas caigamos en sus engaños, saber buscar la venganza, pues la mancha del honor solo sale con sangre del que le ofendió.

El caso sucedió en esta corte, y empieza así:

NOVELA SEGUNDA.

LA BURLADA AMINTA, Y VENGANZA DEL HONOR.

Fue el capitán don Pedro (cuyo apellido por justos respetos se calla) natural de la ciudad de Vitoria, una de las principales de Vizcaya, por su amenidad, grandeza y nobleza que en sí cría.

Desde sus tiernos años se inclinó a las armas, ejercicio usado entre nobles. Gastó la flor de su mocedad en la guerra, si se puede decir gastar, sirviendo a su rey con tanto valor, por cuyo bien empleado trabajo alcanzó del católico y prudente don Felipe II honrosos cargos en ella, hasta que, pidiendo su noble ejercicio el merecido premio de sus servicios, el cristiano rey don Felipe III honró su persona con un hábito de Santiago y seis mil ducados de renta, librados en la encomienda del mismo hábito.

Casó en Segovia (ilustre ciudad de Castilla, tan adornada de edificios como de grandeza de caballeros, enriquecida de mercaderes que con sus tratos extienden su nombre hasta las más remotas provincias de Italia) con una dama igual en nobleza y bienes de fortuna.

De este matrimonio tuvo un hijo, el cual llegando a los años de discreción, heredando los nobles y alentados respetos y pensamientos de su padre, a imitación suya y codicioso de sus hazañas, quiso mostrar su mocedad en mostrar su valor y granjear alguna de las que a su padre sobraban; y así, con gusto suyo y una bandera, cuyo suplimiento alcanzaron los méritos de su padre, pasó a Italia a servir a su rey en la famosa guerra que tenía con el duque de Saboya.

Tenía el capitán don Pedro un hermano que por ser mayor gozaba el mayorazgo de sus padres, que no era de los peores de su tierra, y por heredera la más bella hija que en toda aquella provincia se hallaba. Era Aminta de catorce años cuando a la puerta de los de su padre llamó la muerte, cruel fiscal de las vidas.

Y sintiendo el cristiano caballero más que la partida de este mundo el dejar su hermosa hija sin más amparo que el del cielo, pues aunque le quedaba bastante hacienda para casar noblemente, viéndola quedar sin madre que la gobernase y enseñase, era para su corazón nuevo tormento, aunque la virtud de su hija le animaba, y viendo que sin remedio se llegaba el fin de su vida, hizo su testamento, y dejando a su hija por dueño de todo, nombró a su hermano por testamentario y cumplidor de su alma, suplicándole por una carta que antes de su muerte escribió, tomase a su cargo el remediar y casar a su sobrina, pidiéndole encarecidamente la emplease en quien la mereciese. Y hecho esto durmió el último sueño, rindiendo el alma a su Criador y el cuerpo a la tierra.

Recibió el capitán la carta de su hermano, solemnizando con lágrimas las ternezas de ella, y pareciéndole que estaría mejor su sobrina en su compañía y en el amparo y crianza de su mujer, se partió para ella, con acuerdo de los dos, de que estaría bien empleada en su hijo, pareciéndole, y era bien, que no podía emplearla mejor.

Llegose el capitán a su tierra, y después de estar en ella algunos días, acomodando y poniendo en orden la hacienda, dejando en su administración un mayordomo fiel que la gobernase, dio la vuelta a Segovia; entró en ella la hermosa Aminta, si bien en el nublado del luto, para ser su sol, su asombro y su admiración, dando a las damas envidia, y a los galanes deseos, con tal extremo, que en pocos días se llenó la ciudad de su fama; no teniéndose por dichoso quien no la había visto; alabando cada uno lo que más en ella estimaba: unos la hermosura, otros la discreción; este la riqueza, y el otro la virtud. Finalmente, de todos era llamada milagro de esta edad, y la octava maravilla de este tiempo.

No faltando luego ojos atrevidos y deseos codiciosos, que aficionados a sus gracias y honestos desenfados, quisiesen por medio del matrimonio ser dueños de tal joya, y algunos o los más, que viendo que su tío cerraba la puerta a todos, con decir que Aminta había de ser mujer de su hijo, pretendiese rendir por amor el honesto pecho de la dama, la cual contenta de que su tío la emplease tan bien, apartaba cuanto podía sus ojos de estas ocasiones, esperando con mucho gusto la venida de su primo y esposo, que ya le había enviado a llamar, pareciéndole que no había otro bien sino su vista; como mujer que no sabía de amor, ni de otra cosa que de la voluntad y gusto de sus tíos.

Mientras el primo venía, pasaba Aminta una vida alegre, libre y regalada; tanto, que gozando al lado de su tía todas las fiestas y holguras de la ciudad, a pocos meses olvidó la pena de la muerte de su padre, siendo su vista, para los miserables que defraudados de gozarla no se hallaban sino cargados de penas y amorosos deseos, un basilisco que mataba sin dar esperanzas de vida; y con saber que esto era sin remedio, no desmayaban, ni volvían atrás de su pretensión.

Las músicas eran continuas, los paseos ordinarios, y los galanes sin cuenta, pareciendo su calle, en siendo de noche, los montes de Arcadia o las selvas de amor. Aquí sonaban suspiros, y acullá instrumentos, sin que jamás Aminta lo escuchase; y si lo oía, era para hacer burla y reírse de todos.

Mas no se fíe nadie de su libertad ni de sus fuerzas, que tal vez amor gusta más de cazar voluntades libres, que gustar los sujetos, y siempre se ve cautivo el libre, enfermo el sano, y vencido el valiente; pues suele amor empezar burlando, y acabar de veras. Duerman los ojos de Aminta libre y descansadamente; que antes de mucho juzgarán a costa de hartas perlas por verdadera mi opinión.

Fue pues el caso que a negocios importantes vino a Segovia un caballero, a quien llamaremos don Jacinto. Era mozo, galán, y más inclinado a gusto que a penitencia, pues no trataba de ella sino de jueves a jueves santo, como hacen los que tienen las ocasiones dentro de su casa: esta tal, por no hacerla sino a su gusto, jamás apartaba de sí la ocasión de él, que era una dama libre y más desenfadada que es menester que sean las mujeres; pues aunque traten de solo su gusto, parece bien que sean honestas.

Traíala don Jacinto con título de hermana, y de esta suerte le acompañaba siempre, dejando por esto de hacer vida con su legítima mujer, que era tan desdichada como hermosa, la cual se había quedado en Madrid.

Dio don Jacinto en ir a oír misa en un monasterio no lejos de la casa de la discreta Aminta, y donde siempre la hermosa dama acudía con su tía; y como la hermosura, las galas y el acompañamiento fuese para mirar, puso en ella don Jacinto los ojos con tan atento afecto que no paró la hermosa vista hasta el alma.

Empezó don Jacinto a sentirse mal de la penetrante herida que le había dado en el corazón la grande belleza de Aminta, y considerando su nobleza, riqueza y honestidad, que de todo se informó, y ser imposibles sus pensamientos, pues el ser quien era Aminta, y el estado de él lo dificultaba todo, le traía fuera de sí, que no parecía hombre con alma, sino cuerpo o fantasma sin ella.

Vínole a poner en tal cuidado su pasión que del poco comer y mal dormir vino a perder la salud, de suerte que cayó en la cama de melancolía, con que negó a Flora la conversación; siendo su vista tan enfadosa a sus ojos que quisiera, por no verla, no tenerlos.

Sentía Flora la repentina mudanza de don Jacinto con mucha pena; si bien por lo que hizo no se puede juzgar fuese verdadera; y como llegase a preguntarle la causa de su pena, y él se la negase, que no quiero sentir que fuese amor, dio en andar a la mira hasta saberlo.

No la fue dificultoso, porque como amor es ciego, él y ellos hacen las cosas de suerte que pocas veces se encubren, y así un día que don Jacinto estaba rendido a sus cuidados, ya que le pareció que Flora estaba fuera, por haberlo dicho ella así, y como él ya no la amaba, no examinaba sus cosas como solía; antes él mismo la pedía que saliese a pasearse y ver la ciudad, deseando la soledad para darse todo a su Aminta.

Y creyendo estar solo, tomando un laúd, cantó así:

Del fugitivo Eneas llora Dido El desprecio cruel de su partida; De rabia ciega en cólera encendida, Maltrata el rostro por vengar su olvido.

Llama a su amante sin razón querido La mano al pomo de una espada asida, Con que cortando en flor su triste vida, Ganó el laurel a su lealtad debido.

Elisa bella, aunque tu triste suerte Te forzó a darte muerte rigurosa, Yo trocaré mi vida por tu muerte.

Porque si no te amare, es cierta cosa Que imposible le fuera aborrecerte, Y pues te amó, ¿qué suerte más dichosa?

Empresa fue famosa, Con que a la fama tienes envidiosa; Y pues fuiste querida, No lamentes el ser aborrecida.

Con tan dulce memoria No hay pena que no sea mayor gloria.

¡Mas ay de una firmeza, Pagada con desdén y con tibieza! Aquesta sí que es pena, Que la tuya lo fue de gloria llena;

Más triste del que muere, Aminta ingrata, sin que en mal tan grave Jamás espere gloria ni se acabe.