Part 8
Mas ella me ha dicho a mí Que en llegando a averiguar Injurias, celos y agravios, Afrenta el verle será.
Al dar fin al romance se levantó el corredor de desdichas y le dijo a don Marcos que era hora de que la señora doña Isidora reposase, y así se despidieron los dos de ella y de Agustinico, y de las otras damiselas, y dieron la vuelta a su casa, yendo por la calle tratando lo bien que le había parecido doña Isidora, y descubriendo enamorado don Marcos, más del dinero que de la dama, el deseo que tenía de verse ya su marido, y así le dijo que diera un dedo de la mano por verlo ya hecho, porque era sin duda que le estaba muy bien, aunque no pensaba tratarse después de casado con tanta ostentación y grandeza, pues que aquello era bueno para un príncipe y no para un hidalgo particular como él era, pues con su ración y alguna cosa más había para el gasto; y que seis mil ducados que tenía, y otros tantos que más podía hacer de cosas excusadas que había en casa de doña Isidora; pues bastaba para la casa de un escudero de un señor cuatro cucharas, un jarro, una salvilla y una buena cama, y a este modo cosas que no se pueden excusar: todo lo demás era cosa sin provecho, que mejor estaría en dineros, y puestos en renta, vivirían como un príncipe, y podían dejar a sus hijos, si Dios se los diese, con qué pasar muy honradamente, y cuando no los tuviesen, pues doña Isidora tenía aquel sobrino, para él sería todo, si fuese tan obediente que quisiese respetarle como a padre.
Hacía estos discursos don Marcos tan en su punto que el casamiento lo dio por concluido, y así le respondió que él hablaría otro día a doña Isidora y se efectuaría el negocio, porque en estos casos de matrimonio tantos tienen deshechos las dilaciones como la muerte.
Con esto se despidieron, y él se volvió a contar a doña Isidora lo que con don Marcos había pasado, codicioso de las albricias; y este a casa de su amo, donde hallándolo todo en silencio, por ser muy tarde, sacando un cabo de vela de la faltriquera, se llegó a una lámpara que estaba en la calle alumbrando una cruz, y puesta la vela en la punta de la espada, la encendió, y después de haberle suplicado con una breve oración que fuese la que se quería echar a cuestas para bien suyo, se entró en su posada y se acostó, aguardando impaciente el día, pareciéndole que se le había de despintar tal ventura.
Dejémosle dormir y vamos al casamentero, que vuelto a casa de doña Isidora le contó lo que pasaba y cuán bien le estaba. Ella que lo sabía mejor que no él, como adelante se dirá, dio luego el sí y cuatro escudos al tratante por principio, y le rogó que luego por la mañana volviese a don Marcos y le dijese como ella tenía a gran suerte el ser suya, que no le dejase de la mano, antes gustaría que se le trajese a comer con ella y su sobrino, para que se hiciesen las escrituras y se sacasen los recados.
¡Qué dos nuevas para don Marcos: convidado y novio! Y con ellas por ser tan buenas, madrugó el casamentero y dio los buenos días a nuestro hidalgo don Marcos, al cual halló ya vistiéndose (que amores de blanca niña no le dejaban reposar). Recibió con los brazos a su buen amigo, que así llamaba al procurador de pesares, y con el alma la resolución de su ventura, y acabándose de vestir de las más costosas galas que su miseria le consentía, se fue con su norte de desdichas a casa de su dueño, su señora, donde fue recibido de aquella sirena con la agradable música de sus caricias, y de don Agustín, que se estaba vistiendo, con mil modos de cortesías y agrados; donde en buena conversación y agradecimiento de su ventura y sumisiones del cauto mozo, en agradecimiento del lugar que de hijo le daba, pasaron hasta que fue hora de comer, que de la sala del estrado se entraron a otra cuadra más adentro donde estaba puesta la mesa y aparador, como pudiera en casa de un gran señor.
No tuvo necesidad doña Isidora de gastar muchas arengas para obligar a don Marcos a sentarse a la mesa, porque antes él rogó a los demás que lo hiciesen, sacándolos de esta penalidad, que no es pequeña.
Satisfizo el señor convidado su apetito en la bien sazonada comida y sus deseos en el compuesto aparador, tornando en su memoria a hacer otros tantos discursos como la noche pasada, y más como veía a doña Isidora tan liberal y cumplida, como aquella que había de ser suya, le parecía aquella grandeza vanidad excusada y dinero perdido.
Acabose la comida y preguntaron a don Marcos si quería, en lugar de dormir la siesta, por no haber en aquella casa cama para huéspedes, jugar al hombre. A lo cual respondió que servía a un señor tan virtuoso y cristiano, que si supiera que criado suyo jugaba, ni aun al quince, no estuviera una hora en su casa, y que como él sabía esto, había tomado por regla el darle gusto; demás de ser su inclinación buena y virtuosa, pues no tan solamente no sabía jugar al hombre, mas que no conocía ni una carta, y que verdaderamente hallaba por su cuenta que valía el no saber jugar muchos ducados por año.
—Pues el señor don Marcos —dijo doña Isidora— es tan virtuoso que no sabe jugar (¡qué bien le digo yo a Agustinillo, que es lo que está mejor al alma y a la hacienda!), ve, niño, y dile a Marcela que se dé prisa a comer, y traiga su guitarra e Inesita sus castañuelas, y en eso entretendremos la siesta hasta que venga el notario que el señor Gamarra (que así se llamaba el casamentero) tiene prevenido para hacer las capitulaciones.
Fue Agustinico a lo que su señora tía le mandaba, y mientras venía prosiguió don Marcos, y asiendo la plática desde arriba:
—Pues en verdad, dijo, que puede Agustín, si pretende darme gusto, no tratar de jugar ni salir de noche, y con eso seremos amigos: de hacerlo habría mil rencillas, porque soy muy amigo de recogerme temprano la noche que no hay que hacer: y que en entrando, no solo se cierre la puerta mas se clave, no porque soy celoso, que harto ignorante es el que lo es, teniendo mujer honrada; mas porque las casas ricas nunca están seguras de ladrones, no quiero que me lleven con sus manos lavadas lo que a mí me costó tanto afán y fatiga el ganarlo; y así yo le quitaré el vicio, y sobre esto sería el diablo.
Vio doña Isidora tan colérico a don Marcos que fue menester mucho de su despejo para desenojarle, y así le dijo que no se disgustase, que el muchacho haría todo lo que fuese de su gusto, porque era el mozo más dócil que en su vida había tratado, que al tiempo daba por testigo.
—Esto le importa —replicó don Marcos, y atajó la plática don Agustín y las damiselas, que venían cada una con su instrumento, y la desenvuelta Marcela dio principio a la fiesta con estas décimas:
Lauro, si cuando te amaba Y tu rigor me ofendía, Triste de noche y de día, Tu ingrato trato lloraba; Si en ninguna parte hallaba Remedio de mi dolor, Pues cuando solo un favor Era paz de mis enojos, Siempre en tus ingratos ojos Hallé crueldad por amor.
Si cuando pedí a los cielos La muerte por no mirarte, Y maltratarme y culparte Eran todos mis desvelos: Supe seguida de celos, Mereciendo ser querida, Quise quitarme la vida: Dime, ¿cómo puede haber Otro mayor mal, que ser Cruelmente aborrecida?
Yo lo tengo por mayor Que no vivir olvidada, Que siéndolo, no te enfada Como otras veces mi amor: Tengo el verte por favor, Que tu descuido me ofrece La paz que aquel que aborrece Niega al que adorando está; Luego el olvido será Mayor daño que parece.
Y así a pedirte favor, Con disfavor me convidas, Porque al fin como me olvidas, No te ofendas de mi amor: Que alguna vez tu rigor Vendrá a tomar por partido Amar en lugar de olvido; Y si has de aborrecer, Más quiero, Lauro, no ser, Que aborrecida haber sido.
No sabré decir si lo que más agradó a los oyentes fue la suave voz de Marcela o los versos que cantó: finalmente, a todo dieron alabanza, pues aunque las décimas no eran las más cultas, ni más acendradas, el donaire de Marcela les dio tanta sal que supliera mayores faltas; y porque mandaba doña Isidora a Inés que bailase con Agustín, le previno don Marcos que fenecido el baile volviese a cantar, pues lo hacía divinamente, lo cual Marcela hizo con mucho gusto, dándosele al señor don Marcos con este romance:
Ya de mis desdichas El colmo veo, Y en ajenos favores Miro mis celos.
Ya no tengo que esperar De tu amor, ingrato Ardenio, Aunque tus muchas tibiezas Mida con mi sufrimiento.
Que ya en mi fuego te hieles, Ni que me encienda en tu hielo, Que mueran mis esperanzas, Ni que viva en mi tormento.
Como en mi confusa pena No hay alivio ni remedio, Ni le busco, ni le pido, Desesperada padezco.
Pues de mis desdichas El colmo veo, Y en ajenos favores Miro mis celos.
¿Qué tengo ya que esperar, Ni cómo obligar pretendo A quien de solo matarme Atrevido lleva intento?
A los hermanos imito, Que por pena en el infierno, Tienen trabajo sin fruto, Y servir fuera de tiempo.
Acaba, saca la espada, Pasa mi constante pecho, Acabaré de penar, Si no es mi tormento eterno.
Pues de mis desdichas El colmo veo, Y en ajenos favores Miro mis celos.
Quiérote bien, ¡qué delito Para castigo tan fiero! Pero tú te desobligas, Cuando ya obligarte pienso.
¿Quién creyera que mis partes, Que alguno estimó por cielos, Son infiernos a tus ojos, Pues de ellas andas huyendo?
Siempre decís que buscáis Los hombres algún sujeto, Que sea en aquesta edad De constancia claro ejemplo.
Y si acaso halláis alguno, Le hacéis tal tratamiento, Que aventura por vengarse, No una honra, sino ciento.
Míralo en ti y en mi amor, No quieras más claro espejo, Y verás como hay mujeres Con amor y sufrimiento.
Pues de mis desdichas El colmo veo, Y en ajenos favores Miro mis celos.
Hasta aquí pensé callar, Tus sinrazones sufriendo, Mas pues voluntad publicas, ¿Como callaré con celos?
Sepa el mundo que te quise, Sepa el mundo que me has muerto, Y sépalo esa tirana De mi gusto y de mi dueño.
Poco es brasas, como Porcia, Poco es como Elisa, acero, Más es morir de sospechas, Fuego que en el alma siento.
Pues de mis desdichas El colmo veo, Y en ajenos favores Miro mis celos.
Poco puedo, Ardenio ingrato, Y hoy pienso que puedo menos, Pues sufriendo no te obligo, Ni te obligué padeciendo.
Yo gusto que tengas gustos, Pero tenlos con respeto, De que me llamaste tuya, O de veras, o fingiendo.
Cuando en tus ojos me miro, En ellos miro otro dueño, ¿Pues qué has menester decirme Lo que yo tengo por cierto?
Pues de mis desdichas El colmo veo, Y en ajenos favores Miro mis celos.
Ingrato, si ya tus glorias No te caben en el pecho, Guárdalas, que para mí Son más que gloria, veneno.
Mas tú debes de gustar De verme vivir muriendo, Que el querer y aborrecer En ti viene a ser extremo.
Y si de matarme gustas, Acaba, mátame presto; Pero si celosa vivo, ¿Para qué otra muerte quiero?
Pues de mis desdichas El colmo veo, Y en ajenos favores Miro mis celos.
Como era don Marcos de los sanos de Castilla y sencillo como un tafetán de la China, no se le hizo largo este romance, antes quisiera que durara mucho más, porque la llaneza de su ingenio no era como los fileteados de la corte, que en pasando de seis estancias, se enfadan.
Dio las gracias a Marcela, y le pidiera que pasara adelante si a este punto no entrara el buen Gamarra con un hombre que dijo ser notario; si bien más parecía lacayo que otra cosa, y se hicieron las escrituras y conciertos, poniendo doña Isidora en la dote doce mil ducados y aquellas casas; y como don Marcos era hombre tan sin malicia, no se metió en más averiguaciones, con lo que el buen hidalgo estaba tan contento que posponiendo su autoridad, bailó con su querida esposa, que así llamaba a doña Isidora.
Cenaron aquella noche con el mismo aplauso y ostentación que habían comido, si bien todavía el tema de don Marcos era la moderación del gasto: pareciéndole, como dueño de aquella casa y hacienda, que si de aquella suerte iba, no había dote para cuatro días; mas hubo de callar hasta mejor ocasión.
Llegó la hora de recogerse, y por excusar trabajo de ir a su posada, quiso quedarse con su señora, mas ella con muy honesto recato dijo que no había de poner hombre el pie en el casto lecho que fue de su difunto señor mientras no tuviese las bendiciones de la iglesia, con lo que tuvo por bien don Marcos de irse a dormir a su casa (que no sé si diga que más fue velar, supuesto que el cuidado de sacar las amonestaciones le tenía ya vestido a las cinco).
En fin se sacaron, y en tres días de fiesta que la fortuna trajo de los cabellos, que a la cuenta sería el mes de agosto, que las trae de dos en dos, se amonestaron, dejando para el lunes, que en las desgracias no tuvo que envidiar al martes, el desposar y el velarse todo junto, a uso de grandes: lo cual se hizo con grande aparato y grandeza, así de galas como en lo demás, porque don Marcos, humillando su condición, y venciendo su miseria, sacó fiado, por no descabalar los seis mil ducados, un rico vestido y faldellín para su esposa, haciendo cuenta que con él y la mortaja cumplía, no porque se le vino al pensamiento la muerte de doña Isidora sino por parecerle que poniéndosele solo de una Navidad a otra, habría vestido hasta el día del juicio.
Trajo asimismo de casa de su amo padrinos que todos alababan su elección y engrandecían su ventura, pareciéndoles acertamiento haber hallado una mujer de tan buen parecer y tan rica, pues aunque doña Isidora era de más edad que el novio, contra el parecer de Aristóteles y otros filósofos antiguos, lo disimulaba de suerte que era milagro verla tan bien aderezada.
Pasada la comida, y estando ya sobre tarde alegrando con bailes la fiesta, en los cuales Inés y don Agustín mantenían la tela, mandó doña Isidora a Marcela que la engrandeciese con su divina voz, a la cual no haciéndose de rogar, con tanto desenfado como donaire cantó así:
Si se ríe el alba, De mí se ríe, Porque adoro tibiezas, Y muero firme.
Cuando el alba miro, Con alegre risa Mis penas me avisa, Mis males suspiro; Pero no me admiro De verla reír, Ni de presumir Que de mí se ríe: Porque adoro tibiezas, Y muero firme.
Ríese de verme Con cien mil pesares, Los ojos dos mares, Viendo aborrecerme; Cuando ingrato duerme Mi querido dueño, Mi dolor el sueño Triste despide: Porque adoro tibiezas, Y muero firme.
Ríe el ver que digo Que no tengo amor, Cuando su rigor De secreto sigo, Por haber sido obligado A tratarme bien, Al mismo desdén Que en matarme vive: Porque adoro tibiezas, Y muero firme.
Ríe que me alejo De aquello que sigo; Llamado enemigo Por lo que me quejo, Que pido consejo, Amando sin él; Despido cruel Lo que no me sigue: Porque adoro tibiezas, Y muero firme.
Ríe el ver mis ojos Publicar tibieza, Cuando mi firmeza Les da mil enojos, Ofrecer despojos Y encubrir pasión, Mirar a traición Unos ojos libres: Porque adoro tibiezas, Y muero firme.
Ríe el que procura Encubrir mis celos, Que estoy sin desvelos Cuando miento y juro, El descuido apuro, Lo que me da pena, Porque amor ordena Mi muerte triste: Porque adoro tibiezas, Y muero firme.
Llegose en estos entretenimientos la noche, principio de la posesión de don Marcos, y más de sus desdichas, pues antes de tomarla empezó la fortuna a darle con ellas en los ojos, y así fue la primera darle a don Agustín un accidente: no me atrevo a decir si le causó el ver casada a su señora tía; solo digo que puso la casa en alboroto, porque doña Isidora empezó a desconsolarse, acudiendo más tierna que fuera razón a desnudarle para que se acostase, haciéndole tantas caricias y regalos que casi dio celos al desposado, el cual viendo ya al enfermo algo sosegado, mientras su esposa se acostaba, acudió a prevenir con cuidado que se cerrasen las puertas y echasen las aldabas a las ventanas; cuidado que puso en las desenvueltas criadas de su querida mujer la mayor confusión y aborrecimiento que se puede pensar, pareciéndoles achaque de celoso; y no lo era cierto, sino de avaro; porque como el buen señor había traído su ropa y con ella sus seis mil ducados, que aun apenas habían visto la luz del cielo, quería acostarse seguro de que lo estaba su tesoro.
En fin, él se acostó con su esposa; las criadas en lugar de acostarse se pusieron a murmurar y llorar, exagerando la prevenida y cuidadosa condición de su dueño. Empezó Marcela a decir:
—¿Qué te parece, Inés, a lo que nos ha traído la fortuna, pues de acostarnos a las tres y a las cuatro, oyendo músicas y requiebros, ya en la puerta de la calle, ya en las ventanas, rodando el dinero en nuestra casa, como en otras la arena, hemos venido a ver a las once cerradas las puertas y clavadas las ventanas, sin que haya atrevimiento en nosotras para abrirlas?
—Mal año abrirlas —dijo Inés—; Dios es mi Señor, que tiene traza nuestro amo de echarles siete candados como a la cueva de Toledo: ya, hermana, esas fiestas que dices se acabaron, no hay sino echarnos dos hábitos, pues mi ama ha querido esto: ¿qué poca necesidad tenía de haberse casado, pues no le faltaba nada, y no ponernos a todas en esta vida?, que no sé cómo no la ha enternecido ver al señor don Agustín cómo ha estado esta noche, que para mí esta higa si no es la pena de verla casada el accidente que tiene: y no me espanto, que está enseñado a holgarse y regalarse, y viéndose ahora enjaulado como jilguerillo, claro está que lo ha de sentir como yo lo siento: que malos años para mí, que me pudieran ahogar con una hebra de seda cendalí.
—Aun tú, Inés —replicó Marcela—, que sales fuera por todo lo que es menester, no tienes que llorar; mas triste de quien por llevar adelante este mal afortunado nombre de doncella, ya que en lo demás haya tanto engaño, ha de estar padeciendo todos los infortunios de un celoso, que las hormiguillas la parecen gigantes; mas yo lo remediaré, supuesto que por mis habilidades no me ha de faltar la comida. Mala pascua para el señor don Marcos si yo tal sufriere.
—Yo, Marcela —dijo Inés—, será fuerza que sufra, porque si te he de confesar verdad, don Agustín es la cosa que más quiero; si bien hasta ahora mi ama no me ha dado lugar de decirle nada, aunque conozco de él que no me mira mal, mas de aquí adelante será otra cosa, que habrá de dar más tiempo acudiendo a su marido.
En estas pláticas estaban las criadas, y era el caso que el señor don Agustín era galán de doña Isidora, y por comer, vestir y gastar a título de sobrino, no solo llevaba la carga de la vieja mas otras muchas, como eran las conversaciones de damas y galanes, juegos y bailes y otras cosillas de este jaez, y así pensaba sufrir la del marido, aunque la mala costumbre de dormir acompañado le tenía aquella noche con alguna pasión; pues como Inés le quería, dijo que quería ir a ver si había menester algo mientras se desnudaba Marcela, y fue tan buena su suerte, que como don Agustín era muchacho, tenía miedo, y así la dijo:
—Por tu vida, Inés, que te acuestes aquí conmigo, porque estoy con el mayor asombro del mundo, y si estoy solo, en toda la noche podré sosegar de temor.
Era piadosísima Inés, y túvole tanta lástima que al punto le obedeció, dándole las gracias de mandarle cosas de su gusto.
Llegose la mañana, martes al fin, y temiendo Inés que su señora se levantase y la cogiese con el hurto en las manos, se levantó más temprano que otras veces y fue a contar a su amiga sus venturas; y como no hallase a Marcela en su aposento, fue a buscarla por toda la casa, y llegando a una puertecilla falsa que estaba en un corral, algo a trasmano, la halló abierta, y era que Marcela tenía cierto requiebro, para cuya correspondencia tenía llave de la puertecilla, por donde se había ido con él, quitándose de ruidos; y aposta, por dar a don Marcos tártago, la había dejado abierta: y visto esto, fue dando voces a su señora, a las cuales despertó el miserable novio, y casi muerto de congoja saltó de la cama, diciendo a doña Isidora que hiciese lo mismo y mirase si le faltaba alguna cosa, abriendo a un mismo tiempo la ventana; y pensando hallar en la cama a su mujer, no halló sino una fantasma o imagen de la muerte, porque la buena señora mostró las arrugas de la cara por entero, las cuales encubría con el afeite, que tal vez suele ser encubridor de años, que a la cuenta estaban más cerca de cincuenta y cinco que de treinta y seis, como había puesto en la carta de dote, porque los cabellos eran pocos y blancos por la nieve de muchos inviernos pasados.
Esta falta no era mucha, merced a los moños y a su autor, aunque en esta ocasión se la hizo a la pobre dama, respecto de haberse caído sobre las almohadas con el descuido del sueño, bien contra la voluntad de su dueño: los dientes estaban esparcidos por la cama, porque, como dijo el príncipe de los poetas, daba perlas de barato, a cuya causa tenía don Marcos uno o dos entre los bigotes, demás de que parecían tejado con escarcha, de lo que habían participado de la amistad que con el rostro de su mujer habían hecho.
Cómo se quedaría el pobre hidalgo se deja a la consideración del pío lector, por no alargar pláticas en cosa que pueda la imaginación suplir cualquiera falta; solo digo que doña Isidora, que no estaba menos turbada de que sus gracias se manifestasen tan a letra vista, asió con una presurosa congoja su moño, mal enseñado a dejarse ver tan de mañana, y atestósele en la cabeza, quedando peor que sin él; porque con la prisa no pudo ver como le ponía, y así se le acomodó cerca de las orejas. ¡Oh maldita Marcela, causa de tantas desdichas, no te lo perdone Dios, amén!
En fin, más alentada, aunque con menos razón, quiso tomar un faldellín para salir a buscar su fugitiva criada, mas ni él ni el vestido rico con que se había casado, ni los chapines con viras, ni otras joyas que estaban en una sala; porque esto y el vestido de don Marcos, con una cadena que valía doscientos escudos que había traído puesta el día antes, la cual había sacado de su tesoro para solemnizar su fiesta, no pareció, porque la astuta Marcela no quiso ir desapercibida.
Lo que haría don Marcos en esta ocasión, ¿qué lengua bastará a decirlo, ni qué pluma a escribirlo? Quien supiere que a costa de su cuerpo lo había ganado, podrá ver cuán al de su alma lo sentiría, y más no hallando consuelo en la belleza de su mujer, porque bastaba a desconsolar al mismo infierno. Si ponía los ojos en ella, veía una estantigua; si los apartaba, no veía sus vestidos y cadena, y con este pesar se paseaba muy aprisa, así en camisa por la sala, dando palmadas y suspiros.
Mientras él andaba así, doña Isidora se fue al Jordán de su retrete y arquilla de baratijas; se levantó Agustín, a quien Inés había ido a contar lo que pasaba, riéndose los dos de la visión de doña Isidora y la bellaquería de Marcela, y a medio vestir salió a consolar a su tío, diciéndole los consuelos que supo fingir y encadenar más a lo socarrón que a lo necio.
Animole con que se buscaría la agresora del hurto, y obligole a paciencia el decirle que eran bienes de fortuna, con lo que cobró fuerzas para volver en sí y vestirse; y más como vio venir a doña Isidora tan otra de lo que había visto, que casi creyó que se había engañado y que no era la misma.